Santiago, sin dejar de estirar mi tanga, me tomó por los glúteos (una mano en cada uno) y comenzó a separarlos.
–¡Vaya! –dijo, con avidez– ¡Qué rosadito y sabroso está!
Oírlo me aceleró aún más el ritmo cardíaco: ¡él hablaba así de mi intimidad! ¡él contemplaba mi ano, esa cavidad que había permanecido secreta, que ninguna mano extraña había tocado, y que ahora estaba a punto de ser subyugada, usada, desvirgada! Sin reflexión ni posibilidad de detenerme, luego de tantas fotos semidesnuda, me germinó aún más el apetito de exhibirme por completo: mostrar mi cuerpo, pues, se me desencajó como estímulo erótico. Sin pensarlo, así como estaba, “en cuatro patas”, me incliné al máximo, ofreciéndole las nalgas, desplegando mi entrada ante él, hasta que mi cabeza toco la cama. Desde ahí, quise girar un poco: verlo viéndome. Pero él me detuvo con una orden tajante:
–Quieta, puta... Hacia el frente, ya te dije.
–Sí, amor..
–¿Qué es este agujerito tan rico? Explícamelo...
Juro que pensé contestar “mi ano”, pero mi mente quedé un segundo en blanco y, tras esa pausa, a ...
leer más