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A MI MUJER, LE GUSTA EXHIBIRSE

14 de febrero de 2008

Mi mujer me dice que soy muy suspicaz. Yo sin embargo sospecho que es algo exhibicionista. Al principio era una mujer modosita, recatada. Pero como le estresaba el trabajo le dio por ir a un gimnasio a descargar tensiones. Fuimos a comprar la ropa para hacer deporte y se compró dos modelos. El primero era muy decente por delante, pero por detrás era como un tanga que le dejaba todo el trasero al aire. Lo llevaba los lunes y miércoles.

El segundo, al revés que el primero, le tapaba el culete, pero por delante era muy escotado y le dejaba las tetas, que las tiene bastante grandes, prácticamente al aire. Tanto que al menor movimiento se le salían los pezones, como aquella cantante, Sabrina, que tanto furor hizo hace ya algunos años. Este modelo se lo ponía los martes y jueves. A mí me parecían un poco atrevidos, pero ella decía que ahora todo el mundo va así, al estilo de los griegos, que hacían la gimnasia desnudos, así que me convenció. Los viernes no se llevaba nada más que una minúscula toalla porque iba a la sauna, que según me dijo era mixta, pero que no me preocupara porque casi todas las que iban eran mujeres.

A los pocos días me llamó el dueño del gimnasio, para que por favor le dijera a mi esposa que no fuera más por allí. Dijo que al principio no le parecía mal su vestimenta porque acudía más gente a apuntarse, pero que luego algunos chicos se distraían mucho y había habido incluso un par de lesionados con los aparatos por culpa de esas distracciones. Me dijo también que la sauna no era mixta, pero que mi mujer siempre se "equivocaba" y entraba en la de los hombres. Yo no le creí porque confío mucho en mi mujer, pero para evitar problemas le prometí que ya no acudiría más.

Cuando llegó mi esposa esa tarde con su toallita -era viernes- y le dije que no podía ir más al gimnasio se puso muy triste. A mí me dio pena y la invité a cenar fuera. Como le pedí que se pusiera guapa se puso un modelo que yo no sabía que tenía, pero que era escotadísimo. En realidad iba con las tetas fuera, pero ella me convenció diciendo que en el restaurante había unas luces muy suaves y no se notaría mucho. Sí es verdad que las luces eran tenues, pero algo se le debía ver porque los camareros andaban muy nerviosos y continuamente se acercaban a la mesa para ver si necesitábamos algo, así que nos fuimos a bailar a un salón del centro. Allí nos atendieron muy bien y todo el mundo quería sacarla a bailar. A mí no me importó porque la verdad no se me da muy bien el baile y me quedaba sentado bebiendo.

Tanto bailó ella y tanto bebí yo que temíamos que me hicieran la prueba de alcoholemia al volver y diera positivo. Menos mal que un hombre que había entablado conversación con nosotros, un tal Alberto, se ofreció a llevar el coche. Yo me puse atrás bastante mareado y un poco molesto porque ellos no paraban de reír y hacerse bromitas. Para colmo cuando llegamos y fuimos a llamar a un taxi resultó que había huelga, así que mi mujer le dijo que se quedara a dormir en casa. Yo, con el cansancio, me daba igual con tal que me dejaran dormir, y así hice, aunque me costó trabajo porque desde la habitación no paraban de escucharse las risas. Menos mal que luego ya se quedaron callados y yo no oí nada más porque me quedé profundamente dormido.

Por la mañana, con la boca seca y un gran dolor de cabeza me dirigí a la cocina, y todavía estaba Alberto allí, desayunando con mi esposa. Ella se levantó a prepararme un café y vi que estaba en ropa interior, con un sujetador transparente y un tanguita pequeñísimo, ambos de color negro y con unos encajitos, que yo le había comprado en el aniversario de boda. No quise decir nada por temor a parecer desagradable, pero le hice un gesto reconviniéndola. Ella sin embargo le quitó importancia a su escaso atuendo diciéndome que Alberto era de confianza, que yo era muy antiguo, a lo que aquel hombr

e asintió calurosamente. El beso que se dieron cuando aquel tipo al fin se despidió tampoco me gustó nada, porque aunque muy breve me di cuenta que se habían besado en los labios, pero la verdad es que mi mujer enseguida coge confianza con la gente.

Al día siguiente fuimos a la playa. Mi esposa se puso un bikini que la parte de abajo es un tanga. Reconozco que cuando se lo compró no puse pegas, porque este tipo de ropa de baño no es extraño verlo, pero más bien en las playas de tipo liberal. Si embargo para evitar caravanas nos quedamos en una playa cercana donde las chicas ni siquiera hacen topless. Así que cuando mi mujer se quitó la parte de arriba y se fue a bañar enseñando el trasero me di cuenta de que todas las miradas iban hacia ella. Yo comenzaba a sentirme incómodo así que cuando pasó un rato le dije que nos fuéramos. Ella no rechistó, cogió los bártulos y se dirigió al coche, pero como no se vistió y tuvimos que atravesar un buen trecho creo que llamó un poco la atención, así que me prometí no ir más a aquella playa aunque tuviéramos que chuparnos la caravana de rigor.

De modo que al día siguiente domingo, cuando ella quiso ir de nuevo a la playa le dije que si quería ir con ese modelito que por favor fuésemos a una playa nudista o semi nudista, para no formar tanto espectáculo. Ella dijo que le daba un poco de vergüenza, pero la convencí rápidamente. De hecho no creo que le diera tanta vergüenza porque cuando llegamos enseguida se desnudó. Allí casi todo el mundo estaba tumbado, y cuando se acercaban a la orilla a refrescarse las mujeres se ponían por lo menos el tanga. Pero mi mujer no, se puso a corretear como una chiquilla dando saltos por la orilla, jugando con las olas. Luego se empeñó en jugar a las paletas, sin darse cuenta que sus grandes pechos se bamboleaban con un movimiento que a mí me parecía algo turbador. Después quiso ir a comprar una cerveza al chiringuito, y todo sin ponerse un centímetro de tela. Con tanto movimiento por parte de mi mujer, yo volvía a estar incómodo así que le pedí que nos fuéramos a la parte más solitaria.

Ella estuvo de acuerdo -eso es lo bueno de ella, que siempre hace lo que le pido-. En la parte solitaria, cuando llevábamos aproximadamente media hora se acercó un hombre para pedirnos fuego. Era simpático, y se quedó con nosotros charlando. Mi mujer me había pedido antes varias veces que le diera crema, pero yo siempre me negaba porque me fastidia mucho quedarme con las manos pegajosas, así que ante su insistencia le pedí por favor a Juan, que así se llamaba el hombre, que si no le importaba hacerlo él. Había dicho que era visitador médico o algo por el estilo, pero estoy seguro que era masajista porque estuvo un buen rato echando la crema y deslizándola con suavidad y firmeza sobre el cuerpo de mi esposa. Me fijé en que insistía sobre todo en las tetas y en el culo, pero comprendí que era por su bien, ya que al ser las partes más blancas se le podían quemar con el sol.

En todo caso no le di importancia a la erección de Juan, que se manifestaba claramente. Me dije a mí mismo que era una reacción natural, y que al fin y al cabo mi mujer estaba muy relajada y yo no me pringaba las manos. Como vi a mi mujer tan tranquila, yo aproveché para ir al bar a traer unas cervezas, pero como estaba lejos tardé bastante en volver. Cuando llegué estaban medio dormidos y abrazados (ya he comentado que mi mujer enseguida coge confianza con cualquiera), pero no me preocupé porque él ya no tenía la erección que le había notado antes de irme. Nos tomamos las cervezas y noté que mi esposa estaba muy contenta, así que al final nos hicimos unas fotos y me felicité por aquel día de playa. Más fastidiosa fue la vuelta, porque tras despedirnos de Juan cogimos el coche y mi esposa con el calor que tenía quiso ir sin nada por arriba. Si hubiéramos ido rápido no hubiera pasado nada, pero con la caravana, desde muchos coches, y sobre todo desde los camiones, nos hacían gestos, hasta el punto que me incomodé un poco.

Es por todo esto que pienso, ¿seré yo muy suspicaz? Mi mujer me dice que soy muy moro, que hay que ser más liberal.

Autor: Franvi16

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