Relatos eroticos, Sexo, Sexo gratis, Videos porno, Fotos porno, Porno, Porno gratis, xxx

Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

Amar Haciendo El Amor (I)

27 de febrero de 2013
por ErosLover

Bueno, antes de iniciar quiero aclarar que este es uno de los primeros relatos que escribí. Había estado guardado durante bastante tiempo esperando salir, y decidí que este mes del amor y la amistad era el momento perfecto para que ustedes lo conocieran. Es un relato extenso porque no es solo sexo, pero creo que vale la pena leerlo :)

Amar haciendo el amor I

¡Qué lindo! Nuevamente tengo que aguantar a todos mis amigos hablar de sexo. ¿Puedo llamarlos realmente mis amigos de este modo? Me siento mal. Aparentemente soy el único en el grupo que sigue siendo virgen.

Y ahí va nuevamente Juan. Ya me sé su discurso: hay que saber cómo conquistar a una mujer. No se necesita de una gran ciencia, unas cuantas palabras bonitas, uno que otro beso, y la vieja te deja meterle lo que quieras las veces que quieras. Y ni se quejan, porque eso es lo que más les gusta. Me pregunto si realmente sabrá de qué está hablando o solo lo dice por decir. Yo he oído cosas muy diferentes sobre una mujer. Según yo, para una mujer no es muy placentera la simple penetración. Pero bueno, ¿qué puede saber un simple mortal como yo que no tiene ninguna experiencia en el sexo? Y la verdad es que no estoy muy apresurado por tenerla, o al menos no como la cuentan mis amigos.

—¡Hola chicos! —saluda una voz harto conocida para mí.

¡Oh demonios! ¿Por qué el corazón empieza a palpitarme de esta manera? Afortunadamente ahora estoy recostado en el suelo bocabajo, no como en aquella ocasión en que me empezaron a temblar las piernas y… Pero ¿y si estoy rojo? Ojalá no se me suban los colores a la cara. Debo intentar mantener la expresión más neutral posible, algunos de mis amigos ya empezaron a notar mis reacciones. Afortunadamente, creo que la mayoría son algo lentos para captar lo que eso significa y creen que solo me comporto de esa manera por los temas que se tratan. Como yo nunca participo activamente… A lo mejor piensan que soy un mojigato. Claro que si prestaran más atención se darían cuenta que no me pongo así cuando hablan de sexo, sino cuando él está presente.

—¿Qué hay Víctor? —lo saluda un chavo con los cuales estoy.

—Nada en especial —contesta él, con ese tono de voz que me hace sentir en las nubes. ¿Es que acaso todo en él que me parece perfecto?—. Y ustedes, ¿qué haciendo?

—Hablando un poco sobre chicas —le contesta Juan, con una sonrisa pícara que dice claramente que la plática no es exactamente sobre chicas, sino sobre lo que se hace con ellas.

—¡Interesante! —exclama Víctor mientras toma asiento justo enfrente de mí. ¿Por qué en ese sitio? Ahora estoy seguro que me estoy poniendo rojo—. ¿Alguno se ha tirado a alguna recientemente?

—Miguel dice que se tiró a la Chabela, pero ninguno le creemos —contestó Saúl.

—¡Oh, con una chingadera! Pues no me crean entonces —exclamó molesto Miguel.

—¡Es demasiado mojigata! —exclama a modo de reclamo Alfredo—. ¡Lo es casi tanto como nuestro amigo Israel!

Hay una carcajada general por parte del grupo. Yo sonrío de manera un poco forzada, mientras clavo la mirada en sus manos. ¡Santo cielo! Desearía tomar una de ellas y sentir su textura, apretarla fuertemente…

La carcajada continúa, y en aquel momento me percató que él no se está riendo como los demás. Alzó la mirada a su rostro, y me doy cuenta que él parece estar viendo a la lejanía, aparentemente indiferente a las risas que existen a nuestro alrededor. Tiene los labios apretados, como si hubiera algo que le molestara.

Deseo que aquellos ojos me miren, y casi al momento mi deseo se cumple. Él baja la mirada, y sus ojos se cruzan con los míos. Yo retiró lo más rápido que puedo la mirada, pero su intenso mirar ha quedado ya grabado en mi mente. Aquellos ojos oscuros y rasgados sencillamente me fascinan. No podría concebir nada mejor que eso.

—¿Y tú qué? —le cuestiona Miguel—. ¿A cuántas te has tirado en el último mes?

—¿Sinceramente? A ninguna —contesta él.

No puedo evitar voltear a verlo mientras abro la boca. Y la verdad es que no soy el único que hace eso. Su tono de voz suena tan tranquilo que realmente parece que está diciendo la verdad.

—¡No mames wey! —le dicen—. ¿Tú sin tirarte a alguna? Eso sí que es todo un notición. Si desde que cumpliste los catorce no has dejado de tirarte vieja tras vieja.

—Bueno, es que cuando uno llega a los diecisiete… —comienza a decir usando un tono que aparenta ser muy maduro.

Todo mundo vuelve a reír, incluyéndolo a él en esta ocasión. Yo no puedo evitar sonreír al ver su risa. Verlo así me hace sentir… Bueno, no estoy seguro de poder nombrar el sentimiento, pero es algo que nace del corazón y lo hace sentir a uno absolutamente bien. Desearía poder verlo sonreír todos los días de mi vida.

Mientras estoy embobado de aquella manera él vuelve a mirarme. Mi mismo letargo me impide apartar la mirada rápidamente, y durante un instante me parece que me mira con una mayor intensidad de la habitual. No obstante, en menos de un segundo estoy nuevamente con la mirada clavada en el suelo.

—¿No será que finalmente te has clavado con una? —pregunta pícaramente Samuel.

—Puede ser —contesta él aparentemente de forma indiferente, pero después cambia su expresión por una sonrisa deslumbrante.

¡Maldición! Si en estos momentos no estoy más rojo que un jitomate será todo un logro.

—¡Oh, entonces es cierto! —exclama sorprendido Saúl—. ¡No mames wey! ¿Quién diría que alguna vez veríamos al gran Víctor enamorado?

Todos comienzan a hacer ruiditos para burlarse de Víctor, y hay algunos
que se ponen a tararear la marcha nupcial. Víctor parece ligeramente azorado, pero supongo que yo lo estoy más, porque por alguna extraña razón no para de mirarme mientras yo lo veo de reojo. ¿Es por qué yo soy el único que no le hace burla?

—¿Y quién es la afortunada? ¿Eh? —le pregunta Miguel.

Yo volteo a verlo, pero como sigue viéndome fijamente, opto por solo prestar atención con mi oído. Sin embargo, mi oído no me da mucha información.

—¡Vamos wey! —exclama Alfredo—. Dinos quién es.

—Lo siento, pero es un secreto —contesta Víctor, aparentemente sonriendo.

¿Por qué mi corazón que hasta hace un momento estaba palpitando como loco parece haberse desvanecido de repente?

—A ver, déjanos adivinar. ¿Mirna?

—No.

—¿Miriam?

—No

—¿Alicia?

—Tampoco.

—¿Adriana?

—Menos

—¿La Lupe?

A cada nombre es como si mi corazón recibiera una puñalada, aunque ciertamente las negativas de Víctor parecen suavizar la herida. No obstante, soy consciente de que aunque mis amigos no den con el nombre eso no significará que la chica que conquistó el corazón de Víctor no existe.

—No —contesta Víctor mientras finalmente retira la vista de mí—. Y la siguiente seguramente será no. Nunca lo adivinarán.

—¿Entonces no la conocemos? —pregunta Miguel.

Víctor parece quedarse pensativo un momento.

—No —dice finalmente, aunque de forma un tanto dubitativa—. No la conocen.

—¿Y cuando nos la piensas presentar? —inquiere Juan.

La expresión de Víctor cambia. De repente me doy cuenta que las puñaladas de mi corazón no eran nada comparadas con aquello. Era como si de repente me lo hubieran roto por completo. La expresión de Víctor demostraba tal angustia, que me sentí tentado a levantarme y a abrazarlo para darle alguna clase de consuelo. Obviamente reprimí ese impulso. No quería ni imaginarme como tomaría él ese gesto, ni lo que dirían los demás.

—La verdad es que dudo alguna vez poder presentárselas —confiesa finalmente Víctor mientras clava la mirada en el suelo.

—¡No mames wey! —le dice Miguel—. Si no hay chava que se te resista. Tú sabes cómo conquistarlas a la primera.

—Ésta es diferente —comenta él—. No es parecida a ninguna otra chica con la que haya estado.

—¡Todas son iguales! —exclama totalmente convencido Juan.

Él lo mira sonriendo, mientras yo lo observo a él. Su expresión me parece de anhelo. Es como si deseara que lo que dice Juan fuera verdad. Pero yo no puedo evitar preguntarme: si fuera como las demás, ¿realmente se fijaría en ella? ¿Acaso no fue eso lo que le atrajo de esa chica?

La plática no se prolonga mucho. Varios de los chicos tienen cosas que hacer, y yo por lo menos quiero irme a mi casa. Necesito pensar, y tal vez llorar. Supongo que desde el principio debí de haber sabido que su corazón sería atrapado por alguna chica. Un hombre no puede permanecer por siempre huyendo de las redes del amor.

—¡Oye Israel! ¿Tienes algo qué hacer? —me pregunta una vez que me he puesto de pie y varios de los demás chicos ya se han ido.

¡Demonios! ¿Por qué tienen que fallarme las piernas de este modo? Afortunadamente (o tal vez no tanto) él me sostiene para no caer.

—Órale Israel —me dice Miguel—. Ya no tomes tanto.

Él y Alfredo se ríen de aquello. Ya somos los únicos cuatro que quedamos en aquel lugar.

—Solo creo que se me durmió la pierna —contesto mientras me pongo en pie.

—¿Te molesta si te acompaño? —me pregunta Víctor—. Tengo ganas de hablar contigo.

—No, supongo que no —respondo sin atreverme a mirarlo a los ojos.

Nos despedimos de Miguel y Alfredo, y nos alejamos caminando juntos. ¡Juntos! ¡No puedo creerlo! Su brazo está a unos centímetros del mío, y varias fantasías en las que mi mano y la suya van unidas cruzan por mi cabeza. ¡Esto no puede estar pasando!

—¿Por qué niegas así con la cabeza? —me pregunta al parecer divertido.

—No, no es nada —le contesto azorado.

—¿Estás seguro? —me pregunta mientras siento su mirada clavada en mi perfil.

No puedo evitarlo. Ansío con todo mi corazón observar aquellos ojos oscuros. Necesito perderme aunque sea un momento en ellos. Así que volteo a verlo directamente. Como lo sospeché. Me pierdo totalmente en aquellos ojos. Soy consciente que debo contestarle algo, pero no recuerdo cuál fue su pregunta.

De repente un objeto surge en mi camino.

—¡AY! —grito mientras me pongo un mano sobre la frente intentando calmar el dolor.

—¿Te encuentras bien? —me pregunta Víctor, al parecer entre preocupado y divertido.

Yo no le respondo. El dolor es bastante fuerte. Maldito letrero de velocidad máxima. Deberían haberlo colocado más arriba. ¿Qué no saben que las personas altas necesitamos más espacio para caminar?

—A ver, déjame ver —me dice mientras toma mi mano para quitármela de la frente.

Con su contacto es como si una descarga eléctrica recorriera mi piel. Pierdo el aliento al ver su rostro que se acerca a mi frente. Él la examina atenta y cuidadosamente, mientras yo miro sus ojos y aquellos labios de ensueño que tiene. Nuevas fantasías cruzan mi mente. El momento parece extenderse eternamente, mientras él deja de examinar solo mi frente para ver mi rostro por completo. La descarga eléctrica que parece provenir de él sigue fluyendo por mi mano, ya que no la ha soltado.

—Esto es difícil —dice con el amago de una sonrisa en los labios.

—¿Qué? —le pregunto mirándolo fijamente a los ojos por primera vez.

—Es difícil saber si el golpe te causó algún daño —me contesta mientras su mirada parece penetrar a lo más profundo de mi ser—. Tu frente está roja, pero de hecho toda tu cara está roja.

Diavoli! ¿Cómo es posible? No aguanto seguir con la mirada frente a frente, así que la bajo. Claro, es obvio que esté totalmente rojo teniéndolo a él tan cerca de mí, con su mano sobre la mía.

¿Su mano sobre la mía? Me parece difícil de creer, pero así es. Él no ha soltado mi mano desde que me la quitó de la frente. Se me ocurre pensar que tal vez un beso estaría bien en el lugar del golpe.

—Otra vez estás negando con la cabeza —me dice él sonriendo.

—Solo pienso en tonterías —le respondo.

—¿Se puede saber en cuáles? —me pregunta.

—NO —le grito apenas ha terminado su pregunta. No le puedo contar todas las fantasías que pasan por mi cabeza al tenerlo tan cerca.

Su mano suelta a la mía. Creo que el grito lo asustó.

—¡Está bien! —me contesta mientras se soba la oreja con su mano—. Pero no tienes porque gritarme.

—Lo siento —me disculpo realmente apenado—. Pero es que…

No continuo con la frase. Obviamente no puedo explicarle nada.

El silencio se apodera de nosotros. No me parece bueno. Intento dirigir la conversación hacia algún lado.

—¿Sobre qué querías hablar? —inquiero.

—¿Quieres un helado? —me pregunta de repente.

—¿Quieres hablar de helados? —le pregunto confundido.

—No seas tonto —me dice mientras pone aquella sonrisa que me derrite más de lo que el sol puede derretir un helado—. Digo que vayamos por un helado para platicar mientras nos lo comemos.

—Bueno —le digo.

Caminamos hacia una heladería cercana, mientras las fantasías regresan a mi cabeza. No puedo dejar que esto continúe así. O mejor dicho: no debería. ¡Qué demonios! La fantasía es tan bella que será mejor dejarme llevar. Así que por un momento me dejo llevar, y puedo sentir su mano contra la mía. Tardo un momento en percatarme que no es una fantasía, y solo lo logro porque él está mirando alternativamente mi rostro y nuestras manos.

—Lo siento —le digo rápidamente mientras alejó mi mano de la suya. Apuesto que ahora estoy más rojo que después del golpe.

—No hay problema —me dice.

Su tono de voz me llama la atención. Parece abochornado. Volteó a verlo, y me parece ver que él también está rojo. Además, está apretando los labios, justo como cuando todos los demás se burlaban de mí. ¿Qué demonios significará ese gesto?

Llegamos a la heladería casi inmediatamente. Se me antoja un banana split, pero creo que sería malo pedir algo así cuando él es quien paga, así que me conformo con un cono sencillo.

—¿Estás seguro? —me pregunta—. ¿No quieres otra cosa? ¿Un tres marías, una copa imperial o un banana split?

¿Por qué tiene que hacerme esto? ¡Por supuesto que se me antoja un banana split! Pero no quiero aprovecharme. No soy esa clase de chico. El día que yo pague si lo pediré, pero hoy no.

—Así está bien —le respondo intentando poner mi mejor cara.

¡Demonios! No contaba con que él sonreiría al ver mi mejor cara. Nuestras miradas cruzadas mientras las sonrisas adornan nuestros rostros me hacen sentir extrañamente conectado con él. Claro que yo quisiera otro tipo de conexión.

Viene en estos momentos a mi memoria un sueño. No, no es un sueño, sino “El Sueño”, aquel que me hizo comprender que yo no quería lo que querían mis demás amigos. Aquel sueño fue el responsable del descubrimiento de mis preferencias sexuales.

——❤——

Fue exactamente hace un año. Acababa de conocer a Víctor. Desde el primer momento me había impresionado, aunque al principio no sabía de qué manera. Solo sabía que había algo en ese chico que no existía en los demás chicos con los que me juntaba. Creí que tal vez fuera su experiencia. Mis amigos habían tenido uno que otro escarceo sexual, pero Víctor llegó contando cada una de sus experiencias sexuales. Parecían infinitas. Incluso los demás se quedaron sorprendidos. Él era el absoluto ganador de cualquier competición que hubieran hecho. Sus números superaban con creces a la sumatoria de los de todos los demás. Él compartió su experiencia, y mis amigos pronto se hicieron unos conquistadores de primera. Probablemente a mí me hubiera pasado lo mismo si no hubiera sido por aquel sueño.

Llegué a casa pensando en Víctor, y me acosté pensando en él. Nos había contado la que él consideraba su mejor conquista con lujo de detalles. Había terminado excitado, aunque no sabía el porqué. Además, mis amigos habían estado igual, así que no le di mucha importancia a mis sentimientos. Pensé que era lo normal en un chico de mi edad, y que probablemente con las enseñanzas de Víctor podría alcanzar a mis amigos y no quedarme rezagado en el tema sexual como hasta ese momento me encontraba.

Me quedé dormido, y soñé con Víctor. Podía ver claramente cómo había llevado a cabo aquella conquista de la que nos había hablado. Pero ¡oh sorpresa! No se estaba ligado a ninguna chica, sino a mí. Yo era quien en mi sueño Víctor quería llevarse a la cama.

—¿No te han dicho que eres extremadamente bello? —dijo él mientras dejaba que sus dedos danzaran por mis pómulos y mejillas.

Me sentía extrañamente confundido. Quería que mi sueño cambiara de dirección, pero no lo lograba. Mientras él me acariciaba suavemente y yo notaba su pecho fuerte bajo las palmas de mis manos me di cuenta que estaba conociendo un nivel de excitación que jamás había experimentado, ni siquiera oyendo los relatos de mis amigos. Víctor solo necesitó estrecharme contra él, cruzar sus brazos tras mi espalda y besarme con pasión en los labios para provocarme una erección como nunca. Podía sentir la dureza de los penes de ambos que chocaban en el contacto de nuestras entrepiernas.

Estábamos en un parque cercano a su casa, tal como Víctor nos había platicado que había sido con su mejor conquista. Cuando me dijo que lo acompañara a su casa no pude negarme. No había nadie, pero aún así lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia su habitación y encerrarnos en ella. En cuanto él hubo cerrado la puerta se lanzó una vez más a besarme, a profanar con su lengua mi boca que jamás había probado algo como aquello.

—Relájate chiquito —susurró él mientras su boca se movía hacia mi oído.

Con habilidad sus manos fueron desnudándome poco a poco. Yo no tuve que hacer nada, ya que él incluso se encargó de desvestirse a sí mismo. Desabrochó su camisa y pude sentir su pecho firme ahora directamente bajo mis manos mientras su boca se deslizaba por mi cuello, produciéndome sensaciones desconocidas hasta el momento. Víctor me tenía completamente bajo su merced gracias a sus manos que recorrían mi cintura mientras las mías se deslizaban por su pecho y abdomen definidos. Pero aparentemente a él no le bastó con aquello, porque tomó una de ellas mientras bajaba a besarme el pecho y morder mis tetillas para que tomara su pene erecto y lo acariciara. Sopesar con mis manos aquel pedazo de carne, con aquella dureza me hacía querer tenerlo cerca de mí.

Y lo tuve. Después de entretenerse un rato con mis tetillas Víctor se incorporó e hizo que me sentara sobre su cama, acercando su entrepierna a mi rostro, con aquel mástil apuntando directamente a mi boca. Dejé que su glande recorriera mis labios para que después los entreabriera. Yo abrí mi mandíbula para permitir el paso de aquel intruso cuidándome de no dañarlo con los dientes. Mi lengua jugó con él mientras iba pasando, primero acariciando su cabeza y después todo su tronco. Impulsivamente mis manos se alzaron para tomarlo de sus piernas, para sentir su textura y su firmeza. Mientras más se perdía su pene en mi boca más subían mis piernas, llegando a acariciar sus glúteos. Cuando él intentaba separarse de mí mis manos se aferraban a su trasero para obligarlo a dejar su polla en mi interior.

—Golosito —dijo él con satisfacción.

Estuvimos un buen rato así, hasta que él hizo que me separara de su pene con algo de fuerza y me recostó en la cama. Hizo que abriera las piernas y se acomodó entre ellas, acercando su boca a mi ano.
Ahí fue cuando noté que algo no iba exactamente como él lo había contado en su relato. Él había dicho que a la chica le había besado la vulva, aunque evidentemente conmigo no podía hacer aquello porque yo no tenía vulva que pudiera chupar. Y mientras su lengua lamía con suavidad mi pequeño agujero trasero recordé que nos había contado que había hecho con la chica a continuación. Mi respiración se aceleró ante la idea. Había oído hablar del sexo anal (Miguel nos había contado que su primera pareja le había pedido que la penetrara así para no perder su “virginidad”), pero no me había puesto a pensar que aquello podría hacerse entre dos hombres.

—¿Estás listo? —me preguntó él. Ya se había incorporado y tenía su pene enfundado apuntando al pequeño agujero que le daría acceso a mi interior.

—Con cuidado, por favor —fue lo que le dije.

—Solo relájate —me dijo él mientras empezaba a aplicar presión.
Fue molesto pero también delicioso. Su pene empezó a abrirse paso en mi interior con delicadeza y tiento, provocando algo parecido al ardor pero también bastante placer. El momento se extendió por un buen rato hasta que sus caderas chocaron contra mis nalgas.

—Se siente bien, ¿eh? —dijo él.

—Sí, creo que sí —le contesté mientras cruzaba mis piernas detrás de él, atrayéndolo lo más posible hacia mí.

Él comenzó a mover su cadera, sacando su pene y volviendo a introducirlo hasta llegar al fondo de mí. Mis gemidos empezaron a escaparse de mi boca sin poderlo evitar. El masaje de su pene contra las paredes de mi recto me produjo escalofríos de placer puro. Él se inclinó hacia mí, recostándose sobre mí hasta que su rostro estuvo contra el mío sin dejar de penetrarme con ritmo. Crucé mis brazos por detrás de él y él comenzó a acelerar el mete y saca. Intensificando mi placer y también el suyo, supongo, porque empezó a jadear con fuerza y sentí como si convulsionara ligeramente justo cuando sentí llegar al clímax. Podía prácticamente sentir su pene en mi interior, vaciando dentro de mí aquel fluido engendrador de vida.

—Te amo —me dijo él para después besarme.

Mientras mis labios correspondían su beso me di cuenta que aquello no tenía nada que ver con el relato que había oído en la tarde. Sí, había habido cambios por el hecho de que yo no tenía ni senos ni vulva que él pudiera usar, pero mi sueño los había seguido cambiando aquellos elementos por mis tetillas y mi trasero. Sin embargo, durante la tarde Víctor no había mencionado nada sobre haberle dicho a la chica que la amaba después de tirársela.

Y mientras mi cerebro procesaba aquellas palabras, mientras su pene seguía aún en mi interior, su cuerpo sobre el mío y mis brazos reconocían su espalda me di cuenta que en mi corazón había algo más que la sensación de placer proveniente del sexo. Porque no era aquella sensación de la que hablaban mis amigos, era algo más, algo que solo había conocido a través de las canciones y la literatura. Había algo en mi corazón que se despertaba como si se tratara de una flor acariciada por el viento. Cuando nuestros labios se separaron me di cuenta que solo cuatro palabras podían salir de mi boca:

—Yo también te amo.

Lo abracé con fuerza, sintiendo como si ambos fuéramos uno solo. Estábamos tan unidos, tan compenetrados, que quería que ese momento fuera eterno.

Cuando me desperté me di cuenta que mi calzón estaba totalmente mojado. Había tenido anteriormente sueños húmedos, lo sabía por los restos de semen que solían quedar en mi ropa interior, pero nunca con anterioridad había logrado recordar el sueño. Pero ahora aquel sueño estaba marcado a fuego en mi memoria, único y esplendoroso. Fue entonces que comprendí que no buscaría el sexo con mujeres, porque no me interesaba. Ni siquiera con hombres. Yo quería estar con Víctor, y no solo para sexo. Quería que sus labios me dijeran con sinceridad que me amaba.

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Amar Haciendo El Amor (I), 8.3 out of 10 based on 16 ratings
  
categoría:

3 comentarios »

  1. [...] aquí traigo la segunda parte de la historia que subí hace dos meses Amar Haciendo El Amor (I). La vez pasada me parece que no comenté que el título del relato salió de una canción que me [...]

  2. kasuky17 dice:

    quizas el relato me llego en el momento justo para recordarme cuanto amo a ese ser que quiero, vale que excelente relato….

    GD Star Rating
    loading...
    GD Star Rating
    loading...
  3. […] Amar Haciendo El Amor (I) Amar Haciendo El Amor (II) […]

Canal RSS de los comentarios de la entrada | URL para TrackBack

Deja un comentario

Debes iniciar sesión para hacer comentarios.

Bienvenido a la mayor comunidad de escritores de relatos eróticos


Copyright © 2008. Gestores Profesionales de Contenidos Digitales S.L.
Todos los derechos reservados