Según dice el refran español.. cuanto más primo/hermano/tio/abuelo más me arrimo

Las mellizas (I: La boda)

Una mujer relata los sucesos que la llevaron a sucumbir a los deseos del novio de su hija.

Me llamo Sonia y la verdad es que nunca me ha gustado el novio de mi hija, y aun menos los amigotes que le acompañan. Al principio pense que este rechazo era debido a que tuve que marcharme de mi pueblo muy joven, por haberme quedado embarazada de forma deshonrosa, y no tener un padre que se hiciera cargo de la que hoy es mi única hija. Por suerte tenia una excelente cultura y pude colocarme en un trabajo honrado; que, a mis treinta y pocos años, me ha permitido dar a mi hija una buena educación. Silvia, mi pequeña, no ha cumplido todavía los diecisiete, pero ya tiene un cuerpo de mujer, como yo a su edad; con unos firmes pechos que amenazan con llegar a ser tan grandes como los míos, que son enormes. Dice que ama con locura a Raúl, un caradura de nuestro piso, de unos dieciocho años, y que él le corresponde. No tengo que prevenirla respecto al sexo, pues los jóvenes de hoy saben sobre el tema mucho mas que yo, pero me temía que solo la quisiera para eso, y que mi niña sufriera su primer desengaño amoroso. Ella sabe que yo no he conocido mas hombre que el que me dejo embarazada; y que, debido a mi trabajo, y al cuidado de la casa, no salgo casi nunca. Y ahora intenta que salga con ella, con su novio, y con sus dos inseparables amigos.

Al principio no quería ir con ella por no coartar su libertad; pero, después de algún tiempo, el motivo para no acompañarles era que empezaba a ver demasiadas miradas de deseo en las caras de los amigos de Raúl, e incluso en la suya, algunas veces, cuando ciertas poses o prendas de ropa ceñían la ropa a mi cuerpo.

Siempre he sido bastante delgadita; y, como destacan tanto mis grandes pechos, procuro usar ropas que me hagan pasar desapercibida. Pero, Silvia, no me deja, he insiste en hacerme vestir con ropas demasiado modernas, y bastante provocativas, cuando salgo con ella; para parecer mas joven de lo que en verdad soy.

Pero yo, en verdad, en cuanto siento como me desnudan las sucias miradas de algunos hombres, me siento incomoda y procuro volver a casa lo antes posible; donde, hasta hace poco, me creía a salvo de ellos.

Eso cambio cuando empece a salir con mi hija, pues pronto me tuve que acostumbrar a tenerlos, a todos, en casa, a cualquier hora, y durante el tiempo que les apetecía. Creía que venían, sobre todo Raúl, por mi hija, pero pronto me di cuenta que me prestaban mucha mas atención a mi que a ella. Sobre todo porque en casa suelo vestir con ropas mucho mas ligeras, y sin la odiosa opresión del sujetador, dejando que mis pesados senos se muevan en total libertad. Y ellos siempre estaban pendientes, con mas o menos disimulo, de mi; para verme los pechos, por cualquier abertura de mi ropa, en cuanto me descuidaba un poco.

Como nunca he usado llave en mi casa, tarde bastante tiempo en darme cuenta de que ellos utilizaban las cerraduras para espiarnos, mientras nos cambiábamos de ropa. El día que por fin me di cuenta de lo que pasaba me sentí muy ofendida y, aunque mi hija se lo tomo a broma, la convencí para que las selláramos.

Desde ese día utilizaron métodos mas directos para poder disfrutar de nosotras. Un día vi, por la puerta entreabierta de su dormitorio, como Silvia se probaba un ajustado top, que le había regalado Raúl, delante de este, y sus dos amigos; enseñándoles al mismo tiempo a todos los presentes, sus bonitos pechos, que Raúl no dudo en toquetear durante toda la exhibición, mientras hacia comentarios soeces a costa suya. Cuando mas tarde se lo comente, una vez solas, me dijo que ella hacia top-les en verano, y que no tenia la mas mínima importancia que los amigos de su novio la vieran desnuda en su casa, o en alguna playa. Como siempre la he mimado mucho, intente verlo a su manera, pero me era muy difícil entender su postura.

Me imagino que se lo contó a su novio, pues Raúl me lo puso aun peor, ya que empezó a darle besos y caricias, cada vez mas intimas, delante mía y de sus amigos; llegando al extremo de dejar a Silvia, alguna que otra vez, con los dos pechos al aire, mientras se revolcaban en el sofá viendo alguna película de vídeo. A mi no me parecía correcto que enseñara tantas cosas a este, y sus amigos, pero lo tenia que aceptar.

Por desgracia tengo el sueño muy pesado y tuvo que ser mi hija la que me avisara de que los dos amigos de Raúl llevaban un tiempo divirtiéndose a costa mía, y de mi cuerpo, mientras dormía la

siesta. Aunque no me lo dijo claramente, me di cuenta de que si me lo decía ahora era porque Raúl estaba empezando a interesarse demasiado por querer participar en esos pícaros juegos, y ella empezaba a sentir celos de mi.

Me hizo prometer solemnemente que no haría nada en contra de ellos, averiguara lo que averiguase, y yo procure quedarme despierta, aquella tarde, para ver en que consistían realmente sus diversiones.

Cuando llevaba ya un buen rato haciéndome la dormida note como entraban todos ellos, con gran sigilo, en mi dormitorio; y, quitándome la sabana, empezaban a acariciar, con mucho cuidado, mis pechos. En el momento en que se convencieron de que estaba realmente dormida fue cuando empezaron a manosearme de verdad, bajándome las tirantes del camisón, para poder ver bien lo que tocaban. Así, mientras unos me sobaban los senos, hasta conseguir que se me hincharan los pezones, otro me aparto un poco las bragas, lo suficiente para que todos pudieran ver bien mi vagina. Tuve que morderme la lengua, para no gritar, cuando, entre risitas, uno de ellos deslizo un dedo por mi húmeda intimidad. Hice un gran esfuerzo para no delatarme, durante todo el rato que estuvieron acariciándome; sobre todo, cuando empezaron a darme pequeños besos, y mordisquitos, en las tetas, pues las tengo la mar de sensibles; y llegue a disfrutar de verdad cuando uno de ellos empezó a chupar, delicadamente, mis pezones, hasta que se pusieron duros como piedras. Creo que fue por eso por lo que no arme el escándalo cuando se fueron; porque, realmente, me gusto lo que me hicieron. Aunque procure ocultárselo a mi celosa hijita. Y, desde luego, tuve que dejar de dormir la siesta; pues, aunque mi conciencia se rebelara ante sus sucios actos, mi cuerpo me decía que estaba jugando con fuego, y que me podía quemar. Pues aun soy bastante joven, y esa experiencia me recordó, demasiado bien, los placeres de la carne, que ya creía tener superados desde hacia muchos años.

Me sorprendí a mi misma, saliendo con ellos mas a menudo, y arreglándome mas de la cuenta cuando lo hacia; poniéndome ropas que antes siempre había rechazado, por ser demasiado atrevidas para mi. En casa era todavía peor, pues me empezaba a gustar que me prestaran tanta atención; y, muchas veces, me dejaba suelto un botón, o me agachaba a destiempo, para ver como reaccionaban los chicos. Estaba tan absorta, provocándolos, que no me fije en que mi hijita estaba cogiendo muchos celos de mi; al ver como su novio me prestaba mas atención a mi que a ella. Pienso que ese fue el motivo de que empezara a traicionarme.

Al principio solo fueron unas pequeñas tonterías; que, si ella no me las hubiera contado, al cabo de algún tiempo, ni siquiera me habría enterado de que habían ocurrido. Pero supongo que fueron el inicio de todo lo que nos sucedió a continuación, y que nos ha llevado hasta donde estamos ahora.

Un día, para hacer una gracia delante de ellos, se le ocurrió levantarme, con mucho disimulo, el vestido, mientras yo fregaba los platos, para que todos vieran mi culo desnudo; pues ella sabia que, por culpa de una mancha, en ese momento no llevaba puestas las bragas. Yo ni me entere, pero a ellos les hizo mucha gracia la cosa; y Silvia vio, en esas pequeñas travesuras, la forma de volverse a ganar a su enamorado.

Así, mientras me duchaba, solía entrar, con cualquier excusa, para separar un poco la cortina del baño; lo justo para que ellos, desde la puerta, pudieran ver mi cuerpo desnudo. Se convirtió en toda una costumbre el que Silvia entrara en mi dormitorio justo cuando me estaba cambiando de ropa; y, dejando la puerta encajada, me daba conversación, para distraerme, mientras ellos contemplaban mis strip-teases privados.

Solo una vez me di cuenta de que pasaba algo raro. Fue el día que, en la corseteria, mi hija me hizo probar un montón de bodys y sujetadores, de cara a las ya cercanas fiestas del barrio. Cuando llevaba un rato viendo que mi hija se equivocaba, una y otra vez, con las tallas, haciéndome probar un montón de prendas que me venían siempre pequeñas, me gire para reñirle. Y vi, por la cortina entreabierta, como me miraban embobados sus amigos. Sobre todo Raúl, que tenia una sonrisa de oreja a oreja, mientras clavaba su turbia mirada en mis pechos. Estaba tan cortada que no hacerte a reaccionar, ni siquiera cuando me di cuenta de que era Silvia la que, a propósito, me estaba exhibiendo delante de todos ellos. No se si lo hice por ver en que acababa la cosa, o por el sucio deseo que se veía en sus ojos, pero el caso es que segu&iac

ute; probándome la ropa que me traía Silvia; aun sabiendo que ellos sabían que yo lo sabia; o, quizás, por ese mismo motivo.

El caso es que mi hija, al ver que a mi me daba lo mismo, dejaba cada vez mas abierta la cortina, y yo me sentía cada vez mas audaz; hasta el punto que apenas dude en quedarme completamente desnuda durante algún tiempo, para probarme unos bodys de cuerpo entero. Aun sabiendo que no solo eran ellos los que me veían, sino que casi todos los hombres de la tienda estaban ya pendientes de mi cuerpo serrano.

Cuando fui a pagar las compras el dependiente, con una gran sonrisa, me hizo un descuento exagerado; y, guiñándome un ojo, me dijo que volviera cuando quisiera. Salí de allí roja como un tomate, y pase los días siguientes dándome duchas de agua fría, para calmar la creciente ansiedad, que crecía dentro de mi.

Una noche, durante las fiestas del barrio, mi hija me hizo poner un vestido veraniego muy cortito, con la espalda totalmente descubierta, que me obligaba a ir sin ningún tipo de sujetador. A mi no me hacia gracia que mis descomunales senos quedaran tan expuestos, sobre todo los gruesos pezones; que, al endurecerse, se marcaban claramente en la tela. Pero Silvia insistió tanto que al final tuve que ceder. Nada mas salir sus amigos se me pegaron como lapas; y, aquella noche, fue cuando realmente empezaron a abusar de mi.

Al principio, en las atracciones, fueron solo pequeños apretones indecisos. Pero, cuando se dieron cuenta de que yo no me quejaba nunca, por no herir a mi hija, se envalentonaron. Así que empezaron a llevarme a aquellas atracciones en las que, amparados en la oscuridad, podían sobar mis soberbios pechos a gusto, por dentro y por fuera del vestido. Incluso hubo uno que metió su mano dentro de mis bragas, para intentar llegar a mi intimidad, aunque conseguí cerrar mis piernas antes de que metiera sus dedos donde no debía.

Con tanto roce, y la gran cantidad de alcohol que bebimos todos, por culpa suya, y que no soporto muy bien, cuando llego la hora del baile estaba en un estado de euforia sexual, como hacia años que no tenia.

Así que baile con todos, varias veces, notando como sus cuerpos se restregaban contra el mío, cobijados en la multitud, sin que me importara demasiado sentir sus duros miembros clavándose en mi cuerpo.

Al volver a casa se turnaron en llevarme; pues, aunque podía andar sola, era la excusa perfecta para que me fueran acariciando por las calles desiertas, jugando a ver quien me ponía los pezones mas duros, dando pequeños pellizcos y apretones. Cuando llegamos al portal aproveche para ponerme bien las bragas, puesto que uno de ellos me las había bajado, hacia ya un buen rato, para poder manosear mi trasero a gusto.

No me di cuenta de que uno de ellos estaba trasteando en los botones del ascensor, hasta que este se detuvo y se apagaron las luces; ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo, pues enseguida se me echaron dos de ellos encima, y empezaron a violarme. No podía gritar, ya que alguien me estaba devorando la boca a besos, chupando, y mordiendo, mis labios y mi lengua, con un ansia imparable; mientras me estrujaba, salvajemente, los pechos, por encima del vestido; retorciéndome, dolorosamente, ambos pezones. El otro, al mismo tiempo, me había roto las bragas; y, situado entre mis piernas abiertas, me daba unos fuertes, y rápidos, lametones por toda la raja. Me pellizcaba con una mano el clítoris, mientras metía dos de sus dedos por mi entrada posterior; pues se dio cuenta, enseguida, de que uno solo entraba demasiado bien.

Pense que era culpa mía lo que me estaba pasando, por haberles dejado ir tan lejos conmigo, así que deje de resistirme y procure disfrutar de la situación; sobre todo porque estaba oyendo los gemidos de placer de mi hija, cerca de mi, y me dije que tenia el mismo derecho que ella a disfrutar de mi primera violación.

Cuando vieron que dejaba de resistirme, y que empezaba a cooperar, me hicieron agachar la cabeza, hasta sentir un miembro, junto a mis labios, exigiendo entrar; aunque hacia muchos años que no lo hacia, hay cosas que no se olvidan, y pude darle, al afortunado, una lección inolvidable; mientras me apretaba los pechos sin piedad. Menos mal que tenia toda la boca ocupada, porque, cuando el otro entro dentro de mi, con su enorme miembro, empece a dar auténticos gritos de placer; que no cesaron ni tan siquiera cuando me inundaron la boca de semen, y que me hizo pensar que me ahogaría antes de poder tragarlo todo.

Cuando el otro llego, poco después, ya había terminado de limpiarle, con la lengua, el miembro,

al que estaba delante mío; y, sujetándome por la cabeza, me hicieron repetir la operación con el que me había hecho llegar, por primera vez en mas de quince años, al orgasmo. Por eso no me importo chuparle, a conciencia, su gran pene; hasta conseguir, no solo que quedara limpio, sino que volviera a levantársele, con ganas de continuar. Apenas tuve tiempo de levantarme del suelo antes de que volvieran a poner en marcha el ascensor. La luz me sorprendió a medio vestir, mostrándoles a todos mi apetecible cuerpo desnudo.

Como no sabia donde mirar me fije en mi hija, que lloraba silenciosamente con sus bragas, también rotas, en la mano. No sabia que pensar, pues la había oído gemir, de placer, hasta hacia bien poco; y no sabia porque lloraba. Pero no tuve tiempo de preguntárselo, pues enseguida nos hicieron abrir la puerta del piso.

Le pregunte a Raúl si no tenían bastante con lo que habían hecho; y este, entre carcajadas, nos dijo que ahora empezaba lo bueno, y que hacia largo tiempo que esperaba este momento. Nada mas entrar en la casa nos obligo a Silvia y a mi a que los desnudáramos a todos. Haciendo que nos desnudáramos después la una a la otra, lentamente, quitándonos las prendas de una en una, hasta acabar tan desnudas como ellos.

En cuanto estuvimos en cueros empezaron a toquetearnos todos, mientras comparaban nuestros cuerpos entre bromas de mal gusto. Después hicieron que mi Silvia se tumbara en la cama, boca arriba, bien abierta de piernas; mientras yo, de rodillas, junto a ella, tenia que darle el pecho, como si fuera una niña pequeña.

Ellos se burlaban de nosotras, mientras tanto, sin dejar de acariciarnos, e incluso pellizcarnos, por todo el cuerpo. Fue entonces cuando Raúl les dijo, a sus dos fieles amigos, que el que no se hubiera acostado con la zorrita, que aprovechara ese momento. Y uno de ellos se apresuro a situarse entre las piernas de mi niña. En ese momento supe por que lloraba ella en el ascensor, porque el que la había hecho suya no había sido Raúl, sino uno de sus amigos, con el permiso de este. El fogoso muchacho que estaba poseyendo a mi hija ahora lo hacia con una furia bestial, por lo que la pobrecilla mas que chupar mi duro pezón lo mordía, para no gritar, haciéndome sufrir horrores a mi. No tuve tiempo para pensar en nada mas, pues Raúl se arrodillo frente a mi y, cogiendo mi cabeza con sus manos, me exigió que le chupara su grueso falo. En cuanto tuve el grueso aparato en la boca supe que había sido él quien me había poseído un rato antes en el ascensor.

No le di mayor importancia, pues el otro chico ya estaba metiendo su largo instrumento dentro de mi, y se movía tan bien, que me corrí casi enseguida. Aunque habría disfrutado mucho mas del acto si Raúl no hubiera estado todo el rato apretando, y pellizcando, mis pechos, y los de mi pequeña Silvia, sin piedad.

Primero llego el chico que estaba cabalgando sobre mi hija; y, casi al momento, el que me había hecho llegar al cielo un par de veces. Raúl, sin haberse corrido, dijo que me tocaba a mi chupar, y que él tenia que comprobar algo; así que, sin dejarme mover, hicieron que Silvia se abriera de piernas frente a mi, para que yo pudiera lamer, bien a fondo, su intimidad. El sexo entre mujeres es una cosa que yo no había hecho jamas; pero, que tratándose de mi hija, procure hacer lo mejor posible, para que disfrutara al máximo.

Y creo que lo logre, pues los suaves gemidos que emitía mientras exploraba con mi lengua sus pétalos de rosa fueron mucho mas fuertes que cuando había hecho el amor con los otros chicos. Estaba tan ocupada chupando y lamiendo la dulce gruta de Silvia que, cuando me di cuenta de que Raúl intentaba entrar por detrás, en mi ano, ya no lo pude evitar. Ahogue mis gritos de dolor entre las piernas de mi hija mientras el miembro de Raúl entraba, poco a poco, hasta el fondo. Por suerte, cuando llego al final del pasadizo, el dolor se me hizo mas llevadero; y pronto pude volver a sentir un turbio placer que ya creía olvidado.

Raúl, al ver como yo movía las caderas, meneándolas hábilmente para sentir el máximo placer, se hecho a reír, y les dijo a sus amigos que ya sabia él que una zorra de mi calibre no podía ser virgen por ningún agujero. Solo uno de los dos chicos le hizo caso, el que me estaba ordeñando las tetas penduleantes, de un modo bastante suave para variar; mientras observaba con gran atención, con que frenesí conseguía que mi pequeña Silvia alcanzara el orgasmo u

na y otra vez. El otro estaba muy ocupado, puesto de rodillas sobre la cama, haciendo que mi querida hija le demostrara que sabia chupar y lamer cualquier aparato, casi tan bien como yo; pues había practicado con el golfo de su novio bastante mas de lo que yo podía sospechar.

Cuando los dos chicos llegaron, dentro de nosotras, como ya me temía, Raúl hizo que me tumbara de espaldas sobre la cama, bien abierta de piernas, con Silvia echada sobre mi, hasta aplastar sus senos sobre los míos, y que nos demostráramos mutuamente nuestro amor, besándonos apasionadamente en la boca.

Ellos nos ayudaban a su manera, acariciándonos brutalmente a ambas, sin descanso. Mientras, el chico que estaba todavía en forma, se introducía, alternativamente, por nuestros dos dilatados agujeritos, llenándonos con su largo miembro. Mi hija besa realmente de maravilla, con una lengua dulce y juguetona que sabe hacer diabluras con otra boca; así que me deje llevar al orgasmo, una y otra vez, mientras los otros chicos jugaban con nuestros cuerpos, torturando nuestros preciosos pechos desnudos todo el tiempo; dedicando una especial atención a nuestros sufridos pezones, los cuales estaban ya enrojecidos de tanto suplicio.

El joven que nos estaba poseyendo pidió permiso a Raúl para penetrar, también, por detrás a mi pequeña; pero este se lo denegó, alegando que era lo único virgen que quedaba en ese dormitorio, y que lo quería para él. El chico llego dentro de mi, poco después, con tan poca intensidad que ni lo note. Así que tuvo que ser Raúl el que nos separara. Lo hizo entre bromas y comentarios de mal gusto, porque seguíamos abrazadas las dos, besándonos con autentica pasión. Y es que ambas habíamos descubierto, con sorpresa, lo bien que sabíamos besar, enseñándonos la una a la otra trucos increíbles con los labios y la lengua.

El sátiro de Raúl, riendo, nos hizo hacer un sesenta y nueve a las dos, para que nos limpiáramos nuestras intimidades la una a la otra, bien a fondo y a conciencia. Como yo ya lo había hecho antes, tenia practica, y enseguida note como sus gemidos se hacían mucho mas fuertes; pero ella es muy espabilada y aprendió enseguida como debía usar su boca para darme placer, y pronto le hice eco a sus gemidos con los míos.

Raúl no quiso desaprovechar la oportunidad que le brindaba el precioso culo en pompa de mi pequeña; y, poniéndose de rodillas sobre mi cabeza, empezó a introducir su enorme miembro en el trasero de mi hija. La pobrecilla se movía como una serpiente, intentando escapar de su violenta intromisión, pero la tenían bien sujeta entre los tres y solo conseguía que se le fuera metiendo el ariete cada vez mas adentro. Para ayudarla incremente el ritmo de mis lamidas, para que el placer suavizara el dolor; y, poco a poco, empezó a disfrutar ella también de la nueva experiencia, moviendo las caderas cada vez con mas velocidad. Los otros chicos nos ayudaron a su manera; y así, mientras uno nos chupaba las tetas, el otro consiguió meter sus dos largos dedos dentro de mi entrada posterior, haciéndome gritar de placer, a coro con mi hijita.

Quedamos los cinco extenuados, tendidos sobre la cama de matrimonio de cualquier manera. Raúl, me pidió que les contara como, y donde, había perdido todas mis virginidades; y a manos de quienes.

Yo nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a mi querida hija, pero pense que ese era un momento tan bueno como cualquier otro. Sobre todo si teníamos en cuenta que mi pobre tío Juan, el culpable de todo, había muerto hacia un par de años; y que ni la granja ni la vieja casa del pueblo eran ya nuestras.

Fue mi madre la que le pidió a mi tío Juan, su hermano menor, que regresara al pueblo, para ayudarnos a llevar la granja, cuando yo tenia unos trece años. Mi pobre padre estaba ya por entonces muy enfermo, y tenia que estar siempre en la cama, hasta que murió, tan solo unos años después. Yo estaba casi todo el día en el colegio de las monjas, y mi madre no podía llevarlo todo a la vez. Mi tío era todo un hombreton, muy grande y fuerte, y bastante guapo si no recuerdo mal; además era mucho mas joven que mi padre, pues en esa época aun no había cumplido ni los cuarenta. Y si permanecía todavía soltero a su edad era por la mala fama que tenia entre las mujeres del pueblo. Con los años me entere que había tenido algunas novias, pero todas le dejaron al ver por donde iban sus depravadas in

clinaciones sexuales, apartándose enseguida de él.

Mi madre solo me hablo una vez del sexo entre las personas, el día que me vino el primer periodo, y me contó, muy brevemente, como nacían los niños. En el colegio era todavía peor, pues las viejas monjas que daban las clases rehuían sistemáticamente cualquier pregunta sobre el sórdido tema; y, aunque mis amigas me sacaron de algunas dudas, el sexo era algo que, no solo desconocía, sino que tampoco me importaba.

Dado que yo era aun muy niña los chicos no me interesaban demasiado; y, como mi madre me hacía poner siempre ropas muy holgadas para disimular mis llamativas formas, y nunca he sido demasiado guapa en realidad, yo tampoco les interesaba a ellos. Por lo que, prácticamente, no tenia casi amigos de mi edad.

Yo era hija única y me encantaba que mi tío demostrara tanto interés por mi; siempre me traía pequeños regalos y me hacia reír con sus bromas, y sus cosquillas. En presencia de mi madre procuraba guardar las formas, pues sabia que no le gustaba que me tomara tantas confianzas; pero, en cuanto nos quedábamos solos, corría a sentarme sobre sus fuertes piernas, para que me contara historias, y me hiciera reír con sus manos habilidosas. A veces, sobre todo cuando le había dado ya muchos besos y abrazos, notaba que sus cosquillas se hacían mas torpes; y, en vez de hacerme reír, sus largos dedos me tocaban en aquellos sitios que las monjas no querían ni nombrarnos. A mi, lejos de molestarme, me gustaban esos suaves toqueteos a través del vestido. También era cuando mejor notaba el, por el momento, desconocido, bulto que se le formaba en el pantalón; y que era verdaderamente enorme. Yo nunca había visto un hombre desnudo, pero me imaginaba, mas o menos, como seria; pues había visto a algunos animales haciendo el amor; y, supuse, que el gran objeto, que se apoyaba firmemente en mi acogedor trasero, seria bastante parecido.

Lo cierto es que, por el contrario, mi tío era el único hombre que me había visto desnuda, sin contar a mi padre, y parecía solazarse en ello. Por aquel entonces nos lavábamos todos en una gran tinaja que había en el patio trasero. Pues bien, rara era la vez que cuando me lavaba el cuerpo no asomaba mi tío por allí, de forma mas o menos disimulada, para contemplar mi cuerpecito desnudo, al que yo no daba la importancia que debía, pues no sabia que interés podía tener el ver mi pequeño bosquecillo o mis pálidas colinas.

Una tarde llegue llorando a mi casa, desde el colegio; y, al ver que no estaba mi madre, fui a contarle a mi tío lo que me había pasado. Me senté en sus rodillas y, mientras me abrazaba tiernamente, le conté que esa tarde, durante la clase de costura, mientras las monjas nos tomaban medidas del cuerpo, las otras niñas se habían estado burlando de mis enormes pechos, que veían prácticamente desnudos por primera vez; pues eran los mas voluminosos, con diferencia, de todo mi curso. Hasta que terminaron las clases estuvieron diciendo que yo era una vaquita, y bromeaban a mi costa diciendo que a la salida me iban a ordeñar. Yo me marche del colegio llorando, mientras corría a toda velocidad para que no me alcanzaran las demás niñas.

Cuando termine de contarle lo sucedido, mi tío me dijo que lo que les pasaba a mis compañeras era que me tenían envidia; y cuando yo le dije que no entendía el porque, él me dijo que me lo iba a demostrar.

Me hizo desabrochar el vestido y quitarme el aparatoso corsé, que había sido de mi madre hasta hacia poco, para dejar mis magníficos pechos al aire. Después de mirarlos de cerca un buen rato, cogió una teta con cada mano y comenzó a acariciarlas, suavemente, hasta que se me endurecieron los pitones. Yo no entendía muy bien lo que me estaba pasando, pero aquello me gustaba horrores; y, cuando empezó a darles pequeños besos, chupando glotonamente los gruesos pezones, pense que me moría de placer. No se como habría terminado todo si, en ese momento, no hubiéramos oído como regresaba mi madre de la compra.

Mientras mi tío me hacia vestir, a toda prisa, me dijo que ese era el motivo de la envidia de ellas, el que al tener bastante mas pecho que ellas sentiría siempre mucho mas placer cuando me los acariciaran y besaran; pero me hizo prometer que no se lo diría a nadie, pues era un secreto de la gente mayor, y yo era aun muy joven para saberlo. Esa noche dormí muy mal pensando, no solo en lo que

había aprendido esa tarde, sino en cuantos secretos mas debían de tener los adultos; y me propuse averiguar algunos mas, tan agradables como el que ya sabia, para darles una lección a mis amigas. El problema es que mi querido tío estaba casi siempre en el corral, fuera del pueblo, cuidando de los animales, por los cuales sentía un enorme afecto; demasiado, como oía murmurar, algunas veces, a mi madre. Por eso eran muy raras las veces en que podía hablar en casa, a solas, con él. Así que intente aprovecharlas al máximo cuando estas se me presentaron.

Una de esas ocasiones, mientras jugaba sobre sus rodillas, me arme de valor y le pedí que me enseñara lo que diferenciaba a los chicos de las chicas. Él, después de dudarlo un poco, me pregunto las pocas cosas que yo sabia al respecto. Cuando se percato de lo escasos que eran mis conocimientos sobre el tema me hizo desnudar, completamente, delante de un gran espejo; y, mientras me tocaba los diferentes sitios, me iba explicando para que servían. Me encanto, sobre todo, sentir sus ágiles dedos en mi intimidad, mientras me aclaraba como era posible que salieran de hay dentro los niños. Después, por fin, se desnudo él, y pude ver su gran aparato al natural; yo no creía posible que una cosa tan enorme pudiera entrar por un agujero tan pequeño, pero él me aseguro que, en cuestión de sexo, todo era posible. Me dejo que lo tocara, con cuidado, y pase un rato muy agradable; recorriendo, centímetro a centímetro, esa inmensa barra de carne.

Poco después me enseño como debía mover mis pequeñas manos para extraer el liquido de la vida, como él lo llamaba eufóricamente. Yo estaba realmente ilusionada con el posible descubrimiento y puse mucho cuidado en mis manejos. Luego, al ver que no pasaba nada, mi tío me pidió que le diera algunos besos en el extremo, para acelerar el proceso. Aunque me costo un poco meter tanta carne en mi pequeña boquita, cuando lo logre, disfrute muchisimo de un sabor tan nuevo y original. Me sentí un poco decepcionada cuando, al cabo de un buen rato, mi tío me obligo a apartar la cabeza, pues estaba muy a gusto; pero me sorprendí horrores cuando, nada mas hacerlo, salieron unos grandes chorros de leche blanca de dentro del aparato, llenándome toda la cara y las manos. Para sorpresa de mi tío procure no dejar ni una sola gota de tan sabroso producto y trate de limpiar, con mi lengua, todo lo que había manado de tan curiosa fuente.

Fueron varias las tardes en que, puesta de rodillas, delante de mi tío, conseguí extraer todo el liquido de la gran fruta prohibida; llegando a tener una gran habilidad para tragármelo todo, sin que se escapara ni una gota mientras él llenaba, entre ruidosos suspiros, mi boca, con el sabroso postre que tanto me gustaba.

A cambio el procuraba hacerme gozar siempre que tenia ocasión, introduciendo sus gruesos dedos por mi acogedora cueva siempre que podía. Pero eran mis pechos los que mas disfrutaban, recibiendo apasionados besos y caricias en cuanto tenia la mas mínima oportunidad de aflojar mi ropa y liberarlos del corsé.

Por mi santo mi tío me regalo un precioso vestido, muy ligero, pues estabamos a finales de primera, y que me ceñía mas de lo que era de desear. Digo esto porque el día que lo estrene mis compañeras del colegio vieron claramente la pujanza de mis grandes pechos, y se acordaron de cuando nos midieron, y de la promesa de ordeñarme. Así que, durante el recreo, un puñado de desalmadas me arrincono en el baño y, soltándome los botones, me despojaron del corsé. Luego me hicieron poner a cuatro patas y, con bastante mala idea, me estrujaron los pechos, como si fuera una vaca, tironeando de mis pezones sin ninguna piedad. Al final, mientras me vestía, me obligaron a guardar silencio, si no quería volver a sufrir de nuevo.

Por eso me alegro mucho que al llegar el verano, cuando acabaron las clases, mi madre me ordenara que fuera a la granja a ayudar a mi tío con los animales. Sin saberlo me estaba dando una oportunidad de oro para que disfrutara al máximo con mi tío. El primer día, cuando íbamos por un atajo, antes de llegar, me pidió que cambiara mi ropa por una camisa vieja suya, muy grande, a la que había quitado las mangas, por lo que mis pechos asomaban por su generoso escote y por sus aberturas laterales. Me vi muy graciosa con mi nuevo uniforme de trabajo, que me llegaba hasta las rodillas, pero no me hizo mucha que me obligara a quitarme hasta las braguitas, pues me sentía muy expue

sta con tan poca ropa encima. Como estabamos los dos solos, perdidos en medio del campo, pense que él tendría sus motivos y no le di mas importancia.

Yo no iba por el corral desde que era muy pequeña y, aunque me gustaban mucho los animales, me di un buen susto cuando se nos echaron encima los tres enormes perrazos que estaba criando mi tío, para que protegieran el lugar en su ausencia. Mi tío, cojiendome por los hombros, me ordeno que no me moviera lo mas mínimo, para que los perros me olfatearan bien, y no se olvidaran nunca de mi olor. Me quede lo mas quieta que pude mientras me olían desde los pies hasta mas allá del ombligo, lamiéndolo todo a su paso.

Cuando mi tío me vio mas tranquila, aunque tenia sus tres cabezas bajo la larga camisa, me obligo a separar mucho mas las piernas, fue entonces cuando ellos se dedicaron, exclusivamente, a mis zonas mas femeninas. Nunca podré olvidar aquella maravillosa sensación, al sentir sus ásperas lenguas invadiendo mis partes mas intimas, saboreando mis castos orificios. Mi tío, al oír mis dulces gemidos, soltó mis hombros; y, metiendo sus manos bajo la camisa, empezó a acariciarme las tetas. Al sentir sus hábiles dedos creí que no podría aguantar tanto placer y, cuando empezó a jugar con mis pezones, no pude soportarlo y me caí de rodillas al suelo, en medio de un fuerte orgasmo. Mi tío se sentó en el suelo, frente a mi, con los pantalones bajados, y me pidió que le chupara su gran aparato. No me lo tuvo que pedir dos veces, porque yo estaba deseando metérmelo entero en la boca, aunque, en esa ocasión, no me lo pude tragar todo, ya que los perros, que no dejaban de lamerme, me hacían llegar, una y otra vez, con unos fuertes orgasmos; y tuve que dejar que se me derramara toda la leche, por la barbilla, para no ahogarme, mientras gritaba de placer.

Después, mientras dábamos de comer al resto de los animales que había en la granja, me explico que las tres eran hembras, ya que el perro estaba atado en un cercado aparte; porque era época de celo y, por el momento, no quería que dejara preñadas a las perras. Yo les tenia que haber caído en gracia; pues, en cuanto me paraba un instante, ya tenia a una, o dos, metidas bajo mi camisa, chupándome, con placer, toda la abertura. Era una sensación maravillosa, que no me cansaba de experimentar, y que me hacia dormir muy inquieta por las noches, deseando que llegara pronto el día siguiente, para volver al divertido corral.

Una mañana, mientras mi tío ordeñaba las vacas, decidí entrar en el cercado de Brutus, el perro, para jugar con él. Me acerque a cuatro patas, como si fuera una perrita, y pronto pude sentir como su húmeda lengua rasposa exploraba a fondo mi intimidad. Como ya estaba acostumbrada, me puse cómoda, y le deje hacer.

Me sorprendió mucho que dejara de lamerme, cuando mas a gusto me encontraba, y me abrazara con sus patas delanteras. No sabia lo que estaba pasando y, aun no había acertado a reaccionar, cuando sentí un afilado, y doloroso, dardo puntiagudo entrando hasta lo mas hondo de mi. Solo pude llorar mientras me penetraba, cada vez mas adentro, con su largo miembro. Al final, mientras el afortunado chucho se corría, con unos largos y calientes chorros de semen, sentí un poco de placer; pero no el suficiente como para que hubiera valido la pena perder mi virginidad de una forma tan tonta. Lo peor fue que al animal se le formo como una especie de pelota de carne en la punta del miembro, y no podía salir de mi interior. Pase un rato terrible hasta que, por fin, vino mi tío y, tranquilizándome, logro que el perro saliera sin hacerme daño.

Después, mientras me limpiaba los restos con un pañuelo mojado, le conté lo que había pasado. Él estaba muy preocupado por mis sentimientos, y se sorprendió mucho, cuando le aclare que lo que mas me dolía no era perder mi virginidad, pues no entendía su utilidad, sino el haber experimentado tan poco placer.

Me prometio que iba a solucionar eso y, llevándome al pajar, me hizo tumbar desnuda sobre una manta, situada sobre la paja amontonada. Estuvo un buen rato dándome besos por todo el cuerpo, especialmente en mis sensibles pechos, mientras acariciaba sin descanso mi dolorida intimidad. Espero hasta que me corrí, por segunda vez, en sus hábiles dedos, para pedirme que le chupara, solo un poco, su largo miembro, antes de poseerme, lo cual hice de mil amores. Cuando llego el momento mágico, y aunque puso todo el cuidado del mundo, pense que me partiría en d

os, antes de poder meter una cosa tan grande dentro de mi agujerito.

Pero, poco a poco, consiguió llegar hasta el esponjoso final, y todo empezó por fin a mejorar. Después de quedarse un rato totalmente quieto, para que me adaptara a su verga, volvió a entrar y salir muy despacio, consiguiendo que el dolor se transformara en un placer infinito. En cuanto vio que mis gemidos daban paso a auténticos gritos de placer, me enseño como menear las caderas, para acoplarme a sus fuertes empujes, que lograron que me quedara totalmente exhausta, después de una interminable serie de orgasmos.

Fue tan intenso el placer que sentí ese día memorable, que era yo la que insistía en que hiciéramos el amor, una o dos veces como mínimo, cada vez que íbamos al corral; teniendo que masturbarme frenéticamente en mi dormitorio cuando no podía ir al corral por tener que ayudar a mi madre a limpiar nuestra vieja casa.

Con el paso de los meses me di cuenta de que, aunque mi tío nunca se negaba a hacer al amor conmigo, cuando de verdad disfrutaba, era cuando los animales me hacían llegar a mi. Yo prefería, de largo, hacer el amor con él, pero tenia que acceder a sus raros caprichos, si no quería que se enfadase conmigo. Como mi tío nunca llegaba dentro de mi, para no dejarme embarazada, solía untar mis tetas con su esperma, pues sabia que ese sabor volvía locas a las perras. Así que yo me pasaba todo el día con ellas bajo mi camisa, lamiendo sin descanso; hasta que el placer me dominaba, y me dejaba caer al suelo, para que pudieran lamer también mis pechos. Cuando mi tío me veía totalmente entregada al acto, solía arrodillarse frente a mi, y obligarme a hacerle yo a él lo mismo que las perras me hacían a mi. Brutus no volvió a tener mas problemas de celo; pues, en cuanto mi tío lo veía nervioso, me obligaba a hacer el amor con él. Como ya estaba acostumbrada al enorme miembro de mi tío, no me importaba hacerlo con Brutus, pues suponía una divertida variación, con su rápida velocidad de penetración; pero me fastidiaba que me arañara con sus patas, y que llegara tan pronto. Eso si, me hacia gracia que no dejara acercarse a mi tío, con sus ladridos, cuando me estaba poseyendo. Le tome mucho cariño a Brutus, pues, no en vano, fue mi primer amante.

Fueron unos meses maravillosos, en los que mi tío me enseño todo cuanto sabia sobre el sexo, y la mejor forma de practicarlo. Me apeno mucho que se acabara el verano y tuviera que volver al colegio, pero al menos me quedaba el consuelo de poder seguir haciendo el amor con mi tío cuando nos quedábamos solos en la casa. Lo cierto es que no me acostumbraba a prescindir de sus penetraciones, dando lugar a algunas situaciones violentas cuando lo acosaba para que me satisfajera, sin importarme quien anduviera cerca.

Ese año comenzaron a convertirse en mujeres la mayoría de mis compañeras pero, como pueden suponer, yo iba tan por delante de ellas que sus primeros escarceos sexuales se me antojaban infantiles. De todas formas no me importaba participar en ellos, si así obtenía el placer que necesitaba. Lo normal era que nos juntáramos tres o cuatro chicas en los aseos, a la hora del recreo, para comparar nuestros cuerpos, viendo como se iban formando poco a poco, mientras nos acariciábamos unas a otras, hasta alcanzar el orgasmo.

Yo, debido a mi espectacular delantera, era una de las mas solicitadas, pues no en vano seguía teniendo las mayores domingas de mi curso. Siempre había dos o tres dispuestas a acariciar y saborear mis pechos si yo accedía a desnudarlos para ellas. Como ellas sabían que a mi también me gustaba divertirme con sus lindos meloncitos siempre había alguna que los dejaba a mi alcance mientras las demás jugaban con mi cuerpo. Al final, como es lógico, siempre acabábamos con las manos metidas debajo de las bragas de otra compañera, hurgando apasionadamente, para demostrar quien era mas hábil con los dedos, arrancando el orgasmo antes que las demás. A estas alturas no me avergüenza confesar que llegue a adquirir una cierta fama, pues mis dedos rara vez fallaban cuando se trataba de localizar los puntos mas sensibles de mis compañeras.

El verano siguiente, en el que también tuve que ayudar a mi tío con los animales, este me sorprendió con algunas de las raras obras que había estado haciendo en el corral, durante los meses que yo no pude ir, por culpa de las clases. Me hizo mucha ilusión ver que pese a que mi cuerpo había creci

do bastante, sobre todo de pechos, las tres fieles perras no me habían olvidado. Pues se me echaron todas encima, nada mas verme; demostrándome, con sus vivos lengüetazos, que mi dulce intimidad seguía siendo su comida favorita. Así que las deje lamer a gusto mis orificios todo el tiempo que quisieron; hasta que me sentí tan excitada que, prácticamente, fui yo la que violo a mi tío. Ese día, además de hacer el amor, varias veces, con mi querido tío, no me olvide de hacerlo con Brutus; el cual me demostró, a su ruda manera, que tampoco el me había olvidado, pues me penetro de una forma bastante mas violenta de lo que me tenia acostumbrada.

Unos días después mi tío me enseño uno de sus pícaros inventos. Consistía en una curiosa plataforma acolchada que, situada junto a un abrevadero, me permitía tumbarme, muy abierta de piernas, boca arriba. Como estaba un poco inclinada hacia atras, mi tío, podía introducir, fácilmente, su enorme miembro en mi boca; mientras él me acariciaba, con toda comodidad, los pechos que tan a su alcance ponía. Mientras yo chupaba su pene, ansiosamente, el derramaba leche de vaca sobre mi desprotegida intimidad, para que el animal que había metido previamente en el cercado no dudara lo mas mínimo en lamer a fondo mi tesoro, todo el tiempo que él quería. Así que mientras que él no eyaculara yo tenia que soportar sus lameteos.

Con el paso de las semanas, la mayoría de los animales de la granja pasaron por el cercado. Y, la verdad, es que todos, con mayor o menor rudeza, me hicieron disfrutar de lo lindo con sus ásperas lijas; haciendo que llegara varias veces al orgasmo, antes de que mi tío derramara su néctar dentro de mi boca, y parara el juego. Miento, todos no, hubo uno que me hizo sufrir horrores, fue una cabra muy estúpida, que prefirió comerse mi vello pubico en vez de lamer mi dulce cueva. Mi perverso tío se partía de risa, disfrutando con mis gemidos mientras el bicho me dejaba casi sin pelos. Tarde bastantes días en olvidar el mal rato que este me hizo pasar, pues se negó a soltarme hasta que eyaculo, mientras la cabra se hartaba de comer.

Como Brutus seguía sin querer que mi tío se acercara, cuando me penetraba, este decidió probar con algún otro animal, y me obligo a hacer el amor con la misma cabra loca que me había dejado casi sin pelos. Esta vez, después de que yo masajeara un rato sus partes, el animal no dudo en ensartarme, en cuanto me metí debajo de él. Aunque no lo hizo del todo mal, yo seguía prefiriendo hacerlo con mi tío, el cual, esta vez, si pudo acercarse a nosotros; y disfruto como nunca, llegando, dentro de mi boca, antes de que lo hiciera la cabra en mi interior. A partir de ese día el numero de amantes que tenia empezó a aumentar.

Lo malo fue cuando insistió en que me poseyera el cerdo; pues, aunque lo lavo bien a fondo para la ocasión, seguía dando muy mal olor. Encima el bicho pesaba horrores, y apenas podía moverme; por eso, cuando me di cuenta de que se estaba equivocando de agujero, y me intente apartar, no lo conseguí. Pase un rato horribles mientras el cerdo, en todos los sentidos de la palabra, me taladraba el trasero, virgen hasta entonces, con su curioso miembro en espiral. No se en que momento exacto cambie de parecer; pues, aunque me seguía doliendo, empece a sentir un raro y placentero gustillo, desconocido hasta el momento, que me hizo jadear de gozo cuando alcance el violento orgasmo. Quede muy confundida después de este gran descubrimiento, pues desconocía que podía sentir el mismo placer, o mas, por detrás que por delante.

Mi tío tampoco había practicado nunca este perverso tipo de sexo, pero, al oírme hablar con tanto énfasis del mismo, decidió probar también. Aunque tuvo que esperar unos días, hasta que se me calmo el dolor que sentía en salva sea la parte, por culpa del cerdo. Cuando, por fin, intentamos el experimento, tuvimos que insistir varias veces; pues no era nada fácil meter tan gran aparato por ahí. Pero les aseguro que valió la pena el esfuerzo; pues, cuando lo logro, descubrimos un placer insospechado, con la ventaja añadida de poder eyacular dentro de mi, sin miedo al embarazo. Solo el final del verano interrumpió nuestros placeres.

Todavía recuerdo el pequeño revuelo que forme en el aseo del cole cuando, en una de nuestras primeras reuniones de ese año sepulte uno de mis dedos en el trasero de la compañera que estaba masturbando. L

a muy golfa encadeno tres o cuatro orgasmos seguidos mientras succionaba uno de mis pechos ávidamente para que no se oyeran sus gritos desde el pasillo. Fue tal el éxito obtenido que ese año terminamos siempre con los culitos doloridos debido a la violencia con que nos masturbábamos por ahí las unas a otras.

El verano siguiente, además de repetir de todo lo ya narrado, en un montón de ocasiones, mi tío introdujo una nueva variación. Puso la tabla al revés, y mas baja, para poder acomodarse debajo, conmigo encima. Una vez que estaba tumbado, me ponía yo encima, boca arriba, y él introducía su poderoso ariete en mi agradecido trasero; después era yo la encargada de derramar la leche en mi intimidad, para que me lamiera el animal de turno, mientras mi tío se apoderaba de mis tetas desde atrás, para estrujarlas cuanto quisiera.

Algunos animales se asustaban un poco cuando yo meneaba las caderas, buscando el máximo placer, sobre todo cuando alcanzaba un orgasmo. Pero, en general, se acostumbraron al vaivén, y me hicieron disfrutar día tras día. La única que no entraba en el cercado era la cabra loca, pues esta seguía empeñada en comerse los pelos de mi cueva, los cuales le gustaban mucho, al parecer. Como esta solía andar suelta por el corral, cuando me veía distraída trataba de meterse bajo la amplia camisa, para depilarme a mordiscos. Por suerte, como casi siempre tenia alguna de las perras lamiendo mi intimidad, no le daba la oportunidad de merendar pelos. Hasta que un día, mientras limpiaba el gallinero, la muy astuta consiguió meterse entre mis piernas; y, antes de que yo consiguiera salir de la trampa en la que me había metido, me pelo completamente el conejo, a lo bestia. Mi tío no la sacrifico, porque yo no lo deje, pero la encerró en un cercado de por vida.

Como durante unos días no podía hacer nada con las zonas bajas, debido al enorme dolor que sentía, mi tío se dedico a untarme los pechos con nata, o mantequilla, para que los animales pudieran lamer a gusto mis sensibles tetas, mientras el me ensartaba fogosamente por detrás. Era un cambio bastante divertido respecto a lo que hacíamos antes, pues me permitía contemplar, por primera vez, a los animalitos mientras me lamían con devoción. Cuando me convencí de que no me iban a morder fue cuando mas disfrute de sus ásperas lenguas, mientras torturaban, divinamente, mis sensibles pezones con sus húmedas lijas.

Ese año empece a salir con chicos del pueblo, pues mis enormes senos, aunque tratara de disimularlos con ropas amplias, eran un poderoso atrayente para los moscones. Intente ser fiel a mi amado tío; y, la verdad es que no me resulto difícil, pues eran todos unos interesados, que estaban mas enamorados de mis pechos que de mi. Yo les daba todo tipo de facilidades, dejándome besar y acariciar por todas partes, por encima, y sobre todo por debajo de la ropa, mucho mas que cualquiera de mis amigas, sin oponer resistencia a sus dedos y su lengua; pero, en cuanto me convencía de que solo me deseaban por mi cuerpo, les abandonaba.

Por eso, aquel glorioso verano en el que cumplí los dieciséis, me entregue con mas ardor todavía, si cabe, a mi amado tío, en el corral de las perversiones. Ese año mi tío iba ya a por todas, decidido a llegar hasta el final, y me enseño los arneses que había instalado en el viejo granero, para inmovilizar a los animales. Así yo podía situarme debajo de ellos, sin ningún temor; y, usando una especie de potro de gimnasia, que era regulable, podía hacerles el amor mas cómodamente, siempre que le apeteciera a mi vicioso tío.

Al principio probamos con varios animales pequeños, para que yo me fuera acostumbrando; y mi tío se conformaba con que se la chupara, mientras yo disfrutaba de unas placenteras penetraciones. Pero, poco a poco, los animales fueron siendo cada vez mas grandes; y mi tío ya no se conformaba solo con que se la chupara. Se metía debajo mía, y me penetraba por detrás, con frenéticos golpes; que, aunque me mataban de placer, me obligaban a introducir demasiado trozo, y demasiado rápido, de los enormes miembros, de algunos animales. Hacia el final del verano mi tío trajo a Atila, un precioso pura sangre de unos vecinos; y, aunque me parecía imposible, conseguí meterme casi la mitad de su miembro en el trasero, mientras mi tío me ensartaba, desde abajo, con el suyo. Juro que jamas he estado tan llena, ni tan satisfecha como ese día.

Ese fue el ul

timo verano que pase en mi casa. El motivo fue mi hija Silvia. Tantos años de sexo pasaron factura; y, en otoño, me di cuenta de que estaba en estado. La noche que me cerciore de mi embarazoso estado fui al cuarto de mi tío, por primera vez desde que vivía con nosotros, a contarle mi problema, que también era suyo, ya que no podía esperar al día siguiente para decirle lo que acababa de descubrir.

Me lleve la mayor sorpresa de mi vida cuando, al llegar a su habitación, vi por la puerta entreabierta, a mi madre cabalgando fogosamente encima de su hermano, tumbados en la ancha cama. Ella estaba totalmente desnuda, y se mordía la lengua para apagar sus gritos de gozo, mientras sudaba intentando alcanzar un nuevo orgasmo. Me dije a mi misma que mi madre también tenia derecho a un poco de placer, que mi pobre padre no le podía dar; pero eso no evito que me marchara, llorando como una niña, a mi habitación.

El resto ya es sabido, cuando me negué a decir quien era el padre, mi madre me hecho de casa, y me vine a vivir a esta ciudad, con otros familiares mas comprensivos. Y de mi querido tío no quise volver a saber nada mas; aunque, eso si, le deje caer bien a las claras que él no era el padre de lo que esperaba.

Esto fue, mas o menos, lo que les conté a ellos, mientras me acariciaban entre todos y me obligaban a detallar las partes mas escabrosas con todo lujo de detalles. A Silvia la tenían de chupadora, haciéndola ir de un aparato a otro, para volver a ponerlos a todos en forma. Como es tan hábil con su boca pronto los puso a tono, pero ellos esperaron a que terminara de contar mi historia antes de volver a poseernos.

Nada mas terminar la narración Raúl insistió en recordarme, con un buen ejemplo practico, lo que era tener dos miembros dentro, a la vez; y, situándose debajo mía, me penetro fogosamente, mientras uno de sus amigos se introducía por detrás. Estaba tan entusiasmada con la experiencia que apenas si me entere de que a mi hija le estaba dando el otro chico también por el culo, en el sentido mas literal de la frase.

Cuando todos los picarones se fueron, cansados y felices, mi hija me confeso, bastante turbada por cierto, lo mucho que había disfrutado haciendo el amor con tantos hombres a la vez. También me confeso que había sido mi tío, su padre, el que la había hecho alcanzar sus primeros orgasmos. Por descontado que mi tío no sabia que era el padre de la criatura, pero aun así me sorprendió bastante oír su curioso relato.

Silvia me contó que, cuando íbamos al pueblo de visita, siendo ella todavía una niña, había visto, en un par de ocasiones, como mi tío me acariciaba, a escondidas, por la casa. La verdad es que, aunque yo procuraba evitarlo en lo posible, cada vez que íbamos de visita, a ver a mi madre, mi tío procuraba aprovecharse de mi. Si bien es cierto que él ya no estaba en edad de hacer el amor, se divertía horrores haciéndome llegar al orgasmo. Como yo dormía con mi hija él esperaba a cojerme a solas, durante el día, para acariciarme los pechos por debajo del vestido, como solo mi tío sabia hacerlo, hasta conseguir que me pusiera lo bastante tierna como para dejarle que me masturbara, metiendo sus hábiles dedos en cualquiera de mis orificios.

Al principio solo usaba las manos, pero las ultimas veces que le vi utilizaba unos curiosos palos labrados para hacerme gozar, sepultándolos en mis agujeros. Creo que se pasaba todo el año tallando y puliendo esos palos solo con la esperanza de poderlos usar cuando yo iba de visita. La verdad es que los manejaba realmente bien, y sus curiosas formas me mataban de placer. Yo, los últimos años, estaba mas preocupada por la salud de mi madre que por la progresiva falta de interés de mi tío, que achaque a su edad. Lo que no sabia es que esa apatía era debida a que se dedicaba a disfrutar de mi hija, suya también sin él saberlo.

Mi tío se pasaba el día jugando con ella. Y como los tiempos habían cambiado bastante, sobre todo en lo que a ropa de verano se refiere, podía permitirse el lujo de verle las tetas, bastante crecidas para su edad, sin que ninguna sospecháramos nada raro. El muy pícaro seguía usando el viejo truco de las cosquillas para tocar también todo lo que veía, aprovechando el carácter juguetón de mi hija para plantar sus zarpas una y otra vez donde le apetecía. Ni siquiera yo sospechaba de mi tío, a pesar de las horas que pasaba con ella.

Silvia me cont&o

acute; que el año antes de morir mi madre, en el que ella ya se había convertido en toda una mujer, con unos pechitos muy deseables, no dejo que se los ocultara ni un solo día, usando mil trucos para vérselos, y tocárselos, a la menor ocasión. Silvia seguía siendo lo suficientemente niña como para acceder a sus juegos, y lo suficientemente mayor como para que sus expertas caricias no la dejaran indiferente.

Por lo que entre unas cosas y otras mi pequeña siempre andaba con sus lindos pezones al aire, deseosa de que mi tío se apoderara de ellos con cualquier excusa y le arrancara espasmos de placer con sus hábiles dedos. Como yo siempre andaba ofuscada por mis problemas no veía raro que la jovencita rondara siempre alrededor de mi tío, sonriendo con indulgencia cuando veía que se quedaba dormida en el regazo de mi tío a la hora de la siesta, mientras contemplaba el televisor. Yo no podía suponer que era entonces cuando mas disfrutaba el viejo verde del apetecible cuerpo que se le ponía en bandeja, acariciando su cuerpecito con tanta precisión que en mas de una ocasión se despertó mi niña con las braguitas mojadas por los fluidos que sus expertos dedos habían provocado al explorar su virginal cueva. Pero ella callaba lo poco que suponía, pues prefería seguir disfrutando de sus caricias a montar un escándalo que de poco le iba a servir.

Fue ese verano, una tarde, cuando tuve que acompañar a mi madre a visitar a una amiga enferma, cuando mi tío se aprovecho de la situación, para poder abusar tranquilamente de nuestra pequeña Silvia.

El caso es que mi hija había estado tosiendo mucho toda la mañana, con un pequeño catarro veraniego, y mi tío se coló en su dormitorio, a la hora de la siesta, para ponerle una pomada en el pecho. Silvia se dejo quitar el camisón antes de untar la pastosa crema mentolada, sin desconfiar lo mas mínimo de la situación.

Y mi tío se puso las botas a base de bien, magreandole los bonitos senos sin ningún impedimento. No paro hasta que no consiguió endurecerle los tiernos pezones puntiagudos, con sus enervantes caricias; momento en el cual le dijo que tenia que ponerle un supositorio para terminar de curarla. Silvia, llorando, le dijo que no le gustaban, que le hacían mucho daño; hasta que mi tío la tranquilizo, asegurándole que conocía un medio fantástico para que no dolieran. Cuando la hubo convencido la obligo a ponerse boca abajo en la cama y, tras quitarle las blancas braguitas infantiles, la abrió completamente de piernas. Sin dudar lo mas mínimo empezó a acariciar su intimidad suavemente, jugando con su suave vello pubico al mismo tiempo.

Aquello era una agradable novedad para Silvia, que permitió que explorara su intimidad sin quejarse lo mas mínimo ante su enorme osadía. Mi tío, bastante mas animado ante su pasividad, empezó a masturbarla hábilmente, llevándola en pocos minutos al borde del orgasmo. En ese momento le introdujo el pequeño supositorio hasta el fondo, acompañándolo en el estrecho recorrido con su dedo gordo, que se introdujo suavemente hasta el final. Silvia, presa de un fuerte orgasmo, solo pudo menear un poco las caderas ante su intrusión, mientras el libidinoso la masturbaba por delante y por detrás, con todos los dedos a la vez.

Con estos frenéticos manejos pronto consiguió arrancarle otro orgasmo, aun mas violento, antes de que la pobrecilla se quedara dormida, de puro agotamiento, tendida sobre la cama, desnuda e indefensa ante él.

No sabe si paso algo mas aquella tarde, entre los dos; pero si recuerda que, cuando se despertó, tenia otra vez puestas las braguitas, y que tenia un agradable escozor en ambos orificios como recuerdo de la velada.

El año siguiente, tras la muerte de mi querida madre, mi tío quedo muy hundido y apesadumbrado, y como tampoco se encontraba bien de salud, lo tuvimos que ingresar en un asilo-hospital para ancianos de nuestra ciudad, para que cuidaran de él, ya que nosotras no podíamos hacernos cargo de su cuidado.

Yo le visitaba siempre que podía; y, como me sentía un poco culpable por su aparente abandono no me importaba demasiado complacerle en algunos pequeños caprichos, cuando se marchaban sus compañeros de habitación. Estos solían ser el enseñarle una teta desnuda, para que la tocara o chupara; o el bajarme las bragas, para que me viera, y magreara, a gusto, por delante y por detrás, explorando todos mis orificios.

Lo qu

e yo no supe, hasta que Silvia me lo contó, es que a ella también le hacia lo mismo, pero delante de sus amigos, cuando iba sola a visitarlo. La primera vez que lo hizo fue poco después de su santo, cuando llego a la habitación de mi tío y vio que este tenia una caja de regalo para ella, era un precioso sujetador, que Silvia nunca supo donde, o quien, se los compraba. Él le rogó que se lo probase delante suya, y ella, atrevida como es, no dudo lo mas mínimo en desnudar allí mismo sus bonitos pechos, sin importarle nada que hubiera otro par de ancianos en la habitación. No solo se lo coloco delante de ellos, sino que paseo un buen rato por la habitación con el puesto, para que todos vieran lo bien que le sentaba la picara prenda.

Desde ese día, cada vez que Silvia iba a visitarlo, alguno de los ancianos que dormían con mi vicioso tío le daba una caja; y ella no dudaba en probarse los atrevidos sujetadores, y hasta las braguitas, delante del que se lo había regalado. Al final hasta permitía que los pícaros vejetes le pusieran, y quitaran, las prendas, mientras la toqueteaban, con tal de poderse quedar después con los regalos. Por lo visto un par de semanas antes de fallecer mi tío permitió que le lamiera la almejita, a cambio de un precioso picardías que le había comprado. Así que el recuerdo de su hábil lengua es el ultimo que le queda de su vicioso progenitor.

Yo también me sincere con ella, y le confesé que también lo había pasado bien con sus amigos, a pesar de todo, pero que me parecía un autentico abuso lo que su novio había hecho con nosotras. Ella, encojiendose de hombros, me dijo que él era así, y que lo quería, en parte, por lo golfo que era. Después de una larga ducha nos quedamos, las dos, dormidas, la una en brazos de la otra, hasta bien entrada la mañana.

Fue Raúl el que nos despertó, casi al mediodía, cuando vino para quedarse a comer, como tenia ya por costumbre. Mientras comíamos con las tetas al aire, como él nos había ordenado, para poder verlas, y tocarlas, cuando quisiera, nos dijo que sus dos amigos nos estaban preparando una agradable sorpresa para esa misma tarde. Por mas que insistimos ambas no nos quiso decir nada mas, dejándonos con la incógnita.

Esa tarde nos hizo vestir delante de él, sin dejarnos usar ninguna ropa interior. A mi me hizo poner un vestido de verano, bastante transparente, que permitía ver mis oscuros pezones, y la sombra de mi espeso pubis, a poco que uno se fijara. A mi hija le obligo a ponerse un ajustado top de color blanco, que realzaba considerablemente sus hermosos senos desnudos, y una descarada minifalda de vuelo realmente corta que, debido al caprichoso viento, le hacia enseñar sus partes mas nobles a todos los que pasaban cerca suya.

Raúl se lo pasaba en grande metiéndonos mano a las dos a la vez, delante de quien fuese, para ver la cara de estupor que ponían todos al ver nuestra pasividad. Antes de llegar, cuando todavía estabamos viajando en el autobús, hizo que mi hija se quedara de pie delante de un puñado de críos, y le levanto la minifalda para que todos los niños pudieran ver, entre caras de asombro, un hermoso conejo negro, al natural.

Nuestro destino final fue la céntrica consulta de un conocido veterinario, especializado en el cuidado y la cría de perros, que la vigilaba por las tardes el hermano de uno de los pícaros amigos de Raúl. Eso motivo que tanto mi hija como yo nos pusimos bastante nerviosas, al ver por donde iba la famosa sorpresa.

El chico nos esperaba en la consulta vacía, junto con los otros dos compinches del vicioso novio, y no se le veía muy convencido de lo que iba a hacer. Pero, cuando Raúl nos obligo a desnudarnos, por completo; y, después de exhibirnos ante él, le pidió que escogiera a una de las dos, cambio rápidamente de parecer.

Aunque dudo un poco, se decidió finalmente por mi pequeña Silvia; y, ante el beneplácito de su novio, la hizo tumbarse, boca abajo, sobre una camilla puesta de través. En esa pose podía acariciarle cómodamente las tetas, mientras le ponía una buena inyección de carne por detrás, usando ambos orificios a placer.

Los amigos de Raúl ya habían hablado antes de que querían probar de meterse los dos, a la vez, dentro de mi; y Raúl les dejo, con la condición de que, mientras tanto, yo se la tenia que chupara él. Yo nunca había hecho una cosa así y, al principio, f

ue difícil conseguir que todos ocuparan sus agujeros respectivos; pero, cuando lo lograron, todo fue como la seda. Tuve múltiples y deliciosos orgasmos, antes de que los chicos llegaran dentro de mi; y si mi placer no fue completo se debió a que Raúl estuvo todo el rato torturando mis sufridos pechos, a base de fuertes apretones, sin olvidar los dolorosos pellizcos en ambos pezones.

Cuando todos hubieron satisfecho sus ansias, nos llevaron, desnudas, a la sala de los animales. Allí se encontraban, aparte de los que se reponían de operaciones, casi una decena de perros esperando para recibir, al día siguiente, su vacuna contra la fertilidad, pues estaban en plena época de celo. Fue a estos a los que tuvimos que acercar nuestras húmedas intimidades, para ver como reaccionaban. Salvo dos que eran muy agresivos, y otro que prefería dormir a hacernos caso, el resto demostró, con sus ansiosas lamidas, que no era la primera vez que probaban a una mujer. Sus húmedas lenguas me hicieron evocar los felices tiempos del corral, largamente reprimidos, y me entregue por completo a sus ásperos lametones, sin que Raúl tuviera necesidad de repetirme dos veces lo que tenia que hacer. Mi hija, al principio, tenia bastante miedo de ellos, pero pronto se rindió al placer; y, era Raúl, el que tenia que obligarla a separar su culo de la jaula, para que pudiera probar a un nuevo animal, pues ella se negaba a moverse mientras el candidato siguiera lamiendo. Según los iban seleccionando, los llevaban a otra sala, donde llegaron a reunir a siete u ocho hermosos perros; después nos ataron unas toallas a la cintura, para que no nos hicieran daño con sus uñas, y nos dejaron entrar. No digo que nos obligaron, porque lo estabamos deseando ya las dos.

Ellos veían a través de un enorme cristal transparente como los perros se peleaban entre si, para ver cual era el afortunado que nos montaba. El resto no permanecía ocioso y, mientras uno nos poseía, los demás nos chupeteaban el cuerpo, centrando sus lameteos en las ingles, los pechos y la cara. A mi no me hacia mucha gracia sentir sus lenguas invadiendo mi boca; pero cuando llegaba al orgasmo, y la abría para gritar, no lo podía evitar. Sin embargo a mi hija le gustaba horrores sentirlas, según me contó después; y era ella, la que buscaba, con su boca, la de ellos, para poder jugar con sus ásperas y largas lenguas todo el rato.

No salimos del cuarto hasta que, varias horas después, nos convencimos de que ninguno quería volver a repetir la faena; pues todos nos habían montado, como mínimo, un par de veces. Luego nos dijeron que hubo un semental que lo hizo tres veces con mi hija y otras dos conmigo, pero se negaron a decirnos cual había sido, para que no nos encariñásemos con él. Afortunadamente había una ducha bastante completa en el aseo de la consulta, y pudimos lavarnos, por todas partes y a conciencia, antes de marcharnos de allí.

Como aun era bastante temprano nos invitaron a tomar algo en una terraza de verano, para que todos recuperáramos las fuerzas. Los amigos de Raúl aprovecharon que mi vestido era amplio para poder meter sus largas manos por debajo, y acariciar a conciencia mis orificios, desprotegidos por la falta de ropa interior hasta que me volví a poner tierna. Raúl, mientras tanto, se estaba dando el gran lote con Silvia, manoseándola y obligándola a lucir su desnuda intimidad a cada momento, debido a la corta minifalda, para alegría de todos los que pasaban por allí. Pero, a mi hija, eso, en vez de cortarla, la excitaba; y era ella la que se abría bien de piernas para que la gente pudiera ver bien su lindo y velludo felpudo.

Nos marchamos antes de acabar las consumiciones, pues estabamos deseando llegar a casa, para seguir jugando. Decidimos usar el metro, aunque sabíamos que a esa hora estaría lleno, para llegar cuanto antes.

Nada mas entrar en él, debido a la cantidad de gente que había, no tuvimos mas remedio que separarnos unos de otros. Yo fui a parar junto con Raúl al centro del vagón, desde allí vi como los amigos de este se las habían ingeniado para quedarse apretados junto a un grupo de alegres quinceañeras. Silvia había ido a caer casi al fondo del vagón, junto a un puñado de chicos con muy malas pintas, que enseguida empezaron a decirle piropos soeces al oído, acosándola impunemente mientras la devoraban con sus sucias miradas; pero, cuando ella hizo ademan de venirse junto a nosotros, Raúl, con un par de explícitos gestos de cabeza, le indico que se quedara

donde estaba. No vi lo que paso después, pero luego me entere de que, en cuanto empezaron a meterle mano por debajo del top y la minifalda, con muy poco disimulo, y vieron que no llevaba ropa interior, no dudaron en arrastrarla a un rincón para poder violarla mas cómodamente.

Como ella se dejaba llevar sin oponer la mas mínima resistencia, no tuvieron ningún problema en situarse uno detrás; para, subiéndole la breve minifalda, meterle el grueso estoque hasta la empuñadura, mientras el resto la besaba y acariciaba. Aunque se fueron turnando entre ellos, lo mas rápido posible, para que todos la pudieran penetrar, llegamos a nuestra parada antes de que terminaran; y Raúl y sus amigos tuvieron que armar un buen follón para que la dejaran venir con nosotros, pues insistían en querer llevársela ellos.

Yo no me entere de nada pues, en cuanto arranco el metro, me encontré con un señor mayor sepultado entre mis grandes pechos. El hombre intentaba separarse todo lo posible, pero la gente no le dejaba; Raúl no dudo ni un momento en hablar, al oído, con él. El vejete, al principio, daba muestras de desconcierto; pero, cuando Raúl me levanto, con disimulo, el vestido, para que viera que no llevaba nada debajo, no se lo penso dos veces. Metió sus dos manos entre mis húmedos muslos, y me demostró que es cierto que sabe mas el diablo por viejo que por diablo, acariciándome con una habilidad increíble, que me hacia alcanzar unos orgasmos increíbles. Estoy segura de que si Raúl no hubiera estado situado detrás mía, ahogando con sus lujuriosos besos mis gemidos, me abría caído al suelo, de tanto placer como sentía. Raúl, metiendo sus manazas por el escote de atras del vestido, me amaso los pechos, con su brutalidad de costumbre; logro, también, sacar uno de mis pezones por entre los botones de delante, para que el vejete tuviera su ración. Me lo chupaba con el mismo ansia que un niño de pecho, haciendo que se endureciese horrores, y estoy convencida de que al hombre le dolió, casi tanto como a mi, tener que bajarse un par de paradas antes que nosotros; pero, eso si, me dio un alegre mordisquito en toda la punta, como despedida, antes de bajarse.

Los amigos de Raúl tampoco perdieron el tiempo, pues estuvieron todo el rato jugando a ver quien metía mas mano a las colegialas de los dos. Estas, por lo que luego contaron, callaban para no dar el espectáculo; y, aunque no daban facilidades, les dejaron toquetearlas bastante mas de la cuenta, por todas partes. Sobre todo las que tenían la mala suerte de llevar falda, y que eran presa fácil para sus largas y viciosas manos.

No se cuanto habrá de verdad en su picara historia, pero lo que si es cierto es que uno de ellos se bajo del metro con el salva-slip de alguna chica de recuerdo, y que las manos de los dos olían a intimidad de mujer.

Fue una noche salvaje, en la que no paramos ni para cenar. No se como termino la orgía, solo se que me quede dormida con el miembro de uno de ellos en la boca, como si fuera un chupete, mientras otro seguía penetrándome, por detrás. Mi hija se despertó con el miembro de uno de ellos todavía metido en su cálido trasero, y yo con el novio de mi hija metido entre mis tetas, chupándome un pezón, mientras el otro chico seguía abrazado a mi espalda. Tarde varios días en recuperarme del todo; pero, eso si, en la oficina pronto se dieron cuenta del cambio que había pegado a mejor, y empezaron a salirme aduladores por todas partes.

Raro es el día que Raúl y sus amigos no se dejan caer por casa, para divertirse con nosotras, haciéndonos gozar con ellos, con animales, con utensilios, y lo que es peor, obligándonos a hacerlo con otras personas.

Yo nunca acepto hacerlo con desconocidos, pero mi hija se esta convirtiendo en una pequeña pendona por convicción propia, para alegría del golfo de su novio, que sabe como sacar buen provecho de su vicio.

Todo empezó como una broma, el día que mi hija recibió al chico del butano ataviada con su camisón mas transparente, sin ningún tipo de ropa interior debajo. Nosotros estabamos ocultos en otra habitación, pues querían ver hasta donde era capaz de llegar; pues, a pesar de ser un poco retrasado, todos sabíamos en el barrio que le encantaban las mujeres. El caso es que nada mas entrar el joven por la puerta se le quedaron los ojos como platos fijos en los innumerables encantos que mi hijita dejaba a la vista. El pobre aguanto bastante, con un considerable abultamiento en el mono,

sin atreverse a apoderarse de lo que tan en bandeja le ponían. Pero cuando mi hija, en el colmo de la picardía, se agacho debajo del fregadero para dejar sitio a la bombona, enseñándonos a todos su níveo culito respingón, fue ya demasiado. El chico se olvido de todo e introdujo la mano en los acogedores agujeros que la estaban aguardando. Mi pequeña, lejos de asustarse, separo aun mas las piernas, para facilitar las maniobras del muchacho y prolongar nuestra diversión.

Lo que ninguno podíamos suponer es que el chico una vez lanzado decidió jugárselo el todo por el todo; y, con cuatro movimientos desenfundo un descomunal cipote, totalmente preparado para la acción. Antes de que acertáramos a reaccionar ya la había empalado con sus violentos envites, firmemente aferrado a sus caderas para poder profundizar hasta el final. Si no intervinimos fue porque pronto llegaron hasta nuestros oídos los apasionados jadeos de placer de mi hijita, mezclados con los apagados ronquidos del muchacho, para informarnos de que la pequeña desvergonzada estaba disfrutando horrores con la aparente violación.

Raúl, que había estado todo el tiempo acariciando mis enormes pechos desnudos, me obligo a agacharme aun mas, deshaciéndose de mis bragas para poseerme de idéntica manera a la que estabamos viendo. Me perforaba con tantas ganas que pronto tuve que amorrarme al grueso pilón que su amigo puso a mi alcance para que mis gemidos no se oyeran por todo el piso. No supe que todo había acabado en la cocina hasta que mi hija vino a reunirse con nosotros, deseosa de unirse a la fiesta. Debía estar ansiosa por demostrarle a su novio su amor, pues accedió a que este le hiciera autenticas perrerías antes de que se agotara por fin.

Su novio disfruto tanto aquel día haciendo de mirón que uno de sus amigos a instalado un espejo falso en el cuarto de mi hija y, desde mi habitación lo vemos como si fuera un cristal. A Raúl le encanta darme por detrás, pellizcándome las tetas, mientras vemos, por el espejo, como algún desconocido juega con mi hijita.

La primera víctima fue la propia hermana pequeña de Raúl, que solo tiene catorce años; la cual, como tiene mucha amistad con mi hija, no tardo en caer en la trampa. La preciosa jovencita se probo un montón de lencería y de bañadores delante del espejo. Su hermano, mientras, se hinchaba de hacerle fotos desde el otro lado del espejo, con la cámara que ella misma le había regalado por Navidad. Silvia no solo la obligo a estar el mayor tiempo posible con las pequeñas tetitas al aire, sino que se las ingenio para, haciéndolo pasar por una broma, hurgar entre la fina pelusilla de su conejito. Ante su inocente pasividad la fue acariciando, con disimulo, por todas partes. Al final la forzó a poner algunas posturas realmente descaradas y atrevidas delante del espejo, como si fuera un juego, mostrando ante la cámara su espléndido cuerpecito desnudo.

No se para que querrá Raúl esas fotos indecentes, pero lo que es seguro es que no es para nada bueno.

Después de ese primer éxito empezaron a desfilar por el cuarto de mi hija casi todas sus amigas y vecinas que estaban de buen ver. Las cuales siempre conseguía desnudar, mas o menos, con cualquier excusa, para que Raúl, de pie junto a mi cama, las pudiera fotografiar cómodamente, mientras yo le chupaba el ciruelo.

El premio gordo se lo llevaron cuando descubrieron, gracias al espejo, que una de sus amigas mas guapas era lesbiana. Pues, mientras ayudaba a mi hija a probarse un escueto sujetador, vimos como le metía mano, apoderándose de sus senos con disimulo. Silvia, una vez repuesta de la sorpresa, participo activamente en el acto sexual, y Raúl pudo sacar varios carretes de fotos del mismo. Cuando se quedo sin mas película me obligo a apoyarme en la fría cómoda y me penetro, salvajemente, por detrás. Yo deseaba estar en el lugar de mi hija, que estaba haciendo un hermoso sesenta y nueve con la otra, en vez de sentir los fuertes golpes del miembro de Raúl dentro de mi, pues me hacia bastante daño, al tiempo que me daba escaso placer.

Pero mi hija no estaba dispuesta a traicionar a todas sus amigas sin una buena recompensa y, después de una buena discusión con Raúl, empezó a traerse a los muchachos mas guapos de la clase a estudiar a casa.

La bribona siempre los recibía con muy poquita ropa, para que se fueran calentando, y no dudaba lo mas mínimo en exhibirse lo que hiciera falta delante de ellos para que empezara

n a meterle mano. Mi hija solía dejarse tocar los pechos, y el trasero, sin excesiva dificultad, dejando que sus manos se perdieran bajo su vestido alegremente. Pero cuando veía que los dedos de su acompañante buscaban la parte mas vulnerable de su cuerpo nos hacia una pequeña seña, para que yo fuera a rescatarla al instante, con alguna excusa.

Como yo estaba entre las piernas de Raúl, chupándole el endurecido miembro, mientras hacia las fotos de recuerdo, era este quien me decía cuando debía entrar en la habitación de mi picara hija. Una de esas veces, cuando estaba Raúl a punto de llegar dentro de mi boca, decidió ignorar las señas de Silvia. Y, cuando por fin pude ir a su dormitorio, después de haber limpiado tranquilamente el aparato a Raúl, me encontré con que el chico en cuestión estaba a punto de poseerla. Ya había alojado un par de dedos en la intimidad de mi hija, y se estaba empezando a quitar los pantalones para rematar la faena. Era muy hábil pues, mientras la devoraba a besos la había dejado casi desnuda, para así acariciarla y chuparla. El chico al verme se marcho corriendo, con los pantalones a medio abrochar, y mi hija tuvo una tremenda pelea con su vicioso novio.

Al día siguiente, como venganza, Silvia se trajo a casa a uno de los muchachos mas guapos de su clase, al que recibió ataviada con su conjunto mas atrevido, y al que le dejo llegar hasta el final. Raúl, al principio, penso que todo era un farol, y les dejo campo libre, sin molestarles. Mi viciosa hijita no solo se dejo besar y acariciar por todas partes, sino que fue ella la que dirigió la cabeza del joven hacia su intimidad para que la degustara mientras ella terminaba de desnudarse. Cuando Raúl vio que la cosa iba en serio, en vez de interrumpir la fiesta, lo que hizo fue vengarse en mi cuerpo. Me hizo tumbar boca abajo sobre la cama, y me penetro, muy violentamente, por el agujero mas estrecho. Todo esto sin perderse ni un detalle de lo que sucedía en la otra habitación. En la que mi hija, después de haberle hecho una espectacular mamada, había dejado que el chico la penetrara desde atras, de rodillas en la cama, para que ella pudiera apoyar sus bellos senos en el espejo, y permitir que Raúl no se perdiera ni el mas mínimo detalle del acoplamiento.

Este, excitado, no dejaba ni un solo instante de pellizcarme, y estrujarme, los pechos; y tuve que morder la almohada, para que no me oyeran chillar desde el otro cuarto, cuando alcance el doloroso orgasmo.

Cuando todo acabo, y el otro chico se marcho, muy feliz, a su casa, soñando con repetir la visita, Raúl se fue, como una flecha, al cuarto de mi hija. Al principio pense que se matarían, pero después oí claramente como estaban haciendo las paces a su manera, con una escandalosa orgía que se tuvo que oír en todo el edificio. Al finalizar estaban los dos llenos de arañazos, moretones y señales, además de cansados y felices.

Desde ese día desfilaron un montón de chicos por entre las piernas de mi hija, por que, además de hacer las fotos, se divertían, dándose celos el uno al otro. Hablo en plural porque Raúl empezó a hacer uso de las fotos y, mediante chantajes, consiguió aprovecharse de algunas chicas en el cuarto de mi hija. Aunque solo pudo acostarse con algunas, la mayoría accedió a desnudarse, e incluso dejarse manosear, a cambio de los negativos; mientras mi hija les sacaba nuevas fotos, desde mi cuarto. La que mas pena me dio fue la amiga lesbiana de Silvia, pues la chica era virgen, y Raúl disfruto horrores humillándola, antes de obligarla a hacer el amor. Fue la única vez que yo hice las fotos, dado que mi hija quería participar en el juego, y lo hizo por propia voluntad. Primero la desnudaron entre los dos, toqueteándola por todas partes, y después Silvia se entrego a ella, para repetir lo que hicieran aquel día; pero, esta vez, Raúl también participo, pellizcando y manoseando a la chica por todos lados sin ninguna delicadeza. Cuando ya no pudo aguantar mas las ganas la poseyó, con un golpe seco y brutal, que la habría obligado a chillar, si mi hija no le hubiera hecho meter la cabeza entre sus piernas, para que le chupara sus partes mas intimas. Yo apenas podía hacer las fotos, pues estaba llorando, como me imagino que también haría la pobre chica mientras Raúl la penetraba, con fuertes golpes, hasta correrse, retirando después un miembro, manchado de sangre, de su desfloramiento.

Pero pronto tuvieron que dejar esta diversión, pues ya se oían al

gunos rumores por el instituto y, como estaban en el ultimo año no querían problemas. Juntaron todas las fotos conseguidas en varios albumes, y se pasaban las tardes mirándolas, con sus amigos, recordando, entre bromas, todo lo que habían hecho.

De la hermana pequeña de Raúl solo he sabido, a través de algunas confidencias de mi hija, que este la esta educando para convertirla en la esclava perfecta; y si bien respeta su virginidad, por ahora, se pasa el día abusando de ella, chantajeándola con las fotos. No se lo que pasara dentro de su casa, pero si se lo que vi un día en la mía, cuando regrese mas pronto del trabajo debido a una indisposición. Cuando entre en el comedor vi que la tenían vestida tan solo con un delantal, sin ninguna otra ropa debajo, mientras la usaban como camarera, a la vez que veían una película de vídeo. Cuando no les estaba sirviendo la tenían tumbada sobre la mesita del café, bien abierta de piernas, para que todos, incluida mi hija, pudieran mojar roscos, u otros aperitivos, en su dulce intimidad. No pude soportar ver la carita de pena de la niña, mezclada con algunos gestos de placer, y me tuve que ir, en silencio, para que ellos no se percataran de mi presencia.

Mi hija, a veces, era peor que ellos. Recuerdo una tarde en que, por una apuesta con Raúl, se metió en un cine porno; y, mientras los demás tomábamos unas cervezas en un bar cercano, ella ofrecía sus manos, y su boca, a solo cien pesetas, para ver a cuantos conseguía satisfacer durante el rato de la película. Cuando salió, después de haberse limpiado bien en el lavabo, traía mas de dos mil pesetas, y una sonrisa de oreja a oreja. Raúl no quería creerse que Silvia había conseguido todo ese dinero sin hacer trampas; pero, cuando salió la gente del cine, y empezaron a saludar a mi hija, con mas o menos disimulo, tuvo que rendirse.

La vida en mi casa se ha convertido en una orgía continua, pues no solo hacen el amor con nosotras, a cualquier hora del día o de la noche, sino que, últimamente, buscan los objetos mas insólitos para hacernos llegar al orgasmo. Y no me quiero olvidar de las mascotas, pues es habitual que se presenten en mi piso con cualquier tipo de animalito, rivalizando a ver quien consigue traer al mejor dotado. Miedo me da que llegue el verano, pues les he oído hacer planes para ir de acampada a algún apartado pueblo rural, y ya se lo que me espera allí. Es rara la noche que duermo sola pues, cuando no es Raúl el que viene a poseerme, es alguno de sus dos pícaros compinches el que viene a hacerme los honores, metiéndome algún trasto por el orificio que deja libre. Acostumbro a levantarme acompañada, sobre todo por uno de los amigos de Raúl, al cual le encanta quedarse frito mientras me chupa los pezones. Solo les he puesto dos condiciones, que no me obliguen a hacer mas el amor con extraños, y que no me hagan ninguna fotografía a escondidas.

Lo primero no representa ya ningún problema, pues es Silvia quien se entrega, gustosamente, a cualquier desconocido cuando hace falta romper la monotonía. A mi hija le encanta hacer el amor con quien sea, sobre todo si su novio esta presente, escondido o no, para ver como ella goza a manos de otras personas.

Hace poco, por mi cumpleaños, me hicieron una fiesta sorpresa. Al llegar del trabajo me encontré con una docena larga de jóvenes, entre chicos y chicas, con caretas y antifaces, cubiertos con sabanas de colores y dispuestos a pasárselo bien a mi costa. Raúl hizo que me pusiera una sabana blanca, a modo de túnica, sin nada debajo, tan fina que parecía que iba desnuda. Nada mas apagar las velas me obligaron a ponerme un antifaz negro, con el que no veía nada, para que no supiera quien era el afortunado que me besaba. Uno de los amigos de Raúl me sujetaba las manos a la espalda para que no ofreciera ningún tipo de resistencia a mis apasionados admiradores. Los chicos se lo pasaron bomba, pues solo separaban sus fogosas bocas de la mía cuando algún otro reclamaba su lugar. Incluso algunas chicas degustaron mis labios, clavando sus pezones en los míos mientras me besaban. Pronto empezaron a ocuparse de mis pechos, amasándolos ansiosamente al tiempo que devoraban mis labios. En vista del interés con que me mordisqueaban los pezones a través de la fina tela decidieron recortarla por los sitios adecuados para saborearlos aun mejor.

Y, claro, no tarde mucho en quedarme completamente desnuda, tumbada sobre la mesa del comedor. Lo cierto es que no sabría describirles lo

que es sentir tantos labios, lenguas y manos explorando cada rincón de mi anatomía. Allí me poseyeron los tres o cuatro primeros, compartiendo mi cuerpo con los que seguían abusando de mi, pero el resto prefirió poseerme en la comodidad de mi dormitorio, donde formaron cola para satisfacer sus oscuros deseos. Al día siguiente no pude ni ir a trabajar, del cansancio que tenia.

Por eso tengo mis dudas respecto a lo de las fotos, pues estoy segura de que por alguna parte tienen algún álbum lleno de fotos mías, de mi cuerpo desnudo y de las incontables orgías en las que he participado, hechas a escondidas durante estos meses, en los que tantas cosas han pasado en mi casa y en mi vida. Pero mientras mi hija sea feliz con su novio yo tendré que aguantar al golfo de Raúl y su tropa, me guste o no.

Datos del autor/a:

Nick: Peli.

E-mail: yopeli (arroba) teleline.es

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