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Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

Aun no lo creo (II: El desenlace)

16 de noviembre de 2003

El final de la historia. Su hermana, su amiga… Varías cartas siguen en la baraja y la partida tenía que terminar

Si os soy sincero, creí que casi nadie leería la primera parte y ahora me veo obligado a terminar lo que un día os empecé a contar y espero que el final no defraude a nadie.

Como es de esperar yo ya estaba hecho polvo, -sigo contando-, no os quiero engañar, os diría que soy el rey de los “latin lovers” y que me paseo por el mundo con un palillo en los dientes y despidiendo con un “¡olé!” a todo culo que me pase de largo. No voy por el mundo con la camisa desabrochada luciendo un pecho peludo adornado por una cadena de oro. Mejor me pongo en plan Bustamante y os canto eso de “no soy un superman, soy un chico muy sencillo…”. (Uhffff! Me doy miedo a mi mismo, como se me va)

Pues eso, el cuerpo no daba para mucho más, me dolía todo y en particular eso que duele más de lo que debería doler algo tan preciado por todos nosotros. Yo lo comparo con una botella medio vacía de gel de ducha que, después de apretarla y dejar escapar un poco, vuelve a su forma original, cogiendo aire, poco a poco y haciendo un ruido estridente.

Se dieron cuenta y relajaron las risas y volvimos a esas bonitas conversaciones que como ya dije en su día, se dan cuando en la cabeza no hay “perspectiva de jodienda”.

Las perspectivas, llamémosla por un momento “esperanzas”, nos joden la vida de mala manera. Por culpa de las esperanzas perdemos más libertad que por el más opresor de los gobiernos. Las esperanzas condicionan nuestra conducta en el presente para construir un futuro según nuestra estúpida imaginación. Nos hemos olvidado que la vida es una sucesión de hechos, no una recopilación de sueños.

En ese momento se puede decir que no tenía esperanzas. No me entendáis mal. Me conformaba con escuchar y disfrutar del momento. De nuevo me mostraban que aquellas mujeres no eran solo bonitas caras que adornar con una sonrisa fácil, quizás ruidosas, sino personas más cercanas a mi de lo que yo creía, y que, quizás, lo único que nos separaba un muro de prejuicios y disfraces construido por nuestro orgullo y por su tozudez.

Me hizo gracia un momento en que una de ellas, no recuerdo quien, empezó a hablar de una película, “Mulholand drive”. Tendríais que haberlas escuchado…, era increíble verlas divagar de esa manera… Me recordaban mucho a mis amigos… inventándose absurdas, pero ingeniosas, formas de interpretar el final de la película.

Supongo que lo que os estará intrigando es que más sucedió de lo que tanto rato nos ha tenido ante la pantalla. Allá voy, no me entretengo más.

Me ausenté un momento, de nuevo, no recuerdo porque, y cuando volví habían desaparecido. No había nadie en el jardín, solo desorden y ropa tirada por los suelos. Se que en cualquier otra ocasión me hubiese puesto a buscarlas como loco, paseándome arriba y abajo gritando sus nombres. Pero no lo hice. No se si fue el orgullo o la pereza quien dijo “ya vendrán”. Lo único cierto es que yo estaba cansado y aunque los jueguecitos, seguro que invención de mi hermana, apetecían, los hice esperar en rato, en nombre de mi autoestima, pero sobre todo de mi salud.

Me decepcionó bastante que no fuesen ellas quien me viniese a buscar. Estuve esperando un rato haciéndome el machote, repitiéndome que no tardarían en venir. Pero no lo hacían. Eso me contrarió en gran medida. Sabia que querían que fuese tras ellas, y yo, en cierto modo, también quería, pero eso destrozaría mi orgullo. Parece estúpido, pero las cuestiones de orgullo siempre lo son.

Así que hice lo que todo hombre hubiese hecho, me armé de valor…, y salí tras ellas. No quiero quejas. Hubieseis hecho lo mismo. Macho hispánico sí, pero no gilipollas. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, ya me declaro yo mismo culpable y me entierro hasta el cuello. ¿Quién no ha perseguido a una mujer?

Al principio simplemente me paseaba por la casa, después empecé a gritar sus nombres y al final corría desesperado persiguiendo unas risas que parecían estar alejándose continuamente de mi, fuese hacia donde fuese.

Cuando abrí la puerta de la habitación de mis padres por enésima vez me encontré con Nuria tumbada en la cama, recostada sobre un

lado, dándome la espalda. Os aseguro que era un cuadro digno de adornar el Prado. Su cuerpo desnudo sobre la colcha blanca reflejaba la luz que entraba por la ventana completamente abierta, con las cortinas corridas, dejando ver el precioso bosque que lindaba con mi casa.

Cerré la puerta detrás mío sigilosamente, me acerqué despacio, y me senté en la cama justo detrás suyo. Se que me escuchó, pero ni siquiera se movió mientras yo la admiraba. Siguió con la vista perdida en la ventana hasta que acaricié su mejilla con el dorso de la mano. Entonces me miró, y muy despacio, se incorporó como pudo.

La abracé para evitar que estuviese incómoda en esa situación y la besé con todas mis ganas. Nos estábamos acariciando muy suavemente, paseando nuestras manos y nuestras uñas por el cuerpo del otro intentando dibujar una nueva piel, compartida, con nuestro tacto. Describía a cada leve movimiento de mi mano una nueva textura, una nueva forma, y a cada movimiento de la suya una nueva sensación. Despertó en mi un seguido de escalofríos placenteros cada vez que sus uñas rozaban mi espalda, mi pecho y mis brazos.

Suavemente la dejé caer sobre la cama, sin dejar de besarla. Me tumbé sobre ella y empecé a hacerle el amor. Recuerdo el dolor de sus uñas clavándose en mi espalda y su cara de arrepentimiento mirándome a los ojos. No queríamos romper el silencio. Si ella me hacía daño, se que lo sentía, no hacía falta decirlo. Solo se escuchaba el ritmo de su respiración ruidosa que ahogaba los pequeños gritos que quería dejar escapar mientras marcaba el ritmo al que debía moverme.

Recuerdo perfectamente su mirada en ese momento. Sus preciosos ojos marrones estaban cristalizados, húmedos como después de un bostezo, y se clavaban en los míos esperando descubrir en ellos el mismo placer que sentía ella. Supongo que descubrió en ellos que también yo era consciente que ese momento era solo de los dos, que lo estaba gozando, que yo también había caído presa de su mirada.

Es por eso que ambos nos cabreamos mucho cuando un empujón nos separó y casi me echa de la cama.

-”Joder Laura, ¿Qué coño haces?”

-”Divertirme como puedo”

-”¿Qué hacéis todas aquí? Nos habéis fastidiado. No os costaba nada mirar y callar”

-”No te quejes hermanito, Nuria estaba de acuerdo. ¿O no?”- preguntó mirándola a los ojos.

Nuria no dijo nada, solo me miró.

-”¿Por? ¿Estabas de acuerdo a que esta bruja nos fastidiase?”

-”Venga hermanito. No te enfades. Alguna tenía que hacerlo y ella aceptó. Queríamos que supieses como era eso de quedarse a medias…, que te dejen tirado en la cama sin que hayas recibido todo lo que esperabas y que además no puedas quejarte.

-”Estás loca”

-”No sabes hasta que punto. Cogerle”.

-”¿Cómo?”-pregunté extrañado.

¿Para que preguntar? Otra de las suyas. Me cogieron entre todas y me ataron de pies y manos a la cama de mis padres. Utilizaron para ello los cinturones de todos los albornoces que había por casa. Se puede decir que incluso se lo agradezco, al menos, aunque no podía moverme, no me dolía.

En ningún momento tuve miedo ni me preocupé. Supuse que harían algo raro y no me importó. Si me tenían así yo sería poco más que un vibrador, si eso era lo que querían, lo tendrían.

Lo que realmente me extrañó fue que una vez atado saliesen de la habitación.

-”¿A que coño jugáis?”

No me respondieron. Me quedé ahí solo, con cara de gilipollas de nuevo, atado y desnudo sobre la cama de mis padres. Como era consciente que cabrearse no servía de nada dejé que se fuesen. No chillé más. Simplemente cerré los ojos y esperé.

No se cuanto tiempo pasó. Segundos…, minutos…, dudo que llegase a una hora, pero ese día, todos habíamos perdido la noción del tiempo. El hecho es que noté una suave caricia sobre el pecho. Abrí los ojos y descubrí la mano de Judith acariciándome.

-”Sueltame Judith. Anda”.

-”No”.

-”Como que no”-dije riendo-”no vas a soltar a tu primo Arny”.

-”Ni de coña”.

-”Va, no hagas caso de lo que haya dicho Laura”

-”Te aseguro que ella no tiene nada que ver en esto. No voy a dejar escapar la ocasión”.

-”¿Qu&eacu

te; dices? ¿Estás mal de la cabeza?”

-”Se que tu también quieres. Mira como se te ha puesto solo de pensarlo”.

-”Oye, mira”-dije frivolizando-”soy un hombre, y respondo a los estímulos de forma natural. Si me excitan, mi cuerpo responde. Eso no significa que quiera hacerte el amor”.

-”Nadie ha dicho nada de hacer el amor. Solo quiero echar un polvo”.

Oír esas palabras de la dulce chica que era mi prima me golpeó la cabeza. ¿Como podía hablar de esa manera de algo que, en principio, debía asustarla?

No pude contestarla. Me quedé mirándola y ni siquiera balbuceé cuando agarró fuertemente mi polla como quien agarra un palo de golf, cerrando los dedos uno a uno. El simple tacto de su mano hizo que se me hinchase de golpe. Más que una masturbación era un juego torpe, se entretenía con mi piel, subiéndola, bajándola y retorciéndola.

Recuerdo que su cara mostraba más curiosidad que excitación. Se fijaba en cada detalle, como reaccionaba yo a cada movimiento suyo. Sopesaba mis testículos suavemente, me los acariciaba… jugaba con mi pene como si fuese su nueva Barbie. Debo reconocer que me hizo descubrir en mi nuevas sensaciones. Recuerdo como mientras me masturbaba, apretó suavemente con un dedo en el glande, al principio me dolió y quise quejarme, pero después me gustó y la dejé hacer.

-”¿Qué haces Judith?”- escuché a mi hermana.

-”Nada, nada”.

-”Nos lo vas a cansar. Va ven a mirar la tele con todas”.

-”Vale… Luego nos vemos Arny”

Y se fueron sin más. Sin dar explicaciones ni decir adiós. Simplemente salieron de la habitación y me dejaron ahí solo, caliente, excitado…, pero sobre todo solo. Quise dormirme, pero no pude. Estaba incómodo y la calentura no me lo permitía. Así que me limité a dejar pasar el tiempo, algo pretenderían, seguro. No valía la pena romperse la cabeza.

Volvieron al cabo de un rato, de nuevo, no me pregunten cuanto. Simplemente entraron sin decir nada y se pusieron a los pies de la cama ofreciéndome un espectáculo digno de cualquier programa de televisión en Prime Time.

Hubiese querido observar el espectáculo durante más tiempo, pero se me negó ese privilegio. Era tiempo de guerra y yo era el enemigo sometido. Así que me vendaron los ojos. Me hubiese quejado…, pero sabía que resultaría inútil. Ya me daba igual todo, que hiciesen lo que quisieran. De todos modos yo estaba convencido que iba a disfrutar de aquello más que ellas.

Lo más molesto fueron los instantes en que no decían ni hacían nada. Sabía que estaban cerca. Escuchaba y casi notaba su respiración. Pero no hablaban, no me tocaban. Me sentía muy observado y empezaba a sentirme incómodo e impaciente.

Supongo que ellas también estaban impacientes por empezar. Lo hicieron de una forma muy sutil. Primero me acariciaron las manos…, los pies…, los brazos…Noté como algunas se sentaba en la cama mientras seguían con sus caricias.

Llegó el momento en que no distinguía manos en mi piel. Solo notaba una caricia general, como si una manta de placer me estuviese envolviendo todo el cuerpo. No sabía que me estaban acariciando y que no… era una sensación indescriptible. Llegué a sentir que me había quedado sin piel y estimulaban directamente la fuente de todos los placeres.

Empecé poco después a notar labios y lenguas por todo mi cuerpo sin que las manos se detuviesen. Noté unos labios nerviosos rozar los míos. Quise besarlos, pero no pude. Fuese quien fuese se apartó. No estaban dispuestas a que yo participase en aquello.

Por suerte, al poco rato noté como una boca envolvía mi polla. Creía morirme de placer. Quise ayudar, dando pequeñas envestidas hacia arriba, pero con la cantidad de mujeres que había encima mío no pude dar más de un par.

Y cuando mejor me la estaba pasando…, se salió, sin más. Simplemente se salió, es decir, fuese quien fuese se levantó y bajó de la cama. Las demás hicieron lo mismo. Me quedé solo en la cama y tan solo escuchaba sus respiraciones, entrelazadas con la mía en una musiquilla nerviosa.

Noté peso en la cama. A los pocos instantes unos pelos me cosquilleaban la nariz. Mi primera intención fue apartarme, pero el olor no engañaba. Alguna había apoyado su pubis en mi cara. Saqué la lengua intentando alcanzar-lo, pero se apartó. Alc&e

acute; el cuello lo máximo posible, y se volvió a apartar. Me empujó en la frente y caí de espaldas.

Al poco rato volví a notar que alguien se subía a la cama. Se sentó encima de mi vientre y al poco rato empezó a arrastrarse y fregarse contra mi piel. Ni siquiera intenté moverme hasta que noté como su pezón me rozó los labios. Quise lamerlo, pero de nuevo se fue, se apartó y se bajó de la cama.

Empezaba a ponerme nervioso. Sabía que ahora se subiría otra ya me haría algo parecido. Así fue, de pronto, noté como alguien me estaba masturbando. Me sentí violento por la situación. Todas estaban mirando como me masturbaba.

De todos modos aquello duró poco. Esta vez, también se bajó y me dejó con ganas de más. ¿Qué me esperaba ahora?

Empezaba a tener curiosidad. Por suerte esta vez alguien iba más en serio. Fuese quien fuese se había empalado mi polla. Se movía lentamente encima mío. No sabía quien era y no me importaba. Estaba disfrutando de aquello, aunque no sabía cuanto duraría.

La cosa se alargaba y ya pensaba en que aquella vez íbamos bien hasta que mi hermana dijo:

-”Quitarle la venda”.

Al abrir los ojos me encontré con mi hermana montada encima mío. Estaba dando unos saltitos pequeños, sonriendo y mirándome a los ojos. Se me hinchó de golpe la poya. No imagináis la sensación que tuve al mirarla. Me puse como uno moto. La hubiese destrozado.

-”Soltadme”-grité

-”Vamos, no voy a perderme esto. No te soltamos”.

-”Soltadme”

Supongo que asusté a Judith porqué me soltó una mano, que utilicé para soltarme yo mismo la otra.

-”No te enfades tete”

Mi hermana se asustó también. Su voz temblaba de miedo al ver mi mirada encendida. Se llevó una gran sorpresa cuando la tiré sobre la cama y me puse encima de ella:

-” Te voy a pegar el polvo de tu vida”.

Me sonrió muy dulcemente:

-”Te he estado esperado”- me dijo-”dale fuerte machote”.

Se la metí de golpe, sin miramientos, y empecé a penetrarle tan deprisa y con tanta fuerza como podía. Ella no escondía los gritos, no se si de dolor o placer. Pero gritaba, mordiéndose los labios de vez en cuando, sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento.

-”Vente dentro”- me repetía.

¿Y que iba a hacer? Pues le hice caso. Me corrí dentro de ella y me dejé caer rendido a su lado.

-”Lo conseguiste”- dije

-”Sí. Sabía que lo conseguiría”.

-”Tampoco lo digas así”.

-”Tranquilo, no es que no tengas poder de decisión…, es simplemente que si alguien se me pone entre ceja y ceja…Cuando quieras lo repetimos”.

-”Espero no repetirlo”.

-”Vamos…, si te ha gustado”.

-”Bueno, da igual. ¿Os a gustado chicas?”- dije mirando al público.

-”Síi”-contestó mi tia acalorada y con mucha cara de obsesa.

-”NO”-interrumpió Judith-”A mi cuando me toca.

-”Judith”- le increpé –”a ti no te toca. Ni lo sueñes”.

-”Joder. Con tu hermana sí y conmigo no”.

-”Ya está bien. Voy a darme una ducha. Solo”.

Me fui a mi baño y empecé a ducharme. Al poco rato corrieron la cortina y sin girarme dije:

-”He dicho que solo”.

-”Soy yo Arni. No te preocupes”-dijo Judith

-”¿Como quieres que no me preocupe?”

-”Está bien. Pero déjame ducharme contigo”.

-”Bueno, entra”.

Entró y sin decir nada empezó a enjabonarse. Debo reconocer que las tentaciones empezaban a traerme loco. Quería comérmela allí mismo. Me empezaba a volver loco. Estaba a punto de vencerme cuando por suerte habló.

-”Pero, dime la verdad Arnau, ¿soy bonita?”

-”Claro que eres bonita”.

-”¿Entonces porque no quieres follarme?”

-”Porque no. Somos primos”.

-”Bueno, bueno no discutamos. Dame un beso”.

-”No”.

-”Venga, cortito”.

-”Que no”

-”Ya te lo doy yo a ti”-dijo acercándose.

No se porqué no me moví. Me limité a esperarla. Me dio el beso y no se porqué abrí la boca. Pero a los pocos segundos ya nos estábamos besando apasionadamente hasta que salí del trance.

-”NO. Para”-dije saliendo de la ducha.

-”No me rechaces así Arny”-dijo sollozando.

-”Pero no está bien Judith”.

-”Está bien, pero ma

stúrbame. No haremos el amor, pero mastúrbame”.

Aún no entiendo porque lo hice, pero me acerqué, entre de nuevo en la ducha y empecé a acariciarla. El cuello, los hombros, los brazos, los pechos…, estaba definiendo de nuevo su piel. Llegué a su pubis y como acto reflejo separó un poco las piernas.

Empecé a pasear un dedo por su rajita. Intuía mínimamente el clítoris bajo mis dedos. Se lo acaricié como pude. Estaba muy húmeda y no me costé introducirle un dedo. Hubiese probado con dos, pero no me atreví.

Pareció gozar mucho con aquello y cuando creí que había terminado saqué mi mano de su entrepierna. Pensé que diría algo, que me amenazaría con volverlo a intentar, pero me miró dulcemente, con cara de vencedora, y sin hacer ningún comentario salió de la ducha y de la habitación.

Cuando salí de la ducha me sentía muy raro. No os puedo describir la sensación que me corría por todo el cuerpo. Me sentía muy incómodo, sucio.

Tardé en bajar al salón. Supongo que todos lo entenderéis. Olvidémonos de todas las bromas y guasas que podríamos hacer de una situación como la mía. Llega el punto en que te deja de hacer gracia. Aquello ya no era una cosa inocente entre críos. Eran las perversiones más oscuras de unos depravados. Tampoco quiero exagerar, solo es que cuando las fantasías dejan de serlo y pasan a ser realidad pueden hacerte sentir sucio.

Es como cuando eras un crío y tenías envidia del nuevo juguete de un compañero de clase. Alguna vez, quizás te habías dejado llevar y habías llegado incluso a robárselo. Una vez lo tenías en tu casa, guardado, perdía todo su valor. Ya lo tenías, pero no podías jugar con él por si lo veían y solo podías disfrutar de tus remordimientos. Ahora ya no se si me he explicado bien.

El hecho es que yo ya no estaba disfrutando de aquello. No me apetecía estar con ellas. Solo quería estar solo un rato, con mi música y los personajes mudos que colgaban de las paredes de mi habitación.

Sabéis que para mi aquel fin de semana el único reloj que había era mi estómago. Términos como tarde o temprano no significaban mucho. Por eso no puedo deciros si estuve mucho rato tumbado en mi cama. Lo suficiente para llegar a agradecer que no subiesen a incordiar.

Cuando decidí bajar me encontré con que estaban preparando la cena. No se si se sentían igual que yo o era simple comprensión y respeto, pero no era el único que se había vestido. Yo me había puesto unos pantalones cortos y ellas llevaban ropa de verano. No se si entendieron que aquello se nos había ido de las manos o simplemente creyeron que ya me habían hecho sufrir demasiado.

Al entrar en la cocina pensé que me dirían algo, que me avasallarían a excusas y explicaciones, pero tan solo me sonreían y me besaban en la mejilla a medida que pasaba por el lado de cada una de ellas.

Mi hermana, que era sin duda más viva que las otras, hizo lo mejor que se podía hacer en aquel momento. Quitarle importancia a todo e involucrarme en lo que hacían.

-”Empieza a poner la mesa Arny”-dijo dándome otro beso en la mejilla.

Besitos, caricias en el pelo…, ordenes… ¿De que iban?¿A que venía ese estúpido trato maternal? Casi prefería aquello al acoso al que me habían sometido, pero me molestaba que un polvo les diese derecho a tratarme como si fuesen todas mis madres.

Supongo que aquello me hizo pensar en la única madre que debía correr por ahí y que había desaparecido por completo. Mi tía había cogido a Judith y se habían ido. Ni siquiera pregunté. Un vampiro chupa-sangres menos. Esa casa se había parecido demasiado al cañón del colorado con tanto buitre sobrevolando mi moribundo cuerpo.

Cenamos plácidamente. No se como lo consiguieron, pero de nuevo volví a sentirme cómodo entre ellas. Hablamos un rato de mil tonterías sin importancia y me, podíamos decir, obligaron a ver una película que no encajaba mucho en aquel fin de semana, “las normas de la casa de la sidra”. No es que no me guste. Solo que es una película que me deprime mucho. Casi lloro cada vez que la veo en el momento en que un niño se deprime porque unos padres adoptivos no lo “escogen” a él. Pero en fin, aguanté como se supon&

iacute;a que debía aguatar y ni me inmuté.

Me gustaría contaros alguna aventurilla más de aquel día, alguna curiosidad al menos, pero podría convertir este relato en una sarta de mentiras y en ningún momento es eso lo que he pretendido. La noche acabó con la película. Nos acostamos por separado esperando que al día siguiente ese fin de semana se hubiese convertido en un simple, aunque grato, recuerdo.

De todos modos, sabemos que en mi casa las cosas no son nunca tan simples ni inocentes como parecen. Yo ya estaba medio dormido en mi cama, solo, cuando alguien entró. No puedo decir que ya estuviese durmiendo. Tampoco estaba despierto. Estaba en ese estado en que percibes todo lo que pasa a tu alrededor pero no lo analizas. Los ruidos parecen lejanos y te ves incapaz de reaccionar a ninguno de ellos.

Ni me moví cuando noté que alguien se tumbaba a mi lado. No necesitaba mirar para saber que era mi hermana. Me acarició un brazo con la punta de los dedos, muy suavemente. Yo no decía nada, pero por algún motivo, ella sabía que yo ya estaba despierto.

-”Hola mi amor. Se que no duermes”- dijo besándome el pelo-”quiero pasar la noche contigo. Quiero hacerte el amor hasta que caigamos rendidos sobre la cama. Quiero disfrutarte y que me disfrutes como Dios manda”.

Yo no respondía. La dejaba hablar esperando…, no se que esperaba. Leí un día en el típico mail de bromas que la mujer se aleja de la tentación rápidamente mientras que el hombre lo hace despacio, con la tentación que lo alcance. Supongo que eso era verdad también esa noche.

-”Mañana vuelven papá y mamá. Todo acabará si quieres. Pero esta noche quiero tenerte, quiero que seas mío”-decía mientras la suave caricia se transformaba en un abrazo desde mi espalda-”Olvídate de todo. No pienses, no temas y no esperes. Déjate llevar. Te garantizo que te sentirás libre”.

Su mano se paseaba por mi pecho, como si fuese un pequeño velero luchando contra las olas en que se había transformado mi piel. Un pequeño empujón en mi hombro hizo que me ladease y cayese sobre mi espalda. La miré a los ojos y calló. Entendió que ya no era necesario seguir hablando. Las palabras eran heridas abiertas, eran remordimientos y serían recuerdos oscuros de aquella noche.

Me besó tímidamente, como una quinceañera estudiando mi reacción. Volvió a besarme esperando de nuevo que reaccionase. No tardé demasiado. Le acaricié el cuello y la besé apasionadamente. Se tumbó encima mío. Estaba completamente desnuda, su cuerpo ardía y se movía nervioso sobre el mío.

Mis caricias la calmaron. Recuerdo la suavidad de su espalda. Ella apenas se movía. Solo me besaba. Me quité los calzoncillos como pude y la recosté sobre la cama sin dejar de besarla en ningún momento. Me tumbé encima de ella muy despacio. Seguía besándola. Entré en ella con toda la suavidad que pude.

Estuvimos en aquella postura durante bastante rato. Monótono quizás, cada uno sabrá. Para mi valían más sus miradas, sus jadeos interrumpidos y sus gritos asfixiados que las posturas y rarezas más originales.

Terminé mirándola a los ojos. Creo que ella no lo hizo, pero veía mucha satisfacción y felicidad en su cara. Sus mirada era especial…, tenía como un nuevo brillo y me hizo sentir muy cómodo en sus brazos.

Pasamos la noche juntos, abrazados en mi cama esperado a que el alboroto de aquella casa que había estado viva durante días nos despertase. Pero no fue así. Parecía que éramos los primeros en despertarse. Eso creímos hasta que bajamos a la cocina y nos las encontramos a todas vestiditas recogiendo todo y con el desayuno en la mesa.

Dejaron lo que estaban haciendo en nos sentamos todos a recargar las pilas. Al principio era más una conversación de bar que otra cosa. Hablábamos de mil tonterías asesinando a cada palabra el fin de semana, convirtiendo en un mero recuerdo lo que habíamos compartido.

Supongo que mi hermana no acababa de asumirlo. Vi que necesitaba proponer una especie de contrato de confidencialidad o quizás es simplemente que se agobia con los ambientes distendidos. Ya no se que pensar.

-”Hablemos de algo serio. Supongo que comprendéis que esto no puede salir de aquí”.

-”No somos tontas dijo Bárbara”.

-”No es que seáis tontas. Con

vosotras ya lo había hablado”.

-”Tampoco soy tonto. Soy el que más tiene que perder si esto se sabe. No me enorgullezco”.

-”¿Cómo que eres el que más tiene que perder?”-me increpó Nuria”

-”Joder! Mis padres me matan…, y lo mío con Sonia…adiós”

-”Sabes que me haría mi dulce hermanita si se enterase. A mi también me hizo prometer que ni te tocaría. La dulce Sonia puede transformarse en Jack el destripador. Lo del Dr. Jekyl y Mr. Hyde quedaría en cuento para niños”.

-”Aún así, perdería más yo”.

-”¿Por?”

-”No lo se…, he pensado en ella este fin de semana”.

-”¿Cómo?”

-”Pues eso”.

-”Mi hermanito se nos enamora de una chica que no está. Que tierno…”

-”No lo entiendo. La casa llena de mujeres y tu pensando en otra…, no te entiendo”.

-”Hablando en confianza, no os lo toméis mal”- esperé a que hiciesen algún gesto de aprobación-”vuestros besos no son como los suyos, no siento lo mismo. Según lo que decías o como os reíais me recordabais a ella. Ahora ya se que es estar con varias mujeres. Prácticamente no me quedan fantasías y creo que ella es la única que puede llenarme. Me da un poco de miedo, pero ahora mismo solo se que quiero estar con ella”.

-”Ohhhh”- contestó más de una.

-”No os pongáis así. Me avergonzáis”.

-”No tengas vergüenza. Es bonito”-dijo Nuria –”casi me arrepiento de lo que hemos hecho”.

-”Tampoco eso mujer”.

-”He dicho “casi”. Solo casi. Vale la pena correr el riesgo”.

Reímos todos un rato y acordamos matar el tema, incluso entre nosotros, para siempre. Parece ser que yo he roto el pacto de algún modo, pero todos los hombres entenderán que esto tenía que contarlo. ¿Qué gracia hubiese tenido si no lo cuento?

En fin, la aventura del fin de semana fue eso. Ahora debería explicaros como acabó todo. Con Sonia al menos. No se si a todos os apetece. Es menos morboso y más corriente aunque la sonrisa que se me dibuja cuando lo recuerdo es mayor y más…, sincera.

A quien le interese que siga leyendo.

Estuvimos durante toda la mañana recogiendo los restos del fin de semana. Tantos jóvenes alborotados juntos ensucian y desordenan bastante, creedme. Limpiamos la cocina de arriba abajo y le dimos un repaso a la casa que ni el mayordomo de Tenn (aunque le ayude el tal bioalcohol).

Cuando llegamos a dejar la casa tan limpia que daba lástima y parecía el decorado de una película, nos duchamos y nos fuimos a comer por ahí. Invitó mi hermana. Bueno, debería escribirlo entre comillas porque no creo que hayáis visto el gesto que he hecho mientras lo escribía. Lo digo porque simplemente lo sacó de la reserva que mis padres nos había dejado para una emergencia de última hora. Ambos sabíamos que no se quejarían si ese dinero, simplemente, desaparecía.

Después de comer hicimos la ruta de las despedidas, es decir, fuimos casa por casa de cada una de ellas a que gorreasen un poco de sus padres que para eso las tenían. Después de ese fin de semana, que tenga el morro de llamarlas gorronas me parece una desfachatez. Acabo de imaginarme su cara leyendo esto en la web de sus caras. “¿Gorrona,? ¿me ha llamado gorrona el pervertido ese?”.

Supongo que el punto de vista me lo cambió el tono maternal de las “n” despedidas. Vamos a ver, para las lectoras, si le metes unos polvos a un tío, ¿Qué leches te da derecho a tratarlo como a un bebé? Ya se, ya se, las suyas. Pero es algo que no he comprendido jamás.

Frases como: -”Te has portado como un hombretón Arny cariño” con mirada dulce mientras te acarician el pelo envía tu autoestima por el suelo. Bueno, tampoco es eso, es solo que preferirías algo como:”Machote, me muero de gusto solo en imaginarte de nuevo cabalgándome. Ya se me están mojando las bragas”.

Bueno, bueno… Quizás tampoco es eso… Bastaría con: Este es mi numero de teléfono. El y yo te estaremos esperando”. Da igual, lo que sea, menos la mirada dulce, la caricia en el pelo y el empalagoso “cariño”.

Pero superado el trauma de las despedidas volvimos a casa mi hermanita y yo. Cuando estábamos solos en el coche, mientras ella conducía, quiso tocarme el paquete. No me hizo mucha gracia y le aparté la mano.

-”Vamos Arny. No te hagas el estrecho”.

-”Oye, me parece que ha quedado claro. Se acabó”.

-”Vamos a ver Arny. Seamos adultos…”

-”¿Adultos? Lo

que somos es unos jodidos pervertidos”.

-”Bueno, eso también”-dijo riendo-”A lo que me refiero es que el mal ya está hecho. Ya nos hemos acostados. Me parecería bien que nos hiciésemos un nuevo regalo”.

-”No entiendo que puedas hablar con tanta frialdad de esto”.

-”De frialdad nada, que ando bien calentita. Lo que quiero decir, es que hasta que lleguen papá y mamá podemos pasárnoslo de miedo tu y yo. No porque la situación te haya conducido a ello, sino porque quieres”.

-”Pero es que no quiero”.

-”Lo que tu quieres es hacerte de rogar. No seas estúpido. Si tenemos un par de horas… vamos a disfrutarlas”.

-”No, lo siento pero no. La locura del fin de semana se ha acabado”.

Y diciendo esto ya habíamos llegado a casa. Bajé del coche mientras ella lo medio aparcaba en la entrada y me fui directo a la piscina a darme un baño.

Supongo que por la costumbre del fin de semana me bañé desnudo. ¿A quien le iba a importar? ¿A mi hermana? Ni siquiera sabia donde se había metido hasta que apareció unos minutos después, también completamente desnuda.

Creo que lo que en ese momento me puso cachondo no fue que estuviese desnudo, sino la aparente naturalidad con la que mostrábamos nuestros cuerpos.

Se echo al agua y como era de suponer vino a mi encuentro. Se repitió la imagen de mi hermana abrazada a mi cuello intentando ponerme cachondo. Pobrecita, no lo podría conseguir porque ya estaba hecho. Mi reloj marcaba las doce y la aguja se clavaba poderosa en su ombligo.

-”Por ese agujero no va a caber…, pero tengo otros ansiosos de acogerla”.

.”Oye, mira, Ya basta. No estoy dispuesto a consentirte esto”.

-”¿Y que vas a hacer para evitarlo?”

-”Enviarte a la mierda. Vete. Suéltame”-grité con mis ojos llenos de furia clavados en los suyos”. Estoy harto de que me manipules. No solo en esto. Me tratas continuamente como si fuese un juguete que pudieses llevar aquí y allí haciendo todas las payasadas que le plazcan a la señorita. Estoy harto. Sal de mi vida. Desaparece”.

Simplemente se soltó. Dio media vuelta y salió del agua. Debo reconocer que al principio me sentí el vencedor. ¡Por fín había ganado! Mi hermana no había conseguido manipularme y nunca más lo haría.

Después la cosa cambió. Me sentí culpable, el malo de la película. Y una película como ésta no debe tener malo. Así que empezaron los remordimientos, los pensamientos auto inculpatorios y un montón de gilipolleces que al acumularse en mi cabeza me hicieron salir del agua en su busca. ¡Maldita sea!

La busqué por toda la casa repitiendo su nombre de la forma más dulce posible dejando caer algún “perdona” de vez en cuando. No me respondía. Tocaba pasearse toda la casa buscando algún rincón donde alguien arrepentido pudiese esconderse.

Al entrar en su habitación la encontré de nuevo. Pero esta vez, y no se como lo consiguió estaba atada a su cama. Los pies con unas telas, y las manos con esposas. La imagen era espectacular. Solo abrir la puerta de la habitación te encontrabas la cama de frente, con aquella mujer, ahora sí, vulnerable, esperando alguna muestra que su soledad no era un castigo merecido.

-”¿Qué haces?”

-”Dejarte escoger”

-”¿Como que dejarme escoger? Suéltate”

-”No puedo. No alcanzo las llaves”.

-”¿Dónde están?”

-”Ese es mi secreto. Por lo menos hasta que tu escojas”.

-”¿Hasta que escoja que?”

-”Ahora tienes dos opciones. Una: tu mismo. Déjate llevar. Tu mandas. Me haces lo que quieras. Este cuerpo lo tengo para que lo disfrutes tanto como quieras”.

-”Pasa a la segunda”.

-”Ir a tu habitación y pensar”.

-”¿Pensar en que?”

-”En lo que dirás a papá cuando se encuentre a su hijita llorando desnuda en su habitación diciendo que su hermanito la ha violado”.

-”A ti se te va la pelota”.

-”Pozí” –dijo riendo”- Pero no pienses en la segunda posibilidad. Yo me acogería claramente en la primera. Vamos hermanito. Hazme feliz”.

-”Joder. No”

-”Sientate a mi lado anda”-no se por que, pero lo hice.

-”¿Que quieres?”

-”Nada. Solo un favorcillo. Mírame”.

-”¿Como?”

-”Tsssss”- hizo para que me callara-”solo mírame”-continuó cerrando los ojos.

Como acto reflejo a su petición la miré. La estudié, cada centímetro de su cuerpo. No era mi hermana. Era una diosa. Callada, con los ojos cerrados. Prisionera de sus deseos y

expuesta a los míos.

La piel le brillaba. Aún estaba húmeda y reflejaba la luz del sol que entraba por la ventana dibujando en su cuerpo figuras de sombras y formas. Había un pozo en medio de su vientre que parecía querer absorber la energía del sol. No entiendo porque, pero quise acariciar ese pedazo de sol que se le había robado al cielo. Dejé caer mi mano suavemente sobre su vientre y empecé a acariciarlo, como si fuese una figurita de cristal que se podía romper con mi torpeza.

Al vientre lo siguieron los pechos, y a un arqueo involuntario de su espalda, fruto de alguna fantasía de mi hermana, dejé resbalar mi mano hasta su pubis. Húmedo ya en aquel momento pareció querer acoger al visitante en su interior. Lo acaricié como si fuese mi nueva mascota, dulcemente, intentando adormecerlo para comprobar que con su tranquilidad y mi confianza estaba a mi merced.

Me agaché hasta quedarme a unos milímetros de su cara. Noté el airé apresurado salir de su nariz y recorrer mi cara. Al notar la mía, aceleró la suya. Cuando mis labios rozaron los suyos se relajó. Se dejó hacer. Pensé que reaccionaría enérgicamente, queriendo apoderarse de mi boca, pero simplemente abrió paso a mi lengua para que buscara en ella los tesoros escondidos que tenía para mi.

Sin dejar de besarla subí a la cama y me acomodé entre sus piernas. Me acogió de la forma más pasiva que lo había hecho hasta entonces. Entendí que aquella vez se limitaría a que le hiciesen el amor. Quizás necesitaba concentrase en su placer. Olvidarse el mundo entero y reducirlo, aunque sea egoísta, a ella misma. Y debo reconocer que incluso llegó a complacerme pensar que me escogiese a mi para ese momento.

Lamentablemente, en aquel momento tenía la sensación de ser un fiel servidor sin libertad para nada. No podía hacerla cambiar de posición. No podía jugar, ni improvisar, pero pensé que se merecía más que aquello. Así que descendí besando todo su cuerpo hasta encontrarme con su pubis.

Lo lamí como si de un helado se tratase para que mi lengua diese con la situación exacta de su clítoris. Lo aprisioné haciendo presión con mis labios mientras mi lengua jugaba con él.

Introduje dos dedos de mi mano derecha, acariciándola por dentro, al mismo ritmo que mi lengua jugaba con su clítoris. Al poco tiempo noté que se venía, y no se como se me ocurrió, pero decidí acariciarle el ano.

El hecho es que arqueó la espalda. Me hizo prisionero entre sus piernas que me apretaban con fuerza mientras parecía estar sufriendo una serie que convulsiones que la dejaron rendida sobre la cama.

Cuando me incorporé vi que tenía los brazos cruzados sobre su cara. Las esposas eran poco menos que un juguete de plástico del que se soltó a las puertas del placer sin demasiada dificultad. No dije nada. No quería estropearle el momento con quejas. Simplemente me recosté sobre su pecho, esperando un gesto que terminase, esta vez sí, con el loco fin de semana.

Al poco rato, sin decir nada, empezó a acariciarme el pelo. No queríamos decir nada, pero terminó siendo necesario, conscientes como éramos que el tiempo que nos quedaba era escaso.

-”Gracias tete”-interrumpió. No era una costumbre que me llamara así, pero no me molestó en absoluto.

-”Bueno, supongo que te merecías un regalo aunque fuese por tu insistencia”.

-”Supongo que sí”-dijo riendo-”la verdad es que a tozuda no me gana nadie”.

-”Me gustaría que no me forzases de nuevo. Sabes que si lo intentas lo conseguirás, lo vería como una muestra de respeto”.

-”Tranquilo. Me parece bien. Intentaré comportarme”.

-”Gracias. Y quien sabe si algún día entraré en tu habitación, de noche y a escondidas para compartir la cama contigo”.

-”Siempre habrá un lugar para ti a mi lado”.

-”Bueno, todo se andará. Voy a darme una ducha antes que lleguen los señores feudales”.

-”Venga. Dúchate que pronto llegaran”-me extrañó tanto el tono amigable que utilizó como que no se apuntase a la ducha, pero quizás había llegado el fin, esta vez de veras.

Me duché y me arreglé para ir a ver a Carlos a la que viera a mis padres entrar por la puerta. Lógicamente obviaría ciertos detalles, pero esta historia tenía que

contársela a alguien.

Aseado y vestido aparecí triunfal en la cocina, donde me encontré a mi madre enumerando una interminable lista de defectos que veía en la casa. No eran culpa mía y de mi hermana, eran culpa de la simple necesidad de una mujer de sentirse indispensable en su casa.

-”A la que salgo por la puerta esto es Troya”-dijo dándome un beso

-”Sabes que es verdad mamá. Te necesitamos”- que iba a decir yo.

-”Pues ya va siendo hora que os espabiléis”.

-”Aún somos tus niños mamá”.

-”Cuando te interesa. Anda, ayuda a tu padre a descargar el coche”.

Si queréis analizamos un poco entre todos como son las vueltas de los padres de las vacaciones. A mi me da un poco de palo. Casi siempre sería mejor que se quedasen en el hotel, pero no podemos decirlo, hay que sonreír y decir algo como: “os hemos echado de menos” y pensar por dentro “o de más”. En fin, una quiere sentirse útil y el otro quiere ser líder, así que… a sufrir la llegada tocan.

-”Hijo, lleva las maletas a la entrada, ese paquete al garaje y el otro.. bla bla bla”-se piensa en serio que le estoy escuchando? Si no me ha dicho ni hola.

-”Sí papá. No te preocupes papá. Yo me encargo papá”

Y que queréis que os diga. Yo cuento la historia y punto. No vamos a descubrir los problemas de comunicación de la juventud con sus padres. ¿Hoy que toca? ¿De botones? Llámame sacarino nena que de aquí sale mi paga.

-”Bueno señores”-dije entrando en la cocina-”yo cojo mi honda y como si fuese el mismísimo Doohan me presento en casa de Carlos”

-”Niño, ¿de donde has sacado tu una honda?”-preguntó la siempre oportuna mamá.

-”Mujer, se refiere a su moto”-sentenció el sabio del bigote.

-”No sabía que era una honda”.

No hacía falta más respuesta que la que daba mi espalda, así que me fui. Como el dolor de cabeza en el anuncio, como Figo al Madrid, como la tranquilidad con la llegada de aquellos carceleros.

-”¿Porque no vas a ver a Sonia en lugar de a Carlos?”-grió desde la cocina.

“Porque a Sonia no se lo puedo contar”-pensé para mi-”Se me fastidia un polvo si lo hago”-y me eché a reír por la tontería que acababa de pensar.

Lo cierto es que no era una honda. Era una yamaha jog. Parecerá una mierda de moto. Es más, lo es. Pero aquel día yo era el puto emperador del cielo y aquellas eran mis alas. Era el tío más feliz que ha montado jamás en semejante mierda. Cualquiera hubiese paseado esa estúpida sonrisa. ¡Por Dios! Carlos iba a flipar.

Cuando estaba entrando en Mataró sonó mi móvil. Pare la moto y lo contesté. Era la melodía asignada a Carlos así que era importante contestar.

-”Buenas chavalote. ¿Cómo va? Estás desaparecido”.

-”Buenas. Ahora venía a verte para contártelo”.

-”Joder. Yo te llamaba para que me devolvieras el favor”.

-”¿Como?”

-”Coartada”.

-”Vale tio, tranki. Haz.”

-”Gracias”.

-”De nada. Entonces…, ¿no nos vemos hoy?”

-”Me va fatal tío. Ya me contarás”.

-”Venga…, que haya suerte”.

-”Hasta lueguito”.

-”Adios”.

Mierda. No podía quejarme, pero mierda. ¿A quien coño se lo contaba yo ahora? ¿A alguien de un chat? ¿O lo escribía y lo publicaba en alguna web? No me jodas, hay que ser más original que eso. O no. Va a ser que no…

En fin. Como muchos detalles no le pude contar a nadie lo he escrito que es lo mismo. Me he quedado sin risas ni palmadas en el hombro…, pero que más da. Parece imposible como no contarlo le quitó gracia al asunto, pero no estaba yo por quejarme. Alguien se leerá esto algún día, ¿no? Que cara de gilipollas se me va a quedar como no sea así.

El hecho es que ya había cogido la moto (vamos a ver, Srs. De Argentina, yo ya había cogido la moto, no con la moto, que eso de que el castellano es tan internacional puede traer confusiones, estoy en España y aquí el verbo coger no tiene ese significado, ¡solo me faltaba coger con la moto!) Ya me pierdo otra vez.

Yo ya había cogido la moto. Así que tenía que ir a algún sitio. Dos opciones. Visita sorpresa a cierta mujer solitaria, o visita prometida a cierta chica ansiosa por mi llegada. Aceptaría votaciones, pero en ese momento estaba solo ante el mundo y ahora no puedo dar marcha atrás, claro, que si quieren les miento…, no, mejor que no.

Algo me impulsó

a decantarme por Sonia. Acepto las quejas. Aquello podía restarme alguna que otra posibilidad de mojar el churro y no era lo que yo quería hacer realmente, pero por aquel entonces yo no había descubierto a Jorge Bucay (grande…, muy grande Jorge, eres todo lo que yo aspiro a ser) así que no hice lo que quería o deseaba, hice lo que se suponía que debía hacer.

Aparecí, casco en mano, en casa de Sonia y tras llamar al interfono contesté un simple:”soy Arnau” a una voz curiosa que preguntaba el nombre del anónimo perturbador de siestas.

-”Ya bajo”-contestó una voz nerviosa.

Lo peor fue no tener del todo claro si se trataba de Nuria o de Sonia. ¡Menudo panorama si se trataba de Nuria! Las voces eran demasiado parecidas, pero el dilema parecía tener un rápido desenlace. Solo faltaba esperar a una de las dos hermanas aparecer por la puerta. Sonia. Bueno, las cosas son como deben ser.

Le di un beso en la mejilla y nos pusimos a andar sin decirnos nada. Al poco rato me cogió de la mano. Pensé que me incomodaría pero no fue así. Hasta cierto punto, creo que lo esperaba, quería ese momento. No me creí jamás capaz de acoger una mano en la mía sin sentirme invadido, pero así fue. No me sentí molesto por la situación.

Llevábamos unos minutos andando y aún no habíamos articulado palabra. Sabía que una vez empezásemos a hablar el discurso planeado se diluiría en palabras más sinceras, lo difícil era el modo de empezar, la primera palabra, y no quería salir, estaba escondida en algún rincón oscuro que compartíamos en aquel momento.

Andamos suficiente para llegar al puerto, y una vez allí…, seguimos andando, en silencio hasta donde una roca es la primera en enfrentarse al mar. La fuimos a buscar. Saltamos un pequeño muro que hay entre las rocas y el paseo y buscamos aquella suficientemente grande y plana como para acogernos a los dos.

Desde ahí veíamos la misma cara de la ciudad que descubría el sol al amanecer. Veíamos el Sol ponerse no muy lejos, detrás de donde, adivino, debe quedar Argentona. Busqué entre palmeras a Laia, la arquera, pero no aparecía. Me conformé con una luna muy blanca, pequeñita que subía desde el Sur. Aún no se porque pero quise saludarla:

-”Hola”

-”Hola, ya era hora que dijeras algo”-contestó poniendo voz a una muy tímida luna.

-”Empezar era difícil”-dije algo confuso.

-”¿Quieres que te ayude?”.

-”¿En que?”

-”A empezar. A empezar conmigo si es eso lo que has decidido”.

-”No he decidido nada. Lo siento”.

-”Bueno, tampoco era una elección de vida o muerte. ¿Te ayudo?”

-”¿A que?”

-”A decidirte”.

-”¿Qué harás? ¿Decidir por mi?”

-”No, que va”-dijo sonriendo-”si fuese eso ya estaría entre mis brazos”.

-”Me lo imagino…”

-”De todos modos…-”continuó sonriendo y abriendo los brazos”-si tu quieres…” y quise. La abracé tímidamente y me quedé mirando al mar. Esperando que ella llevase el peso de la conversación.

-”¿Sabes Arnau?”-hizo una pausa y continuó-”A menudo las cosas son más simples de lo que parecen”.

-”¿Qué quieres decir?”.

-”No le des más vueltas. No pienses en nada. ¿Tu que quieres?”

-”No lo se”.

-”¿Te gusto? ¿Te apetecen más momentos como este conmigo?”

-”Sí, sabes que sí”.

-”Entonces…, ¿Qué te asusta?”

-”Todo. Que mi vida cambie, que yo cambie, que nuestra amistad cambie, que muera”.

-”No pretendo dejar de ser tu amiga. Solo quiero ser eso y algo más”.

-”¿Cuánto más?”

-”Solo un poco más de ti, y un poco más de esto”.

-”¿Y si se acaba?”

-”No soy una figurita de cristal. No me romperé. Por mi no sufras”.

-”¿Y que hay de mi?”

-”Tampoco te romperás. Ya me encargaré yo de eso”.

-”No lo se”.

-”¿Te atreves a ser sincero?”.

-”Sí”.

-”No me refiero si vas a contestar mis preguntas. Quiero que te sueltes, que me digas lo que piensas, lo que sientes”.

-”No se por donde empezar”.

-”Empieza por mi. ¿Cómo me ves?”

-”Bien. Es broma. Eres una amiga, y te aprecio. Quizás tienes razón. Yo tampoco me conformaría con tenerte solo como eso. Te veo…, y quiero besarte, solo eso. Besarte y abrazarte durante largo rato” “Pero está todo lo demás. Mi vida. Mis amigos. No se hasta que punto cabes. No te lo tomes a mal. Pero para alguien como tu se d

ebe reservar un gran espacio”

-”Gracias, pero no. No necesito ni quiero mucho. Quiero seguir con mi vida aunque estemos juntos”.

-”Y yo, pero quiero llamarte por las noches después de clase, o cuando me sienta solo. Quiero salir a pasear sujetando tu mano. Quiero dormirme abrazado a ti. Verte despertar y ser lo primero que veas al descubrir un nuevo día. Quiero sorprenderme con tus ilusiones y tus fantasías. Y quiero ser el primero en saber todo lo que eres”.

-”Uffff”-dijo abrazándome un poco más fuerte-”¿y que es lo que te frena? Te doy todo eso sin negociarlo”.

-”No lo se”.

-”Sabes”-dijo hablando muy tranquila-”el otro día me leí “quien se ha llevado mi queso”, es un cuento que quizás deberías leerte. Y hay un momento en que el protagonista se dice una cosa que quizás deberías aplicarte”-paró de hablar y se alejó un poco de mi-”¿Qué harías si no tuvieses miedo?”.

Era todo lo que necesitaba oír. Me acerqué, cargando aún el miedo, poco a poco, y la besé. Muy tímidamente. Esperando, estúpido de mi, su respuesta.

Me separé de nuevo. Quise mirar sus ojos. Los adiviné en la oscuridad, pues aunque la noche había caído esas dos pequeñas estrellas se habían alzado hasta su cara. Me sonreía feliz. Esas pequeñas joyas brillaban, algo húmedas quizás. Le acaricié muy suavemente la cara y volví a besarla.

El beso duró, duró toda la noche y en cierto modo, sigue durando. Su eco aún resuena en mi corazón. Al amanecer nos fuimos de ahí. A dónde es otra historia que por hoy no os contaré.

Me gustaría pensar que puedo sacar mucho de esta historia, pero no creo que sea así. Hice lo que hice en cada momento sin seguir ningún orden o ley. Simplemente es mi historia, no hay lección o moraleja en ella.

No puedo contarles más ni esperar que en ella resuelvan una duda, así que para darle algún sentido a sus horas de lectura me permitiré, de nuevo pobre de mi, darles un consejo:

Sigan andando, el camino está ante ustedes esperando que lo descubran.

Seguiré complacido de recibir sus mail.

Autor: Arnau

sumajestaddelosmaresdelsur ( arroba ) yahoo.es

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