Celebraciones familiares 3: El cumpleaños

Puedes leer la anterior parte de este relato: Celebraciones familiares 2

Resumen: A sus 45 años, cuando en medio de una discusión su hija le dice que es una amargada que no disfruta de la vida, María Luisa se da cuenta de que no puede seguir perdiendo el tiempo.

Hay un refrán que dice “Cría fama y échate a dormir” y este refrán se puede aplicar a otros tipos de éxito y reconocimiento, como el sexual. Si además se te da bien arreglar cosas, las mujeres no te dejarán en paz.

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Tarjetas Black 3

Puedes leer la segunda parte de este relato: Tarjetas Black 2

― Buenos días― dijo la contable al ver entrar a Róber.

― Buenos días, señora ―Róber la miró severidad, como lo hiciera tiempo atrás uno de sus profesores de universidad o su propio padre cuando era niña― Tome nota. Hoy, y quiero decir “hoy” irá en persona a visitar a cada director, subdirector y consejero. Primero, les informará de que los pagos realizados con esas malditas tarjetas de crédito los asume la compañía. Sin embargo, dichos pagos han generado un fraude a Hacienda que en ningún caso asume la compañía. Es decir, los impuestos y recargos derivados les serán descontados en la siguiente nómina, ¿entendido Yeimy?

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Celebraciones familiares 1: La Boda

Resumen: Ser un manitas me generaba no pocos compromisos familiares. Es en cierto modo lógico y comprensible, cuando se corre el rumor de que tienes buena herramienta y sabes cómo utilizarla. La primera en necesitar mi ayuda fue Piedad, la prima tetona de mi mujer.

Este relato está basado en el relato “La Boda” que leí hace poco en esta página web. Al leerlo me recordó algo ocurrido hace sólo un par de años, cuando una fantasía que me había perseguido desde hace años se hizo por fin realidad.

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Tarjetas Black 2

Puedes leer la primera parte de este relato: Tarjetas Black 1

La información es poder, y no faltan mujeres ambiciosas que la desean.

Roberto era un caballero, un hombre como Dios manda que no dejaría que la mujer que acababa de hacerle una mamada como aquella volviera a su casa en bus. La llevo en coche hasta la puerta de su casa y condujo despacio hacia su hotel.

Por suerte gracias a su trabajo viajaba mucho, por desgracia casi siempre solo. Puesto que nadie le esperaba paró de camino en un bar, a cenar y darle vueltas a todo aquel asunto.

Mientras trataba de hacerle frente a aquella ensalada Cesar completa con salsa de yogurt, Roberto no dejaba de darle vueltas a la importancia de mantener alejados a los periodistas carroñeros hijos de puta, aquellos que se ponían medallas al mérito de mierda por desprestigiar a una empresa importante como para la que él trabajaba. La humillación pública era lo principal porque, no nos engañemos, en empresas sólidas que las acciones bajen uno o tres puntos durante un par de semanas no importa un carajo, al menos para quienes tomaban las decisiones. Debían llegar a un acuerdo razonable con el Sr. Hacienda y evitar los tribunales, pero eso ya no dependía de Roberto. Él había mandado aquella misma tarde su informe final al jefe de auditores, quién lo remitiría a su vez al Sr. Hacienda para ser contrastado con lo que ellos tenían.

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Tarjetas Black 1

Puedes leer más relatos de este autor RoberXL

Su esposa estaba a cuatro patas sobre el colchón. Ella misma tomó con decisión su pene erecto y lo guió hacia su agujerito como si fuera posible la precisión con ese tosco instrumento. Después, su marido tomó la iniciativa y comenzó a empujar entre sus nalgas. Fede suponía que le costaría lograrlo, el culito virgen de su mujer no se lo iba a poner fácil. Pero aquella noche ella había consentido dejarle acceder por fin a aquella fortaleza inexpugnable. Su mujer iba al gimnasio tres días por semana y mantenía de esa forma su cuerpo ágil y sus curvas firmes.

 

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Buenas compañeras

Una sugerencia, también para otros relatos con clase:

Colocad el portátil en el suelo, y caldear la temperatura de la sala

Haced que ella se tumbe sobre una superficie mullida y cálida

Colocar loción infantil cerca

Indicarle que vaya leyendo mientras le vais dando un masaje desde los dedos de los pies a la nuca

Cuando el desenlace del relato se acerque centrar vuestras caricias en su…

Compañeras

 

El buen tiempo se acercaba, los días de vacaciones ya habían sido repartidos en la empresa por el jefe, que casualmente es mi marido. Nosotras, por nuestra cuenta y riesgo habíamos decidido pasar un fin de semana juntas, sin maridos ni novios, antes de que comenzasen los turnos de vacaciones. He de confesar que más bien, “lo habían decidido ellas”, porque a mí no me hacía mucha gracia. En realidad soy la única de las cuatro compañeras que está casada, y con una hija, pero claro quién puede negarse en estos casos. Por culpa o más con excusa de mi maternidad, ya aprovechaban para dejarme de lado la mayor parte de las muchas ocasiones en que quedaban para cenar o salir por ahí. Además, sí, soy su jefa de sección, mi marido es el Gerente de la empresa, y aunque las entiendo, yo no tengo la culpa de que para alcanzar los objetivos anuales tengamos que echar horas extras a un precio ridículo, ni de que por convenio sólo podamos elegir la fecha de un tercio de nuestras vacaciones.

 

El caso es que allí estábamos las cuatro en el coche rumbo a San Juan. Pasaríamos el fin de semana en el apartamento de los padres de Miriam, la menor de las cuatro. Para que os situéis os diré que somos cuatro compañeras de trabajo y que, aunque trabajamos para una multinacional, en la delegación de nuestra ciudad apenas somos una veintena de trabajadores de las que tan sólo cuatro somos mujeres. Miriam es la menor de todas, tiene 27 añitos y novio formal, según dice ella, es joven, rubia, atractiva y bastante ingenua. Luego está Verónica, o Vero como ella prefiere que la llamemos, de 31 años, morena y que siempre está libre, vamos, que cada lunes presume del ligue del fin de semana. Yo diría que hasta puede que sea bisexual, y bueno, concretamente creo que le gustaría montárselo con la inocente Miriam. Después estoy yo, Montse, de 35 años, que llevo varios años casada con el hombre de mi vida, quien además fuera mi primer novio formal. Por eso, y por haber recibido una educación muy religiosa nunca podía entender las patéticas historias de “mujer emancipada” que contaba Vero. Creo que algunas hasta se las inventaba. Después estaba Marisa, separada o divorciada, no sé. Nunca hablaba de ello, me da que tuvo que ir al psicólogo para superarlo. De 42 años, siempre iba un poco ajena al grupo, supongo que por la diferencia de edad y de escarmientos que la distanciaban de las conversaciones diarias. Las demás siempre intentábamos que no se sintiera desplazada.

 

Nada más llegar nos acomodamos en el apartamento, era pequeño, únicamente tenía una habitación. Sí, una sola habitación con una cama de matrimonio que compartirían dos de ellas, las más afortunadas, pues las otras dos deberían compartir el sofá cama del salón. En el reparto me tocó compartir habitación con Vero. No me hizo mucha gracia tener que desvestirme delante de ella, lo haría en el baño. Como aún era mediodía decidimos bajar a la playa a tomar los primeros rayos de sol de la temporada. Nos pusimos el bikini, los pareos y bolsa de playa al hombro bajamos a tumbarnos en la arena, dispuestas a olvidarnos de pedidos, albaranes, catálogos, pero también de los novios, maridos, hijos….

 

El apartamento estaba en primera línea de playa por lo que no nos costó nada llegar, además tenía una piscina enorme con dos socorristas igual de enormes del gusto de todas nosotras. Vero y Miriam caminaban más rápido que nosotras dos, por lo que nos dejaron un poco atrás. Una vez todas estuvimos en la playa y mientras extendíamos las toallas pude contemplar, para mi sorpresa, cómo Vero y Miriam se disponían a tomar el sol en topless. De Vero me lo esperaba pero me sorprendió en Miriam, seguramente la había convencido en el trayecto andando, Vero podía ser muy, muy persuasiva cuando se lo proponía. Una vez extendidas las toallas y concluido el ritual de las cremas, Vero hizo el siguiente comentario:

 

.- “¿Qué os parece si hacemos todas topless?, ¿No es justo que unas hagamos y otras no?”

 

.- “¿Justo? Ni que fuéramos unas crías, yo haré lo que me dé la gana, y espero que vosotras –acentué mirando a la más joven de todas- hagáis lo mismo.”

 

Bruja, lo que quieres es vernos las tetas para comprobar que las tuyas se mantienen en mejor forma, pensé. Pero opté por la diplomacia y el silencio. Vero siguió, esta vez mirando a Marisa.

 

.- “Tú, Marisa, ¿has hecho topless alguna vez?” Le preguntó directamente.

 

.- “Si en alguna ocasión, a mi ex- le gustaba mucho verme con las tetas al aire, pero la verdad es que no me apetece mucho hoy.”

 

.- “¿Y tú, lo has hecho alguna vez?” Me preguntó esta vez a mí.

 

.- “No nunca, y la verdad es que me moriría de vergüenza”. Y nada más acabar de decir esto las tres se rieron. Yo no le encontraba la gracia. Entonces Vero, volvió a decir en tono graciosito (para ellas tres).

 

.- “Siempre hemos pensado que eras un poco mojigata” y prosiguió diciendo:

 

.- “Mirad chicas, Miriam y yo (es decir, ella, claro está) hemos pensado que a lo largo de este fin de semana cada una elija una norma, o un reto para todas las demás, como un juego entre amigas, para estar más unidas. Y yo para empezar propongo que todas hagamos topless ¿qué decís chicas?”

 

.- “A mí, me ha parecido una idea estupenda. Será divertido.” dijo Miriam.

 

.- “Bueno, venga, ya tocará mi turno…” dijo Marisa a la vez que se quitaba la parte superior del bikini dando su aprobación.

 

Ahora todas me miraban a mí esperando mi respuesta y sin creer yo misma lo que estaba haciendo acerté a decir:

 

.- “Eso es, ya tocará mi turno” dije en voz alta, despojándome del recatado sujetador de mi bikini Woman’s Secret.

 

Tampoco os voy a engañar, acto seguido me tumbé boca abajo, para acabar con aquella desagradable sensación de desnudez. Mientras, en mi mente resonaba aquella palabra, “mojigata”, si ellas supieran. Mi mente empezó a divagar. Mi marido me complace en todo, me lleva a situaciones morbosas, es muy buen amante e incluso ha conseguido pacientemente que me encante el sexo anal con él. ¡¡Mojigata!! Seguro que ellas ni siquiera lo practican, y seguro que tampoco saben chupar una buena polla tan bien como yo. Es más, eso precisamente, mamársela a mi marido, es algo que me pone muchísimo hacerlo en los sitios y ocasiones de lo más disparatas como justo antes de ir a misa, en los baños del restaurante durante la cena navideña de la empresa, en los probadores de “El Corte Inglés”, en el baño de casa mientras me arreglo para salir a tomar unas cañas con mis amigas, etc. De hecho, creo que lo que me excita es mirar después a otras personas que no saben lo que acabo de hacer. Notar el sabor a mi marido en la boca mientras converso con ellos. Hemos hecho tantas locuras juntos. Mojigata, ¡qué sabrán ellas!.

 

La mañana transcurrió tranquila, yo me había quedado medio dormida hasta que la voz de una de mis compañeras me despertó:

 

.- “¿Es que piensas estar tumbada toda la mañana boca abajo?”.

 

.- “Vamos a dar un paseo por la orilla ¿te vienes?”

 

La verdad es que me apetecía un montón pese a la vergüenza que sentía, pero me animé, estaba decidida a no pasar por mojigata, quería demostrarles a mis compañeras que era mucho más atrevida de lo que ellas se pensaban. Aparte, en fin de semana acababa de empezar y no quería que hubiera mal rollo entre nosotras, y menos que me culparan a mí de ello.

 

Comenzamos a dar el paseo por la orilla, al principio las cuatro juntas luego de dos en dos. Yo me quedé hablando con Marisa de cosas sin importancia. Como era comienzo de verano únicamente había guiris y abuelos disfrutando de la playa, el resto de españolitos tendrían que esperar a finales de julio y agosto. Lo cierto es que las cuatro paseando con las tetas al aire llamábamos la atención de todos y todas las presentes en la playa, que no perdían oportunidad de darnos un buen repaso de arriba abajo.

 

Como sabréis, la playa de San Juan es larguísima y como la casa de los padres de Miriam está en un extremo, el paseo tiene, así que cuando llevábamos casi una hora andando emprendimos el camino de regreso. Miriam y Vero se habían adelantado un poco y por detrás paseábamos Marisa y yo. Pude ver como Vero se paraba a hablar con un grupo de cinco jóvenes que caminaban en sentido opuesto. Cuando Marisa y yo llegamos a su altura Vero nos presentó.

 

.-“Mirad que suerte, estos son unos amigos míos de la ciudad” y dicho esto nos fue presentando uno a uno.

 

De entre el grupo de chicos había uno llamado Róber que no me quito ojo desde el primer momento. No paraba de mirarme. A mí me divertía su candidez, la verdad es que de las cuatro era sin lugar a dudas la que más bonitas tenía las tetas, por lo menos para ese chico. De la misma opinión era mi marido, quien siempre me decía que eran preciosos, tan bonitos y firmes como los de muchas chicas de las de internet. A decir verdad Marisa los tenía algo caídos, supongo que la diferencia de edad le pasaba factura. Miriam, la más joven, los tenía algo pequeños, nada que ver con los míos, ni con las de Vero, demasiado grandes. Así que no me extrañó que el pobre Róber no parase de mirarme a mí.

 

Cuando llegó el momento de darnos los dos besos de rigor su cuerpo rozó sin querer (o no) con el mío. Posó suavemente su mano derecha en mi cintura, al contacto sentí como una descarga eléctrica que me hizo contener la respiración unos segundos. Su torso se apretó contra mi cuerpo y mis tetas rozaron sus pectorales. Fue como una reacción química, lo juro. Era la primera vez que mis pechos tocaban la piel de otro hombre. Estos al contacto se pusieron inmediatamente de punta y yo no pude dejar de sonrojarme. El muchacho debió de interpretar esto como que él me gustaba. Vero y las demás continuaron conversando con los chicos mientras yo permanecía callada, colorada aún por el roce que había sentido en mi pecho, y segura de que él se había percatado.

 

Se despidieron quedando para esa noche en la discoteca de moda, de las muchas que hay en el pueblo. En el transcurso de regreso a nuestras toallas Vero nos confesó que uno de los chicos del grupo había sido un rollete suyo, y del que por cierto habló maravillas como amante. Yo no podía entender como aireaba tan abiertamente de sus relaciones sexuales con otras personas.

 

Regresamos al apartamento, comimos, unas durmieron un poco de siesta para descansar del viaje, y yo disfruté de la brisa y el mar de nuestra terraza leyendo unas páginas de “La sombra del viento”. Una vez que mis compañeras se levantaron nos dispusimos a arreglarnos para salir de marcha. Cuando salí de la ducha y regresé a la habitación Vero estaba totalmente desnuda eligiendo el vestido que ponerse.

 

.-“¿Tú qué te vas a poner?” Me preguntó.

 

.- “No sé, no había pensado en nada especial” le respondí.

 

.-“¡¡No te irás a poner vaqueros!!”, me dijo algo sorprendida.

 

.- “Y, ¿por qué no?” le dije yo.

 

.- “Así no lograrás que el chico ese intente nada esta noche”, dijo Vero.

 

.- “Oye, ¡qué estoy casada! ¡¡Felizmente casada!!. Además, ¿por qué coño lo dices?”, dije esta vez algo irritada. .-“No me ha dicho ni una palabra esta mañana”

 

.- “Bueno, sí, es tímido. Tendrás que ser tú la que rompa el hielo. Pero no me negarás que no dejaba de mirarte, ¡qué nos hemos dado cuenta todas!. Y bien que parecía gustarte, te has puesto colorada como un tomate desde el momento en que se ha acercado a ti. ¡¡Jo!!, la verdad es que está muy bueno, ¿eh?” Concluyó ella. “¡¡Qué suerte tienes, cabrona!! Si es clavadito al modelo ese: Ferrán Calderón Además…” Se calló dejando la frase en el aire, pues se puso a mirar algo en su exagerado teléfono móvil antes de girarlo hacia mí.

 

 

.- “Sí, bueno, el chaval es guapo y además ¿qué?” Le exigí que terminara lo que me iba a decir.

 

.- “Además, que si a ti no te gusta, no te importará que yo “baile” con él esta noche, ¿no?” Me soltó ella de repente con mirada de tigresa.

 

.- “¡¡Serás…!! Dije. (…¡¡zorra!!) Pensé. -“Joder Vero. Para uno que…” Me callé para que no fuera a más la broma. Pero dentro de mí, pensé literalmente (Como lo mires, te saco lo ojos, ¡¡So puta!!). Me salió del alma, así que creo que se dio cuenta que no me había hecho maldita gracia su comentario.

 

Un afilado silencio se hizo entre las dos, menos mal que llamaron a la puerta. Era Miriam dijo que ya tenía pensada su deseo, que ya lo había hablado con Marisa, que lo habían hablado una vez habían salido ambas de la ducha y como siempre se han puesto a revolver toda la ropa pensando qué ponerse. Marisa ya estaba convencida, así que ahora nos tocaba a nosotras.

 

.- “Bueno y en qué consiste todo esto que nos tienes en ascuas” dijo Vero más decidida a salir de dudas.

 

.- “A ver como os lo digo” dijo Miriam.

 

.- “Pues diciéndolo” le dije yo.

 

.- “El caso es que cuando hice la maleta, me apetecía mucho lucirme estos días y solo eché vestiditos súper cortos, de verano, no sé. En cambio, Marisa sólo ha traído uno, y en fin, que no quiero que esta noche los chicos piensen que yo soy “la guarrilla” del grupo…” Al oír esto, miré a Vero pensando ágilmente: No hija, no, el puesto ya lo ha cogido la puta ésta. ”…así que durante estos tres días, todas “vestido” para salir” dijo Miriam algo nerviosa pensando que pondríamos algo de resistencia.

 

.- “¿Eso es todo?” pregunté yo, haciéndome ahora la liberal

 

.- “Sí, así es”. Asintió.

 

.- “Por mí no hay problema” dije.

 

.- “Por mí tampoco” dijo Vero “la zorra roba-hombres”. Sí, ya sé, debía calmarme un poco y ¿qué?

 

.-“Pues nada entonces nos vemos en media hora, no os entretengáis que estáis las dos muy buenas”, dijo Miriam escaneándonos a ambas en ropa interior y cerrando la puerta al salir.

 

Entonces recordé que intentando dejar todo en orden, no me había dado tiempo a hacerme las ingles en casa, así que me metí de nuevo al baño. No tardé mucho en hacerlo, ya tengo unos cuantos años de práctica pero el caso es que, mirándome el bosquecito cuando hube terminado, me dio por cambiarle el cabezal a la depiladora y me arreglé un poco el pubis, dejándome esa ancha columna de vello bien cortito que me parece súper-chic. Por eso, cuando regresé del baño a la habitación no me sorprendió que estuvieran ya las tres preparadas.

 

Todas llevaban vestidos veraniegos muy elegantes y sexys. La verdad es que el buen tiempo acompañaba. Yo no había preparado nada así en la maleta, ese año habíamos tenido una primavera fresquita en nuestra ciudad. Pero entre todas me habían preparado una selección de vestidos suyos. Por talla y altura, tenían que ser todos de Vero, y sí, eran todos demasiado atrevidos para lo que yo estaba acostumbrada. En otras circunstancias habría sido difícil que me sintiera cómoda con ninguno de ellos, pero aquella tarde me sentía efervescente. Al final me decidí por un vestido en tono azul marino con un par de delgadas líneas rojas. Tenía el escote en “V”, tirantes de esos que se anudan al cuello, y por atrás dejaba casi toda la espalda al aire. Aparte, era bastante entallado y con la falda cortada de forma oblicua, muy elegante, por encima de medio muslo a un lado y justo por debajo de la rodilla al otro.

Me encantó aquel vestido, me quedaba de muerte. El inconveniente era que dado que dejaba la espalda al aire no podría usar sujetador, y si me descuidaba podían adivinarse mis tetas por los lados. En eso estaba, recolocándome las tetas dentro del vestido cuando mi compañera Marisa, adivinando mis pensamientos, dijo.

 

-“No te preocupes tanto por que se te vean, ya te las han visto esta mañana. Ay, que tonta eres”, dijo irónica. “Además, mira…” Prosiguió diciendo la mayor de las cuatro. “…como yo no os he dado ninguna orden todavía, va a ser eso. Nada de sujetadores esta noche ¡¡Venga todas a lo loco!!” Acabó gritando.

 

Era verdad, no había caído en que habíamos quedado con unos chicos que antes nos habían visto a todas con tan sólo la braguita del bikini. Vamos, casi, casi, desnudas. Aquella idea, haber estado casi desnuda delante que un extraño, despertó en mí sensaciones contradictorias. Por un lado me acordé de mi marido, segura de que si estuviera aquí me daba un buen “repaso”. Por otro, no podía apartar de mi mente a aquel chico, guapísimo, y su intensa mirada muda pero abrasadora que me agitaba, revelándome en silencio que ansiaba y estaba determinado a hacerme suya.

 

No, no era sólo por el chico, ni por el elegante vestido. No eran los acontecimientos, ni la alteración juvenil que nos arrastraba a todas a jugar con el peligroso filo de la provocación femenina. Era todo ello diluido en el meloso y fatal candor de las noches de verano. Aunque jamás lo hubiéramos reconocido, aquel bochorno nos atrajo haciéndonos sentir a todas aún más seductoras y apetecibles.

 

Una vez estuvimos todas listas para salir, ya en fila en el pasillo de salida del apartamento, fue Marisa quien de espaldas a la puerta y mirándonos al resto de chicas preguntó:

 

.- “¿estáis ya listas, chicas?

 

.- “Si claro” dijimos las otras tres.

 

.- “Creo que falta algo” dijo Marisa sorprendiéndonos a todas, con las manos escondidas detrás de su espalda.

 

.- “¿El qué?” dijo Vero intrigada.

 

.- “¿No hemos venido a hacer locuras?” preguntó Marisa dejándonos a todas algo expectantes.

 

.- “Si, ¿por qué?” acertó a decir esta vez Miriam.

 

.-“Pues que como soy la mayor de todas, no os pienso dejar salir sin asegurarme de que todas lleváis por lo menos un par de condones en el bolso. ¡¡Venga!! ¡¡Abridlos ahora mismo!!” Dijo en voz alta Marisa agitando una caja amarilla y rosa, muy familiar para mí, eran Dúrex “Dame Placer”, mis favoritos.

 

.-“Quiero verlos. ¡Venga chicas! No me digáis qué vais a ser buenas, porque no me fío de ninguna de vosotras” Continúo Marisa dejándonos atónitas a todas por sus palabras. Vero fue la primera en enseñárselo ahí mismo.

 

Marisa, dándole una mirada de aprobación, dijo. –“Estaba segura, si me faltan te pediré”

 

.- “¡¡Ja, Ja, Ja!! Reímos todas.

 

.-“Venga, ahora te toca a ti, Miriam” Le inquirió Marisa.

 

Miriam, que se estaba mordiendo el labio inferior de vergüenza, reconoció que ni siquiera los había echado en la maleta.

 

.-“Estas niñas de hoy, con lo preparadas que parecen y luego mira… Anda toma.” Le dijo, acercando su mano abierta para que se vieran bien los condones.

 

.-“Bueno y ahora tú” Me dijo Marisa señalando mi bolso.

 

.-“Eh, eh, que yo estoy casada” dije audaz.

 

.-“Toma, y yo tengo novio” Protestó Miriam inmediatamente.

 

.-“Precisamente por eso, hija” Me refutó Marisa. “Las casadas, sois las peores”

 

Miré Miriam sin saber cómo reaccionar, pero de que quise darme cuenta mi compañera ya estaba cogiendo los dos condones que Marisa me ofrecía para luego meterlos en mi bolso en alto, de forma que lo vieran bien las demás.

 

Acordamos ir a tomar alguna copa antes de entrar en la discoteca, para ello fuimos a una zona de bares bastante concurrida, aunque sobre todo eran extranjeros. Tanta gente había que cuando tenía que acercarme a la barra a pedir consumiciones, o desplazarme por el bar era inevitable rozarse. Intentar bailar también era imposible debido a la multitud. No sé si fue por las copas o qué, pero el hecho de sentir los roces de todos esos desconocidos, y hasta el manoseo de algún intrépido por mi semidesnudo trasero (llevaba tanga) me estaba poniendo como una moto. Si añadimos a esto que llevaba un vestido que me hacía sentir tan puta como su dueña… En fin, estaba súper animada y pasándomelo genial.

 

Cuando llegó el momento de ir a la disco yo me encontraba ya totalmente desinhibida. Nada más entrar nos dirigimos a la zona de baile. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió bailando hasta que llegaron los amigos de Vero. Al vernos se dirigieron como una manada de lobos hacia dónde estábamos nosotras. Comenzamos con los besos de rigor, y cuando de nuevo le tocó el turno a Róber, apoyando su mano sobre mi espalda desnuda, me dio el primero justo debajo de la oreja quitándome la respiración, y el segundo delicadamente en el cuello. Sentí tal escalofrío que se me puso de punta el vello de todo mi cuerpo y los vértices de mis senos. De nuevo colorada, tuve que intentar aplanar mis pezones discretamente. Pero claro, él también se dio cuenta. Además no paraba de intercambiar miraditas conmigo, lo cual no ayudaba a serenarme precisamente.

 

Yo me dedique a bailar, siempre me había encantado bailar, era para mí una sutil forma de comunicarme, de expresarme, pero también de embelesar a los hombres. A pesar de que pensé varias veces en mi marido, estuve meneando el culo un buen rato en la pista de baile. Pobrecillo si supiese lo poco comedida que estaba su mujercita. ¿Qué estaría haciendo? Me regocijaba contoneando mi cuerpo con provocación. Me sentía como el pobre cervatillo de los documentales, en medio de la sabana africana, rodeada de depredadores. No veía la hora de regresar al apartamento.

 

Durante este rato pude ver como todos y todas hablaban entre sí junto a la barra, a excepción de aquel chico, que apartado de todos no dejaba de mirarme. De repente sentí mucha sed y decidí acercarme a la barra a pedir algo. Entonces, me di cuenta que cuando abandoné la pista de baile, Róber dejó su copa y se dirigió hacia mí. “Allá va. El lobo lanza su ataque sobre el pobre cervatillo” Pensé.

 

.-“¿Qué quieres tomar?” Me preguntó cortésmente a mi espalda.

 

.-“¿Me vas a invitar?” Le pregunté yo. El asintió con la cabeza.

 

.-“Pues un Rubí Rojo”. Le tuve que gritar al oído, pues la música estaba tan alta que apenas nos podíamos escuchar pese a estar pegados el uno al otro.

 

.-“Un ¿qué?” Dijo desconcertado, con cara de no tener ni idea de lo que quería la chica que codiciaba.

 

.-“Un coctel con base de whisky. Chiquitín” Dije burlona.

 

.-“Estas espectacular” me dijo mientras el camarero nos preparaba las copas.

 

.- “Gracias” le dije yo.

 

.-“Por eso no dejas de mirarme, ¿supongo?” Le pregunté.

 

.-“Sí, es que eres lo más bonito que he visto desde que llegamos. Me fascinas, cada detalle, como te mueves, todo.” Confesó rápidamente.

 

.-“Ah. Me gustan los hombres que se fijan en los detalles” Le dije. Entonces me apeteció forzar la situación, y acercando mis labios a su oreja de forma que no viera mi cara, le pregunté. -“A ver dime, ¿de qué color son mis ojos?, o ¿sólo te fascinan los detalles de mis tetas y de mi culo?”

 

.- “Azules” Respondió Róber en mi oído, haciéndome sentir el aire salir de su boca, al tiempo que se separaba de mí con una amplia sonrisa de satisfacción. -“…, pero de eso me di cuenta esta mañana”.

 

.- “El vestido de Vero te queda de escándalo” dijo posando de nuevo su mano sobre mi cadera.

 

De nuevo sentir su contacto sobre mi piel alertó mis nervios y mis extrañas con sensaciones ya olvidadas.

 

.-“¿Cómo sabes que es de Vero?” pregunté inocentemente pensando que se lo habría visto puesto en alguna ocasión.

 

.- “Lo sé todo” dijo el sonriendo.

 

.- “¿Qué es todo?” Pregunté algo sorprendida y bastante malhumorada, pensando que alguna se había ido de la lengua.

 

.- “Bueno, no te enfades, por ejemplo…” me dijo de nuevo al oído. “Vero me ha dicho por Wasapp que hoy ha sido la primera vez que hacías topless, y no tienes porque preocuparte. A decir verdad deberías estar orgullosa”.

 

.- “y ¿eso?” le pregunte, acordándome de la bendita madre de mi puta compañera.

 

.- “¿Por qué? Pues porque tienes los pechos más bonitos de las cuatro, bueno, espero que no te ofendas. Es una tontería, pero tenía que decírtelo.” Aprovechando la animación, la mano de Róber había ido bajando desde mis caderas hasta pararse en una zona que yo empezaría a llamar mi culo. Le dejé hacer, era intrépido, por el momento me estaba gustando.

 

.- “Es más, te confesaré que me atraen las mujeres que se atreven con cosas nuevas. De hecho, no sabes cuánto me gustaría que siguieses haciendo cosas por primera vez”, Me dijo él esta vez muy cerca de la comisura de mis labios.

 

.-“¿A ver, perdona?” Dije girándome un poco para darles la espalda a mis amigas, al tiempo que le miraba con descaro su abultado paquete. –“Uy, sí. Sí que me hago una idea de cuánto te gustaría”.

 

Nos reímos un montón. Había muy buen rollo y confianza entre los dos, eso me fue haciendo poco a poco ir bajando la guardia. A parte, me lo estaba pasando genial jugando con él a la gata y el ratón. De alguna forma, me sentía con ventaja. Era extraño, me comportaba como si conociera a Róber de toda la vida cuando en realidad, le estaba conociendo entre aquellas palabras y miradas con las que íbamos tejiendo una hermosa complicidad. Era curioso que todo lo que me contaba me resultaba interesante y sorprendente. Me confesó que el también tenía novia, lo cual ayudo a dejar atrás mi sensación de desvergüenza, al fin y al cabo por alguna extraño razón la vida nos había conducido allí solamente a nosotros dos.

 

Me dijo que trabajaba de profesor en un instituto de secundaria de “difícil desempeño”, lo cual no entendí. Me detalló que era un instituto problemático, con un montón de alumnos gitanos, magrebíes, negros y sudamericanos que se llevaban a matar unos con otros. Me relató un montón de anécdotas increíbles que les ocurren a los profesores hoy día. Adolescentes agresivas con tres o cuatro novios cada curso, los primeros porros, la locura de los teléfonos de última generación, profesores casados que se acuestan con las interinas que van pasando por el centro… La verdad es que Róber no sólo me hizo ver cómo van las cosas en educación, si no también entender porque van así. Era un chico muy entregado en su trabajo, amante de la música, tan crítico en el hablar como elegante en el vestir, que “necesitaba” hacer deporte y bien que se notaba, y tan joven como aparentaba, 26, es decir 9 añitos menos que yo. ¡¡Qué barbaridad!!

 

.-“… oye y, ¿qué más te ha contado Vero que hemos hecho?” Le pregunte, deseando saber hasta dónde había largado mi compañera.

 

.-“Bueno, yo creo que me ha tomado el pelo, ya sabes cómo es…, un montón de tonterías, lo mejor de todo, que todas os habéis quitado las bragas antes de salir” Me dijo innecesariamente cerca de mí, pues hacía rato que nos habíamos ido a un rincón cerca de la puerta de salida, donde se podía hablar sin tener que gritar.

 

¡¡Sin bragas!! Joder con Vero… pensé. A decir verdad, aquella alternancia de Róber entre hablarme casi rozando la comisura de mi boca unas veces y sentir su aliento en mi oído otras, desordenaba totalmente mi conciencia.

 

.-“…y, ¿por qué piensas que te ha tomado el pelo? Es qué me ves mayor para salir sin bragas” Le dije yo en un cómico tono de disgusto.

 

.- “No sé, no puede ser verdad” Dijo para provocarme. Tomé un trago, en ese momento pude ver el anillo en mi anular. Él también lo vio, me acordé de nuevo de mi marido, pero el cuerpo me estaba pidiendo diversión a gritos. Hasta entonces me regocijaba en aquel juego con Róber, me sentía deseada y tampoco es que hubiese ocurrido nada malo. Un poco más, quiero llevar esto un poco más lejos, pensé para mí, en cuanto me sienta mal lo mando a paseo y se acabó. Entonces él dijo algo así como:

 

.- “Bueno, puede que sí sea verdad. Si no, tampoco entendería que llevases condones en el bolso estando tu marido tan lejos.” Al tiempo que miraba hacia abajo y con dos dedos terminaba de separar los bordes de mi bolso.

 

.- “No eras tú al que le gustaban las chicas … uhmmm…., ¿cómo has dicho?, ¿atrevidas?” le dije con cierto rintintin.

 

.- “Si claro, eso dije ” Esta vez el sorprendido era él. A mí me gustaba que yo estaba llevando el mando y controlando la situación. Me excitaba y estaba dispuesta a seguir un rato más. Mientras, Róber trataba en vano de descifrar en mis ojos si llevaba o no bragas.

 

.- “¿Y porque no podría hacer esas cosas una mujer como yo?”, y nada más decir esto tomé su mano que reposaba sobre mi trasero y fui guiándola con la mía por todo mi culo, por encima de la tela del vestido.

 

No me podía creer ni yo misma aquella situación. ¿Cómo me estaba gustando tanto comportarme como una guarra?, obligar a aquel chico a sobarme, buscando las comisuras del tanga que llevaba puesto, y que finalmente encontró. Me gustó mirarlo a los ojos y ver la cara de lujuria que ponía, yo era en ese instante una diosa para él.

 

.-“¿Qué piensas ahora?, no te molestará que te haya tomado el pelo, a cambio de tocarme el culo ¿verdad?” Le pregunte muy próxima a él, esperando su reacción. Entonces, pasó lo que tenía que pasar. Me agarró fuerte de la cintura y me beso en la boca.

 

Yo nunca había pensado que eso llegaría a pasar. Hacía tantos años que no besaba en la boca a otro hombre que no fuese mi marido, y me gustó, me gustó mucho. El maldito Róber besaba muy bien. Tras separarnos fui yo quien busco un segundo beso, esta vez más prolongado, demasiado hambriento. El interpretó esto como una aprobación, una carta de libertad plena, y de que quise darme cuenta me estaba metiendo mano por debajo del vestido. Menos mal que estaba de espaldas a la barra del bar porque si no le hubiese enseñado todo al portero. Me dejé hacer, y mientras me acariciaba por todos lados no pude menos que morderle en un labio. Nos comíamos el uno al otro, pero él al sin perder ni un segundo se dispuso a frotar todo mi sexo con sus dedos, recorriéndolo de arriba abajo hasta alcanzar la húmeda entrada de mi vagina. Pese a que me estaba gustando tuve que apartarlo y mirarlo, recriminándole con la mirada que aquella caricia había ido más lejos de lo permitido.

 

.-“Lo siento Montse, perdóname. No quería molestarte, de verdad.” dijo avergonzado por su osadía. Verle así, encogido y temeroso de quedarse “sin postre” me pareció muy gracioso.

 

La maravillosa y desesperada pasión con la que me había besado me dejó aturdida. Además, aún sentía la conmoción interna que me acababan de hacer sentir sus virtuosas manos debajo de mi falda. Estar tan cerca de él me cautivaba de tal manera que creí ser una pequeña cucharilla de café atraída, sin remedio, por un poderoso imán. Así que en un ataque de demencia e indecencia, y sin dejar de mirarle a los ojos, me bajé y desprendí de mi tanga en aquel mismo oscuro y publico lugar, y entonces volví a besarlo demandando que retomara sus temerarias caricias. Sin embargo, esta vez sólo me agarró por la cintura, y nuestros cuerpos se pegaron el uno al otro fundiéndose como dos gotas de lluvia. Por primera vez pude notar directamente el bulto que comprometía la resistencia de su cremallera. ¡¡Madre mía!! Tenía que ser grande, desde luego bastante más que la de mi pobre marido. Cuando terminamos de besarnos le dije:

 

.- “Guau, podría haberme avisado de lo bien preparado que estás.” le dije yo, mirando a su paquete.

 

.- “Ja, Ja” se rió orgulloso por lo que acababa de escuchar “¿Vero? ¿Acaso crees que ella lo sabe?” Me preguntó antes de besarme otra vez.

 

.- “A mí también hay algunas cosas de ti que me gustaría comprobar” me dijo él. Yo no entendí por donde iban los tiros.

 

.- “¿Te quedan aún más cosas por comprobar?” le pregunté.

 

.- “Bueno, verás, es que Vero me dijo que vio como te afeitabas el pubis en la ducha.” me soltó como si nada. Estaba claro que Vero no sólo se había ido de la lengua. No, incluso había mentido para poner al pobre Róber aún mas salido, la muy p…

 

Me quede muda por unos instantes, para nada podía pensar lo que él pretendía. Así que entendiendo que mi silencio era una aceptación, me giró de frente a la barra, cogió mi mano y la llevó hasta el bulto de su entrepierna, luego se pegó a mí, de tal manera que mi mano quedó aplastada entre su paquete y mi culo. “¡¡Madre mía!! Esto es enorme” pensé mientras notaba su sexo contra mi trasero. En esa posición Róber comenzó a darme unos mordisquitos en la nuca que me dejaron paralizada, dejándome acariciar las piernas por delante, ingenua. Poco a poco fue subiendo por el interior de mis muslos hasta acariciar mi monte de Venus, entreteniéndose en el interior de mis muslos. Por aquel entonces sus caricias me estaban excitando hasta límites insospechados y desconocidos para mí. Además, yo podía notar que su polla para nada me cabía ya en una sola mano, así que también llevé la otra detrás de mi espalda tratando de abarcar toda aquella desmesurada erección. Así como estábamos el me preguntó:

 

.- “¿Te asusta?” me preguntó con cierta sospecha.

 

.- “No. Bueno, sí, no sé, depende.” Y nada más decir esto pude notar como introducía uno de sus dedos en mi interior.

 

.- “Ahhh, no.” Tuve que ahogar aquel gritito como pude y disimular para que los camareros no notaran nada. Dios mío, sólo sus dedos ya me parecían formidables.

 

.- “Me gusta, no pares” le pedí de espaldas a él. Y dicho esto Róber comenzó a regalarme caricias que me llevaron a un mundo tan real como inimaginable. Mientras introducía un dedo en mi sexo me rozaba con el pulgar el mismísimo núcleo del placer. Demostró ser diestro y aplicado en la materia, nunca antes mi marido ni ningún otro hombre me había tentado tan bien, y menos en un lugar público. Luego, me introducía los dedos con exquisitez, me frotaba con fuerza, pero ambas cosas a la vez nunca.

 

Creo que ahí fue cuando realmente perdí el control de mis actos. Estaba gozando, y mucho, de ser acariciada por un hombre tan atractivo y con esa desenvoltura. Tanto que no tarde en alcanzar mi primer orgasmo, allí mismo, contra la barra del bar y mientras ahogaba mis gemidos mordiéndome el labio inferior. Cuando Róber notó mis convulsiones tuvo que sujetarme, si no me habría desplomado al suelo. Después, me susurró en la espalda:

 

.- “Vámonos de aquí”, y dicho esto me cogió del antebrazo y tiró de mi. Yo no tuve tiempo a reaccionar. Bastante que logré caminar cuando todavía me estaba recuperando del orgasmo que sacudía aún todo mi cuerpo. Tenía que haberle dicho en ese mismo instante que no, que ya era suficiente hasta donde habían llegado las cosas, que estaba casada, que tenía marido, que no estaba dispuesta a que sucediese lo que él quería. Intenté decirle que parara, que no podía ir más allá, pero las palabras se me amotinaron y no quisieron salir de mis labios. En lugar de rogarle que se contuviera, permanecí callada mientras él me guiaba de la mano en dirección a la calle.

 

Atravesamos ligeros el paseo sin soltar muestras manos, y como cualquier pareja de novios nos adentramos en la penumbra de la playa. Fuimos todo el camino sin mediar palabra, él tenía urgencia y yo no quería decir nada. Por un lado mi cuerpo quería ir donde Róber lo llevara y por otra, mi mente decía ¡¡No, ya es suficiente!!

 

Mientras me debatía entre el sí y el no, llegamos a una zona de toldos, donde una pequeña caseta y montones de tumbonas aguardaban que se hiciera de día. Me apoyó contra la pila de tumbonas y me besó. Me besó desesperado y le besé hambrienta de él.

 

Me sorprendí asegurándome de que aquel lugar quedaba fuera del alcance de la vista de todo el mundo. No había luces y las pilas de tumbonas eran suficientemente altas para resguardarnos de las miradas del concurrido paseo, sólo aquél que viniese del mar nos podría ver.

Sus manos, y parecían más de dos, recorrían todo mi cuerpo. Esta vez no solo me besaba y me daba mordisquitos en la boca, también por el cuello, el escote, detrás de la oreja… Todas esas caricias me excitaban, y mi excitación se apoderaba de mi voluntad, dejándome en un silencio, dándole permiso a todas sus caricias.

 

Era todo fantástico, maravilloso, hasta que de repente sin ninguna explicación aparente Róber se detuvo, y me abrazó diciendo en voz tan baja que casi no le entiendo. –“No puedo. Me gustas, me gustas de verdad”. Así se quedó unos instantes, yo estaba perpleja pensando que él había hecho lo que yo no había sido capaz, y entonces volvió a susurrarme. –“Nos están viendo. Una de tus amigas está dentro de la caseta. Grabándonos en vídeo” El horror que me produjeron sus palabras hizo que me abrazara aún con más fuerza a él.

 

.-“Montse, ellas quieren pruebas para amenazarte. Me convencieron porque no quieren dinero, sino que tú consigas que el cabrón de tu marido no las obligue a hacer tantas horas extras, o que al menos las page como es debido” Me confesó al oído.

 

No me lo podía creer, aquello era incluso demasiado rebuscado para ellas. Bueno no, para todas no. Seguro que había sido todo idea de la bruja de Vero. Hija de puta mal nacida. ¿Cómo había sido capaz de algo así? Hay que ser perversa para jugar de esa forma con las demás, y no sólo conmigo, sino también con Miriam y Marisa a las que habrá tenido que presionar también para que entraran en su cruel juego. En unos segundos había pasado de ser la mujer más dichosa sobre la Tierra a sentirme arrancada de aquel hombre excepcional que me abrazaba con fuerza, incapaz de hacerme daño.

 

.-“Viólame” Le pedí, mascullando en voz muy baja, para que nadie más lo pudiera escuchar.

 

.-“¿Cómo?” Respondió incrédulo a lo que acababa de insinuarle.

 

Entonces le di un empujón y aunque mis ojos imploraban lo contrario, grite:

 

.-“¡¡No!! Déjame en paz. Yo quiero a mi marido. ¡¡Te dije que no quería venir!!”

 

Róber me miró un instante, tratando de asimilar lo que yo le pedía, y acto seguido me propinó el mayor bofetón de mi vida, y desde luego el único que me ha gustado recibir.

 

.-“¡¡Cállate zorra!! Si no te portas bien se lo contaré todo a tu marido” Dijo él siguiéndome el juego.

 

.-“No, por favor. No sigas. ¡¡Maldito seas!!”. Le increpé forcejeando antes de que mi boca fuese tapada con un beso impuesto por mi amante. Mientras su mano derecha se encajaba entre mis piernas, su mano izquierda me sujetaba fuerte de la nuca para así poder besarme impidiendo que dijera nada. En esa posición, no le resultó nada complicado deshacerse del nudo de mi vestido y dejar que por mis hombros se deslizasen ambos tirantes, cómplices de mi excitación al delatar a mis erguidos y duros pezones ante la mirada acusadora de mi amante.

 

Yo me limitaba simular que le empujaba inútilmente de los hombros, extasiada  como me hallaba por la mano de Róber que seguía entre mis piernas. Entonces dejó de besarme para admirar mis pechos desnudos. Una vez liberada de su boca opresora volví a decirle:

 

.- “No, para, no quiero seguir, por favor vámonos”, pero mi cuerpo negaba lo que mi boca pronunciaba. Sobre todo cuando sus labios emprendieron el abordaje a mis pechos.

 

.- “Aaaahh” gemí mientras él se recreaba en mis pezones con su lengua, y acto seguido para intentar ocultar la evidencia volví a implorarle:

 

.- “No, por favor, no sigas”, y mientras repasaba si ese chico no sería el mejor amante al que había entregado mi cuerpo maduro.

 

Me cerró la boca con otro beso y, aún no sé ni cómo, se desabrochó el cinturón y los pantalones dejándolos caer al suelo, mostrando su sexo totalmente marcado bajo su exquisita ropa íntima. En aquel preciso instante, sacó aquella mano que me torturaba, y que me volvía loca. Yo me quede hipnotizada imaginando el pedazo de polla, nada común y que tan bien lucía bajo su calzoncillo. Se hizo un estrepitoso silencio. Adivinando mis deseos, Róber me agarró mientras con su mano izquierda por el cuello, fingiendo la misma violencia una vez más. Con la derecha sacó uno de los condones de mi bolso y se lo colocó con una sola mano tras rasgar el envoltorio con los dientes. Por fin, mirándome a los ojos fijamente me levantó con ambas manos de tal forma que yo rodeaba su cintura con mis piernas y, me penetró.

 

No le costó, yo estaba completamente empapada. Aun así debía seguir fingiendo:

 

.- “¡¡Ahhh!! ¡¡Nooo!!” grité, aunque de nada quería que sirviera, deleitada por sentirle encallando en mi interior. Era una atrocidad apreciarle, percibir cómo se movía, nunca antes otro hombre me había martirizado así.

 

.- “Te deseo tanto. Eres deliciosa.” me susurró sonriendo mientras me penetraba contra la pared con violentas y fuertes embestidas, conocedor de que el tiempo transcurría en su contra. Ya no logré articular palabra. Sólo podía gemir y sollozar. Él me seguía diciendo al oído cosas bonitas y excitantes que entraban en contradicción con la intensidad de sus embestidas. Yo en cambio debía conservar mi papel de mujer agredida:

 

.- “¡¡No!! Para, para de una vez por favor”. Gimoteé, y al oír esto, o eso creí yo, cesó todo movimiento quedando en silencio, pero forzosamente abrazados y enganchados como dos perros.

 

.- “¡¡Déjala Róber!!” Aún tan aturdida como estaba pude reconocer la voz, era Vero. Giré la cabeza y la vi allí de pie delante de la puerta entreabierta de la caseta. Con cara de miedo, y mirada cobarde.

 

 

.- “¿Qué haces imbécil?” Exclamó Vero, yo la miré sorprendida “Déjala ya. Esto ha ido demasiado lejos”. Pero Róber sabía que siendo su cómplice, Vero no haría nada y también que mi segundo orgasmo estaba próximo, sabía que las dos estábamos a su merced.

 

.-“Exactamente, Vero. Los dos hemos ido demasiado lejos y ya no te puedes echar atrás. Esto es lo que tú y tus amigas queríais, ¿no? Pues disfruta del espectáculo.” Le contestó. Vero quedó inmóvil, callada.

 

Róber mirándola comenzó de nuevo aquellas fuertes acometidas que arrancaban de mi cuerpo un placer brutal.- “Todas putas. Putas y brujas”, eso fue lo que dijo “Ojala tu marido te follara así, ¿eh, Montse?” Su actitud ahora me enojaba, pero mi orgasmo estaba tan próximo, no quería parar, deseaba que siguiera. Las sensaciones y emociones que me provocaba aquel chico eran incontrolables. Cuando mi marido me hacía el amor yo solía acariciarme fantaseando con otro hombre para conseguir acabar antes que él se corriera, y sin embargo este sinvergüenza…

 

Pronto entendí que le gustaba sentirse el mejor amante, el más varonil y hábil, le seguí el juego. Le mordisqueé el lóbulo de su oreja y susurré.

 

.- “Uhmmm, Él nunca me ha follado ni la mitad de bien que tú. Sigue, por favor, sigue”. – “Sí, fóllame, ¡¡qué polla tienes, Róber!!”. .- “Sí, ¡¡ah!! Te gusta follar mujeres casadas, ¿verdad cabrón?” le murmuré como pude entre gemidos. En realidad era como me sentía, una puta, una puta traidora y en estos pensamientos llegó el postre, aquel dulce y anhelado segundo orgasmo de la noche. No intenté ni evité gritar y convulsionarme de placer, cuando de repente, un pensamiento vino a mi mente. Aquello que terminaría de convencer a Vero de que estaba realmente siendo forzada, violada.

 

.- “Róber, ahora dame por el culo, cabrón” Le indique a Róber en voz baja, pero con total determinación, enrabietada por tener que caer tan bajo.

 

Cesó de moverse y mirándome me susurró.

 

.- “Repítelo”. Dijo.

 

.- “No, por favor” Le ronroneé con toda la sensualidad que pude, aunque con cierto temor dado el tamaño de su miembro. En cuanto Róber pudo borrar su cara de asombro, dijo:

 

.- “Vero, ¿no crees que esto hay que disfrutarlo aún más?” le dijo -“Vamos guarra” me ordenó a mí. Recogió mi pelo en un puñado y tirándome de él hacia abajo me obligó a arrodillarme enfrente de él.

 

Bien, pensé para mis adentros, pienso hacerle la mejor mamada de su vida, se correrá y acabaremos con esto de una vez.

 

Comencé despacito y mirándole a los ojos, como me habían pedido todos los hombres a los que se la había comido en mi vida, y de la forma más sensual que sabía. Su polla olía y sabía a mí. Primero, la recorrí de arriba abajo con la lengua, mis labios jugaban con sus pliegues y venas. Luego metí su cabezota en mi boca, succionando y lamiéndola con fuerza. Aquellas caricias volvían loco a mi marido y al parecer también a Róber:

 

.- “Joder, qué bien la chupa la guarra de tu jefa” Gritó. Mentiría si dijese que no gustó oír sus palabras, tanto que mi lengua redoblo sus esfuerzos por hacerlo aún mejor. Él me sobaba las tetas sin parar pero me sorprendió cuando, tirándome del pelo hacia atrás, me la saco de golpe de entre los labios. Cogió entonces mi mano derecha e hizo que yo agarrara su enorme erección. El anillo de casada relucía en la noche, Róber guiaba mi mano a lo largo de su pene, arriba y abajo, recreándose en la visión de mi anillo de casada. ¡¡Cómo resistía tanto!!

Aquella escena pronto se vio perturbada. Mi móvil empezó a sonar dentro del bolso, y aterrorizada pensé: “Seguro que es marido, ¿quién si no me llamaría a estas horas?” Róber aprovechó la interrupción para incorporarme pegándose a mi espalda, pretendiendo enseguida metérmela por la puerta de atrás.

 

.-“Por qué no lo coges. Será divertido” me susurró al oído.

 

.- “¡¡No!!” dije yo, y nada más decir esto noté como empezaba a abrirse camino en mí.

 

.- “¡¡Aaahhhg!! Despacio por favor”. Mi móvil seguía sonando y el cabrón de Róber hizo intención de cogerlo. Instintivamente quise darle un empujón qué lo impidiera, pero eso hizo que Róber entrase de lleno. Grité de dolor.

 

Allí acabó todo. De repente, tras oír un fuerte golpe Róber se desplomó sobre la arena. Sin entender nada, contemplé yaciendo inconsciente al chico que aún creía notar en mi malherido trasero. Justo detrás de nosotros estaba Vero, sosteniendo con ambos brazos el enorme mástil de madera con el que acababa de golpear a Róber.

 

.-“¡¡Joder Vero, joder!! Grité recriminándole, antes de caer en la cuenta de que ella seguía creyendo que yo acababa de ser violada. “Gracias” Rectifiqué enseguida mirando sus ojos totalmente empapados en lágrimas. Estaba descompuesta, paralizada por lo ocurrido detrás de aquellas pilas de hamacas. Creía que todo había sido culpa suya.

 

Róber, aún semi-inconsciente, comenzó a sollozar de dolor, por lo que hube de recoger mis cosas y adecentarme rápidamente. Mientras me recolocaba el vestido y me anudaba los tirantes, me vino a la cabeza la condición que impondría a mis compañeras: “Nada de lo que había pasado podría contarse jamás”. Aunque de todas formas, estaba claro que ninguna de aquellas traidoras diría nada. Abracé entonces a Vero y me la llevé de allí. A medio camino me giré hacia atrás y vi a Róber aturdido, pero ya sentado sobre sus rodillas. “Pobre chico”, pensé avergonzada, todas hemos sabido aprovecharnos de él. Ni siquiera se había corrido.

 

Fin

Basado en “Compañeras” por Saragozaxxx.

He realizado pequeñas correcciones, pero grandes cambios.

Me gusta / No me gusta

¿Quién es?

Basado en “Cibersexo” por Saragozaxxx.

He realizado unas correcciones y cambios.

Una sugerencia, también para otros relatos con clase:

Colocad el portátil en el suelo, y caldear la temperatura de la sala

Haced que ella se tumbe sobre una superficie mullida y cálida

Colocar loción infantil cerca

Indicarle que valla leyendo mientras le vais dando un masaje desde los dedos de los pies a la nuca

Cuando el desenlace del relato se acerque centrar vuestras caricias en su…

¿Quién es?

 

Últimamente me tocaba dormir fuera de mi hogar, alguna que otra noche a la semana, por motivos de trabajo. En la empresa de productos químicos habían reducido algunas zonas y tocaba desplazarse cada vez más lejos, por lo que dependiendo de la ruta debía pernoctar en los hoteles pagados por la agencia de mi empresa. Al comienzo hablaba todas las noches con mi esposo, e incluso nos conectábamos por el Skype para vernos. Con el transcurso del tiempo las conversaciones se fueron convirtiendo en pura cortesía. ¿Qué tal el día?, cuidado con la carretera, descansa, te echo mucho de menos y las típicas preguntas desinteresadas.

En los viajes, aprovechaba para hacer algo de turismo, pasear y probar la gastronomía típica, pero una vez repetía lugar todo se convertía en rutina. Me aburría al llegar al hotel. El único aliciente era relajarme en el spa o la piscina del hotel y luego una buena ducha en mi habitación para acto seguido conectarme a internet. Las primeras veces buscaba páginas que consideraba interesantes, acerca de información, viajes, compras con descuentos, como organizar tu agenda y todo eso que nos gusta a las mujeres, hasta que un día, por casualidad, apareció una ventana emergente con cuerpos de chicos muy atractivos y relatos eróticos. Ese día no sé por qué me encontraba especialmente caliente y despertaron sensaciones en mí que creía olvidadas.

Desde esa noche, lo tomé por costumbre, no veía el momento en el que darme una ducha después de la piscina al llegar al hotel y tumbarme sobre la cama a masturbarme leyendo relatos sobre mujeres casadas, como yo, que eran infieles a sus maridos con otros hombres más hábiles en la cama que sus maridos. Deseaba el momento en el que llegar a la soledad de la habitación y poder dar rienda suelta a todas mis fantasías, que por otra parte, de ningún modo pensaba hacer realidad. Como digo se convirtió en rutina cada vez que dormía fuera de casa, hasta que una noche de hotel me conecté al chat de todorelatos.com, y poco a poco empecé a participar en diferentes foros. Se convirtió en la compañía perfecta a mi caliente soledad.

Recuerdo perfectamente el primer día, acababa de salir de la ducha y estaba cubierta como siempre tan sólo con una toalla sobre la colcha de la cama del hotel. Me sorprendió mucho leer las barbaridades que me escribían los nicks que correspondían a los hombres conectados. Cualquier chica que os hayáis conectado sabéis de lo que os hablo. No pude evitar acariciarme imaginando todo lo que me escribían. Entre las historias que me contaban chateando, lo que podía ver por internet y algún que otro suceso que podía vivir en primera persona, lograron que en las largas noches en los hoteles escribiese historias acerca de aventuras extramatrimoniales que posteriormente publicaba en RelatosMarqueze.com. Mi imaginación se disparaba con cualquier tontería.

Comentar que me llamo Sara, y a mis treinta y ocho años trabajo para una multinacional de la Química del sector enológico. Llevo varios años casada con mi esposo de treinta y cinco años. Somos una pareja de lo más normal, para que os hagáis una idea soy morena, mido 1, 70 de altura y uso una talla 95 de sujetador. Mi marido siempre me dice que tengo un culo precioso y le gusta que use braguitas chic. Mi esposo comenzó a perder el pelo hace ya un tiempo y tiene algo de barriga, es un poco más alto que yo. Vamos un tipo de lo más normal. Es el único hombre que he conocido y siempre es muy atento y detallista conmigo. No me puedo quejar pues es todo un caballero. A veces desearía que no fuera tan correcto ni tan delicado cuando hacemos el amor.

Aquella noche en principio sería como todas las demás, me conectaría a un chat erótico, me excitaría con los comentarios e insinuaciones, y acabaría masturbándome en la habitación del hotel pensando en mil historias. En esos momentos estaba conectada a un chat donde se discutía si el tamaño del pene importa o no importa.

Uno de los usuarios que respondía al nick de “RoberXL” hizo el comentario de que si alguna mujer continuaba insistiendo en que el tamaño no le importaba, era sólo porque nunca había probado algo grande. Desdeñaba la opinión de la mayoría de las mujeres conectadas al chat que se manifestaban afirmando que el tamaño del pene no es relevante para que su amante les haga disfrutar. El argumentaba, que eran cosas distintas y no excluyentes, y que no podían opinar al respecto si nunca lo habían probado. Es más, él afirmaba que todas decían lo mismo antes de hacerlo con él, pero luego…

No pude más que escribir:

Sarardiente dice:

“Eres un fantasma”.

RoberXL dice:

“y tu dberías escribir otro relato… preciosa”

Escribió con alguna falta de ortografía. Aquello me sorprendió mucho, el foro en el que estaba conectada no tenía nada que ver con la página de RelatosMarqueze. ¿Había sido coincidencia? Quise salir de dudas, así que lo invité a un chat privado. Enseguida me contestó.

Sarardiente dice:

“¿Acaso has leído alguno de mis relatos?

RoberXL dice:

“Los he leído todos. Incluso te hice el ingreso bancario voluntario que solicitas a cambio. Me alegro mucho de poder coincidir contigo”

Sarardiente dice:

¿Cuál es el que más te gusta?”

En realidad quería saber si se los había leído de verdad o me estaba vacilando. No esperaba que me dijese ninguno de mis títulos publicados.

RoberXL dice:

“Me gustaron todos, pero destacaría ese de “Volver a salir con amigas” o algo así”.

Me sorprendió su respuesta, no era uno de los relatos más votados, ni tan siquiera era de los más comentados. Todavía tenía mis dudas de que realmente se lo hubiera leído así que decidí continuar chateando.

Sarardiente dice:

¿Xq?

RoberXL dice:

“Tiene todo lo que se puede esperar de un relato titulado así, se sucede todo de manera muy excitante. Aunque sigo esperando que escribas la continuación, el encuentro en la Feria del Automovil”

Sarardiente dice:

“Por qué no enviaste algún comentario?”

RoberXL dice:

“No sé. Nunca se me hubiera imaginado que escribirte”

Sarardiente dice:

“De la misma forma que el artista necesita de los aplausos, necesito de vuestros comentarios”

RoberXL dice:

“Quieres que haga un comentario?”

Sarardiente dice:

“Si”

RoberXL dice:

“Simplemente, me gustan”

Sarardiente dice:

“Gracias”

RoberXL dice:

“No en serio, no hagas caso de los que dicen que cometes faltas de ortografía, y cosas por el estilo, no es un concurso literario”

Sarardiente dice:

“Supongo que tienes razón”

RoberXL dice:

“Lo importante es que todos los que te lean se corran de una forma u otra gracias a tus relatos”

Sarardiente dice:

“Tu lo haces?”

RoberXL dice:

“Por supuesto, son muy buenos, incluso varias veces leyendo un mismo relato.”

Sarardiente dice:

“Uuumm, gracias. Lo tomaré como un cumplido”

RoberXL dice:

“Seguro que si el Paul Verhoeven ese, o Ford Coppola los llevaran al cine tendrían un taquillazo”

Sarardiente dice:

“Es guay eso que dices, pero tengo que dejarte”

Sarardiente dice:

“Hasta otra”

RoberXL dice:

“ojalá volvamos a coincidir”

Sarardiente dice:

“adios”

RoberXL dice:

“adios”

Había mantenido muchos chats privados con muchos nicks, pero algo me decía que ese sería a la larga algo especial. Antes de cerrar la página hice doble click en su avatar, y tengo que reconocer que se me cortó la respiración. Si tenéis acceso a internet buscad al modelo Ramírez Allender, era clavado. Me imagino que como la foto de mi avatar, la suya también era falsa.

Transcurrieron varios días sin saber nada de Rober, a decir verdad me conecté muy pocas veces debido a la falta de tiempo principalmente, y a que las noches sucesivas las pasé en mi hogar. Un día recibí un mensaje en mi correo electrónico, era de Rober. Seguramente lo consiguió en alguno de mis relatos publicados.

De: RoberXL

Para: Sarardiente dice:

Asunto: Prohibido

“Aunque sé que está prohibido, me gustaría chatear contigo de nuevo. Besos”, y me citó el nombre de la página en la que publico mis relatos.

La primera noche que dormí fuera de casa llegué impaciente a la habitación del hotel. Recuerdo que esa vez no hice ni uso del spa del hotel y me duche con cierta prisa, impaciente por saber si coincidiría con mi cita. Incluso me arreglé después “mi jardincito”. Como en las otras veces me encontraba tumbada sobre la cama envuelta tan sólo en la toalla del hotel. Estuve un rato participando en diversos foros, pero nada. En cierto modo había perdido la esperanza de coincidir con Rober. Supongo que debía haberle contestado a su mensaje si quería contactar con él. Sin embargo, no quería mostrarme impaciente, ni mostrar mi deseo por coincidir con él, quería que fuese Rober quien tomase la iniciativa. Qué le vamos a hacer. Después de todo tampoco estaba segura de si debería ocurrir algo.

Daba por finalizada la noche cuando ¡¡Su nick apareció en el chat!!

RoberXL dice:

“Hola”

Sarardiente dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“Me alegro de nuevo. No recibiste mi correo?”

Sarardiente dice:

“Si”

Enseguida le mandé un privado para continuar la conversación al margen de otros invitados. Tuve que disculparme por no haber contestado a su email, lo típico de no he tenido tiempo y un montón de excusas más. Le mentí, en el fondo estaba deseando contactar de nuevo con él, el anonimato y cierto misterio en el ambiente la otra vez que chateábamos resultaba realmente excitante. Me preguntó algunas cosas personales y no quise dar muchos detalles en esa segunda conversación. Por mi parte, le pregunte sobre la foto que tenía en su avatar, a lo que él contesto que era de hacia ya unos cuantos años, de una vez en la que por decisión de su manager tuvo que hacerse un book de fotos. Seguro que mentía al igual que yo, todo el mundo lo hace en internet. Le pedí que me mandara alguna otra foto, pero él me retó pidiéndome primero una foto mía. De nuevo se pasó la noche deprisa, fue muy agradable y quedamos en coincidir otro día. Hacía tiempo que no me sentía así, como una chiquilla… Creo que esa noche ni siquiera “me toque”.

Poco a poco fuimos conectando cada vez más a menudo. Lo cierto es que yo esperaba ansiosa cada día volver a coincidir con él en el chat. El simple hecho de tener un ciber-amigo desataba mi imaginación hasta límites insospechados. Muchas de aquellas noches que dormía en hoteles lejos de casa, terminaba masturbándome como una quinceañera imaginando cosas que podían sucederme con mi nuevo amigo.

Entre otras cosas fantaseaba pensando que podía ser alguien conocido, algún antiguo novio, el actual marido de alguna amiga, algún niñato engreído, un compañero de trabajo, un detective privado contratado por mí marido para ponerme a prueba, un artista guapísimo… etc. Mi imaginación se disparaba fantaseando con innumerables sucesos, hasta tal punto que andaba caliente todo el día. Sin darme ni cuenta empecé a vestirme de forma más atrevida y sugerente, no sé, me encontraba poco a poco mejor conmigo misma. Me agradaba sentirme deseada por ese hombre, y ello me hacía provocar situaciones excitantes con mis clientes. Todo me resultaba más sensual y erótico.

Los días que se sucedían en jornadas cotidianas de trabajo. Salidas y desplazamientos fuera de mi ciudad. No dejar de pensar todo el día en otra cosa que no fuera chatear con Rober. De alguna forma me encontraba más receptiva, excitada y mantenía relaciones sexuales algo más a menudo con mi esposo. Incluso llegué a plantearme tener relaciones extramatrimoniales, con uno de mis compañeros de trabajo por el que siempre me había sentido atraída.

Con el transcurso del tiempo chateábamos casi a diario, incluso los días que dormía en mi hogar con mi marido en casa, buscaba cualquier excusa para conectarme a internet, normalmente alegando que tenía trabajo pendiente. Como vivimos en un duplex me encerraba en nuestra buhardilla mientras mi marido veía “películas para idiotas” en el piso de abajo. En caso de que mi esposo subiera por las escaleras lo oiría y tendría tiempo de cerrar la ventana del chat en mi navegador.

Como es lógico poco a poco en las conversaciones se colaban pequeños datos personales que nos permitían saber algo más acerca del otro. Sobre todo él se mostraba más desinhibido a la hora de facilitarme algún que otro dato. Pude saber que nació en el 78, y que tenía por tanto 35 años. La misma edad que mi marido. Sabía que se ganaba la vida como coach en un gimnasio propio, que había sido jugador de baloncesto, y que el gimnasio debía ser sólo uno de sus negocios, pues debía tener participación en alguna otra sociedad. Por mi parte supo que tenía treinta y un años (mentí sí, que mala soy), que estaba casada, que era comercial químico y tras pensármelo mucho, mucho, decidí enviarle una foto personal. Una súper chula que me hizo mi marido un par de meses atrás en el patio de casa. Se me veía de espaldas caminando junto a los melocotoneros, el pelo suelto, llevaba un cortísimo vestido de verano, unas sandalias de cuña, y aunque en la foto por bien poco no se alcanzaba a distinguir, no llevaba bragas.

Me gustaba chatear con él, sobre música, viajes, libros, proyectos, incluso me ayudaba a elegir la ropa que me pondría al día siguiente, pero nuestras conversaciones siempre acababan en temas relacionados con el sexo. Era incluso mejor que tener una amiga con la quien hablar tan abiertamente y sin tapujos de esas cosas. En cierto modo nos confesábamos el uno al otro nuestras fantasías más secretas gracias al anonimato. Nunca hubiera imaginado hablar con un hombre como lo hacía con Rober. Las conversaciones eran muy divertidas, se me pasaba el tiempo volando. Nuestros comentarios no siempre mantenían cierto morbo entre ambos. Hablábamos de temas como la ropa interior preferida por el otro, las posturas sexuales, nuestros mitos sexuales, los problemas en el trabajo, amistades, aficiones, fantasías, los lugares que habíamos visitado o nos gustaría visitar, las canciones, los olores, etc.

Recuerdo la noche que marcó un antes y un después en nuestra relación.

RoberXL dice:

“Hola”

Sarardiente dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“Hace tiempo que no publicas ningún relato”

Sarardiente dice:

“Es verdad”

RoberXL dice:

“Demasiada monotonía?”

Sarardiente dice:

“No. Es que sólo escribo cuando tengo tiempo de aburrirme. Además, ahora no se me ocurre nada en especial.”

RoberXL dice:

“Escribe sobre cualquier cosa, lo haces muy bien”

Sarardiente dice:

“Gracias?”

RoberXL dice:

¿Por qué comenzaste a escribir esos relatos?”

Sarardiente dice:

“Me gusta mucho leer, más que escribir. Escribir es agotador. A veces pienso que soy demasiado exigente cuando escribo. También tengo un blog “normal”, donde publico historias, ideas, reivindicaciones, alguna poesía…   Me gusta pensar en todo los hombres (y mujeres) leyendo e fantaseando sobre mis relatos….”

RoberXL dice:

“Y no me habías dicho nada”.

“Dame la dirección ahora mismo…”

Sarardiente dice:

“No, no, no. Perdona pero tengo que mantener ambos mundos separados para protegerme”.

RoberXL dice:

“Me jode muchísimo perderme esa parte de ti, pero te entiendo”

“Y… Cómo crees que SOMOS?”

Sarardiente dice:

“Imagino que habrá de todo. Delgados, cachas, gordos, altos, bajos, peludos, rubios, morenos. Aunque también habrá casadas, solteras, viudas… uuhhm. Qué morbo!!”

RoberXL dice:

“En serio?”

Sarardiente dice:

“Según las estadísticas de la página son un montón de lecturas, más de 80.000. Imagínate.”

RoberXL dice:

“No tenía ni idea. Pero es que tus relatos son de lo mejor que hay en internet.”

“Te gustaría ver a uno de tus fans?”

Sarardiente dice:

“En que estas pensando???”

RoberXL dice:

“¿Quieres ver, en directo, a un hombre leyendo uno de tus ardientes relatos?”

Sarardiente dice:

“No sé, creo que prefiero sólo imaginármelo. Aunque…”

No daba crédito a lo que me estaba proponiendo. No me podía creer lo que suponía estaba a punto de insinuarme.

Sarardiente dice:

“¿Quién?”

RoberXL dice:

“Yo mismo, con una condición…”

Un silencio se prolongó antes de que uno de los dos volviese a escribir.

RoberXL dice:

“Tienes webcam???”

Sarardiente dice:

“Si”

RoberXL dice:

“Solo quiero ver tus labios pintados de rojo y oírte leer “Volver a salir con amigas” y yo me masturbaré para ti”

Sarardiente dice:

“Es eso lo que te pone??? unos labios con carmín”

RoberXL dice:

“No, la que me pone eres tú. Pero que sea rojo, rojo puta, no sé si me explico.”

Sarardiente dice:

“Perfectamente. Está bien, conecta la web, te espero”

Nunca antes nos habíamos conectado con la webcam, sería la primera vez. Yo quería continuar en el anonimato, no quería que me viese la cara. Por lo que ensayé en modo “pre-visualizar” como ponerme antes de conectar la webcam en modo conferencia. Si bajaba la tapa del portátil podía acercar los labios desde arriba, de esta forma controlaba que no se me viese la cara, aunque a cambio le mostraba una visión más que generosa de mi escote. Como tan sólo llevaba puesto la toalla envuelta a mi cuerpo, decidí ponerme algo para que no se viese nada, elegí una camiseta de tirantes muy finos negra a juego con unas braguitas monísimas del mismo color. Me encontré muy sexy a mi misma y eso me agradó. Todo aquello me llevó algo de tiempo por lo que mi amigo comenzó a impacientarse.

RoberXL dice:

“Estas ahí?

Sarardiente dice:

“Si, ya voy”

Por mi parte pude ver como se encendía una webcam al otro lado enfocando la parte del asiento de una silla de oficina vacía, con el fondo de unas estanterías muy ordenadas y sobre la que se apoyaba una bici “fixie” de esas que se han puesto de moda.

RoberXL dice:

“Oye, que si eres la única mujer del mundo que no tiene ese color de pintalabios da igual, eh?”

Sin responder a sus provocaciones encendí mi webcam, desde el pequeño cuadrado que aparecía en mi pantalla, visionando lo que se transmitía a través de mi webcam tan sólo se podían ver mis labios pintados de rojo vivo. Comencé a leer…

.-“Había llegado ya el buen tiempo, la primavera estaba avanzada y se notaban los primeros días de calor del verano. Esa noche había quedado con mi mejor amiga, Eva. Hacía un par de meses que ella lo había dejado con su ex pareja. No era ni la primera ni la última vez que cortaba con su novio, y seguramente tampoco sería la definitiva, como decía ella misma…”.

.-“ Deja de leer un segundo quiero hacer una foto de tu boca. Tienes unos labios muy bonitos” escuché una voz al otro lado de la pantalla. Me gustó, su voz sonaba fuerte, segura y con carácter, pero todavía no se veía más que la silla.

.-“Gracias, pero habías dicho que te masturbarías para mí. ¿Acaso no es tan grande como presumías?” dije yo tratando de picarlo.

.-“Continua, enseguida me siento” le escuché esta vez algo distorsionado.

.-“Eva era la única amiga del grupo que a sus treinta y dos años todavía no estaba casada ni tenía hijos, y era como si tuviera urgencia por alcanzar esas metas personales. Siempre me tocaba consolarla cada vez que acontecía lo inevitable…”, llevaba un rato leyendo cuando pude observar como en la pantalla se sentaba en la silla un hombre muy moreno que tapaba su miembro bajo una toalla blanca que contrastaba notablemente con su piel. Había chateado muchas veces con Rober y nunca me dijo que era tan moreno. Me sorprendió ese hecho, ¿sería mulato o gitano, o quizá sólo vivía en la costa?

Entonces quitó su mano derecha del teclado guiándola hacia su sexo, y comenzó a sobarse suavemente. Yo seguía leyendo. La verdad es que el bulto bajo la toalla adivinaba una gran sorpresa, además veía su mano oscilar cadenciosa hacia un lado y vuelta atrás, o era quizá sólo mi imaginación la que volaba acuciada por mi propia excitación. En un momento dado se acomodó en la silla y descubrió la toalla mostrando su vientre atlético y su…

¡¡Dios mío!!.

Aquello no podía ser verdad, nunca me hubiera imaginado que Rober fuese todo un mulato con semejante…. Sí que podía presumir de tamaño. Me quedé tan perpleja que no pude evitar mirar la pantalla del ordenador embobada. Era la primera vez que veía una así de grande y además “en directo”. Al principio me pareció amenazador, intimidante, aunque de algún modo era fascinante ver como una mano grande y fuerte subía y bajaba a lo largo de aquel miembro. También se adivinaba un cuerpo muy bien formado sin ser demasiado musculoso. Sin duda, practicaba deporte.

Sarardiente dice:

“Eres mulato”

RoberXL dice:

“Mestizo más bien, nací muy lejos… Mi madre y yo mismo somos de Brasil, mi padre es español.”

Me fijé detenidamente, seguramente había tardado porque su sexo brillaba como si se hubiese esparcido algún tipo de aceite. Además tenía el vello de alrededor muy cortito, como si se lo hubiese afeitado en alguna ocasión, y eso permitía apreciar el miembro en todo su esplendor.

.-“¿Por qué no continuas leyendo?” escuché la voz proveniente del otro lado de la pantalla.

.-“Lo siento” dije, y continúe leyendo el relato. Lo cierto es que no podía apartar la vista de la pantalla, fue algo totalmente desconcertante para mí, para nada hubiera imaginado lo que estábamos haciendo.

Mientras avanzaba la narración del relato el ritmo de su mano se incrementaba. Intente evitarlo, pero al final no pude aguantar las ganas de acariciarme contemplando la escena, aunque lo hacía sutilmente, sin que pudiera advertirse al otro lado de la cámara. Aunque supongo que mi amigo estaría concentrado en lo suyo.

Contemplando cómo a pesar de tener agarrado su miembro con la mano derecha aún sobresalían casi dos tercios, no pude dejar de exclamar. -“Joder”.

.-“¿Te  está gustando? Escuché al otro lado de la cámara.

.-“Esto es lo más raro que he hecho en mi vida” dije a través del micrófono.

.-“Entonces es tu primera vez…?” me preguntó él.

.-“Para nada” mentir a un ordenador es muy fácil.

.-“Entonces. No te está gustando?” insistió.

No sabía cómo responder a su pregunta, no quería parecer una guarra. Pero tampoco recatada.

Sarardiente dice:

“Estoy muy caliente, siento dejarte así, necesito masturbarme y prefiero hacerlo a solas.

Lo siento, Rober”. Escribí al tiempo que desconectaba la webcam.

Estaba tan excitada que no pude evitar tumbarme enseguida sobre la cama del hotel y comenzar a masturbarme como una gata en celo. Sin embargo, por primera vez en mi vida mis dedos no saciaban mi deseo. De tanto pensar en la inmensa erección de Rober necesitaba sentirme penetrada a la vez que me acariciaba. Incluso llegué a pellizcarme los pezones hasta el punto de lastimarme, pero necesitaba algo que me llevase al límite que demandaba mi cuerpo. Pude ver mi cepillo del pelo sobre la mesita de noche. Perfecto. Acerqué el grueso mango de plástico con forma redondeada a mis labios vaginales, y comencé a introducírmelo ávidamente tal y como había visto hacer en algún que otro vídeo de internet. No me costó mucho meterlo enterito, estaba realmente empapada. Era la primera vez en mi vida que me introducía algo en mi interior para masturbarme, fue extraño, diferente, pero la al mismo tiempo la novedad y la obscenidad de lo que estaba haciendo me excitaban aún más. Sentir algo tan duro en mi interior, al tiempo que frotaba frenéticamente mi sexo, me produjo un placer indescriptible. Lamentablemente no tuve tiempo para más, con unas últimas e intensas fricciones enseguida alcancé el orgasmo más fabuloso que alcanzaba a recordar. Gemí sin poderlo evitar, chillé tan fuerte que debieron escucharme por todo el hotel. Que brutalidad. Mi respiración se agitaba incluso varios minutos después de haber alcanzado el clímax. Todavía recuerdo la visión al incorporar a gatas mi aturdido cuerpo, el cepillo penetrando entre mis piernas totalmente empapado y sin que nadie lo sujetase.

Pero… ¿qué es lo que había pasado?, ¿cómo había dejado que eso sucediese?, me repetía una y otra vez mentalmente mientras me recuperada. Mis fluidos mancharon la colcha de la cama del hotel. Nunca podría volver por allí, ¡qué vergüenza!

Al día siguiente apenas pude concentrarme en el trabajo. Estaba totalmente ofuscada por mi comportamiento de la noche anterior. No dejaba de recordar su mano envainando con orgullo su enorme polla, las exageradas venas que la recorrían, imaginar chorros de semen salir disparados en plena eyaculación, se sucedían una y otra vez en mi cabeza todo el tiempo, y se me hacía la boca agua.

Por circunstancias (compartí habitación con una compañera en formación) tardé casi una semana en volver a conectarme. Por otra parte, estaba un poco asustada, no había conseguido mantener el control de la situación como siempre lo hacía con mi marido. Y lo que es peor, no veía el momento en que volver a conectarme y coincidir de nuevo con Rober.

Para aquel entonces había regresado a mi hogar, como otras noches mi marido yacía en el piso de abajo tirado en el sofá viendo el televisor y yo me subí a la buhardilla a “completar los albaranes con el pedido semanal”. ¿Estaría Rober On-line? Ójala que sí. Estaba especialmente nerviosa y ansiosa, no sé por qué intuía que algo excitante sucedería de nuevo esa noche, al menos eso esperaba. Al encender el ordenador vi que tenía en mi e-mail un mensaje suyo:

-“Me gusta tanto chatear contigo que siempre olvido, enviarte la otra foto como acordamos. Un abrazo.”

Vuelvo a decir que era clavadito a Ramírez Allender, el modelo brasileño, así que no os podéis hacer una idea de lo bien que se siente una mujer siendo cortejada por semejante pedazo de hombre.

Sarardiente dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“Estas bien?”

Sarardiente dice:

“Sí”

RoberXL dice:

“Estaba preocupado”

Sarardiente dice:

“No me he podido conectar. Tenía compañía”

RoberXL dice:

“Sorprendida?”

Sarardiente dice:

“Si, un poco”

RoberXL dice:

“Ves, el tamaño no importa, pero sí impresiona. Di la verdad?”

Sarardiente dice:

“Sí”

RoberXL dice:

“Espero que hagamos muchas más cosas por primera vez juntos”

Sarardiente dice:

“Es posible. Pero no te hagas demasiadas ilusiones.”

RoberXL dice:

“Cómo de acompañada has estado…”

Sarardiente dice:

“Ummm. Estás celoso”

RoberXL dice:

“Bruja. Sé que estás deseando verla de nuevo” Escribió en la pantalla adivinando mis pensamientos.

Sarardiente dice:

“Sería estupendo”

El mero hecho de imaginármelo de nuevo me ponía de lo más cachonda.

RoberXL dice:

“Con una condición, como la otra vez”

Sarardiente dice:

“En que estas pensando”

RoberXL dice:

“Algo que nos excite”

Sarardiente dice:

“Bien, dime que es lo que quieres”

RoberXL dice:

“Enseñame otra parte de tu cuerpo que no sean los labios”

Sarardiente dice:

“los pies?”

Pregunté tratando de averiguar por donde se saldría sabiendo que se esperaría otra respuesta.

RoberXL dice:

“¿Llevas pintadas las uñas?”

Sarardiente dice:

“No”

RoberXL dice:

“Entonces no me sirven, otra vez píntatelas. Además …, no es justo”

Sarardiente dice:

“A que te refieres?”

RoberXL dice:

“Tu has visto lo más intimo de mi cuerpo. Ahora te toca a ti”

Sarardiente dice:

“No sé en qué estás pensando, pero la respuesta es no.”

RoberXL dice:

“¿Quieres verla de nuevo o no?”

Sarardiente dice:

“Sí, me gustó mucho”

RoberXL dice:

“Te tocaste”

Sarardiente dice:

“Si”

RoberXL dice:

“¿Te estás tocando ahora?

Sarardiente dice:

“Si, un poco”

RoberXL dice:

“Me gustaría verte acariciándote”

Sarardiente dice:

“ni lo sueñes”

RoberXL dice:

“déjame verte al menos los pechos”

Sarardiente dice:

“Nooo”

Transcurrió cierto tiempo hasta que pude ver de nuevo un mensaje escrito en la pantalla. Sabía que se me estaba escapando la oportunidad de ver de nuevo semejante miembro, tendría que poner algo de mi parte.

RoberXL dice:

“Seguro que en la playa haces top less”

Había desviado radicalmente el tema tratando de convencerme.

Sarardiente dice:

“Si”

Yo estaba algo cachonda de imaginar que podía volver a contemplar ese pedazo de miembro masturbándose para mí, o mejor aún, por mí.

RoberXL dice:

“¿Entonces? Un montón de gente ha visto ya tus pechos”

Sarardiente dice:

“No es lo mismo”

RoberXL dice:

“Yo creo que más de un niñato se habrán tocado por la noche pensando en tu cuerpo desnudo al sol.”

Comenzó a decir cosas por el estilo para alagarme, preguntó si me gustaba que me acariciasen los pechos al hacer el amor, si contrastaba la marca del bikini, la talla de sujetador, el tipo de copa, si me gustaba que me los chupasen y cómo, haciendo círculos, arriba y abajo o por el costado lentamente, succionando, mordiendo un poco…etc. Me preguntó si las acariciaba al masturbarme, la vez que más me había gustado que me masajearan, el primer chico que me las besó, también me rogó que tratase de describírselos, y claro tanto hablar terminó por excitarme y al final logró convencerme.

Sarardiente dice:

“Supongo que tienes razón. Conecta la webcam”

No sé cómo pude estar dispuesta a mostrar mis pechos a través de la cámara a un “desconocido”. Supongo que el morbo que sentía en esos momentos era irresistible. Además, de alguna forma pensar que mi marido mientras permanecía seguramente adormilado en el piso de abajo delante de la televisión, disparaba mi grado de excitación.

Llevaba puesta como casi siempre la toalla porque acababa de ducharme, y de nuevo ensayé en modo visualización como enfocar antes de conectarme en modo conversación. Mientras lo preparaba todo me estaba poniendo como una moto simplemente con imaginar exhibirme así delante de un hombre. Deseaba mostrarle mis pechos, impresionarle de nuevo y ver como acabaría pensando en mí con su mano agarrando su… Enfoqué mi cámara de forma que únicamente se podía ver el torso de mi cuerpo. Tampoco se adivinaba nada en el fondo del dormitorio de mi casa. Al fin conecté la webcam dispuesta a cometer otra locura. Pude visualizar la imagen que transmitía Rober a los pocos segundos de conectar la webcam. Otra vez podía ver el asiento vacío de la silla de oficina. Enseguida se sentó Rober, esta vez llevaba puestos unos slips negros de Calvin Klein con un par de rayas blancas que le sentaban realmente bien. Le marcaban todo de forma espectacular.

Sarardiente dice:

“Tu primero”

Pude ver como se bajaba un poco la goma de los bóxers, dejando fuera apenas un poco más de la punta. Se acariciaba el resto de su miembro con una mano por encima del boxer. Se detuvo un momento para escribir….

RoberXL dice:

“Te toca”

Sarardiente dice:

“Cómo me gusta!! te la has medido alguna vez?”

RoberXL dice:

“Si claro”

Sarardiente dice:

“Tengo curiosidad por saber cuánto mide”

RoberXL dice.

“Enséñame tus pechos y haremos algo mejor”

Rebusqué entre la música mp3 del portátil una canción que acompañase el momento. Enseguida encontré “Come Undone” de Mark Lanegan y “Time Of The Season” que pensé le venían que ni pintado.

Mientras comenzaba a sonar la música comencé a jugar con el nudo de la toalla, quería demorar el momento. Me tocaba los pechos por encima con un solo dedo, jugueteaba apretado mi escote con ambas manos, y tratando de excitar aún más a mi espectador, me introducía un lápiz que esperaba paciente sobre la mesa a que yo lo insertara por la estrechísima ranura que dejaban mis tetas. Por su parte, pude ver por la pantalla como Rober colocaba otro lápiz junto a su pene. De repente, como un flash me hizo imaginar que aquel lápiz bien podría ser el sexo de mi marido.

¡¡Guau, que pasada!! Aquel lápiz se veía diminuto, ridículo comparado con lo que su otra mano sujetaba.

Aquello no podía ser verdad, yo estaba como atontada. Sustituyó el lápiz por otro tipo de objetos similares a los que yo introducía a la vez por mi escote, en un juego de complicidad que iba haciendo sofocante el ambiente. Como cuando jugueteé con una goma Milán y él puso otra en equilibrio sobre punta de su sexo. Asustaba el grosor, sólo su capullo parecía una mandarina en comparación con aquella goma infantil. Por su parte, dejó los juguetes para dedicarse a masturbarse de pleno tras embadurnarse con algún tipo de gel. A través de la pantalla pude ver como Rober aumentaba el ritmo de su masturbación a medida que el momento esperado se hacía más evidente.

Por fin, deshice el nudo de la toalla y ésta cayó deslizándose por los lados, pero, muy maliciosa, tapé mis pechos con las manos antes de que pudiera verse nada. Tan sólo se pudo ver el contraste de color entre la parte que cubría habitualmente mi bikini y el resto de mi piel algo más dorada por el sol.

Jugueteé con mis pechos, acariciándolos, sobándolos para ponerlos todavía mas duros de lo que ya estaban. Entonces coloque entre ambos un barra de adhesivo y fui alzándolos y bajándolos como si realizase una cubana, pero siempre tapando mis pezones. Entonces vi el frasco de crema junto a la lámpara, que rápidamente sustituí por la pequeña barra de pegamento, apretujándolo con pasión entre mis tetas. Así se parece más, pensé. La segunda canción estaba llegando al final y por fin mostré mis pechos a través de la webcam. Ahora jugueteaba con los pezones, llegué a pellizcármelos e incluso traté de chuparme uno de ellos con la punta de la lengua. Cogí entonces el bote de crema y dejé caer unas gotas sobre mi pecho. Parecía como si se acababan de correr sobre mí.

El ritmo que Rober había impuesto a su masturbación era vertiginoso, por un instante me pregunté cómo me sentiría si se moviera así de deprisa al cabalgar sobre él. De pronto contemplé como lanzaba su esperma hacia la webcam, salpicando por todos los lados y como al final, parte se derramaba sobre su mano. Aquella imagen se grabó de nuevo para siempre en mi mente. No lo olvidaré nunca. Una vez terminó la canción pude escuchar del otro lado de la webcam.

.- “Tienes unos pechos preciosos” dijo RoberXL.

.-“Gracias ¿En serio te parecen bonitos?” le pregunté yo.

.-“Están realmente bien, no he podido evitar correrme al imaginar lo que haría contigo”. Me dijo a través de la webcam con la voz nuevamente un poco distorsionada por la mala calidad del sonido.

.-“Ah sí, ¿y qué me harías?” le pregunté mientras esta vez me exhibía acercando los pechos a la cámara para que pudiera verlos mejor. Él se había masturbado, pero yo no. O sea que me encontraba totalmente turbada y desinhibida por la calentura.

.-“Para empezar me gustaría probarlas, al parecer tienes la piel muy suave, seguro que sería una delicia saborearlas en mi boca” dijo en tono muy sugerente.

.-“¿Y nada más?” Yo le seguí el juego, le pregunte de formar sensual sugiriéndole que intentara sorprenderme.

.-“Comenzaría a darte pequeños besitos por los hombros, no me dejaría ni un milímetro de tu piel sin besar” Rober comenzó a acariciarse de nuevo mientras hablaba.

.-“Uhhm, me gusta. ¿Y luego?” le indiqué mientras yo comenzaba a tocarme también. Acercaba mis pechos a la cámara y respiraba profundo para que pudiera apreciarse lo hinchados y sensibles que se encontraban. Realmente, ahora estaba disfrutando exhibiéndome.

.-“Jugaría con mi lengua por tu cuello,

pellizcaría con mis labios tu piel,

mordería tu boca,

no dejaría de acariciarte por todo el cuerpo con mis manos mientras saboreo tus tetas en mi boca”

Se notaba que él se estaba excitando mientras hablaba. De nuevo volvía a estar esplendoroso, totalmente empalmado delante de la webcam para mi deleite. Me impresionó lo rápido que se había recuperado, casi inmediatamente.

.-“Me estas poniendo muy caliente” le dije al tiempo que no podía evitar acariciarme también mientras lo oía. Mi respiración se aceleraba y en la pequeña pantalla del monitor podían verse mis pechos, totalmente hinchados, subiendo y bajando al ritmo de mi agitada respiración.

.-“Entonces te tumbaría en la cama para así poder contemplar mi polla entre tus pechos mientras acaricio tu sexo con mi mano, jugaría con tus pezones con la punta, primero uno, luego el otro, despacito, muy despacio, notando su suavidad en mi tiesa polla” se notaba que estaba a punto de correrse de nuevo pero demoraba el momento.

Yo comencé a gemir. Imaginarme semejante miembro entre mis tetas me puso a mil por hora, no tardaría mucho tiempo en correrme. Mi respiración se aceleraba, exhibía orgullosa mis tetas ante él. Creo que nunca antes los había notado tan hinchados y sensibles. Me acariciaba con una mano mis pechos mientras con la otra no paraba de frotarme apresuradamente. Mi orgasmo estaba próximo y así se lo hice saber entre jadeos y suspiros.

.-“Ooh, sí, sigue” pronuncié para provocarlo, me costaba no exagerar los gestos. Las palabras certeras y la voz penetrante de Rober me hacían sentir a punto de echar hervir y ya no conseguía disimular aunque de alguna manera, en el subconsciente, trataba de ocultar y reservar eso tan privado. Mi explosión.

.-“No sabes cuánto me gustaría poder follarte esas tetas tan bonitas que tienes” sus palabras se volvieron algo más groseras a medida que ambos nos acercábamos al clímax.

“A mí también me gustaría. Uhhm, que rico” gemí yo.

.-“Seguro que, sin querer, acabaría golpeando tu suave y fantástica boquita” el ritmo de su masturbación era de nuevo frenético. No sé porqué pero al escuchar como Rober mencionaba a mi “boquita” terminó por excitarme de sobremanera, anticipando en la distancia su sabor más íntimo.

.-“Síííh, Síííh, Síííh” gemí yo mientras cerraba los ojos concentrada en imaginarme cuanto me decía, corriéndome viva incontroladamente. Al mismo tiempo algunas gotas de Rober salpicaban de nuevo hacia mí a través de la webcam.

Cuando me recuperé y abrí los ojos de nuevo tomé conciencia de cuanto había sucedido. Por un momento me sentí avergonzada de mi comportamiento. Segura de que al caer derribada sobre el ordenado había mostrado mi rostro. Aún trataba de recuperar la respiración cuando escuché los pasos de mi marido subiendo por las escaleras.

Sarardiente dice:

“Lo siento debo dejarte” Escribí veloz al tiempo que apagaba la conexión y desenchufaba el ordenador. La despedida había sido algo brusca dadas las circunstancias, pero no quería que mi marido se enterase de nada. Sólo me dio el tiempo justo para cubrirme de nuevo con la toalla, y en el instante en el que mi marido aparecía por las escaleras yo simulaba darme crema por las piernas.

.-“Pensaba que aún no habías terminado, tengo un sueño que no veas” dijo mi marido haciendo acto de presencia, a la vez que se disponía a comenzar con su ritual de antes de acostarse.

Se puso el pijama y se fue al baño a lavarse los dientes, momento en el que rápidamente aproveché para limpiarme un poco mis intimidades con una toallita, estaba completamente pringosa, y ponerme lo primero que pillé tratando de disimular. Me sentía acelerada además de excitada, no perdí el tiempo en rebuscar en mi armario, así que me puse el camisón negro de satén que tenía colgado detrás de la puerta, aquel que dejé olvidar allí tras nuestra última noche de verdadera pasión muchos meses atrás. Ahora que había cogido unos kilitos me venía algo pequeño y apenas me cubría, lo cual le daba incluso un aire más sexy. Además, tras haber sido mamá mis pechos eran mayores y parte de mis tetas se exhibían por los laterales de ambos triangulitos semitransparentes. Aquel camisón sólo me lo ponía cuando de verdad quería provocarlo, y aunque esta no fuera la ocasión ni el momento, como tenía cierto temor a que descubriera mi sexo empapado. Nada más regresar del baño y verme, mi marido dijo:

.- “Caray nena, estas espectacular. Hacía tiempo que no te lo ponías. ¿Recuerdas en las vacaciones en Roma?” y mientras decía esto se acercó a mí con una incipiente erección marcada en el pantalón de su pijama. El pobre debió de pensar que tenía ganas de él. Una buena esposa sabe reconocer la mirada de deseo en su marido.

.-“Te gusta?” le pregunté jugando con el tirante del camisón intentando huir de mi ciber-desliz hacia delante.

.-“Sabes de sobra que sí, pero… me gustas más sin él” dijo acercándose hasta mí y besándome en la boca. Sus manos comenzaron a acariciarme por todo el cuerpo. Yo seguía ardiendo por mi encuentro con Rober, así que deslicé los tirantes de mi camisón por los hombros y dejando deslizarse hacia el suelo me mostré completamente desnuda frente a mi marido.

.-“Anda ven” dije haciéndole señas, a la vez que me arrodillaba justo delante la cama, dejándome caer sobre las sábanas en una postura de completa sumisión que a él le hechizaba. Intente no hacerlo, pero todavía sentía a Rober cerca de mí y en cuanto cerré los ojos comencé a pensar en él. Fantaseé sobre cómo sería tenerle dentro, seguro que debía ser muy apasionado. Tan me excitaba pensar en él que incluso tuve dos orgasmos casi seguidos antes de que mi marido se vaciase, hacía tiempo que no me pasaba. Aún así, no me sentía del todo satisfecha, de haber continuado un rato más seguro que hubiera encadenado un orgasmo tras otro. Lo cierto es que esa vez gocé mucho, y mi marido también lo notó aunque desconociese el verdadero motivo.

A la mañana siguiente no podía mirarme en el espejo mezcla de un estado entre agitación y vergüenza. No dejaba de darle vueltas a la cabeza sin llegar a comprender cómo había llegado hasta ese extremo. Yo siempre había sido, y deseaba seguir siendo, una buena esposa, aquello no había estado bien. Mi marido no se lo merecía. Una cosa era mantener conversaciones más o menos calientes con ese desconocido que se hacía pasar por Rober, y otra muy distinta haber tenido un orgasmo pensando en él mientras mi marido me hacía el amor. Estaba confundida.

Pero aquello se volvió incontrolable, y acabé reconociendo que gracias a Rober había gozado como nunca de mantener relaciones con mi marido, alcanzado varios orgasmos casi cada vez que lo hacíamos. Por otra parte, las imágenes del miembro de Rober se enredaban continuamente entre mis pensamientos más sensatos. He de reconocer que me sorprendía pensando una y otra vez en Rober, a todas horas. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaría en mí? ¿Qué pensaría de mí? En cualquier caso, mi amistad con él había sido algo diferente, misterioso, sorprendente, e inofensivo… hasta ahora.

Durante los días siguientes rehuía conectarme a ningún chat. Recibí algún que otro mensaje de Rober en mi correo electrónico, al que no quise responder. No quería coincidir con él. Hasta la fecha había sido mi mejor confidente, le había confesado secretos íntimos que no le había contado ni a mi mejor amiga, y ahora me asustaba la mera idea de ver su nombre aparecer en un chat, me moriría de vergüenza y de ganas de hablar con él.

Pero un pensamiento comenzó a rondarme la cabeza: “Habría grabado Rober nuestra última sesión?”. De ser así, debería hacerme con esa grabación. De ninguna forma podía permitir que esas imágenes se hiciesen públicas en la red, ni en ninguna otra parte. ¿Y si algún conocido o compañero las llegara a ver? Tengo un par de lunares en el cuello por los que cualquiera podría reconocerme. Qué idiota había sido, porque no lo había pensado antes. No podía ni dormir, dando vueltas y más vueltas en la cama. Debía salir de dudas, y la única forma era preguntárselo al él. Tenía que contactar de nuevo con Rober para recobrar la paz. Me moriría si esas imágenes llegasen a manos inapropiadas. Vivía con un temor constante, me imaginaba una y otra vez las consecuencias. Pero la única forma de saberlo era preguntándoselo directamente. Debía armarme de valor y contactar de nuevo con Rober. Debía salir de dudas.

Quise esperar a que fuera uno de esos días en que dormía fuera de casa, pasase lo que pasase quería estar tranquila sin la presión extra de que mi marido pudiera volver a descubrir hablando con él. Había regresado de la piscina del hotel y me había duchado como de costumbre. Una vez relajada me conecté al chat.

Sarardiente dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“Hola”

RoberXL dice:

“recibiste mis mensajes?”

Sarardiente dice:

“Sí, no pude conectarme antes. Lo siento”

RoberXL dice:

“Estás bien?”

Sarardiente dice:

“Sí. Por qué lo preguntas?

RoberXL dice:

“No he dejado de pensar en lo que pasó”

Sarardiente dice:

“Yo también”

Ambos nos sinceramos durante la conversación, nos dijimos que aquello había sido una locura que no podía volver a repetirse. Me tranquilizó escuchar sus palabras. Se mostró en todo momento comprensivo, sabía que yo era una mujer casada. Poco a poco, con el tiempo fuimos retomando el mismo grado de confianza y complicidad que teníamos antes de nuestro último encuentro. La charla transcurrió amena y no quise preguntarle si había grabado la sesión o no, si se lo preguntaba demostraba mi inquietud y no quería mostrar mis dudas sobre él.

Coincidimos otras veces en el chat. En una de las sesiones salió a colación las diferentes maneras de masturbarse. Yo le pregunté cual había sido la forma más original de masturbarse él, y me dijo que a veces se tumbaba en la cama con un gel  lubricante en una mano y un frasco de loción corporal en la otra. Entonces, intercalaba ambas manos para tener distintas sensaciones al acariciarse y así, se imaginaba recibiendo y dando placer a dos mujeres a la vez, la fantasía de todo hombre. A mí me pareció super original, entonces él me preguntó si usaba consoladores y cosas por el estilo, de esta forma supo que no utilizaba nada de eso.

En otra de las ocasiones, en las que se rozó sutilmente y de pasada lo sucedido en nuestro encuentro de sexo explícito le pregunté, o más bien afirmé que seguro que tenía alguna amante dispuesta a hacerle una cubana con los pechos cuando él quisiera. El me dijo, que no creía que eso de tener amantes sin compromiso, pues tarde o temprano los sentimientos aparecía de un lado o del otro. Aunque sí tuvo una de compañera de gimnasio, la de Pilates, con quién hizo cosas un poco raras o en posturas imposibles. El quiso saber cómo era la vida sexual de una mujer casada y madre de una niña. Yo le hice saber que apenas había tiempo ni ganas de sexo, y que cuando lo hacíamos era siempre a lo misionero y poco más, pese a que yo me consideraba una mujer ardiente y me quedaba con ganas de más, casi siempre estábamos cansados, estresados, o distraídos con nuestras cosas de cada uno. Había algo que me dio vergüenza decirle…

Sarardiente dice:

”Últimamente, tú me tienes muy distraída” le escribí.

Fue en esta sesión dónde me enteré que había estado casado durante los años como jugador profesional de baloncesto, y pese a su juventud ahora se encontraba divorciado. Afortunadamente, dijo, no tuve hijos con ella. Un día un amigo de otro equipo le dijo que la había visto en el hotel donde estaba concentrado, con su propio manager. Pude saber que había nacido en Sao Paulo (Brasil), y que comenzó a jugar al baloncesto animado por su maestra de Educación Física, no por su padre como yo pensaba. Después trasladaron a su padre a España y aquí logró un contrato con un equipo español. Pero tuvo una lesión prematura, que le obligó a dejar de jugar profesionalmente, por lo que su éxito pasó más o menos desapercibido. Le gustaba nuestro país, nuestras costumbres, nuestra gastronomía… Además, aquí se podía vivir bien como entrenador y de las inversiones que había realizado del dinero obtenido en otros tiempos, pero sobretodo le gustaban nuestra forma de ser muy abierta, optimista y alegre como los brasileña, y claro, las españolas.

Era maravilloso poder hablar con él de los temas más personales, de nuestro día a día, de nuestras inquietudes, de nuestros problemas, de todo. Supe que vivía en Madrid, y que además de coach en su gimnasio tenía una agencia inmobiliaria y un concesionario de coches de lujo de segunda-mano. Por mi parte supo que me llamaba Sara, madre felizmente casada, que era representante Químico, por lo que me tocaba viajar mucho y que vivía en una ciudad no muy lejos de Madrid.

Transcurrió un tiempo antes de que mis temores se hicieran realidad. En otra de las sesiones estuvimos hablando de nuevo acerca de la masturbación. Fue entonces cuando me confesó que no podía dejar de ver, una y otra vez, el vídeo que había grabado de la fatídica sesión. No pude evitarlo:

Sarardiente dice:

“Cabrón. Lo grabaste!!”

RoberXL dice

“Claro, ya sabes que soy tu fan número uno.”

Sarardiente dice:

“Por favor, bórralo!!”

RoberXL dice

“Pero, ¿Por qué?”

Sarardiente dice:

“Pueden verlo otras personas y no quiero”

RoberXL dice

“Tranquila está a salvo”

Sarardiente dice:

“¿Cómo puedes estar tan seguro?

RoberXL dice

“Lo borré todo del ordenador. Lo tengo en mi disco duro a buen recaudo y en un DVD, que sólo veo en la tele. Recuerda que también se me ve a mí, y no me gustaría al igual que a ti, que nadie se hiciese con las imágenes. Además, si apenas se te ve la cara un instante, es muy difícil que alguien llegara a reconocerte.”

Sarardiente dice:

“Aún así quiero que lo borres todo, y destruyas ese DVD.”

RoberXL dice

“Está bien. No quería molestarte. Pero hay una condición…”

Sabía al leer esas palabras que estaba tramando algo. Volvía a las andadas.

Sarardiente dice:

“Qué estas pensando?” En cierto modo, yo también tenía muchas ganas de que sucediese algo de nuevo.

RoberXL dice

“Me gustaría ver tu culo. Desde que me enviaste aquella foto me muero de ganas de verlo”

Sarardiente dice:

“Ni lo sueñes”

RoberXL dice

“Te prometo que te enviaré el DVD original y lo borraré todo. Es muy poco lo que te pido a cambio.”

Sarardiente dice:

“Está bien, pero tendrás que mostrarte desnudo de pies a cabeza para que yo pueda grabarte a ti”

RoberXL dice:

“OK, conecta la webcam”.

Sarardiente dice:

“Tu primero”

En cierto modo yo también sentía curiosidad, dudaba que me entregase los vídeos, pero quise consolarme haciéndome a la idea de que efectivamente con las imágenes que se veían era imposible reconocerme. Esta vez yo también procedí a grabar la sesión, de esta forma también dispondría de imágenes de él en caso de no comportarse honestamente. Como había dicho anteriormente, él también tenía mucho que perder.

RoberXL dice:

“¿estás preparada?”

Pude ver a través de la cámara su trasero cubierto por unos bóxers negros muy sexys.

.-“Quítatelos tu primero” dije en voz alta por el micrófono de la webcam, escuchando del otro lado una canción que no conocía.

Comenzó a mover su culito de un lado a otro haciendo un poco el tonto. Desde luego era un tipo en forma. Su bóxer comenzó a bajar hasta que se mostró ante mí un duro y redondito culo moreno sin apenas vello. No pude evitar reírme un poco.

.-“La verdad es que me gusta más verte de frente” dije a través del micrófono. Pude ver como se daba la vuelta y volvía a mostrar su miembro algo flácido. Aún así, me pareció de nuevo realmente espectacular. Creo que realmente me estaba enamorando de su…

.-“Te toca” escuché decir a través de la webcam. Yo me puse de espaldas a la web cam. Comprobé que sólo se podía ver mi culito, apenas se me veía la espalda, en todo caso las piernas.

.-“Guauu, es precioso. Y esa mancha que tienes detrás de la pierna derecha te sienta fenomenal” escuché decir al otro lado de la pantalla.

.-“¿Te gusta?” pregunté mientras me contoneaba de un lado a otro.

.-“Sí, y si te bajas las braguitas me gustará aún más”. Yo miré de reojo por encima del hombro, de nuevo pude verle de frente masturbándose lentamente. ¡¡Dios!! Como me ponía aquella visión. Obedecí, dejándomelas a medio bajar a la altura de las rodillas, en plan sexy.

.-“¿Así está bien?” pregunté con tono de niña mala, y poniendo cada una de mis manos en cada cachete separé bien mis nalgas, para que tuviera un primer plano espectacular.

.-“Buffh, eres realmente hermosa.”, pude escuchar decir a Rober por los altavoces de mi ordenador. Me volví a girarme de nuevo de reojo por encima del hombro.

.-“¿eres virgen por atrás?” preguntó. Pude ver de nuevo como el ritmo de su mano arriba y abajo aumentaba vertiginosamente. Estaba claro que la idea le excitaría, y para mi regocijo estaba a punto de correrse.

.-“Si” mentí, siguiéndole el juego con voz sensual.

.-“Pero, ¿Te habrán hecho un dedo alguna vez?” insistió.

.-“Qué dices, no. Nunca” le dije mientras juguetona acariciando mi trasero.

.-“¿Todavía guardas crema a mano?” escuché del otro lado de la pantalla.

.-“Si ¿porqué?” le pregunté haciéndome la ingenua.

.-“¿En qué mano llevas puesta la alianza de casada?” me preguntó a sabiendas de que lo llevaba puesto en el dedo anular de la mano derecha.

.-“En la derecha, ¿porqué?” le volví a preguntar.

.-“Quiero que te untes el pulgar” le escuché decir ansioso.

.-“¿Para qué quieres que haga eso, sinvergüenza?” ronroneé como una gata.

.-“Quiero que te introduzcas el pulgar poco a poco por tu agujerito, así podré ver relucir el anillo mientras lo haces” dijo totalmente excitado fuera de sí.

.-“Eres un pervertido” le dije mientras le mostraba como me daba crema.

.-“¿Así te parece bien?” le dije mientras jugaba con mi dedo.

.-“Vamos, hazlo, quiero verlo.” dijo masturbándose como un poseso.

.-“Uhhhm no sé, nunca lo he hecho” susurré demorando el momento, provocándole con mis dudas.

.-“No sé, ¿me dolerá?” trataba de excitarlo mostrándome ingenua. El mostraba su desesperación porque eso sucediese.

.-“Hazlo despacio, no temas Sara” dijo al tiempo que se masturbaba a un ritmo que casi debía dolerle.

.-“Ohh Sííí” grité cuando por fin hice lo que él deseaba. Como si de verdad fuese la primera vez en mi vida.

Cerré los ojos y me metí por completo en aquella representación. Comencé a mover mi dedo a dentro y a fuera como si me estuvieran dando por detrás, mirando por encima del hombro lo que ocurría al otro lado de la pantalla. Sin perder un segundo, con el dedo medio empecé a estimularme buscando mi propio orgasmo.

.-“Uuhhmm, me gusta” comencé a gemir, me encantaba provocarlo y excitarlo así.

.-“Oh. Aaah” escuché del otro lado, volviendo a ver una vez más como su esperma se derramaba por su mano. Visión que logró, casi por sí sola que irremediablemente yo alcanzase mi propio orgasmo.

.-“¿Te ha gustado?” le pregunté al rato, mientras se recomponía de la situación.

.-“Sí, mucho” me respondió con tono exagerado.

.-“Me darás ahora el DVD?” le pregunté.

.-“Por supuesto, yo siempre cumplo mi palabra” dijo al otro lado de la webcam.

.-“Dame una dirección y te lo hago llegar” me dijo.

.-“Ja, ja ,ja , ni lo sueñes” me reí de lo que acababa de escuchar.

.-“Mejor. Entonces, te lo daré en mano” dijó él, devolviéndome el golpe.

.-“¡¡Ja!!.” le volví a responder. A lo que siguió un largo rato de suspense inducido por una complicación que ninguno de los dos parecía dispuesto a despedazar. Entonces, vi como Rober tecleaba en su ordenador.

RoberXL dice:

“Estoy aquí.”

Sarardiente dice:

“Cómo?”

RoberXL dice:

“En tu hotel”. Me quedé sin respiración, y juro que casi me da un infarto al leer esto.

Sarardiente dice:

“Estarás de broma?” Le pregunté aterrorizada.

RoberXL dice:

“No. Nadas muy bien”

Sarardiente dice:

“No te creo. Vete a la mierda” Le respondí muy enfadada.

RoberXL dice:

“Sara, deberías cambiar la cuenta bancaria por otra en una sucursal algo más alejada de tu casa, o incluso en otra ciudad.”

Sarardiente dice:

“¿Mi casa? ¿Sabes dónde vivo?” Joder no, no podía ser verdad.

RoberXL dice:

“Dejémoslo en… Ciudad Real”

Dios, no podía ser cierto. Debía ser una pesadilla. Una horrible broma de alguna amiga a la que había confesado lo de mis relatos eróticos, de algún compañero que hubiera husmeado en mi ordenador, una venganza ideada por mi marido… Aquellas ideas atravesaban como relámpagos mi mente, me faltaba la respiración, todo el cuerpo se me estremecía. Ninguno decíamos nada.

RoberXL dice:

“Con la foto que me enviaste, no me costó encontrar tu casa en el barrio.”

No, no, ¡¡¡NO!!!. Creía haber tomado todas las precauciones del mundo. Me sentía tan segura de haber logrado mantener a salvo mi anonimato durante estos años, que no daba crédito a lo que me estaba sucediendo. Todo me parecía como si estuviera dentro de una película, un sueño… Ahora yo misma me había convertido en la protagonista de uno de mis relatos eróticos. No creía lo que me estaba pasando, hasta que de repente sonaron tres golpes en la puerta de mi habitación.

– “Quién es?”

– “Yo”

 

 

 

P.D.: Saragoza, gracias por tus relatos.

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Volver a salir con mi mejor amiga

Volver a salir con mi mejor amiga

Basado en “Así comenzó todo” de Saragozaxxx

He realizado unas correcciones y cambios.

Una sugerencia, también para otros relatos con clase:

Colocad el portátil en el suelo, y caldear la temperatura de la sala

Haced que ella se tumbe sobre una superficie mullida y cálida

Colocar loción infantil cerca

Indicarle que vaya leyendo mientras le vais dando un masaje desde los dedos de los pies a la nuca

Cuando el desenlace del relato se acerque centrar vuestras caricias en su…

 

 

Volver a salir con mi mejor amiga

 

Había llegado ya el buen tiempo, la primavera estaba avanzada y se notaban los primeros días de calor del verano. Esa noche había quedado con mi mejor amiga, Verónica. Hacía un par de meses que ella lo había dejado con su  ex pareja. No era ni la primera ni la última vez que cortaba con su novio, y seguramente tampoco sería la definitiva, como decía ella misma.

Verónica era la única amiga del grupo que a sus treinta y dos años todavía no estaba casada ni tenía hijos, y era como si tuviera urgencia por alcanzar esas metas personales. Siempre me tocaba consolarla cada vez que acontecía lo inevitable: la dejaban. Era entonces cuando salíamos de compras, veíamos juntas en el cine alguna comedia romántica, o salíamos a cenar. Siempre me tocaba distraerla. Además, después de una semana horrible de trabajo preparando nuestro stand en la feria del automóvil, yo también necesitaba evadirme un rato.

Aquella noche pude arreglarlo todo para dejar en casa a mi marido solo con mi hijo, pese a que a mi esposo no le hacía ninguna gracia la influencia que Verónica ejercía sobre mí. Siempre dice que Verónica es algo ligerita de cascos y que me llena la cabeza de estupideces. Decir que me llamo Ana, tengo treinta y un años, y estoy felizmente casada desde hace unos años con mi esposo.

Hacía calor cuando llegué a media tarde a casa de Verónica. Lleva puesta una camiseta blanca de tirantes muy finos, y una minifalda vaquera relativamente corta cuando llamé a su timbre. Debajo llevaba un sujetador negro de algodón y encaje a juego con el tanga. Era uno de esos con finas tiras laterales.

.-“Sube” me dijo al reconocer mi voz por el telefonillo del portal.

Nos dimos un fuerte abrazo al vernos en el rellano de su escalera, no nos habíamos visto desde hace unos meses, y desde que cortó con su ex pareja, tan sólo habíamos podido hablar por teléfono. Estaba horrible, su pelo era un caos, tenía mala cara, y a pesar de empezar a caer la noche, todavía tenía puesto un pijama rosa espantoso.

.-“Verónica…, no puedes seguir así” le dije con la intención de animarla.

.-“Es verdad” dijo reconociendo que tenía razón una vez más, “por eso te he llamado, tienes que ayudarme” su mirada expresaba una baja autoestima en ese momento. Hacía tiempo que no la veía tan destrozada. Yo quise animarla, y sabía cómo hacerlo.

.-“Escúchame, esta noche nada de quedarnos en casa a llorar, ni películas, ni melodramas, ni nada por el estilo. Arréglate, ponte guapísima, y salgamos a tomar algo y a bailar ¿te parece?”. Dije tratando de mostrar entusiasmo con la idea de salir juntas de marcha, aunque por mi parte no tuviese muchas ganas, una amiga es una amiga. Ella asintió con la cabeza.

.-“¿Por qué no tomas algo mientras me ducho?” me dijo Verónica mientras se dirigía al cuarto de baño, con la clara intención de arreglarse y cambiar su patético aspecto.

Tomé una coca cola de su nevera y me dirigí al giradiscos de vinilo que conservaba Verónica en perfecto estado. Siempre que la visitaba, me gustaba recordar el ritual de escuchar un disco de vinilo como en los viejos tiempos. Controlar el pulso al dejar caer la aguja, el silencio inicial, y esos chascarridos mientras suena la música, siempre me pareció algo excitante, sobre todo al notar los primeros acordes del disco de Madonna elegido, sonar por los altavoces. Estaba dispuesta a pasar el rato hasta que mi amiga saliese de la ducha.

.-“¡¡Sabes que me apetece!!” escuché que gritaba mi amiga desde la ducha a través del sonido del agua.

.-“no, dime!!” le respondí yo también a grito desde el salón. En ese momento escuché que se cerraba el grifo de la ducha y decidí acercarme al cuarto de baño para no tener que hablar con ella a grito pelado por toda la casa.

La puerta del baño estaba abierta, observaba el cuerpo mojado de mi amiga a través de la mampara translúcida de la ducha, escurriendo el pelo con sus propias manos. Siempre había tenido cierta envidia de su cuerpo, su pelo era rubio natural y para colmo no necesitaba alisárselo, tenía mucho más pecho que yo, y siempre la veía más delgada, y eso, a pesar de venir usando ambas la misma talla desde adolescentes.

.-“He oído que han abierto una nueva macrodiscoteca” me gritó desde la ducha sin percatarse aún de mi presencia. Fue al correr el cristal y tratar de alcanzar una toalla cuando se dio cuenta de mi imagen observándola apoyada en el marco de la puerta.

Pude contemplarla completamente desnuda al apartar la mampara del baño. No pude evitar fijarme, porque me llamó la atención, en su pubis rasurado. Nada que ver con la fina tira de pelillos que decoran mi monte de Venus. “Un reguero de hormiguitas” como dice mi marido.

Ella, al verme, pareció disfrutar exhibiéndose ante mí. Me restregaba una y otra vez su libertad sexual. Verónica siempre me recriminaba que mi marido fuese el único hombre con el que había  estado en mi vida, siempre me decía que lo conocí demasiado joven. Me insistía en que debería haber conocido a otros chicos antes de salir con él, y que debía comparar. Siempre me replicaba que mejor tarde que nunca, y que así cómo podía estar segura de que era el hombre de mi vida y todas esas cosas.

Aunque siempre se lo negaba, enrocada en mi roll de ama de casa y decente esposa, en el fondo pensaba que en parte tenía razón. En mis ratos de intimidad y soledad, me preguntaba algunas veces cómo serían otros hombres en la cama, cómo se moverían, cómo me mirarían, su olor, sus besos, su tamaño… y tantas y tantas dudas.  Pero al final siempre tenía miedo a perder la estabilidad proporcionada por mi marido.

.-“Pareces algo sudada, ¿Por qué no te das una ducha tu también?” me sugirió Verónica, mientras se secaba todavía delante de mí. La conozco bien, y sabía que se traía algo en la cabeza. A pesar de mis sospechas acepté su invitación.

.-“Sabes, puede que tengas razón, hacía un calor horroroso cuando venía” dije pensando que me sentaría bien una ducha. Comencé a quitarme la ropa delante de ella, en parte porque quería demostrarle que mi figura también se mantenía esbelta pese a haber dado a luz un hijo maravilloso. Dejé mi camiseta y mi falda en una percha junto a las toallas, luego me quité el sujetador y el tanga, y me introduje en la ducha.

Lo cierto es que la ducha me sentó bien. Al salir, solo pude ver mi sujetador y mi tanga donde los había dejado, no veía el resto de mi ropa, me llamó mucho la atención que mi amiga la cogiese. Me preguntaba qué es lo que pretendía. Me envolví en una toalla, y me dirigí hasta el dormitorio de mi amiga, donde se encontraba Verónica todavía desnuda dándose alguna crema por su cuerpo. Pude ver algunos vestidos suyos que yacían sobre la cama. Ni rastro de mi camiseta ni de mi falda. Verónica al verme entrar en su cuarto dijo:

.-“Elige tu primera, el que no quieras tú me lo pondré yo” dijo mirando los vestidos de encima de su cama. De adolescentes ya nos intercambiábamos ropa, así que no me pilló de sorpresa sus intenciones.

.-“¿Y el resto de mi ropa?” le pregunté.

.-“No pensarías salir a la disco como ibas? Me dijo poniendo cara de pocos amigos y de prohibírmelo por todos los medios. Yo me encogí de hombros resignada.

.-“No te preocupes, los he lavado y tendido.” me dijo. Yo por mi parte, miré los vestidos sobre la cama, al parecer no tenía otra opción.

.-“Vamos Ana, es mi noche, hagamos alguna locura” dijo poniendo carita de niña buena. Aquel argumento terminó por convencerme y ceder a su capricho.

Lo cierto es que uno de los vestidos que había extendido sobre la colcha de la cama siempre me había gustado. La primera vez que se lo vi puesto, fue para la boda de una conocida de ambas, y siempre tuve envidia de cómo le sentaba. Se la veía realmente sexy con ese vestido. Incluso mi marido, después de hacer el amor con él en esa misma noche de la celebración, hizo algún comentario acerca de lo bien que le sentaba a Verónica el vestido, recuerdo aquella vez y sus comentarios porque el estomago se mi hizo un nudo, mi intuición femenina me decía que mi esposo había pensado en ella mientras lo hacía conmigo.

Así que con un punto de rabia y envidia, tratando de imitar a mi amiga, cogí el vestidito de la cama, y me decidí a probármelo. Seguro que mi marido se sospecharía algo al verme entrar con dicho vestido de madrugada en casa, y pensé en ponerlo celoso. Siempre que lograba enfadarlo me hacía el amor de manera más impulsiva, me decía cosas como “nadie te folla mejor que yo” y cosas por el estilo. A mí me gustaba desatar su pasión. Bueno, eso y que me pegará un buen polvo.

El caso es que se trataba de un vestido en tonos azules, con un escote en “V”, de esos cuyas tiras se anudan sobre los hombros, desnudando también la espalda, y terminado en una minifalda con algo de vuelo. El escote me llegaba hasta casi el ombligo, por lo que no podía ponerme sujetador, además se notaría en la espalda. Yo hacía tiempo que no usaba aberturas tan generosas, y como Verónica tenía algo más de pecho que yo, y al ir sin sujetador, si me descuidaba se caían los tirantes y se me veían los pechos. Para colmo, yo tenía algo más de culo que ella, por lo que la falda me quedaba algo corta para mi gusto. Me entraron ganas de quitármelo nada más verme en un espejo, hacía tiempo que no me ponía ese tipo de vestidos, Verónica adivinando mis pensamientos me dijo:

.-“Estas estupenda” y dicho esto se dispuso a ataviarse con otro vestido. Me miré de nuevo en el espejo resignada y lo cierto es que no me quedaba nada mal. Supongo que sería la falta de práctica, y una vez me fui acostumbrando me sentía más cómoda.

Pese a mis reticencias, definitivamente tuve que quitarme el sujetador para que no se viese, por lo que traté de ajustarme como pude los tirantes del dichoso vestido.

Por su parte Verónica se puso un vestido palabra de honor negro del que sus enormes tetas no asomaban de puro milagro. Ella todavía estaba desnuda cuando se puso el vestido por encima, me sorprendió el hecho de que no se pusiera ropa interior, ni bragas ni tan siquiera sujetador. El sujetador podía entenderlo, puesto que  al igual que yo, dado el escote del vestido se notaría, pero… ¿sin bragas?. No pude evitar preguntárselo.

.-“¿Piensas salir así?”  Pregunté. Verónica se volvió a reír sabiendo que me había llamado la atención.

.-“¿Cómo?” me replicó.

.-“Así… sin bragas” le insistí yo. Verónica no podía contener la sonrisa.

.-“Ana, no te enteras, ahora está de moda, lo practican todas las celebrities” dijo en tono burlona. Yo puse cara de asombro, ella continúo justificándose.

.-“Oh Ana, no sabes lo que te pierdes. Deberías probarlo algún día… y luego contármelo”. Dijo ahora algo más seria.

.-“Ahora me explico muchas de las cosas que te suceden” dije recriminando su actitud.

.-“No sabes el morbo que me produce. Tienes que probar a desatar a esa otra dama pervertida que llevaba dentro” dijo terminándose de arreglar. Había dejado clara su actitud en este sentido, y de repente me encontré sin ganas de rebatirla. Un pequeño silencio se apoderó de la estancia.

.-“¿Quieres maquillarte un poco?” me preguntó mirándome a los ojos.

.-“No, gracias, sabes que no tengo costumbre de  maquillarme” respondí algo más relajada y agradecida por este tipo de conversación.

.-“Mejor, así los chicos sólo se fijarán en mí” dijo mientras salía de la habitación.

Lo cierto es que ella estaba espectacular a mi lado con su vestido negro, su melena rubia sobre los hombros, maquillada y acicalada. Tenía razón, los hombres sólo tendrían ojos para ella.

Acordamos tomar unas tapas y comer algo antes de pasarnos por la disco nueva que le habían comentado, y que por alguna razón la veía entusiasmada de visitar. Ella sabe que yo soy más de bares donde puedes bailar y conversar, mejor que las ruidosas discotecas, pero también sabía que esa noche era incapaz de negarle nada, dado que era su noche y se trataba de animarla.

La noche fue entrando poco a poco, tapa a tapa, y vino a vino. Hablamos de nuestras cosas, recordamos viejos tiempos, viejas amigas comunes, criticábamos alguien presente en el bar que quería llamar la atención, de nuestros respectivos trabajos, de la que está cayendo con la crisis, que si fulanito o menganita están en el paro, en fin,  charlamos de todo cuanto habíamos dejado de hablar en estos meses sin vernos. Lo cierto es que tanto a ella como a mí, nos fueron entonando y animando los vinitos y las cañas que tomábamos.

Yo estaba ya algo contentilla cuando llegó el momento de acudir a la discoteca. Estaba relativamente cerca de donde nos encontrábamos. Por suerte no tuvimos que hacer mucha fila para entrar, eso sí, una vez dentro la sala estaba abarrotada. Nos movíamos con dificultad entre el barullo de la gente. Era inevitable rozarse para movernos. En alguna ocasión pude notar cómo me tocaban el culo o algún chico se arrimaba en plan cebolleta. También pude ver como los chicos se rozaban descaradamente con el cuerpo de Verónica. Recordé que mi amiga no llevaba bragas, mientras podía ver entre los destellos de las potentes luces como le tocaban el culo.

“Que patéticos y ridículos resultan los tíos con esa actitud. ¡Que poco estilo!” pensaba cada vez que me sobaban también el culo o me daban algún pellizco, y me alegré de tener un marido como el que tengo.

A mi marido lo conocí en un bar, nunca olvidaré aquella noche. Yo era muy joven. Lo cierto es que tuvo arte y gracia para presentarse sin conocernos, y lograr entablar una conversación conmigo. Me hizo reír, me invitó, fue un caballero, se mostró atento, y poco a poco me fue llevando a su terreno. Me acompañó a casa, y una vez en el portal, me besó en la boca por primera vez en mi vida. Exactamente igual que en las películas románticas. Me pidió el teléfono y seguimos juntos hasta la fecha. He de reconocer que me ha hecho muy feliz, e incluso pienso que es relativamente creativo en la cama y me ha descubierto un montón de experiencias maravillosas, aunque últimamente hayamos caído en la rutina y la monotonía de un matrimonio normal.

Al margen de la afluencia de gente, el garito era realmente sorprendente. Se trataba de un edificio de cuatro plantas a cuál más espectacular. En el sótano sonaban siempre ritmos salseros, había un pequeño escenario en alto en un lateral donde una pareja de profesionales animaban a la gente de la sala a bailar salsa, merengue y ritmos latinos.

La planta calle era la sala de baile principal. Allí la animación la ponía el dj de moda, y las gogo´s repartidas por varios pedestales, que bailaban bastante ligeritas de ropa para deleite de los presentes. Ya os imagináis, sonaba principalmente música tipo dance, house y electro. La pista central estaba abierta en el techo por el centro, junto con la primera planta. Esto es, su parte superior era otra de las plantas decorada con sillones y taburetes, desde la que podías ver apoyado en las barandillas centrales a la gente bailando abajo en la pista. Era la sala con menos gente, mucho más oscura. De hecho podías ver a parejas sentadas en los sillones más alejados besándose y metiéndose mano.

Por último, la segunda planta, era la terraza del edificio. Había una barra central alrededor de la cual se disponían las mesas y se arremolinaba la gente. Sonaban ritmos en plan chill out. Lo cierto es que esa noche hacía buen tiempo y era muy agradable estar al aire libre en la terraza.

Una vez terminamos de jugar a las exploradoras en el ático, ambas coincidimos en que la disco estaba muy bien montada, se merecía el éxito de gente. Estuvimos comentando lo que habíamos visto, y decidimos bajar a bailar a la pista central.

Una vez allí, fue Verónica la que se acercó a la barra para pedir una consumición. Antes de que pudiera decirle nada ya tenía en mi mano un gin tonic como a mí me gustan. Conoce perfectamente que es el único combinado de alta graduación que tolero, pues dada la cantidad de vinitos que habíamos tomado durante la noche, sabía que yo me encontraba ya algo alegre, pues enseguida se me sube la bebida a la cabeza.

Verónica tiró de mí, hasta ponerse debajo de uno de los pedestales, donde una chica bailaba en top-less, y había alrededor una gran concentración de chicos babeando. Comenzamos a bailar, al principio tímidamente, pero poco a poco Verónica comenzó a bailar de forma más descarada. Se sacudía provocando el movimiento de las tetas, hasta el punto que parecía que sus pechos se iban a salir del vestido de un momento a otro. Logró la atracción de varios tipos que se acercaron a hablar con ella, y a los que disfrutó rechazándolos. Otros tantos babeaban a su lado sin dejar de mirarla. Se notaba que Verónica disfrutaba robando protagonismo a la gogo del pedestal.

Como ya habíamos terminado los cubatas, y llevábamos un rato bailando, le grité a Verónica al oído que me iba al baño con la intención de que me acompañase, pero ella me respondió que me esperaba allí mismo, estaba claro que prefería seguir luciendo su tipo.

Como siempre, había fila en el baño de señoras, tuve que esperar un rato que me pareció eterno debido a las ganas de orinar. Fue en el pasillo, esperando, donde me percaté de que iba algo más que mareada. No me había sentado nada bien mezclar el vino con el gin-tónic. Por fin, pude acceder a un Wc.

¡Dios mío!, eso era asqueroso. Estaba sucio por todas partes, no quiero entrar en detalles. Mejor no tocar nada. Para colmo la puerta carecía de pestillo, y como al parecer en el resto de reservados tampoco había papelera, algunas de las presentes se dedicaban a intentar abrir mi habitáculo con la esperanza de encontrar un recipiente donde desprenderse de su basura. O eso, o eran lesbianas tratando de verme orinando.

La idea me resultó tan poco agradable como el reservado. Así que allí estaba yo, en una postura un tanto ridícula, tratando de mantener el equilibrio para no tocar nada de allí dentro, con el bolso  alrededor del cuello tapándome la vista de mis propios pies, y el tanga a la altura de las rodillas, separando las piernas todo cuanto el habitáculo me permitía, rezando para que mi tanguita no cayese al suelo. Para colmo estaba de puntillas, pues no quería que mis sandalias se impregnasen del líquido que inundaba el suelo, algo mareada por el alcohol, apoyando una mano en la pared lateral para no perder el equilibrio, y con la otra sujetando la puerta para que no entrase nadie. Una postura totalmente surrealista.

Mis temores se hicieron realidad, alguien hizo la intención de entrar desde el otro lado de la puerta, la muy vaca burra hacía fuerza e insistía, pese a saber que el reservado estaba ocupado.

.-“¡ESTA OCUPADO!” grité. Pero insistían en entrar. Tuve que sujetar la puerta con las dos manos para no ser sorprendida en tan absurda posición.

“¡¡Mierda!!” pensé, nunca mejor dicho. Durante el absurdo forcejeo había perdido el equilibrio, con tan mala suerte que había salpicado mi prenda interior con mi propia orina.

“¡Maldita sea!, esto solo me puede pasar a mi” pensé mientras apoyaba mi espalda en la puerta tras terminar mi faena como buenamente pude. Comprobé con más detenimiento el estado empapado de mi tanga.

“Oh, no!!!” grité para mi “está completamente mojado, no puedo ponerme esto. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mi?!!” . Maldije mi suerte y espeté contra la imbécil que había tratado de entrar, al tiempo que pensaba en una solución. Estaba demasiado empapado. Estaba claro que así no podía ponérmelo. Pensé en secarlo con algún secamanos de aire, pero recordé el comentario de alguna de las chicas mientras esperaba, indignada porque estaba estropeado y tampoco había papel.

Así que allí estaba yo, con el vestido de Verónica, sin llegar a creerme realmente lo que estaba haciendo, bajando y deslizando mi tanga por los muslos de mis piernas con la intención de encontrar una forma de secarlo como fuese. Con la pared contra la puerta de un asqueroso baño, contemplando atónita mi tanga empapado entre mis manos, y una extraña sensación entre mis piernas, al no notar mi prenda más íntima. Me sentía insegura. Era como estar desnuda. Me acorde de que Verónica había salido sin ropa interior de casa y me preguntaba cómo podía ser capaz de no sentir vergüenza.

Mis pensamientos eran caóticos debido al alcohol ingerido. Comencé a resignarme poco a poco, de que no había forma de secar y ponerme mi prenda. Me acordé de las palabras de Verónica “chica tienes que probarlo algún día”. Pues bien, había llegado el momento, aunque fuese a la fuerza. No me quedaba otra, así que decidí hacerme a la idea de que tendría que salir de allí sin ropa interior. Me consolaba pensar que nadie lo sabía. Recé mis oraciones, estrujé el crucifijo de mi colgante en uno de mis puños, y suplicaba sobre todo por no encontrarme con alguien conocido, mucho menos con algún amigo de mi esposo. Me repetí una y otra vez, que si Verónica podía salir así a la calle, yo también podría sobrellevarlo, aunque una extraña sensación de intranquilidad se apoderaba de mi.

“¿Cómo podría salir  así?” me preguntaba mentalmente, totalmente paralizada y atemorizada. Aunque tal vez Verónica tuviese razón y debiera lanzarme a experimentar cosas nuevas. Así que me armé de valor, tiré mi tanga al suelo y decidí salir de aquel habitáculo a bailar.

“Seguramente, se lo confesaré a Verónica al final de la noche, le diré que no llevo bragas, y así podré demostrarle que no soy tan mojigata como se piensa. Seguro que la sorprendo, pues para nada se esperará eso de mí” pensé disfrutando del momento en el que triunfar sobre el concepto tan purista que mi amiga tenía de mí.

Con todo el jaleo perdí la noción del tiempo que había transcurrido desde que me separase de Verónica. Me entretuve un rato en el espejo del baño tratando de asimilar la excitante situación.

“Bueno, no es para tanto” pensé, y decidí salir a buscar a mi amiga. Nada más salir del baño y dirigirme a la pista de baile, alguien me tocó el culo entre la muchedumbre.

“Guauuu” eso si que no me lo podía esperar, no había pensado en ello antes. Notar como un desconocido me tocaba el culo ¡y yo sin bragas!, hizo que me sacudiese un escalofrío de arriba abajo. Verónica tenía razón, era de lo más morboso, aunque pensé que nunca debería enterarse mi marido. Reconozco que mis pechos se endurecieron instantáneamente y que me puse algo cachonda.

Mi amiga estaba en la misma zona que nos separamos, salvo que tenía un cubata en la mano y conversaba con dos hombres a la vez.

Por unos momentos sentí envidia de Verónica, de su libertad para disfrutar del sexo y hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nadie. Yo en cambio anteponía la seguridad y la tranquilidad de convivir con mi esposo sacrificando ciertos placeres. No podía arriesgar cuanto había conseguido ni arruinarlo, por unos momentos de placer etéreos.

Verónica se alegró al verme:

.-“¿Dónde te habías metido? Creí que te habías ido a casa sin avisarme” dijo abrazándome y dándome dos besos totalmente embriagada ante la atenta mirada de sus nuevos amigos. Yo me encogí de hombros.

“Si supieses lo que me ha pasado, no te lo creerías” e imaginaba la cara de sorpresa que pondría mi amiga, cuando le contase que al igual que ella no llevaba bragas bajo el vestido. Ella continúo hablando entusiasmada…

.-“Mira, te presento, estos son Rufino y Roberto” dijo señalando a cada uno de ellos mientras decía sus nombres. No puse buena cara cuando intercambié los primeros dos besos intuyendo lo que pasaría.

.-“Yo soy Rufino” dijo el primero mientras me besaba manteniendo las distancias y la corrección. Rufino era relativamente guapo,  más joven, calculo que tendría alrededor de los veinticinco años. Algunos menos que nosotras.

.-“Y yo soy Rober” dijo abreviando su nombre el segundo, que me agarró con decisión por la cintura para darme los dos besos, de tal forma que mis pechos rozaron inocentemente con su torso al rozar nuestras mejillas. Me quedé como paralizada al notar como por primera vez en mucho tiempo, otro hombre que no eran mi marido notaba la dureza de mis pechos. Aunque había sido un roce sutil, descuidado, no pude evitar ruborizarme.

A Rober le echaba bastantes más años que a su amigo, calculo que tendría casi los cuarenta. Algunos más que nosotras, aunque muy bien llevados. Se notaba que le gustaba cuidarse y que frecuentaba algún gimnasio. Contrastaba un poco la diferencia de edad entre ambos. Luego supe que eran compañeros de trabajo de paso por la ciudad.

Estaba absorta en mis pensamientos cuando de repente, Verónica comenzó a bailar conmigo de forma muy sensual, se notaba que había bebido algo más en mi ausencia, y que quería provocar a sus nuevos conocidos. Estaba insinuando por su forma de moverse, que nos lo habíamos montado juntas en alguna ocasión. Esta táctica suya ya me la conocía. Los chicos ponían cara de asombro entre ellos al vernos bailar, y se notaba que se disparaba su imaginación. Yo decidí seguirle el baile a Verónica. Aunque no me atraen por norma ese tipo de juegos, he de reconocer que en ese momento me gustó. Ambos chicos se codeaban entre sí sonriendo de su suerte.

El tirante de mi vestido se cayó en varias ocasiones mientras bailaba, los tipos de alrededor abrían los ojos como platos tratando de verme los pechos en algún descuido, sobretodo el tal Rober, que no me quitaba el ojo de encima, y de algún modo la situación me hacía sentir sexy y deseada. No recordaba esa sensación desde chiquilla.

En una de las ocasiones, mientras mi  amiga y yo bailábamos frente a frente, pude apreciar como Rufino se situaba detrás de Verónica, y era ella quien cogiendo las dos manos del chico, y entrelazando los dedos con los suyas, lo animaba a acariciar sus caderas, tipo reggaetón.

Por su parte Rober, también se animó a sujetarme desde detrás por las caderas, como es habitual en estos casos, en algunos instantes su paquete se rozó contra mi culo, lo que produjo un estremecimiento en mi cuerpo poniendo mis pezones aún más de punta. Por suerte la canción terminó enseguida cambiando completamente el ritmo de la música. Como sospechaba en un primer momento, Verónica y Rufino se pusieron a charlar a lo suyo. El reparto estaba hecho de antes de mi llegada. Fue Rober, quien tratando de apartarme del resto de chicos, me rodeó con un brazo por la cintura, y acercándose a mi oreja para que pudiera oírlo a pesar del volumen de la música me dijo:

.-“¿Te apetece tomar algo? Te invito” dijo sonriéndome esperando una aprobación por mi parte. Yo dudé por un momento, sabía que si aceptaba, Verónica aprovecharía para liarse con Rufino, y que a mí me tocaría aguantar al madurito, que además era un poco descarado en sus intenciones de intentar aprovechar su oportunidad conmigo. Tras dudarlo por unos instantes y sin saber muy bien porqué, acepté. Supongo que quise tomar una copa más a su costa para no perder el puntillo que llevaba.

.-“¿Qué tal un gin-tónic?” le contesté acercándome a él para que me escuchase. Esta vez fue mi propia torpeza la que hizo que de nuevo mis pechos rozasen con sus pectorales ligeramente, lo que provocó una pícara sonrisa en Rober. Seguro que el pobre se imaginaba que podía lograr algo conmigo.

Ambos nos acercamos hasta una de las barras, y una vez pudimos hacernos algo de sitio, fue él quien pidió las consumiciones. Yo continuaba bailando de espaldas al tal Rober y de frente a la pista de baile, mientras esperaba a que nos sirviesen las consumiciones. Al poco tiempo, mi acompañante me sorprendió mientras bailaba, acercando la fría copa a la piel desnuda de mi brazo por la espalda a modo de gracia, con la intención de caer simpático.

.-“Ten, espero que te guste” dijo tendiendo el gin-tónic para que lo aceptase con una sonrisa de oreja a oreja por mi reacción. Yo le devolví la sonrisa, a pesar de que no me había sentado nada bien notar el frió de la copa en mi piel. Mis pechos habían reaccionado poniéndose en punta de nuevo y creo que él se dio cuenta esta vez.

.-“Es Martin Millers con Fever Tree y un poco de ginebra” dijo reclinándose un poco sobre mi cuerpo para que lograse escucharlo bien debido al volumen de la música, y haciendo referencia al gin-tónic, pero sobretodo sin perderse detalle de mi escote al inclinarse. Estaba claro que tenía la  intención de tratar entablar una conversación conmigo. Yo volví a sonreír sin decir nada y dando el primer trago algo sedienta continúe bailando.

.-“Es uno de mis preferidos, ¿te gusta?” me preguntó de nuevo reclinándose sobre mi cuello sin dejar de mirarme al escote. No me hizo ninguna gracia que me mirase las tetas de forma tan descarada, pero no tuve más remedio que contestarle. Al fin y al cabo me había invitado, era lo menos que podía hacer. Esta vez le dí un nuevo trago tratando de saborear y degustar el combinado.

.-“Uhmm, es muy suave, apenas notas el alcohol, parece agua” le dije respondiendo a su pregunta, y tratando de ser lo suficientemente amable como para no parecer desagradecida.

Mientras le respondía, me percaté de que el tío sabía perfectamente que el combinado entraba muy bien, efectivamente era muy refrescante, y que trataba de emborracharme tratando de que bebiese deprisa dado el calor en el ambiente. Además no dejaba de mirarme el escote y las tetas babeando.

“Que táctica más ruin y que baboso” pensé para mí.

Lo cierto es que el cuarentón continuó hablándome acerca de los distintos gin-tonics, y la infinidad de combinados que podían hacerse de un tiempo a esta parte. Rober aprovechaba el volumen de la música para acercarse a mí, reclinándose sobre mi cuello sin perder nunca la oportunidad de mirarme el escote, además aprovechaba cualquier empujón o situación para rozarse conmigo o acariciarme los brazos. Se las arreglaba para lograr que yo le siguiese inevitablemente la conversación.

El primer gin-tónic lo bebimos relativamente rápido. El tipo enseguida se apresuró a pedir otra copa. Pude comprobar, como mientras esperaba en la barra a que le sirviesen las consumiciones, me repasaba de arriba abajo con la mirada.  Se relamía, e incluso llegó a acomodarse el paquete inconscientemente por encima del pantalón. Por primera vez en mucho tiempo me sentí deseada por otro hombre que no era mi marido, fue agradable comprobar como aquel tipo experimentado y desconocido, ambicionaba mi cuerpo de mujer. No pude evitar fijarme en el bulto provocado en su entrepierna.

No sé por qué, pero me sentí con ganas de provocarlo un poco, de coquetear con él, de jugar. Seguramente, dada su edad, nunca habría estado con una “jovencita” como yo. Me puse a bailar todo lo más sensual que pude. El me miraba desde la barra, y a mí me gustó moverme provocándole a cierta distancia. Me gustó mirarlo a los ojos y notar su mirada clavada en mí. Inconscientemente me puse a bailar quizá demasiado sensualmente, y entre mis movimientos me recogía el pelo, marcaba mis curvas, o me subía mi falda sobre el muslo. Estaba claro que Rober se relamía observándome.

“Pobrecito, esta noche tendrá que matarse a pajas” pensé mientras disfrutaba excitándolo.

“¿Qué pasaría si descubriese que voy sin bragas?. Uuhhhmm”, creo que yo también me estaba excitando de pensarlo y con tanto toqueteo. Nunca había tenido ese tipo de pensamientos.

.-“Ten prueba este otro” dijo al acercarse y ofreciéndome otro gin-tónic. De nuevo prefería mirarme al escote en vez de a los ojos.

 .-“Aahh, ¿qué es?” le pregunté tras dar un primer trago. Esta vez fui yo misma quien buscó deliberadamente que nuestros cuerpos entrasen en contacto. Como quien no quiere la cosa. Comenzó a gustarme jugar con ese hombre maduro.

.-“Hendricks con Fertimans y un twist de lima” dijo esta vez posando tímidamente una mano sobre mi cintura, a la vez que chocaba su copa con la mía, y me invitaba a dar otro trago mientras nuestras miradas se entrecruzaban. Estaba claro que se me comía con los ojos.

Notar su mano sobre mi cuerpo produjo una descarga de adrenalina en mi cerebro, su mano estaba muy cerca de mi culo. Verónica tenía razón, todo eso resultaba muy excitante.

“¿Sería capaz de darse cuenta?” pensé mientras su mano acariciaba mi cintura, con la excusa de bailar o conversar. Algo me hizo reflexionar.

“No estaré pasándome de la ralla. ¿Y si me ve alguien conocido?. ¿Cómo explicárselo a mi marido?. Pero… ¿Qué tiene de malo? Pobre hombre, no tiene nada que hacer y le estoy dando falsas esperanzas” Estaba absorta en mis pensamientos, cuando la mano de Rober acarició por primera vez mi culo tímidamente, mientras me hablaba cada vez más cerca de mi boca. Se notaba por su forma de acariciarme, que buscaba el límite de lo permitido sin que yo pudiera recriminarle nada, pero forzando poco a poco la situación a su favor. Cada vez me hablaba más cerca de la comisura de los labios. A mí notar su proximidad y sus disimuladas caricias me estaban poniendo a tono.

De nuevo pude notar su aliento en el lóbulo de mi oreja. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo, mi cuerpo reaccionó instintivamente ante su contacto. Por un momento pensé que iba a tener la osadía de besarme. No me agradaba la idea de que tal cosa sucediese. Una cosa era jugar y otra que el tema se me fuese de las manos. Yo no estaba acostumbrada a rechazar a los hombres que se me insinuaban con la facilidad de mi amiga, y probablemente la situación me resultase embarazosa.

.-“¿Qué tal chicos?” escuché con alivio la voz de Verónica detrás de mi. Yo me abracé sobre ella como la salvación que era.

.-“¿Dónde te habías metido?” le pregunté al llevar un tiempo sin saber de ella.

.-“¿Y tú qué tal con el amigo de Rufino?” preguntó ella sin responderme. Los chicos se habían puesto también a hablar entre ellos algo alejados.

.-“Es un poco tocón, además casi no me mira a los ojos, sino a las tetas” le dije poniendo cara de pocos amigos.

.-“Y tú, ¿qué tal con Rufino?” la pregunté.

.-“Sabes…, creo que me subiré a la primera planta con Rufino, necesitamos algo más de intimidad” me dijo bastante contenta con su jovencito, y sin dejar de intercambiar miraditas con su cómplice en la distancia.

.-“¿Estás segura que es eso lo que quieres?” pregunté  en un intento desesperado porque pasase del tema y terminásemos la noche juntas. Ella asintió con la cabeza.

.-“Solo te pido un favor” me dijo mientras bailaba para acercarse a mí y hablar. Yo me encogí de hombros.

.-“Llévate a su amigo, sé que son compañeros de trabajo, desplazados unos días, alojados en el mismo hotel, y que no se irán el uno sin el otro, sino lo impedimos” me dijo con cara de niña mala. Yo puse cara de pocos amigos, ella sabía que lo que me acababa de pedir no me agradaba en absoluto.

.-“Por fa….” dijo juntando las manos en plan oración suplicándome con los gestos. Yo negaba con la cabeza. Ella en un intento por convencerme me dijo:

.-“Además, su amigo no está nada mal, no me negarás que el madurito tiene cierto atractivo” me dijo mientras miraba hacia ambos chicos.

.-“Verónica, te olvidas que estoy casada, no me interesa. Además, ese tipo puede que sea veinte años mayor que yo” le dije tratando de poner cierta sensatez en la conversación.

.-“No te he preguntado si estas casada o su edad, solo te he dicho que Rober tiene su punto” dijo mientras ambas mirábamos a los hombres.

Tuve que reconocer que Verónica tenía razón, aquel hombre tenía un punto canalla en la mirada, que a pesar de su edad me resultaba provocador. Parecía experimentado, relativamente atractivo, y sobretodo seguro de sí mismo. Además los jeans le sentaban realmente bien. No pude evitar fijarme en la entrepierna del cincuentón e inconscientemente dibujé una sonrisa en mi cara, sabedora de que era por mi culpa el bulto que se marcaba provocado en su pantalón.

Ambos chicos se acercaron de nuevo hasta nosotras, pero esta vez Verónica aprovechó para ponerse a hablar con el tal Rober, dejando un poco de lado a su pareja. No sé que se estaban diciendo pero ambos me miraban y se sonreían. Rufino por su parte al quedarse solo y ver la situación, se fue hasta la barra a pedir más consumiciones. No tuve más remedio que bailar sola hasta que Rufino regresó con cuatro copas en la mano. Al coger cada uno su respectiva consumición de nuevo se formaron corrillos. Verónica se acercó a mí y me dijo:

.-“Hay que ver como tienes al madurito, loquito por ti. Yo me voy con Rufino un momento a los reservados, por favor entretén un poco a su amigo hasta que volvamos” me dijo mientras Rufino tiraba de ella de la mano en dirección a la planta de arriba.

Yo me quedé bailando sin estar segura de que todo lo que estaba sucediendo me gustase de verdad, pero supongo que no tenía otra alternativa. Tal vez por el mal humor terminé la consumición enseguida, y mi acompañante no dudó en dirigirse de nuevo a la barra para pedir otro gin-tónic. El caso es que hacía un calor sofocante en la pista de baile, mi cuerpo comenzaba a empaparse de sudor por algunas zonas y yo tratando de aliviar el calor me bebí casi por acto reflejo la última copa bastante deprisa.

No sé cuantas copas llevaba ya. Aquello terminó por tumbarme, y empezaba a perder el control de mis actos. Durante esos momentos sólo pensaba en bailar, bailar y bailar, además empezaba a perder el conocimiento. Una vez solos y en evidente estado de embriaguez, Rober aprovechaba cualquier ocasión para tocarme el culo, rozarse con mis pechos o mirar por mi escote, sobre todo cuando de vez en cuando se me caía el tirante.

Se acercaba a mí para contarme que era el jefe del departamento de marketing de su empresa, una multinacional con sede en nuestra ciudad, y me recalcaba una y otra vez que se encontraba de paso. Yo apenas respondía con monosílabos. Era prácticamente un monólogo por su parte. No paraba de contarme batallitas profesionales mientras aprovechaba para mirar mi canalillo o toquetearme.

Recuerdo mientras bailaba que en un momento dado se deslizó un tirante del vestido y a poco se me ve un pecho en medio de la pista de baile. Recuerdo las miradas lascivas de los muchachos de alrededor, y recuerdo que Rober se apresuró a recolocárlo sobre el hombro algo celoso. Cómo si fuese suya.

Recuerdo conmocionada que fue en ese mismo momento cuando me pregunté por primera vez como sería estar con Rober. Me pregunté cómo sería en la cama, cómo se movería, qué cosas me haría. Me lo imaginé entre mis piernas, aprisionada por su peso, acariciándome por todo el cuerpo, besándome con ternura. Pude notar como me calentaba en medio de la pista bailando con él a mi lado.

Uffh, estaba bastante aturdida, debía frenar mis pensamientos o acabaría cometiendo una locura. Además, comencé a encontrarme muy mal, supongo que por causa del alcohol y las luces. Incluso llegué a perder la noción del tiempo y la memoria. Mis recuerdos inmediatos comenzaban a borrarse.

.-“Creo que saldré a tomar un poco el aire, me encuentro algo mareada” fue de las pocas cosas que recuerdo decir a mi acompañante antes de abandonar la discoteca.

Y como una autómata me dirigí directamente a la salida de la disco tratando de salir de allí como fuera. Recuerdo con dificultad que Rober me cogió de la mano sin decirme nada y me acompañó hasta la salida. Era evidente que estaba borracha perdida.

Recorrimos un par de calles, yo caminaba dando traspiés, él me agarraba por la cintura tratando de no caer. Creo que aprovechaba para tocarme el culo descaradamente, pero no logro recordarlo con claridad. Toda mi intranquilidad era que no me había despedido de Verónica. Era como si mis pensamientos se hubiesen detenido en esa preocupación, giraban y giraban entorno a mi cabeza una y otra vez sin dejarme pensar en otra cosa. Rober tuvo que sujetarme varias veces para que no me cayera redonda al suelo.

Recuerdo que entre traspiés y tropiezos me contaba cosas graciosas haciéndome reír, muchas veces sin sentido, fruto de mi estado de embriaguez.

En una de las veces, cedió otra vez más un tirante del vestido, y recuerdo entre nubes el contacto de las manos de Rober ayudándome con el dichoso tirante. A esas alturas el pobre ya tenía claro que no llevaba sujetador.

.-“¿Sabes cuál es el pez más grande?” me preguntó entre risas.

.-“No” respondí tratando de averiguar cómo terminaría el chiste entre carcajadas absurdas.

.-“El pezón” dijo, y ambos continuamos riendo sin sentido.

Recuerdo vagamente que me apoyó contra la puerta de un coche aparcado en la calle. Ambos reíamos como chiquillos. Recuerdo su proximidad, por primera vez en la noche me percaté de su olor corporal, me resultó extrañamente agradable.

.-“Deberías haberte puesto algún sujetador de esos invisibles con estos tirantes del vestido” dijo algo más serio mientras me recomponía como podía las finas tiras del vestido sobre un hombro. Vi su semblante serio y quise romper la tensión con alguna gracia, dada mi torpeza, dije lo primero que se me vino a la cabeza.

.-“Sabes…, mis bragas si que son invisibles” dije totalmente borracha y sin parar de reír. Rober puso cara de asombro, sin entender muy bien lo que acababa de decir.

.-“A qué no te lo imaginabas” dije en evidente estado de embriaguez y sin dejar de reír agarrándome a sus hombros para no caer.

.-“Lo sé” respondió Rober.

.-“¿Lo sabes?” insistí en preguntarle fingiendo mi asombro. Y dado el silencio incrédulo de Rober, comencé a contarle balbuceando mi anécdota en el servicio de señoras. Ambos reíamos mientras narraba mi historia.

Estábamos en aquel coche frente a frente rozándonos ligeramente, y aún no había terminado de contarle lo sucedido, cuando pude notar la mano de Rober posarse con total descaro sobre mi culo. Me miró a los ojos esperando mi reacción. Yo permanecía apoyada contra la puerta del vehículo en medio de la calle tratando de terminar mi historia. Rober se arrimó aún más de frente a mí, con una mano apoyada en el techo del coche evitando que me cayese de lado, y con la otra abriéndose paso entre la fría chapa de la puerta del vehículo y mi tela del vestido, acariciando ahora sí, sin ningún pudor, descaradamente mi culo. Me aprisionó con fuerza un cachete de mi trasero con su mano,  mientras me aguantaba todo el rato la mirada esperando mi reacción. Esa vez paré en seco de narrar mi anécdota del baño, ya no podía obviar su caricia.

Recuerdo que desperté de mi estado de embriaguez en ese mismo momento, era como si la borrachera se me hubiese pasado de golpe. De repente había recuperado mi consciencia. Nunca antes nadie que no fuese mi marido me había magreado de esa manera. Recuerdo con nitidez su mano explorando mi culo, su cuerpo pegado al mío, y su rostro tan próximo a mi cara que nuestros labios estaban a punto de rozarse. Un silencio que contrastaba con las risas de antes se había instalado entre ambos cuerpos.

.-“Eres muy hermosa” me dijo mirándome fijamente a los ojos.

Yo en esos momentos no supe que decir. Estaba paralizada. Supongo que había jugado con una bomba de relojería durante toda la noche y ahora me estaba explotando en mis manos. Mi silencio fue interpretado como una afirmación y esta vez la mano de Rober que antes sobaba mi culo, se deslizó hasta acariciar mis piernas al borde de la falda de mi vestido. Notar el tacto de su mano con la piel de mis muslos logró que me estremeciese. Yo continuaba callada, mi respiración comenzó a agitarse. Mis pechos parecían salirse del vestido. Realmente me estaba excitando pero no sabía qué hacer o que decir. Nunca antes me había encontrado en una situación semejante. Estaba nerviosa perdida, todo un manojo de nervios. Me estaba acorralando.

Rober supo aprovecharse de mi estado y aconteció lo inevitable, se arrimó a mí buscando el máximo contacto entre ambos cuerpos. Por primera vez en mi vida, pude sentir clavado en mi pubis la dureza de otro hombre que no era mi marido a través de la fina tela del vestido. Mis pechos chocaban contra su torso a causa de mi agitada respiración, y para colmo, Rober me obligó a levantar y rodear su cuerpo con mi pierna, facilitándole de esta manera su acceso hasta las partes más intimas de mi cuerpo. De nuevo pude sentir su entrepierna clavada en mi cuerpo. Se deleitó un rato observando mi estado de nerviosismo antes de su acometida final. Parecía una chiquilla en su primera cita.

Me besó. Me besó en la boca a la vez que su mano se perdía debajo de mi falda acariciando la piel desnuda de mis muslos llegando hasta mis nalgas. Me besó. Me besó y yo me dejé hacer sin saber cómo había podido suceder. Por primera vez en muchísimo tiempo me sentía viva de nuevo.

Una explosión de nuevas sensaciones se apoderaron de todo mi cuerpo. No sabría decir que me resultó más estimulante en esos momentos, si su lengua explorando cada rincón de mi boca, su mano acariciando la piel de mi trasero, el bulto de su entrepierna clavado en mi pubis, o el shock mental de saber que un extraño me estaba besando y que estaba siendo infiel a mi esposo. Tal vez fuese esto último, saber que era otro hombre diferente a mi esposo quien me estaba besando.

Tenía que parar esa locura. Traté de apartarlo. Bajé bruscamente la pierna que antes rodeaba su cuerpo y apoyé mis manos en su torso tratando de zafarme de él.

.-“Yo…, esto…, no…, esto no debería de haber sucedido, estoy casada” logré articular de un solo golpe, controlando los nervios, y consiguiendo separarme levemente de él.

.-“No me importa” dijo Rober restando importancia. Y acto seguido mientras se apretaba más contra mí y trataba de besarme de nuevo.

Esta vez giré mi cara impidiendo el beso, pero me quedé paralizada al notar el bulto de su entrepierna clavado de nuevo en mi pubis, por su parte, aprovechó mi pasividad para girarme la cara y besarme de nuevo. La mano que acariciaba mi culo subió esta vez ligeramente la tela de mi vestido, y pude sentir el frío de la chapa del coche directamente en mis nalgas.

Creo que por primera vez en mi vida me estaban besando con verdadera pasión y devoción. Aquel hombre madurito me estaba devorando. En ese momento descubrí que las caricias con mi esposo habían sido tan sólo muestras de ternura y cariño, pero no de pasión desenfrenada y deseo. Sobretodo deseo. Rober deseaba mi cuerpo con locura.

Liberó mi boca para comenzar a besarme por el cuello. Yo me debatía entre la razón y la pasión.

.-“No, por favor…, para, no está bien” pude articular de forma entrecortada como buenamente pude. Rober hacía caso omiso, estaba totalmente encelado. Ahora, su mano libre buscó mi mano para guiarla hasta su entrepierna. Me obligó a acariciarle en sus partes por encima del pantalón.

¡¡Dios mío!! Me pareció enorme. Pude apreciar su tamaño a lo largo de la tela de los jeans.

.- “Mira como me tienes toda la noche” dijo mientras su mano aprisionaba a la mía contra su paquete. Yo quedé como hipnotizada comprobando su tamaño, no podía evitar acariciarlo una y otra vez.

Aprovechó para ladearse y besarme en la boca de nuevo, pero esta vez sus caricias se centraron en mis partes más íntimas. De nuevo su mano magreaba a su antojo mi culo, primero por encima del vestido, y luego por debajo. Incluso se atrevió a alcanzar y acariciar mi pubis.

Pude notar como su polla dio un respingo al comprobar con su mano la fina tira de pelillos que decoran mi pubis. Contraria a todas mis convicciones hasta el momento, debía reconocer que estaba totalmente cachonda y abandonada a las caricias de ese hombre. Era todo puro instinto animal. Me excitaba pensar que era como caperucita en manos del lobo feroz.

.- “Seguramente su mujer, que tendría su misma edad, tendría el sexo “a la antigua” pensé para mi mientras me dejaba manosear.

Pude notar cómo se abría camino a través de mis labios vaginales con sus dedos, tratando de alcanzar mi clítoris. Todo transcurría muy deprisa para mí.

.-“Aaah” no pude evitar gemir en medio de aquella calle, cuando el tipo comprobó que estaba totalmente empapada.

Uuhhm, enseguida descubrió mi clítoris de entre mis pliegues. ¡Dios! y el tipo sabía como acariciarlo. Mi marido siempre había sido un poco torpe para estimularme, pero he de reconocer que Rober sabía lo que se hacía. Sabía que ahora me encontraba totalmente excitada y entregada a sus caricias. Dejó de besarme en la boca para recorrer el camino que desciende por mi cuello hasta mi escote.

.-“Aaagh” otro gemido más profundo se escapó de mi boca cuando su dedo índice se abrió camino entre mis labios vaginales para penetrarme. El tipo sabía como masturbar a una dama, y mientras que con su dedo pulgar me estimulaba el clítoris, me penetraba al mismo tiempo con el índice de la misma mano. Aquello si que era nuevo para mí. Mi esposo nunca me había acariciado de esa manera. Esa sensación de temor  por lo que íbamos a hacer, por lo prohibido, elevó mi excitación hasta niveles que no recordaba.

¡Dios todo era tan nuevo para mí! Parecía una quinceañera inexperta en las manos de aquel tipo experimentado. Me estaba derritiendo en sus manos sin poder evitarlo..

.-“Ooough” grité al comprobar que otro dedo me penetraba. Lo hizo lentamente, disfrutando del momento. Se regocijó contemplando mi rostro de placer. Mi marido nunca me había hecho nada igual.

Estaba ensartada entre sus dedos experimentando el mayor placer que hubiera sentido nunca. Estaba a punto de estallar en el mejor orgasmo de mi vida sin duda alguna, y todo provocado por un señor veinte años mayor que yo. Aquello era demasiado para mí. Era un juguete en sus manos. Esta vez fui yo quien rodeó su cuerpo con mi pierna para facilitarle la labor. Muy a mi pesar tuve que dejar de acariciar su entrepierna para agarrarme a él. Rodeé su cuello con mis manos hundiendo su cabeza en mi deseado escote.

.-“Que tetas más ricas tienes” dijo esta vez en un tono más soez, mientras me besaba por todo el escote, y que tanto deseaba. Yo solo temía que algo interrumpiese sus caricias, me estaba llevando hasta límites insospechados.

.-“No pares, por favor, sigue, sigueeeh…” le gemía en la oreja aferrada a su cuello. Estaba totalmente entregada. Sólo podía pensar egoístamente en alcanzar como fuese mi orgasmo.

.-“Estas muy buena, niña, pero que muy buena” dijo mientras movía sus dedos a un ritmo frenético en mi interior.

.-“Oh si, siih, no pares ahora, siiih” yo estaba próxima al clímax final.

.-“Sigue, si, si si,…” mis gemidos eran ahora entrecortados. Rober dejó de besarme para contemplar victorioso como me corría entre sus dedos.

.-“Siiih, siiiiihhh, siiiiiiiihhhhhHHHH!!!!…” no pude evitar gritar mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer ensartada por su mano.

De repente, unas risas se escucharon en la oscuridad a lo lejos. Parecían provenir de detrás de unos árboles que decoraban la calle. Aunque no pudimos ver de quien provenían, por el tono de voces, parecían un grupo de jóvenes que nos habían estado observando desde hacía algún rato.

Yo creí morirme de vergüenza. Estaba totalmente paralizada. No entendía como podía haber podido ocurrir todo eso, como me había dejado llevar hasta ese límite. Además, de alguna forma mi orgasmo se había visto interrumpido en su estallido final. Rober adivinando mis pensamientos tiró de mí tratando de salir de allí lo antes posible. Cuando llegamos al cruce con una avenida principal ambos pudimos escuchar a lo lejos los gritos provenientes del fondo de la calle…

.-“¡¡¡DALE DURO!!!” escuchamos entre absurdas risitas.

Por suerte pasó un taxi que Rober detuvo nada más verlo. Yo continuaba muerta de vergüenza, sin poder evitar pensar en lo que había sucedido. Necesitaba pensar, pero ninguna idea coherente surgía de mi cabeza. Por primera vez advertí que me dolía la cabeza como si me fuera a estallar. Nunca más volveré a beber tanto. Tan sólo recuerdo entrar en el taxi y caer adormilada, tratando de que parase el maldito dolor de cabeza y tratando de calmar mis nervios y mi bochorno. Rober me abrazó contra su hombro, gesto que agradecí en esos momentos. De vez en cuando abría los ojos y veía pasar los edificios y las luces de los semáforos sin saber por qué calles circulaba.

En un momento dado, pude ver mi reflejo en el cristal de la ventanilla, mi pelo estaba totalmente revuelto y enmarañado. Tenía un aspecto horrible. Incluso creo recordar que uno de los tirantes del vestido cayó de nuevo desnudando uno de mis hombros durante todo el trayecto.

Cuando se detuvo el taxi abrí los ojos para ver que habíamos llegado a la puerta de casa. Mi casa. Rober me devolvió entonces mi bolso, debía haber mirado la dirección en mi DNI. Aquel gesto de caballerosidad sí que fue inesperado. Después, solo nos miramos fijamente a los ojos sin decir nada hasta que él se acercó lentamente y me besó por última vez.

-“Anda vete. Ya es muy tarde” Esas fueron sus palabras antes de abrirme la puerta del taxi.

Cuando desperté estaba sola en casa, mi esposo me había dejado una nota:

“Nos vamos a comer a casa de mis padres. Descansa.”.

Así que tuve todo el domingo para ducharme, reponerme y ordenar mis sentimientos. Pero yo, cuando necesito pensar siempre hago lo mismo, limpiar. Eso me ayuda, no sé porqué, pero entonces, al vaciar mi bolso vi una tarjeta de visita.

Roberto Serrano Castillo

Marketing Manager

Carrión Renting Company

 

Me quedé de piedra, Rober había ido a la Feria del Automóvil…

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El mejor amigo de una mujer casada.

Este es un relato ficticio y cualquier parecido con la realidad es fruto de la casualidad.


El mejor amigo, de una mujer casada

19 de Septiembre de 2018.

Antes de conocerle, temí las consecuencias. Y es que, ya no recordaba ni cuando había empezado a fingir el orgasmo con mi marido. Como os cuento, no fue algo premeditado, simplemente el hecho de que Martín me preguntara qué me parecía si dejábamos que otro hombre se quedara unos días en casa, me pareció una incitación tácita a serle infiel, prácticamente un requerimiento formal para que le pusiera de una vez los hermosos cuernos que sin duda merecía. Por lo visto, un antiguo amigo de la universidad que era enfermero y estaba de vacaciones. Si bien, sólo pasaría un par de días en Cuenca con nosotros.

Estaba harta, hace meses que estaba empachada e insatisfecha con el rumbo estático, conocido y tedioso del día a día. Ya no podía seguir amañando mi propia vida para eludir que jamás había triunfado ni fracasado lo suficiente. En fin, era la suma de las partes, y nada en concreto. No es que estuviese enojada con eso de dejar de ser yo para ser la “mamá de Bárbara”, tampoco tener un marido improcedente, ó que me hubiese convertido en la prisionera de la seguridad que siempre me había obsesionado.

Mi naturaleza suspicaz y por momentos maliciosa me ha supuesto un lastre social, sobre todo para forjar y conservar amistades sinceras. Pero ese fenotipo que siempre me hacía recelar de las intenciones ajenas y fiarme sólo de la madre que me parió, me había ayudado al menos a sobrevivir en la vida. Y sin embargo no me sirve esta vez para trazar ninguna ruta de escape del foso en el que se ha convertido mi vida.

No, Martín es… bueno. Es muy cariñoso, respetuoso, atento, dulce y sin ser condescendiente es siempre correcto e indulgente. La verdad es que cuando lo conocí, me quedé prendada de su ambición, su inteligencia, caballerosidad, pero sobretodo de su amor insensato y suicida.

Así, Martín me fue conquistando con paciencia, gesto a gesto fue ganando la fortaleza en que se había convertido mi desconfiado corazón. Hasta que tras cinco años de novios incluso consintiera casarme con él por la iglesia, tomándole como esposo ante Dios siendo yo atea y roja de pedigrí de toda la vida.

Los años en pareja se fueron consumiendo con sosiego, pero con la inquietud diaria de pensar que le había dado mi vida a él, como se la podría haber dado a cualquier otro, idea que me chirriaba en la boca del estómago como una tiza vieja arañando una pizarra. Al ver que la vida se escapa estaba echando en falta algo, un cambio, divertirme, emoción, quizá alguien más temperamental, impulsivo, salvaje, que sé yo.

Le dije que sí, que lo invitara, deseando en mi fuero interno que fuera un hombre interesante y seductor. En realidad llevaba meses masturbándome con esa fantasía, serle infiel. Me tenía obsesionada la idea de liarme con otro hombre de una vez. Así que, cuando Martín me dijo que su amigo Rober se quedaría con nosotros un par de días, no pude evitar que mi pícara mente se pusiera a imaginar. –Roberto, desde luego suena bien.

Ya sé que sonará estúpido, pero conforme se acercaba el día me sentía inquieta y alterada, como una adolescente a mis 39 años. No le ponía cara, la verdad. Con eso que era viajero a lo mejor se parecía a uno de esos héroes aventureros, ummm…

Por otro lado, Martín es demasiado delgado como para resultar varonil, y con la escusa de ser alternativo va siempre bastante descuidado, con barba de tres ó cuatro días, vestido con lo primero que se encuentra al abrir el cajón del armario, etc. Además, ocurre que en la cama mi marido es poco innovador y nada transgresor. Tampoco es, digámoslo claro, de esos exageradamente dotados, de esos que sobrecogen a una mujer. Hace tiempo que no siento aquel deseo de que me penetre… Por Dios, ya lo he soltado.

Cuando mi marido me hace el amor ya apenas me divierto ni excito, y si intento llevar yo la iniciativa para disfrutar algo es inútil porque él eyacula enseguida. Así que en no pocas ocasiones acabo imaginándome que estoy con otro hombre, casi siempre el mismo la verdad. Uno de los chicos a los que rechacé en mis años de acné, aparato de ortodoncia y amor para toda la vida. El que fuera hijo del panadero de mi barrio, un chaval sin sustancia que nunca llamó mi atención pues me parecía un inmaduro como todos los de mi edad. Siempre pensando en divertirse, en las motos, en mentir a cualquier tonta para meterle mano, y sin más horizonte que continuar con el negocio de papa. Pero que por cosas de la vida, y unos disturbios en una manifestación, reencontré al cabo de un montón de años convertido en un oscuro subcomisario de Policía Nacional que según los cuchicheos, no sólo carecía de escrúpulos con los maleantes. Delgado, de un moreno casi pardo, y bien conservado a pesar de sus ojos de noches en vela y de las marcas de decepción en su rostro. Un hombre maduro como yo, que ahora me resultaba terriblemente atractivo, lamentándome de no haber intuido en su día aquella mutación.

La cosa es que unos días antes durante el recreo, soy maestra, incluso me había sorprendido a mí misma escuchando a una compañera en trámites de separación. Prestando atención a los detalles de papeleo, abogados, reparto de las propiedades, etc. Estaba hecha un lío. Aunque ya no estaba segura de seguir queriéndole, sí le necesitaba. Sufría por él, y no deseaba hacerle daño, hemos compartido mucho. Además, mi hija necesita a su padre.

Sin embargo, para qué nos vamos a engañar, yo siempre he pensado que soy una mujer atractiva, aunque mi marido dejase hace tiempo de hacérmelo saber. Quizás no esté hecha para alguien como él. Mido casi 1’70, salgo a correr a menudo lo que mantiene mi cuerpo a tono y mi piel bronceada. A pesar de ser madre ostento un culo menudo, mis pechos están en su sitio, y si bien ya no soy una chiquilla, mis ojos azul turquesa, nariz respingona, y dientes perfectos me siguen dando un aire fresco e inquietante para los hombres. Pero eso sí, las uñas siempre largas y afiladas para mantenerlos a raya.

En fin, siempre he creído que me merezco algo más, esa siempre ha sido una constante en mi vida. Un coche deportivo, una casa mejor, otro trabajo, y por qué no, un hombre que haga que me tiemble el pulso al acercarse y que me falte el aire cuando me mire. Alguien que me anime y ayude a hacer las locuras que dan sentido a la vida, y no que me reprima mis ganas de adoptar el perro que he deseado desde niña. Quiero disfrutar de una vez con alguien que me haga perder la razón, que me haga suplicarle sexo, que me trate como a su diosa pero me someta destrozándome de placer. Tengo que saber qué siente una mujer estando así con un hombre.

20 de Septiembre de 2018.

El día que llegó nuestro invitado me arreglé un poco más de lo habitual. Ya era media tarde, por lo que quería que mi aspecto fuera el ideal para salir de cañas por ahí. Me puse informal, pero mona. Vaqueros pirata ceñidos de color claro (las faldas no me van) y blusa blanca entallada que acentuara mis pechos y mi piel morena. El pelo, rizado y con mechas rubias naturales, en un recogido sexy, apenas maquillada, lo justo para resaltar mis ojos azules y labios sugerentes, y por supuesto, taconcitos (sé que suena engreída, pero una mujer conoce sus armas).

A las 17h sonó el timbre, y Martín que estaba en el despacho fue a abrir. Entonces lo vi…

Me quedé impresionada, quiero decir, no era el tipo de hombre que me imaginaba, no sé, tipo Indiana Jones con ropa caqui, no, nada de eso, era un caballero corpulento, moreno, elegante y fresco a pesar de los años vividos. Con pelo muy corto y mirada intensa, dientes blanquísimos y facciones marcadas entorno a una sonrisa inquietante de chico malo… Y Dios, ¡qué brazos!… Llevaba una camiseta entallada de color gris, que dejaba a la vista unos bíceps fornidos de piel tostada y unas grandes manos que sujetaban como si nada su equipaje.

Después, al pasar me fijé que con tacones no era más alto que yo. Me fijé en sus vaqueros envejecidos, en su trasero redondito y en ese bulto al lado izquierdo de la cremallera. Caminaba altivo, casi arrogante sobre unas sandalias, y en el tobillo derecho intuí un misterioso tatuaje. Me quedé como tonta mirándolo, admirándolo.

-Rober, te presento a mi mujer, Adoración. Bueno, Dora.

-Dora, un placer conocerte. Me dijo acercándose. Mirándome a los ojos me dio dos besos en las mejillas. Su olor era una mezcla de alguna fragancia sport y sudor, muy intenso y masculino. Olía a un hombre seguro de sí mismo y te hacía sentir a salvo a su lado, pues parecía de esos tíos con nervios de acero que siempre lo tienen todo bajo control. Cuando Martín se apartó, me quedé inmóvil mirando sus ojos, de un verde ceniza que parecían escogidos para su tono de piel y su cabello negro. Era un sueño hecho realidad. Comprobé por el hueco de su camisa que llevaba un colgante metálico, era un silbato metálico sujeto al cuello con una cuerda negra. Vamos, un tío sexy, muy sexy.

-Hola, soy Dora. Encantada.

Así empezó un tonteo de miraditas que de una forma u otra parecían destinadas a encontrarse. Tenía una mirada apasionada que volverían loca a cualquier mujer, pero él también se fijó en mí, estaba segura, y no pude evitar sentirme afortunada, orgullosa y algo más…

Ese fue mi primer encuentro con él. El resto fue un sueño, un sueño húmedo como jamás habría imaginado.

Durante la tarde preparé una cena especial para darle la bienvenida a nuestro huésped. Luego me duché. En la ducha, miré la cuchilla de afeitar y pensé que tal vez… bueno, decidí afeitarme un poco el pubis, quedándome por primera vez en mi vida con sólo unos tres centímetros de pelo justo en el centro, y que luego dejaría bien cortito con las tijeras. Al principio me sentí extraña, pero más sexy. Me miré supuse que así quedaba más sensual, más exquisito y lo rematé con tres gotitas de colonia de mora de Ives Rocher que va tan bien ahí. Es un aroma fresco y ligeramente dulce que siempre me sugiere encuentros comprometidos. No quise ni plantearme la razón por la que lo hice, me apeteció y ya está.

No podía dejar de pensar en cómo me había mirado, atravesándome el alma. Creo que yo le había mirado igual a él, como lo haría su propio reflejo en un espejo. Ansiando estar cerca de él, deseando que él me diera todo el placer del mundo.

Después me fui al dormitorio y muy nerviosa me dispuse a arreglarme un poco. Me miré en el espejo y me puse de perfil. Bueno, a pesar de mis “treinta y tantos” me considero una mujer atractiva para los hombres, recuerdo que pensé. Bien formada, alta, con un trasero respingón de esos que tanto les gustan a los hombres.

TOC – TOC – TOC

-¿Sí?

-Disculpa Dora… (era Rober desde el otro lado de la puerta) ¿Puedo utilizar la ducha?

-Claro, estás en tu casa. Dije lo más normal que pude, añadiendo. Tienes toallas limpias en el armario. Guau, al descubrir que ese hombre estaba ahí mismo sonaron todas las alarmas de mi cuerpo, dejándome sin respiración.

-Vale, gracias.

Hubiera querido decirle que entrara, y preguntarle si estaba guapa así ó si prefería que me pusiera un vestido. Pero no lo hice, evidentemente. Pero, sí decidí ponerme uno de mis favoritos, un vestido “camisón” negro con bordados muy elegantes y que me quedaba a medio muslo. Dudé un instante si llevar medias o pantis. Provocadora, quise probar unas medias muy discretas que mi marido me había regalado, color carne y aspecto suave. Inconscientemente deseaba estar deslumbrante, y por supuesto no pensaba pasar desapercibida esa noche. Pasé a decidir que zapatos me pondría, después me repasé el maquillaje y me recompuse el recogido sexy, dejando unos mechones caídos a cada lado de la frente. Me puse unas gotas de Cocó Channel y unos comedidos zapatos de tiras sin apenas tacón, para que se apreciaran mis uñas pintadas color morado.

Al salir de nuestra habitación escuché el agua. El tío se estaba duchando y no había cerrado la puerta. Me pregunté si no lo habría hecho de forma intencionada, pero recordé que el pestillo de esa puerta hacía meses que no funcionaba y que Martín no hacía caso de arreglarlo. Mi marido estaba en el salón, tenía la tele encendida. ¿Y si…? Al menos un vistazo, ¿qué mal hacía eso a nadie? No era nada malo… sólo deleitarme un poquito, calmar mi inquietud con una miradita inocua que no haría daño a nadie. Además, seguro que la había dejado abierta para inducirme a pecar, pero como la puerta quedaba justo al lado de la ducha sólo implicaba acercarme y mirar un instante… sin fisgonear ni hacer nada. Caí en la tentación, e intentado no hacer ruido me aproximé un poco a la puerta del cuarto de baño.

Como una cazadora furtiva, dirigí mi mirada hacia esa presa prohibida. Yo, una mujer casada mirando a otro hombre enjabonándose el pelo con champú con los ojos cerrados, ¡Qué músculos!, ¡Qué brazos! ¡Qué todo! Apenas cabía en nuestra ducha, Dios mío. Entonces, se giró para coger el gel de la repisa al otro lado y pude intuir unos grandes pectorales. Tenía el cuerpo de uno de esos nadadores de los Juegos Olímpicos. Su piel era morena, sus hombros robustos, sus brazos enormes y su vientre plano, y su sexo… Tenía la polla a media erección, ligeramente levantada, y se le balanceaba de un lado a otro al mismo ritmo que la esponja recorría su cuerpo, tan grande, tan amenazante que no me sorprendió cuando noté seca mi boca sin poder cerrarla. Alucinada e inquieta por mí descaro, al girarse vi cómo se tambaleaban sus testículos. Eran como, no sé, como dos pelotas de golf, lo juro. Impresionante. Tuve que moverme como si estuviera haciéndome pipí, cruzando las piernas para aguantar cierta sensación de incontinencia. Finalmente, me llegó ese olor corporal tan fuerte, tan explícito, tan salvaje y delicado al mismo tiempo… De pie en la puerta del baño pensé que si aquel tío me calentase la cama, yo misma lo bañaría después agradecida.

-¿Dora Cariño?

Di un respingo. Era mi marido, voceando extrañado desde el salón. El corazón me latía a mil por hora.

-¡Dime, amor! ¿Qué quieres?

-Vienes ya ó qué.

-Tengo… que hacer pipí y está ocupado.

-¿Está Rober?

-Sí.

-Pues ve a nuestro baño.

-Ya. A eso iba.

Me fui corriendo y me encerré en el baño de nuestro dormitorio. Estaba atacada, el corazón desbocado. La mezcla del miedo a que mi marido me hubiera pillado, y lo cachonda que me había puesto la imagen de aquel tío duchándose hizo que perdiera los papeles. Me subí el vestido y vi que estaba mojada, ¡mis braguitas! Pensé cayendo en la cuenta de que hacía años que no me pasaba aquello. Me toqué por encima y sentí el tejido empapado en mis dedos. Apoyada sobre el lavabo, sin darme cuenta de lo que hacía, empecé a batir en mi sexo aquel fluido transparente.

Con los ojos cerrados, me esforzaba por recordar aquel vistazo a la polla del amigo de mi marido. ¿Qué me ocurría? No dejaban de volar en mi mente los tormentos a los que me podría someter. Esos brazos, me aguantarían suspendida abrazada a él mientras me clava en su polla ó me acariciaría la espalda mientras yo le galopo en el suelo; Esa polla, me obligaría a chupársela de rodillas ó me comería él el coño abierta de piernas sobre la mesa; Ese cuerpo divino, me zarandearía como a un animal mientras me somete a cuatro patas ó se mecería dulce sobre mí en la cama;  Esa boca, ¡ah!, ¡ah!, ¡¡AH!!…

Me había metido varios dedos de mi mano derecha mientras me frotaba, hasta que un orgasmo maravilloso mi hizo desfallecer, obligándome a agarrar el grifo para no caerme al suelo. Allí estaba yo, con las bragas a medio bajar, fantaseando con ese hombre, disfrutando de la imparable propagación del orgasmo por todo mi cuerpo, ¿por qué? ¿Por qué no podía controlar aquello? Esperé unos minutos para serenarme, luego me limpié. La primera noche iba a ser muy difícil con aquel tío en casa.

Durante la cena, apenas pude probar bocado. Mi marido se sentó a mi derecha, y Rober se puso frente a mí. Llevaba un polo azul marino, ajustado, de cuello tunecino con una fila de botones abiertos hasta dejar entrever su pecho. Aquel colgante adornaba un torso musculoso y perfectamente definido. Tampoco pude apartar la mirada de sus brazos. Sus bíceps se abultaban con cada leve movimiento, y esas venas que los recorrían. Nunca creí que la visión de unos brazos así me alteraría de esa manera.

Confieso que al comienzo de la cena, pensé excitada que quizá Rober aprovecharía nuestra posición en la mesa para tratar de tocarme por debajo. Que acariciaría mis tobillos con sus pies descalzos, subiendo hasta donde le resultara posible. Aquella  idea junto al hecho de que nuestras miradas se cruzasen o mejor dicho, chocasen de forma continua me provocaron de tal forma, que pronto me di cuenta de que la fuerza de mis pezones comenzaba a poner a prueba la tela bajo mi escote.

Pero a medida que avanzaba la cena y ver que nada de eso ocurría, cierta desilusión fue haciendo presa de mí. Contrariada, no podía evitar sentirme decepcionada al tiempo que me relajaba darme cuenta de que me había dejado llevar por unas estúpidas e insanas fantasías.

-¿Voy por más vino? -preguntó mi marido.

-Por mí de acuerdo -dijo Rober levantando su copa casi vacia y dedicándome el último trago cortésmente.

Con mi marido en la cocina me sentía indefensa, no me atrevía a mirarle a los ojos. No quería perder los estribos.

-Estás preciosa, Dora.

-¿Cómo? -pregunté.

-Estás deslumbrante con ese vestido -me dijo mirándome intensamente con sus ojos verdes.

-Gracias.

-Y esa colonia que llevas, casi no me deja pensar. Es muy sensual, ¿cuál es?

– Cocó Channel.

-Channel. No, no puede ser. Tú hueles como flores de verano, como un jardín que hay a orillas del Bósforo. ¿Has estado en Estambul?

No contesté. Estaba petrificada. Rober había olido la colonia de mora con la que me había impregnado el pubis. ¿Cómo? No era posible. ¿Por qué diablos tardaba tanto Martín?

-Si supieras como me la estás poniendo… Prosiguió -Te haría el amor ahora mismo, aquí, encima de la mesa si tú lo desearas.

-¿Perdona?

Joder, joder. ¿Qué había dicho? ¿Había oído bien? Disimulé como si no hubiera oído nada ya que mi marido volvía a la mesa.

-Aquí traigo el vino. No lo encontraba. Un Cinco Almudes, tú preferido ¿no, Rober?

-¡Estupendo! ¡Ahora mismo no querría otra cosa! -exclamó Rober guiñándome un ojo.

Incómoda, me levanté inmediatamente. Estaba tan nerviosa que volvía a tener ganas de orinar.

-¿Qué te ocurre cariño? -me preguntó mi marido.

-No nada, tengo que ir al baño, perdonad.

Cuando pasé al lado de Rober vi su mirada de deseo, y tuve tomar aire para no tirarme sobre él como una leona en lugar de seguir caminando hacia el baño.

Llegué hasta el servicio y me encerré dentro. Otra vez en el cuarto de baño, pensé. No comprendía cómo me había encoñado con aquel hombre de esa forma, me tenía loca, como una adolescente en plena ebullición hormonal. Era increíble la atracción que sentía, me palpitaba el corazón como se me fuera a dar un infarto, sentía cosquilleos por todo el cuerpo. ¡Me mojaba entera con solo acercarme a él! En ese momento, tocaron a la puerta.

-¿Dora? ¿Te encuentras bien?

¡Era Rober!

-Sí. Salgo enseguida.

¿Cómo había dejado a mi marido en el salón? Qué pensaría allí solo sin saber qué ocurría. Martín parecía confiar ciegamente en él. Seguro que Rober le habrá dicho que él vendría a revisar que todo iba bien, como es enfermero…

Abrí la puerta y Rober se abalanzó sobre mí. Yo me resistí débilmente, intenté apartarlo pero él ya me devoraba el cuello. Me inundó de su fragancia, fuerte, dura, implacable. Aquello me volvió loca y le besé. Le besé como si le hubiera estado esperando cien años. Nuestras lenguas se revolvieron con fuerza, nerviosas e impacientes.

-Rober, déjame. Nos va a ver.

-Por Dios, Dora. Eres una mujer increíble, fascinante. Ojalá te hubiera encontrado antes que él.

-Mi marido… shhhh, ¿está en el salón?

Él no me respondió sino que me metió mano por debajo de la falda, acariciándome sobre las bragas, apretándome el culo con brutalidad.

-Tienes unas piernas tan sexys. Me encanta que te hayas pintado las uñas de los pies. Lo has hecho para mí ¿verdad? Me estás volviendo loco.

-Oh Rober, déjame, déjame por favor. No, así no.

Sin dejar en ningún momento de besarme con angustia, las manos de Rober avanzaban imparables hacia su destino en mi cuerpo y pronto, apartándome las bragas a un lado, sentí que empezaba a hurgar con uno de sus dedos en lo más profundo de mí ser, en mi sexo. Yo luchaba por no entregarme a él, por no ceder a la tentación, al hambre. Pero ya no podía oponerme, en aquel instante mi cuerpo era suyo, y mi piel arcilla que Rober moldeaba con sus manos. Así que no tuvo problemas en meterme aquel dedo al que acogí con frenesí dentro de mí.

-Rober, ¿Qué haces?

-Sssh, ¿por qué no? Es lo que quieres, lo sabes igual que yo. Desde la primera vez que  te vi.

Intenté huir, negarme, pero claudiqué, caí y… empecé desquiciada a comerle la boca a aquel hombre. Los siguientes diez segundos se consumieron pesadamente, como la mecha de un cartucho de dinamita.

-¿Estás mejor? -preguntó enseguida mi marido desde la puerta del cuarto de baño.

Rápidamente nos separamos. Me alisé el vestido y me recompuse.

-Ya parece que está mejor -dijo Rober con tranquilidad-. Debe haber sido una bajada de tensión como te he dicho. Hoy ha hecho mucho calor.

¡Casi nos pilla mi marido! Pensé.

-¿Qué te pasa, cariño? ¿Estás muy colorada?

-Oh, nada amor. Estaba un poco mareada, pero ya estoy mejor.

-Vaya, quieres que vayamos al médico.

-No, no, gracias. Debo de estar a punto de empezar con la regla.

Miré a Rober justo antes de incorporarnos a la mesa, sonreía con los ojos entrecerrados. Es un cabronazo, quién se cree que es para tratarme así.

Una vez en la mesa, brindamos con vino. Martín dijo algo así como “Por nosotros” y chocamos las copas. Cuando tomé el primer sorbo me distrajo aquel frenesí que habían dejado los dedos de Rober dentro de mí. Casi me atraganté con el vino ya que por la rugosidad de sus manos, casi tenía la sensación de haber tenido un pene en mi vagina segundos antes. Era como esa extraña sensación de gustazo cuando haces pipí después de estar mucho tiempo aguantándote. Me puse la mano en la frente, agaché la cabeza y me mordí el labio para no gemir. Tuve que cruzar las piernas, y entonces miré hacia Rober totalmente alborotada. ¿Cómo se ha atrevido? El muy sinvergüenza.

-Dora, estás muy rara. Dijo mi marido visiblemente preocupado. -Será mejor que vayamos al médico. Tal vez te haya sentado algo mal.

-Qué no. No insistas Martín, no me pasa nada, será el vino. Dije al tiempo que trataba de atenuar aquella incómoda sensación de gustazo vaginal e intentando hablar con naturalidad, pero fue un desastre. No podía soportarlo, tenía el coño perturbado, tanto que empecé a pensar que quizá Rober me hubiese puesto algo ahí.

Dios, suplicaba con la mirada a Rober, mientras cruzaba y descruzaba las piernas para soportar las oleadas de gozo. Mis bragas estaban empezando a filtrar la humedad de mi entrepierna, estaba teniendo como pérdidas, era muy raro y de seguir así pronto se empaparía la tapicería de la silla.

De pronto, Martín se agarró a la mesa casi tambaleándose.

-Vaya sueño que me ha entrado… Joder…

-Tío, no estás acostumbrado a beber o qué – le preguntó Rober con tono de sorna.

-Pues no sé. Todo me da vueltas…

-¿Qué ocurre? -pregunté mirando primero a mi marido y luego a nuestro invitado, ya que algo me decía que él tenía algo que ver con el malestar de mi marido. Y qué guapo es, arrrghhhhh. Que rabia me daba pensar eso.

-Martín, vaya sueño te ha entrado, si te hubieras echado la siesta… Será mejor que nos vayamos todos a dormir.

Martín hizo ademán de levantarse, pero se derrumbó sobre la mesa.

-Martín, ¿estás bien? ¿Nos vamos a la cama? ¿Qué le has hecho? Le has echado algo en el vino, ¿verdad? -le pregunté muy alterada a Rober.

-Tranquila, es sólo Valium de un miligramo, nada más. Lo que pasa es que mezclado con vino… Estará durmiendo como una marmota hasta mañana.

-Y a mí, que me has puesto a mí. Tengo el coño ardiendo, imbécil.

-No, Dora. Perdona pero tú te has puesto así solita. Lo que pasa es que nadie te ha dado lo que yo. Dijo Rober con cierto enfado, levantándose de su silla.

-Bueno, ya basta. Será mejor que hagamos algo, no lo vamos a dejar aquí hasta mañana. Rober cogió a mi marido como a un niño pequeño y lo llevó a nuestro dormitorio de matrimonio. Yo fui detrás alucinada y un poco asustada. Lo dejó en la cama, le soltó el cinturón y le quitó los zapatos.

-Pero… es qué estás loco… seguro qué no le pasará nada -pregunté como una boba.

-No, a él no… a ti. Sé cuando una mujer piensa en comerme la polla. Dijo mirándome a los ojos, como acusándome de ser yo la culpable por no controlar mi deseo.

Ufff. Sonó tan implacable, tan duro, tan chulo que me deshice literalmente. Noté las rodillas débiles y casi no me pude sostener en pie. Él me cogió con sus fuertes brazos y me besó. Le daba lametazos a mi lengua y yo cerraba los ojos como una universitaria en su primer beso.

-¿Por qué haces esto? Dime…

-Creo que está bastante claro, por ti. He pasado al otro baño después de que salieras, sabes. Lo has perfumado con el olor de tu sexo. Tú olor me ha vuelto loco, Dora.

-Cállate por favor.

-Ya eres una mujer, no una chiquilla. Una mujer lo que necesita es un hombre que la folle bien y la deje muerta de gusto. ¡¡Sí o No!!

-Sí ó no. Repitió ante mi silencio.

-ssSí. Mascullé.

Humillarme así fue el no va más. Darle la razón era como suplicarle a aquel hombre que me follara. Eso hizo prender hasta el último poro de mi piel, y aquel fuego me lleno de energía para lo que estaba por llegar.

-Es más, ¿seguro que quieres hacerlo aquí? Me preguntó Rober tendiéndome en la cama, ¡¡JUNTO A MI MARIDO!!

-No, aquí no. Supliqué.

-Se lo tiene merecido Dora, si tú fueras mi mujer cuando vinieran a cenar mis amigos ó tus amigas, te obligaría a chupármela debajo de la mesa. Imagínatelo, cuando salieras de debajo todos sabrían quién es tu hombre.

-Calla, cállate Rober. Hazme lo que quieras.

Rober sonrió al tiempo que se escurrió hacia los pies de nuestra cama. Se entretuvo un buen rato en lamerme los deditos de los pies, sin quitarme los zapatos. A él le deben volver loco los pies. Su lengua era como una serpiente venenosa deslizándose entre mis dedos, capaz de lamerlos, saborearlos, y devorarlos. Catando después con sus labios cada centímetro de mis piernas, mordiendo, besando, explorando con la punta de su lengua la cara oculta de mis piernas.

Volvió sobre sus pasos y se dedicó a lamerme el empeine, los tobillos, los gemelos, pellizcándome la piel, comprobando su elasticidad y firmeza. Aquel preámbulo me estaba aturdiendo, me retorcía de cosquillas y placer, reía y gemía a partes iguales. Sus mejillas rasposas sobre mis piernas, su lengua, sus labios. Subiendo y subiendo, ummmmm, hasta conseguir apartarme las bragas y llevarse a la boca mi sexo. Sexo que en realidad, ya era suyo pues yo se lo entregaba completamente embriagada por las delicias de aquel hombre.

Recuerdo que no dejaba de pensar.  -Soy una “puta”, estoy casada pero abierta de piernas como una “puta”, y me muero de ganas de que este tío me coma el coño hasta que me mate… Era extraño, no podía dejar de pensar esa clase de cosas. Tantos años casada y Martín y yo nunca habíamos hablado sobre si nos permitiríamos alguna infidelidad. Pero ya era tarde para eso, mientras pensaba en las situaciones más rocambolescas, Rober había llegado a mi sexo y estaba dedicándole toda su atención, revolviendo con su lengua aquel cenagal pringoso e indecente.

-Estás muy mojada, Dora. Mírate, tienes las bragas empapadas.

-No, eres tú. Es por tu culpa, yo no soy así… Dije intentado excusar mi obsceno comportamiento.

Rober se acomodó y volvió a meter uno de sus dedos en mi interior. Entonces buscó con tiento mi clítoris y se puso a jugar con su lengua alrededor. Yo lancé un chillido muy infantil, cuando vi que intentaba romperme las bragas. Era excitante, salvaje. Un animal salvaje enfrentándose con ferocidad a mi delicada lencería.

-Bonitas braguitas.

-Cómetelas, cabrón -dije fuera de mí. Hacia vibrar su dedo cosquilleando en mi vagina y ya empezaba a no poder soportar aquello.

Rober me sonrió y me empezó a chupar y a morder.

-Delicioso, y recién arregladito, ¿verdad Dora? Lo sabía, te mueres de ganas ¡eh, zorra!

-¡Sí, cabrón! Es todo para ti. Cómetelo. Le dije.

Me encantaba que utilizara esas expresiones tan fuertes conmigo, “zorra”, ¡¡OH, Sí!! Así me sentía: Una zorra desesperada porque Rober recorriese con sus manos todos los caminos de mi cuerpo, porque hallara cada senda en mi piel.

El chapoteo en mi sexo sonaba alto y claro. Yo pellizcaba la almohada, la mordía, me metía la mano en la boca para no gritar. Pero entonces, Rober suavizó y se puso a lamerme el coño con una delicadeza y dulzura suprema. Dibujó con la punta de su lengua las letras del abecedario sobre mis húmedos labios. La A empezaba desde mi clítoris, dos líneas y luego cruzaba los labios de derecha a izquierda. La B fueron dos delicados círculos, con uno envolvió mi clítoris y con el otro la entrada de mi sexo. La C, un arco fascinante desde el clítoris hasta el mismísimo ano. D, F, G, H –Ummmmm, me volvió loca ya que rozaba el clítoris sin tocarlo, la mejor fue la minúscula “i” ya que el tío repasó verticalmente toda mi rajita y al final se puso como loco a succionarme el clítoris… Y estallé de gusto. Su dedo jugueteando y la lengua de aquel tío, eran una combinación difícil de tolerar por mucho tiempo. Grité, y grité mi orgasmo y todo el caudal de placer que derramé se vertió mojando hasta la colcha de la cama.

-Mmmm, no has aguantado mucho. Dijo mirándome con sus turbadores ojos verdes mientras que me iba bajando lentamente las bragas. Por fin.

-Qué hijo de puta eres… Le grité exhausta. Cuando lo que pensaba en realidad es que ese hombre debía ser el ángel más bondadoso que habría en el Cielo, sólo que con una lengua perversa.

Martín dormía como un tronco, como se duerme una borrachera, con un hilo de saliva brillante recorriéndole la mejilla izquierda. No se había movido ni un milímetro de donde Rober lo había dejado. Tenía cara de estar durmiendo a gusto, aun teniéndome abierta de piernas con la cabeza de su amigo enterrada en mi sexo depilado.

Yo mientras seguía admirando como si fuera de una obra de arte a Rober, que se afanaba en llevarme a un nuevo orgasmo. Sus robustas piernas, la línea perfecta de sus caderas, un abdomen firme coronado por un ombligo diminuto, unos brazos fuertes y hermosos, y una maliciosa sonrisa que me enloquecía. Podía adivinarse su erección abultando la entrepierna de su pantalón. Toda su piel era parda, bronceada, debía hacer deporte con frecuencia al aire libre para mantener esa complexión y ese color. Su cabello oscuro, muy corto para difuminar sus entradas…

Entonces, fue pasando su dedo índice por la cara interna de mi brazo, acariciándome sin apenas tocarme. Reconozco que eso me vuelve loca, y él lo tuvo que notar pues el vello de mi brazo se erizó a medida que su dedo quemaba mi piel. No me preguntéis como ni porqué, pero aquel hombre parecía conocer todos los secretos del cuerpo femenino. Sin siquiera haberlo pensado descubrí mi mano encima de su pierna y empecé a hacer lo mismo que él me hacía. Deliberadamente mi dedo subió más de lo debido y pude notar como topaba con algo duro, inmediatamente nuestras miradas se cruzaron y sin cortarse un pelo me mordió la boca. Al principio rehuí su lengua girando la cabeza, pero entonces él comenzó a lamer mi cuello, justo debajo de la oreja. Poco a poco le fui aceptando. Ya no había vuelta atrás, y me iba relajando cada vez más dejándome llevar.

Entonces, sin avisar me soltó un fuerte azotazo en el trasero que sonó por toda la casa, y luego otro más. Pero aquello no me resultó agresivo, ni violento, no, no era un castigo, ni un ataque, sino la simple exigencia de sometimiento.

Metió su mano entre mis piernas, sabiendo lo que buscaba. Yo me recliné un poco más para dejarle maniobrar y sus dedos se abrieron paso de nuevo entre mis otros labios, debía estar empapadísima porque casi al instante tenía su dedo corazón moviéndose con plena libertad dentro de mí. Yo hice lo mismo, subí mi mano izquierda a su bragueta y ante mi torpeza de no poder bajarla, él me ayudó. La metí dentro y me encontré un pene de tamaño normal, aunque aún no estaba totalmente duro. Yo no había tenido relaciones anteriores, así que me llamó la atención que estaba operado de fimosis, ya que mi marido no.

Me estaba devastando con solo un dedo. Mi sexo respondía otra vez a su provocación con un estallido de lubricación, que hizo que pronto se volvieran a distinguir rumores de un chapoteo indecente entre mis piernas. Con mirada picara y cara de traviesa le miré a los ojos, mientras le sacaba el miembro del pantalón, se lo agarré con suavidad y empecé a masturbarle como pude con mi mano izquierda. De pronto hizo algo que no me esperaba, mirándome sacó sus dedos de dentro de mi sexo y me los puso en los labios. El olor jugoso y embriagador de mi sexo invadió mis fosas nasales. Sus ojos de deseo y asombro me hicieron sentir orgullosísima de mi propio coño, totalmente pringoso, ávido e inmoral. Mi cara de éxtasis hizo que repitiera esa operación. Entonces yo solté su pene y me llevé la mano a la nariz inspirando con afán su aroma masculino. Eso tuvo que ponerle a cien, ya que noté claramente como su respiración se aceleró.

Mientras yo subía y bajaba mi mano agarrando con firmeza la segunda polla de mi vida, él pasó su brazo de manera que pudiese agarrarme uno de mis pechos.

-Deja que tu maridito descanse, esta noche yo me ocuparé de ti.

Los dedos de Rober chapoteaban en mi sexo. Luego se desabrochó el pantalón y se sacó la polla tiesa y grande, más esplendida, maravillosa de lo que había imaginado. Supe que iba a empezar a follarme, pero le detuve.

-¿Qué ocurre? Ahora, te sientes culpable.

-No, quiero chupártela antes… Sólo se la he chupado a él, y quiero la tuya.

-¿Te gusta?

-Ajá… me la comería entera si pudiese. Dije asintiendo con mirada felina y malévola.

-Ven aquí, anda.

-Gracias… gracias Rober por dejarme chupar tu maravillosa polla. Fingí con voz de señorita fina, me puse a mil interpretando ese rol de sumisión tácita. Él sonrió y se sentó sobre la almohada con las piernas extendidas, mostrándome sus dotes masculinas. Levantó sus musculosos brazos y agarró los hierros del cabecero de forja. Su sonrisa era malvada, sinvergüenza, prepotente, y… tan perfecta.

Cuando me enfrenté a aquel rabo puse los ojos como platos. Era como un mástil robusto, respingón y del tamaño de una banana caribeña de esas con las que todas las mujeres han fantaseado alguna vez.

-Es… ufff… -me mordía los labios totalmente fascinada por aquel miembro viril. Lo acaricié con mi mano derecha, arañándolo cariñosamente con mis largas y cuidadas uñas. La imagen de mi alianza de casada pegada a aquellas venas como tuberías me pareció algo casi grosero, pero increíblemente excitante. Aquel jugueteo parecía gustarle mucho a Rober ya que empezó a echar la cabeza hacia atrás.

-Los huevos, nena, pasa tus uñas.

Y yo arañé aquellos kiwis afeitados con mis uñas, cosquilleando sus testículos.

-¿No la querías probar?

Por respuesta, se la sujeté por la base con sólo dos dedos, me arqueé, y me la metí en la boca succionando con todas mis fuerzas, saboreándola con pasión. Ya no me importaba que mi marido se despertara y me viera haciéndole una mamada a aquel desconocido, estaba trastornada por el deseo. Una mujer, aun casada y madre tiene necesidades, y aquel hombre irresistible estaba preparado y dispuesto a aliviarlas.

Empecé a lamer su polla de arriba abajo, a lo largo, deteniéndome en la cúspide para saborearla. Su glande era gordo, esponjoso como un boletus, y yo lo saboreaba en mi boca con verdadera delicia. Después traté de meterme todo lo que pude y aún sobresalía casi la mitad.

-Mmm… Está buenísima, que pena que no me quepa.

-Eso te gusta ¿verdad? Que no te quepa… ¿a que sí?

-Sí.

Rober había apoyado una mano en mi nuca acompañando los movimientos de mi cabeza, pero sin tratar de forzarme sino como ayudándome con delicadeza a chupársela mejor. Me la tragaba cuanto podía como una víbora que devora su presa, sólo que esta vez yo era la fiera que engullía una y otra vez aquel animal que se alzaba rígido y arrogante, dejándola luego resurgir muy lentamente entre mis labios fruncidos para el deleite de Rober.

-Oh sí, Dora. Qué bien lo haces, eres única nena… Ya estabas aburrida de los polvos rápidos de éste, que ni se quita los calcetines para dormir. Ya necesitabas comerte una buena polla. A alguien que sepa tratarte como si aún fueras virgen unas veces… y como a una zorra otras, en vez de un cura pálido y abatido como él.

-Rober, no seas así, cállate por favor. Le suplicaba mientras no dejaba de chupar como loca aquella polla inabarcable. Pues sólo tenía ojos para aquel sexo que devoraba como una mantis cruenta y caprichosa, pues era el sexo del hombre que me tenía borrados los puntos cardinales de la voluntad.

Entonces, me dio una bofetada en la cara, seca, no muy fuerte pero que me dejó paralizada por un segundo.

-¡Los dientes, nena! ¡Ten cuidado!

-Lo siento.

-Sigue. Cómetela zorra.

Aquel trato vejatorio logró que estallara en mí una auténtica furia sexual. Me puse loca perdida y creo que le hice la mejor mamada que había hecho en mi vida, o al menos lo intenté perdida en la angustia de un deseo sin futuro.

-Para, para,  ¡¡Joder qué bien lo haces!! Tienes una boca fantástica, Dora. ¡Ven aquí!

Me cogió del pelo y me obligó a ponerme a cuatro patas, e igual de salvaje y sin ningún miramiento, agarro su polla y me clavó penetrándome hasta las entrañas. Lancé un grito de estupor y placer. Pero él continuó. Continuó hundiendo en mí toda aquella cosa, sacudiéndome con rudos embates hasta lo más profundo de mí ser. Toda la cama se agitaba como en un terremoto, moviéndose al ritmo que imponía Rober en mi trasero, y… perdí la razón.

-¡¡Sííí!! ¡¡Sííí!! ¡¡FÓLLAME!! ¡¡FÓLLAME!!

Rober me hacía sentir tan llena y orgullosa, no sé cómo explicarlo, su polla parecía llegar a sitios donde ningún hombre había llegado, tan hondo, tan profundo que me sentí invadida hasta el alma. Sin detener ni un momento su brutal forma de follarme, haciéndome zarandear, obligándome a hundir mis largas uñas en la colcha de nuestra cama. Al mismo tiempo, lamia con su lengua mi nuca, mis orejas ó apartándome el pelo me mordía allí donde se unen el cuello y los hombros.

– ¡¡Joder, qué bien!!    ¡¡Ahh!!    ¡¡Joder!!   ¡¡Joder!!   ¡¡Joder!!

– Oh, Dora, me encanta tu culo, zorra. Bramaba Rober, azotándome con fuerza el trasero varias veces, maltratándome, arañándome la espalda, agarrándome el vestido negro por donde me sujetaba a modo de riendas, tratando de domarme.

Me estuvo follando como una perra un buen rato, no sé cuánto, lo que él juzgó suficiente. Hasta que su polla me concedió una pequeña tregua en aquella especie de adiestramiento para señoras casadas. Himpas que aprovechó para pasarme sus manos por debajo de las axilas, y tirando de mis hombros hacia él me incorporó lo suficiente para que mis manos no alcanzaran a apoyarse sobre el colchón.

Nuestros cuerpos describían una “V” desnivelada hacia delante, yo en vilo sobre nuestra cama de matrimonio, sujetada por el amante cuyo miembro latía furioso en mi bajo vientre.  Ofrenda, a la que respondí arqueando cuanto pude el final de mi espalda para acogerlo tan adentro de mí como pudiese.

Entonces, en aquella postura inverosímil Rober reinició el tempo de su diapasón en mi tensado pandero, lo cual tuvo como resultado que mis pechos comenzasen a botar agitadamente. Aquella visión me cautivó. Mientras él me seguía follando y sosteniendo en vilo, yo contemplaba embobada como mis tetas se balanceaban convertidas en péndulos hipnóticos, oscilando una y otra vez. Así que, aunque por un instante pensé sujetarlas, acabé posando mis manos en mis riñones para darles todavía más libertad. A veces oscilando simétricas y otras rebotando alborotadas e incontrolables.

– ¡¡Así, Dame!! ,  ¡¡más!!  ¡¡sí!!   ¡¡fuerte !!  Le pedí sin pudor y… ¡¡AH!!   ¡¡AaH!!    ¡¡AaaaH!!

Entonces, cuando mis músculos se tensaron, en el preámbulo irrefrenable de los atroces fogonazos del placer que me subían por las ingles, me acordé del amor y busqué con verdadero pánico la mirada de mi marido.

– Vaya, nena. Ya te has vuelto a correr. Si que tenías falta…

El tío impuso una velocidad endiablada a su cadera, y con el nuevo orgasmo casi me desplomo si no llega a ser porque Rober me tenía muy bien agarrada. La cama se agitaba con tanta fuerza que el cabecero metálico empezó a sonar contra la pared. Yo no dejaba de mirar a Martín. Era imposible que no se despertara con aquel escándalo. Por un momento, creí ver que los ojos se movían debajo de sus párpados cerrados. ¿Estaría despierto escuchándolo todo? Imaginé por un momento que era así, que mi marido era consciente de todo y que se hacía el dormido tal vez para no mostrar su humillación, por no haber sido capaz nunca de ponerme así. Aquellas ideas me turbaron animándome a ser más depravada aún, y me comporté como una auténtica furcia con su viril amigo… No, su amigo no. Mi amigo, mi mejor amigo.

-¡Rober!  ¡Quiero ponerme encima, vamos!

Me coloqué encima, buscando con una avidez innegable un trozo de ese hombre con que calmar mi deseo. Sin apartar mis ojos de los suyos, lo atrapé en mi mano apoyándolo en la puerta que yo misma le hice atravesar. Regalándome un gozo febril casi había olvidado. Cabalgué a Rober sin tregua durante un buen rato. Desbocada, movía mi culo en círculos mientras saltaba sobre él, dándole a las penetraciones un pequeño giro de cadera que nos proporcionaba a ambos un fulgor extra de placer. Reviviendo por fin esa plenitud codiciada y fatal.

-¡Oh, oh, zorra!  ¡Qué bien!   ¡Qué bien Dora!  ¡Sííí!  Se nota que has montado a caballo nena, joder si se nota y seguro que Martín te pagó las clases ¿verdad? No olvidaré darle las gracias… Joder, si yo fuera tu marido cabalgarías mi polla a diario nena.

Sus palabras encendían todo mi cuerpo, cada centímetro de mi piel quemaba con un calor abrasador. Saltaba rítmicamente sobre él en un ciclo infinito, jadeante y sudorosa.

-¡Adentro, adentro, más, más, más!  Gruñí apretando los dientes, trotando contundente sobre él, clavándole mis uñas en sus músculos.  ¡¡AaaaH!!  Gritaba entre gemidos, saltando y brincando sobre aquel morenazo pura sangre. Pero…  ¡¡No!!  ¡¡AH!!   ¡¡AaH!!    ¡¡AaaaH!!   ¡¡Joder!!  Me había vuelto a correr, quedando paralizada por el fuerte impulso nervioso que atravesó todo el cuerpo.

¿Qué me está haciendo? ¿Qué me pasa?  Me preguntaba apabullada, apretando mis piernas tratando de controlarme.  No sabía que una mujer se pudiese sentir así, estaba hiperexcitada, y cualquier estímulo me provocaba un nuevo orgasmo. Me quedé inmóvil, alucinada y ofuscada.

Miré a Martín. Seguía inmóvil, pero me dio la impresión de que sé sujetaba a la cama ante nuestros violentos envites, como tratando de no caerse.

-Si sigues un poco me correré en tu coño, Dora quiero llenarte de semen… -dijo Rober, ahora sí exhausto.

-No, no. Aguanta más, quiero más… Dije, y hubo un eterno instante de silencio durante el que Rober y yo nos miramos fijamente. Por primera vez pude intuir algo de sorpresa en su mirada. Éste era el momento para las locuras, yo estaba fuera de mí, no parecía yo. Él me enloquecía, era el apropiado, sobradamente dotado, hábil y arrebatador.

Me incorporé y me puse de nuevo a gatas, esta vez apoyada sobre mis codos, arqueando la espalda mientras miraba con odio a mi marido por haber llevado a aquel hombre hasta mí. Mi culo quedo apuntando hacia el techo de nuestra habitación, expuesto, prominente como un actor protagonista en medio del escenario. Rober, hizo una mueca de complacencia ante lo explícito y humillante de mi postura. Comprendió cuales eran mis intenciones, le estaba ofreciendo lo más sagrado, el altar que todos los hombres veneran para que él lo deshonrara sodomizándome. Nada había ya más intenso en mí, que él deseo de ser poseída por él.

Se apresuró, acercándose a mí, atacando mi grupa con su lengua mientras introdujo dos de sus dedos en mi vagina. Así paso un rato delicioso, comiéndome el trasero como si de un delicioso postre se tratara. Hasta que finalmente se incorporó y haciendo un alarde de flexibilidad fue a sentarse justo entre mi marido y yo. Para seguido, agarrarme del pelo y hacerme tragar literalmente su polla. Enseguida me di cuenta de qué lo que quería Rober era que no protestara, pues al instante noté como introducía su pulgar en mi culo sin mucha cortesía.

No me habría quejado, en realidad era yo la que estaba siendo saciada más de lo que una mujer podría anhelar. Martirizándome el trasero con su pulgar, había comenzado a frotar frenéticamente el clítoris con su dedo índice. Era un artista, un maestro manejando su sexo y atendiendo el mío. Lo demostró enseguida logrado sincronizar los movimientos de su pulgar en mi culo, y de su polla en mi boca. Aquel hombre tenía un talento especial para follar. Además un portento de resistencia, un semidiós en erección que me iba a redimir de todos mis años de fiel esposa.

Instantes después, note como me sacaba su pulgar, y rebañaba todos los flujos de mi sexo untándolos a continuación un poco más atrás. Un territorio nunca antes explorado pero que yo le brindaba, combinándolo a tomarlo como suyo. Y así fue, Rober me volvió a violentar el mismo orificio con al menos dos de sus virtuosos dedos. Serán el índice y el corazón, imaginé plenamente confiada en mi amante. Pues sí, Rober iba a ser el primero. El primer hombre al que permitía introducirme su hermoso miembro por el culo.

En aquel afanado prólogo, incluso le oí escupir en su mano un par de veces restregándome su saliva después, hasta que sacándome por fin la polla de la boca intuí que se disponía desvirgarme. Rober sabía que yo ya estaba preparada. Haciéndome recostar sobre la cama se tumbó detrás de mí, besándome en mi hombro derecho con dulzura, y apoyando con cariño su pecho contra mi espalda me lubricó por última vez con su espesa saliva.

-Así es mejor. Dijo, haciéndome entender que había sodomizado a otras antes que a mí.

Aquellas tres palabras me hicieron sentir tan segura y relajada envuelta entre sus brazos, tan exultante que ni siquiera me inquietó notar que apoyaba su pene contra mí. Estaba preparada. Anhelaba tenerle dentro.

Poco a poco, pero sin un esforzó exagerado fue aumentando su empuje, sometiéndome a un martirio sublime hasta que con la presión justa le sentí entrar en mí. No fue un suplicio doloroso como yo había pensado siempre, sino una sensación rara e inaudita por lo inverosímil del acto. Rober se quedó inmóvil, sin dejar de susurrarme halagos al oído que yo no llegaba a distinguir. Mientras me acostumbraba a él, sus manos navegaban con calma surcando mi piel en plena marejada, haciéndome sentir segura y protegida a la vez que dominada por él, entregada, sucia, y dichosa. Una vez sodomizada aquel malestar se fue mitigando, dando paso a un placer sucio y vicioso.

-Nunca te han dado por detrás, ¿verdad?

-No, no lo he hecho nunca,… despacio Rober, por favor.

-Claro Dora, cómo tú quieras. Aún es pronto, tenemos toda la noche para ti.

De pronto perdí los papeles y empecé a hablarle a mi marido.

-Martín cariño, a ti también te gusta esto, verdad. Pero no te atreves a abrir los ojos y poner orden en nuestra cama. Tu amigo me está follando delante de ti y tú, mi vida ahí callado, sin molestar… Gracias, amor, gracias. Esto es demasiado.

-¡¡Oh, Rober!!    ¡¡No te pares ahora!!

-¡Dora! ¿Qué haces? ¡Cállate! ¡Por Dios! -gritaba Rober fuera de sí, espantado por las cosas que le decía a mi marido mientras él me sometía, intratable y soberbio. Bombeando ahora sí su sexo con contundencia, ya que una vez acostumbrada a tenerle dentro mi culo no oponía resistencia alguna a sus arremetidas.

-¡¡Oh, amor!! – ¡Mira!,  ¡cómo!  ¡me folla¡¡ Ah!!… ¡¡ah!!… !. ¡Mira!  Exclamé como pude, jadeando al ritmo enérgico con que Rober me sacudía. ¡¡Ah!!… ¡¡ah!!… ¿Qué vamos a hacer? ¡¡Ah!!… ¡¡ah!!… Dime, ¡¡Ah!!… ¡¡ah!!…¿qué haremos ahora?   ¡¡AH!!   ¡¡AH!!    ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAH!!

Rober y yo nos corrimos enganchados como dos perros en un descampado. Él eyaculó vaciándose en mí, llenándome con su esencia viril cada rincón de mí ser, al tiempo que yo sentía por primera vez un orgasmo siendo sodomizada. Fue como si una pluma con forma de aguijón me rasgara a lo largo de toda mi espina dorsal. Mi musculatura se contrajo aferrando a Rober dentro de mí. Experimentando un estado de shock, conmoción, y un placer perenne que todavía perdura en mi memoria.

Nos quedamos tumbados unos instantes envueltos en el olor a depravación que emana de una mujer sodomizada, apurando las delicias que nos acabábamos de regalar. Aturdidos, esperamos a que su erección fuese cediendo por sí sola, pues una vez relajada sentía tal quemazón que me espeluznaba que Rober moviera su polla siquiera para sacármela. He de confesar que aquel indigno escozor en mi culo no era en absoluto humillante para mí, sino que hacía más vivo el deleite de tener el peso de ese hombre sobre mí, haciéndome sentir tan sometida y dominada como orgullosa y satisfecha.

Tendida boca abajo como estaba, Rober debió intuir mi tensión dando comienzo a un masaje sedante que me recorrió entera desde los dedos de los pies a la nuca. Bailó con sus manos empapadas en mí sudor en un sinfín de compases que adormecieron toda mi piel. Estremeciendo mis músculos con la fuerza necesaria, deshaciendo toda resistencia con un arte sólo al alcance del amante devoto que ha practicado años con dedicación, yendo y viniendo por cada nervio hasta hallarme el alma. Subyugándome los sentidos, adormeciéndome rememorando el cálido viento de verano, aquella suave brisa que vencía los altos chopos del patio de mi abuela a la hora de la siesta.

Una vez pasado el efecto narcótico de aquel último orgasmo que me permitía apurar los desastres de aquella tarde que me estaban rompiendo la vida. El tonar del campanario del Cristo del Perdón me espabiló. Sólo entonces, en un descuido reflexioné sobre lo que habíamos hecho. Me sentí asustada y una tramposa, con la sensación de haber llegado a un punto donde podía hacerme mucho daño. A la sazón miré a Martín que parecía seguir dormido, pero sólo lo “parecía”. Una visible erección debajo de sus pantalones de pana le delataba. Entonces comprendí que nuestra relación no volvería jamás a ser la misma.

21 de Septiembre de 2018, San Mateo.

La luz entra con maldad a través de la ventana de la cocina. Martín y Rober ya se habían marchado cuando desperté. Hoy es día festivo en Cuenca. Se han levantado temprano esta mañana para ir a Valdecabras, una aldea agraciada de la Serranía, muy cercana además. Por sus alrededores se pueden realizar unas fantásticas rutas de senderismo en plena naturaleza, perdiéndote entre arroyos y frondosidad.

Son las doce del medio día, y después de que mi suegro viniera a recoger a Bárbara me he sentado en una de las ridículas sillas de la cocina. Dejándome remozar por el último frescor de la mañana, resacosa, me he puesto a hojear libros de ornitología con una cerveza a mano, intentando no reflexionar sobre lo ocurrido, sin siquiera estar segura de que todo no fuera más que un sueño vaporoso, etílico.

Llega un sms, es Martín. Dice que en lugar de comer en casa iremos a un restaurante de las afueras, la Cueva del Fraile, pues Rober nos quiere invitar a comer en agradecimiento por alojarle con nosotros. Hay que joderse, pensé, encima el tío nos invita  al mismo restaurante donde Martín y yo celebramos nuestra boda.

A mi llegada, me encuentro a Martín y Rober echando una caña en el patio del restaurante, riéndose recuerdan sus años universitarios. Comentan aquella vieja historia de cómo se colaban en una residencia de estudiantes sólo para chicas, jugándose el tipo y el revolcón saltando desde el grueso muro del patio trasero hasta una de las ventanas de la primera planta. Es cómodo dejarse engañar por aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pensé.

Tras apenas saludarlos, nos vamos para dentro, ya es tarde. El camarero se acerca y Martín le pide que nos ponga en una mesa alejada donde podamos hablar sin dar voces. Pero cuando ya me iba a sentar, mi marido apoyando su mano en mi cadera me dice al oído: No Dora, Amor, tú te vas a meter debajo de la mesa y nos la vas a chupar. A los dos.

Aquella sería la tarde más tórrida y extasiante de mi vida, y no sólo porque los tres acabásemos agonizando revueltos en nuestro sofá chaise-longe. Tampoco era la alegría por haber recuperado al marido amado y confidente que daba por perdido, aquel que había llevado a casa al mejor amante que una mujer casada pueda imaginar. Si no porque por fin me volvía a sentir libre y emocionada ante el comienzo de una nueva etapa en mi vida, mientras trataba de recordar dónde había anotado el teléfono de un viejo amigo la tarde que salí del calabozo.

FIN…

Espero que no leas lo que no he escrito, una historia donde el argumento es sólo un mero recipiente para los valiosos trocitos de pasión. Algo que escribí sin más intención que enredar palabras y emociones haciendo explícito un anhelo pasado. Pues bien sabes que te respeto tanto como te temo, que te aprecio y quiero tanto como desconfío de ti, de tu actitud distante y cortesía propia del que pone tapias a las intimidades y a la sinceridad.

Rober.

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