El olor de su culo

Esta es la historia de mi amiga Natalia.

La conocí en un trabajo del cual no me quiero acordar. Nos empezamos a hablar un sábado, cuando recién comenzaba a trabajar ahí. Natalia, una mujer ni delgada ni robusta, piel morena, cabello negro y largo, caderas con excelente forma… y culo de en sueños. Aunque la belleza no la favoreció mucho en su cara, era una chica simpática y muy dada a caer bien por sus  chistes y su risa contagiosa. Siempre que llegaba al trabajo, me saludaba y se sentaba a lado de mí. Platicábamos y reíamos como buenos amigos que somos… Pero sólo éramos eso: amigos.

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Mi querida Frida III

Llegamos al campus de la escuela al mediodía. Frida me miraba y se mordía los labios, yo sólo la miraba con su diminuta falda y su camisa negra. Sus piernas se veían increíbles con esa ropa y sus pezones se remarcaban en su camisa negra. Nos abrazamos, con tal de que en nuestros cuerpos se encendiera esa chispa que nos prende a ambos. El calor comenzó. Ella inició, tocándome el pene y frotando su mano en mi entrepierna. Yo en seguida de ella le acariciaba su enorme culo y le levantaba la falta con tal de meter mis manos entre sus nalgas. Llevaba una tanga blanca bien puesta y metida entre sus carnes. Jugueteé un poco con los hilos de su calzón, así como también sus pechos y luego proseguí a meter mi dedo medio en su ano ardiente; le pasé todo mi dedo en su ano… pero hubo una sorpresa más que obvia.

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Mi querida Frida II

“¿Has visto mujeres desnudas? “, me preguntó Frida. “No cuentan las de los vídeos porno”, agregó. Yo le negué, teniendo los ojos bien puestos en sus pechos y los nervioso en punta, porque alguien de intendencia podía entrar y ver lo que Frida estaba haciendo. Le dije que se pusiera su camisa; no me hizo caso. El corazón se me salía. Sentí un calor que lentamente me fue recorriendo por toda la cabeza hasta desaparecer con fuertes palpitadas en el cerebro. “Sabes que desde hace tiempo no dejo de pensar en coger. Sólo quiero que cojamos y ya”. Mi ingenuidad superaba las palabras de mi compañera. Creía que estaba jugando o haciéndome una broma con cámara escondida; en Frida era muy  normal que hiciera bromas llenas de sexo y dijera cosas incómodas, como la vez que me contó lo que hacía para combatir la menstruación. Me explicó a detalle cómo ese ciclo le afectaba y lo que tenía que hacer para soportarlo. Una vez se me ocurrió preguntarle si se atrevería a ser actriz porno, y me dijo que lo haría, no por el dinero, sino para saber cómo se siente ser cogida por varios hombres a la vez… luego se carcajeó al ver mi expresión y me repuso con un “Es broma”, indicando lo mucho que deseaba algo así.

Creí que era una broma , y seguí tan firme en la probabilidad en esa idea que ya no me molesté por mostrarme impresionado… hasta que se quitó la falda junto con su ropa interior. Sus piernas eran de lo más hermoso: Eran rosadas y bien rellenas, ambas las tenía bien juntas y su vello púbico estaba muy bien afeitado, siendo sólo una línea muy delgada de vello en la zona púbica. Cuando dejó su vagina expuesta, me dio la sensación de percibir un olor femenino exquisito, que sólo podía provenir de los interiores de mi querida Frida. “Estoy mojadita…, como dicen las urgidas por una verga. Estoy urgida por que alguien me coja”, me susurró. Agarró mi mano derecha y la puso en su vagina con tal de que mis dedos entraran en ella. ¡La primera vagina que toqué en mi vida! Mis dedos inmediatamente se humedecieron, su interior era carnoso y muy caliente y satisfactorio tocar. No quería sumergir todos mis dedos hasta lo más profundo de ella; creía que la lastimaría o le dolería tanto que la haría sangrar… luego me di cuenta que no era dolor lo que sentía sino un placer absoluto. Fue meneando sus curvas más y más con tal de que la siguiera masturbando… Ese olor seguía emergiendo de ella, el olor a sexo…, a lujuria… O tal vez sólo era el olor de su cuerpo sudado.

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Más travesuras en la casa

Había pasado aproximadamente una hora desde que me había cogido a la señora de la casa dentro de la bañera. No dejaba de pensar con preocupación en la que me metería si quedaba embarazada de mí. ¡Carajo! Yo, siendo un joven de 20 años, ¿cómo podría mantener a esa rubia tan excitante con lo que ganaba? Todavía me costaba trabajo darme a la idea de que su vagina ya la había explorado, algo que en principio me hubiera parecido imposible. Mujeres como ella por lo regular siempre buscan a hombres con dinero que las pueden complacer en cuanto a lujos…, pero en la pasión son peores que aprendices. Yo no me considero un maestro en la materia, pero mi imaginación vuela tanto que a veces me da miedo pensar en cosas tan enfermizas y sucias. También se lo debo gracias a mi querida compañera de preparatoria; mi querida Frida, aquella que me hizo explorar los límites más asquerosos y enfermizos del sexo. Ella me hizo conocer esos territorios que muchos (o por lo menos que estén sanos) no se atreven a explorar por lo repugnantes que son… Pero bueno, esa ya será otra historia que contaré en un futuro. Como iba diciendo, la señora andaba por toda la casa completamente desnuda y tarareando canciones que nunca logré reconocer. A pesar de sus 40 años su cuerpo no tenía arrugas ni sus piernas se veían con celulitis, sin mencionar de que eran muy largas y carnosas. Su piel blanca y bronceada se le veía en condiciones perfectas e incluso aparentaba menos edad.  Era muy alta; estimo que medía como 1.79. Yo mido 1.83 y la verdad es que no se notaba mucho la diferencia. Mientras seguía exhibiéndose, sólo trataba de seguir con lo mío pero cada vez era más difícil al verle su enorme culo y sus pechos rebotando al dar simples pasos. A lo lejos se lograba ver muy bien el pequeño triángulo de vello púbico que le hice  en el pubis, ¡y vaya que le gustaba!

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Mi querida Frida I

En la universidad nunca destaqué por ser un tipo especialmente llamativo. Le caía bien a mis compañeros, a los profesores pero eso nunca me ayudó mucho como para conseguir una chica. En esos tiempos era alguien que pasaba fácilmente desapercibido ante cualquier actividad en equipo. Nunca fui callado o tímido, sólo que alejarme de los demás era algo que ya tenía desde que era niño. En la universidad conocí (no personalmente sino a distancia) a hermosas chicas con cuerpos típicos de una deliciosa estudiante de universidad: buenos culos, buenos pechos, carnosas piernas y rostros hermosos. Yo ante ellas era como un fantasma o un tipo al que ni siquiera merecía regalarle una mirada. Nunca me importó mucho que me ignoraran; creo que ya estaba acostumbrado al rechazo.

En mis primero días de universidad me costó mucho adaptarme a todo. Los amigos crecían a montón, los noviazgos se desbordaban a montones y siempre había nuevos cuerpo que observar… Eso era lo que hacía siempre: observar e imaginar cómo sería tener a una de esas hermosas chicas con las piernas bien abiertas y sin nada de ropa interior.

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Un fin de semana con la rubia

Al día siguiente todo fue diferente. El señor X se había ido y no regresaría hasta muy tarde por cuestiones de negocios. Por teléfono también me dijo que la paga no era de $4,000 semanales sino quincenales; a las alturas en las que estaba, la verdad la paga me daba igual. La niña pasaba los fines de semana en parques o lugares muy costosos con sus primos.

Nuevamente, solo con la señora rubia. Las travesuras no pararían. Se suponía que los sábados no debía de trabajar, pero mi señora me lo pidió a súplicas. Yo, sabiendo que cualquier cosa podría pasar a lado de esa rubia tan excitante, acepté y tuve que sacrificar mi día libre todo para ir con ella. El pene lo tenía un poco lastimado por las fuertes penetradas en el culo de mi señora, pero era un dolor que me gustaba sentir. Todavía no tocaba la puerta y ya las erecciones me comenzaban. No pasaron ni dos minutos cuando ella me recibió con los brazos abiertos y vestida únicamente con una tanga negra que casi no le tapaba la vagina, y claro, bien metida entre sus deliciosas nalgas. Era una tanga que con sólo verla se puede llegar a la fácil conclusión que está hecha, no para tapar o para ir por la playa, sino para excitar a la pareja, como esas faldas increíblemente pequeñas que es más como un fetiche que un accesorio de ropa utilizable. Bueno, pues así era su tanga. Los pechos los tenía desnudos; justo cuando me abrazó sentí cómo se hundían en mí e inmediatamente quise juguetear con ellos. Le toqué uno y se lo comencé a sobar. Ella sólo miraba el acto con una sonrisa y sin importarle nada. Al entrar a la casa se me hizo raro ver todo limpio y bien recogido. No había ni una basura en el suelo y ningún cojín de sillón desacomodado. Todo estaba bien, hasta el piso olía a recién lavado. “Este día no harás otra cosa que estar conmigo”, me susurró ella por la espalda mientras me desabrochaba el pantalón y metía sus hábiles manos entre mi pene. Yo me excité y terminé por casi arrancarme la ropa, la tomé por las caderas y…

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La rubia lujuriosa en la bañera

Era mi segundo día trabajando en aquella casa lujosa. El señor, como siempre, se había ido y la niña apenas la conocía debido a que sus clases empezaban a las 7:00 de la mañana y mi hora de entrada era media hora después. Aún no podía creer lo que me había pasado. Era casi igual a como en un vídeo porno, donde todo es actuado y lejos de la realidad. Pero no en mi caso, aunque debo confesar que aquel encuentro había sido muy rápido. Después de que la señora me hubiera hecho beber sus fluidos, me agradeció, después subió a su cuarto y minutos más tarde bajó vestida formalmente y luego se fue en su camioneta… Ni siquiera un adiós me dijo.

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La señora rubia y sus secretos

Y ahí estaba otra vez, caminando por las calles con la cabeza baja y desanimado por la situación. Nuevamente me habían rechazado en un empleo con el clásico : “nosotros te llamamos”, llamada que, por cierto, no he recibido hasta el momento. Por donde me encontraba era una zona de casas adineradas, zona llena con gente poderosa.

Cuando llegué a cierta lujosa casa (la cual no puedo mencionar por seguridad), mi desánimo desapareció cuando vi en la puerta un cartel que decía: “Se solicita empleado (a) funcional en el hogar” $4,000 SEMANALES a tratar.  ¡Mierda!, exclamé. No lo pensé dos veces cuando me decidí a tocar la puerta… Nadie abría. Luego otra vez… Y otra hasta que me cansé y mejor decidí irme. Justo después de haber dado dos o tres pasos, me abrió un hombre bien vestido y con cara de gente importante. “Buenos días”, me saludó. Yo le respondí y le dije que me había interesado el anuncio. Inmediatamente me dejó pasar. ¡Mierda!,dije otra vez en mi mente. ¡Era una casa de en sueños! Parecía una de esas para pasar el verano o algo así. Luego el hombre, muy amablemente me ofreció un vaso con agua mientras me invitaba a sentarme en uno de sus cómodos sillones. Luego de su hospitalidad fuimos al tema fuerte. Me empezó a preguntar de mí como persona. Si hay algo que nunca me ha fallado es la facilidad con la que domino las palabras, aunque sean mentiras. El sujeto le gustó mi perfil; de igual manera me dijo que su anterior sirvienta (mujer) había renunciado sin decir nada. Estábamos por estrechar las manos casi como si hubiéramos hecho un trato de empresarios…, cuando en ese momento apareció la esposa del hombre. Era una mujer blanca, de pelo rubio el cual era muy largo, muy alta (más por sus tacones) y con un culo de en sueños que, aunque no podía ver, su pantalón ajustado pronunciaba muy bien sus caderas. Era como la típica rubia tetona que se ven en los centros comerciales o lugares de lujo… Oh, vaya que era una puta de pechos grandes. No se le veían caídos ni mucho menos parecía que se los había operado. Con la camisa blanca que llevaba puesta incluso le podía ver los pezones . Le calculé 38 años (en realidad tiene 40). La mujer, a la prefiero llamar Anabelia, no se esforzó siquiera de sonreír. “Buenos días”, me atreví a decirle, pero la muy puta ni siquiera me dio la cara. El caso es que se fue y no la volví a ver sino hasta el siguiente día, que fue mi primer día trabajando para esos ricos.

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