BUSCABA TRABAJO

A veces buscar trabajo trae cansancio e incertidumbre. Aún cuando me habían rechazado en la selección, fui elegido por mi seleccionador para otras tareas más complementarias con mi deseo de estudiar medicina y tener sexo frecuente y de alta calidad con el hijo del empresario. Aquí va la historia.

Buscaba trabajo en la exportadora de Orfax, el padre de Sebastián y Norita, pero no califiqué para el puesto. Orfax era un adicto al trabajo, aunque tenía un físico atractivo. Yo simpaticé con Sebastián y ese fue mi nuevo trabajo.

No sabía que Orfax tenía, a su cargo, dos hijos con problemas de su primer matrimonio. Los hijos, Sebastián y Norita se llevaban un año de edad y estaban llegando a la mayoría de edad. Desde pequeños tuvieron el síndrome de déficit de atención con hiperactividad, lo que no comprendido por su madre obligó a la separación de la pareja y a que Andrés decidiera de hecho no volver a casarse. Sebastián era insoportable en determinados momentos. No comprendido el problema de la deficiencia se vuelva un drama insoportable. Tampoco los médicos y psicólogos saben mucho sobre el tema, pero cada caso es una enciclopedia y Sebastián fue el objeto de mi atención no solo por sus tremendas erecciones sino para poder acercarme mejorando o levantando sus restricciones.

El tenis era un buen pretexto para que Sebastián hiciera ejercicio, se duchara y gastara sus energías. Su padre, Andrés Orfax, jugaba un rato con Sebastián, pero dejaba eso a un entrenador joven, mientras él volvía al bar del club a tomar algo y hacer negocios con otros socios que con raquetas costosas e indumentaria de marca, pasaban el rato hablando de mujeres o de oportunidades para ganar dinero. El primer día de este trabajo, jugué tenis, observé como Seba se duchaba y secaba. Después se vistió con ropa deportiva con mi ayuda y terminé peinándolo con todos los detalles que me indicaba. Teníamos buena onda por lo que lo acompañaba a todas partes.

Dentro de mis responsabilidades estaba en vivir en la misma casa y tener bien presente los contactos con el médico, los amigos y los conocidos de la familia. La primera noche acosté a Seba, quien habitualmente usaba pijama pantalón, pero como hacía mucho calor, opté por que durmiera desnudo. Me di cuenta que su pene era enorme y curvo, con el agravante de que no descabezaba el glande porque tenía fimosis. Hablé con Orfax quien me consiguió una cita con el médico para un mes después ya que estaba fuera del país. Seba se divertía conmigo y yo comencé con masajes y caricias que terminaban en mamadas de su pene mientras mis dedos exploraban su ano.

A Seba ya le habían llevado dos mujeres jóvenes para que tuviera sexo, pero estas temían su fuerza no controlada con ese pedazo de carne grande para su desarrollo. Hablé separadamente con ellas, y ambas me dijeron que jugaron lo que podían por la buena plata que recibían del padre de Seba. Durante la operación, vinieron su padre y su madre, por si Sebastián necesitaba algo, pero yo me ocupé de las curaciones durante la recuperación que fue rápida. Lo habían depilado para la operación. En ese período le apliqué abundantes enemas y con las manos enguantadas abría el ano con cremas cicatrizantes. Seba mordía la almohada cuando alguna lágrima aparecía en sus ojos. Sus manos se las inmovilizaba para que no se lastimara ya sea rascándose o tocando las heridas que cicatrizaban.

Unas semanas después la cabeza de su pene estaba fuerte y reluciente, mucho más cuando se la mamaba y le comía el agujero del culo con la lengua. Cuando terminaba en mi boca, se dormía como el David de Florencia. Era evidente que gozaba y aceptaba el fisting y mis penetraciones entre gemidos. De nada de esto hablaba y había complicidad cuando estábamos solos en la casa.

Durante las vacaciones de tres meses, viajábamos por sugerencia de Andrés Orfax de manera que Sebastián ampliara sus conocimientos en Europa o Estados Unidos. Hicimos un tour por la bota de Italia. Fue en la alta Italia cuando me dij

o que me amaba. Al principio, no lo tomé en serio porque habíamos bebido bastante después de una excursión a pie por las montañas. Cuando regresamos al hotel nos duchamos y desnudo me tiré en la cama para descansar. Seba me besaba la espalda y bajaba hasta mis nalgas. Jugaba suavemente con sus deditos desparramándome crema hasta que me adormecí.

No demoré mucho en despertarme súbitamente porque, por primera vez, su pene curvo y poderoso se introducía por mi ano camino hacia el recto. No tuvo mi paciencia. Con fuertes empujes lastimó mi esfínter anal que había perdido la costumbre de tener a esos visitantes. Sólidamente sujeto por los brazos de Sebastián, no tenía escapatoria y sólo recordé que era mejor relajarme. Aprendí la lección con atención de un enfermero y dos semanas de cama, ya que el que ha hierro mata, a hierro muere. Consciente de su avance, Sebastián estaba pendiente de mis deseos y me cuidó para que no lo abandonara. El tiempo cicatriza las heridas. Todo volvió a su curso, por lo que seguimos el viaje.

En uno de los teatros, cercano al museo de la Señoría en la plaza de Florencia vimos una representación medieval con efebos complacientes con sus mecenas. Concluida la función fuimos a saludar a los actores que eran todos varones jóvenes de una compañía veneciana que ponía en escena a Shakespeare: El Mercador de Venecia, Romeo y Julieta, alternándose con textos medievales llenos de erotismo, etc… Para aprender mejor la lengua, invitamos a varios a cenar en distintas oportunidades. A veces, llegaban con el maquillaje y la ropa de actuación. Conversábamos todo el tiempo sobre todo de las costumbres de nuestros países, mientras comíamos nueces, almendras y pasas de uva con grandes vasos de vino reserva de la región.

Si podíamos nos reuníamos con los actores después de la función. Quienes representaban a Romeo y a Julieta eran dos estilizados muchachos italianos. A poco de frecuentarnos, Seba tenía una fuerte simpatía por Romeo y yo, por Julieta, que en realidad era Lucas. Era noche Seba y yo cogimos a nuestros invitados: a Romeo y a Julieta, aún con las mascarillas y ropas de escena. Yo cumplí mi vieja aspiración de antiguo noviecito heterosexual, que era coger a mi novia por el chiquito o el culito.

Seba mandó al hospital a Romero, a quien tuvo que reemplazar en la obra de teatro como gesto de reparación. Esto mejoró sus ejercicios de memoria y de uso de uno de los cinco idiomas que ya hablaba mucho mejor que yo, cuando entre gemidos de nuestros amantes recitaba parte de la obra…

-Hay amores que duelen -le escuché decir a Romeo desde la cama del hospital. Evidentemente, Romeo dialogaba con Sebastián…

-No pensé que pudiera molestarte tanto ya que los dos lo estábamos pasando muy bien -dijo Seba como disculpa.

-Por ser niño malo, me tienes que reemplazar en la obra -dijo Romeo – es un castigo que te impongo. Seba asintió y juntos memorizaban los parlamentos.

Seba fue el gran ganador ya que en una de las últimas cenas donde quedamos Julieta, Seba y yo tuvimos sexo profundo. Yo penetré a Seba, pero éste partió el culito de Julieta quien siguió el mismo camino al hospital que Romeo. La obra no se presentó por un tiempo y nosotros, tuvimos que volver a nuestro país. Sé que se acordarán de nuestra visita cada vez que se sienten a contemplar una foto de grupo que nos tomamos. Yo pensé en disciplinar a Sebastián. Él, cada vez estaba mejor en sus estudios universitarios y en sus actividades físicas. Aún así se hacía el indiferente cuando pasaba frente a las chicas que se derretían por él.

Yo, muchas veces lo acompañaba. Muchas veces no podía ya que me había matriculado en la Facultad de Medicina de donde era alumno de la carrera de médico para discapacidades especiales. El sueldo del padre de Sebastián, las ventajas de este trabajo y mi afición por buscar y conectarme con todos los investigadores sobre el síndrome que padecía Sebastián formaban mi vida. El culito de Sebastián era cada vez más delicioso cuando lo penetraba, y sentía que la cabeza del pene le llegaba a una intimidad que lo relajaba haciéndole abrir los dedos de los pies… Este trabajo no era como el de oficina y tenía el condimento del placer.

Yo lo amaba, más allá del dinero o quizá, también, un poco gracias a eso.

Autor: Patricio Alonso

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Kara Marqueze
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