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Casada infiel

3 de septiembre de 2003

Es morocho, alto, robusto, la piel curtida, el cabello entrecano…..

Es morocho, alto, robusto, la piel curtida, el cabello entrecano. Es albañil, trabaja en una obra cercana a la clínica en donde yo me desempeño como recepcionista. Esperábamos el colectivo en la misma parada, a la misma hora. Al principio lo creí una casualidad, pero con el correr de los días me fui dando cuenta de que no había nada de casual en tales encuentros. Impresión esta que se acentuó cuándo, aprovechándose del lleno total en que viajábamos, se situó detrás de mí y comenzó a apoyarme. Fue tan artero, tan alevoso, que no lo pude tomar como un roce accidental, uno de esos habituales refriegues causados por alguna frenada brusca ó un acelerón repentino, y a los cuáles las mujeres que utilizamos el transporte público debemos, irremediablemente, acostumbrarnos. Lo de este tipo era una real APOYADA, así, con mayúsculas y todas las letras. Sin ánimos de armar un escándalo, he sabido de mujeres que han reaccionado a los carterazos ante un acoso similar, me corrí disimuladamente hacia un costado, pero el tipo se movió conmigo, insistiendo con su pecaminosa actitud. A través del vidrio de la ventanilla veía su reflejo, bien plantado a mi espalda, mirando para otro lado, haciéndose el distraído. Este jueguito continuo por un par de días mas, hasta que, como no podía ser de otra manera, me empezó a gustar. Debo admitir que esperaba con suma ansiedad ese momento del día en el cuál podría sentir su calor, su aliento en mi nuca, su cuerpo pegado al mío, su bragueta henchida y a punto de reventar. Decidí entonces devolverle gentilezas. Esta vez yo lo apoyaría a él. Subimos como de costumbre al colectivo y avanzamos hacia la mitad del pasillo.Como ya era habitual, él se ubico tras de mí. Ni bien arrancamos empezó a apoyármela. Bien agarrada del pasamanos no perdí el tiempo y eché la colita hacia atrás, buscando decidida al objeto de mi afecto. El tipo se sorprendió bastante ante tan inédita respuesta, ya que se retiró levemente. Giré la cabeza, lo mire y le sonreí, como diciéndole que estaba todo bien. Contando entonces con mi beneplácito, el tipo volvió a apoyarme. Ahora, gracias a mis hábiles movimientos, su combada poronga encajaba justo entre mis nalgas. Allí el refriegue era mucho más intenso y placentero. Como estábamos rodeados de pasajeros tratamos de disimular lo mejor que pudimos. Yo, por ejemplo, intentaba contener los exaltados suspiros que se me agolpaban en la garganta. Cerraba los ojos y me mordía los labios, esforzándome por no revelar ante los demás las conspicuas sensaciones que aquel extraño me prodigaba. Estaba tan encantada, tan subyugada ante el impresionante pedazo que palpitaba en mi culito que no baje en donde me correspondía, sino que seguí, pasándome incluso varias cuadras de mi casa. El asedio de aquel hombre había despertado, una vez mas, a la puta que llevo adentro, esa que vos conoces tan bien. Ni sé donde estábamos cuándo ya no aguante mas, la calentura ya estaba haciendo estragos en mi cuerpo. Me di la media vuelta, le rocé adrede el bultazo con una mano y avance por el pasillo hacia la puerta trasera, mirándolo siempre, implorándole con los ojos que me siguiera. Toque el timbre y baje, por suerte él bajo tras de mí. En un primer momento no le dije nada. Solo comencé a caminar por esas calles oscuras y desconocidas sin ningún rumbo aparente. Él me seguía muy de cerca. En una esquina me detuve, saque el celular de la cartera y marque el teléfono de casa. -Hola mi amor, mira, estoy un poquitín retrasada- parecía una buena inversión. Ya en la habitación, que dicho sea de paso no se parecía en nada a la que unos días atrás había disfrutado con el mejor amigo de mi marido, nos abrazamos y besamos descaradamente. -¿Siempre apoyas a las mujeres en el colectivo?- le pregunte manoteándole ansiosa el bulto. -Solo a las que tienen buen culo- respondió agarrándomelo con ambas manos. -¿Y alguna vez te dio resultado esa técnica de seducción?- quise saber. -De vez en cuándo …… como ahora- se vanaglorió. Me gustaba. Me gustan los hombres que se la creen, que confían tanto en ellos mismos como para intentar levantarse a una mujer que, no solo por su físico sino también por su condici&oacut

e;n social, se encuentra bastante lejos de su radio de influencia. Además, por la forma en que actuaba, este parecía ser una mas que buen cogedor. Entre los dos podríamos llegar a hacer un desastre. Sin soltarle el paquete lo bese en la boca, con lengua y todo, bebiéndome su aliento. Como es demasiado alto tuve que ponerme de puntitas de pie, y eso que llevaba puestos unos zapatos con tacos bastante pronunciados. Me frote contra su cuerpo, lenta, plácidamente, sobándome como una gatita en celo, sintiendo contra mi vientre una inflamación ya fuera de todo control posible. -¿Y vos?- me pregunto luego de aquel tremendo chupón -¿Siempre te vas con cualquiera que te apoye?- -Solo con el que tenga algo bueno que ofrecerme ….. como ahora- le asegure con una incitante sonrisa a la vez que presionaba tiernamente el impactante volumen que contenía en una mano. Luego le desabroche la camisa, botón por botón, aspirando su aroma, regocijándome con la plena visión de un pecho pletórico de energía y vigor, cubierto de pelos, otra de mis debilidades, los hombres peludos, no sé porque ya que mi marido es bastante lampiño, pero últimamente sentía una irresistible atracción por los hombres con abundante vello. Mas que satisfecha con el partenaire que había elegido, le chupé las tetillas, las bese, las mordí, para luego deslizar mi lengüita por ese tórax duro y prominente, forjado a puro esfuerzo físico. Cuándo llegue al ultimo botón, le saque los faldones de la camisa de adentro del pantalón y tomándolo de la mano, mirándolo siempre a los ojos, lo llevé hacia la cama. Me senté en el borde de la misma y me dispuse a concluir mi tarea. Le baje el cierre de la bragueta y apartando con un dedo el elástico del slip, descubrí el recio y florido matorral que corona y resguarda al Santo de todas mis plegarias. Metí la nariz en el hueco del pantalón y aspiré el intenso y fragante olor que de allí emanaba, puro olor a huevo, a pija caliente, se me nublaban los sentidos de solo sentir ese irresistible e incitante aroma al cuál ya me hice irremediablemente adicta. Le desabroche el botón del pantalón y se lo baje, con slip y todo, hasta las rodillas. La pija, hasta entonces contenida por la áspera tela del jean, salió disparada hacia delante como empujada por algún resorte invisible, impactándome en plena cara con toda su imponente robustez. ¡Era enorme!. Lo más grande y hermoso que había visto en este ultimo tiempo. No soy buena con las medidas pero estimo que esta debía de ostentar fácil algo mas de 26 cms., eso en cuanto a longitud, ya que con respecto al grosor apenas podía contenerla con una mano. Mientras se la meneaba la empuje hacia arriba y le chupe los huevos, especialmente ese oscuro rincón entre los muslos y los testículos en donde me dedique a saborear el abundante sudor que allí se acumulaba. Luego me comí un buen trozo del banquete principal. Aunque era demasiado gorda, hic circunstancias. Con relativa prisa me despojó de la pollera y la bombacha, dejándome aun puestas las medias ¾ y los zapatos, y como un ave de presa se lanzo agresivamente sobre la indefensa víctima que ante él se abría esplendorosa como una flor en primavera. Mientras me chupaba la concha me desabroche la camisa, encajé el travesaño del corpiño por debajo de mis lolas y me acaricié yo misma los pezones, para entonces ya bien duritos, casi petrificados Ahora, aparte de la lengua me metía también un dedo, frotándolo una y otra vez contra mi clítoris, el cuál engordaba mas y más a cada segundo. Todo mi cuerpo acusaba el impacto. El fuego que él iniciaba en esa zona, crecía, crecía y crecía extendiéndose en todas direcciones, quemándome, consumiéndome con su voluptuosa efervescencia. -¡¡¡Cogeme!!!- le pedí casi en tono de suplica. No se hizo de rogar demasiado. Enseguida agarró un preservativo de los tantos que había sobre la mesa, pero antes de que lo abriera se lo saque de entre los dedos. -¡Esto me gusta hacerlo yo!- le dije. Rasgue el sobre, extraje el profiláctico y le forré la verga con el mismo, acariciándosela, palpándola en toda su soberbia magnitud. Cuándo ya estuvo listo se ubicó de rodillas entre mis piernas, pero no se me tiro encima tal como esperaba, como suelen hacerlo todos los demás, sino que se mantuvo ahí, las piernas flexionadas, sentado sobre sus talones. Me agarró de los muslos y me levanto unos centímetros, apenas

lo suficiente como para ensartarme en su imponente lanza amorosa. La penetración resultó total, bien profunda, absolutamente deliciosa. Una complaciente sinfonía de exaltados y profusos suspiros certificaba mis sensaciones al respecto. Bien aferrado de mis caderas comenzó a moverse, dentro y fuera, una y otra vez, la vista clavada en mis pletóricos pechos que se sacudían tentadora e irresistiblemente de arriba abajo, describiendo esa ya habitual danza infernal a la que los hombres se entregan sin renuencia alguna. Con las manos y los pies bien apoyados en la cama, yo acompañaba lo mejor que podía sus enérgicos movimientos, disfrutando cada ensarte, cada metida y sacada como si fuera la ultima. Con los ojos cerrados gemía y jadeaba cada vez mas profusamente, incrementando al mismo tiempo el ímpetu de mis desplazamientos, sin darme pausa ni respiro, mordiéndome los labios, gritando, aullando, expresándome fehacientemente ante esa suculenta avalancha de pijazos que me bombeaban intensa y arrolladoramente. Sentía sus ásperas y callosas manos, evidentes manos de albañil, deslizándose por mi cuerpo, aprisionando mis agitados pechos, acariciándome los pezones, estos pezones grandes, sonrosados, y puntiagudos a causa del amamantamiento ….. no solo de mis chicos, claro. Pese a la dureza de su tacto me gustaban sus caricias. Entonces me aferró de la cintura con sus fornidos brazos y me levanto, atrayéndome hacia él, juntando su cuerpo con mi cuerpo. En pleno éxtasis amoroso me colgué de su cuello. Ahora yo estaba encima de él, las piernas bien abiertas, rodeándolo, con toda la carne adentro de mi sexo. Ahí nomás empecé a moverme, arriba y abajo, flexionando las piernas, balanceándome contra él a un ritmo por demás feroz y enardecido. Aullaba de placer. Todo mi cuerpo vibraba en torno a esa fenomenal herramienta, Supremo artilugio del amor. Lo sentía perforándome hasta lo mas profundo, mas allá de todo límite, mas allá de todos mis sentidos. ¡Que buena pija por Dios!. ¡Y que buen macho!. ¡Que hermoso resulta sentirse mujer en brazos de un hombre así!. No era ni un galán de telenovel estremecían y convulsionaban cada fibra de mi ser, el albañil seguía con lo suyo. Sin sacármela ni por un solo instante, se calzó mis pies sobre sus hombros y, echándoseme encima, empezó a surtirme con impetuoso frenesí. Estirando las manos yo alcanzaba a acariciarle el cuerpo, esos marcados músculos formados, seguramente, a través de la carga de bolsas de arena, de cal de carretillas con material. Su rostro se agitaba encima del mío. No era un tipo lindo ni mucho menos, pero para mí en ese momento era el mas hermoso sobre la faz de la Tierra. Sus penetraciones no eran monótonas y aburridas como las de mi marido, en ese aspecto se desenvolvía maravillosamente bien Nunca me la sacaba del todo y alternaba entre suaves y enérgicas, prodigándome de vez en cuándo esos repentinos empujones bien fuertes y certeros que tanto me agradan. No tarde en llegar de nuevo, aunque fue mas bien una prolongación del primero, un solo orgasmo continuo que un segundo polvo propiamente dicho. Recién entonces me la saco y manejándome a su antojo me hizo dar la media vuelta. Mientras me volteaba mis ojos se congraciaron con aquel enorme coloso de sangre y venas. Resulta sumamente estimulante, en situaciones como esa, ver lo que llegan a meterme. Sin dilación alguna me agarró de la cintura y me hizo clavar las rodillas en el colchón, poniéndome como una perrita en celo, el culito bien alzado en espera de su macho. Bien plantado detrás de mí me la metió de nuevo. Aunque ya hacia rato que la venía sintiendo allí, bombeándome a su propio ritmo, la sensación no dejo de ser intensa y por demás arrobadora. Ni bien empezó a moverse, mis gemidos y jadeos lo acompañaron. Aferrado a mis caderas me daba duro y parejo, pegándome sonoros sopapos en las nalgas de vez en cuándo, lo cuál vos sabes que me encanta. Mi piel seguía quemándome. Me sentía como afiebrada, cruelmente torturada por esas sensaciones que no se apaciguaban, sino que, por el contrario aumentaban mas y mas a cada instante. En algún momento me aferró de las tetas y me levanto, apoyando mi espalda contra su pecho. Creí que acababa, pero no, siguió moviéndose dentro de mí, solo con la pelvis, chupándome una oreja, besándome el cuello y la nuca, tras lo cuál me empujo de nuevo hacia delante,

regresándome a mi posición inicial. Entonces me saco de la concha y me la metió por el culo, así nomás, sin trámite previo alguno. Gracias a los abundantes fluidos que lubricaban toda la superficie del miembro, mi agujerito posterior absorbió sin problemas todo ese exorbitante volumen. Aún así el impacto fue brutal. Como si hubiese sido fatalmente herida, me derrumbe sobre la cama, boca abajo. Acompañándome el albañil se me echó encima, sobre mi espalda, y con los brazos extendidos a ambos lados de mi cuerpo y sus piernas sobre las mías. Ahí nomás empezó a culearme con un ritmo lento y cansino primero, pero aumentando progresivamente de intensidad a cada segundo. Sentía sus roncos jadeos a mis espaldas, su agitado aliento en la nuca, el peso de su cuerpo balanceándose en pos de ese orificio trasero tan tentador y utilitario Me deshacía debajo suyo. Me disolvía en un único y extremo placer que me arrancaba de aquel lecho alquilado, desconocido y me elevaba a una dimensión suprema, intensamente sublime, un escalón mas arriba de la Gloria, mas allá de todo lo conocido, un espacio en donde las preocupaciones mundanas son erradicadas completamente en beneficio del goce pleno y absoluto de todos los sentidos. Allí estaba, flotando mas allá de las nubes, paseándome por involuntario. La habíamos pasado demasiado bien como para arruinarlo al final. Cuándo se hizo a un lado, me di la media vuelta y lo vi. El forro era ahora un inmenso globo por la cantidad de leche acumulada en la punta. Se levantó y fue al baño. Yo fui tras de él. Mientras él meaba yo enjuagaba mi intimidad en el bidet. -¿Vamos a volver a vernos?- me pregunto mientras se la sacudía. -No sé, soy una mujer casada, pero me gustaría- le dije. Él regresó a la habitación y volvió a acostarse. Yo empecé a vestirme. El turno aún no terminaba pero ya debía volver a casa. -¿Y vos, sos casado?- le pregunte mientras me peinaba y me maquillaba. -Estoy soltero tengo novia pero no la miro seguido – -¿Es buena en la cama?- quise saber.-No tan buena como vos, pero se defiende- contesto enseguida. Cuándo ya estuve lista, agarre la cartera y me acerque a él para despedirme. -¿Te vas a quedar?- le pregunte ya que seguía acostado. -Hasta que termine el turno, quiero sentir un rato mas tu aroma- repuso a la vez que se llevaba la sábana a la cara y aspiraba -Entonces mejor quedate con esto- me saque la bombacha y se la di –para que me huelas cuando quieras- le planté un último y efusivo chupón y me fui. Mi familia estaría esperándome en casa. " para todas las casadas y infieles como yo me gustaria saver si les ha pasado algo similar escribeme a mi e-mail chaooo mi nombre es lorena tengo 38 años no soy ninguna mocosa.

Autor: Lorena

NENA5544 ( arroba ) AOL.COM

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