Cena con compañeros de trabajo

Como cada verano y de carácter informal, los compañeros de la empresa en la que trabajaba Luis organizaban una cena. A diferencia de la de Navidad, ésta la organizaban los trabajadores y era mucho más distendida.

A una hora determinada, se fueron haciendo grupitos que iban juntos en coche hacia el restaurante elegido. Como es lógico, la gente se sentó en grupos según afinidad, amistad o sencillamente donde encontraron sitio por haber llegado tarde.

En el caso de Andrea, compañera de Luis, sus propios subordinados se alejaron de ella a posta. Por un día que no tenían que responder ante ella, decidieron dejar unas cuantas sillas de separación. La chica era una joven promesa que había alcanzado el cargo de jefa sin ni si quiera tener aún treinta años. Su apariencia bajita, larga melena rubia ajustada en una coleta, ojos azules y delgada; con un carácter firme y autoritario que traía de cabeza a sus subordinados.

–          ¡Andrea! ¿Por qué no te sientas con nosotros?

Luis no había trabajado con ella, pero conocía su fama. Nunca había tenido ningún problema con la chica, y consciente de que la habían marginado sus propios compañeros, decidió invitarla a su mesa.

Agradecida, Andrea se acercó sonriente. Su blanca dentadura era un pálido reflejo de los grandes ojos azules que tenía. Claros hasta el extremo de ser casi grises poseían un carácter hipnótico cuando se posaban en alguien. Vestía de forma sencilla, con una faldita corta negra y una camiseta blanca con un hombro al descubierto.

–          ¿Luis?

–          ¿Sí? ¿Perdona? – dijo el aludido saliendo del trance de aquella mirada.

–          Te preguntaba que si luego vas a salir de marcha. Proponen de ir a un sitio con billares.

–          Ah… Pues creo que no. No soy mucho de billar y, entre tú y yo, me empacha un poco estar tanto con gente del trabajo.

–          Si quieres me vuelvo a donde estaba…

–          ¡No, no! – Demasiado tarde se dio cuenta de la media sonrisa maliciosa que esgrimía su compañera. – Me refería a que, bueno – trastabilló sus palabras – … que lo de la cena está bien, pero que ya pasamos todos muchas horas juntos en la oficina y así tampoco es que desconectemos mucho.

–          Ya… yo creo que tampoco saldré.

El resto de la cena transcurrió, para sorpresa de muchos compañeros, entre grandes risas compartidas por Andrea y Luis.

Al chico, la risa fresca de ella se le contagiaba y terminaban los dos riendo como si estuvieran viendo un monólogo del Club de la Comedia.

Al finalizar la cena, se formaron los típicos corrillos en la puerta del restaurante. Algunos compañeros se habían ido directamente.

–          Bueno Andrea, yo me voy. ¿Sabes dónde puedo pillar un taxi?

–          ¡Qué dices! Yo te acerco, no te preocupes.

Se despidieron de algunos compañeros y se encaminaron al coche de Andrea. Dentro del coche, hablaron durante el trayecto a casa de Luis.

–          Oye, ¿quieres venirte a mi casa y hacemos una última copa? Luego te acompaño a tu casa.

–          Ja, ja, ja.

–          ¿De qué te ríes?

–          No te ofendas, pero ha sonado a argumento de peli porno.

–          Vaya, sí que dan juego las copas.

–          Sí, je, je, je. – Andrea le dedicó su mirada cautivadora, hipnotizándole con sus grandes ojos azules.

–          ¿Y bien?

–          Eh… ¿qué?

–          ¿Qué hacemos? Me refiero a lo de las copas, no a lo de la peli porno.

–          Ja, ja, ja. Perdona. Mmm… ¡venga, por qué no!

Una vez en el garaje de la finca en la que vivía Andrea, Luis la siguió hasta los ascensores. Aprovechando que ella no podía verle, escaneó con su mirada el cuerpo de ella: desde su pequeño y redondo culo, hasta la brisa de sus contoneos al andar.

Una vez dentro del apartamento, Andrea le pidió que esperara en el sofá mientras preparaba los cubatas.

Al traerlo, notó algo raro en la chica. Al principio no se percató, pero cuando ella fue al baño recapacitó. ¿Era impresión suya, o se le marcaban los pezones en la camiseta? ¿Se habría quitado el sujetador?

Cuando su compañera regresó, no sólo comprobó su hipótesis era cierta, sino que ella había dividido su coleta en dos, separando así su melena rubicunda.

–          Creo que voy a buscar más hielo, que hace calor.

La chica se fue sin dar opción a ninguna respuesta.

Al regresar, no trajo solamente el hielo en un cuenco, sino que la chica regreso sin su faldita negra, dejando a la vista una prenda íntima de encaje.

–          ¿No tienes calor?

–          Pues sí… – dijo mirándola de arriba abajo.

–          ¿Me ayudas a poner el aire? El mando está roto y hay que darle a un botón. No llego.  – Dijo haciendo pucheritos.

Andrea se dio la vuelta, y Luis la siguió. Aturdido por los acontecimientos pudo comprobar que su compañera lucía no unas braguitas, sino un pequeño tanga que enmarcaba, como si de una obra de arte se tratase, sus nalgas redondeadas.

Mientras Luis intentaba pulsar el botón indicado del aparato, la chica desapareció tras una puerta.

–          ¡Ya está Andrea! – nadie respondió. – ¡¿Andrea?!

El chico siguió el camino por el que había visto desaparecer a su acompañante.

–          ¿Andrea? – dijo empujando la puerta de un cuarto iluminado.

Al entrar, vio a su amiga sentada sobre la cama.

–          Hola.

–          Hola, ¿qué haces?

–          Estaba esperando.  – tenía una pierna extendida y se tocaba una de las coletas sin darse cuenta.

–          Ah… pues ya está puesto el aire.

–          Oh, muchas gracias – la chica se subió un poco una manga que se le había bajado más de la cuenta.

Luis se sentó en la cama.

–          ¿Estás bien?

–          Sí y tú – le dijo posando un dedo en su rodilla.

Andrea se arrodilló y Luis pudo ver a través del hueco que formaba su camiseta, las tetitas de la chica. No eran muy grandes, pero tenían la forma y tamaño perfectos. Ella, a sabiendas de lo que estaba viendo su amigo, sonrió y le agarró un dedo. Juguetona, lo mordió sin dejar de mirarle a través del abismo de sus ojos.

–          Sé que te gusto. He visto cómo me mirabas en el trabajo cuando pensabas que no te veía o cómo apartabas la mirada cuando estábamos cerca para intentar disimular.

–          Yo… yo…

La chica dejó caer su cuerpo sobre la cama, tumbada boca abajo y apoyada en los codos. Se acercó un poco más hacia él. La visión de aquel culito de azucena le hizo respirar con dificultad.

Agarró su barbilla perfectamente  afeitada y la acercó a sus labios. Se besaron tímidamente, como adolescentes.

–          ¿Tengo razón o no? – dijo la chica.

–          En todo… – respondió él con una amplia sonrisa.

Los besos aumentaron de intensidad convirtiéndose cada vez en lengüetazos más lujuriosos.

Luis gimió de repente cuando notó la mano de ella sobre su paquete.

–          ¿Qué tenemos aquí?

Abrió y cerró su mano sobre el pantalón. El chico, ni corto ni perezoso lanzó su mano hacia el pecho izquierdo de ella.

–          Algo que llevo siglos soñando con enseñarte.

Los pechos de ella eran suaves, acompañados de grandes pezones.

Andrea se recostó boca arriba y Luis le besó el terso abdomen. Se besaron con las lenguas por fuera y ella destapó su camiseta dejando al aire sus pequeños y blancos pechos.

Luis succionó los peones lentamente y tocó ambas teta con las manos.

–          ¿Te gustan?

–          Son perfectas.

La intensidad del momento va en aumento. Ella se incorpora y se deshace de su camiseta. Se besan con pasión tocándose el cuerpo el uno del otro.

–          Mmmm, ¡qué culo tienes! – dice mientras le estruja una nalga con una mano.

La extremidad se desliza desde el trasero hasta la pierna, recorriendo varias veces su longitud y disfrutando de su suavidad.

Ella le acariciaba la cara y le besaba los labios como si estuviera comiéndose un chicle muy grande.

Luis le mordió una nalga y ella se rio.

–          ¿Por qué no me muerdes otra cosa?

El chico se estalló en una risa nerviosa. Andrea se tumbó boca arriba y él le quitó la única prenda íntima que le quedaba. A la vista quedaba un sexo totalmente depilado, pequeño con rastros de humedad. Luis no se lo pensó dos veces y colocó su cabeza entre aquellas dos preciosas piernas. Lamió sus labios inferiores y ella reaccionó contorsionándose un poco hacia arriba. Él podía ver como sus pechos subían y bajaban de la excitación.

Lengua y clítoris empezaron un juego perverso.

–          Mmmmm, sí Luis. ¿Tienes ganas de follarme?

–          ¡Muchas!

–          Dímelo, que quiero oírte…

–          ¡Quiero follarte Andrea!

Levantaba su pelvis moviéndose sobre la boca de su compañero de trabajo.

–          Ufff. ¡Ya! ¡Para!

Con agilidad gimnástica la chica se incorporó e hizo que su amigo se tumbara boca arriba apoyando la cabeza en la almohada. Se encaramó encima en un visto y no visto y se besaron.

Se contoneó encima del duro paquete de Luis mientras que él no sólo se excitaba con el roce, sino con la visión de aquel cuerpo perfecto moviéndose encima de él. Notar entre sus manos aquellas nalgas bien redondeadas y endurecidas por el gimnasio excitaba en sobremanera a Luis.

Andrea le chupó los pezones y fue bajando al tiempo que le rozaba el cuerpo con los pechos. Al llegar a su paquete, se entretuvo moviendo de izquierda a derecha sus tetas sobre el promontorio que nacía en la entrepierna del chico.

Una mirada, una sonrisa y Andrea le estaba bajando el pantalón y el calzoncillo liberando su pene. Una vez al descubierto, lo besó, y pasó su lengua tan larga era por encima de su superficie. Todo esto lo hizo mirándole directamente a la cara. Sus grandes ojos azules y sus coletitas de inocente excitaron mucho a Luis, provocando que su pene se moviera golpeando contra la lengua de ella.

La chica siguió con sus lamidas, deteniéndose brevemente en los testículos. Agarró el pene por la base, y lo apuntó hacia su boca. Miró al chico, y sin mediar palabra, se metió la punta en la boca.

Él gimió en una mezcla de placer y emociones contenidas. Había soñado muchas veces con aquel momento que ahora se estaba haciendo realidad. Andrea se la chupaba lentamente, como si estuviera saboreando aquella polla.

–          Andrea, vas a tener que parar o me correré.

–          ¿Si? Ji, ji, ji.

–          Ven aquí…

Ella obedeció y se acercó al chico. Pasó una pierna por cada lado de su tronco hasta encaramarse encima de nuevo.

Mientras se besaban con pasión, la joven cogió el pene con delicadeza y lo guio hasta su vagina. El primer contacto fue extremadamente cálido. Parecía mentira que emanara tanto calor de aquel agujero. Dio unos pocos rebotes, y el pene poco a poco se fue introduciendo.

Ella se contoneaba como una gogó de discoteca mientras él se recreaba acariciándola y apretando sus nalgas.

Andrea se reclinó más hacia atrás. Verla cabalgándola y sus tetitas saltando volvieron loco a su compañero, que se lanzó a tocárselas.

Los gemidos dulces y prolongados evidenciaban que ella estaba disfrutando tanto como él.

–          Ohhh sí, fóllameeeee.

Él la cogió de la cintura y la ayudó a moverse arriba y abajo marcando su propio ritmo.

Se besaron, y ella dejó caer su peso hacia atrás, apoyando sus brazos en la cama. En aquella postura duraron poco, y pronto él la conquistó en la postura del misionero.

Andrea apretaba sus uñas en la sábana de la cama mientras él se la metía cada vez más rápido.

Ambos gemían al unísono. De pronto Luis le levantó las piernas, y apoyando sus manos en sus muslos empezó a follarla con ferocidad.

–          ¡Oh sí, qué bien follas!

–          ¡Las ganas que te tenía preciosa!

Luis se la sacó y restregó su punta contra la entrada del coño de ella. Se pararon unos segundos para besarse, y él reanudó su mete-saca.

–          Para, para…

–          ¿Qué pasa?

–          ¡Quiero que me folles a cuatro patas!

Dicho y hecho. Cambiaron de postura y en un momento Luis tuvo ante sí el espectacular culo de su amiga. Buscó a base de roces la entrada de la vagina, y le metió la polla entera lentamente.

Tanto ella moviendo el cuerpo como él atrayéndolo con las manos sobre sus caderas, empezaron a follar. Las tetitas botaban al ritmo de los gemidos cada vez más fuertes de la rubia.

Pronto él perdió el control y ella tomó las riendas moviendo su culo  a toda velocidad mientras se metía aquella polla. Él le estrujó las tetas y le dijo al oído que “le encantaba”.

Siguieron follando un rato y cuando Luis tonó que estaba a punto de correrse le dijo:

–          Me queda muy poco para correrme…

–          Puedes hacerlo donde quieras. ¿Dónde te apetece?

–          En tu cara. Siempre que me lo he imaginado, me he puesto muy cachondo…

Ella se tumbó boca arriba y le dijo:

–          Hazme lo que quieras.

Luis se masturbó ante la cara de su amiga. Ella le miraba con aquellos ojos precios sonriente, sacando de vez en cuando la lengua para provocarle. No tardó nada en derramar chorros de espeso semen sobre su cara y su boca. La parte inferior de sus labios quedaron blancos, pero la chica se ayudó de la mano para  tragárselo todo.

–          Uff, ha sido increíble.

–          Espera…

Se incorporó, y agarrando el pene, empezó a lamerlo para dejarlo totalmente limpio. Luego se acercó a él y le besó, transmitiéndole un sabor raro en el beso que en aquel momento no le importó.

Se limpiaron y vistieron, y Andrea le acompañó en coche hasta su casa. Ambos se prometieron al despedirse que no sería la última vez que harían aquello.

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Sobre el autor: jovenes_alegres

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