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Con mi suegra

2 de diciembre de 2009

Sentí chorros de líquidos que caían a mi boca, mi amada estaba estilando jugos por la intensidad del orgasmo, el movimiento de esas nalgas no cesaba, se tornaron más frenéticos, los chorros se hicieron más gruesos, mi suegra en la intensidad del orgasmo que la sacudía la hizo aflojar los esfínteres hasta que se orinó en mi boca, cosa que yo disfruté.

Me casé a los veintiuno. Al terminar la ceremonia, se dieron las felicitaciones de costumbre. Un tanto alelada, es también común en las bodas y para las novias, recibía los abrazos con cierta indiferencia y una forzada sonrisa. Sentí un abrazo diferente a los demás. En ese momento no identifiqué a quien me abrazaba, tampoco el significado de la diferencia. Sin embargo, fue algo que impactó mi sensibilidad, y con frecuencia recordaba más intensamente cualquiera otra sensación tenida esa mañana tan especial. Dos años después, supe qué fue lo que tanta impresión dejó en mí.

Con gran desconcierto, la noche de bodas, la desfloración y las emociones fueron algo desabrido, insulso, sin haber sentido el placer que yo esperaba con anhelo persistente e inmensa ilusión. Mi novio, ahora mi marido, se comportó con mucha frialdad, sin violencia, pero tampoco fue tierno, amoroso, ni siquiera se preocupó por saber si yo estaba complacida, o si deseaba alguna otra caricia, un beso más. Luego, las rutinas del matrimonio. La convivencia fue agradable, aunque las relaciones sexuales continuaron tan insulsas como la noche inicial; llegué a no darles importancia, simplemente abría las piernas para que él me penetrara; soportaba estoica los escasos minutos del mete y saca. En cuanto se bajaba, me iba al baño para, con cierta repugnancia, lavar mi sexo, sacar con mis dedos el semen viscoso que me parecía asqueroso, y regresar a escuchar los ronquidos del marido durmiente.

Una de las rutinas que me resultaba más agradable, era la visita dominical que hacíamos a mis suegros. Un poco antes del medio día, llegábamos a la casa de los papás del marido. Él siempre llevaba una botella de licor para beber con mi suegro mientras veían entusiasmados el juego dominical de fútbol. En tanto, mi suegra y yo nos dedicábamos a charlar y hacer la comida. Mi suegra es una mujer bastante joven para tener un hijo ya casado, aunque de solo 20 años.

Mi suegra nunca quiso decirme su edad; le calculo unos 37, un tanto apoyada en lo que sí confiesa, esto es, que se casó con escasos diecisiete años… “forzada, no vayas a creer”, me dijo entre risas. Después supe por qué; una noche se calentó más de la habitual, y permitió que el ahora marido la desflorara; a consecuencia de esa cogida, se embarazó. En realidad, su apariencia es de una mujer que no rebasa los treinta. Su rostro es la edad que refleja, además de la belleza escultural del mismo. Ojos azules, tan claros como un manantial. Nariz recta, exquisita; labios finos, sensuales que se abren con las sonrisas aumentando la belleza del rostro, permitiendo ver los dientes parejos, brillantes, muy blancos, que se convierten en un atractivo más. Su cuello, me fascina. Sus hombros, cuando se pueden ver sin ropa, son muy, pero muy voluptuosos, atractivos. Sus senos, ¡ay, qué senos!. Erguidos, con los pezones siempre marcándose sobre la ropa, pechos no muy grandes, tampoco muy pequeños. Su cintura es de avispa. Sus nalgas, ¡un portento de nalgas!, así son, ni más ni menos. Sus muslos, una maravilla; una maravilla en la que culminan las no menos maravillosas piernas que se sustentan a su vez en hermosos pies, esos pies que envidio. El conjunto, ¡arrobador!.

Las charlas de los domingos nos acercaban. En las primeras ocasiones de visita, comentábamos detalles de la semana transcurrida sin entrar en nada íntimo. Luego, con el paso del tiempo, nuestras conversaciones se hicieron más profundas, siempre dejando de lado lo personal. Es decir, hablábamos del mundo y sus miserias, del arte y el esplendor de lo artístico, de la historia y de nuestra desmemoria en cuanto a los agravios, ofensas y explotación recibida de los diferentes regímenes. También de las cuestiones de género, de cómo las mujeres somos situadas como humanos de segunda, discriminadas en todo, con miles, millones de prohibiciones encima, en fin, coincidíamos en calificar de desgracia, el hecho de ser mujer. Pero también decíamos que era posible emprender la lucha por la igualdad de los géneros, para terminar con la discriminación sexista, y toda malvada lacra contra de las mujeres. Así pues, tácitamente, admitíamos ser unas desgraciadas, sin darnos cuenta. Yo continuaba considerando a mi suegra una linda y maravillosa mujer, pero sin que en ese pensamiento existiera ningún contenido sensual, o lo pensara producto del atractivo físico que ella pudiera ejercer sobre mí.

Un domingo, hace ya dos años, cuando entré a la cocina me sorprendí al ver a mi suegra vistiendo una tenue blusita casi transparente, y no llevaba sostén. Sus senos esplendían fantásticamente desnudos debajo de la delgada tela. Hasta la sonrisa que llevaba en mis labios, se congeló; no digamos el habitual saludo en voz alta que siempre hacía al verla. Ella lo detectó, y dijo: “¿Qué te pasa?, hasta parece que viste fantasmas”, así de asombrado debió ver mi rostro. No supe qué decir. Pero mis ojos seguían fijos en los senos majestuosos. Ella supo que veía sus tetas, porque hizo movimiento intentando ocultarlos a mi vista. Pero no hizo sino situarlos de perfil, con lo que la hermosura de los senos aumentó por verse ahora erguidos, mirando hacia el techo, con los pezones oscuros, tiesos, como cerezas coronando pitones de toro.

Sé que se cohibió; entonces, yo reaccioné; me dije, es insensato, además de indiscreto, continuar con el arrobo visual provocando pena en mi madre política. Por eso, haciendo un esfuerzo, sonreí, dije el saludo habitual, para luego ir a abrazarla y besarla en ambas mejillas, a ser retribuida por los mismos besos, por sus brazos que me abrazaban, y las manos que acariciaban mi espalda, al parejo de las mías en la espalda de ella. Aún así, permanecimos mudas un tiempo, viéndonos a los ojos con expresión asombrada. Luego, tratando de poner un alto a mi inexplicable inquietud, hice algún comentario que nos relajó y pudimos iniciar una conversación cuyo contenido ya no recuerdo. Debe haber sido algo interesante, porque nos olvidamos de lo que había provocado el asombro avergonzado de las dos. Pero estaba dicho, ese domingo sería muy, muy especial.

Mientras la conversación intentaba ponernos de acuerdo en el tema, pude reflexionar sobre la causa de mi sobresalto embelesado. Los sonrojos que sentía llenaban mi rostro, fueron la expresión de mi comprensión del fenómeno. Con nerviosismo creciente, hice conciencia: los senos de mi suegra me producían una innegable excitación sexual; innegable, porque continuaba viendo esos fabulosos senos en cuanta oportunidad había, además de sentir una todavía más perturbarte sensación de atracción y, luego, deseo de admirarlos sin ninguna ropa delante de ellos; después, con verdadera vergüenza, pensé en besarlos además de acariciarlos plenamente con mis manos; todo esto, sintiendo que la humedad de la entrepierna se extendía hasta llegar a los muslos. Ella, aparentemente, estaba tranquila. Sin embargo, pude ver que sus muslos se frotaban uno contra otro, un tanto fuera de su control y voluntad. Es decir, la aparente tranquilidad intentaba ocultar su – nuestra – creciente excitación. Entonces, mi suegra dijo que iba por la escalera.

Desconcertada, esperé su regreso. Pero no lo hizo. La escuché gritar desde el patio para que fuera a ayudarla. En el patio hay un frondoso limón, casi en el centro. En los muros colocaron potentes focos para iluminar el amplio espacio. Con frecuencia comemos debajo del limón; la comida se prolonga hasta entrada la noche, por lo que se hace necesario encender los focos. Mi suegra ya había puesto la escalera recargada en uno de los muros. “Necesito poner un foco. Vamos a comer aquí, ya sabes, luego hace falta la luz; este foco se fundió hace unos días; no me había hecho el ánimo de cambiarlo”, dijo sonriendo, explicando así, su huída, porque ese significado tenía su inesperado mutis de la cocina. Yo creo que estaba un tanto lerda por la excitación, porque el remedio resultó más inquietante que la enfermedad. “¿Me sostienes la escalera mientras lo cambio?”, dijo, sin dejar de sonreír.

Cuando estuvo en lo alto, pude ver sus muslos redondos, suaves, mórbidos, verdaderamente hermosos y, más arriba, sus nalgas portentosas, cubiertas con una fina pantaleta de encajes, encajes que dejaban ver todas las nalgas, y unos pelos que, además, lograban salir de la prenda un tanto laxa. Tragué saliva ante la inesperada y excitante visión. Mis jugos se derramaron torrenciales, una de mis manos fue a la boca para acallar el grito de asombro que sentí venir desquiciante, irreprimible. En ese momento, elevé la vista para comprobar: ella no se daba cuenta que yo veía sus encantos más íntimos. Pero mi vista chocó con la de ella, entonces comprendió su error. No estoy segura de la intencionalidad de su exhibición, de una manera o de otra, ella fue consciente que la veía arrobada, excitada, temblorosa.

Haciendo un esfuerzo monumental, pudo colocar el nuevo foco y, presurosa, inició el descenso. Yo no pude apartar la vista de las lujuriosas formas de mi suegra durante el tiempo que estuvo encaramada en la escalera. Cuando estuvo en el suelo, a mi lado, con el rostro cubierto de sonrojos y sudor, con la mirada de pena inocultable, dijo: “¡Carajo, hija, no sé donde tengo hoy… la cabeza! Mira que subirme a la escalera así nada más… ¡Carajo!, me has de haber visto hasta… ¡carajo!, no tengo perdón de Dios”, dijo, y echó a caminar rumbo a la cocina.

La encontré con la cara oculta por las manos, sollozando de manera incontenible; lloraba en silencio. En el trayecto decidí restar importancia a lo sucedido; hacer, o intentar hacer, que ella desechara cualquier sentimiento de vergüenza. Por eso, en cuanto pude, la abracé y dije:

- Ya suegra, ya… no sé por qué se puso así. Digo, que haya visto sus muslos, ¿qué importancia puede tener?, ¿acaso no somos mujeres las dos… además de la confianza que nos tenemos, no cree que no es para avergonzarse por algo que no tiene la menor trascendencia? Vamos, vamos, yo creo que hasta podemos desnudarnos por completo por cualquier razón; no tenemos por qué sentir pena y mucho menos vergüenza.

Ella, suspirando, seguía derramando lágrimas. Yo insistí en que lo pasado no era de ninguna manera, algo incorrecto, o que hubiera incurrido en falta. Poco a poco se fue serenando. Con lentitud, se separó de mí para limpiar las lágrimas que mojaban su rostro. Luego me vio interrogante, aún con visos de pena, y dijo:

- Gracias por ser considerada… y no refregarme en la cara mi… brutal exhibicionismo. – Vamos suegra, ¿cuál exhibicionismo? Nada de eso. No hizo sino subir a una escalera para poner un foco y ya. Claro, yo estaba abajo, y no pude evitar ver… bueno, sus muslos. Entonces, si a esas vamos, yo debería de estarme muriendo de la vergüenza por no haber hecho lo necesario para dejar de… mirar hacia arriba, ¿no cree? O, en todo caso, ya hubiera dejado de vestir estas minifaldas que usted tanto me halaga porque… exhibo mis muslos descaradamente. Además, somos adultas, ¿no?

- Gracias hija, gracias por ser tan comprensiva. Tal vez tengas razón… pero…, ¡carajo!, te digo que este día no sé donde dejé la cabeza… tampoco me di cuenta que mi blusa… ¡carajo!, sé que lo notaste al llegar. Mi blusa, ¡Dios mío, mi blusa!, otra exhibición… desvergonzada.

- Mire suegra, ya deje de estar pensando como… las tipas machistas que tanto criticamos. ¿Qué importancia puede tener que usted y yo andemos encueradas juntas?, ¿Dios nos va a castigar?, ¿no recuerda tantas y tantas veces que hemos criticado la mojigatería reinante en esta tierra de explotación? Mire suegra, dejémonos de niñerías; mejor pensemos, sobre todo actuemos, como adultas, como defensoras del género femenino. – Volteé a la puerta de la cocina, agucé el oído para certificar que los varones seguían absortos viendo la tele, luego, un tanto inconsciente, continué – Mire suegra, para demostrarle que somos como le digo, voy a ponerme a tono.

Y levanté mi vestido hasta la cabeza. No paré allí, me lo quité, y luego retiré, ante los azorados ojos de mi compungida suegra, tanto el sostén como los calzones para quedar exquisitamente desnuda frente a ella. No pudo evitar dar un gritito sofocado ante lo que estaba viendo. Yo, encendida en rubores, caliente como nunca, di unos pasos para exhibirme cínicamente. Con la boca abierta, me veía caminar subida en los altos tacones que siempre uso, contoneando las nalgas mórbidamente, hasta mis manos sin control subieron a los senos para hacerlos ascender a la manera de las desnudistas profesionales. Ella, primero escandalizada, veía sin dar crédito a lo que miraba, luego, roja como semáforo en alto, sonrió, enseguida reía discreta, y acabó riendo a carcajadas. Entre carcajada y carcajada, decía:

- ¡Fabuloso, fabuloso, fabuloso! Indicando con sus palabras que yo debía continuar, al menos así lo interpreté. Excitada al máximo, deseando caricias que me hicieran estallar como cuando me masturbo, seguí bailando, ahora frotando mis muslos uno contra otro. Tuve un esbozo de orgasmo, y me di cuenta del riesgo de ser sorprendida por los machos. Entonces tomé mi vestidito, lo coloqué en su lugar, pero dejé las prendas interiores – que en ese momento consideré horrendas – en el piso. Ya vestida, sudando en la frente, con una catarata entre los muslos, dije:

- Ya ve suegra, no hay nada de qué avergonzarse. – Me senté sonriendo, viendo interrogante a mi suegra.

Mi excitación era fenomenal. Los esfuerzos que hacía para contenerla, los sentí condenados al fracaso si no ocurría algo externo que evitara alguna expresión de mi excitación. Jadeando, más por la misma excitación que por el ejercicio, tuve un estallido – no, no fue un orgasmo – mental. Vino a mi mente aquella extraña sensación que sentí… ¡el día de mi matrimonio!. Por primera vez al recordarlo, pude ligarlo a algo tangible: el abrazo de mi suegra ese día. Fue un abrazo estrecho, cálido, más que afectuoso, prolongado. Además, junto con el abrazo, susurró con la boca pegada a mi oreja, palabras afectuosas que poco tenían que ver con la sencilla felicitación por haber contraído nupcias. Mi mente, a marcha acelerada, identificó otra sensación que nunca quise admitir: la excitación sexual que el conjunto de las caricias de mi suegra provocó en aquél momento de confusión en todos sentidos. Ahora fui yo la asombrada por el recuerdo, y lo que acabábamos de vivir las dos. Una de mis manos fue a mi boca para acallar el grito que ya salía de mi garganta. Con asombro creciente, fui ligando incidentes a lo largo de la relación con mis parientes políticos, en particular con mi suegra, y encontré que en muchas ocasiones me quedé extasiada viéndola desenvolverse en las tareas domesticas, admirando las bellas formas de su cuerpo.

Recordé las muchas veces que no supe contestar a sus preguntas por haberme perdido en el azul de sus ojos. Ese domingo, no era la primera vez que veía sus senos fijamente, tampoco la primera ocasión en que me calentaba con solo verla. Turulata, tuve que admitir, mi preciosa suegra ejercía una atracción irresistible para mí. Atracción que era, en definitiva, francamente sexual. Fueron segundos de reflexión casi aterrorizada por muchas razones, en primer lugar, porque ella era mi suegra, seguida por las implicaciones homosexuales evidentes en todas mis apreciaciones y conclusiones. Tal vez la expresión de mis ojos casi fuera de las órbitas, pusieron en alerta a mi afectuosa suegra. Vi, casi sin verla, que movía la cabeza en franca intención de contemplar mejor mi rostro, tratando de desentrañar lo que pasaba en mi mente después del tremendo espectáculo exhibicionista realizado. Al no encontrar cómo interpretar mi reacción, dijo:

- ¿Qué te pasa?, ¿estás arrepentida de…? Con el alma en vilo, con la vagina interviniendo cínicamente en mi ánimo, tratando de ocultar lo que estaba resultando evidente en mí, contesté:

- Nada… ¡y mucho!… suegra. Estoy enormemente confundida. ¡Carajo!, así dice usted, nunca esperé sentirme… como ahora. Estoy, además de confundida, asombrada de mis… pensamientos, de mis reacciones, de mi… acto de desnudista de hace un rato. Pero, la verdad, hasta este momento no he pensado en… arrepentimiento; para nada, para nada… Oiga, suegra, y usted, ¿se arrepiente de lo que hemos hecho hoy… las dos? – dije, intentando zafarme por éste mecanismo, de las implicaciones que la pregunta tenía.

Ella acusó recibo del paso de la pelota a su cancha. Cambió la expresión de su rostro a una de seriedad borrando la sonrisa que tenía desde que las carcajadas acabaron. Me miraba con más insistencia que nunca, más profundo, intentaba desesperadamente penetrar a lo más íntimo y oculto de mis pensamientos y mi personalidad, cuando menos eso pensé en ese momento. Lo cierto es que, con un esbozo de nueva sonrisa, dijo:

- ¡A qué la chingada!, mira que eres mañosa. Me devuelves la pelota así nada más. Pero… creo, bueno, la verdad, no sé, no he pensado, no siento… tener respuestas a estas cosas… ¡carajo, hija, no te mediste con tu acto! – y ya no dijo nada más. Seguía con su expresión interrogante, los sentimientos vergonzosos había sido sustituidos por otros difíciles de identificar en ese preciso momento. Pero, más mañosa que yo, sin decir nada me devolvía la pelota. La palabrota de mi suegra era de su vocabulario preferido cuando su estado de ánimo estaba o muy confuso, o muy irritado por algo. En este caso, creo, la irritó mi respuesta evasiva.

Continué en mi meditación a la rapidez del pensamiento. Poco a poco, y recordando mis argumentos para tranquilizar a mi suegra, y el propio acto erótico representado hasta alegremente por mí, sonreí, mis ojos ya no estaban desorbitados, y mi talante era ya de tranquilidad, relativa y todo, pero tranquilidad al fin. Entonces, sonriendo ya abiertamente, delineé con un dedo el rostro de mi suegra, y dije:

- Mire suegra; creo que lo que nos ha pasado este dichoso domingo, amerita meterle mucho seso, mucha tranquilidad, hasta mucho estudio del chingo, como usted dice, de cosas implicadas en… bueno, en lo que hicimos consciente o inconscientemente. Me parece… sería bueno no seguirle en este momento en un concurso de preguntas y respuestas que no sabemos a dónde irá a parar. Mejor… bueno, estoy pensando en voz alta, le propongo posponer la discusión de este rollo, cuando menos para la semana que entra, digo, si usted está de acuerdo.

- Carajo, hija… ¿sabes qué?, pos yo pienso igual… también estoy que me lleva la chingada de la tremenda confusión que me cargo. Pero, ¿sabes qué?, el rollo que me echaste cuando volvimos de poner el desgraciado foco, me puso en el camino de pensar, digo, de meterle ganas a… bueno, a la defensa de las ideas que desde siempre hemos defendido tú y yo. Te confieso… ¡la vergüenza aún ronda en mi ser! ¡Estoy hasta la madre de avergonzada!. Y sí, es lo mejor dejar las cosas para retomarlas… ¿te parece bien el próximo domingo? – O antes si es que se puede, ¿estamos de acuerdo entonces?

- ¡Claro!, no se diga más… ¡aquí no ha pasado nada!, bueno, tal vez el domingo que entra… ¡sí pase!, no sé que, pero algo va a pasar. Tal vez dejarnos de ser… tan liberales. ¿No crees? – Pues… mire suegra, no adelantemos vísperas. Meditemos cada una por su lado, y luego entre las dos, y a ver qué sacamos en claro, ¿no cree? – La verdad, no hay que discutir más en este momento. Además, ¡la pinche comida todavía no está lista!

Así terminó la discusión, no nuestra inquietud. La mía en particular era tremenda por las reflexiones que hice en esos terribles minutos de confrontación con la realidad, con lo que aconteció y con las ideas dominantes, un tanto matizadas por nuestra rebeldía ideológica que estaba puesta a prueba de una manera no esperada y de una radicalidad que me tenía estupefacta.

Los machos notaron nuestra parca intervención verbal en las futilezas comentadas, y reclamaron a lo pendejo. Nosotras no hicimos el menor de los casos, esto era habitual cuando los “amos” se ponían necios.

Perpleja, anonadada, casi en el pasmo total, pasé la noche en una larga discusión conmigo misma. No dormí, tampoco logré poner punto final a la contradicción que me estaba angustiando. Por un lado, las sensaciones agradables, muy excitantes, de los sucesos del día, así mismo el recuerdo de la primera manifestación emocional frente a la hermosa suegra que mi marido puso en mi camino. Por el otro, el rechazo insistente a continuar en las mismas acciones provocadoras del domingo, tanto de ella, como a partir de mi incomprensible actitud en muchos sentidos. La posible conciliación entre las dos posiciones, se me antojó imposible cuando me estaba bañando.

Al pasar mi mano por mis senos, no pude reprimir el recuerdo de los maravillosos senos de mi suegra, y mis manos se extasiaron acariciando mis propios pechos, mis pezones, y luego, sin poder contenerme, sentí dedos en mi pucha, dedos que iban y venían haciéndome jadear primero, luego gemir, y después gritar el tremendo orgasmo que me sacudía con la imagen de las nalgas, los muslos y las piernas de mi suegra danzando en mis retinas y en la fantasía, fantasía que consistía en verme lamiendo el contorno de las tremendas – por bellas – nalgas de mi madre postiza, luego mi lengua viajaba por la redondez de los muslos y remataba chupando cada uno de los dedos de los hermosísimos pies de las misma atractiva y preciosa suegra de mis angustias. No sé cuantos orgasmos, y cuántos litros de agua pasaron por mi cuerpo antes de allegarme un poco de sosiego, un poco de calma para poder vestirme e irme a trabajar. Al seleccionar el vestido, tuve otro tremendo sobresalto; escogí el mini vestido más pequeño de mi guardarropa, el más delgado, tan delgado que siempre lo consideré bien inadecuado para el trabajo porque dejaba ver mucho más de lo que ocultaba. ¡El colmo, no me puse ropa interior!. Sin embargo, cuando me vi en el espejo, sonreí dichosa, pensando en los brincos que iban a dar los compañeros de trabajo… estaba en ese pensamiento, cuando tuve la clara visión: quienes más se iban a extasiar viendo mis bellas formas, serían mis compañeras, no los machos estúpidos.

Este pensamiento fue el que me decidió para no cambiar de atuendo. Y esta idea, me puso frenética. Me situaba de nueva cuenta en el frágil equilibrio entre la hetero y la homosexualidad, entre la que se debe hacer y lo que no. Fue tal mi angustia, que me dejé caer, sentada, sobre la cama. Me vi en el espejo de cuerpo entero, y mi facies me alarmó. Era un rostro de sufrimiento atroz. Sin los afeites puestos, más marcada fue la triste expresión. Más me conmocioné, cuando vi mis pelos claramente reflejados en el espejo. Pelé los ojos… ¡y abrí más las piernas! para que la visión fuera más contundente. Y, ¡carajo!, en lugar de continuar mi expresión de sufrimiento, angustia y rechazo a mi actitud, vi mi sonrisa, era una sonrisa espléndida, como cuando estoy muy contenta, agradada, o cuando alguien me llena de halagos. Entonces, abrí y cerré con parsimonia, mis bellos muslos, extasiada en la contemplación de mi propia belleza. No quise seguir en la misma indecisión; me levanté, y fui a sentarme al tocador para terminar mi arreglo matutino. Al salir de casa, estaba radiante, contenta, deslumbrante, hermosa, y muy caliente.

En el trayecto al trabajo, mis dudas e incertidumbres, quedaron liquidadas. Me olvidé de los reclamos moralistas, y me decidí a disfrutar lo que aconteciera y, también, a mandar al diablo las posibles críticas que se dieran. A la vez hacer una especie de encuesta midiendo las respuestas que el medio diera a mi estrafalario y provocador atuendo.

Mi idea de la conmoción entre los compañeros y compañeras de trabajo, se dio tal como lo pensé, como lo sentí al reflexionar en este fenómeno. Los machos me vieron pasar pelando los ojos, la boca abierta, oligofrénicos irredentos. Nada más terminé de desfilar frente a ellos, se olvidaron de mí. En cambio, las hembras me siguieron con la vista casi todas, las otras se fueron tras de mí para no perderse el fabuloso espectáculo que mi lindo culo estaba dando. Es cierto, la faldita era tan pequeña y mis movimientos intencionalmente intensos, que mis nalgas por atrás, y mis pelos por delante, se veían a casi a cada paso que daba. Mis hermosas chichis estaban a la vista, como si no vistiera tela alguna. Y yo, caliente a más no poder. La humedad se sentía hasta en los muslos, y mi respiración estaba agitada, casi jadeante. Llegué a mi oficina; me senté en una de las sillas, no tras el escritorio deseando continuar la exhibición de mis encantos, es decir, que continuaran los mirones de ambos sexos a través de los cristales. Mi secretaria, una chica muy linda, se apresuró a entrar. Cerró la puerta en cuanto entró, y dijo:

- ¡Caramba, patrona, estás… esplendorosa!. ¡Muy bella!, la verdad. Pero… oye, ¿no te sientes mal con… tantas miradas en tus… encantos?, ¡se te fue la mano patrona!, ¿no crees? – Para nada… ¿y tú? – ¿Yo qué? – Digo, ¿cómo te sientes al ver en directo mis muslos, mis piernas y mis pelos? – ¡Caray, querida!, hasta desbozalada, pues… ¿cómo habría de sentirme?, te diré… me siento un tanto sorprendida, otro poco asombrada, después deslumbrada, y luego envidiosa de tus encantos, de tu fenomenal belleza, belleza que hoy es… ¡impresionante! Enseguida, creo que no te enojarás, un tanto inquieta, ¡caliente es mejor decir!, sin ánimo de ofender… y quisiera entendieras esto solo como una consecuencia de tu avasalladora belleza vista… ¡al desnudo! Caramba, ya hablé de más, ¿no crees?

- Me halagas un chingo, querida… dijiste cosas muy, pero muy hermosas. Me gustó mucho lo dicho por ti…. sobre todo, ¡que te sientes caliente! Pero, déjame hacerte una pregunta, pregunta que me encantaría contestaras con sinceridad, tal como lo pienses en el momento mismo de que yo termine la pregunta, ¿sale? – ella sintió un tanto expectante, inquieta en verdad, con rubores subiendo y bajando por su lindo rostro – Dime, ¿no te apena decir que te ¡calentó!, ver una mujer casi desnuda, y más si en realidad te estás sintiendo así? Suspiró profundamente, sonrió de una preciosa manera, y dijo:

- ¡Pues no, no me apena!, ¿por qué habría de apenarme decirle a una mujer que es muy bella y que, además, su belleza desnuda me ha calentado? Solo estoy diciendo la verdad, verdad que, te confieso, me inquieta un tanto, pero por otras razones, y no por la vergüenza de decirlo. -¡Sorprendente! Pero, ¿te puedo hacer otra pregunta? – asintió sin dejar de sonreír, estaba contenta, tal vez arrobada por mi belleza y por el inesperado diálogo que se desarrollaba – Como en la otra, quiero que me digas la verdad y solo la verdad… te aseguro que la respuesta quedará solo entre nosotras, ¿sale?. Bien, ¿eres lesbiana? Se carcajeó, me miró alegre, se puso una mano en la boca, luego, sonriendo tan espléndidamente como antes, dijo:

- No, patrona, no soy lesbiana. Pero tampoco desecho la posibilidad de que, algún día, una mujer pudiera atraerme lo suficiente para tener una hermosa relación con ella. Por esto es que… – por primera vez titubeó – bueno, por esto es que me atreví a decirte lo ya dicho y redicho. Te aseguro, no siento nada vergonzoso decirte que eres muy bella, muy hermosa, la verdad, y más viéndote encuerada, bueno casi encuerada, poco falta para que estés total y descaradamente desnuda. Además, y si esto es lo que te inquieta, tampoco me da pena decirte que… verte desnuda, ¡me calienta!, y más ahora que, bueno, estamos acaloradas – es un decir esto del calor – comentando esto. Y… – otro significativo titubeo – tampoco tengo por qué ocultar que me eres muy, pero muy, demasiado… ¡atractiva!, no pienses que este pensamiento es una… proposición, para nada, aunque… debes tener muy presente… ¡nunca se lo había expresado a nadie! Te dejo, ya te entretuve. ¿Se te ofrece algo? Mientras Ana hablaba, me bebía sus palabras. La intención central para llegar a la oficina con mi escandaloso atuendo, era hacer una especie de encuesta donde se expresaran las opiniones “morales” en torno a mi desnudez embozada.

Ana superó con creces las expectativas. No solo opinó favorablemente en cuanto a la forma de vestir, también se expresó, ¡vaya si lo hizo!, en torno a las tendencias homosexuales, y al atractivo que cualquier mujer puede tener hacia otra mujer en el sentido sexual de la atracción. Todavía más, con sinceridad confesó la excitación sexual franca que la visión de mis encantos le produjo… y, ¡carajo!, hasta se insinuó, casi me invitó a tener un acercamiento corporal. Esta última consideración hizo que mi semblante se contrajera, que mi corazón latiera con fuerza, que el sudor, además de mi humedad ya importante, bañaran mi cuerpo. Me sentía francamente excitada, no sólo eso, deseaba enormemente sentir las caricias de una mujer, la que fuera, pero si la preciosa chiquilla que me veía con sorna, sonriendo, esperando mi respuesta, estaba dispuesta, ¿por qué no experimentar de una buena vez y dejarme de chingaderas, como dice mi suegra?. Entonces, entorné los ojos, abrí más los muslos para que mi vulva quedara totalmente expuesta a las miradas febriles de Ana, y dije:

- ¿Sabes qué?, me encantó tu posición frente a mi audacia. Debo advertirte, tampoco soy lesbiana… pero, como tú, no estaría en desacuerdo de tener una experiencia de es tipo. Eres hermosa y, también, me eres demasiado atractiva, en el sentido sexual del atractivo. Sí, así es, no te extrañe. Claro, mis palabras, como para mí las tuyas, son una sorpresa, tal vez en primer lugar para cada una de nosotras. Creo que, de no ser por mi vestidito del demonio, ni tu ni yo, hubiéramos pensado en tener una experiencia… al margen de las normas, de lo normal dice una bola de pendejos y pendejas, ¿no crees?. Pero bueno, al grano. Tu última frase… deja la puerta abierta para… un posible acercamiento, para decirlo de esta forma, entre tu… y yo. ¿Estoy en lo cierto? – devolvía la pelota, se me estaba haciendo costumbre. Su sorna desapareció; su respiración se hizo frecuente, sus ojos reflejaron la sorpresa enorme que mi propuesta le causó. Sin embargo, viendo fijamente mi vulva espléndidamente expuesta, tragando saliva, sin titubeos, dijo:

- ¡Eso me saco por hocicona!… pero, ¿por qué no? Te puedo asegurar, como tú lo planteaste, de no darse esta conversación, nunca le hubiera dicho a nadie, desde luego a una mujer, lo que te he dicho, sin importarme fuera, dije en mis primeras hociconadas, muy atractiva. Y sí, sí me gustas para tener esa experiencias que tú planteas… bueno, ¡chingada madre!, ya lo dije. Perdona la palabrota. Bueno… – como diciendo, “tú tienes la palabra” A estas alturas mi vulva era un gran lago. Mis pezones me dolían de lo erecto que se habían mantenido, mis nalgas hormigueaban. Tragué saliva y dije:

- Entonces, ¿te parece bien que veamos… a donde ir, al salir del trabajo? – Pues… sí. Mira… hemos sido tan directas, que no se vale sacarle. ¿Por qué esperar hasta la salida para tener cuando menos un avance? – sin esperar respuesta, se dio la vuelta y, con parsimonia asombrosa, cerró las persianas que cubrían los cristales de la oficina. Luego, para mi asombro mayúsculo, tomó el vuelo del vestido, y lo sacó por la cabeza quedando solo con un precioso juego de encajes cubriendo sus tetas y su pucha, aunque tanto sus pezones, areolas, como sus pelos, quedaban a la vista de una encantadora manera, y tanto que ese semidesnudo era sumamente excitante. No paró, siguió quitándose ropa hasta quedar completamente desnuda. ¡Su cuerpo era un maravilloso ejemplo de la belleza femenina adolescente! Con la boca abierta, me extasié viéndola, y mi excitación se fue a las nubes, sintiendo que una catarata manaba de mi pucha.

Ya sin voluntad para rechazar nada, hice caer mi mini vestido, y ambas estuvimos desnudas, frente a frente, serias, demudadas, expectantes, calientes como fragua de herrero. Las manos de ella acariciaban lujuriosamente sus chichis, las mías querían sentir esas bellas montañas. Por eso, además de ser ahora la de la iniciativa en compensación de la tomada por ella, avancé a su encuentro sin titubeos, jadeando, casi gimiendo por la excitación galopante que me saturaba. Tal como era mi deseo, toqué sus tetas, suspiré, sonreí al tener la extraordinaria sensación que las chichis me producían en todo el cuerpo, repercutían en el centro de mi pucha, haciendo contraerse con fuerza a mi vagina. Ella suspiró y, viéndome a los ojos arrobada, estiró sus manos para a su vez tomar mis chichis con sus manos suaves. Apreté su pezón, ella el mío. Yo estilaba, creo que ella también. Me mordí los labios como una exhortación a besar los ajenos que hermosos tenía a centímetros de los míos. La besé con inseguridad, con aprensión, como si pudiera rechazarme.

Ella abrió la boca para recibir mi beso, y se adelantó a meter su lengua en mi cueva llena de saliva. Luego, las cuatro manos se fueron a las dos espaldas para atraer al otro cuerpo y así consolidar beso y abrazo. Las manos bajaron casi en simultáneo, hasta las nalgas de la otra, sin dejar de sobar una lengua con la otra haciendo que las cuatro chichis se frotaran una y otra vez. A los suspiros, siguieron los jadeos y los gemidos estruendosos de las dos, al aumentar el frotamiento de los cuerpos. Yo quería sentir sus pelos que apenas pude apreciar, deslumbrantes por supuesto, y una de mis manos inició el viaje hasta el valle de los bellos vellos. Ella, suspirando con ruido intenso, hizo lo mismo con una de sus manos. Los dedos de las dos manos, luego de que acariciaron suavemente los pelos de las dos puchas, intentaron meterse a las rajas respectivas y, al lograrlo, ambas nos estremecimos furiosamente excitadas. Ella tenía dos dedos en mi raja, yo tres, y los cinco iban de la horquilla, de la puerta de la vagina, hasta el glorioso clítoris que ambas sabíamos deseaba intensamente ser acariciado. Pero aún antes de los que resultaron ágiles dedos, llegaran al punto central del placer, ambas tuvimos un primer orgasmo maravilloso, convulsionante, como nunca lo había sentido yo, tal vez ella tampoco.

Estremeciéndonos, continuamos acariciando con los dedos, ninfas y grandes jetas, sin llegar, mañosas, al divino clítoris. Ella no resistió más; tocó con dulzura, con suavidad encantadora, mi cabecita que tanto amo y que tanto acaricio ante la falta de… pero, el orgasmo que tuve fue sensacional, hizo que mi cuerpo entero se doblara, mi mano y mis dedos siguieron el ejemplo de los amigos que estaban en mi pucha, y llegaron al clítoris de mi amada, lo tocaron suavemente, lo acariciaron con suavidad por uno y otro lado del capullo, para ir a la caricia leve, muy leve de la cabecita amiga de mis dedos. Gritó y gritó, sin importarle que alguien nos pudiera escuchar y sorprender en ese maravilloso coloquio amoroso. No pudimos sostenernos, y caímos al piso. Aún allí, nuestras bocas continuaron fusionadas, y las lenguas no paraban en la loca danza del amor y la excitación reforzadora del orgasmo mutuo. Cuando nuestros jadeos y gemidos empezaban a disminuir, deseé urgentemente besar y lamer las chichis prodigiosas de la chiquilla hermosa que estaba debajo de mi cuerpo. Suspendía el beso, ella se sorprendió, pero al sentir mi lengua que viajaba lamiendo hacia abajo, suspiró e hizo lo mismo hasta donde podía alcanzar… y ambas pudimos lamer las chichis de la otra, lamer los pezones, las areolas, morder unas y otros, mamar con los labios  la sagrada caverna del placer, intentó entrar, pero la barrera virginal lo impidió provocándome un tremendo orgasmo la comprobación de la virginidad de mi amada amante.

Aspirando sus fuertes y sabrosos olores, lamiendo si descanso y dulzura, con toda la ternura de que soy capaz, llegué al clítoris donde las estrellas del placer están latentes en espera de una lamida, una mamada, una caricia, para nacer al mundo y manifestarse con un orgasmo que sature de placer a la mujer poseedora de tan fabuloso tubérculo. Ella gritaba y gritaba, yo no entendía, pensaba que eran los gritos orgásmicos. Por fin pude entender: ¡ella demandaba mamar mi pucha! Pero yo deseaba apasionadamente continuar mamando la fabulosa concha. Entendí que no podía ser egoísta. Mi instinto funcionó. Sin sacar la lengua de la raja prodigiosa, me fui dando la vuelta, abrí los muslos para brincar sobre el cuerpo yaciente, bajé las nalgas para hacer llegar mi hermosa pucha a la boca anhelante que la esperaba salivando intensamente. ¡Carajo!, que delicia sentir esa lengua en mi raja.

Solo sentirla, me hizo estallar en un colosal orgasmo que no paró hasta que la fuerza de las dos se agotó. En tanto tuvimos energía, ambas mamamos como si la pucha se fuera a acabar de un momento a otro, ella, no sé, pero con una sabiduría sorprendente me lamió como si ya tuviera siglos de mamar conchas, de comerse puchas enteras, de dar ternura, con su lengua, a miles y miles de clítoris enhiestos. Acezando, jadeando, permanecimos una sobre la otra. Luego, ella volvió a ser la de la iniciativa. Vino hasta mi boca para besarla, no sin antes lamer los jugos de su pucha que llenaban mi mentón, mi mejillas, hasta en los párpados tenía jugos de su precioso conejito.

Claro, yo hice lo mismo, y al hacerlo, no obstante la languidez del placer, tuve otro maravilloso orgasmo, aunque de una potencia apenas sentida. Por fin, abrí lo ojos que mantuve cerrados durante el tiempo del activo amor, bueno, siempre los abrí para mirar y complacerme, para excitarme viendo sus encantos y así poder lamer mejor, abrí los ojos y la vi sonriente, feliz. Con una estimulante alegría, dijo:

- Carajo, corazón… ¡qué divina experiencia me has hecho tener! No sabes el enorme gozo que tuve, poco más, y me disuelvo en orgasmos… carajo, parecía que nunca se iban a acabar… ¡qué maravilla me has hecho conocer, y disfrutar! Además, nunca me cansaré de admirar tu enorme belleza, la verdad, eres una beldad incomparable, una diosa, la verdad. Sé que es una ingenuidad cursi, pero, ¿te gustó?

- Mi amor, mi amor, mi linda chiquilla, me dejaste para el arrastre de tanto placer que me diste con… tus incomparables caricias, con tus lamidas tan tiernas, con las mamadas de chichis que me diste, ¡caramba!, con todo lo que empleaste para hacer de mi un todo continuo de placer. Pero más que todo, despejaste de tonterías mi pendeja mente. Me has hecho gozar de hacerte gozar, he sabido, por tu cínica causa, que mamarte es desear ser mamada por tu lengua espléndida, tan sabia que casi me mata de la gloria inacabable del orgasmo casi único que tuve durante todo… ¡carajo!, qué hermoso fue amarte, lamerte, acariciarte, y mamarte incansablemente. Ven, ven amorcito, chiquilla preciosa, deja que te bese…

Nos besamos con inmensa ternura. El beso tierno, me hizo llorar de felicidad. Cuando ella vio mis lágrimas, lloró al beberlas, luego de chuparlas con sus labios. A mi vez, lamí sus lágrimas que me supieron a gloria, que me hicieron sentir lo que es el amor que nace tan inesperadamente. Ella, me besó con suavidad, lamió levemente mis labios, secó con sus dedos sus mejillas llenas de mi saliva, y dijo:

- Debemos bajar de la gloria que mencionas… ya es tiempo de salir a la luz horrenda. Creo… pero qué importa, ha sido fantástico amarte, hacerte gozar, sentir tus caricias con manos, boca y lengua… – Tienes razón – la interrumpí. Intentando ponerme de pie. No pude en el primer intento por la debilidad de mis piernas aun temblorosas de placer – carajo, quién sabe cuánto tiempo hemos estado en la euforia de la cogida.

En realidad el tiempo no fue demasiado. Además, los mirones están acostumbrados a vernos encerradas cuando se hace necesario – es necesario con cierta frecuencia – trabajar fuera del mundanal ruido. Mi temor era que notaran el rostro rojo, sudoroso, las ojeras pronunciadas de mi amorosa chiquilla, ya que yo permanecí dentro de mi oficina regodeándome en el placer del recuerdo del fabuloso encuentro con la realidad del amor lésbico, encuentro que derrotaba definitivamente mis prevenciones morales relacionadas con el sexo y su práctica. En ese momento, mi excitación – increíble – regresó potente porque el pensamiento era, estaba, dirigido a la contradicción surgida ante la posibilidad de amar a mi querida – ahora obsesivamente deseada – suegra. Reí como loca al precisar la idea: ¡Era imperativo que me cogiera a mi hermosa suegra!, así, imperativo, tanto que pensé en salir presurosa para ir a desnudarla, besarla y mamarla como mamé a mi ya muy amada chiquilla llamada Ana.

Durante la jornada de trabajo, no perdimos oportunidad para hacernos alguna caricia, para darnos un presuroso y tierno beso. Antes de salir, nos prometimos, a la brevedad, pasar un largo tiempo amándonos. Ella estaba feliz, yo rebosaba, estaba materialmente envuelta en eso que ha dado llamarse, felicidad.

Felicidad por haber roto con tantas y tantas reservas estúpidas para amar y ser amada, por haber mandado al diablo mis prejuicios homofóbicos, en fin, feliz por haber tenido el amor de una linda chiquilla, hermosa en realidad, con un cuerpo fabuloso, unas no menos fabulosas tetas, nalgas preciosas, duras y lisas, y una vulva espectacular; felicidad por las sensaciones que aún recorrían mi cuerpo, sobre todo los olores a sexo femenino que impregnaban mi piel y mi nariz, olores por nada del mundo quería que desaparecieran, incluso hice el propósito de no bañarme sino hasta la mañana siguiente. Más felicidad tenía, porque las vacilaciones respecto a mi suculenta suegra, quedaron definitivamente eliminadas. Para ser congruente con lo anterior, al llegar a casa decidí visitarla sin tardanza, tal vez al día siguiente.

Muy temprano, desperté llena de olores fantásticos que me erotizaban sin tregua. La evocación del bellísimo encuentro con la beldad llamada Ana, me hizo sonreír feliz, alegre, decidida a gozar siempre que fuera posible, además de hacer propicios los momentos, de la misma forma que la malvada Ana hizo viable el momento delicioso de la mañana anterior, momento no exento de riesgos, lleno de incertidumbres por la posible respuesta de rechazo de una o de otra, en fin, un momento precario que se transformó en formidable momento de amor. Eso haría en delante. Y, para ser congruente, decidí ir directo a la casa de mi deseada, mi hermosa, mi cachonda – suponía que era cachonda, no sé por qué – suegra. Pero el trabajo era un obstáculo. “Este escollo es menor al freno de los prejuicios, y fui capaz de superarlo”, me dije, y actué en consecuencia. Hablé con mi bella Ana; le dije que avisara a los jefes que llegaría hasta por la tarde.

La diablilla sugirió que me iba a coger con alguna hermosa chava, pero que no se ponía celosa, “al fin que tu pucha, tu concha jugosa, es jabón que no se acaba; puedo estar segura que seguiré comiendo de ella, que continuaré bebiendo de tus jugos para saciar mi sed de placer”, dijo entre risas que a mi me supieron a gloria. De todas formas negué que esa fuera la razón, sin dejar de sorprenderme de la fina intuición de la maravillosa chiquilla despojadora de mi tontera homofóbica. Le envíe un montón de besos en sus tetas, en sus nalgas y, naturalmente, en su vagina, en su pucha deliciosa. Casi me masturbo por estar de morbosa y calentándola por teléfono.

Como el día anterior, me bañe minuciosamente, me di una buena masturbada, masturbada anunciada por mi bella Ana, y vestí lo más pequeño y transparente que tenía en mi ropero, no me puse las que ya estaba considerando obstructoras prendas interiores, me puse los zapatos de tacón más alto, y salí radiante a la conquista de la formidable suegra de mis amores. Ni siquiera le llamé para anunciarle mi visita.

A pesar de mis reflexiones, de la experiencia de la mañana sublime con la increíble Ana, de la decisión hecha, al tomar mi auto para irme, temblaba incontrolable, mi corazón galopaba incontenible, mi mente era un caos de contradicciones supuestamente superadas metiendo mi boca y mi lengua en las profundidades de la exquisita pucha de la Ana deshacedora de entuertos prejuiciosos. No obstante, dirigí el auto a la casa de mi suegra; sabía que estaba sola, el macho de su casa seguramente estaría trabajando. Al levantar la mano para oprimir el timbre de la puerta, mis piernas casi se niegan a continuar sosteniéndome. El tiempo que tardó mi suegra en abrir, me pareció interminable, hasta estuve a punto de dejar ahí el asunto y volver al carro para salir huyendo. Abrió, me miró sin poder ocultar la sorpresa, titubeó un poco, pero al fin dijo: “Hola, Linda, ¿Qué andas haciendo?, ¿qué no es día de trabajo?”, entre seria y risueña.

- Pues nada, querida suegra, decidí venir a visitarla… tal vez para resolver de una vez por todas el… asuntito que dejamos pendiente. – Malvada, tan malvada como Ana cuando me dijo lo que me dijo, antes de prendernos a besos.

Si al abrir estaba sorprendida, después de mi declaración estaba estupefacta, anonadada, al borde de la graciosa huida. Los ojos se transformaron en platos enormes, los rubores la incendiaban. No atinaba a decir nada, ni siquiera a moverse para que yo pudiera entrar, porque era claro que no me despediría allí mismo en la puerta. Entonces yo dije:
- Vamos, suegra, ni que hubiera visto al demonio. Bueno, algo tengo de eso, pero recuerde, soy su querida nuera. ¿No va a invitarme a entrar? – Pícara y risueña, viéndola con mirada seductora, con el continente tenso, la verdad. – ¡Carajo, hija!, es que, en verdad me sorprendiste. Al escuchar el timbre imaginé cosas, menos que tú fueras la que tocaste. Pero, entra, entra, no sabes la pena…

Se separó para que yo pudiera ingresar al recinto donde, pasara lo que pasara, estaba dispuesta a seducir a mi adorable, mi bella suegrita. Entré contoneándome, moviendo mis exquisitas nalgas de una manera arrobadora, verdaderamente voluptuosa. Ella estaba en bata de casa, con el pelo recogido en una hermosa cola de caballo, sin afeites – aunque nunca los usaba, esa mañana fue notable la carencia del maquillaje, quizás por la extrema palidez que tenía su rostro – muy ama de casa pues. Vi que veía mis nalgas, también que no sabía qué hacer o cómo proceder; seguía prendida de la puerta sin hacer movimiento alguno. Yo volteé a verla, le sonreí, acaricié su rostro con uno de mis dedos, y dije:

- ¿No va a cerrar? Y la tomé de los hombros, la jalé hacia adentro, cerré la puerta y, sin más, la besé con ternura en la boca semiabierta. Ella no retrocedió, tampoco hizo nada, apenas si respiraba. La vi fija y profundamente a los ojos, ojos que solo me decían la enorme sorpresa que la dueña tenía, incluso, no se opuso al beso, solo me dejó hacer. Repetí el beso, solo que ahora la ternura se acompañó de la pasión extrema que me consumía. Lamí sus labios, metí mi lengua, la abracé, y ella continuaba pasmada. “Eres hermosa, linda. No sabes las ganas que tenía de verte, de venir a besarte…”, dije en susurros pegada mi boca a su oreja. Sentí los estremecimientos del cuerpo, los titubeos de su lengua que trataba, y no, de eludir el contacto de la mía que había vuelto a penetrar su boca. “No pasa nada, amor, nada que no quieras que pase… y supongo que quieres que te bese, estoy segura que quieres besarme; vamos, querida, esto es lo que las dos estamos deseando desde no sé cuándo. ¿No vas a besarme?”, volví a susurrar en su oído.

Entonces ella, con brusquedad, se separó, me vio con rostro duro, labios apretados y extremidades superiores inertes colgando a los costados. Sentí que algo deseaba decir, su boca mantenía un rictus adusto, casi de enojo; en sus ojos no había rechazo, tampoco coraje, solo sorpresa, tal vez una inmensa interrogante. A pesar de estar clara que la situación podía degenerar al pleno rechazo, volví a besarla empujando sus labios con mi lengua para abrirlos y poder buscar su lengua y saborear la deliciosa saliva de la boca tensa. Al tiempo que puse mi boca en la suya, y mi lengua la penetraba, percibí que la cabeza hasta entonces rígida, se aflojó, aunque no tanto como para decir que buscaba una mejor posición para el beso. Besándola, suspiré, y llevé mis manos a su espalda para abrazarla y atraer su cuerpo contra el mío. Entonces, la lengua que estaba inerte, o se movía tratando de adivinar por donde iba la mía para eludirla, ahora aceptó el contacto y empezó a mover, como no queriendo, la punta para mejor contactar con la mía. ¡Fue el inicio!, de ahí en adelante, no resistió; por el contrario, se torno de un activo, que hasta me asombró. Por principio de cuentas, me abrazó y apretó el beso; su lengua se hizo móvil al extremo que se metía por los rincones de mi boca. Ya jadeaba, para mi sorpresa, pues yo apenas si estaba entrando en calor, bueno, esto es un decir. Ese beso inaugural duró eternidades, para mi placer y beneplácito.

Ella, de nuevo, fue la que lo suspendió separándose bruscamente para verme con mirada que quiso ser dura, pero que en realidad era la expresión del estado de máxima fiebre de mi adorada suegra. “¡Eres una cabrona!”, me espetó sin más. La vi con sorpresa. Era tan desconcertante la mirada, ese rictus duro del rostro de mi suegra, que hasta esperé una bofetada. “¡Eres una linda hija de puta!” seguía en los insultos. Pero ahora sus palabras me calentaban, en lugar de alarmarme. “Una hermosa maricona que trata de hacer de mí… ¡una feliz maricona!” una de sus manos se fue hasta tomar mi pelo, lo envolvió con sus dedos, y tiró. El tirón fue para poder besarme, y lo hizo casi con furor. Mordió mis labios, luego los lamió con ternura. Siguió jalando mi pelo como para que no escapara, y volvió a morder mis labios con cierta fuerza, me dolió, pero suspiré deseosa de más mordidas; luego la ternura de sus lamidas, al tiempo que el jalón de pelo se hizo más intenso, pero ya no para continuar pegando mi boca a la suya, sino para llevar mi cabeza hasta que mi boca estuvo a la altura de sus seno mi espalda, y dijo: “Muerde, hija de la chingada, muerde!” claro, repetí las mordidas hasta que mi adorable suegra estalló en gritos de dolor y placer, expresando así el primero de sus orgasmos. Y volvió a tomar mi pelo, jaló con fuerza hasta hacerme desprender de su preciosa teta, luego, sin miramientos, me abofeteó.

Yo, enloquecida de lujuria, devolví con la misma fuerza, la bofetada. Vi cómo el rostro era sacudido por mi mano, y cómo los gritos de mi bella y brutal suegra se repetían en otro orgasmo colosal, tanto que desfalleció gritando, y vino a acurrucarse, mansa, en mi hombro. Entonces sentí una enorme ternura, ternura que quise transmitirle. Para eso, acaricie con lentitud y suavidad su pelo, luego metí las manos por debajo de la bata, y suavemente acaricié su espalda, mientras la escuchaba jadear, sollozar, regar con lágrimas mi hombro. La lentitud del caminar de mi mano, y el casi cese de sus jadeos, me indicaron que era tiempo de pasar a otra etapa del encuentro que estaba resultando totalmente inesperado, brusco, aunque detrás de esa brusquedad estaba la inconmensurable ternura de las dos. Haciendo los movimientos más suaves y cariñosos que pude, fui retirando la bata de sus hombros para dejarla caer a nuestros pies. Luego, tratando de recompensar a las tetas maltratadas, las besé tiernamente, las lamí con dulzura, las llené de saliva queriendo curar las placenteras heridas que mis dientes hubieran provocado.

Ella jadeó de nuevo con intensidad creciente, suspiró en varias ocasiones, sentí una de sus manos por detrás de mi cabeza y, con sorpresa porque esperaba un nuevo tirón, la mano se dedicó a alisar mansamente mi pelo en toda su extensión, apretando de cuando en cuando, con suavidad para que mi boca estuviera más pegada a las preciosas chichis que yo mamaba entusiasmada, sintiendo que mi vagina era un pozo de agua desbordado. Estaba febril, enardecida al extremo, pero también deseado que la violencia inicial fuera sustituida por un remanso de ternura y caricias que me hicieran recibir el gozo anhelado. Lamía y lamía, sintiendo las espasmódicas contracciones del bello cuerpo de mi adorada suegra. Un nuevo gritó, cuando mis manos se metieron entre las nalgas, y uno de mis dedos, sin proponérmelo, intentaba entrar en el reducido espacio del culo. Ella movió las nalgas rechazando el acoso digital; luego, tiró con enorme suavidad de mi pelo para hacer que mi rostro quedara frente a frente con el de ella. La mirada casi feroz del inicio, se había exorcizado con los orgasmos fantásticos que la hermosa feroz había tenido, y ahora era una mirada de dulzura increíble, lánguida, amorosa, realmente avasalladora. “Ven querida, quiero acunarte, quiero que mames como bebita”, dijo, con ternura creciente.

Me llevó de la mano, ella por delante, lo que me permitió ver sus nalgas esplendorosas y más con los movimientos voluptuosos que hacían al caminar. Al llegar a la sala, se detuvo, volvió a verme, me besó con un beso por primera vez voluntario, tierno, amoroso, muy leve y pasional. Lamió mis labios, su lengua extendió la caricia hasta la mejilla, el mentón, los párpados, las cejas que llenó de rica saliva, para retornar a los labios y luego meterse con suavidad entre mis labios hasta penetrar a la caverna llena de saliva y una lengua que salió al encuentro de la lengua dulcemente invasora. Al tiempo que me besaba, intentaba desnudarme, no podía hacerlo sin suspender el beso, y lo hizo; bajó sus manos hasta tomar el vuelo de la falda y, con lentitud excitante, fue elevándolo hasta hacerlo salir por mi cabeza y los brazos estirados; cuando el vestido estuvo en el piso, bajé mis brazos, pero ella me dijo:

“No, mi amor, no, mama, mama, hija de mis entrañas, mama tus chichis… dame el placer de tus mamadas, hijita adorada…” y me acunaba, tal como había dicho, moviendo mi cuerpo y el de ella; para mover mi cuerpo, una de sus manos se colocó en mis nalgas y apretaba contra su cuerpo. Mamé con fruición, con locura celestial, erótica, con alucinantes estremecimientos de placer. La mano que andaba por mis nalgas, poco a poco se fue metiendo entre ella, para descender hasta la raíz de los muslos y de allí presionar para que éstos se separaran y así poder llegar hasta mi raja inundada. Cuando sentí que su mano se mojaba en mis jugos y que separaba mis grandes jetas, tuve mi primer y primoroso orgasmo, ella también gritó de placer, haciendo que su mano, casi con brusquedad, llegara hasta donde pudo, pero siempre tocando con uno de sus lados toda la extensión de mi raja gozosa, increíblemente gozosa. Sin soltar la chichi que mamaba, jadeé mi orgasmo, suspiré, sollocé al prolongarse el máximo placer que yo tanto deseaba tener.

Los olores que desde el primer abrazo atosigaban mi nariz para mi placer, subieron exuberantes, creo que ella los percibió porque dijo: “¡ay, hijita de mi alma, hueles riquísimo, ¿dónde tiene esos ricos olores mi pequeña?, a ver, dígame dónde están… quiero sentirlos más fuertes, quiero sorberlos hasta que hagan fuego de mi nariz… ¿me dejas sentirlos, niña preciosa?”, dijo anhelante, separándome con suavidad de sus encantadores senos. La vi, su mirada lánguida se había acentuado, era un portento de rostro excitado, sudoroso, febril, con labios resecos, voz dulce, entrecortada, ¡estaba encantadoramente caliente, excitada, como caldera hirviente!, yo… ¡lo mismo!, pero no sabía que hacer o cómo proceder, pero ella hizo que me sentara, para poder salir de detrás de mi cuerpo, luego reclinó mi cabeza en el cojín del mueble, para poder extasiarse en la contemplación de mi bella pucha – modestia aparte – y acariciar toda la superficie de mi piel con sus manos temblorosas que iba del cuello a los muslos, deteniéndose eternidades en mi tetas deseosas de caricias.

Se inclinó hasta tocar con sus labios mi piel cerca de mis vellos, luego lamió suavemente y aspiró absorbiendo mis olores que ya eran intensísimos, después, con su lengua, peinó mis pelos y continuaba aspirando impidiendo que los estimulantes olores se perdieran, tratando de obtener el máximo de placer de esos significativos olores producto de mi calentura, de mi extrema excitación sexual. Mi deseo era que esa suave lengua, ese parsimonioso apéndice se metiera entre los pelos, que llegara hasta la rica raja que cubrían, sintiera la delicia de mis pliegues, la dulzura de mis jugos y que acariciara mi clítoris hasta llevarme al estallido de todas las estrellas que en esa cabecita del clítoris se ocultan.

Jaló mis pelos con sus dientes, mis nalgas empezaron a moverse con lentitud para animar a la lengua a que fuera más allá, que se atreviera a explorar los labios internos, que se metiera hasta mi vagina y que allí, lamiera mis jugos; con lentitud desesperante, la lengua iba cumpliendo el itinerario que yo, mentalmente, le iba señalando, y mi suegra seguía paso a paso, hasta enterrar su lengua en mi concha, para hacer lo previsto, lamer y lamer toda la cueva, para depositar una gran cantidad de saliva al tiempo que hacía que mis nalgas se mecieran al compás de la lengua que iba y venía a lo largo y ancho de mi pepa adorada. La sentí lamer la puerta de mi vagina, y estallé convulsionando de tanto placer, y ella acentuó la caricia y más profundizó en la entrada de su lengua en mi vagina.

Tuvo que contener mis movimientos con sus manos y ella, sin sacar su increíble lengua, hizo pasar su muslo por mi cara, y los olores me hicieron aumentar el placer del orgasmo que no cesaba, luego, con lentitud exasperante, empezó a bajar sus nalgas monumentales hasta hacer que mi boca sintiera sus pelos tan lindo, tan deseados, tan olorosos, tan ricos, como comprobé al lamerlos con mi lengua. Mis manos tomaron sus nalgas e hicieron que la raja llegara plena a mi boca entreabierta, aspirando los penetrantes olores, para luego lamer pelos y piel vecina por mucho tiempo tratando de prolongar el deseo de tener los jugos de mi preciosa mamadora en mi lengua.

Cuando por fin mi lengua separó las agradables jetas de esa concha peluda, olorosa y viscosa, pegué otro grito, mismo que fue replicado por mi suegra que se estremeció gozando como loca, y tanto que hasta dejó de mamar mi adorable pucha, y se sentó de plano sobre mi cara, pero principalmente sobre mi boca. Por eso mi lengua pudo ir a donde quiso, desde los labios pequeños, las ninfas fantásticas que tanto gozan con las lamidas y chupetes, hasta la entrada de la vagina desesperada por entrar como si fuera una verga, y tocar hasta el fondo con esa punta serpentina en que estaba convertida mi fabulosa lengua, fabulosa porque gozaba al parejo de mi cuerpo y hacía estremecerse de placer a la que se sentaba sobre mi cara.

Luego esas nalgas esplendorosas que yo acariciaba con mis manos, se elevaron un poco como para poder moverse, cosa que yo agradecí porque me estaba ahogando de olores, jugos y placer, pero también por dificultad para respirar; era esa la intención; las nalgas preciosas y olorosas de mi suegra empezaron a moverse sobre mi boca primero, pero luego que entendía saqué mi lengua que fue a la raja y entonces los movimientos de las nalgas hacían que la concha se frotara con mi lengua haciendo que ella gritara a cada ir y venir de sus nalgas fabulosas; mientras, mis manos acariciaban esas nalgas e intentaba meter uno de mis dedos a la barranca que las separa al principio solo con la intención de sentir esa piel mojada, y después para sentir los fruncimientos del culito ante los amagos de mi dedo por penetrar a ese precioso culito.

Los gritos no cesaban, tampoco el movimiento de esas nalgas que tan sabroso olían y sabían, y yo empecé con un nuevo orgasmo que me desesperó por tan intenso y no poder hacer nada como para acariciar mi pucha que gozaba desaforada, por esa desesperación empecé a nalguear a mi suegra, nalgadas que fueron subiendo de intensidad, intensidad que era festejada por los gritos de mi cabalgante que decía: “así mi chiquita, así, hija de mis entretelas, pega fuerte, dame nalgadas sonoras, enrojece mis nalgas a base de nalgadas… ¡nalguea cabrona, nalguea, no pares… quiero morir de placer…!” y los movimientos de las nalgas eran ya espeluznantes, incansables, con el espacio entre la raja y la lengua bien mantenido, frotando con suavidad increíble mi lengua que estaba tiesa y sin movimiento, pero gozando enormidades.

Hubo un grito inesperado por la gran intensidad que tuvo, y en ese momento sentí chorros de líquidos que caían a mi boca procedentes de la caliente pucha de mi amada y mamada, mi jinete amado y mamado estaba estilando jugos por la intensidad del orgasmo que la hacía casi convulsionar. Pero el movimiento de esas nalgas no cesaba, al contrario, se tornaron más rápidos, más frenéticos, y los chorros se hicieron más gruesos, y era que mi suegra en la intensidad del orgasmo que la sacudía enajenándola, la hizo aflojar los esfínteres hasta hacer que se orinara en mi boca, cosa que yo disfruté, aún sin saber que era orina la que tragaba embelesada, y también sacudida por un tremendo orgasmo, orgasmo que no había de cesar hasta que ambas quedamos sin fuerza, sin la energía suficiente para cuando menos seguir meneando la lengua dentro de la raja de la otra… los suspiros, los jadeos, los gemidos que casi constantemente se habían escuchado, fueron amainando hasta cesar por completo.

Entonces, lamí por última vez la raja deliciosa, y me fui volteando hasta poder besar los labios de mi amada suegra y también lamí los jugos abundantes que llenaban por completo el rostro de ella, y ella hizo lo mismo con mi cara, con suavidad, con dulzura, poniendo lentitud en los movimientos sensacionales de su lengua, movimientos que recordaban los que hizo cuando estaba metida en mi raja que estaba hinchada, olorosa a más no poder, casi dolorosa de tanta lengua que tuvo. Sobre ella, hice lo necesario para que nuestras tetas quedaran unas sobre las otras, poniendo cuidado en que los pezones se correspondieran como mellizos que deseaba fueran inseparables. Luego, ella susurró en mi oído luego de lamerlo, como que las lenguas no se cansaban de saborear la dulzura de la piel del cuerpo ajeno: “¡ay, niña preciosa, hija tórrida… concha deseosa de caricias como las que hiciste, bella malvada, seductora del demonio… ¡eres una diosa!, una rica niña que sabe amar… ¿perdonas mis… arranques violentos?”, dijo contrita, casi con lágrimas en los ojos. Yo, conmovida, dije:

- No hay nada que perdonar, madona de mis deseos… ¡satisfechos con creces, amor mío!… ¿cómo perdonar algo que me dio tremendo placer?, claro que te prefiero tierna, linda, cachonda, febril, dulce, acariciándome el cuerpo, las tetas, la pucha, con ternura, con amor… ¡que hermoso te meneaste sobre mi lengua, amor mío!, me hiciste gozar con solo sentir tu raja en mi lengua!, ¡no sabes lo mucho que gocé, no tienes idea de cómo te deseaba desde… el día que vi tus senos primorosos y tus muslos sensacionales, y tus nalgas que no tienen desperdicio. ¡Te amo, madre mía!, me encantó que me acunaras y me dieras de mamar con tus ricos y calientes senos; hubiera querido que tuvieran leche para beber como la bebe que dijiste era yo… creo que si te mamó con frecuencia, con dulzura, pero persistentemente esas primorosas chichis, que te han dado para mí, tendrán tanta leche que me ahogaré de tanta que sacaré con dulces mamadas que te hagan gozar sin nada más que mis mamadas cariñosas, llenas de amor y ternura, ¿quieres tener leche para dármela?

- Quiero quererte, quiero lo tuyo para mí. Sabes, ten la seguridad de que así es, que toda yo soy tuya, que puedo ser tu esclava… que te amaré siempre, que siempre estaré dispuesta a mamarte y a que mames mi concha, mis tetas, mi culo si quieres. ¡Ay, querida!, no sabes el pavor que tuve cuando te vi parada en mi puerta, con ese vestido pecador que me hizo poner como pendeja de tanto que me excitó, pero que también me causo pavor porque adiviné que venías… a lo que maravillosamente hiciste… ¡Chingada madre!, y yo tanto que pensé en poner un alto a… las locuras que hicimos ese fatídico domingo que nunca olvidaré. No he dormido desde ese día, pero ahora, te aseguro, dormiré como bendita, ¿y cómo no estar bendita después de tanto amor, y de tantas mamadas que te di y me diste?… Pero… ¡carajo, hija querida!, ¿no será ésta la única vez que…, bueno, que nos ponemos hasta la madre de calientes y cogemos tan bella e incansablemente como lo hicimos hoy?

- ¡Carajo, suegra amada y mamada, ¿cómo puedes pensar que dejaré de adorar con mis manos, mis dedos, mis labios, mi lengua, con todo mi ser, todo tu hermoso cuerpo, esos senos incomparables y tan sabrosos, tan soberbios que tienes, esas nalgas portentosas que se mueven lascivamente cogiendo con mi boca y mi lengua, esos muslos tan preciosos, esos jugos que no me cansé de beber y disfrutar…?, a propósito, ¿tienes tantos jugos que se salen a chorros?, ¿o fue, carajo, la orina fantástica que echaste en mi boca?

- ¡Ay, querida, querida, no me recuerdes… porque en este momento te embrocó para volver a mamarte, para que me mames y saques de nuevo esos chorros que, la verdad, no sé si fueron jugos o meados, no lo sé, pero sentí morir de placer y, sin saber qué, salieron esos chorros que también a mí me sorprendieron, pero que estoy segura fueron producto del tremendo, del increíble, del infinito orgasmo que tenía desde que cabalgué tu lengua, esa lengua fabulosa que tan rico me cogió, me lamió y se metió a mi vagina… ¿sabes qué?, no sabes cómo deseo que tú, con un placer semejante al mío, me eches esos mismos chorros a mi boca, sean jugos o sean meados, ¡no me importa!… oye, ¿y qué vamos a hacer con… nuestros maridos?, ¿has pensado en esto?

- ¡Ay, suegra de mi vida, mi cachonda seductora!, ¡los machos que se vayan al carajo!, digo, creo que no tenemos por qué adoptar una actitud… que se diferencié de la que siempre hemos tenido. A menos… digo, ¿estamos tan liberadas como para mandarlos a… iba a decir algo que te afecta, bueno, para mandarlos al carajo, y ponernos a vivir las dos juntas?, puede ser… de mi parte, y ¿de la tuya?

- La verdad, hasta este momento pensé en… ¡carajo!, creo que eso no tiene la mayor importancia. No tenemos porque alterar nuestras vidas, y más sabiendo las pendejadas que se hacen y dicen en este pinche mundo de mierda… creo que podemos amarnos sin… que nadie se entere, ¿no crees lo mismo?, además, podemos amarnos en sus propias barbas, te aseguro que ni cuenta se darán, así de pendejos son… en todo caso, ¿podemos seducirlos y hacer… cuatro seres que se cogen al mismo tiempo?, piénsalo. Por lo pronto, te propongo aprovechar los momentos, las circunstancias, cualquier descuido de ellos, para darnos el placer posible… y, como ahora, darnos nuestras mañas para coger sin premuras ni riesgos… ¿no te parece? Estuve de acuerdo en todo. Era tarde; no tardaba en llegar mi suegro, por eso dimos por terminada nuestra primera y colosal cogida.

Antes de permitir que me levantara, sin ceder ante mis súplicas, me hizo sentarme, luego ella se sentó en el piso para poder meter su lengua fabulosa a mi raja y limpiarla con su lengua saboreando cachondamente mis jugos que todavía eran abundantes, y siguió lamiendo, luego chupó mis ninfas, enseguida lamió mi clítoris con tal maestría, que en unos cuantos minutos me hizo estallar en un orgasmo que, como ella deseaba, me hizo soltar chorros que yo perfectamente identifiqué como orines que no pude contener por lo poderoso y largo del orgasmo que dulcemente provocaba con su lengua. Ella bebió con fruición, con entusiasmo, con tal placer que estalló también en otro maravilloso orgasmo. Su lengua se paró, pero no salió de mi raja hasta que su bello orgasmo terminó. Luego, con amor, me beso, acarició uno a uno de mis senos y pezones, luego juntó el vestidito que estaba arrugado en el suelo, me hizo levantar las manos al tiempo que besaba mis pezones, y, finalmente, me puso el vestido. Tomó su bata; sonriendo maléfica, me dio vuelta para darme soberanas, sonoras, tremendas y deliciosas nalgadas, diciendo:

- Tenga, cabrona adorada, para que aprenda que aquí tiene todo el amor del mundo… ¡mi chiquilla preciosa!, ¡Carajo, tenga estas otras nalgadas como castigo porque casi me mata de placer! Levantó el vestidito para besar mis nalgas acaloradas por las tremendas nalgadas, besó mis labios, me tomó de la cintura, y me encaminó a la puerta. Allí, después de darme el beso postrero, dijo:

- Te espero el domingo, más temprano y… ¡encuerada como hoy! Luego, me obligó a salir…, y cerró la puerta riendo feliz.

Autora: Linda

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Con mi suegra, 9.5 out of 10 based on 14 ratings
  
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2 comentarios »

  1. RafaelE dice:

    Hace tiempo que no leia un relato tan profundo y descriptivo de relaciones entre dos personas. Te agradezco Linda por excelente entrega. Estare a la espera de tu proxima relato.

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  2. tepulli dice:

    Estimable “Anónimo”:
    Despues de leer tu relato “Con mi suegra” me ha quedado la satisfacción de quién a empleado el tiempo en algo placentero. Te felicito, sabes escribir, sabes comunicar las ideas surgidas de tu imaginación como si fueran resultado de la experiencia.
    Pero te pregunto:¿Porqué el insulto y la majadería?.Las mujeres personajes de tu relato, son personas inteligentes, de gran bellesa física, ¿poqué las haces soeces?. ¿Que cualidad supones que les da a su personalidad el proferir leperadas?. De todas maneras: ¡gracias!

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