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Con una compañera de trabajo (2)

23 de julio de 2011

Después del selectivo gatillazo del 12 de diciembre, las ganas de echarle un polvo en condiciones a Amparo se había convertido en una obsesión para mí. Y la actitud de mi compañera de trabajo no contribuía precisamente a que me olvidara del tema.

“Ayer me quedé con ganas de sentir tu polla dentro de mi”

Así decía el primer mensaje que recibí en mi móvil después de aquella extraña noche. Pero aquel sería el primero de una infinidad de mensajes de parecido corte.

Ya habíamos comenzado las vacaciones y, como todas las navidades, mi familia y yo las estábamos pasando en casa de mis suegros en un pueblo de Zamora.

La mañana del 28 de diciembre no podía resistir más y, tras inventar una disculpa para mi mujer, mandé a Amparo el siguiente sms:

“Hoy por la tarde me voy a León y pasaré allí el día siguiente, ¿nos vemos?”

No tardó ni un minuto.

“Esta vez te sacaré de tus sueños muy pronto, duerme rápido. Besos”

Fue su contestación.

El 29 de diciembre de 2008 Amparo dejó en una hoja la típica nota para su poco madrugador marido:

“Óscar: Me voy al gimnasio y luego haré recados. Si no nos vemos antes, espérame para comer”.

A las 9 de la mañana sonaba el micro del portal.

- ¿Diga? –pregunté excitado.

- Soy Amparo.

- Te abro –dije. Mi corazón iba a cien, pero logré apretar el interruptor.

Colgué el telefonillo y corrí por el pasillo para ir a recibirla.

Abrí la puerta y esperé.

Poco a poco el sonido del ascensor se hizo más intenso, luego…el silencio.

Por fin se desplazaron lateralmente las hojas de la puerta y apareció Amparo. Llevaba un anorak bajo el brazo y vestía unos ajustadísimos pantalones de aeróbic negros a juego con una camiseta floja de manga corta.

-         Ya ves que pinta traigo –dijo.

-         Pues anda que yo, estoy bueno para hablar –contesté mientras tiraba de la sudadera de uno de esos “chándales de andar por casa”.

-         Sí, mejor no hables –dijo ella, y pasando sus brazos alrededor de mi cuello me besó en la boca, profunda,… intensa,… lujuriosamente.

Estuvimos un buen rato jugando con nuestras lenguas, mordisqueándonos en cuello, orejas, labios. Mis manos acariciaban sus pechos, bajaban a sus glúteos, subían a su pelo, volvían otra vez a sus pechos,… Las de ella, desde un primer momento, se introdujeron dentro de mi chándal y se metieron dentro de mi calzoncillo. Y, ora me apretaban las nalgas, ora me acariciaban la polla… ¡qué placer!

En un breve instante que se separaron nuestras bocas logré articular:

-         ¿Te apetece un café?

-         Sí –sonrió- no he desayunado.

Nos fuimos a la cocina y mientras Amparo, sentada a la mesa, hojeaba distraída el periódico, le preparé un café con leche caliente… muy caliente… casi tanto como lo estábamos nosotros.

- ¡Qué ganas tenía de poder estar así!,  sin miedo a que nos sorprendan, sin tener que disimular, ¡qué gusto! –Tomó un trago de café, se giró hacia mí y añadió –acércate.

Me aproximé. Ella continuó sentada, abrió sus piernas y yo me situé en el medio.

-         ¡Qué gusto… qué gusto! –susurró varias veces apoyando su cara en mi abdomen.

Yo jugaba con  los rizos de su melena mientras ella acariciaba  mi sexo por encima del chándal.

-         Hoy me parece que no vamos a tener problema –sonrió al notar mi erección.

-         Sí, esta vez no te libras –dije.

-         Eso espero –zanjó ella introduciendo su mano en el chándal y bajándome  pantalón y calzoncillo hasta la mitad del muslo.

Mi polla se irguió como un resorte.

-         ¡Por fin! – Exclamó sin  rubor.

Su boca todavía conservaba el calor del último trago de café y, al meterse la polla en la boca, un delicioso hormigueo recorrió mi cuerpo faltando poco para que me corriese en su boca.

-         ¡Dios!

-         ¿Te gusta? – preguntó sacándosela un momento de la boca.

¡Vaya preguntas! Mi mujer también me las hacía. Bueno, creo que no ha habido ni una sola mujer con la que haya mantenido relaciones que no me hiciera ese tipo de preguntas en idénticas circunstancias… ¿Habrá algún hombre al que no le guste que se la chupen?

- ¡Me encanta! –dije deslizando mis manos por su espalda.

Tiré de su camiseta y se la saqué rápidamente por la cabeza para interrumpir lo menos posible aquella deliciosa mamada.

¡Joder!, era una experta.

Mientras me acariciaba los huevos con una mano, con la otra sobaba mi pene y pasaba su lengua por el glande. Luego retiraba la mano de mi estaca y se la tragaba entera bajando y subiendo lentamente… muy lentamente. Después aceleraba el ritmo y sus manos acariciaban el escroto y el interior de mis nalgas hasta llegar al esfínter.

No entiendo como no estallé en su boca. Tal vez ayudó la pelea que mantuve con su sujetador.

Llevaba una de esas prendas que se ponen las mujeres para hacer deporte y que, además de carecer del más mínimo toque erótico, comprimen los pechos para evitar los típicos bamboleos del ejercicio.

Tiré de él con decisión y liberé sus pechos.

¡Qué suavidad!

Mientras ella seguía comiéndomela, yo magreaba sus pechos, pellizcaba con delicadeza sus pezones, ¡buf!,  no podía más.

-         Vamos a la cama –acerté a decir.

-         Sí, por favor –aceptó.

Me separé y observé mi polla: dura, tiesa, deliciosamente humedecida por la saliva de Amparo. Unos segundos más y me hubiese corrido.

En un rápido movimiento Amparo se quitó el maldito sujetador y quedó desnuda de cintura para arriba. Para abajo los ajustadísimos pantalones no dejaban lugar a equívocos. Con 47 años que tenía estaba para comérsela. Y eso iba a hacer yo inmediatamente.

La guié hasta la habitación de matrimonio. Pensé en mi mujer y me excité más todavía. De un tirón quité toda la ropa de la cama y sólo dejé la sábana de abajo.

Me senté en el borde y, tirando del voluptuoso pantalón, quedó ante mí con una pequeñísima tanga de color violeta.

De esa manera, ella de pie y yo sentado, comencé de nuevo a sobarle las tetas mientras le mordisqueaba la barriga. Luego le hice girarse y, de espaldas a mí, le comencé a magrear el culo,.. a chupárselo,…a morderlo con fruición. Mis manos acariciaban sus piernas,… recorrían sus deliciosos muslos y, finalmente, apartando la mínima tanga, introduje dos dedos en su coño. Su abultado y chorreante coño.

¡Qué delicia!

No recordaba tener la polla tan tiesa y tan dura desde los lejanos días de mi adolescencia. O se la metía pronto o me iba a correr sin remisión.

Tiré de la tanga hacia sus pies y Amparo, con un rápido movimiento, se la quitó completamente. Tenía un coño recortadito pero sin estridencias. De hecho los pelos cercanos a la rajita brillaban con los jugos que rezumaban de su vagina.

-         Túmbate, por favor –le pedí.

La observé unos segundos, completamente desnuda y sonriéndome. ¡Me encantaba su sonrisa!…

Por fin estábamos a punto de consumar el festín.

Me tumbé yo también sobre ella. Nos besamos una vez más en la boca, le mordisqueé otra vez más su delicioso cuello, descendí un poco y, una vez más, disfruté de la dulzura de sus pechos y de sus erguidos pezones. Seguí descendiendo aún más para llegar, no como Orfeo a los infiernos, sino al séptimo cielo. Abrí sus piernas y metí mi lengua, voluptuosamente, en una mezcla de deliciosos jugos y aromas. ¡Qué bien olía!. ¡Dios!. ¡No hay nada que huela mejor que el coño de Amparo limpio y excitado!.

Me hubiera pasado la vida entera comiéndoselo, jugando con su clítoris mientras ella emitía pequeños gemidos de placer, embadurnando mi cara con una mezcla de saliva y dulces,.. cremosos,… increíbles jugos. Pero, ahora sí, no aguantaba más, ni ella, ni yo.

Estiré un brazo hacia la mesita…

-         ¿Qué haces? –preguntó.

-         No aguanto más –dije- voy a coger un preservativo.

-         Je je je, hoy va a ser tu día. Acabo de tener la regla y, siendo como eres un fiel esposo –se río-,  me fío de tu salud sexual. Déjate de rollos y ¡métemela de una vez!.

¡Qué sensación!… No,  miento. ¡Qué cúmulo de sensaciones!.

Chupé mis dedos índice y corazón, los pasé por última vez por su raja, aparté con delicadeza los empapados rizos, cogí mi durísima polla y la dirigí a la entrada de su coño….

¡Ah!, ¡qué maravilla!.

Mi pene se deslizó por una cremosa y espectacular gruta de placer.

No voy a presumir, no aguanté mucho. Bastaron cuatro  idas y venidas para que mi polla explotara en el orgasmo más maravilloso que recuerdo haber tenido. Disfruté una, dos, tres… hasta cinco veces de  los impulsos de mi polla soltando leche en el extraordinario coño. Yo acompasaba cada uno de ellos con  calculadas embestidas que amplificaban mi placer y aumentaban los gemidos de Amparo.

-         Lo siento, no he podido esperarte –me disculpé mientras me derrumbaba sobre ella y le besaba un pecho.

-         No te preocupes –me consoló- así me debes uno.

Pero no fue así. Nunca volvimos a follar. Aquella increíble relación, por razones ajenas a nosotros, se frustró de forma abrupta las mismas navidades del 2008 y, salvo un pequeño escarceo en junio del siguiente año no volvimos a tocarnos. Sólo puedo añadir, a modo de egoista conclusión, que nunca más he sufrido un gatillazo. Solamente tengo que acordarme de mis manos acariciando sus pechos,… de su boca chupando mi polla,… de mi lengua en su coño y…. ¡Hasta mi mujer creo que se lo agradecería a Amparo!

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