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Desvirgué a mi vecina Susana

8 de enero de 2009

Le pregunté si deseaba que la desvirgara, ella sólo movió la cabeza afirmativa y empecé a entrar, costó para que entrara, sus paredes se estrechaban sobre mi pija, apretaban a cada entrada, comenzó a pedir que fuera más intenso, que me duela, métemela hasta el fondo, rómpeme, párteme en dos, empecé a sentir el orgasmo, terminé dentro, a la vez que disfrutaba de su lánguido gemido de placer.

Romeo Dolorosa. Para ser sincero, el nombre de ella lo he olvidado, en nombre de la caballerosidad; sé perfectamente quién es, y prefiero llamarle de otro modo, puesto que es seguro que leerá estas palabras…así, le pondremos Susana, puesto que no se asemeja a su nombre.

Corría el año de 200…, en la ciudad de Santiago, en un barrio de Quinta Normal, y por ese entonces tenía diecinueve, ella dieciocho de edad, y éramos vecinos; no sé si alguno de ustedes tuvo alguna vez una de esas vecinas con las que suelen molestar tus padres, como si al ser niños pudieras desarrollar verdaderos sentimientos de pasión o amor ante una mujer que no sea tu madre… el caso es que Susana era eso: mi supuesta novia infantil. Cuando jugábamos solía defenderla, ya que otros niños no les parecían compartir con niñas. Ella tenía el pelo pajizo y ondulado, las cejas tupidas más no gruesas, y los ojos de color azul; era pálida y pecosa en la nariz, además de tener dientes grandes, ser desgarbada y con la voz algo grave para ser niña. Yo era más bien alto, con los dientes parejos de tantos cuidados maternos, de cabello matizado rubio y liso, los ojos grandes y azules y las manos gruesas, aunque de buen porte para mi edad… como dije antes, niños en crecimiento.

Durante unos años ella marchó con su padre al extranjero, puesto que era exiliado político, mientras la madre se quedó en casa, así que no supe de ella al menos tres años, entre los once y los catorce; para cuando volvieron a vivir al barrio, yo estaba entrando en la adolescencia, tenia otro tipo de amistades y hace mucho que había dejado de preocuparme de ella, creo haberle visto un par de veces durante esos cuatro años, esencialmente porque casi no paraba en casa y ella, como supe después, estaba internada.

Durante ese tiempo poco recordaba de la niña que compartió mis juegos y travesuras de infante; tuve un par de noviazgos con chicas de mi edad, mas nada serio. En cierta forma pasaba de todos y todo, y mi únicos dos intereses reales eran la música y las artes marciales, además de tener un buen promedio estudiantil, con lo cual podía hacer lo que quisiera, siempre en un margen de respeto a mis padres… aún cuando solía meterme en líos, no me castigaban demasiado. Hasta que un día, ocurrió una desgracia.

Una tarde mientras volvía a casa temprano de ensayar con la banda, vi un cúmulo de gente fuera de la casa de los padres de Susana; algunos de ellos estaban llorando y el resto con marcas de profunda congoja, al ver a mi madre fuera con esta gente me enteré de lo ocurrido: la abuela de Susana, madre de su padre y quien vivía con ellos desde siempre, había fallecido. Su madre, amiga de la mía, estaba deshecha al igual que su padre… dejé las cosas en casa, y volví donde mi madre, esperando servir de algo; en esos momentos era cuando podía ser de utilidad.

Mi vecina, quien por cierto era bastante bella, me pidió el favor de ver a su hija, de preocuparme de que estuviera bien, puesto que había llegado hace unos momentos antes que yo, y seguramente los parientes adultos la estarían ahogando a pésames. Pensé que era una estupidez estar consolando a alguien que debía sentir su pena, que era una niña igual que antes y que en el fondo no sería sano el molestarla, más guarde mis pensamientos y partí en busca de ella…

Mi sorpresa fue mayor al verla, ya que de la niña de mi infancia quedaba poco, estaba ante una muchachita mona, de cabello largo y ondulado con el mismo tono de antaño, cuidadosamente peinado en una cola hasta su cintura; su cuerpo cubierto por un traje ajustado de raso con chaqueta de negro, unos pantalones del mismo color entallados en su silueta delgada, de buen porte, algo como 1,65 m., con la cara delgada y casi sin pecas y los dientes bellos, aún detrás de esos frenos.

Tímidamente avancé hasta ella, esperando confuso que me reconociera, y por suerte no me equivoqué; así como tantas veces en nuestra vida anterior, ella se abalanzó en mis brazos, tomándome del cuello con los suyos y descargando un fuerte lamento en mi pecho, al tiempo que lagrimas ardientes cayeron copiosamente de sus ojos.

Un grado estúpido de vergüenza se posesionó de mí, aunque no dejé de abrazarla. Lo que sigue es algo confuso y de hecho sin importancia para la narración, sólo puedo agregar que durante la noche no me despegué de su lado, a la vez que ella no dejaba de aferrarse a mi brazo, cada vez con más fuerza. Mi madre, en su bendita sapiencia, sugirió que ella fuera a pernoctar en nuestra casa, ya que en casa de sus padres el velatorio seguiría por horas y la gente no estaba dispuesta a irse tan fácilmente… el caso es que terminó en mi casa, mis padres en casa de sus padres y ella en mi habitación, con la excusa de tener miedo a dormir sola.

Llegamos pues a eso de las 23:00 h., y subimos a mis aposentos con prontitud; mi hermano mayor estaba estudiando en casa de su novia y no pensaba llegar hasta mañana al almuerzo; mi mente trabajaba en forma febril, estaba a ciento por ciento concentrado en ella, en cómo sería tener mi primera vez con ella, la noviecita de mis juegos, que hoy cuando analizo esto, no dejo de sentir que era despreciable, pero en el fondo todo era algo extraño y la vida da oportunidades extrañas siempre.
Una vez en mi habitación, busqué el saco de dormir para mí, mientras ella se metía bajo las sabanas sin desnudar; charlamos largo y tendido y mentiría si dijera que recuerdo bien de qué, pero me era difícil tener una perspectiva oratoria en esos momentos.

Recuerdo que apagamos la luz, justo al momento de que mis padres nos vinieron a ver; sentí cómo ellos marchaban prontamente, y a la vez cómo no dejaba de pensar en quien tenía a un paso… era demasiado y decidí botar tensiones, así que abrí el saco y me metí en el baño contiguo a mi habitación. Comencé rápidamente a masturbarme, con algo de brusquedad y rabia, sentía que la vida se me iba en ese gesto, imaginando a Susana en poses que una niña no podría tener, aún si era tan deseable. Pensaba en el tamaño y sabor de sus pechos, en el olor de su pubis y en como sería encular ese dulce trasero.

Terminé, me limpié y lavé mis manos, di la cadena del baño para no levantar sospechas y salí con prontitud; cuál no sería mi sorpresa cuando vi que ella estaba sobre la colcha con las manos perdidas entre las piernas, con la espalda doblada y un grado de satisfacción en su rostro. Había prendido repentinamente la luz, y con ello le encontré de esa manera; al momento tapó su cara, presumiblemente avergonzada, pero el efecto estaba hecho. Me acerqué a la cama, levanté las mudas y quedé frente a sus ojos; tomé con mis fuertes manos de forma delicada su rostro, busqué sus labios, aquellos botones regordetes y rosa, y bebí de su boca el más dulce y ardiente beso hasta entonces.

Con el cuerpo cubrí el suyo, sobre ella froté mi entrepierna, mientras ella dejaba que las suyas rodearan mi espalda, a la vez que sus dedos se perdían en mi largo y espeso cabello.
Así nos mantuvimos por unos momentos, al parecer una eternidad, hasta que en un gesto se puso sobre mí; sonrió con la tibieza de otros tiempos y se sacó su camiseta ajustada, dejándome ver un brassiere de blanco encaje, probablemente regalo de la madre, el cual soltó sin dejar de mirar mi rostro. Puso su pecho sobre mi polera corta sin dejarme vislumbrar esos senos que tanto me estaban obsesionando; susurró que esto siempre había pensado que pasaría, que ella perdería su virginidad conmigo, que desde pequeña estaba segura que nuestra relación se daría y sólo era cuestión de tiempo, lo cual me puso algo nervioso, no sabía si estaría a la altura de sus expectativas.

Busqué con las manos tocar sus pezones, a la vez que no dejaba de besarla y procedí a tocarlos, sentía cómo el calor inundaba su cuerpo y un estremecimiento recorrió su cuerpo. Pude por momentos incorporarme para desnudar mi torso, a lo cual ella agregó que le gustaba mi marcación, comenzando a recorrer mi pecho con los dedos de una mano, a la vez que trataba de bajar mi pantalón con la otra. Empezó torpemente a besar mi cuello, luego mi pecho y bajó hasta mi vientre, al tiempo de jalar mis jeans con ambas manos, dejándome en interiores solamente, separando los botones con prontitud, dejando escapar mi erecto pene; entonces dijo algo sobre lo que practicaban sus compañeras con sus amigos, que les chupaban el miembro hasta dejarlos eyacular, y en el internado entre ellas se daban demostraciones con pepinos y otros frutos.

Bajó su boca besando levemente mi capullo, dándose tiempo de apreciar la reacción en mi rostro, en mis manos entrecerradas sobre las sábanas, para luego cubrir mi glande primero y mi pene hasta donde podía; su lengua hacía milagros moviéndose en el agujero de su boca, sus dientes y los frenos rozaban algo mi tronco, lo cual lograba excitarme más, y tuve que prontamente retirarla de esa posición, si no eyacularía y no sabía con certeza si recibiría bien este regalo en su garganta: la verdad es que no deseaba embarrarla.

Me puse en sus pechos, en ese par de meloncitos duros y bien formados que poseía, y procedí a mordisquear con locura; a su vez ella buscaba mi espalda con sus dientes, mientras sus manos me guiaban entre sus pantalones, bajándolos, quitando su tanguita pequeña y blanca, húmeda gratamente, para así posar mis manos en su sexo, metiendo con rudeza mis dedos entre sus labios vaginales, entrando y saliendo,la voz se volvía a ratos incongruente, le escuchaba gemir: siii, siii, ohhhh, ¡ah! ¡ah! Auuuhh…sigue…

Cuando sus gemidos se hicieron más intensos, comenzaron leves estertores, entonces supe que debía penetrarla; con torpeza le pregunté si deseaba que la desvirgara, ella sólo movió la cabeza afirmativa, para seguir gimiendo. Me puse sobre ella, con las caderas en posición y con suavidad empecé a entrar; estaba húmeda, sus piernas, su culo y sexo, y sin embargo, costó para que entrara, lo cual me agradaba secretamente. Sus paredes se estrechaban sobre mi pija, apretaban a cada entrada, al tiempo que sus dedos se perdían en mis muslos, enterrando las uñas en mis carnes, obligando que entrara con mayor rapidez.

Comenzamos a movernos de manera torpe, inconexa, para luego encontrar un ritmo propio, una conjunción sexual que se mecía al vaivén de sus gemidos y los míos; su voz, pastosa y sensual, se dejaba arrastrar ante cada embestida, hasta que la coherencia dejó de tener lugar; comenzó a subir el tono, a mordisquear con fuerza y a pedir que fuera más intenso: ¡Más fuerte!…ahhh,ahhh, que me duela, métemela hasta el fondo, rómpeme, párteme en dos, ahhhh, ahhhh, ohhhhh sí….auuhhh… Así fue como empecé a sentir el orgasmo, sin preocuparme de si podía embarazarla o no, terminé dentro, cayendo sobre ella, a la vez que disfrutaba de su lánguido gemido de placer.

Pensaba que con esto bastaría, cuando sentí su boca sobre mi pene otra vez, me la estaba chupando, quedándome a mano sus caderas. Lamía con deleite mis huevos, y yo busqué acomodar su vulva sobre mi boca; mordisqueaba con premura cada punto de sus labios bulbosos, húmedos otra vez, separándolos y buscando su pequeño clítoris, para así comerlo, devorarlo a chupones y dentadas, hasta que sentí su líquido sobre mi boca, bebiéndolo con premura.

Entonces, con pensamientos torvos me salí de esa posición sin perder de vista sus caderas, y puse su cabeza contra la cama, levanté sus muslos dejándolos a mi merced, decidido a tomarla por culo. Me incorporé apoyando mi glande entre sus nalgas apretadas y de manera feroz entré en su pequeño orificio; su esfínter se contraía y dilataba exquisitamente, en tanto de su garganta sus gemidos se hacían más duros, más secos, como si el dolor le encantara… tengo que agregar que su entrechocar de caderas, difícilmente significaba que estuviera incómoda. Mi pija entraba con fuerza, salía casi hasta la punta, para entrar otra vez, y sus gemidos terminaron siendo gritos apasionados: ¡Síííí!, rómpeme el culo, hazme sangrar, quiero que me hagas tuya, ahhhh, ahhhhhhh.

Al acabar, nos vestimos lentamente, ordenamos y nos dormimos con un beso, sobre la cama, con la promesa de volver a repetir; pero eso es otra historia.

Autor: Corpulento

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