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Doña Micaela

11 de julio de 2009

Apenas recuperada de su primer orgasmo, doña Rosa se puso a gatas sobre mí, mirando mis pies y fue retrocediendo su culo hasta que tocó el pico. Con su mano por entre las piernas, guió la dura estaca de carne hasta su agujero anal y con algo de saliva, se fue sentando en él hasta que en un último culazo, se lo tragó todo.

Desde siempre me sentí atraído por las personas de la tercera edad. Debe haber sido porque pasé gran parte de mi vida en casa de mi abuela y tías solteronas. Ya en la universidad canalicé este sentimiento con la opción de hacer visitas a un hogar de ancianos. Me sentí feliz desde la primera vez compartiendo con los abuelitos, bailando y cantado en una grata tarde. Éramos 6 estudiantes y yo el único varón. Por supuesto que las abuelitas querían alternar sólo conmigo, sobre todo doña Micaela, una viuda de 70 años, de buena facha, que soñaba con su pasado esplendoroso en actividades sociales y dinero. Hoy, abandonada por su familia, languidecía en su vejez.

Me adoptó casi como un nieto porque era la que me esperaba en la puerta cuando llegábamos. Sin embargo, el día que empezó esta historia, no apareció y las enfermeras me dijeron que estaba en cama con algunas dolencias. Dado el cariño que me tenía, fui autorizado para departir con ella en su dormitorio. Como sabía que era día de visitas, estaba muy arreglada y coqueta con su camisón de dormir y su mañanita. Me recibió feliz y pidió que me quedara con ella toda esa tarde. Conversamos de su vida, de su marido, don Pancho, de sus hijos y lo pacata que era la sociedad en que le tocó vivir, tan distinta a la actual.

-Ojalá hubiese vivido ahora, en esta sociedad más permisiva. Lo habría pasado muy bien- me dijo.

Nuestra charla siguió hasta que se quedó dormida tomada de mi mano y cuando quise retirarme, no me soltó y empezó a hablar dormida diciendo: ¡ay Panchito, no me deje, quiero que me haga cariño! Pensé que recordaba a su marido. Y de pronto, llevó mi mano a su entrepierna, por sobre la ropa de cama y la apretó contra ella. Me quedé de una pieza sin saber que hacer, pero el mecanismo del morbo que tenemos los hombres, me hizo reaccionar y le dije al oído: – Micaelita, déjeme cerrar la puerta. -Bueno m’hijito- contestó sin abrir los ojos.

Seguro que nadie andaba en el pasillo, cerré la puerta y retiré la ropa hasta los pies. Sin abrir los ojos, doña Micaela separó sus delgadas piernas y se subió el camisón. ¡Hágame cosas ricas Panchito! Y se abrió los labios del pubis apenas cubierto con unas pocas canas. La carne del interior se veía roja y apetecible. Me ensalivé los dedos y le acaricié la raja, deteniéndome en el clítoris. ¡Ayyyy que ricoooo Panchitoooo! ¡Siga, siga, siga! Gimió suavemente. Como no iba a quedarme al palo, me saqué el pico y puse su mano sobre él. Lo agarró con calentura y masajeó suavemente hasta dejarlo duro como piedra. Seguimos con las mutuas masturbaciones hasta que me pidió –lo quiero adentro Panchito- Tomé sus piernas y la atravesé en la cama quedando sus flacas nalgas al borde del colchón. Con los pantalones a medio muslo, arqueé las piernas hasta quedar a su altura y levanté sus talones para apoyarlos en mis hombros.

Mojé la cabeza del pico y se la puse en la entrada de su añosa vagina, previo pasársela por toda la raja. Eso la hizo gemir con más fuerza y girar su culo en busca de mayor contacto. Mis manos se apoderaron de sus flácidas tetas y las acariciaron deteniéndose en los abultados y oscuros pezones hasta que ella pidió ¡métameloooo m’hijitoooo! Como no podíamos perder tiempo a riesgo de ser pillados, entré en su vagina de un sólo tirón y ella se quejó ¿m’hijito, le creció su cosa que la siento tan grande? Indudable que el marido la tenía más chica.

Con sus piernas dobladas sobre su pecho recibiendo el peso de mi cuerpo, entré y salí de su zorra aguantando mi acabada para coincidir con la suya. La viejita era dura, pero al final, cedió al placer y acabó abriendo los ojos mirándome fijo, ¡Jaimito lindo, Ud. es mejor que mi Pancho, deme todo su moquito! Allí me di cuenta que la viejita había estado consciente todo el tiempo y que la figura de don Pancho era para alejarme de todo remordimiento. Cuando le eché todo mi semen, exigió: ¡Asíii todoo m’hijito, todooo y bien adentroooo! Como vio que no se me bajó me preguntó: ¿Jaimito, quiere más? Entonces pásemelo para acá- y lo agarró llevándoselo a la boca para retirar todo el semen que quedaba y seguir chupándolo hasta que lo tuve nuevamente muy duro.

Pero no quiso soltarlo y siguió, esta vez sacándose la placa dental. El contacto solo con lengua y encías, era maravilloso y me llevó muy luego a un segundo orgasmo que doña Micaela recibió gustosa en su garganta gozando cada chorro. ¡Démelo todo, es bueno para el cutis m’hijito! Habían pasado unos 15 minutos y era factible que vinieran a la pieza. Entonces le arreglé la ropa, previa limpieza de su entrepierna y me despedí con un cariñoso beso con el compromiso de vernos el próximo domingo.

Esa semana tuve algo de remordimiento, pero pronto me convencí que era una manera de hacer feliz a la abuelita y que habría mutua recompensa. Con ese predicamento llegué a la semana siguiente y nuevamente doña Micaela se había dado por enferma o cansada y estaba en cama. Su sonrisa se iluminó cuando me vio entrar. Estaba más arreglada que de costumbre y lucía radiante. -Gracias por venir Jaimito, creí que se iba a olvidar de mí y que nunca más lo iba a ver- ¿Se le ocurre que me iba a olvidar de Ud. con lo bien que lo pasamos? ¿Entonces le gustó lo que hicimos o está arrepentido? -Si doña Micaela, me gustó mucho- ¿y a usted? -Tanto me gustó que quiero que se comprometa a que lo sigamos haciendo- ¿quiere? -Venga a mi lado- me dijo y apenas me tuvo a su alcance, se posesionó del pico por sobre el pantalón.

-Lo tiene muy rico y grande- ¿sabía? ¿Me lo va a dar otra vez? -Por supuesto doña Micaela…

Como el tiempo apremiaba, me bajé a media pierna el pantalón y el slip, mientras ella tiraba la ropa atrás y se levantaba a gatas en la cama para girar hasta quedar con sus rodillas al borde ofreciéndome sus flacas nalgas que levantó exageradamente junto con enterrar la cabeza en la cama. Cuando estuvo como quería, giró la cabeza para preguntarme: ¿le gusta así m’hijito? La verdad es que el panorama no podía ser mejor. Sus delgadas nalgas encerraban en el interior una raja abierta y jugosa, de pelo muy canoso, pero de carne roja. Brillaba de jugos. Mientras acercaba mi herramienta a su culo, ella no le quitaba la vista a lo que la iba a perforar.

Cuando puse la cabeza entre sus labios, tiró el culo para atrás y se tragó la mitad. El resto se lo clavé yo agarrado de sus huesosas caderas. ¡Asiiii lo queríaaa mi hijito ricoooo! ¡Todooo adentroooo! La viejita caliente se agarraba los senos para acariciárselos y reemplacé sus manos por las mías para agarrarme de sus colgante tetas bombeando su zorra lento, y rápido, según avanzaban nuestros orgasmos, hasta que por fin me vacié en ella junto con sentir las contracciones de sus músculos interiores al compás de su propia acabada. ¡Rico, rico ricooo m’hijito, ricoooo! y cayo sobre el colchón conmigo encima. Repuestos del primer orgasmo, amorosa me lo limpió con la lengua, cosa que me excitó nuevamente.

¡Me gustan los jóvenes porque pueden hacerlo más de una vez! ¡Ahora quiero que me lo haga de otra forma! Y adoptó la misma postura que al inicio, pero esta vez abrió exageradamente sus nalgas con ambas manos y pidió, ¡m’hijito, métamelo por atrás! ¡Allí en el velador hay vaselina! Era mi primera enculada, pero ella era experta y exigió que le untara el recto con el lubricante. Sólo al sentirme, su esfínter se abrió para recibir dos dedos y se movió como culebra pidiendo, ¡ahora con su cosita adentro mi amor! No hice más que apoyar la punta en el arrugado ojete, para sentir como se abría para recibir la cabeza.

¡Déjelo allí un momento m’hijito, hasta que le diga! ¡Es muy grueso y tiene que metérmelo con cuidado! Para mí fue una proeza aguantar porque la postura, lo apretado del ano y la situación general, me tenían al borde del orgasmo. Así que cuando me dijo que se lo metiera un poco más, me agarré de sus caderas y se lo enterré hasta que mis testículos toparon en ella ¡que bruto m’hijito, que bruto, pero ricooo! ¡Me va a rajar el culo! ¡Eso écheme todo su moco en el culo! Exclamó cuando me sintió acabar y ella hizo lo mismo a continuación ayudada por las caricias que se hacía en su zorra. ¡Siga, siga, siga m’hijito, que sigo acabandooooo! Cuando me retiré, la punta traía excremento. Me lo limpié y me fui antes que se asomara alguien del hogar.

Al despedirse, doña Micaela me dijo –no sabe lo feliz que me siento. Ud. me ha rejuvenecido- ¿sabe m’hijito? -El próximo domingo, nos vamos a juntar en casa de una amiga que me va a prestar un departamentito anexo- ¿quiere? –Así podremos estar solitos y hacer muchas cosas ricas…

El domingo siguiente llegué a la dirección que me había dado. Era la casa de doña Rosa, su mejor amiga. Una mujer de baja estatura, abundante de carnes y algo menor que doña Micaela. Era casada y estaba dispuesta a alcahuetear nuestros encuentros. El departamento tenía entrada independiente y eran las antiguas dependencias de la servidumbre, pero muy bien alhajado. Un buen baño, toallas y una buena cama matrimonial. Para la ocasión, doña Micaela me esperaba en un amplio y escotado vestido y unas sandalias que mejoraban sus delgadas piernas. Nos abrazamos bailando la suave música que habíamos puesto y nos fuimos acariciando mutuamente. Ella abrió mi pantalón para apoderarse del pico y yo metí las manos bajo el vestido. Me llevé una gran sorpresa porque para la ocasión, se había puesto unos calzones sexy, tipo tanga y parte de sus escasos pendejos se asomaban por los bordes.

El primer polvo fue aún sin desvestirnos completamente y fue tradicional. El segundo, ya totalmente desnudos, fue a lo perrito y terminó con una furiosa enculada que exigió fuese a lo bruto, como queriendo hacerle daño. La gran diferencia con nuestros polvos en el hogar, era que podíamos gemir, gritar y hablar sin ninguna restricción. A ella le gustaba mucho comentar lo que hacíamos ¡Eso m’hijito, métame su pico bien adentro! Ahora deme fuerte, así, así, así! ¡Que rico lo tiene m’hijito, grueso como me gusta y largo para que me llegue hasta bien adentro! ¡Ahora, eso, eso, eso, acábeme bien adentro, écheme sus moquitos que yo se los recibo con las piernas bien abiertas! Y más tarde, cuando pidió que la enculara, ¡M’hijito, ahora quiero que me lo meta por el culo! ¿Quiere? ¡Écheme solo saliva, porque estoy tan caliente que ya tengo el poto abierto esperándolo! ¡Eso, haga bailar la cabecita en la entrada! ¡Ahora métamelo un poco! ¡Asi, suave adentro y afuera! ¡Ahoraaaa todooo que acaboooo, m’hijito, ricoooo! Y la clavé tan adentro, que creo haberle llegado donde su marido nunca le llegó.

¡Tome abuela, tome pico, gócelo entero! Esa tarde, como muchas en adelante, llegamos a increíbles posturas en búsqueda del placer. Unos domingos después, estábamos en lo mejor cuando apareció doña Rosita en la puerta. ¿Puedo acompañarlos? Venía sola porque su marido había salido de viaje el día anterior. Venía casi desnuda porque traía solo una bata que con dificultad tapaba sus gorduras. Doña Micaela me dijo: –Jaimito, es mi mejor amiga y con ella comparto muchas cosas ¿quiere que se meta a la cama con nosotros? Ya mi morbo había subido al techo con la abuelita y más aún con esa hembra de pechos y culo enormes que prometían tanto placer como las delgadas piernas y las pequeñas y caídas tetas de doña Micaela.

Tendido en la cama con la abuela acariciándome el pico para mantenerlo parado, doña. Rosita se vino a nosotros con sus pechos colgantes y un sensual temblor en las carnes. Lo primero que hizo fue chupármelo hasta dejarme listo para la acción y me cabalgó haciéndolo salir y entrar en su mojado conducto. Doña Micaela se había levantado para observar desde atrás nuestra unión aprovechando de acariciar ambos sexos. La gorda acabó muy pronto y cayó sobre mi despatarrada.

Yo no había acabado aún porque era el segundo polvo de esa tarde. Apenas recuperada de su primer orgasmo, doña Rosa se puso a gatas sobre mí, mirando mis pies y fue retrocediendo su culo hasta que tocó el pico. Con su mano por entre las piernas, guió la dura estaca de carne hasta su agujero anal y con algo de saliva, se fue sentando en él hasta que en un último culazo, se lo tragó todo.

¡Ayyy m’hijito, que rico lo tiene! ¡Es el más grueso y largo que me he comido por el poto! ¡Eso, eso, eso, deme todo su moco por favorrr! ¡Rájeme el poto no más, estoy gozándolooooooo! Y acabó escandalosamente junto con vaciarme en su recto.

A partir de ese primer encuentro en casa de doña Rosa, decidimos con la abuelita encontrarnos los fines de semana solamente. Eso facilitaba mis estudios y no nos exponíamos a ser descubiertos y acusados de actitudes reñidas con la moral en el Hogar. Cada domingo, salvo algunas excepciones por visita de sus hijos o por enfermedad, nos juntamos con doña Micaela en el pequeño departamento donde se nos sumaba doña Rosita cada vez que podía. La anciana, sabedora que su único atractivo era la experiencia sexual y no el físico deteriorado, se propuso en inventar distintas situaciones para que yo no me aburriera de ella. Lo hacíamos en el living, en la cocina, en un closet, de pie, a lo perrito, etc., etc., etc. El interés de ella era mantenerme entretenido y deseoso evitando comparaciones con mujeres de cuerpo más terso y menos suelto.

Por mi parte, además de estar siempre bien atendido sexualmente, acepté que la viejita me llenara de regalos. Generalmente fue ropa, perfumes, libros, golosinas, etc. Nunca dejé que me diera dinero, pese a que a ella le sobraba. Me conformaba con el que me enviaban mis padres, que al no tener otro uso, era para el bolsillo. Felizmente mis viejos vivían en el sur y no se percataban de aquellas cosas que no eran el resultado de sus envíos. Finalmente, doña Rosa ofreció el pequeño departamento de nuestros encuentros, como mi futura pensión. Doña Micaela se resistió al principio porque sabía que doña Rosa me tendría a mano para visitarme cuando quisiera. Para mí era la solución, vivir independiente y poder alejarme de la pensión donde la dueña, una gorda sebosa, fea y malhumorada me tenía echado el ojo para encamarme con ella a cambio de favores en la alimentación. Al final, doña Micaela aceptó comprometiéndome a no olvidarla.

Ese fin de mes, trasladé mis pertenencias al departamento y lo arreglé, con la colaboración de la abuela, para que pareciera un “nido de amor”. Me consiguió unos espejos para colocar en los muros de la pieza y después conseguimos uno que pegamos en el techo. Mirarse mientras estás culeando, es lo más excitante. Es como si hubiese otra pareja a tu lado. Todo ello era parte de la espiral del placer que buscábamos ambos. Siempre en el ánimo de la variación, un día que buscaba ofertas de libros en los clasificados, vi que ofrecían artículos sexuales. Llamé y me faxearon la información de un sinnúmero de elementos como consoladores, cremas, muñecos inflables, condones texturados, bolitas chinas, etc. Se lo mostré a doña Micaela y se entusiasmó. Entonces me pasó el dinero suficiente para los encargos que acordamos. Fueron un muñeco inflable imitación de un negro, con un pene acorde a lo que se decía de esa raza, un consolador muy grande, unos 25 de largo y 6 de diámetro, cremas y líquidos estimulantes y condones texturados y coloreados.

La semana que llegó el paquete, como niños con juguete nuevo, nos peleamos por abrirlo y ver el contenido. La cara de la abuela se encendió al ver la tremenda verga de goma ¿cree Ud. m’hijito que esto me va a caber? -Doña Micaela, con calentura y algo de lubricante, se puede tragar eso y algo mucho más grueso- ¿y esto cómo es? Dijo abriendo el paquete del muñeco. -Veamos que puedo hacer. Ud. espere que la llame- le dije y fui al dormitorio a inflarlo. Cuando estuvo listo, me pareció excitante. Tendido en la cama, la verga de goma era un obelisco negro amenazante que no se rendiría a ninguna exigencia. ¡Doña Micaleaaaa, venga!

Cuando apareció la vieja en la puerta de la pieza, sus ojos se desorbitaron al ver el espectáculo y sin decir una sola palabra, se fue acercando a la cama mientras se subía la falda para sacarse los calzones. Al verla tan decidida, tomé uno de los condones texturados para colocarlo en el muñeco.

¡No mi lindo, déjeme a mí colocárselo! Y arrodillada al borde de la cama, empezó a ponerlo en forma desesperadamente lenta, como gozando cada centímetro que avanzaba. Pajeaba el consolador mientras le instalaba el condón. Cuando creyó que estaba listo, se montó arriba del mono y dirigió la cabeza a su raja que ya presentaba una lubricación extrema. Se doblaba para mirar por su entrepierna aquella verga que se iba a comer y se fue dejando caer despacio. ¡Dios mío que grande es, pero me la voy a comer igual! ¿Cómo tengo la zorra mi amor? Y me ubiqué tras ella para tener la mejor vista de sus labios estirados al máximo recibiendo apenas la punta del falo.

-Doña Micaela, se le ve tremendamente abierta. Subía y bajaba el culo para recorrerlo. -¿Sabe mi vida? No quiere entrar, topa en algo adentro y duele un poco. Yo veía como el consolador se doblaba estando la mitad adentro. Realmente algo se interponía en los 12 a 15 cms que faltaban, de pronto ella soltó un gemido, o más bien un sonido gutural impresionante y exclamó: ¡Al fin lo tengo todo! ¡Asíii mi vida, que rico se sienteee! Y tuvo la más profunda y prolongada acabada que le viera. Cayó sobre el muñeco sin desclavarse y así quedó. Yo miré su vulva y vi que estaba espantosamente abierta. Parecía un bolsillo sin fondo donde se habían perdido los más de 30 cms del tremendo pedazo de goma negra. Los labios estaban estirados a reventarse y palpitaban locos. Pero doña Micaela era de tiro largo y pasaron pocos segundos y ya estaba moviéndose caliente.

¿Sabe Jaimito? – nunca había gozado tanto y no quiero sacármelo. A todo esto, yo ya no aguantaba más con el pico duro y caliente. O me hacía una paja o me culeaba a la vieja. Opté por lo segundo y aprovechando que estaba extasiada moviéndose cabalgando al muñeco, me ubiqué tras ella. Levanté las ropas y, con abundante vaselina le puse la cabeza junto a la verga de goma. Así, cuando se levantaba para salirse momentáneamente del muñeco y antes que volviera a hacer desaparecer el consolador en su choro, empujé y entró la cabeza junto con el pico de goma. ¡Ayyy noooooo Jaimito, así noooo, me va a rajar el choro, sáquemelo por favorcitooo! Pero no le hice caso y me mantuve en el lugar moviéndome suavemente.

La vieja gemía y se movía suavemente rogando que se lo sacara, pero no se retiraba de su empalamiento. Más bien lo gozaba hasta que no pudo más y exigió ¡Métamelo todooo mi vidaaa! ¡Hágame la zorraaaa! ¡Asíiiii mi lindooo, rómpamee la raja no más! y acabó por segunda vez junto con vaciarme en su abierta vagina. No la vi, pero me imaginé lo abierta que tenía su raja. Caímos agotados al lado del mono y se me ocurrió mirarle la zorra. Aún le latía y estaba tan abierta, que le habría entrado un puño. Me acordé entonces, de un video tres X donde se observaba un “fisting” y tomé la vaselina que guardábamos en el velador y me unté la mano hasta más arriba de la muñeca.

-¿Quiere seguir gozando abuelita? -Si m’hijito, hágame lo que quiera por favor. -Entones ábrase más de piernas y relájese que viene lo bueno. – ¿Qué me está haciendo mi vida? Dijo cuando sintió que le metía al menos tres dedos en su raja y se levantó para mirarme. Antes que se arrepintiera, le logré meter la mano aprovechando lo dilatada que tenía su vagina y exclamó: ¡Ayyyy mi lindo, me va a partir el choroooo! Avances y retrocesos, más la lubricación natural y la vaselina, permitieron que de pronto, entrara la mano con los dedos formando una punta de lanza. Pero quise experimentar y, estando con la mano adentro, empuñé los dedos. ¡Mmmmm, ahhhhhh, ayyyyy, que rico! Dijo cuando sintió que un verdadero ariete entraba y salía de su vagina. Entusiasmado como estaba de ver mi mano perderse en su zorra, empujé fuerte y logré meterle gran parte del antebrazo. Ella se sentó en la cama, abierta de piernas mirando su choro abierto a rajarse y con los ojos entornados acabó profundamente ¡Mi amor me va a dejar el choro como saco, pero siga por favor, métame todo lo que quiera!

Acomodado en las nuevas dependencias, estudiaba una tarde de semana cuando se abrió la puerta. Me extrañó, pero vi que era doña Rosa quién tenía llave del departamento. -¡Hola Jaimito! ¿Cómo está? ¿Necesita alguna cosa? -No doña Rosita, nada, estoy bien. -¿No quiere una atención especial o un regaloneo? Dijo abriéndose el vestido para mostrarme que iba totalmente desnuda abajo. No pude menos que reaccionar y al ver mi bulto, se precipitó a sacar el pico de su encierro para chuparlo hasta dejarlo duro como roca. -¡Venga m’hijito, vamos a culear! Y nos fuimos al dormitorio. Se tendió en la cama piernas abiertas lista para recibirme. Me monté sobre ella de inmediato y nos pegamos una cabalgada que nos llevó a un rápido orgasmo.

¡Asíii, asíii, asíii, m’hijito, métamelo todo y acábeme bien adentro por favor! Repuestos del primer polvo, quiso otro, pero mi cuerpo necesitaba descanso para preparar la prueba del día siguiente. Y me acordé del muñeco que mantenía inflado en el closet. -¿Quiere conocer algo que compramos con su amiga Micaela?  -¿Es algo rico y degenerado? -Por supuesto y le va a encantar. Cuando saqué el mono se quedó mirando el falo de goma y preguntó: ¿Eso se comió Micaela? ¿Y fue capaz de comérselo entero? –Entero.  Se lo comió, pero por el choro. Y le puse el mío también. Y después le hice un “fisting”. -Pero yo soy mejor que mi amiga en la cama. Se lo mostraré. Y a reglón seguido se montó en el muñeco y sin ninguna dificultad su vagina se lo tragó entero. Acariciándose su clítoris, acabó a los gritos sabiéndose sola. Su marido estaba de viaje. Repuesta del primer polvo, se quedó al lado del muñeco admirando el inmenso pedazo de goma color negro, acariciándolo sensualmente.

¿Tienes vaselina Jaimito? Como le dije que si, me la exigió. Con lentitud, como midiendo el grosor y largo del aterrante falo, fue untándolo de lubricante hasta que quedó brillante y muy resbaloso.
Entonces echó mano atrás y de untó el culo metiéndose dos y luego tres dedos en el recto. Yo la miraba sin atinar a nada. Se subió a horcajadas en el muñeco y, pasando la mano entre sus piernas, dirigió el pilar de goma a sus nalgas. No podía creer lo que suponía que iba a hacer, pero estaba allí para ayudarla. -¿Qué puedo hacer doña Rosita? -Sujételo firme y no se asuste por lo que voy a hacer mi lindo.

Se agarró ambas nalgas y las separó dejando a la vista su arrugado ano. -Póngalo allí mi vida. Juro que lo hice con el temor de dañarla, pero si ella lo pedía, tenía que hacerlo. Se fue sentando de a poco y respirando profundo para relajarse. Ante mis ojos, el ano se abrió con el pujo y permitió que entrara la cabeza. ¡Ayyyyy me mata, pero lo quierooooo! ¡Mi amor fróteme el clítoris! Y se movió suave en círculos primero y luego arriba y abajo.

Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. El ano de doña Rosita se abría para permitir que el tremendo tubo de goma fuera desapareciendo en el recto hasta que en una sentada final, se perdió completamente. 25 centímetros de un substituto de verga, negra y gruesa, se habían perdido en ese complaciente recto que lo atenazaba al salir, como no queriendo que lo abandonara y que seguía al grueso fuste cuando entraba. Si no hubiese sido porque ella demostraba que gozaba, habría jurado que le dolía en extremo, sobre todo que al salir parte del recto se vaciaba afuera del ano. Muy pronto sentí que acababa a los gritos ¡Ahhhh, que ricooo, mmmm todo, lo quiero todo! Y se desmayó.

Más tarde, repuesta de la sesión de sexo, se despidió con un cariñoso beso. ¿No le dije que era mejor que mi amiga en la cama?

Autor: patoyeco42

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1 comentario »

  1. solitario83 dice:

    oye brother de donde eres permiteme conocer a esas señoras envia tu email y permiteme conocerla para ayudarte con una al menos espero tu respuesta me encantan las viejas o las maduras

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