Dos viejas beatas

La mayor se subió al mueble, se puso en cuatro patas y se subió sus faldones, por lo que aproveché para regalarle una feroz mamada empapando su sabrosa vulva con mi ansiosa saliva hasta que noté como ambas mujeres se derretían en un espectacular orgasmo.

Mientras yo me pajeaba ellas me observaban complacidas, hasta que la mayor le ordenó a la otra que me ayudara, fue entonces cuando esta se echó en el suelo y suplantó mi mano con su boca haciéndome una espectacular mamada. En ese momento la otra se decidió a acariciarme con ternura mi cabello, mi pecho y mis bolas.

Hoy primero de enero como cada año lo único que deseaba era dormir para pasar el ratón de las fiestas de año nuevo. Al punto que mi familia no me despertó para ir a misa y después a pasear a un pueblo cercano.

Súbitamente sentí que tocaban la puerta, hasta que despierto ya, me dirigí a la misma para saber de que se trataba. La abrí sin recordar siquiera que no estaba apropiadamente vestido para hacerlo ya que solo llevaba una cómoda camiseta y un short que sin calzones no ocultaba para nada la forma en la que mi pene descaradamente saltaba al caminar.

Se trataba de dos señoras de unos 40 y 45 años respectivamente que venían a ofrecerme de esas revistas evangélicas y que me examinaron velozmente de arriba a abajo la una mientras la otra me hablaba, turnándose al hacerlo:

– Buenos días hijo. – Buenos días (Contesté)

Luego de un rato de estarlas escuchando (por educación) noté como sus miradas se dirigían por momentos a mi aparato mientras pensaban que yo solo ojeaba sus revistas. Entonces mi muy desarrollado morbo, al igual que mi pene, comenzaron a despertar y les pregunté:

– Pero, ¿por que no pasan? Deben tener sed y cansancio de tanto caminar.

Las señoras accedieron gustosas, razón por la cual mi pene dio un respingo de gozo al cerrar la puerta a sus espaldas, después de darles de beber agua fría me senté frente a ellas dos con la revista que yo “ojeaba” mientras ellas me hablaban casi a la vez de todo el tema de su religión…

Yo me fui recostando cada vez más, dejando muy a su vista la enorme carpa que tenía en mi short mientras me hacía el desentendido con la revista como excusa, fue entonces cuando dejé caer disimuladamente mi mano entre mis piernas y haciendo a un lado mi short dejé en libertad mi pene, comencé a acariciarlo y tiré a un lado la revista para observar su expresión y entender su silencio…

Mientras yo me pajeaba ellas me observaban complacidas, hasta que la mayor le ordenó a la otra que me ayudara, fue entonces cuando esta se echó en el suelo y suplantó mi mano con su boca haciéndome una espectacular mamada.

En ese momento la otra se decidió a acariciarme con ternura mi cabello, mi pecho y mis bolas, al abrir los ojos me percaté de que ambas se habían desnudado de la cintura para arriba y me dediqué a pellizcar sus pezones de una forma alternativa.

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Entonces la mayor se subió al mueble, se puso en cuatro patas y se subió sus faldones, por lo que aproveché para regalarle una feroz mamada empapando su sabrosa vulva con mi ansiosa saliva hasta que noté como ambas mujeres se derretían en un espectacular orgasmo.

Me di cuenta de que mis “salvadoras” se masturbaban al ritmo que cumplían con el exhaustivo trabajo de domar, o mejor aún, dominar al demonio que descansa entre mis piernas con la fuerza del “amor”.

Fue entonces cuando se percataron de que mi erección no disminuía aunque ya había eyaculado varias veces, por lo que ambas me aseguraron que debían realizarme un exorcismo para lo que me llevarían a la casa de una de sus compañeras con la finalidad de contar con el apoyo de las otras mujeres de su congregación…

Ya me estaba relamiendo por lo que sucedería con todas las mujeres de la congregación…

Pd: Disfruto mucho las historias incestuosas con mujeres mayores y monjas sobre todo, profesoras etc…

Autor: Rabo rojo

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Sobre el autor: Kara Marqueze

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