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EL AMIGO DE MI MARIDO

26 de septiembre de 2004

Juan quería follarme, y además se había confabulado para ello, con Ricardo, mi marido. Ese hombre había venido a cenar a mi casa, con mis hijos. Era el colmo del morbo.

Soy una mujer casada, tengo 44 años, y aunque no es mi nombre real, en mi relato me llamaré Maite. Residimos con mi marido y mis hijos (chico de 20, chica de 22) en las cercanías de Barcelona.

Soy una lectora habitual de esta sección, y debo confesar, que algunos de los relatos que en ella se publican me dan mucho morbo y me producen una profunda excitación. De hecho siempre he sido una mujer morbosa.

Mi marido también lo es y desde hacía ya bastante tiempo, teníamos una fantasía en la que yo me acostaba con otros hombres. Durante mucho tiempo, no fue más allá de ser una simple fantasía entre nosotros, que nos dio pie a multitud de juegos morbosos.

Con Ricardo nos excitábamos viendo como, en la playa, otros hombres se deleitaban mirando furtivamente mi top-less. Debo decir, que mis pechos, llaman poderosamente la atención entre el género masculino, al tener un tamaño bastante considerable. También nos daba morbo, que yo tomara el sol en la terraza de casa, ya que nos habíamos percatado de que un vecino siempre se las apañaba, para disfrutar secretamente, de mi desnudo integral.

Mientras hacíamos el amor, imaginábamos que él era otro hombre, a veces nuestro vecino, y que me follaba salvajemente, forzándome a hacer cosas a las que yo fingía negarme. Eso nos proporcionaba una chispa adicional que enriquecía la pasión que ambos desplegábamos en nuestros encuentros sexuales. Nuestros juegos, se limitaron a ser simplemente eso, juegos, durante mucho tiempo.

Hace dos años las cosas cambiaron…

Aunque con Ricardo, lo habíamos hablado en varias ocasiones, nunca habíamos trasladado nuestras fabulaciones eróticas al campo de lo real. Desde hacía algunos meses, Ricardo se había inscrito en un club deportivo, y repetidamente me hablaba de una amistad que allí había entablado con un tal Juan, un hombre separado, más o menos de nuestra misma edad, con el que Ricardo hacía muy buenas migas. Tanto es así que un día lo invitó a cenar a casa. Y cenamos … éramos cinco en la mesa, mis hijos, mi marido, Juan y yo … charlamos animadamente, y a todos Juan nos cayó muy bien, era un hombre agradable, muy simpático, interesante y ciertamente bastante atractivo. Mis hijos después de la cena salieron cada unos con sus respectivos amigos, y nuestra velada en casa transcurrió con toda normalidad. Ya a una hora bastante tardía, Juan mostró deseos de retirarse a descansar, y alegremente nos despedimos de nuestro simpático invitado.

Ya solos en casa, en nuestra habitación, le comenté a Ricardo que Juan era un hombre realmente muy atractivo, y él me contestó con una sonrisa socarrona.

- Maite, he adquirido mucha confianza con Juan y por eso quería presentártelo.

- Ah, bien, es un chico agradable.

- Le he hablado de nuestro juego.

- ¿Cómo? ¿A que te refieres?

- Si mujer, le he comentado que me daría morbo ver como te acuestas con otros hombres.

- ¿Qué? ¿Pero Ricardo, estás loco o qué?

- No Maite, no estoy loco, me da tanto morbo como a ti, sé que a ti también te atrae la idea. Simplemente he querido dar el paso, quiero hacerlo ¿Y tú?

- Lo has hecho sin consultarme! Ni tan solo sabes lo que Juan opina de mi!

- Maite, él ya te había visto en foto, he hablado con él largo y tendido del tema, y a él le excita tanto la idea como a mí. Está loco por echarte un buen polvo…

- Ricardo!

- Es la verdad Maite. Ese hombre desea follarte! Esta noche ha sido muy morbosa tanto para él como para mi, porque ambos sabíamos cual era el objetivo … que él te conociera.

En ese mismo instante, en medio de nuestra discusión, Ricardo recibió un mensaje en el móvil:

- Es Juan, lee.

“Tu mujer esta buenísima. Deja que me la folle. Un abrazo. Juan.”

Me tapé la boca con la mano, haciéndome la escandalizada.

Pero en honor a la verdad, debo decir, que me excitó ese mensaje en el móvil. Juan quería follarme, y además se había confabulado para ello, con Ricardo, mi marido. Ese hombre había venido a cenar a mi casa, con mis hijos. Era el colmo del mo

rbo!

No le dije nada a Ricardo esa noche, pero tal y como hicimos el amor, él ya supo que tenía la partida ganada, yo estaba sobreexcitada y los dos gozamos de unos orgasmos impresionantes.

A la mañana siguiente ni lo comentamos, desayunamos con nuestros hijos con toda normalidad … y el fin de semana transcurrió sin más …

El lunes por la noche, mientras cenábamos todos juntos, Ricardo me dijo desenfadadamente que estábamos invitados a cenar el viernes en casa de Juan.

- ¿Qué significa eso?

- Significa lo que significa. ¿Qué le digo?

- Dile que iremos.

Y acto seguido me quedé un poco perpleja de haber escuchado mis propias palabras y lo que significaba mi asentimiento.

Ya en la habitación, Ricardo me contó, que habían pactado las reglas del juego con Juan. En cuanto pusiésemos los pies en casa de Juan, ambos nos convertíamos en sus esclavos, y debíamos hacer lo que él nos ordenase sin más. La violencia física era lo único que le quedaba vedado. Noté como, mientras me lo contaba, cada uno de los poros de su cuerpo transpiraba excitación y morbo a raudales. En la intimidad, nos pasamos toda la semana hablando sobre nuestra cita, que si estábamos seguros, que si no, que si esto, que si lo otro … pero el tiempo pasó implacablemente, inexorablemente, y llegó el viernes … y nos preparamos para nuestro anfitrión.

Me puse un vestido negro de una sola pieza, con un generoso escote en punta, que al no llevar sujetador, se hacía si cabe más sugerente. Un escueto tanga negro y unos elegantes zapatos de tacón remataban el conjunto. También me puse mis pulseras de oro y un collar muy fino que me regaló mi marido. Tardé un buen rato en maquillarme y retocarme las uñas, los nervios no me permitían concentrarme en lo que estaba haciendo. Pensé que estaba loca por hacer lo que iba a hacer, que los dos estábamos locos, pero también era consciente de la idea me excitaba, me ponía muy caliente, y que evidentemente no lo hacía por complacer a Ricardo. Yo también quería hacerlo.

Ricardo tuvo que apresurarme, porque ya nos demorábamos en exceso, pero finalmente, conseguimos coger un taxi y dirigirnos a casa de Juan.

Ahora, me es costoso describir con exactitud las sensaciones que recorrían mi cuerpo justo antes de llamar a la puerta de Juan. Estaba nerviosa eso seguro, pero también estaba excitaba, muy excitada, y quizás algo temerosa ante la experiencia que íbamos a vivir esa noche, por otro lado, algo indeterminada. Durante el trayecto en taxi, con mi marido, tan solo habíamos sido capaces de intercambiar unas pocas frases nerviosas, sin demasiado sentido.

Juan nos recibió muy cordialmente, como es él.

- Maite, Ricardo, bienvenidos a mi casa.

Juan vivía en un bonito ático, muy luminoso y con grandes cristaleras que ofrecían un espléndido panorama de la ciudad. Todo su dúplex estaba decorado de forma muy moderna y con muy buen gusto. Me gustó.

Rápidamente pasamos a la sala de estar. Juan, al que ahora (en el momento de escribir este relato) conozco mucho mejor, es un hombre con una personalidad arrolladora, tomó la iniciativa.

- Por favor, poneros cómodos. Como si estuvieseis en vuestra casa. ¿Deseáis beber algo?

- Yo luego Juan, gracias – dijo mi marido.

- Ahora no, gracias. – dije yo.

- Maite estás preciosa – me dijo mientras me devoraba con la mirada sin ningún tipo de pudor. Y añadió – Ricardo tienes una mujer soberbia.

- Gracias. Respondimos ambos casi al unísono.

La mesa estaba elegantemente preparada con todo lujo de detalles.

- La cena está ya lista, así que cuando gustéis.

Juan nos indicó cual era nuestra acomodación en la mesa redonda. Había dos sillas más próximas la una a la otra, y una tercera algo más distanciada, él, señalando esa tercera silla, dijo:

- Esa es tu silla Ricardo. Pero antes, por favor, sirve la cena. Todo lo que necesitas está preparado en la cocina.

Nos sentamos Juan y yo juntos en la mesa. Internamente, yo estaba temblando como un flan, aunque externamente procuraba que no se notase demasiado. Ricardo estaba en la cocina, y Juan se dirigió a mí en estos términos:

- Estate tranquila esta noche, todos lo pasaremos muy bien esta noche. Y sonrió. Acto seguido me dijo, me das mucho morbo Maite, nos va a volver locos a

ti y a mi, follar delante de Ricardo. Durante la cena te tocaré por debajo del mantel.

Mi marido, volvió de la cocina con una fuente de ensalada y unos canapés.

- Sírvenos Ricardo.

Sin rechistar el empezó a servirnos ensalada en cada plato.

- Me gusta como se ha vestido tu mujer para mí. Se ha puesto muy guapa. ¿Le dijiste que el otro día, durante la cena en vuestra casa, me tuvo empalmado toda la noche?

Yo hacía ver que comía, porque sinceramente no tenía ni pizca de hambre, y es más dudo, que hubiera podido comer.

- Se lo comenté a medias…

- Mal hecho Ricardo, Maite debe saber que lo que va a pasar hoy tú y yo lo llevamos planeando desde hace muchos días.

Juan y Ricardo, comían también sin excesivo apetito. De repente, noté como la mano de Juan se posaba en mi muslo. Aunque ya era algo esperado, me agité ligeramente al sentir como la mano de un hombre que no era mi marido me tocaba la pierna de forma tan descarada.

- La ensalada es exquisita.

- Gracias Ricardo, celebro que te guste. A mi me gusta tu mujer.

- Lo sé…

- Y esta noche ella me pertenece.

- Lo sé…

- Y hará lo que se le pida.

- Lo hará…

- Ves a la cocina a por más vino.

- Voy…

- Cuando vuelva tu marido – me miró, sonrió, y continuó – quiero que hayas desaparecido debajo de la mesa. Y quiero que mientras él y yo cenamos, tú trabajes.

Mi corazón latía con una energía desesperada, parecía querer escapar de mí. Obedecí. Me acomodé lo mejor que pude debajo de los manteles, sobre la cálida alfombra.

- ¿Y Maite?

- Debajo de la mesa. Preparada.

- Quiero verlo.

- Todavía no puedes. La imaginación es poderosa, déjala trabajar.

Mientras hablaban él bajo una mano y se desabrochó la cremallera, no llevaba calzoncillos por lo que inmediatamente asomó su pene, no completamente erecto, pero si visiblemente excitado. Era generosamente grande. Con la misma mano me hizo señas, que entendí perfectamente. En ese instante yo me hallaba ya bastante desinhibida, así es que sin pensármelo en exceso, me puse a hacer lo que de verdad me moría de ganas de hacer, y eso era hacerle una felación a Juan. Aplique mis labios en su verga y empecé a succionar, al principio, muy suavemente. Se le puso dura de inmediato.

- Ricardo, tu mujer vale un imperio.

- Lo sé…¿Oigo ruidos? Juan por favor déjame ver como Maite te la chupa.

- De momento no. Pero debes saber que lo hace con gran maestría.

- Ummmm – Mi marido estaba muy excitado, puede que incluso más que Juan, y Juan os puedo asegurar que lo estaba. Yo también.

Le hice aquella felación a Juan con auténtica dedicación. Esporádicamente acudía a mi mente el pensamiento de que le estaba chupando la polla a un hombre que no era mi marido, estando él en la misma habitación, y eso, lo reconozco, me daba un morbo terrible.

- Sois los dos unos viciosos y yo también. Venid conmigo a la habitación.

Había una cama enorme, y un armario con unos espejos de cuerpo entero. En un rincón había una butaca. Le indicó a Ricardo que se sentara en ella, y con una cuerda que tenía ya preparada, le ató las manos y lo pies.

- Ahora tu mujer será mía.

Me cogió con bastante energía y me empujó para que cayera sobre la cama. Me sujetó las muñecas y me ató también, con otra cuerda que previamente ya había colocado, a la cabecera de la cama.

Me quedé atada, boca arriba con los brazos estirados, cruzábamos miradas con mi marido, también atado, y ambos vimos como Juan se despojaba de su ropa, quedándose completamente desnudo, y con una erección muy ostentosa.

Me excitó la situación, me excitó ver atado a mi marido, me excitó ver aquel pene.

Él se acercó a mí y empezó a tocarme los pechos. Me excité más. Ladeé la cabeza, pude ver como el espectáculo se reflejaba por completo en el espejo. Cerré los ojos. Juan me estaba sobando toda, y me estaba volviendo loca. No sé muy bien como, me quitó el vestido, y me quedé únicamente con mi tanga y mis zapatos. Noté sus manos sobre mi tanga, que estaba completamente mojado, noté sus manos acarici&aacute

;ndome los pechos, su lengua succionándome los pezones, noté su pene sobre mi barriga, noté como lo paseaba por mi cara, lo besé en varias ocasiones. Acerco su boca a mi lóbulo y susurró:

- Quiero que tu marido te oiga disfrutar mientras follamos.

Me excité más, abrí los ojos y miré a Ricardo. Se le marcaba una erección de campeonato. Me sonrió tímidamente. Yo ya estaba completamente metida en situación, y recuerdo que pensé que lo estaba pasando de miedo. La situación era tan morbosa como siempre habíamos soñado, un casi desconocido se disponía a follarme delante de mi marido.

Le hice caso a Juan, y empecé a dar muestras inequívocas de que aquello me estaba gustando mucho. Empecé a gemir y a retorcer mi cuerpo sobre la cama.

- Quiero más… susurré

- Te daré más. Contestó Juan.

Me quitó el tanga negro. Y bajó su boca hasta mi entrepierna, y delante de Ricardo empezó a comerme con gran placer por parte de ambos. Yo levantaba mi pelvis para que su lengua pudiera profundizar fácilmente en mí. Y profundizó. Y yo estaba ya fuera de mí. Gemía, gritaba … me gustaba como me chupaba ese desconocido.

Se retiró y lo miré con cara de querer más.

- Ricardo, me voy a tirar a tu Maite.

Y sin más me penetró con su verga que estaba durísima y mojadísima. Di un alarido de placer espantoso. Y el empezó a follarme rítmicamente.

- Más, más…decía yo sin parar. No pares.

- Dile a tu marido que te encanta que te folle.

- Dímelo cariño decía Ricardo.

- Me encanta como me folla Juan. Le dije entre sollozos y jadeos.

Me sacó su enorme pene, y me dio la vuelta. Con lo que quedé con mis manos atadas, estiradas y cruzadas delante de mí. Yo le dejaba hacer.

- A cuatro patas.

Me coloqué, alzándome sobre mis rodillas. Y volvió a embestirme a cuatro patas. Y volví a gemir desesperadamente. Aquello me encantaba.

- ¿Te gusta ver como me follo a tu mujer a cuatro patas Ricardo?

- Me encanta verlo.

Él se había desatado una mano y se estaba masturbando. Juan tenía mucha fuerza y embestía con mucha energía. Tenía mucho control, mucho aguante. Yo, de verdad, estaba totalmente loca, descontrolada. Gemía como una loca sin parar.

- Necesito correrme Maite.

- Ahhhhhhhhhhh! Si Juan, correte.

- Mmmmmmm, mmmmm

- Ahhhhhh

- Ahhhhh

Y ambos tuvimos un orgasmo impresionante. Bien los tres, porque mi Ricardo se corrió también en la butaca del rincón.

Fue una velada increíble y desde entonces todo entre nosotros ha cambiado, pero eso es ya otra historia.

Autor: Kds

ksibir ( arroba ) yahoo.com

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