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EL LEÑADOR

16 de noviembre de 2006

Pasado aquel verano donde tuve ni primera experiencia lésbica con la "morenaza", mi vida tomó otros rumbos. Me fui a Buenos Aires pues quería seguir una carrera universitaria que finalmente se truncó pero eso no es el motivo de este relato.

Obviamente me instalé a vivir en la Capital, en una casa donde ya vivían otros estudiantes. Me tocó en suerte compartir la habitación con Sandra, una "veterana" en estas lides ya que llevaba dos años viviendo el la "mansión", como a ella le gustaba llamar a la casa de pensión. Por fortuna Sandra era una chica de muy buen carácter y enseguida se entabló una buena relación entre nosotras. Ella se había puesto de novia con un chico de bastante buena posición, que a menudo la pasaba a buscar para salir. Muchas veces salí con ellos pero a veces prefería quedarme a estudiar incluso para no interferir en sus amoríos. Yo todavía no tenía ninguna relación ya que hacía poco que estaba allí y por entonces no era tan lanzada. No era virgen tampoco y guardaba muy buen recuerdo de aquel encuentro con la morena, lo que a menudo se traducía en deliciosas pajitas cuando me quedaba sola. O sea que de relaciones sexuales con chicos llevaba ya una "sequía" algo larga. Y el final de muchas de mis sesiones de estudio finalizaban de igual manera: una duchita bien caliente y largas caricias en las tetas bien enjabonadas, antes de que mis deditos viajaran febriles por el vientre hasta explorar los labios y la rajita escondida entre un pequeño matorral de vellos ralos. Incluso alguno de mis dedos tenían la osadía de incrustarse en mi culito por lo que terminaba gimiendo de placer solitario.

Hasta que un día Sandra me comentó que pensaba pasar el fin de semana junto a su novio, en unos campos que la familia tenía por la zona de Entre Ríos, donde Esteban -tal el nombre del novio- solía practicar su deporte preferido que era la caza; y me invitó a que los acompañara. Yo en principio me negué, pero la idea de pasar el "finde" sola me animó a aceptar la invitación.

El sábado muy temprano Esteban nos pasó a buscar e iniciamos el viaje que insumía no menos de tres horas en su camioneta 4×4. Tras un viaje por ruta tomamos caminos de tierra por los que hicimos interminables kilómetros, hasta que cerca del mediodía arribamos a una vieja casona rodeada de arboledas y en medio de campos sembrados. Almorzamos con comida llevada por Sandra y nos tumbamos a dormir una siesta. La vieja edificación contaba con varías habitaciones, todas amuebladas para cuando sus propietarios visitaban los campos. Por supuesto Sandra y su novio tomaron la pieza principal con cama matrimonial incluida. Como me había levantado temprano me tiré en la cama de la habitación que me asignaron y me quedé dormida.

Al cabo de un buen rato desperté y me atrajeron algunos sonidos muy sugestivos que provenían del otro dormitorio. Ruidos de cama sacudida y discretas pero audibles exclamaciones de placer llegaron claramente a mis oídos haciéndome estallar la mente y excitándome. Indudablemente mi amiguita lo estaba pasando "bomba". Me levanté sigilosamente para acercarme a la puerta que comunicaba ambas habitaciones, me agaché un poquito y el generoso ojo de la cerradura me ofreció casi una panorámica de lo que ocurría al otro lado. De espaldas a mi lugar de "avistaje", Sandrita cabalgaba a su macho como movida por mil resortes. Subía y bajaba a una velocidad alucinante, hasta que de pronto se detuvo por un instante. Se fue levantando despacito hasta dejar fuera de su cuevita casi toda la larga verga que la ocupaba, hizo jugar un poquito el glande entre los labios inflamados y después se dejó caer lentamente para que el grueso tallo desapareciera por completo en su interior. Una y otra vez repitió la operación, aumentando mi calentura. Para entonces mi conchita era un mar de jugos que empapaban los dedos con que me masturbé hasta que presen

tí el orgasmo y me recosté en la cama para poder acabar plácidamente en tanto mordía la almohada para no delatarme. Ya muy calmada volví a dormirme de nuevo.

Fue Sandra quien vino a despertarme, solo que ahora estaba vestida y ya lista para acompañar a Esteban en su cacería. Desde la casa hacia el lado del río los campos se cubrían de un espeso monte donde abundaban todo tipo de animales, entre los cuales Esteban elegía a los que estaban declarados plagas y su caza estaba permitida.

Trepamos a la camioneta y partimos hacía la foresta. Al llegar al sitio elegido para dejar el vehículo y comenzar la recorrida a pie, yo me negué a acompañarlos. Prefería quedarme sola antes que enfrentarme a cualquier tipo de bichos. Mientras Sandra y Esteban se internaban en la vegetación, me quité el jean y la remera para quedarme en bikini. Acomodé una colchoneta que Esteban había llevado y me instalé en la caja de la camioneta dispuesta a tomar sol.

Los cálidos rayos pronto me produjeron una deliciosa modorra y me dormité. Así estaba cuando me sobresaltaron los inconfundibles golpes de un hacha pegando en la madera. Me sorprendió que alguien más anduviera por allí pues Esteban nada había comentado al respecto. De pronto tuve la curiosidad de investigar un poco y tratar de ver sin ser vista. Caminé con cautela por entre los árboles y matorrales hasta que encontré un claro en el bosque y descubrí de donde provenían los ruidos. Sin dejarme ver observé a cierta distancia como un fornido hachero descargaba certeros golpes sobre el tronco de un grueso árbol. Casi conteniendo la respiración me quedé mirando absorta aquellas anchas espaldas brillando de transpiración, cuyos músculos parecían estallar en cada movimiento. Los rudos brazos subían y bajaban el hacha sin el menor esfuerzo. No pude evitar ciertas divagaciones en cuanto a lo que aquella especie de "bestia humana" haría con mi cuerpecito si se lo dejaba al alcance de la mano y casi me sentí excitada.

Debo haber hecho algún ruido involuntario porque el hombre se volvió hacia donde yo estaba dejando inconcluso el próximo hachazo. Blandiendo la herramienta caminó despacio hacia donde me encontraba oculta y ya empezaba a atemorizarme. No atiné más que a permanecer muy quieta con la esperanza de que no me descubriera y se alejara. Además estaba como clavada al suelo muerta de miedo. Poco le costó al hachero encontrarme. Seguro no podía creer lo que sus ojos le contaban. ¿Qué haría semejante "bocadito" solo en medio del monte? -¡No me haga daño!, alcancé a balbucear.No tenga miedo "mhijita"… soy medio bruto pero sé como tratar a una mujer. Me miraba y me hacía sentir mucho más desnuda de lo que estaba con apenas mi diminuta bikini cubriéndome. Abandonó el hacha y se acercó. Intenté alejarme pero ya una mano como tenaza me aferró del brazo.

-¡Suélteme!, dije en un hilito de voz, antes de que el grandote le sellara los labios con un beso mezcla de torpeza y desesperación. Me metió la lengua y sentí el gusto a tabaco rancio y barato. Con una de sus manazas me sostuvo por la cintura en tanto la otra me arrancó literalmente el corpiño. La visión de mis tetitas respingonas lo enloqueció todavía más. Bajó la cabeza y se metió uno de mis pechos en la boca para chuparlo y morderlo hasta hacerme doler arrancando de mí un apagado grito e intentando todavía zafar. Lejos de soltarme, buscó la otra teta para darle igual tratamiento. Para entonces yo ya me había cansado y abandonado a mi suerte. Solo pensé en hacer que se calmara un poco y evitar que aquello fuera una violación. Él pareció adivinarlo porque me hizo arrodillar y soltó sus pantalones.

A través del rústico calzoncillo percibí lo impresionante del bulto que palpitaba bajo la tela.. Entonces tomé la iniciativa. Bajé la prenda y el temible pedazo quedó bamboleándose a centímetros de mi rostro. Con una mano aprisioné los enormes huevos y con la otra la pija, dispuesta a metérmela en la boca como pudiera. Y lo hice. Enseguida pude darle espacio entre la lengua y el paladar dedicándole creo la más violenta chupada que dí en mi vida (o al menos hasta entonces). No tardé mucho en captar los temblores de la descomunal verga y los bufidos de su enardecido dueño en señal de que

no tardaría en acabar. Y si. La boca se me llenó de una leche pesada y pegajosa. Quise apartarme pero el tipo me tenía de los cabellos y me obligó así a tragarme todo.

Y si yo llevaba tiempo sin coger, el hachero seguramente me superaba en abstinencia porque su pija ni se enteró de la descarga y continuaba duro. Acto seguido el gigante se arrodilló junto a mí y la hizo girar hasta dejarme apoyada sobre las rodillas y los codos. Me arrebató la tanga y se quedó mirando mi culito y mis labios regordetes.

-¡Nunca me cogieron!, mentí en busca de algo de compasión.

-¡Bueno!, dijo la ronca voz a mis espaldas, mejor para mi…

Un dedo áspero me fue abriendo despacito, en un jueguito que debo confesar empezó a gustarme. El leñador tomó mis caderas e hizo que la brutal cabeza de su miembro se apoyara en la hendidura de mi sexo. La orientó bien y empezó a empujar separando mis tiernas carnecitas. Cuando los primeros centímetros me invadieron lloré de dolor. Sentía que me partían en dos. Pero él no tuvo piedad. Me aprisionó con fuerzas y siguió avanzando hacia mis profundidades. Después entró a jugar un poco hacia atrás y de nuevo adelante con lo que el hijo de puta logró hacerme calentar de verdad, olvidando el dolor que su monstruosa poronga me causaba.

Ahora ya era placentero y estaba lista para recibirlo todo dentro mío, cosa que él terminó de concretar en un solo y certero envión. Después siguió yendo y viniendo, con su mano sobándome las tetas. No pasó mucho hasta que no pude más y reventé en un orgasmo que me sacudió entera. Apoyé la cara en pasto y me aflojé toda.

Primero pensé que ya pasaba todo, pero caí en la cuenta de que el tipo no había vuelto a acabar y seguía tan de pija dura como si nada. Lo sentí retirarse de mi cuevita peluda y maltrecha. Quise incorporarme pero no me dejó y era evidente que tenía planes. Su lengua buscó mi culito y entró a lamerlo junto con mi concha. El jueguito me puso en clima y me encantaban las lamidas. Sin embargo abruptamente me percaté de las oscuras intenciones que se tejían a mis espaldas. Muy simples. El grandote simplemente planeaba romperme el culito.

Cuando intenté revelarme ya era tarde pues sus manos me atenazaron las caderas. Forcejeé inútilmente hasta que comprendí que no tenía escapatoria y debería entregar también mi trasero.

El gigantón se volvió a acomodar atrás mío y sin pedir permiso apoyó la punta de su terrible palo en la boca de mi agujerito fruncido. Empujó un poco pero no logró su objetivo. Agarró fuerte su miembro y volvió a intentar la nada sencilla empresa de penetrar en mí por la vía más estrecha. Instintivamente me aflojé todo lo que pude para que mis músculos abandonaran toda resistencia e inmediatamente el monstruo ganó terreno provocándome un dolor infernal. Maldije mientras mis manos arrancaban el pasto con desesperación intentando liberarme pero todo fue en vano. De repente se detuvo y eso me alivió. Como pude tomé mis nalgas y me las abrí buscando darle a mi invasor más espacio del que disponía. Fue un gesto equivocado porque el hachero pensó que lo estaba invitando a ir más adentro y volvió a embestir en una estocada que me paralizó. Pero por suerte para mí la agonía no se prolongó mucho más. Tal vez la excitación y lo apretado del lugar hicieron que el macho se descargara nuevamente y ahora sí su verga aflojara retirándose para dejar libre el espacio que había usurpado.

Sin decir palabra tomé mis escasas ropas y me alejé por el monte caminando con pasos vacilantes hacia donde estaba la camioneta. Estaba molida. Me lavé un poco con el agua de una caramañola y me acosté a esperar a mis amigos. Ya era casi de noche cuando aparecieron.

-¿Te aburriste?, preguntó Sandra.

-No, dormí casi todo el tiempo; respondí con una dolorosa sonrisa que no percibieron.

Hasta aquí el relato de otra de mis experiencias. Espero sus cometarios a mi correo.

Contestaré todos sus mails.

Autor: Kata kata_68 (arroba) yahoo.com.ar

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