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El sacerdote

11 de octubre de 2009

Yo con lentos movimientos de caderas comencé a moverme. Sus ojos no dejaban de verme, sus labios chocaban contra los míos con verdadera lujuria. Sus manos las colocó sobre mi cintura y con gran fuerza me traía hacía él. Los dos realmente nos entregamos en cuerpo y alma. Mi vagina recibía una y otra vez su verga, mis piernas las cerré sobre su cuerpo y ambos disfrutábamos como enamorados.

Perdóneme padre, porque he pecado. En pensamiento, palabra y obra. Así era como todos los domingos, yo saludaba al viejo párroco de mi iglesia. Luego de comunicarle, alguna que otra tontería, él me imponía como penitencia, el rezar o un Padre Nuestro o un par de Ave María, o a lo sumo un Rosario. Yo creo que dependía de como se levantase, ya que estoy segura, que jamás realmente escuchaba lo que le decía. Ya que era sordo como una tapia.

Hace unos seis meses más o menos, encontraron el cuerpo del viejo sacerdote, sin vida en el confesionario, según dicen las chismosas de la iglesia, le dio un ataque al corazón, al escuchar la confesión del alcalde del pueblo.

Por lo que a la semana, se presentaron dos nuevos sacerdotes, el padre Marcos, y el padre Antonio. El padre Marcos, es un sacerdote cuarentón. Las malas lenguas del pueblo dicen, y la mía que no es muy buena lo repite, que el padre Marcos es el guía espiritual y consolador, mejor dicho consuelo, de las viudas y de las divorciadas. No muy alto, grueso de espaldas, con manos grandes, con una gran sonrisa y abundante cabellera, la mayor parte del tiempo uno le ve en la calle sin sotana. Mientras que el padre Antonio, era un joven sacerdote, que aun olía a seminario. Delgado, de estatura media, cabellera y barba negra. Grandes ojos marrones, labios carnosos, y me daba la impresión de que no se quitaba la sotana ni para dormir.

La primera vez que vi a los dos nuevos sacerdotes, pensé. Ese curita está como para pecar con él, refiriéndome al padre Antonio, ya que el padre Marcos, me cayó algo pesado. Desde el primer día en que vi, al padre Antonio, me las ingenié para hacerme notar por el joven sacerdote. Antes de entrar al confesionario, me bañé en Chanel nº 5. Con el fin de hacerme notar, mi confesión fue corta y sencilla. Luego a la salida de la iglesia, me ofrecí para dirigir el grupo del coro de niñas. Al presentarnos formalmente, el padre Antonio, comentó el agradable aroma que había en el ambiente.

Cada vez que podía, buscaba alguna excusa para hablarle, y estar cerca de él. Pero el joven sacerdote, por lo general no se daba por enterado de mi existencia, o por lo menos eso me parecía a mí. Mi esposo, era quien a duras penas y apagaba mis calenturas. Por suerte comenzó a usar esa pastilla de nombre “Viagra” y con eso nos hemos mantenido dentro de nuestro matrimonio. El farmaceuta del pueblo, a tono de broma dice que el verdadero nombre de la pastilla es Vieja Agradecida. Pero yo pienso que debería ser Viagro, por viejo agradecido. Pero regresando al tema, preparé un plan de ataque a prueba de fallos, claro a menos que el padre Antonio fuera gay. Lo primero que hice, fue cambiar mi guarda ropa. Lo segundo fue realizar una lista de las horas libres del padre y las mías, y tercero poner el plan en marcha.

En el confesionario, se inició el primer ataque. Llegué temprano, olorosa, y con una blusa que deja ver los encantos de mis bien formados senos. Al entrar para confesarme, me fui por el frente y no por el lado, de manera que el padre Antonio, me tuviera frente a él. Sus ojos de inmediato se posaron en mis tetas, y ese día mi confesión prácticamente fue una narración de la relación sexual que mi esposo y yo mantuvimos la noche anterior. Yo toda apesadumbrada y compungida, le fui diciendo como, aunque yo no estaba de acuerdo, mi esposo me usaba para saciar sus bajos instintos carnales. En ocasiones yo levantaba la vista para ver al padre a los ojos, mientras me confesaba con él, y lo observaba como mantenía sus ojos cerrados, y una de sus manos dentro de la sotana. El solo pensar que lo excitaba a él, me excitaba a mí. Mi coño ardía por dentro, y tendría que buscar la manguera de mi marido para apagarlo, no es que en el pueblo no hubiese más hombres. Lo que sucede, es que todos apenas le tocan la mano a una mujer se van al bar del pueblo para decírselo a todo el mundo, pero de manera muy exagerada. Lo que a mí no me conviene, desde luego.

Bien regresando al tema de nuevo, les diré que con la escusa de ser la directora del coro de niñas me la pasaba metida en la sacristía y en el patio interior de la iglesia, ya que eran los dos lugares donde ensayábamos, prácticamente a diario, bajo la curiosa mirada del padre Antonio, yo por mi parte siempre iba vestida de la manera más insinuante posible. Lo que más me gustaba usar era un conjunto de falda larga, con una gran abertura al frente. La cual, yo abría y cerraba a mi discreción. Por lo general la acompañaba con alguna de las blusas, que compré un par de números más chicas, que las que suelo usar normalmente, lo que hace resaltar mis prominentes senos. Cierto día el padre Antonio, se acercó al coro para darnos la letra de una nueva canción. Yo le solicité que nos la cantara, por lo que él tomó mi puesto y yo me senté en el suelo, con las piernas ligeramente abiertas. Desde luego que sin ninguna mala intención, más bien fue por comodidad, se los juro. Mientras el padre, nos daba la letra de la canción, yo de vez en cuando movía mis piernas, inocentemente desde luego, y fíjense que casualidad, ese día se me olvidó ponerme, mi ropa íntima. El pobre padre se puso tartamudo del tiro, sudaba a mares, y yo ingenuamente le pregunté, si se sentía bien.

En otra ocasión, me presenté con una mini falda extra corta, y un tanga tipo hilo dental. Y ese día nos encontrábamos, preparando una verbena, pro fondos de la iglesia desde luego. A mi grupo y a mí nos tocó, un Kiosco de comida, por lo que preparamos una gran mariscada, para la venta. Pero para decorarlo, era necesario que le pusiéramos unas guirnaldas, y unos globos. Por lo que yo me iba a subir a una frágil escalera, con el fin de ir colocándolas. Justo cuando pasaba el padre Antonio, él muy diligente se ofreció para ayudarnos, se subió a la escalera, y trató de colocar los arreglos, yo me aseguré de que mis pechos quedaran al alcance de sus ojos, y zas, que se da un buen martillazo en un dedo. Por lo que se debió bajar de la escalera, en ese momento yo aproveché, para subirme y terminar de colocar todos los arreglos.

Como las niñas, son muy pequeñas le solicité al buen padre, que me sujetara la escalera. De momento, sentí como su mirada se clavaba dentro de mis nalgas. Yo de re-ojo haciéndome la distraída lo observaba, como se iba poniendo colorado. En ocasiones él bajaba su mirada al suelo, pero a los pocos segundos, yo volvía a tener la sensación de que era observada fijamente por el padre.

La cuarta vez que me trepé en la escalera, el padre Antonio tuvo la amabilidad de ayudarme a subir tomándome por la cintura, sus manos acompañaron mi cuerpo hasta que llegué al último peldaño. Para mí fue excitante, y me supongo que para él también, ya que se encontraba totalmente empapado en sudor. Como estocada lo ultimó fue, que perdí el equilibrio, y el buen padre me tomó en sus brazos, por suerte ya las niñas y el resto de las demás personas se habían retirado. Sus manos recorrieron mis muslos lentamente, mientras me colocaba en el suelo. De momento, nuestras bocas se fueron uniendo, en el más fogoso de los besos. Que jamás persona alguna me hubiese dado. Lentamente los dos nos fuimos arrodillando, dentro del kiosco. Allí continuamos besándonos sin decirnos nada, por un buen espacio de tiempo, su lengua y la mía danzaron juntas. Sus manos aunque algo nerviosas por la inexperiencia, eran fuertes y calientes.

Poco a poco fue conociendo mi cuerpo, y yo el de él. Ya habíamos llegado al punto en que uno se para o continúa, pero por lo visto ninguno de los dos teníamos idea de parar. Lentamente me fue despojando de toda mi ropa, que de paso no era mucha. Yo quede como vine al mundo, completamente desnuda, mientras que él continuaba totalmente vestido, con todo y sotana. Así continuamos besándonos por otro rato, sus manos fueron explorando cada centímetro de mi cuerpo, hasta que llegaron a mis labios vaginales.

Yo me encontraba totalmente excitada, y en el proceso alcancé más de un orgasmo, dirán que soy exagerada, pero así soy yo, cuando me encuentro caliente. El padre Antonio por su parte también se encontraba muy excitado, yo podía sentir su calentura y dureza a pesar de tener la ropa con todo y sotana. De momento él tan solo se subió la sotana a la altura de la cintura, mientras que yo hábilmente le bajé la cremallera del pantalón. El hecho de estar completamente desnuda, dentro del kiosco de madera a las ocho de la noche, teniendo relaciones sexuales con un cura y expuesta a que pasara alguna persona o hasta mi marido, y nos encontraran en plena faena.

Me excitó mucho más aun, a tal punto que apenas tuve su miembro entre mis manos, dejé de besarle la boca. Para besarle su roja cabeza, cosa que a mi marido nunca le había hecho. Al principio tímidamente le pasé mi lengua, pero en cuestión de segundos me la introduje totalmente dentro de mi boca.

Ni él ni yo estábamos preparados, para lo que pasó. En cosa de unos cuantos minutos, derramó todo su semen dentro de mi boca, lo que más me sorprendió fue el hecho de que yo gustosamente me lo tragara todo. Desde luego el padre Antonio hasta ese momento había sido célibe, casto y puro. Pero luego se puso mejor, hay nos encontrábamos los dos tirados en el piso de madera del kiosco, yo totalmente desnuda, y el vestido. A mí me dio vergüenza el que me viera así, completamente desnuda, pero él nuevamente buscó mi boca y me besó, no le importó que rastros de su semen aun se encontraran en mi boca.

Como por arte de magia su miembro se irguió de nuevo, contrario al de mi marido que una vez que se viene, no lo vuelvo a ver hasta la próxima semana. El padre me tomó en sus brazos, y tras una buena ración de cálidos y fogosos besos, yo abrí mis piernas lo más que pude, en señal de que esperaba por él. El padre, de inmediato se dio cuenta del mensaje, y con todo y sotana me lo fue metiendo, lentamente, despacio, con calma. Hasta que llegó a donde tenía que llegar.

Yo con lentos movimientos de caderas comencé a moverme. Sus ojos no dejaban de verme, sus labios chocaban contra los míos con verdadera lujuria. Sus manos las colocó sobre mi cintura y con gran fuerza me traía hacía él. Los dos realmente nos entregamos en cuerpo y alma. Mi vagina recibía una y otra vez su verga, mis piernas las cerré sobre su cuerpo, y ambos disfrutábamos en cuerpo y alma. El padre Antonio, posó su boca sobre mis senos, y me los mamó con gran avidez.

Así continuamos por un largo rato. Como ya les dije anteriormente, yo soy de las mujeres que tienen múltiples orgasmos. Y hacía tanto tiempo que perdí la cuenta, como me sucedió esa noche. Mis caderas se movían con fuerza, al igual que las de él, todo fue sucediendo hasta que él descargó todo su líquido dentro de mi cuerpo.

Los dos permanecimos abrazados, en un largo beso. Hasta que el ruido hecho por unos, vecinos que pasaron cerca del kiosco, nos trajo a la realidad. Las personas continuaron de largo, el padre Antonio se arregló la sotana, me dio un beso y quedamos en vernos luego. Yo por mi parte, permanecía totalmente desnuda, despeinada, sucia por el polvo acumulado en el piso de la construcción, chorreando semen por mis muslos, sudada, cansada, pero gozosa. Lentamente recogí mi ropa, con la tanga me fui limpiando entre los muslos, me coloqué la mini falda, la blusa, y me calcé las sandalias que yo traía puestas anteriormente. Me arreglé el cabello, y con discreción salí del kiosco, en la plaza no se encontraba ya ninguna persona, al parecer durante nuestra sesión de amor, llovió algo.

Camino a mi hogar, estaba pensando cómo le explicaría a mi esposo, lo sucia que me encontraba, sin que fuera a sospechar algo. Y justo cuando me encontraba frente a mi casa, pasó un coche a toda velocidad por un charco de agua lodosa que se acumula frente a mi casa. Mi primera acción, fue recordarle la madre al chofer. Pero luego en silencio le di las gracias. Mi marido al verme, y luego de escuchar mi grito, comprendió que mi estado se debía a ese pequeño accidente. Entré furiosa a mi casa, me di un baño, y me acosté temprano.

Al día siguiente, me reuní a solas con el padre Antonio, y desde ese momento fuimos formalmente amantes. Nuestros encuentros, son cosas que si se las cuento quizás no me las crean. Pero para mí lo importante es que las disfrutamos al máximo. Hasta los actuales momentos.


Autor: Narrador.

narrador@hotmail.com

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