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Embarazadas

10 de julio de 2003

“Un don (II)” 7 meses despues

Hace siete meses de aquel fin de semana largo en la Sierra, en la casa de la madre de Elena, mi novia, en el que todas me follaron incesablemente, sin que aparentemente unas supiesen lo que hacían las otras, en el que, como luego supe, la madre de Elena (Ana) y sus dos hermanas Ana y María se quedaron embarazadas.

Pensé que todo se acabaría sabiendo en muy poco tiempo, pero no fue así. Las tres me lo hicieron saber, pero ninguna le contó el origen del embarazo a nadie que no fuese a mí. El hijo de Ana (la hija) va a ser de su marido, el de María de su novio, con el que se casó hace un mes, y del de Ana la madre también, de algún novio secreto al que, según dice, no quiere hacérselo saber.

Elena no sabe nada. Desde aquel fin de semana he aprendido mucho. Todas han querido seguir haciendo el amor conmigo regularmente en secreto. A veces me pregunto si tiene más valor el amor en sí o el secreto y nunca sé la respuesta. Sí sé, en cambio, que todas han preferido no contar nada a nadie. A pesar de ello, podría parecer que han llegado a un perfecto acuerdo de reparto, en el que los días de la semana y las horas se adaptan perfectamente a las actividades laborales y familiares de cada una y a mi tiempo libre.

El caso es que, regularmente, la madre de Elena y María me han follado todos los lunes y los miércoles de estos seis últimos meses, Ana lo ha hecho todos los martes y los jueves, y Elena, mi novia, lo ha hecho cada día, incluyendo los viernes, sábados y domingos. Cada una tiene un estilo distinto, una sensibilidad distinta, unos gustos especialmente suyos. Ha sido interesante ir apreciando el aumento de tamaño de los vientres de las embarazadas, cada una a su ritmo. Ver como, con una diferencia de una semana, las tres exigían montarme, mientras que los gustos de Elena seguían siendo variados. Todas superion adaptarse a mis características y sacarles el máximo provecho con una capacidad asombrosa, haciéndome saber que había en mí capacidades que yo desconocía, haciéndome apreder a explotarlas.

Todas, pero más que ninguna la madre de Elena.

Quizá su experiencia, su paciencia, la sabiduría de la edad, o quien sabe, puede que el amor simplemente, le permitieron obtener de mí mucho más de lo que yo podría haber dado por mi mismo. Lo que aprendí con ella lo utilicé con destreza con sus tres hijas. La madre de Elena jugaba conmigo más que ninguna, siempre

despacio, conseguía de mí las erecciones más intensas, me incitaba a penetrarla muy lentamente y, siempre, al final de la penetración, sin vaivanes, sin embates, una sola penetración lenta y profunda, se corría con un temblor fino, con una contracción no demasiado intensa de todos sus músculos. Yo no. Después, invariablemente, me hacía quedarme quieto sobre ella. Si la penetración había sido desde arriba, sus manos me indicaban en silencio que me quedase quieto, si desde abajo, me ayudaba a darle la vuelta hasta la postura deseada.

Allí, quietos, la intensidad del momento subía constantemente hasta que un movimiento ligero de sus manos me hacían moverme milímetros sobre ella, en círculos, de lado, arriba y abajo, pero sólo milímetros. Su segundo orgasmo llegaba siempre en ese momento. Unos minutos de reposo, en la misma posición, y la repetición casi idéntica de la escena se cerraba siempre con un tercer minuto de temblor, de congestión, de apretar los dedos en mi espalda hasta el dolor. Tras sus tres orgasmos, siempre tres, siempre en ese orden, sus manos me mandaba volar y yo volaba. Mis movimientos se aceleraban sin dejar de ser precisos, la locura se apoderaba de nuestos dos cuerpos, los sudores se mezclaban y repartían, mi polla entraba y salía y volvía a entrar y a salir, a entrar y a entrar, los cuerpos se retorcían y, tras un tiempo cuya duración nunca he conseguido saber, los dos nos corríamos durante un periodo largo e intenso, quizá un minuto, de temblores, de parones de segundos seguidos de colvulsiones. Tras esto, caíamos en un agotamiento.

Media hora después, unas veces más otras menos, la madre de Elena tomaba mi polla sin pasar antes por ninguna otra parte de mi cuerpo, la lamía durante un rato, me montaba despacio, y me cabalgaba como se cabalga a un potro demasiado joven al que no se le quiere romper la espalda, tan despacio, con tanta suavidad, que nunca he conseguido saber si

era ella o solamente su espíritu quien lo hacía.

La madre de Elena no se corría esta vez. Sólo me cabalgaba dulcemente hasta que conseguía de mí que arquease la espalda, apretase su sexo con toda la fuerza que desde esa posición podía desarrollar y, enredadas mis manos en sus pechos, me corriese. Me sonreía. Me descabalgaba. Y sin dejar de sonreirme me decía, invariablemente, adiós, mi amor, hasta la próxima.

Autor: lisandro

lisandro_soria ( arroba ) yahoo.es

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