En el concierto

Movio su dedo mas largo y lo puso en el entre pierna

Era una noche calurosa del mes de julio. Luis caminaba por el paseo marítimo de aquella ciudad costera del Mediterráneo, iba camino de la plaza de toros. Le habían regalado una entrada para el concierto que, Joaquín Sabina, ofrecía esa noche. Su mujer prefirió quedarse en el apartamento con los niños porque no se fiaba de llamar a una canguro. A Luis le gustaban las canciones de Sabina y no quiso perder la oportunidad de acudir en directo al concierto.

Debido al calor caminaba más bien despacio, mirando la noche ponerse sobre el mar calmado que, casi ni se inmutaba a pesar del suave movimiento de las olas que pesadamente venían a morir a la playa.

A medida que se acercaba a la plaza advirtió que eran muchas las personas que caminaban en su misma dirección. Cada vez más y más gente. A unos cincuenta metros estaba la sobredimensionada plaza de toros. ¿Sobredimensionada? Dejó de pensarlo cuando vio los cientos y cientos de personas que se agolpaban ante las puertas del recinto. Carreras, empujones. Gente de diferentes edades, pero sobre todo parecían abundar los treintañeros y algunos, aunque menos, jovenes que reían y cantaban mientras aguantaban las filas inmensas para entrar.

Debo estar haciéndome viejo, pensó. Hay que ver como están las chicas, sobre todo en verano, con esas ropas tan livianas, tan escasas. Menos ropa llevan aún en la playa, pero no es lo mismo, las prefiero asi.

Cuando consiguió franquear la puerta apenas podía caminar. La entrada era en la arena, no de grada. Allí se amontonaban las personas. ¡Con el calor qué hace! Como pudo se abrió camino entre la muchedumbre. Me rio yo del metro en hora punta. Aquí no se puede uno ni mover un milímetro.

Si yo llego a saber esto no vengo, vamos, ni por asomo, pensó.

El comienzo del concierto se retrasaba ya diez minutos y él, rodeado, apabullado por el gentío comenzaba a desesperarse. Los empujones eran continuos. Pequeñas avalanchas provocadas por los retrasados en llegar y que pretendían avanzar para ver mejor provocaban que los cuerpos se estrujaran unos contra otros, que los codazos fueran incluso dolorosos y que los pies casi gritaran quejándose de los continuos pisotones.

Pero, por fin, comenzó el espectáculo. El comienzo rockero animó al público que intentaba acompañar el ritmo con movimientos que, lógicamente, como las fichas de dominó, trasladaban a los que permanecian difícilmente quietos.

En una de las oleadas de cuerpos, Luis notó un empujón sobre su espalda. Aquello no debía haberle extrañado, ya que empujones recibía por todos los lados. Lo que le sorprendió es que el contacto no le había resultado tan molesto como todos los otros. Mientras pensaba el por qué, con la música sonando a todo volumen, volvió a sentirlo. De nuevo, una tercera vez. Pero ahora, el contacto no se deshizo. Aquello que le presionaba en la espalda, quedó allí. El se mantuvo impasible. Podía inusualmente mantenerse aislado incluso de la música, haciendo trabajar a su cerebro. No le resultó realmente difícil deducir a qué era debida su pequeña turbación. La presión sobre su espalda la ejercían dos, presumiblemente, hermosas tetas. Lo de hermosas lo había deducido en apenas unos segundos por la textura del contacto. Grandes, tampoco excesivas, pero firmes. Siguió analizando la situación ajeno en esos momentos al ruido ambiental. Además, parece que no lleva sujetador, deducción tampoco digna de Sherlock Holmes ya que los pequeños saltitos que su poseedora daba rítmicamente las hacían subir y bajar a lo largo de su espalda con un recorrido suficientemente largo como para no dudarlo.

Probablemente fuera aquel roce continuo, ascendente y descendente lo que produjo que los pezones se irguieran corroborando la teoría de Luis. No hay sujetador que valga.

Empezó entonces a animarse, olvidándose por un momento del angustioso calor y del codo del muchacho situado a su izquierda que de vez en cuando se clavaba dolorosamente en su costado.

Siguió inventando la anatomía de aquella mujer adherida a su espalda como un sello de correos. No se atrevía a volverse no fuera a perder el excitante contacto, por eso imaginaba, atento a las sensaciones que le transmitían aquellos senos.

Olía bien a pesar del calor de la noche. Era un perfume atrayente, un poco embriagador, podía ser…¿jazmín? quizá. Echó un poco la cabeza hacia atrás intentando captar el aroma con mayor nitidez. Sentía casi el aliento de ella cerca de oreja derecha. Hmmmm, aproximadamente, uno setenta. Con el rabillo del ojo observó o intuyó que era morena. Con disimulo giró ligeramente la cabeza y, por el mismo sistema que antes logró ver una pierna desnuda más allá de la rodilla, morena, un zapato, de esos, como de esparto y un pie pequeño más bien con las uñas pintadas de rojo.

A todo esto sintió que perdía el contacto con el sello de correos y, como quien no quiere la cosa reculó unos centímetros buscando con ansiedad recuperarlo. No tuvo que esforzarse mucho. Allí estaban las turgentes tetas de nuevo, esperandole, reclamando su presión.

De repente su instinto de conservación le llamó a la alerta. A ver si esta tía va a ser una carterista y me roba las pelas. Instintivamente se echó mano al bolsillo trasero del pantalón donde solía llevar la cartera. Uffff, allí estaba, menos mal. Pues no, no era una carterista. En comprobar que todo seguía en orden estaba cuando otra avalancha comprimió aun más los dos cuerpos. Luis se esforzó en no caer hacia adelante, forzando así el contacto con la mujer.

No le había dado tiempo a retirar la mano de aquel bolsillo cuando notó que el roce se había extendido más allá de la espalda.

Ahora, sobre el dorso de su mano paralizada por la estrechez, reposaba algo que así, de repente no identificó. Puso neuronas a la obra. Lo que me roza es una tela, una fina tela, parece una falda porque se desplaza y se pliega, si, eso es, una falda. Y al otro lado de la tela, eso es…

La sospecha le turbó un momento pero pronto retomó las indagaciones. Parece…no, es un pubis.

A aquel pubis no parecía importarle el encontrarse en contacto con su mano. Sigilosamente, Luis, la movió, apenas unos milímetros hacia uno y otro lado. Luego, otros pocos milímetros en dirección a la poseedora del presunto pubis.

Le pareció que los saltitos se habían frenado y que la presión sobre su mano era ahora más fuerte. Decidió probar. Empujó ligeramente a la mujer que tenía delante suyo para hacerse un pequeño hueco, se retiró un poco de aquella lapa a su espalda y volteó la mano, dejándola como preparada a recibir en su palma aquel regalo. Tras unos segundos de inacabable espera llegó su recompensa.

Allí estaba de nuevo la de las maravillosas tetas posándolas en su espalda, regalando a su mano con un inesperado calor.

Luis no podía creerlo. Era un juego obsceno pero excitante. Probablemente la dueña de aquella caliente entrepierna ni siquiera se había dado por aludida absorta entre el ruido y los apretujones, pensó él.

¿Qué tal una pequeña presión a ver? Cerró la mano apenas unos milímetros y nada ocurrió. Animado por el hecho la cerró un poco más, y aún más. Si le hubiera molestado se habría apartado. Si se pone borde tengo la excusa de la cartera y el poco espacio.

Pero no se apartó, más bien a Luis le pareció que se comprimía contra su mano, que lo que debían ser los muslos se cerraban un poco apretándosela por los lados. Puestos a imaginar creyó notar una pequeña alteración en el ritmo de la respiración de la mujer, percepción que solamente él podía tener en aquellas circunstancias.

Con razón o no, él se animó. Suavemente movió su dedo corazón contra aquella caliente entrepierna y, como siempre según él, creyó notar una pequeñísima contracción, como de sorpresa, lo que le acabó de decidir y pasar a la acción.

Ahora apretó con más fuerza. Qué sea lo que Dios quiera. Y parece ser que Dios quiso que no hubiera ningún tipo de rechazo, más bien lo contrario creyó él intuir al, por supuesto muy subjetivamente, notar como si la dueña del pubis lo hiciera frotar contra la palma de su mano.

La situación le excitaba. Un pasito más. Poco a poco, con los dedos, comenzó a subir la falda, arrugándola hacia arriba hasta que localizó el borde de la misma aventurándose bajo ella con sigilo. Rozó los suaves muslos y buscó la fuente de calor que como imán atraía su mano hacia ella. Las columnas de carne que la custodiaban se abrieron ligeramente dejando acceso libre. En la entrada de lo que Luis intuyó como cálida cueva de placer había una tela completamente adherida y a juzgar por el recorrido que tuvo que hacer con los dedos para inspeccionarla, no demasiado ancha.

Mirando siempre hacia el escenario, sin ver, sin oir apenas, siguió explorando. Buscó por uno de los lados el borde de lo que evidentemente era un tanga y deslizó lentamente sus dedos índice y corazón por la pequeña abertura que consiguió crear tirando un poco hacia afuera de la tela. Avanzó hacia la cueva a través de un bosque de vello púbico, corto, rizado. Ahora sí sentía el aliento claramente en su oreja, la respiración más profunda y lenta.

Aún debió utilizar un poco más su fuerza para retirar la pesada puerta de suave textura de la caliente e incipientemente húmeda entrada. Sus dedos recorrieron a todo lo largo los bordes con forma de labios que se juntaban en el centro del cañón. Apartó con suavidad los suaves labios para encontrarse con los pliegues más internos. La humedad iba en aumento y el viento provocado por el aliento caliente resonaba en sus oidos más aún que la música que, supuestamente, debía sonar en el recinto y a la que Luis era totalmente ajeno.

Se detuvo rebuscando entre los suaves pliegues una entrada al paraiso. Sin prisas. Deleitándose con su suavidad. Por fin, allí estaba el acceso esperado. Parecía como si una corriente interna le absorbiera los dedos. Se asomó al interior con el dedo índice, primero un poco, solo la yema, después, alentado por la buena acogida penetró un poco más. Como si algo le hubiese asustado en el interior de aquella hermosa vagina reculó, volviendo a adentrarse de nuevo profundamente, rozando las suaves y estrechas paredes que le acogían con mimo. Repitió lentamente las entradas y salidas hasta que el roce dejó hueco al solitario dedo para que tuviera compañía.

Ahora eran dos los dedos que desplazaba hasta el interior. Dentro, fuera, en círculos. La respiración de la mujer ahora sí, objetivamente, se iba acelerando. La presión que los pechos ejercían sobre su espalda era cada vez más intensa, subían y bajaban al ritmo en que los intrépidos exploradores entraban y salían de la vagina. Pronto un tercer compañero se animó a entrar en acción. El dedo pulgar buscó torpemente la palanca que abriera la caja del placer final. La posición era, cuanto menos, original. Tardó un poco en encontrar el clítoris, apartando con delicadeza los estorbos que lo ocultaban. Localizado, fue el dedo corazón el que se aventuró a accionar la palanca repetidas veces, arriba y abajo, presionándolo con ayuda del pulgar, probando a rotar, hasta que una mano le indicó que ese era el movimiento adecuado y no otro. Una mano que le presionaba el dorso de la suya y que marcaba el ritmo, lo aceleraba más y más.

En esto estaba, concentrado en dar placer a aquella mano, a aquel sexo tremendamente mojado y ardiente cuando se sobresaltó al sentir que otra mano se deslizaba dentro del bolsillo de su pantalón blanco de verano. Inmediata e instintivamente miró a su izquierda pensando que el muchacho que allí brincaba y gritaba pretendía robarle un dinero que no se alojaba allí. Pero no, el de la izquierda se conformaba con seguir hincándole el codo en el costado sin otra pretensión.

La mano se deslizó rápidamente, buscando algo que por aquel entonces ya era fácil de encontrar. Con rara habilidad y, siempre dentro del bolsillo se hizo un hueco por debajo de los calzoncillos de Luis y se aferró a su pene con violencia. Ni siquiera él mismo se había dado cuenta de lo empalmado que estaba.

Aquella mano tan pronto le estrujaba con fuerza los huevos, como subía y bajaba a lo largo de su polla con vehemencia, o la apretaba con inusual fuerza. Le hacía incluso daño. En un momento dado los ritmos de ambas manos se sincronizaron y al poco, el huracanado viento en su oreja dejó paso a una serie de pequeños jadeos y grititos apagados. La mano de Luis totalmente mojada se sintió apretada, aprisionada, a intervalos intermitentes y bruscos, la otra comenzó a soltar su presa tras unos segundos de tremenda presión.

La mano atracadora salió del bolsillo a la vez que aquel coño jadeante se retiraba satisfecho. Luis, con la polla a punto de explotar comenzó a volver a la realidad que le rodeaba de música, voces que intentaban acompañarla, sudores y demás. Las punzantes tetas también se habían retirado de su apoyo dorsal y el viento amainó instantáneamente.

A Luis le dolía el pene inflamado de excitación y de apretujones violentos. Intentó colocarlo como pudo y comenzaron a asaltarle las dudas. Acabo de masturbar a una tia, sin ni siquiera verle la cara, seguro que era horrorosa, bizca, o nariguda. Sería gorda como un tonel o cheposa, con mi suerte, pensó.

No pudo sustraerse al deseo de volverse e identificar a su circunstancial pareja. Lo hizo rápidamente, como para no dar opción al disimulo y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a su espalda a un hombre, de unos 50 años, bigotudo, tipo camionero que le observaba extrañado. Este tío no era, ella tenía… Joder, se ha largado, menudo chasco, murmuró entre dientes.

¿Quieres algo? Vociferó el camionero.

No, no, disculpe, respondió Luis aturdido.

Y volvió la cabeza, fingiendo atender al Sabina, que ya debía llevar cantando más de una hora, para todos los espectadores, menos para dos.

Allí permaneció alelado hasta que terminó el concierto. Salió, o más bien, le sacó la marabunta en volandas, y se encaminó hacia el apartamento.

El decepcionado Luis caminaba torpemente. No paraba de protestar para sus adentros. Ni siquiera he oído el concierto y encima me voy con un dolor de huevos que para qué. Habráse visto, menuda tía. Esto me pasa por gilipollas. En esto estaba cuando, sin querer, entre tanta gente que se desplazaba por las calles, fue a chocar contra dos mujeres que caminaban delante de él, entre risas y cuchicheos.

Joder, tened…interrumpió su frase al oler un perfume que le resultó conocido. Las mujeres, ambas de unos treinta y tantos años se volvieron sonrientes. Luis volvió a inhalar profundamente, haciendo que el aroma le atravesara la pituitaria, tratando de identificarlo. Es…es…¡jazmín! Como en los dibujos animados, el olor le llevo a mirar a una de las dos mujeres fijamente. Morena, siguió bajando la mirada, dos buenas tetas, falda, y aún más abajo, bonitas piernas curtidas por el sol y…zapatos de los de suela de esparto y con las uñas rojas de los pies.

No cabía duda, era ella. Como accionado por un resorte alzó de nuevo la vista, observando la cara de aquella hembra. No era la bizca que él había imaginado, ni mucho menos. Los ojos verdes, la tez morena, unos labios carnosos que sonreian divertidos. Perdona, murmuró ella.

No, si no…balbuceó Luis.

Alelado, las adelantó, mientras escuchaba el murmullo de las voces de las dos mujeres comentando algo.

Ahora le estará contando a la otra lo del magreo. Se estará descojonando de mí, la muy…Mira que estaba buena y, se miró el bulto que abombaba la bragueta de su pantalón. Joder, si aún estoy empalmado. Y siguió caminando sin atreverse a volver la cabeza, sonrojado.

No había recorrido más de cincuenta metros, cuando un brazo le rodeó la cintura y una suave voz le susurró al oído : Ven, tengo aquí el coche.

No tuvo siquiera que volverse. El intenso olor a jazmín le chivó la identidad de la voz femenina. Y para corroborarlo, por si cabía alguna duda, el roce de unas tetas duras y libres de ataduras apoyó la teoría.

Conduce tú, creyó escuchar, a la vez que unas llaves se posaron en la palma de su mano.

No pudo contradecirla, las palabras no salían de su garganta. Simplemente asintió y se sentó en el asiento del conductor. Mientras retiraba el asiento para acomodarlo a su altura ella ya se había colocado a su lado, en el asiento del copiloto.

Sin atreverse a mirarla introdujo la llave en el contacto, lo que le produjo cierta sensación erótica y arrancó. Circulaban ya por las calles de aquella ciudad, lentamente.

¿Dónde vamos? Pronunció casi imperceptiblemente.

Da igual, oyó decir a la voz femenina.

Vaya, parece que te alegras de verme, escuchó, mientras una mano se posaba sobre su paquete que amenazaba reventar el pantalón.

Tragó saliva y murmuró : Sí.

Con tremenda habilidad las manos desabrocharon el cinturón y el botón del pantalón. Y enseguida, tiraron con fuerza de este y del calzoncillo hacia abajo. Al intentar facilitar el movimiento, Luis tensó las piernas, haciendo que el automóvil se encabritara por el acelerón.

Lo…lo siento, dijo.

Allí estaba él. Conduciendo un coche que no era suyo, con una tía al lado metiéndole mano, y los pantalones en los muslos. Ella mantenía su polla vertical con una mano, subiendo y bajándola a lo largo, esta vez suavemente, sin las brusquedades del concierto. La otra cogía con suavidad sus antes doloridos huevos. Le costaba mantener la vista en la carretera y más le costó hacerlo cuando la voz le dijo: Deja un momento. Y le apartó la mano derecha del volante.

Solo acertó a ver una melena morena, algo rizada, que caía sobre sus muslos cuando sintió un placer enorme. Ella acariciaba su glande con la lengua. Qué suavidad, qué maravilla.

Al poco la misma lengua se desplazaba por su polla hasta alcanzar sus pobrecitos huevos para consolarlos. Y de nuevo hacia arriba. Se sintió morir cuando notó como aquella maravillosa mujer se introdujo el glande de su polla en la boca. Otro acelerón.

Subía y bajaba con soltura y Luis, vista al frente, no tuvo más remedio que utilizar su mano derecha, liberada del volante, para apresar con ansiedad una de las tetas que habían dejado marcada huella en su espalda. Lo hizo por debajo de la camiseta, ligeramente echado hacia atrás para sentir su peso en la palma de la mano. Buscó el pezón, lo pellizcó, lo bamboleó mientras ella chupaba y chupaba.

Por primera vez en su vida se corrió a 70 km/hora. Notó como el semen brotaba desde los testículos hasta la punta del glande y explosionaba en la boca de la ahora paciente mujer, que ligeramente retirada ahora, le masturbaba con ternura y besaba el rojo capullo al mismo tiempo.

En paz, le susurró ella al oido poco después.

¿Qué tal una prórroga? Volvió a decirle. Para allí, tras esos árboles.

Obediente, Luis desvió el coche de la carretera, hasta detenerlo tras unos árboles apartados de ella, donde pensó que la morenaza le había indicado.

Vamos a la parte de atrás.

El coche era un todo terreno, amplio. Pasaron por entre los asientos hasta sentarse en los de atrás. El, primero, liberado de los pantalones, ella después se colocó encima de Luis, sentada a horcajadas.

A pesar de que ella se había limpiado la boca utilizando un kleenex, el primer beso le supo a él mismo. Las lenguas se entrelazaban con vehemencia, con deseo apenas contenido. La mujer se quitó la camiseta. El panorama que apareció ante los ojos de Luis era imponente. El análisis que había hecho solo a raíz de los roces en su espalda había sido el correcto. Dos preciosas tetas se le ofrecían para su regocijo.

Las cogió con sus manos, se las llenó con ellas, las apretó, las besó, las chupó con fruicción, mientras ella cerraba los ojos y disfrutaba del magreo acariciando su pelo y suspirando.

Espera un momento, le dijo a Luis. Se incorporó, se sentó a su lado y se quitó la falda y el tanga. Momentos que Luis aprovechó para sacarse la camiseta pegada a su piel por el sudor.

Volvió a sentarse sobre él, colocando con cuidado la polla entre sus piernas y sentándose sobre ella, pero sin que le penetrara, simplemente, puesta, dura, a lo largo de su coño ya empapado.

Se frotaba contra ella con lujuria, haciendo bambolear sus tetas ante la cara del extasiado Luis. Tras unos minutos realizando esta labor se alzó ligeramente forzando la entrada del pene y dejándose caer para que entrara hasta lo más profundo de su cuerpo. La vertiginosa sensación de placer recorrió la columna vertebral del hombre y, sin darse ni un respiro, ella se puso a subir y bajar a lo largo de la polla a toda velocidad, con toda la fuerza, con rabia, con desesperación. Apenas unos minutos y Luis explotó en su interior acompañando los gritos ahora apreciables y sin ataduras de ella producto del orgasmo que le hacía incluso reir de satisfacción. El creia terminado el trabajo, pero ella no. Continuó con el alocado ritmo. Luis, ya sin fuerzas, la miraba e intentaba mantener la erección un poco más. Así observó la llegada de un nuevo orgasmo intentando colaborar con él mordiendo los pezones de las tetas originarias de todo aquel éxtasis.

Por fin, la mujer se derrumbó sobre su pecho, sudorosa, abatida del cansancio que produce el placer.

Así quedaron unos minutos, abrazados, descansando, medio adormilados.

¡Luis! ¡Luis! ¡Despierta hombre, que te vas a abrasar! Además, joder, tápate, en qué estarás soñando. ¿No te das cuenta de que estás totalmente empalmado? No se puede ir contigo a ningún sitio.

Era la voz de su mujer.

Abrió los ojos ligeramente. El sol le abrasaba. Se descubrió en mitad de la playa, tumbado en una hamaca, frente al mar y efectivamente, total y absolutamente empalmado.

La madre que me parió, murmuró de mala leche. Un puto sueño, ha sido un puto sueño.

De repente un intenso olor a jazmín le hizo volverse a su derecha. Allí, en top-less, se tostaba al sol una mujer, morena, con dos tetas espectaculares y las uñas de los pies pintadas de rojo.

Luis ocultó como pudo el paquete bajo el bañador, intentando disimular la erección y decidió ir al baño. Quizá sea lo más lógico, murmuró tristemente.

¡Así es la vida!

 

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