El espectáculo de la jovencita y el hombre aquel me excitó de tal manera que me follé a Isabel con una violencia, como nunca. Le apretaba las tetas, estrujándolas hasta hacerle daño, y hacerle emitir gemidos de dolor y de placer al mismo tiempo. Un gemido de Isabel, me demostró que habÃa llegado al orgasmo, al igual que yo, que empecé a correrme en su coño de forma abundante.
Escribo estas letras desde la prisión madrileña que da su nombre a un barrio de la capital española. Mi delito… ¡ah! Haber estado en el paraÃso.
Era maestro de escuela en una pequeña localidad segoviana, cuando debido a una baja inesperada de un profesor de historia contemporánea, me hicieron llegar la oferta de un colegio internado cercano a Madrid. Al contemplar las cifras que se manejaban en ese contrato, ni me lo pensé.
Llegué al internado un domingo, 27 de septiembre, ya me habÃan comunicado que el colegio era privado dirigido por una congregación religiosa, y que como la mayorÃa de ellos, era sólo para uno de los dos sexos, en este caso era femenino. Se encontraban allà niñas desde los 6 años, hasta mujercitas de 18. El colegio se encontraba protegido por un bosque, y ubicado en un antiguo palacete.
Al llegar a la puerta encontré que una de las religiosas estaba esperándome. La hermana Claudia, una mujer de unos cincuenta años con cara apacible y serena como se le presupone a una mujer consagrada a la oración. Me hizo de guÃa turÃstico, por las dependencias del colegio enseñándome las clases, la cocina, mi dormitorio, y pude comprobar que las religiosas vivÃan a parte del resto del personal laico del lugar. Aunque luego comprobé que este personal se reducÃa a dos personas.
Al llegar a la capilla, pude comprobar que estaban recibiendo misa, cosa obligatoria para todo el mundo, y que lo serÃa para mà también, a menos que hubiera algún motivo fundado. Allà se encontraban las alumnas del centro, aproximadamente unas doscientas niñas de diferentes edades. Permanecimos en silencio hasta el final de la oración, y salimos hacia el patio al finalizar. Los domingos tras la misa se daba dÃa libre, para ir al pueblo si se deseaba, era la única ocasión en la que las niñas podÃan salir del centro.
La hermana Claudia, me fue presentando a todas las religiosas, y finalmente a la otra persona no religiosa del centro. Isabel. Aproximadamente 1.70 de estatura, pelo corto rubio, cara preciosa, y una figura que aún cubierta por la sobria vestimenta del lugar permitÃa adivinar que era muy agraciada. Su sonrisa me cautivó desde el primer momento, sus labios carnosos pedÃan besos, y sus ojos color miel, exigÃan compañÃa.
Comenzamos una charla en la que salió a relucir una de mis más grandes pasiones, la astronomÃa, que resultó serlo también suya. Enseguida congeniamos, la conversación se tornó muy agradable, y finalmente me comentó que habÃa una taberna en la que se podÃa comer en un ambiente tranquilo, y disfrutar de un vino de la región excelente. Acepté de inmediato, y cogiendo mi coche nos dirigimos al pueblo que no distaba más de tres kilómetros del colegio.
Llegamos y disfrutamos de la excelente gastronomÃa popular de la zona. Pasamos la tarde, y ella me advirtió que las clases a las que deberÃa enseñar no iban a ser fáciles, por ser todas de catorce años hasta los dieciocho, una época en la que los jóvenes andan siempre revueltos. La tarde transcurrió en un suspiro, y yo embobado con la sonrisa de aquella manchega de veinticinco años.
Llegó la hora de volver al colegio y al enfilar la carretera de vuelta al colegio, vimos como una con uniforme del colegio hacÃa autostop, y como el automóvil que transitaba justo delante se detenÃa. Ella montó sin reparo, y el coche continuó su marcha. Tanto Isabel como yo, nos quedamos extrañados de la situación, pero en vista que se dirigÃa hacia el colegio no nos preocupamos.
A falta de un kilómetro para el colegio el automóvil cogió un camino vecinal que se desviaba hacia un grupo de casas que habÃa más adelante. Nosotros le seguimos. Vimos cómo aparcaba en un costado del camino, protegido por los árboles, de forma que no se veÃa desde la carretera. Nosotros detuvimos el coche a falta de unos metros, y sin hacer ruido nos deslizamos hasta el coche aparcado, y ocultos entre los arbustos, vi lo que dio inicio a mà caÃda hacia el paraÃso de fuego.
La jovencita se encontraba arrodillada delante del hombre que la habÃa recogido, de unos cuarenta y cinco años, haciéndole una espectacular mamada al tipo. A mà me excitó mucho la escena, y vi como Isabel tenÃa la cara transfigurada por el morbo.
-Es Silvia…- me susurró…
Lo cierto es que la tal Silvia debÃa ser muy buena con la lengua, porque la corrida del hombre no se hizo esperar, ella tragó todo lo que pudo pero algunos restos se le podÃan ver en la cara, y goteando de sus labios. Silvia resultaba ser una rubia, de pelo corto, muy guapa, de unos 18 años bien dotada, que le miraba al hombre mientras este se corrÃa en su boca, de una manera muy excitante.
Tras correrse, el tipo pensó que iba siendo hora de enseñar a la chiquilla cómo se llega a un orgasmo, asà que tumbándole sobre el césped, le subió la falda y le bajó las bragas, y empezó a comerle el coño con un ansÃa que provocó que la jovencita empezara a gemir con fuerza, teniendo que morderse la mano para no gritar. La violencia con la que el hombre le comÃa el coño, le provocó más de un orgasmo a la jovencita, hasta que el hombre la desnudó por completo dejando al aire unos lindos pechos que comió con desesperación, mientras le introducÃa tres dedos en la vagina, que a todas luces tenÃa ya mucha práctica.
Llegado a este punto mi polla, estaba ya que reventaba, y vi cómo Isabel se llevaba la mano hacia su entrepierna, acerqué mi mano y fui yo el primero que llegó a rozar su coño por encima de la falda del sobrio traje que llevaba. Ella me miró sorprendida, pero tan excitada que me dejó hacer, le levanté la falda, y entre los bordes de sus bragas, conseguà llegar a su intimidad, que ya se encontraba húmeda como sus labios, que empecé a saborear en ese instante. Sentà su mano bajándome la bragueta, y llegando hasta mi polla. Mi otra mano, empezó a desabrochar su blusa, queriendo llegar con ansia hasta sus pechos comprobando que estaban duros y suaves, como habÃa imaginado.
Estaba yo enfrascado en estos quehaceres cuando un gritito de la joven me hizo mirar, y contemplar como el hombre la embestÃa con violencia, atravesándole el coño, de forma que ella ya se dejaba llevar y era un juguetito en sus manos.
Este espectáculo me excitó aún más, y poniendo a Isabel a cuatro patas, le abrà las piernas y la penetré por su coño. El espectáculo de la jovencita y el hombre aquel me excitó de tal manera que me follé a Isabel con una violencia, como nunca. Le apretaba las tetas, estrujándolas hasta hacerle daño, y hacerle emitir gemidos de dolor y de placer al mismo tiempo.
Un gemido de Isabel, me demostró que habÃa llegado al orgasmo, al igual que yo, que empecé a correrme en su coño de forma abundante.
El hombre lo hizo a continuación, pero él sacó la polla de Silvia, y se corrió en sus tetas, quedando exhausto encima de ella. Isabel también estaba exhausta al igual que yo, pero enseguida nos arreglamos las ropas, y fuimos hacia el coche. Llegamos al centro sin decir palabra, pero antes de salir del coche, ella me besó en los labios, y tocándome el paquete, me susurró al oÃdo:
-Este año va a ser delicioso…
Autor: IBN SINA
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