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Enamorado de mi madre.

19 de febrero de 2003

Como les decía, vivo en una familia muy unida y feliz, aunque sólo somos tres miembros en la familia: mi madre, una hermana y yo. A mi padre nunca lo conocí. Desde muy pequeño, siempre he estado muy cerca de mi madre, a quien quiero mucho. Ella actualmente tiene 50 años y a pesar de su edad, todavía conserva un cuerpo muy apetecible, gracias al intenso ejercicio que hace diariamente, ya que ella es bailarina, lo que le ha permitido conservarse bastante bien: Mide aproximadamente 1:70; es blanca de piel; cabello castaño claro (ya con algunas canas) que le llega hasta los hombros, unos ojos cafés grandes y hermosos, y una mirada tierna y profunda. No se puede decir que sea delgada ni que tenga cuerpo de modelo (nunca lo ha tenido), pero si tiene un cuerpo bastante aceptable, sobre todo si se consideran sus 50 años vividos: tiene unos pechos grandes y redondos, aunque algo caídos por la edad; una cintura estrecha, aunque en los últimos años se le ha formado una pequeña pancita; unas piernas un tanto llenitas, pero muy bien torneadas y largas, son de ese tipo de piernas que tenían las bailarinas de los años 50’s (del tipo de Ninón Sevilla, Rosita Quintana, Tongolele, Miroslava, etc.). Todavía ahora, a su edad, es capaz de detener el tráfico cuando camina por una calle ataviada con una falda corta, luciendo sus esplendorosos y carnosos muslos, calzando unos coquetos zapatos de tacón alto. Pero lo mejor de toda su anatomía son sus anchas caderas y sus nalgas amplias y bien paradas: cuando utiliza pantalón, las redondeces de su culo llenan completamente sus prendas, y cuando se pone falda (acostumbra utilizar faldas ajustadas y cortas) es un verdadero banquete apreciar sus anchas caderas, su firme y enorme culo y sus apetitosas pantorrillas y suaves y portentosos muslos.

Se preguntarán cómo es posible que un hijo haga tal descripción de su propia madre. La verdad es que estoy enamorado de ella; lo he estado desde hace muchos años.

Los primeros recuerdos eróticos que tengo de ella, se remontan a los años 80’s, cuando estaba en plena efervescencia sexual, a mis 18 años y la espiaba cada que podía, no perdía oportunidad para verla cambiarse de ropa. Desde siempre he buscado la manera de ver, sin que ella lo sospechara (o al menos eso creía yo), cómo se viste y se desviste, cómo se baña, como se pone las pantymedias y las medias (ella usa frecuentemente liguero y medias de ligas), en fin, he sido un afortunado en ese sentido. De igual forma, desde que yo recuerdo, siempre he tenido acceso los cajones de su ropa interior. Les decía que recién cumplí los 18 años y cuando andaba todo el tiempo con mi miembro en erección, al regresar de la escuela, estaba siempre solo, ya que mi hermana estaba en una escuela de monjas y sólo salía los viernes por la tarde, para pasar el fin de semana con nosotros, pero el resto de la semana estaba interna en el colegio y mi madre pasaba muchas horas fuera de la casa. En aquellas tardes de mi caliente adolescencia, disfrutaba muchísimo yendo a los cajones de la ropa interior de mi madre, los cuales siempre han estado llenos de ropa sensual y atrevida (bragas de hilo dental, ligueros, medias de seda, brassieres escotados o con perforaciones, pantaletas transparentes, camisones muy cortos de seda translúcida, baby dolls, calzones con aberturas para la vagina, etc., además de su extensa colección de finas sandalias y zapatos de tacones altísimos). Me pasaba horas y horas admirando aquellas prendas y oliendo y saboreando sus bragas usadas, masturbándome con ellas. Desde entonces disfruto increíblemente realizando visitas periódicas (casi a diario) a esos mágicos cajones de erotismo, sensualidad y morbo.

Recuerdo el día que tuve mi primer encuentro sexual con mi madre: era un día por la mañana, ella había entrado a mi recámara a buscar un cepillo para el cabello, ya que no encontraba el suyo, yo estaba sentado frente al espejo, preparándome para ir a la escuela, sólo con una toalla amarrada a la cintura; ella también llevaba una toalla que cubría sus senos, pero que dejaba una generosa porción de sus hermosos muslos al aire. Mi madre se acercó y comenzó a cepillarse el pelo, en un momento me levanté y quedamos muy cerca el uno del otro, por lo que pude aspirar el delicioso aroma que emanaba de su cuerpo recién bañado. Ella me miró fijamente a los ojos y se acercó ligeramente, sent&ia

cute; su respiración y su aliento cálido, sin pensar en las consecuencias, me acerqué más a ella y posé mis labios sobre su boca, ella al principio se quedó inmóvil, mientras apretaba sus labios con los míos. En ese momento no me atreví a abrir mi boca, pero he aquí que mi madre, sin decir palabra, me tomó por la cintura suavemente y sacando su deliciosa lengua, la introdujo dulcemente en mi boca. De momento yo no supe qué hacer, ya que esto era algo completamente nuevo para mí, porque no había tenido contacto alguno con otra mujer de manera que me quedé inmóvil. Mi mamá continuaba callada, sólo escuchaba su respiración acompasada y suave; comenzó a mover su lengua dentro de mi boca, yo sentía la suavidad de esa lengua y me sentía flotando en el espacio, la lengua de mi madre recorría toda mi boca con fuerza y determinación y su respiración se iba agitando poco a poco, hasta convertirse en un verdadero jadeo, al tiempo que con sus manos grandes y delicadas, recorría todo mi cuerpo. Yo continuaba inmóvil, disfrutando de esa maravillosa y fascinante experiencia. Nos fuimos recostando sobre la cama y mi mamá bajó una mano hasta mi duro pene y suavemente la deslizó dentro de mis calzoncillos, tomando mis miembro con una ternura indescrptible, como sólo puede hacerlos una madre. Lo estuvo acariciando mucho tiempo, mientras me decía:-Puedes tocarme lo que quieras, hijo, yo te quiero mucho y quiero que disfrutes tanto como yo-. Ahora entiendo que en aquel momento mi madre estaba muy caliente, pero yo no sabía todavía nada relativo al sexo y menos acerca de las sensaciones femeninas. Yo creía estar soñando, pero al mismo tiempo una sensación extraña me invadió y no pude o no super hacer nada, por lo que mi madre se detuvo, se quedó recostada a mi lado, con los ojos cerrados, suspirando profundamente y después de unos minutos, me dijo: -Bueno cariño, hay que darnos prisa o llegaremos tarde a nuestros compromisos-, y continuó peinándose sin hacer la más mínima referencia a lo sucedido, como tampoco lo hizo en los días siguientes.

La anterior experiencia, marcó mi vida (y supongo que también mis preferencias sexuales) de manera determinante. Aunque pasaron varios días sin que se repitiera una situación como la anterior, comencé a obsesionarme con mi madre como un objeto de placer, y fue cuando me aficioné aún más a explorar entre su ropa íntima limpia y, de preferencia sucia, con restos de sus flujos y sus secreciones.

Una ocasión que regresé de una fiesta, con varias cervezas encima, me animé a pedirle que me dejara dormir con ella y para sorpresa mía, ella accedió, así que sin decir nada, silenciosamente, me abracé a ella, pero no me atreví a hacer nada, me conformaba con sentir su esplendoroso cuerpo caliente pegado a, mío y besarle las mejillas, el cuello, la nuca, a lo que ella, siempre silenciosa y cariñosa accedió; hasta quedarnos profundamente dormidos hasta el día siguiente. Fue algo maravilloso.

Pasaron los días y lejos de olvidar mis preferencias, éstas se incrementaron. Yo aprovechaba toda ocasión para estar con ella, si salíamos, iba siempre tomado de su mano, y cuando permanecíamos en casa, no perdía oportunidad para observarla en todo lo que hacía: Muchas veces pude observar debajo de su vestido, me encantaba (y me sigue encantando) verle las pantaletas por debajo de su falda, cada que se agachaba, buscaba la manera de poder observar sus deliciosas nalgas apretadas en unos lindos calzones de encaje o de nylon. Yo trataba de que ella no se diera cuenta y pensaba que lo conseguía, aunque ahora pienso que sí se daba cuenta, pero me dejaba hacerlo porque a ella también le excitaba que su propio hijo le viera las bragas debajo de sus vestidos o faldas. Cuando traía puesto alguno de sus ajustados pantalones, me deleitaba viendo como la costura del frente se le incrustaba en la delicadeza de su raja, se le marcaba claramente toda su panochita, era una visión realmente hipnotizante; y si me daba la espalda, otro manjar: ver sus anchas caderas enfundadas en sus apretados pantalones y descubrir claramente la costura de sus bragas sobre esas enormes y redondas nalgas, me hacían suspirar y pretender que el tiempo se detuviera.

Una ocasión, mi hermana pidió permiso para organizar en casa una reunión con sus amigas (todas ellas de entre 15 y 16 años). Llegaron todas las invitadas y yo me sub&iacute

; a la sala a ver la tele; no quería estar con todas esas niñas bobas y burlonas. A media tarde mi madre subió a buscarme, me dijo que por qué no bajaba a la reunión y de dije que no me apetecía, que prefería estar solo. Ella me notó triste y me preguntó que qué me pasaba, que si me molestaba que estuviera toda esa gente ahí, a lo que yo respondí que no era eso, que simplemente no me sentiría a gusto con las amigas de mi hermana, que ella podía bajar y divertirse con ellas, sin preocuparse por mí.. Mi madre sonrió dulcemente y me dijo: -Bueno, para que veas lo mucho que te quiero y para que no te me pongas celosillo, me quedaré aquí contigo a platicar un rato-. Yo insistí en que no había problema, pero ella me dijo: -Yo sé lo que te pasa hijo… no te preocupes. Anda: platícame algo interesante, que yo te escucho-. Y acto seguido apagó el televisor y se sentó justo frente a mí, dispuesta a escucharme. Yo estaba recostado en un sofá y en ese momento lamenté que mi madre vistiera un pantalón y no un vestido o una falda corta de las que a veces utilizaba, ya que ello me hubiera permitido observar sus hermosas y monumentales piernas desde esa cómoda posición.

Yo no sabía qué decirle, en realidad no tenía qué contarle. Ella, toda una experta en esas cuestiones, comenzó a comentar algunas cosas aparentemente sin importancia y cuando me di cuenta, ya estábamos charlando animadamente de varios temas, era muy agradable. El curso de la plática derivó en el tema de la adolescencia, de los cambios hormonales en las chicas y chicos, de la menstruación, etc. Ella comenzó a contarme cómo ocurrieron en ella todos esos cambios, lo hacía de una manera muy tranquila, casi educativa, y yo escuchaba con interés y atención. Después ella me contó cómo fueron sus primeras experiencias con sus novios, sus primeros besos, sus primeras caricias y hasta su primera relación sexual. Ocasionalmente subían, mi hermana o sus amigas, por lo que cada que alguien pasaba por ahí cerca, mi madre guardaba silencio discretamente y disimulaba arreglando alguna de las platas que teníamos en la sala o acomodando una cortina. En una de las ocasiones que se levantó para disfrazar la charla, pude observar de frente su entrepierna y lo que vi me dejó paralizado: a través de la fina tela de su ajustado pantalón azul turquesa se apreciaba una gran mancha, ocasionada por la abundante humedad emanada de su deliciosa y caliente raja. ¡Mi madre se había excitado contándome sus experiencias juveniles!. Yo traté de disimilar y le pedí que me siguiera contando. Ella se sentó a mi lado y dijo. –No sé si debiera… no me siento muy bien, cariño-. Yo le supliqué que continuara y ella sin decir palabra, continuó sus relatos. Mientras platicaba, me acariciaba el pelo, la cara, las manos, y su voz se hacía un poco ronca y su respiración cada vez mas agitada. En ese momento subió mi hermana, por lo que mi madre se levantó apresuradamente. Mi hermana preguntó si pasaba algo, a lo que mi madre respondió: -No, hijita, nada… sólo estoy platicando un poco con tu hermano-. Mi hermana se retiró y mi madre me dijo: -Aquí no se puede platicar a gusto, ¿por qué no vamos al jardín y tomamos el freso un rato, corazón?. Yo accedí sin protestar.

Cuando salíamos de la casa hacia en jardín, mi madre se detuvo y me dijo Ahora te alcanzo cariño, adelántate tú, por favor-.Llegué al jardín posterior de la casa, éste tenía una buena extensión y estaba lleno de árboles. Me senté en una banca a esperarla. En unos cuantos minutos la vi venir hacia mí. Se había quitado los pantalones y traía puesta una falda muy amplia que le llegaba a los tobillos. Eso me desilusionó un poco, porque mi intención era seguir contemplando la humedad de su ardiente raja a través sus delicados pantalones azules. Ya era de noche , por lo que pretendí encender la luz, pero mi madre me dijo: -¡No!, no la enciendas, en la obscuridad podremos platicar más íntimamente-. Esta última palabra retumbó en mi mente, pero no dije nada. Mi madre recorrió con la mirada todo el espacio, como buscando algo y dijo: -Ven, mi amor-, y tomando mi mano me guió hasta la orilla del jardín, una vez que estuvimos ahí, me recargo en la barda e inclinándose un poco, comenzó a besarme en la boc

a con gran efusividad. Al principio me sorprendió un poco, pero ahora ya no era tan inexperto, por lo que le devolví el beso inmediatamente. Nuestras bocas se apretaban una contra la otra, mi madre jadeaba escandalosamente y recorría con sus manos todo mi cuerpo, yo tímidamente comencé a abrazarla, por lo que ella, impaciente, me dijo: -Abrázame fuerte cariño, necesito sentir tu cuerpo junto al mío…-. Yo la abracé con más fuerza, pero ella necesitaba más que eso: -Acaríciame hijo, estoy muy excitada y quiero sentir tus manos en todo mi cuerpo, ¡por favor, hijito, te lo suplico…!-. Sin pensarlo más acaricié su espalda, luego baje hasta sus caderas, que para ese momento movía en círculos, apretando su pubis contra mi durísimo pene. Frote con deleite sus carnosas y voluptuosas nalgas, bajé hasta sus deliciosos muslos y subí mis manos por ellos, debajo de su amplia falda. Ella se levantó más la falda y pude observar a pesar de la obscuridad, sus finas pantaletas color carne, completamente mojadas por sus calientes jugos. Acaricie su vagina por encima de su calzón, pero ella casi me gritó: ¡Méteme los dedos, mi amor, métemelos en la vagina… estoy endiabladamente excitada y necesito sentirte más, papacito!. Mi madre estaba como una loca, como una perra en celo, como una yegua caliente urgida de un macho que se la cogiera. Rápidamente metí dos dedos en la chorreante vagina de mi madre, estaba realmente mojada, de su vagina escurría un líquido suave y ligeramente espeso que embarraba toda mi mano derecha, mientras con la izquierda estrujaba sus enormes senos tibios y suaves, ya que ella misma se había desabrochado el brassiere y me ofrecía sus hermosos senos sin ningún recato. Al mismo tiempo me había desabrochado el pantalón y bajado los calzoncillos y trataba de poner su vagina a la altura de mi pene. Ella tomó mi verga entre sus manos y me dijo entre jadeos y suspiros: -Hijo: sé que esto que hacemos no es correcto ¡eres mi hijo!, pero estoy encabronadamente caliente, mi cielo y ya no puedo detenerme, estoy muy excitada y necesito con urgencia sentir un orgasmo. Bésame los pechos y acaríciame las nalgas, mi amor, ¡por favor… te necesito, mi rey!-. Mientras yo hacía lo que me pedía, ella tomo con su mano derecha mi pene y con la izquierda se separo los labios de la vagina, dejando libre su hermoso y gigantesco clítoris. Con la punta de mi pene, que a estas alturas estaba durísimo, comenzó a acariciar salvajemente su delicado clítoris, mi mamá estaba en un éxtasis total: respiraba agitadamente, jadeaba como un que estaba aturdido y confundido ante tan explícita y clara muestra de calentura materna.

En los días posteriores, yo no dejaba pasar ninguna oportunidad para estar a solas en casa; cuando mi mamá salía, apenas escuchaba que cerraba la puerta de la calle, yo corría directamente hasta su closet, para hurgar entre los cajones en los que yo de sobra sabía que guardaba su exquisita ropa interior; era un verdadero placer escudriñar entre sus tangas, brassieres, medias, ligueros, fajas y pantymedias. También recurría al cesto de la ropa sucia, donde siempre encontraba varias pantaletas usadas y olorosas, las cuales olía y lamía con profundo deleite y con las que me elevaba hasta el cielo, masturbándome y alcanzando unos orgasmos de verdadera antología: aspiraba profundamente el delicioso aroma de su coño y lamía ávidamente de la entrepierna de sus calzones los restos de los flujos íntimos de mi madre. Además, cuando ella estaba en casa, aunque aparentemente nuestra relación era exclusivamente de madre e hijo, yo notaba como ella se agachaba con frecuencia delante de mí, mostrándome sus enormes y deliciosas nalgas, a través de sus pantalones apretadísimos o de sus cortas y ajustadas faldas, a través de las cuales se adivinaba perfectamente la marca de sus pantaletas, apretando su hermoso y ampuloso culo; o se inclinada delante de mí para que pudiera ver sus deliciosos senos. También era frecuente que mientras se vestía o desvestía, dejara abierta la puerta de su recámara, con lo que yo me deleitaba observando su hermoso cuerpo, y varias veces me masturbé mientras veía cómo se desnudaba o como se acomodaba las medias, o las bragas , dentro de las pantymedias. Tiempo después me confesó que siempre supo que yo la espiaba y que eso la excitaba tremendamente, porque disfrutaba permitiendo a su propio hijo verla en ropa interior.

Fue al cum

plir los 20 años, cuando nuestras relaciones sexuales finalmente se consumaron, fue algo maravilloso que ya les contaré en una siguiente ocasión.

Autor: edal36

edal36 ( arroba ) hotmail.com

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