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ESPOSA INFIEL

25 de mayo de 2008

Mi esposa me es jodidamente infiel, aunque quién sabe, quizás eso sea su mayor virtud, porque ambos disfrutamos a tope de sus infidelidades.

Quizás todos ustedes se hayan hecho muchas veces la misma pregunta: ¿Qué es lo más satisfactoria en el sexo?: ¿Una pareja joven, una madura, una enamorada, quizás una del mismo sexo? No busquen la respuesta entre las señaladas porque todas ellas son erróneas: Lo más satisfactorio en el sexo es ver como se follan a tu propia esposa. Todo lo demás son sucedáneos. Soy Pancho Alabardero, tengo casi cuarenta años, vivo en Madrid y estoy creando el Circulo del Sexo con Imaginación, es decir aquellos que idolatramos al Dios Caballo, montar a caballo sobre una yegua Alazana.

Pero no piensen ni por un momento que esto es un grupo de amiguetes, aquí se encuentra lo más glamoroso, lo más erótico, lejos de la pornografía vulgar y zafia, este es un circulo para auténticos gourmets, no para triviales pajilleros que unas simples líneas de Ahhh, ohhh, ya se sienten los reyes de la zambomba. El erotismo fino, insinuante y trasgresor es la más bella lectura que un ser humano puede degustar. Aquí les ofrezco un relato de un distinguido miembro del Círculo. Que lo disfruten.

Hola soy Carlos, vivo en la ciudad de Albacete en España, tengo 42 años, estoy casado, trabajo de funcionario para el Estado, tengo dos hijos y si tuviese que definir mi matrimonio con una sola palabra, sin duda esa sería: mediocre.

Pero no se confundan, mediocre no significa aburrido, muy al contrario, mi matrimonio es un auténtico torbellino de pasiones, porque mi encantadora esposa África, dos años mayor que yo, es una buena madre, es una buena ama de su casa, es una buena cocinera, es una buena administradora de mi exiguo jornal, pero tiene un pequeño defectillo: me es jodidamente infiel, aunque quién sabe, quizás esa es su mayor virtud, pero no se me alboroten, voy a explicarles a ustedes.

Como les digo, nuestra vida en una pequeña capital de provincia como es Albacete, en general tiende a la monotonía. Todo en nuestro matrimonio es muy previsible. Como pueden suponer aquí todos nos conocemos y todos sabemos quién es quién y de qué pie cojea cada uno, de modo que salirse del tiesto es quedar en evidencia.

Aquí somos actores por definición, cuando te preguntan ¿qué tal os va? La contestación inmediata es: bien, nos va muy bien, ponemos cara de gente feliz y empezamos a debatir de lo divino y de lo humano, damos una pasada a la situación general del mundo mundial, nos mostramos indignados, según sea el caso, de la actuación del gobierno o de la oposición y exponemos detalladamente las soluciones a los problemas actuales, cuando en realidad a la pregunta de ¿qué tal os va? Sólo podríamos contestar con una respuesta: aburridos, la programación de la televisión de hoy también es aburridísima.

Pero como les dije, no es nuestro caso ni el de otros muchos. Nuestra vida es mediocre, sin sobresaltos, sin estrés, sin agobios, sin grandes alegrías y sin grandes disgustos, cualquiera podría envidiarnos, mediocridad, dulce mediocridad. Quién la tuviera, pensarán muchos de ustedes, aunque no se dejen engañar por las apariencias, porque en estas pequeñas capitales donde todo transcurre con tranquilidad y monotonía, donde casi todo es previsible, donde todos nos conocemos y donde todos sabemos quién es quién, la realidad puede ser radicalmente diferente.

Aquí, detrás de un conocido casi siempre se esconde un desconocido. Aquí puede que conozcas de toda la vida a una respetabilísima señora, de misa de domingo y rosario entre semana, y al amparo de los muros de su casa se descubra como una insaciable tortillera, victima de una época represora en lo sexual, que de repente descubre la alegría de follar y de ser follada, pero que se mira al espejo y ya se ve vieja, arrugada y sin recursos y tiene que recurrir al único recurso que tiene a mano, y es entonces cuando las manos cubren otras carencias y se entregan frenéticas al viejo recur

so del manejo de extraños aparatos cubiertos de látex y de funcionamiento a pilas.

Aquí puede que un honorable padre de familia, presidente de su comunidad de vecinos y miembro destacado de la junta de gobierno de los padres de alumnos del colegio mayor de la ciudad, te lo encuentres por la tarde en una conferencia acerca de las diferentes aptitudes de los padres ante un caso de violencia escolar y, por las noches, puedas verlo en los extrarradios de la ciudad espiando a las parejas que follan dentro de su coche y haciéndose una paja al amparo del tronco del árbol más cercano.

Son las secuelas de la falta de estrés, de agobios de la circulación, de pasar desapercibidos, de ser uno más en las calles sin que nadie te conozca y sin que tengas que dar explicaciones de lo que haces y de adonde vas, es en definitiva el precio que los mediocres debemos de pagar para que la vida no nos resulte monótona y no se nos quiten las ganas de vivir, aunque no me hagan mucho caso, quizás todo eso que les digo no sea más que una mera justificación de mi actual situación familiar, en la que mi mujer esta siendo periódicamente follada por una tortillera y yo compenso mis carencias afectivas y sexuales haciéndome algunas noches una paja mientras, sigiloso, observo a las parejas follar dentro de sus coches a las afueras de la ciudad.

Lo de mi mujer fue puramente casual. Ella para matar el tedio de lo cotidiano, se apuntó a un curso que promovía la casa de la cultura de nuestro distrito para la restauración de muebles antiguos. Y como en nuestra casa carecemos de muebles antiguos que restaurar, no se le ocurrió otra idea que visitar a una honorable señora que vive en una especie de palacete cerca de nuestro domicilio, para ofrecerle sus servicios. Ella encantada aceptó sus servicios, pero creo que hubo una confusión en los servicios a prestar.

Mi encantadora y aburrida esposa quería que le prestase algunos de sus muebles para practicar en esto de la restauración, pero ella, solterona, acomodada económicamente y en edad de no resignarse, la vio joven, lozana, generosa en carnes y muy participativa en cualquier cosa nueva que le aportase experiencia e ilusión, y puesta a ofrecerle nuevas experiencias, pues la buena señora le enseñó la casa, le enseñó todos los muebles antiguos con los que podía practicar, le ofreció una taza de café con leche, conversaron sobre los culebrones de la televisión y de lo aburrido que estaban últimamente los programas de todas las cadenas y claro, le enseñó los juguetitos de látex con funcionamiento a pilas que atesoraba en su casa para no aburrirse con la televisión y, naturalmente, le enseñó a mi dulce e inocente esposa lo bien que funcionaban los aparatitos en cuestión.

-Vaya tortillera. La muy cabrona me ha echado un polvo de puta madre- me dice mi encantadora y sorprendida esposa África nada más llegar a casa. -¿Y tú qué has hecho?- le pregunté un tanto sobresaltado. -¿Que iba hacer?, Correrme y separar tres muebles muy antiguos y valiosos para restaurarlos-

Y así fue como mi mujer consiguió hacerse con una habitación-taller en el palacete de nuestra vecina, la tortillera, donde realizaba sus trabajos de restauración y donde ella, la propietaria, periódicamente se cobraba en especies el precio del alquiler. Nunca llegamos a precisar en nuestro matrimonio el precio que ella tenía que pagarla, pero como nuestro matrimonio esta en régimen de gananciales, pues yo acepté de buen grado una quita en nuestras relaciones amorosas, porque obviamente no era lo mismo atender sexualmente al marido y además mantener satisfecha a una mujer madura en busca del sexo perdido.

Y ya nos habíamos hecho a la idea y ya casi, casi, veíamos la situación como normal. Mi mujer me era infiel con una lagarta reprimida, pero todo ello en aras a combatir el aburrimiento y hacer que nuestra previsible vida tuviese algo de aliciente y no se convirtiese en tediosa y decadente, cuando una noche al acostarnos me llevé un susto de infarto.

Esa noche África estaba un tanto mimosa y retozona. Los dos estábamos acostados y los dos estábamos viendo la televisión. Yo aparentemente atento a cuanto sucedía en la pantalla, aunque no le quitaba ojo a las maniobras de seducción que se traía mi dulce e infiel esposa. Ella ronroneaba, se acariciaba el cuerpo, se llevaba los dedos a los labios y ya descaradamente se paseaba sus manos y sus dedos por sus bragas, ligeramente abierta de piernas y musitando palabras inco

nexas, hasta que soltó una frase clara, alta y contundente:

-Mañana me la van a meter… -¿Qué?, ¿qué te van hacer mañana?, ¿quién te la va a meter?

Me quedé a cuadros por la confidencia y de inmediato tuve una erección descomunal. Ella lejos de rectificar o de justificar sus palabras se limitó a repetir una y mil veces más la frase del día, del año, la frase de nuestra vida. Mañana me la van a meter, repetía mientras se quitaba las bragas; mañana me la van a meter, mientras se desprendía del sujetador; mañana me la van a meter, mientras se frotaba su chochito con los dedos; mañana me la van a meter, mañana me la van a meter, mañana me la van a meter, mientras yo se la metía como un poseso, hechizado por sus confidencias, alucinado por lo que estaba oyendo, y deslumbrado por lo que estaba haciendo. Me corrí como un semental y ella, poco a poco, se abandonó en la cama y enseguida se durmió como una diosa de la seducción y del placer, aunque la muy ladina no se me corrió, se ve que lo guardaba para mañana, cuando se la metieran.

Normalmente por las mañanas yo me voy al trabajo muy temprano, sin que mi hacendosa e infiel esposa se levante para hacerme el desayuno, aunque ese día me dieron ganas de despertarla y preguntarle por la confidencia de esa noche, pero no lo hice. Como pueden comprender ese día lo pase en ascuas. Yo tenía jornada continuada y salía de mi trabajo como a eso de las cuatro y media o las cinco de la tarde. Ese día a las cuatro ya estaba disparado hacia mi hogar. Cuando llegué la casa estaba vacía, era más o menos normal, África casi nunca llegaba a casa hasta las cinco y media o las seis porque estaba, o bien en el taller escuela de la Junta de Distrito, o bien en la habitación-taller del palacete dándole a la restauración de muebles antiguos o bien dándole a la tortillera su ración de sexo lésbico.

El caso es que la espera se me hizo interminable. Me dieron ganas de coger el teléfono y llamarla para pedirle explicaciones, pero no lo hice, aguardé pacientemente y como a eso de las siete y media de la tarde oigo abrir la puerta. Salgo disparado al hall de entrada y nada más entrar, África se me cuelga al cuello, me besa tierna pero perezosamente y me musita al oído: me la han metido.

Yo estaba aturdido, empalmado y perplejo al ver la cara de felicidad de mi esposa y la sensación que transmitía de haber estado tocando el cielo con las manos. La llevé a la habitación en brazos, la tumbé cuidadosamente en la cama, y la follé salvajemente mientras ella repetía una letanía parecida a la de la noche anterior: me la han metido, me la han metido, me la han metido, así hasta volver a correrme como la noche anterior, pero ella, también como la noche anterior, no se corrió. Ya se había corrido cuando se la metieron.

Y llegó la hora de las explicaciones. Bien duchados y bien follados era el momento de pedir explicaciones, pero no hizo falta, ella tomo la iniciativa y comenzó un lento, exhaustivo, minucioso relato de los hechos acaecidos ese día y el día anterior.

-Ayer invité a mi profesor de restauración del taller-escuela para que hoy pasara a ver los trabajos que estaba haciendo en el palacete y me lo follé. Él quería follarme desde hace tiempo y yo quería follarlo desde hacía más tiempo, pero no encontraba ni el momento ni el lugar, de modo que le pedí a Julita que me pusieran un sofá cama en el taller para poder traerme a mis ligues y poder follar tranquilamente cuando me apetezca-

-¿Y ella que te ha dicho? Le pregunté sorprendido por tan insólita petición a su amante tortillera. -Pues que iba a decir, me lo puso y ya lo he estrenado-

Doña Julia era una de esas personas que mantienen aquel viejo principio de que más vale compartir un suculento banquete, que mierda para ella sola, y eso es lo que hizo, ponerle a mi encantadora esposa todas las facilidades a su disposición para que se echara un polvo cuando le viniese en gana. Al fin y al cabo a ella no le iba a suponer merma alguna, porque le prometió que seguiría disfrutando de todo lo que necesitara.

-¿Y a mí?- Le pregunté un tanto mosqueado. -¿Necesitas más de lo que tienes?, ¿No te gusta que venga y te lo cuente todo?, haber si así dejas de ir a hacerte pajas a la dehesa mientras miras a las parejas follar en los coches. -¿Y tú cómo sabes eso? Le pregunté mu

y sorprendido. -Porque te seguí cuando desconfiaba de que podías tener una amante y lo que tenías era hartazgo de lo cotidiano, de modo que, de ahora en adelante vas a hacerte las pajas mientras escuchas los relatos eróticos que yo te voy a contar. Y empezó por el final.

Cristóbal es un pretencioso, vanidoso y narcisista, se creé el rey de la restauración, un artista incomprendido, un talento por descubrir, aunque la realidad es que no es más que un pobre guripa, pero tiene un polvo de puta madre y eso es lo que he hecho, me lo he llevado al palacete, nos encerramos en el taller, abrí el sofá cama, me abrí de piernas y le enterré su cara en mi chocho. Al principio hizo un amago de resistencia, él quería un tipo de relación más convencional, pero yo no estaba para fiestas y no quería arriesgarme a que me dejara compuesta y sin polvo, de modo que me comió el chumino hasta hartarme y correrme y después, más tranquila, me la metió.

El muy jilipollas cuando se vio encima de mi no podía creérselo. Llevaba meses intentando metérmela y cuando por fin me la tenía metida no se lo creía. Me folló atropelladamente, sin ritmo, sin imaginación, se corrió inesperadamente, pero aguanto muy bien la erección, de modo que después pasamos horas follando pausadamente. Me la ha metido a conciencia y me he corrido como Dios manda, con un tío metiéndomela. Ya empezaba a estar harta de que esa vieja se pasara el día sacándome brillo al chocho.

-¿Te has cansado de ella?- le pregunté tímidamente.

-No que va, lo que ocurre es que me cansa, la pobre nunca se ha visto en otra y no le echa imaginación alguna. Se amaga en mi chocho y me lo chupa mientras yo le hago una paja. El otro día cuando le dije que iba a recibir a un hombre para que me la metiera la puse descompuesta y conseguí montármela. La follé hasta volverla loca, espero que ahora se decida algo más, porque si algo la mola es que le cuentes confidencias, en el fondo no es más que una cotilla frustrada-

Y así es como poco a poco fui asumiendo la nueva situación. África, mi encantadora esposa, había conseguido un magnifico taller de restauración en el palacete de Doña Julia, a la que ya parecía la empezaba a follar sin recato alguno y donde el profesor de restauración colaboraba generosamente en los trabajos, en el doble sentido de la palabra, y donde mi mujer ya empezaba a ganarse un buen dinerito con las piezas restauradas. Yo tuve que asumir una nueva quita, pero lo compensaba generosamente con las pajas que me metía al recordar los relatos de mi mujer.

Pero ya saben que las alegrías duran poco en la casa de los pobres, y un buen día, o mejor dicho una buena noche, me volví a encontrar con mi mujer retozando en la cama antes de dormirnos. Yo me quedé expectante para ver como acababa la cosa, si volvería a escucharla aquello de mañana me la van a meter, pero no, no fue eso lo que escuché, aunque no se si lo hubiese preferido, porque al cabo del rato África, con una voz temblorosa por la emoción me decía: me la van a volver a meter.

-¿Qué?, ¿pero no te la están metiendo ya?, ¿Si el restaurador te la esta metiendo cada dos por tres?, ¿Te la va a meter alguien nuevo?

Pero no dijo nada diferente, sólo un: me la van a volver a meter, así me la follé esa noche y así se me durmió. Y vaya si se la volvieron a meter, esta vez no sólo apareció con cara de satisfacción y semblante de haber estado tocando las estrellas, esta vez además traía en la mano un buen fajo de billetes y es que un conocido anticuario de Valencia había venido a metérsela a mi mujer, perdón, había venido a interesarse por las piezas que mi mujer tenía en el tallercito y le compró casi todas las existencias. Ya saben la secuencia, nueva quita, nueva asimilación de la situación, así hasta la próxima, que, estoy seguro, no tardará en llegar.

Como siga así, esta chica se folla a todo el gremio, y es lo que les dije al principio, mi mujer tiene muchas virtudes, pero eso si, me es jodidamente infiel.

Autor: Pancho Alabardero

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