Fiestas de etiqueta

Polvazo. La mira dormir y el sol está próximo a salir. De entre los ventanales, la escena que marca la salida de la noche y el inicio de otro día, él enciende un cigarro dejándolo consumir. Piensa en la noche que ha tenido.

Todo empezó con la invitación a la fiesta anual , en el caserón de su mejor amigo. Algo parecido a un palacio, con pisos y pisos de habitaciones sin utilizar, para cuatro personas que la habitaban y el personal de limpieza y mantenimiento que solo acudía durante el día, en la fiesta sin embargo el lugar se encontraba lleno en su salón principal. Samuel cruza un portal  y estaciona en la glorieta, los valet parking toman las llaves y el auto. Unas puertas gruesas de madera se abren de par en par y le permiten vislumbrar el salón completamente iluminado, una estampa clásica rematada con una escalera dual en espiral  situada al fondo del salón, como se ve en las películas de los años treinta.

 

Lo primero que recibe a Samuel es un mesero, ofreciéndole una copa con vino espumoso, es una gala, como siempre. Se siente incómodo, estos lujos no son para él, aspira a lo más sencillo pero la amistad y el propósito de la fiesta le obligan a estar calmado y ameno con el resto de los asistentes. Violines y cuerdas, bocadillos y charlas aburridas, una noche larga sin duda. Después de rondar por el mar de gente Samuel decide detenerse a los pies de la escalera, le da el último sorbo a su copa, se acomoda el corbatín y revisa la hora, solo ha estado una hora, le falta cuando menos el doble para poderse excusar.

 

Del otro lado del salón, una mujer entrega su copa vacía al mesero y se rehúsa a tomar otra, trata de no bostezar durante una extensa charla sobre la caída del muro de Berlín. Con su permiso  se excusa y camina lejos del muro de Berlín y el octogenario que con muy probables secretas intenciones trataba de matarla de aburrimiento.

 

La mujer necesitaba salir de ahí, escapa subiendo las escaleras en espiral, el vuelo de su vestido rojo llama la atención de Samuel, es lo primero que realmente le cautiva esa noche. Por si solo su cuerpo se mueve y subre también las escaleras. Entre pasillos deambula hasta encontrar una terraza, en ella una mujer viendo al cielo. Su delgada figura y el vestido rojo que en ella se resbala, hacen una perfecta estampa, como en un set de fotografía.

 

Con lentitud se aproxima recargando un codo en el barandal, volteando su cuerpo al perfil de la dama. Ella sonríe sabiendo que no podía escapar de otro a plática aristócrata o de eventos históricos o de la bolsa de valores, de cualquier tontería con la que estos ricos se divierten y pretenden seducir, como si fuera el tamaño de la cartera lo que a ella le importara. Pero para sorpresa de ella, Samuel no le trata de impresionar con sus negocios, que no los tiene, o con los eventos de la historia de los que ha sido testigo, que no ha sido ninguno. Se presenta así mismo como un aburrido más, lo que a ella le dibuja en la boca una sonrisa.

 

-Estoy aquí por mi amigo, es una fiesta a la que asisto desde hace tres años.

– Creo que son los mismos que yo tengo sin asistir, cualquier otro lugar que éste, me lo digo una y otra vez.

 

Todo el mundo, invitados y personal se encuentran abajo, ellos están completamente solos, ni las estrellas los acompañan. No se dicen mucho, hay largas pausas entre sus preguntas y sus respuestas pero no existen silencios incómodos, más bien, sonrisas cómplices. Son dos extraños, patos extraños en un lago. Ella lo examina mientras ríen, su aspecto acicalado, el traje negro y el corbatín ligeramente de lado, sabe que esa ropa no la usa más que para este evento, se lo imagina con ropa suelta de algodón, le va mejor piensa. El tiempo les ha pasado de largo, ninguno de los dos tiene el reloj a la mano para saber cuánto tiempo llevan ahí, pero el clima les avisa que es momento de regresar al interior del caserón; con ella y su piel erizada por el frio, Samuel se despoja del saco y la cubre con él, sus manos tocan sus hombros y siente su piel suave por primera vez.

 

Con paso lento, caminan al interior, recorren la mitad del largo pasillo, entre risas, él le dice – no deberíamos de volver-. Ella vuelve a reír mientras se muerde el labio y desacomoda el corbatín de Samuel, una tensión que existía llega a su límite y se rompe cuando ella cierra los ojos y los labios de Samuel la tocan en la comisura de los suyos. Siente calor que la recorre de los labios hasta el vientre, su talle apretado por los brazos de él, siente como sus cuerpos se presionan.

 

La sensación de unos labios tan suaves como la piel misma del hombro, le sorprende. La facilidad con que han encajado sus bocas provoca en él el deseo de besarla más y más, de estrujar con sus brazos el talle, de sentir el cuerpo frágil al suyo.

 

Sin separarse, caminan hasta dar una puerta sin seguro, arrebatados por la pasión les cuesta un poco abrirla y  meterse en la habitación, una de tantas como ya habíamos dicho. Dentro se encuentra un boudoir y una cama con elevados postes, pulcramente tendida, sin dudar que el personal la mantenga limpia aunque nadie duerma en ella. Candelabros en el centro son la única fuente de iluminación, pero ninguno de los dos está pensando en encender una vela, la luz de la luna será la única que les permita verse. Además la oscuridad ayuda a aguzar los sentidos, resaltando el gusto, el tacto y el oído.

 

Entre sombras se besan y pasan sus manos por encima del cuerpo del otro, sienten como el calor los abraza y los hace perderse, olvidarse de aquellas pláticas aburridas, de los estatus, de los muros, de Berlín, de todo. Sólo sus labios importan, solo las caricias.

 

Los dedos, presurosos desatan el corbatín, encuentran el cierre del vestido, los ojos entreabiertos apenas dirigen a los cuerpos que van a parar al tocador, ella se sienta y sube las piernas abiertas, dispuestas para  abrazarlo, se besan largamente. Despeinado por las manos de la mujer, comienza a besar el cuello, el cierre ha cedido y prolonga aún más el escote del vestido cocktail rojo, la espalda coronada delicadamente por al columna, se deja ver con la escaza luz de la habitación. Él es testigo utilizando el espejo del tocador. Se zafa el corbatín, se saca por arriba la camisa sin desabrochar, no puede esperar más.

 

Ella se arquea y sus manos le detienen en el tocador, tira varias botellas de vidrio, una cadena de fragancias los inundan, la torpeza de sus movimientos en la oscuridad no les interesa, mientras que los movimientos en el cuerpo del otro se hagan como lo desean. Samuel muerde los labios de ella, firme pero sin lastimarla, ella se lo devuelve con sus uñas clavándolas en la espalda. Como el cierre del vestido había cedido, es momento de que con un movimiento de hombros, le permita la caída y deje ver redondos, hermosos, un par de senos apuntalados con unos pezones duros, la piel eriza, en la espera de ser tocada. Una fuerte exhalación de Samuel preside un beso profundo y largo, con las manos en las mejillas de ella. Luego sus dedos bajan despacio desde las mejillas, luego el cuello y siente como reacciona la piel, la respiración, esta excitada como él. Con la palma de las manos roza los pezones, provocando un calor que la invade, un placer que ella siente desemboca entre sus piernas, mojándola. Sus piernas lo abrazan fuertemente, lo acercan más. Sus pantalones deben caer y lo hacen después de unos movimientos con tres dedos que manejan el cinturón, botón y cierre. Rápidamente ella mete la mano en la ropa interior de Samuel, toma en sus manos, la erección y la clava entre sus piernas, la ofrenda para el templo de venus, como  el marqués lo diría, y lo siente entrar lentamente, fusionándose. Con el paso de los segundos, mientras la carne se acostumbra a la carne, las miradas de ambos se pierden, Samuel trata de ver más allá de la oscuridad de los ojos de esa mujer que aburrida lo encontró.

 

La pasión encuentra lugar en la cama pulcramente tendida, mancillada por el cuerpo ahora desnudo de la mujer. Abre y levanta sus piernas para que Samuel pueda tener una vista. Él se arrodilla al pie de la cama, abre su boca y la empata a unos labios hinchados que le invitan a besar, juguetea con su lengua mientras ella se retuerce, aprieta con las manos las sábanas, con los muslos le aprieta la cara y el deja de escuchar, entre más sordo, lo sabe, más ella lo disfruta. Por eso no se detiene y la besa y usa su lengua como una lanza hasta que el cuerpo se estremece convulsivamente.

 

Emparejados sobre la cama, sus labios se juntan mientras sus manos los estimulan. Dedos o palmas húmedos, sus respiraciones se agitan cada  vez más y más. El orgasmo para ambos es inevitable, pero prefieren detenerse, cambiar la pose, seguir disfrutando. Descansando sus codos y rodillas sobre la cama, invita a Samuel, que de rodillas se le acerca y siente clavarse lentamente, acompasados se mueven adquiriendo velocidad, hasta volverse casi agresivo, una delicia. Con las manos sobre las caderas ajenas, Samuel siente que no podrá soportarlo más y en dos fuertes embestidas inunda el templo de Venus y ella lo siente ardiendo en su interior, escurriendo en su piel eriza, en sus muslos trémulos, ella también alcanzó el orgasmo.

Tan intensa la faena, que se recuesta y en momentos se queda dormida, mientras que Samuel decide que no dormirá, prefiere ver el cuerpo que acaba de poseer, las dunas que se forman con sus hombros, con sus caderas, la piel que se torna azul con la media luz. Va a su saco y consigue un cigarro. Lo enciende y se siente en el quicio de la cama, espera que el sol salga. Tal vez le pregunte su nombre.

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