¡Fóllame hasta que pierda el sentido!

Allí se encontraba ella, sola, rodeada de desconocidos y con sentimientos reprimidos como una botella de champagne agitada durante demasiado tiempo.

Su empresa le había mandado unos días a otra ciudad a hacer un curso de especialización. Tras muchas reticencias, y por insistencia de su jefe, Sara terminó cediendo y asistiendo al evento.

Se aburría. El curso se impartía en un hotel, y la mayoría de sus compañeros eran mayores que ella, quien recientemente había estrenado la treintena.  Lo que más tedio le producía era el curso en sí. No era una materia que le apasionara, y al estar tan condensado, las horas pasaban altisonantes como las palabras del orondo profesor con acento del norte que explicaba.

Jon, el profesor, les otorgó una pausa aquella primera mañana formativa para que pudieran tomarse un café. La mayoría de los asistentes estaban cansados de facto por el viaje hasta aquella ciudad. Las conversaciones variaban de la propia naturaleza del curso, el cansancio que sentían, o información de la empresa de cada uno.

Sara, esbelta y delgada como un sauce, se acercó haciendo resonar sus tacones hasta la máquina de café. Su cadera de gacela se contoneaba de forma inconsciente bajo la falda corta gris que lucía en lo que ella llamaba “el uniforme del trabajo”; el cual estaba completado por una camisa blanca.

  • ¿Qué te pongo? – sorprendió una voz.

La chica salió de su ensimismamiento al percibir que se dirigían hacia ella en un gracioso acento andaluz.

  • Ehhh – balbuceó mirando al chico. – Un cortado por favor.

El hombre, unos años mayor que ella, le sonrió y procedió con la operación. “Por qué no me habré fijado en este chico”, pensó.

  • Aquí tienes. – Le dijo sirviéndole con delicadeza.
  • Soy Sara.
  • Encantado, yo José Antonio, de Granada.

Intercambiaron dos besos en las mejillas. Justo cuando Sara esgrimía la mejor de sus sonrisas sonó su móvil: era su novio, Luis. ¡Había olvidado que le había dicho que les habían dejado unos minutos de recreo!

Hablaron sobre el curso, y lo que habían hecho cada uno, y Sara maldijo en silencio, ya que Jon les había vuelto a convocar para continuar con la formación.

“¿Dónde estaba aquel chico? Parecía que se cuidaba un poco” – pensó.

Café en mano tardó en sentarse. Le buscó con la mirada y finalmente le localizó. Estaba al otro extremo de la mesa por detrás de ella. Él se percató de que ella le buscaba, y ella le inclinó la taza de café a modo de saludo.

La charla continuó hasta la hora de la comida. “¡Por fin!”, pensó Sara. Se levantó y siguió al grupo hasta el restaurante del hotel. “¿Dónde estaba José Antonio?” – pensó.

Justo antes de entrar en el comedor le vio en el vestíbulo hablando por el móvil.

En la comida había conocido a una chica y a un chico a los que el curso les parecía una pasada. Ya de vuelta en el salón formativo resopló y ocupó su sitio. ¡Y eso que era el primer día!

Por la noche, agotada, lo que más ganas tenía, era de dormir. Justo antes de la cena, el chico y la chica con los que había compartido mesa en la comida le animaron para salir a dar una vuelta por la ciudad. Ella se disculpó excusándose en el cansancio y se fue a la cama sin cenar.

– – –

El día siguiente no fue muy distinto del anterior. La chica brilló con una camisa verde con volantes, una falda negra que iba desde la rodilla hasta por encima del ombligo, medias y tacones negros.

José Antonio repitió el procedimiento del café del día anterior, y Sara se desahogó con él sobre lo poco que le estaba gustando aquella experiencia.

En aquella ocasión, el hombre le esperó a la hora de comer y lo hicieron juntos con otros dos compañeros.

Por la noche, esta vez fue José Antonio quien le animó a salir por la ciudad.

  • Gracias, pero estoy cansada y harta de este curso. Sólo tengo ganas de que acabe.
  • Te entiendo. ¿Seguro que no quieres venir? ¿qué harás? – preguntó él.
  • Ehhh, nada, ver la tele y dormirme.
  • Buen plan.
  • No te rías de mí…
  • No, en serio. ¿Tú sabes a cuántos de este curso les gustaría acompañarte?
  • ¡Qué dices!
  • ¿No has visto cómo te miran?
  • Ehhh, bastante tengo con no dormirme en el aula.
  • Claro, al estar tan delante no lo verás. Yo desde mi sitio les veo mirarte y hacer comentarios.

En ese momento sonó el móvil de Sara.

  • ¿Tu novio?
  • Sí.
  • Cógelo. Te espero para ver qué decides.

Si mostrarse cortante, habló con su novio e intentó despacharle lo antes posible, ya que quería terminar de hablar con José Antonio y que se explicara.

Cuando colgó, todos los compañeros se habían difuminado.

José Antonio le esperaba sonriente.

  • ¿Qué haces, te vienes?
  • Ehh, creo que no, me iré a la habitación.
  • Yo también iré a la mía, que creo que así pasaré frío.

En el ascensor, Sara le preguntó:

  • ¿Y bien? ¿qué decían esos viejos verdes a mis espaldas?
  • ¿De verdad quieres saberlo?
  • Sí…
  • Bueno, no te enfades con el mensajero.
  • No te preocupes.
  • Comentaban… lo buena que estás.
  • ¿En serio?
  • Sí, y no sólo eso…
  • Venga, no te cortes, que ya somos mayorcitos.
  • Como quieras. Alguno decía que no le importaría compartir habitación contigo.
  • ¿Y tú porque estabas tan atento a todo esto?
  • ¡Era más entretenido que el curso! – dijo provocando las risas de ambos. – Yo creo que hasta el profesor se fijaba especialmente en ti.
  • ¿Y tú qué pensabas mientras? – preguntó mirándole de forma coqueta.
  • Sara, cómo me preguntas eso… ¿tú qué crees?
  • No sé, por eso te he preguntado.
  • Pues… lo mismo. Pienso igual.

El ascensor llegó a su planta y se quedaron mirando unos segundos. Se sonrieron y continuaron hacia sus respectivas habitaciones. Sara se paró primero en la suya.

  • Bueno, voy a cambiarme. Si cambias de idea, al ir a los ascensores te tocaré la puerta. Si no te apetece, no es necesario que digas nada.
  • Pásatelo bien esta noche.

José Antonio, con nuevos atuendos, tocó suavemente la puerta de la habitación 477. Suspiró al no oír nada, y se dio la vuelta. Justo cuando echaba a andar oyó la puerta abrirse.

Lo primero que vio fueron unas medias negras ajustadas a unas piernas muy blancas que ascendían hasta llegar a unas braguitas de encaje. Más arriba, un picardías negro de tirantes. En la cima, Sara, con la larga melena negra suelta esperándole recostada en el dintel de la puerta.

  • No voy a ir Jose Antonio.
  • Me lo imagino, así vestida…
  • ¿Y tú, vas a ir? – le dijo sonriente.
  • Yo…

La chica le volvió mudo acariciando su propio cuerpo desde los tirantes hasta donde se juntaban sus muslos. Se acarició el plano vientre hasta llegar a sus braguitas. Allí palpó muy lentamente sin dejar de mirarle a los ojos.

José Antonio dio un paso al frente y ella dos más hacia atrás, internándome más en su habitación.

  • Necesito algo de diversión tras dos días de aburrimiento – dijo ella con voz melosa.

En ese momento, un hombre pasó por detrás de Jose Antonio. Sara apremió a su amigo a entrar al percatarse de aquel desconocido era Jon, el profesor, quien había abierto los ojos como platos al ver la situación.

José Antonio cerró la puerta cerrando el escenario. Ambos rieron al tiempo que el chico se acercó más a aquella belleza femenina.

Él  la abrazó, y ella se apresuró a darse la vuelta. Descubrió que aquellas braguitas de encaje eran en realidad un tanga. El hombre se pegó aquel culito redondito y blanquecino, separado por apenas una línea de tela.

Le besó el cuello mientras que su mano se posaba y descendía desde la planicie que rodeaba su ombligo. Los dígitos se encontraron con la tela de la ropa interior, y descendieron aún más hasta zonas más cálidas.

Sara emitió un leve gemido cuando sintió dos dedos apretando gatillos de pistola en su tanga.

La mano libre de su amante ascendió y le palpó sus pequeñas y duras tetitas a través del suave picardías. Excitado, le quitó la prenda dejando al aire dos hermosos pechos cuyos pequeños pezones apuntaban hacia arriba.

El hombre sonrió y plantó sus labios como una lapa en un pezón.

  • Déjate de jueguecitos – dijo ella – No aguanto más, vamos a ver qué tienes aquí…

Se dio la vuelta, y con soltura, comenzó a desabrochar el pantalón del hombre.

A los pocos segundos, el miembro viril de José Antonio emergió erecto. Ella le sonrió y, agarrando el pene, lo masturbó lentamente.

  • Te la voy a chupar como nunca te lo han hecho… – le dijo mordiéndose los labios.
  • Sí… lo estoy deseando…

Sara se arrodilló y colocó el prepucio del hombre en sus labios, sin tocar nada con las manos.

Girando la cabeza en círculos a la vez que se tocaba sus propios pechos hizo que el hombre se excitara aún más si cabe.

Agarró el pene con una mano, y comenzó una felación desesperada. Lo hacía muy rápido, profundo y con mucha saliva. Jose Antonio gemía sin cesar cada vez más fuerte.

  • ¡Para, para, o me correré! – exigió.

Ella le sonrió y continuó con su felación digna de película pornográfica.

El hombre se echaba hacia atrás, y le paraba la cabeza para frenar el ritmo a su amante.

  • ¿Quieres que pare? – dijo sonriente.
  • Sí… O no aguantaré más.
  • Entonces… ¡fóllame!

Sara se abalanzó sobre José Antonio y le besó con pasión. Se contoneaba como una gogó, rozando cada vez su tanguita contra la herramienta de él.

Jose Antonio le quitó el tanguita de un tirón, dejándola sólo con el picardías.

  • Cómo quieras preciosa…

Sara se acomodó tumbada boca arriba esperando.

  • Ten… toda tuya…

El hombre colocó el prepucio en la entrada de su húmeda entrepierna. Poco a poco se deslizó con facilidad hacia el interior de Sara.

  • Mmmm, sí, fóllame, sí.

Exitado, aceleró el ritmo del mete-saca.

  • ¡Siiii, quiero más!
  • ¿Te gusta? – dijo sin pararse ni un segundo.
  • Sí, ¡fóllame hasta que pierda el sentido! – le dijo hincándole los talones en el culo para pegarle más hacia ella.
  • ¡Toma polla, toma polla! – gritó el hombre.

De repente el hombre se la sacó, y soltó varios fuertes chorros de semen sobre el abdomen de la chica.

  • ¿Yaaaa? ¿qué ha pasado? – dijo Sara con el ceño fruncido.
  • Lo… lo siento. No aguantaba más…
  • ¡Pero si acabamos de empezar!
  • Será por la excitación, no sé…
  • Joooo, ¿y me vas a dejar así?
  • Creo que será mejor que me vaya… Mañana podemos repetir, y seguro que va mejor.

El hombre, ante la estupefacción de su amante, le dio un besito, se levantó, y tras vestirse se fue.

La puerta de la habitación sonó al cerrarse. Sara suspiró insatisfecha.

* * *

El día siguiente era el último del curso. Tras comentarlo en la propia clase, decidieron ir todos juntos, a modo de despedida, a cenar a un restaurante.

Sara fue vestida con tacones, un vestido corto y ceñido gris con escote en “U”. El sujetador con push-up que llevaba resaltaba el escote dando la impresión de que tenía más pecho del que realmente tenía.

La cena fue muy entretenida, regada por varias botellas de vino. Jose Antonio se sentó a su lado, y le hizo sentirse más a gusto. No hablaron de lo que pasó la noche anterior, aunque en alguna ocasión ella le acarició la pierna por debajo de la mesa para incitarle.

Ya al final de la velada, Sara se fue al baño. Al salir, se cruzó con Jon, el profesor del curso.

  • Oye, ¿podemos ir un momento a hablar fuera? – le preguntó él.
  • Ehhh, vale… – dijo ella extrañada.

Salieron a la calle, y él se alejó hasta la esquina más cercana al restaurante.

  • ¿Qué ocurre Jon? – preguntó sin entender de qué iba aquello.
  • Verás Sara, iré al grano. Ayer os vi en la puerta de la habitación a ti y a Jose Antonio.
  • ¡Eso no es asunto tuyo! – dijo ella indignada.
  • Tienes razón. La cuestión es que, no sé si lo sabías, pero mi habitación daba pared con pared con la tuya.
  • No, de cualquier forma, y te lo repito de forma educada, no es asunto tuyo.

El hombre se sacó el móvil y puso en marcha una grabación de audio. Se oía un poco distorsionada, pero se reconocían las voces:  “[…] ¡Siiii, quiero más! […] ¿Te gusta? […] Sí, ¡fóllame hasta que pierda el sentido! […] ¡Toma polla, toma polla! […]”.

El hombre detuvo la grabación.

  • Gracias por recordármelo. Y ahora, si no tienes nada más que decir, me volveré al restaurante.
  • Espera un momento – dijo sonriente. – Sería una putada que este audio llegara a tu novio ¿verdad?
  • ¿Qué?
  • Recuerda que por el curso, tengo toda vuestra ficha e información personal. – Sara se acercó seria.
  • ¿QUÉ QUIERES? – dijo acentuando cada palabra.
  • Te diré lo que vamos a hacer. Al salir del restaurante, te excusarás que estás cansada y que quieres te vuelves al hotel. Si tu amiguito te dice algo, dile que tienes la regla y que estás mal.
  • Ya veo que lo tienes todo planeado. ¿Y por qué crees que voy a hacer eso?
  • Porque en el fondo te da morbo averiguar qué tengo en mente. Lo oí todo ayer, y sé que te quedaste a dos velas. Conmigo eso no te pasará, te lo aseguro.
  • Eres un cabrón.
  • Ja, ja, ja. Piénsatelo… Nos vemos en esta misma esquina.

La cena fue acabando, pero Sara estaba intranquila. Jose Antonio  no hacía nada por coquetear con ella, y ella, no estaba de humor para intentarlo.

Jon esperaba en una calle perpendicular al restaurante. La gente ya se había encaminado hacia un local para tomar alguna copa. Resignado, llamó por teléfono a un taxi.

A los cinco minutos llegó el vehículo. Se introdujo dentro, y justo cuando le daba el nombre del hotel, la puerta de la izquierda se abrió.

  • Hola – saludó Sara.

El hombre le esgrimió una sonrisa de oreja a oreja.

  • A partir de ahora vas a hacer todo lo que yo diga. No te arrepentirás. – le dijo al oído. Ella le respondió levantando una ceja.

Jon le pasó una mano por la cintura mientras que hablaban de sus cosas. Sus dedos subieron más de la cuenta, acariciándole el lateral de los pechos. Ella le miró enfurruñada, pero él sonrió dando a entender que no pasaba nada.

El taxi se detuvo en el hotel, y ambos bajaron.

En el ascensor el hombre se abalanzó sobre la joven. Le apretó fuerte el culo con ambas manos.

  • Joder Sara, ¡qué buena estás!
  • Gracias… – dijo ella resignada.
  • Yo sí que te voy a follar hasta que pierdas el sentido. No te arrepentirás.

Ella sonrió tímidamente, y pronto se abrieron las puertas del ascensor.

Entraron en el cuarto de Jon. El corazón de Sara latía a toda velocidad.

  • Súbete aquí para que te vea bien – dijo indicando un sofá sin respaldo que había a un lado de la habitación.

Ella se subió de rodillas, mientras él daba vueltas a su alrededor.

El vestido se le había subido un poco, pero sin llegar a enseñar nada.

  • Sí señor, estás muy pero que muy bien. Lo vamos a pasar fenomenal. Ponte a cuatro patas.

Sara apoyó las manos en el sofá y puso un poco el culo en pompa.

Jon rió entusiasmado y dio un par de azotes en el culito de la chica. Le subió el vestido dejando a la vista un tanga que estaba casi oculto entre aquellas dos pequeñas nalguitas. El trasero formaba una curva perfecta, respingón y atractivo para aquel hombre como un buffet libre para alguien hambriento.

  • ¡Vaya culito tienes! – dijo sonriente, apretándolo fuertemente entre sus manos.

Ella respondió con una risita.

  • A ver, gírate hacia mí, que te vea mejor.

La chica obedeció y le miró sonriente.

  • Qué tenemos aquí… – Jon ensanchó el escote en forma “U” dejando a la vista el sujetador. – ¡Vaya dos tetitas más ricas!

Curioso, apoyándose con una mano, el hombre ahuecó un poco el sujetador para verle los pezones.

  • Son pequeñitas – dijo ella con voz tímida.
  • Pequeñas-tetas-de-putita – dijo de forma seguida. – Enséñamelas despacito, poniéndome cachondo.

Sara dejó caer un poco su vestido por los hombros dejando la totalidad del sujetador a la vista. Colocó sus manos en los laterales de sus pechos y apretó juntándolos sensualmente, formando un valle de tentación. Con un ligero contoneo, terminó de quitarse el vestido por la parte superior.

  • Estás más buena de lo que me imaginaba.
  • Pues mira esto… – dijo llevándose las manos a la espalda y quitándose el sujetador.
  • Pequeñitas, blanquitas, bien erguidas y con pequeños pezones rosados. Mmmmm… vaya tetitas de niña mala. – dijo el hombre relamiéndose.

La joven se acarició los pechos e intentó chupárselos sin éxito.

  • Tranquila, que para eso estoy yo.

Ella se sentó, y apretó sus senos con los brazos. Jon se acercó y lamió delicadamente uno de los pezones.

  • Ven aquí…

Le ayudó a bajar al suelo e inmediatamente la abrazó y la besó con pasión.

“Cuántas manos tenía aquel hombre” – pensó, mientras notaba como la sobaban por todas partes.

Jon la invitó a tumbarse bocarriba en el sofá sin respaldo. De un tirón le sacó el tanga, y sorprendiendo a la joven, colocó su cabeza entre las piernas de ella. Sara pegó un gemido al notar como, cual aspas de helicóptero, la lengua de aquel hombre hacía maravillas sobre su clítoris. Ella gemía profundamente cada dos segundos mientras él lamía como si hiciera días que no comía.

El hombre alzó la cabeza, y apretando cada tetita con una mano, las succionó alternativamente mientras ella le acariciaba la cabeza.

La Mano de Sara bajó hasta su propio sexo y comenzó a masturbarse frenéticamente mientras el hombre le besaba y comía los pechos.

  • ¿Tienes ganas de guerra, eh? ¡Chupa, puta, chupa! – le gritó metiéndole dos dedos en la boca.

Sara estaba a punto de llegar al orgasmo pero Jon le detuvo pidiéndole que “le dejara a él”.

El hombre le metió dos dedos por el coño, mientras que con la otra mano le acariciaba el clítoris. Ella gemía dando gritos de placer desconsolados.

  • Sí putita, córrete – dijo acelerando el ritmo.

Ella emitió un prolongado y agónico gemido anunciando la llegada de un potente orgasmo. Sara apuntaló su mano sobre la del hombre mientras se corría gimiendo sin parar.

Jon le dio un minuto de tregua antes de volver al ataque.

  • Vamos Sara, que esto acaba de empezar.

El hombre la ayudó a ponerse de rodillas en el suelo, y le restregó su paquete, escondido dentro del pantalón por delante de la cara.

  • ¿La quieres?

Ella no contestó.

  • ¡No te oigo! ¡¿La quieres?!
  • Síiiiiiiiiiiiiiiiiii.
  • ¿Qué quieres?
  • ¡Tu polla! ¡Quiero tu polla, cabrón! – dijo sin dejar de sacar la lengua.

El hombre se sacó su corto pero grueso pene de sopetón, golpeando lateralmente la mejilla de la chica.

Sara se la metió rápidamente en la boca, y con ágiles movimientos de su cabeza, succionó como una profesional.

  • Ohhh sí, ¡qué bien la chupas! Cuando ayer os escuché, no me imaginaba que lo hacías así…
  • Espero que me dures más que Jose Antonio…
  • Ja, ja, ja, ¡no pares!

El hombre puso su mano en la cabeza de la chica y acompañó con ella el movimiento de la felación.

Tras diez minutos chupando sin parar, Sara paró un momento.

  • Se me va a desencajar la mandíbula.
  • ¡Pues ven aquí que te folle! ¡Ja, ja, ja!

Jon la guio hasta una mesa que había en la habitación, donde ella se apoyó. Se agachó y le chupó el coñito desde detrás. Aún seguía húmedo y palpitante.

Acercando su pene a las nalgas de Sara, se lo introdujo de una fuerte embestida por el coño.

  • ¡Vaya horno! Estás empapada. Cómo vamos a disfrutar con esto…

El hombre se la metía de forma incansable al tiempo que los pechos de la chica saltaban saludando al suelo.

  • Me van a fallar las piernas… – Dijo Sara subiéndose a la mesa.

Jon le agarró de las piernas y la penetró con fulminantes golpes de cadera.  Se inclinó para besarla sin dejar de follarla.

De repente, el móvil de Sara sonó.

  • Te llama tu amiguito, José Antonio. – Dijo viendo el nombre que aparecía en el dispositivo y frenando un poco el ritmo.
  • ¡Qué cabrón! Seguro que quiere repetir lo de ayer y dejarme a medias.
  • ¿Por qué no se lo coges y le das una lección?
  • ¡Qué dices! ¿estás loco?
  • ¡ja, ja, ja!

Sin esperar su consentimiento, Jon cogió el teléfono y descolgó. Puso “el manos libres” al tiempo que aceleraba su ritmo de penetración.

  • ¿Sara? ¿Hola? ¿me oyes? – se oyó por el altavoz del teléfono.

Sara no respondió. Gemía sin control.

  • ¿Estás bien? ¿qué suena…? – dijo José Antonio.

Jon frenó un poco y le hizo un gesto para que ella hablara.

  • Te oigo –dijo ella de forma sofocada, apartándose mechones sueltos hacia un lado.
  • Qué susto. Estaba preocupado por ti. ¿Estás bien?
  • Sí, siiiii – dijo alargando la afirmación cuando Jon se la metió bien adentro. – Estoy muy bien. Me llamas porque quieres repetir lo de ayer, ¿verdad?
  • Ehh, yo… me preocupaba por ti… pero bueno, ya que lo dices, si quieres…

En ese momento, su amante la penetró con rabia mientras le apretaba los pechos con la mano. La chica no pudo evitar gemir sin parar como si intentara comunicarse por código morse.

  • ¿Estás sola? – preguntó José Antonio.
  • Meh… me están follando como ayer no tuviste los cojones de hacer.
  • Que… ¿¡qué!?
  • ¡Cáscatela tú solo, capullo! – le gritó ella.
  • ¡Bien hecho! –dijo Jon tras colgar la llamada. – Ven aquí, que estarás más cómoda.

Se dirigieron a la cama, y continuaron con la postura del misionero. Jon se relamía al ver los duros pechos de la joven moverse con cada embestida. No bamboleaban como flanes, como se suele decir. Debido a su turgencia el movimiento era más brusco y seguro.

El hombre colocó las piernas de la chica sobre sus hombros, y la penetró profundamente.  Todo su peso estaba sobre la chica.

  • ¡Me vas a aplastar! – suplicó falta de aliento.
  • ¡Calla y disfruta!

Jon se paró por completo. De repente, apuñaló el sexo de la chica con la punta de su miembro. Justo cuando el grito de ella se desvanecía, el hombre volvió a penetrar con contundencia.

El juego siguió un rato más hasta que ella le pidió que por favor le dejara salir un momento.

  • ¿Dónde vas? ¿Ya te has cansado? – increpó él.
  • No… Ahora me toca a mí.

Se subió a la cama y pasó una pierna por encima de aquel hombretón del norte. Dándole la espalda, agarró con destreza su miembro viril y lo guio hasta su vagina.

  • Mira por este lado. – El hombre inclinó un poco la cabeza y descubrió a su amante reflejada en el espejo de la habitación.
  • ¿Me ves? – dijo sonriente.
  • Joder sí. Vaya cuerpazo que tienes.
  • ¿De verdad te gusta? – La chica acompañó las palabras amasándose los pechos con las manos; mirándole con cara de lascivia.
  • Estás hecha toda una putita.

Intentó penetrarla, pero ella se elevó evitándolo.

  • No, no, no. Aquí ahora mando yo.

Apoyó sus manos en las piernas del hombre, y comenzó a introducirse aquel objeto tubular lentamente. Miró al espejo, y Jon le sonrió.

  • ¡Te voy a quitar esa sonrisita de autocomplacencia!

De repente, como si estuviera poseída, Sara empezó a convulsionarse hacia delante y atrás metiéndose y sacándose la polla de Jon a toda velocidad.

  • ¡Ostiaaaaaaaaaaaaa! – gritó él.

Su larga y oscura melena danzaba tapándole a veces la visión que le devolvía el espejo.

Jon le agarró el culito y le ayudó a mantener aquel ritmo demencial.  Apretaba aquel culito mientras ella no paraba de saltar.

  • Ya sabía yo desde que te vi, que eras una buena zorra – le susurró al oído.

Se inclinó hacia delante y colocó su mano sobre el clítoris de Sara.

  • ¡No, no, que no aguantaré! – gimió ella mientras él la masturbaba.

El hombre no le hizo caso y continuo. Ella gemía sin parar, siendo penetrada y masturbada a toda velocidad.

  • ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

El gemido fue tan prolongado como el orgasmo que le acompañó.

Cuando acabó, se dejó caer a un lado agotada.

  • Te lo dije… ¡qué te iba a follar hasta que perdieras el sentido!
  • – Dijo ella, exhausta, y con los ojos cerrados.
  • ¡Pues aún no he terminado!

Jon se encaramó sobre la joven apoyando su barrigón de balón sobre ella, tapando desde su pequeño ombligo hasta sus tetitas.

La penetró como un oso, moviendo y haciendo rechinar la cama. Ella gemía falta de fuerzas como si hubiese corrido una maratón.

  • Me voy a correr en tu coñito putita. ¿Lo quieres?

No respondió.

  • ¿Lo quieres? ¡Pídemelo y acabaré!
  • ¡Siiiiiiiiiiiii, fóllame y lléname con tu leche cabrón.! – estalló ella.

El vasco aumentó el ritmo hasta que con un sonido gutural empezó a correrse. Embistió a la pobre chica con grandes golpes de cadera derramando prolongados y ardientes chorros de semen en su interior.

El hombre se quedó unos segundos aplastándola y finalmente se levantó.

  • Qué guapa, ¿¡te ha gustado!? – dijo enérgico como si no hubiera pasado nada.
  • Hmmm – alcanzó a decir ella.
  • Para que veas que una cara bonita no tiene porqué alegrarte la cama. En cambio una cara alegre, puede hacerte bonita la cama.
  • Joder Jon. – Dijo ella abriendo mucho los ojos- hace un minuto me follabas y me hablabas como si fuera una puta, ¿y ahora te vuelves poeta?
  • Ja, ja, ja. Si es que en el fondo so y un romántico.

Sara no pudo evitar reírse.

* * *

El despertador del móvil sonó. Estaba sola en la habitación, desnuda, y tapada con la manta. ¿Cuándo se había ido Jon? Al final había sido todo un caballero.

Se arregló y se dispuso a abandonar el hotel. Mientras hacía el check-out, José Antonio se cruzó con ella en un pasillo.

  • Hola….
  • ¡Hola! – le respondió ella sonriente y con la cabeza bien alta.

El grupo se despidió, y tomaron diversos caminos. Desde la ventanilla de su taxi José Antonio pudo ver, incrédulo, como Jon le daba un azotito en el culo a Sara mientras se despedían.

– FIN –

 

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