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Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

Lucrecia era una estudiante de último curso de Antropología que tenía una interesante teoría: creía que si en una sociedad no existieran normas coactivas que reprimieran desde niños los más primarios instintos sexuales, conceptos como el de monogamia u opciones sexuales tajantes no tendría ningún sentido… Y todos fornicaríamos democráticamente cuándo y dónde se nos antojase.

Una tarde de domingo lluviosa su novio apareció en casa con una película de Kubrick que le había recomendado un compañero de trabajo: Eyes Wide Shut. En el filme, que por lo demás no tiene nada de nuevo, hay una escena en que mujeres y hombres retozan únicamente protegidos por el anonimato de unas máscaras venecianas, Y la visión de aquel espectáculo semi renacentista despertó en Lucrecia sus dormidos deseos de practicar una orgía.

A partir de ese momento, la idea fue acompañando sus noches masturbatorias hasta que un par de días antes de Carnaval decidió hacerla realidad. Así que vendió a sus amigos y conocidos una divertida historia de antifaces y opereta para celebrar la Cuaresma que entusiasmo hasta el más pintado. Visto el éxito de la propuesta, la prometea del sexo en grupo alquiló uno de esos apartamentos por una noche que había visto anunciado en una revista gratuita y lo decoró con esmero de sibarita: los viejos sofás ennegrecidos por el polvo fueron cubiertos con telas de satén rojo y en el techo, en donde centelleaba una bombilla sin lámpara, Lucrecia colgó una hermosa araña de candelabros estilo “mansión encantada”. Telas doradas bañaban la estancia y la transparencia ganó la batalla a las antiestéticas cortinillas de flores rosas del salón… Todo un decorado puramente hedonista que rezumaba sensualidad en cada detalle.

Llegó la noche del día 25 y Lucrecia y Darío esperaban enfundados en negro a que acudiesen sus invitados. Lucrecia estaba espléndida tras su careta blanca de porcelana con labios rojos entreabiertos y unas llamativas lágrimas plateadas que resbalaban en pausa por el carrillo artificial. Darío, siempre muy propio, vestía el mismo traje que usaba para los convites, con olor a naftalina y unas manchitas en la solapa recuerdo de los fastos de la comunión de su prima Paulina.

Los primeros en llegar fueron Diana y su novio, un guaperas gallego pringado hasta la corbata de gomina. Diana era compañera de clase de Lucrecia y, aunque no era santo de su devoción, la había invitado porque durante una cena en grupo ebria y fumada había confesado públicamente su bisexualidad, con lo que parecía bastante morbosa. No tardaron en presentarse dos amigos de Dario, Toño y Manuel. El primero era un tipo gris y apocado que sentía verdadera fascinación por las mujeres mandonas.

Lucrecia siempre había creído que Toño cumplía el perfil del sumiso en potencia y no le costaba imaginárselo siendo atado como un cochinillo por una femme fatale adicta al bondage. Manuel era harina de otro costal. Onanista empedernido y habitual de los locales de alterne, aquella noche iba a marcar un antes y un después en sus fantasías masturbatorias.

Por último aparecieron las chicas… Imponentes damiselas, la mayoría extranjeras, cuyo amantísimo papi les había financiado un Erasmus en la Imperial España.

Sus siluetas resplandecían tras los trajes de noche negros, y tan extremadas iban algunas que ya Manuel y Toño jugaban a adivinar quién había olvidado las bragas en casa.

Lucrecia, como buena anfitriona, hizo las pertinentes presentaciones rogando a los invitados que se quitaran las máscaras para brindar por el espíritu del Carnaval. Había colgados por la sala posters de cuadros de Caravaggio en que mujeres medio desnudas representaban la primavera y también el retrato de algún Adonis en cueros cuya verga, bajo los efluvios del alcohol, parecía que tomara vida propia.

Los invitados charlaron y be

bieron y se afanaban por llenar sus copas al mínimo indicio de sequía etílica… El ambiente se iba caldeando y las conversaciones se volvían cada vez más picante… Lo bastante para que Lucrecia volviera a pedir al personal que se pusiera su máscara para dar comienzo a los juegos pre orgiásticos.

- En los bailes de máscaras-empezó diciendo- todo el mundo debe ir en pareja, y ya que vuestras rostros en cierta manera ya no tienen identidad, dejemos que el destino propicie la que será vuestra pareja en esta noche, al menos por el momento-.

A cada uno de los participantes le fue asignada una pareja por sorteo, el juego consistía en reconocer al compañero en la oscuridad, y como la careta privaba de hacerlo palpando los rasgos faciales, el tacto debía dirigirse a otros lugares…

Lucrecia condujo a los ebrios acompañantes a una habitación oscura, mientras el resto esperaba en el salón su turno para concursar. Uno por uno entraron en la estancia y las tinieblas los desinhibieron por completo. Hubo roces, apretones, pechos que chocaban con otros pechos y manos ávidas que se dirigían con decisión a rincones los prohibidos del ser… Al principio se oyeron risas incómodas, gritos de estupor y algún que otro manotazo. Luego, carcajadas y máscaras que caían al suelo, y algunos minutos más tardes emergieron como voces cavernosas jadeos y lujuriosos comentarios:

- Estas tetas son de Diana, lo sé- se escuchaba en la oscuridad-; Lorena tengo tu culo;- Joder Darío la tienes durísima…- . Lucrecia muerta de éxito se dejaba también acariciar por las muchas manos indefinidas que amasaban sus pechos e inspeccionaban sus corvas.

Al fin la anfitriona sentenció: – Ahora, más difícil todavía… Deshaceos de la ropa, a ver que tal se le da a vuestra pareja reconoceros…-

Enfrascados en el juego, nadie se lo pensó dos veces y siguieron las instrucciones obedientemente.

Más risas, más palmoteos en traseros desnudos y algún dedo juguetón que se hacía paso entre rasurados coños y pollas a punto de nieve. Para cuando Lucrecia dio al interruptor y se hizo la luz, todos follaban salvajemente; no había antifaces ni complejos, y la ropa interior había caído al suelo junto a las vergüenzas y los remilgos. Se apoyó en la pared contemplando la escena y sus ojos se fijaron en un extremo de la habitación donde Darío se montaba un menage se trua con Swelen y María, que provocó en Lucrecia una mezcla de celos y deseo indescriptibles; junto a ellos, Manuel, acostumbrado al sexo en soledad, parecía una postal onanista de las Cataratas del Niágara.

Lucrecia empezó a pasear por la sala acariciándose el sexo, cuando de repente tropezó con los cuerpos de Toño y Raquel. Ella, con su hermoso pandero y sus piernas recias de brasileña, aprisionaba la cabeza del angelito de Toño, mientras le gritaba:

– Venga perrito, sigue lamiendo con tu sucia lengua de esclavo-.

Tan absorta estaba Lucrecia contemplando el espectáculo que no se percató de que unas manos agarraban sus pechos por detrás y una boca caliente y femenina le mordisqueaba el cuello y le susurraba: – Qué puta eres, seguro que lo tenías planeado-. Lucrecia giró la cabeza, entornó los ojos y fue a fundirse con la sensual Diana en un beso muy húmedo que prometía un primer encuentro lésbico para ambas. Entonces, el portón del edificio se abrió con brusquedad, saltando incluso el pomo de la puerta por los aires y empezaron a entrar hombres encapuchados que rodearon a los desnudos y aturdidos participantes de esta orgía… Las mujeres gritaban y se cubrían los senos como Evas descubiertas por un dios iracundo, a Manuel se le agrió la corrida del susto y las vergas de Darío y Toño se achicaron hasta casi desaparecer entre la mata de pelo…

Los vecinos de la calle París, colindante al mercado del Borne, recordarán toda la vida el estruendo que les obligó a altas horas de la madrugada a asomarse a las ventanas para presenciar un singular espectáculo de cuerpos esposados que caminaban en fila india hacia un furgón policial. Por lo que el comisario Pons explicó a Lucrecia, mientras se meneaba su pene de putero tras la mesa del despacho, el apartamento que habían alquilado para celebrar su orgía carnavalesca era un piso franco, y su propietario un traficante mindundis que ocultaba un pequeño alijo de coca tras una falsa baldosa de la cocina. Al parecer, alguien

había dado el soplo a la policía y los eficientes agentes del cuerpo de anti vicio, que siempre llegan puntuales cuando no hay motivo para ello, habían seguido la pista hasta el codiciado polvo, sólo que aquel ni era blanco ni iba en bolsita.

En cuanto a Lucrecia, dejó de masturbarse pensando en orgías y empezó a hacerlo con hombres encapuchados que la esposaban para poseerla…

Qué curiosa es la sexualidad humana, ¿no os parece?

Espero que les haya gustado, y si les parece bueno lo votan ¿Si? ..Gracias…Lucrecia

Autor: Lucrecia

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Ningún comentario »

  1. Killy dice:

    Hola. el relato está bueno, pero me cuesta abrir el marqueze clasico,que era mejor de como lo tienen ahora. Si se preguntan si es una crítica,si lo es.

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