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Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

NUEVA VERSIÓN MEJORADA Y ADEMÁS INCLUYE DOS CAPITULOS NUEVOS

Perfil de Luisa (la paisita): Edad: 35 años Tipo: latina blanca Estado Civil: Separada Hijos: Una niña de siete años, María Antonia Ocupación: Venta de Telas Aficiones: tomar el sol en la piscina del edificio, decoración de interiores Padres: fallecidos Nota: este perfil es real, solo cambian los nombres por respeto a los personajes reales.

Nacionalidad: para ser descifrada por los lectores

CAPITULO 1

Un domingo en la tarde puede ser un día de emociones mezcladas. Puede sentirse ansioso por tener que enfrentar al día siguiente la rutina insoportable de una semana más, puede ofrecer la sensación de renovación ante la posibilidad de nuevas oportunidades que llegan con los días nuevos, también es posible sentir la melancolía propia de mirar atrás y observar una semana vivida, desaprovechada e irrecuperable.

El sentimiento que abrazaba a Luisa no era en realidad ninguno de estos. Ella tenía la particularidad de sentirse sola, relajada y en profunda intimidad. Era el día donde su tranquilidad no era agredida por la presencia de la habitual sirvienta ni los juegos y gritos de su hijita de siete años. Era un día rutinario, tranquilo, en el cual nunca sucedía nada fuera de lo normal, nada que mereciera ser recordado.

Eran las 6:45 p.m. y estaba sola en su apartamento, con la certeza que nadie le observaba y que nadie la molestaría. Su día había estado, como era ya costumbre, dedicado a sus placeres más personales y sencillos. A las diez de la mañana luego de haber dejado a María Antonia, su hijita, en casa de su tía, una mujer aún joven, para que pasaran todo el día juntas, regresó a su casa, un penthouse en un exclusivo sector de la ciudad. Su apartamento garantizaba una espléndida vista de toda la moderna y pujante ciudad industrial. Ya en su casa subió a su cuarto, se colocó su tanga brasileña preferida y toalla en mano bajó a la piscina de la unidad residencial. Allí tendió su toalla al borde del agua, se acostó boca arriba, se puso sus gafas de sol, flexiono las rodillas, abrió ligeramente sus piernas y se dedicó a recibir las caricias del sol en todo su cuerpo. Así paso la mañana y el resto de la tarde.

Luisa era difícil de definir físicamente. Era mujer bonita sin ser una reina de belleza, tal vez era una mujer “buenota” con una gran carga de sensualidad oculta por el aspecto conservador que predominaba en su vida cotidiana y laboral.

Su trabajo la obligaba a proyectar la imagen de mujer ejecutiva, centrada y orientada a la obtención de resultados, que además le debía garantizar a sus clientes la seriedad y formalidad de la firma que representaba.

Luisa era ejecutiva comercial de una importante empresa importadora de textiles. Su responsabilidad era comercializar las telas en los clientes antiguos y abrir nuevos mercados. Ella respondía por las ventas en el mercado local.

Su cargo ejecutivo le reportaba jugosos ingresos mensuales por concepto de comisiones. Podía tranquilamente vivir en uno de los mejores sectores de la ciudad, tenía un carro de modelo resiente, un Montero color verde militar que le ofrecía comodidad y seguridad. Su hija estudiaba en uno de los mejores bilingües de la ciudad, es decir vivía tranquila y muy cómodamente.

Su oficina quedaba en una de las habitaciones de su penthouse, mas concretamente en la planta superior diagonal a su dormitorio. En este apartamento vivía hacía algo más de ocho años.

Además de sus ingresos por las ventas de telas, contaba con una jugosa pensión que recibía mensualmente de su ex marido. También contaba con la herencia dejada por su madre al morir, la cual entre otras cosas le garantizaba la propiedad sobre una casa en un municipio vecino. De hecho en el momento se encontraba reparando esta casa para habitarla temporalmente y después venderla. Estaba programando mudarse luego a un nuevo complejo habitacional, cerca de donde vivía actualmente. Los edificios se encontraban en construcción y su nombre era las Twin Towers, nombre además muy poco apropiado luego de los eventos de 9/11.

Su marido decidió dejarla un día y desde entonces su única compañía era su hija, la sirvie

nta y ocasionalmente su tía y alguna visita de viejas amigas de la universidad y la infancia. Desde hace cuatro años vivía sin necesitar un hombre a su lado para sostenerla. Era extraño que en cuatro años no hubiera tenido un romance, ni siquiera un amigo especial con el cual compartir parte de su tiempo libre.

No era una mujer fea, tal vez era falta de explotar la sensualidad que mantenía reprimida y que podía hacerla mucho más atractiva a los ajos de cualquier hombre.

Físicamente Luisa era una mujer de 35 años, su estatura era de un metro 62 centímetros. Su cuerpo era adornado por hermosos contornos y redondeces que ella se empeñaba en ocultar en su vida diaria. Era un cuerpo cuidado por intensas horas de ejercicio y una rigurosa dieta alimenticia. No mostraba rastros dejados por el embarazo de María Antonia ni flacidez en alguna de sus partes. Sus cabellos eran medianamente largos, al nivel de los hombros y de un lindo color rojizo, el cual ella cambiaba con regularidad con tinturas rubias, y negras. Su cara era adornada por unos ojos negros, una nariz algo alargada y unos labios rojos y carnosos. Los dientes eran perfectos y su blancura hacia el perfecto contraste con los ojos negros. La piel era blanca salpicada por unas coquetas pecas en la espalda y el pecho.

Los senos eran grandes sin ser grotescos, estaban coronados por unas areolas rosadas de donde resaltaban unos pezones inquietos e imprudentes, en más de una ocasión la habían llevado a situaciones incomodas y embarazosas. Su estomago era plano sin sombras de estrías y con un pequeño ombligo que servía de punto de origen de una delgada línea de bellitos rubios que bajaban atrevidamente hasta su destino final en el pubis. He aquí una de las mayores contradicciones que la Luisa desconocida para todos tenía frente a la ejecutiva conservadora y formal que vendía telas a la industria de muebles, almacenes especializados, decoradores de interiores y personas naturales entre otros.

Luisa tenía un especial cuidado de su pubis y de sus genitales, los cuales apreciaba como su mayor tesoro. Un tesoro que nadie más que ella tenía la oportunidad de disfrutar. El bello público era del mismo color que su cabello, originalmente rojizo pero teñido de acuerdo al color que en ese momento tuviera la cabeza. Los pelillos eran gruesos y fuertes, Luisa los cortaba y acicalaba con regularidad. Le gustaba darle formas de acuerdo a su creatividad y estado de ánimo, en el momento se ofrecía a su vista una frondosa línea de más o menos dos y media pulgadas de ancho que se originaba en el camino de bellos dorados que salían de su ombligo y que al bajar se internaba en su entrepierna bordeando los labios mayores de su vulva y finalmente se perdían en la rajadura de su redondo y bien parado trasero.

Volviendo a la rutina de ese domingo por la tarde y luego de subir de la piscina entró a su cuarto, reviso que sus cortinas estuvieran cerradas. Se quito la blusa de la sudadera y luego el pantalón que cubrían su bikini.. Se dirigió al baño tan solo acompañada por unos panties verdes pues el brassier de la tanga se lo quito después de haberse desencartado de la sudadera. Esta tanga la hacia sentir sexy y atractiva, mucho más cuando caminaba topless por su casa. Entro a su baño, un espacio algo estrecho con ventana a la calle y buitrón en el techo que le garantizaban gran luminosidad y que le ofrecía una linda vista sobre la parte sur de la ciudad pero que también ofrecería un espectáculo inolvidable a sus vecinos del edificio del frente en caso de ella olvidar cerrar las persianas que protegían su intimidad. Su baño era parte de su dormitorio, como ya se dijo, este quedaba en el segundo piso. Ella había reformado este espacio que originalmente era muy amplio pero de poca utilidad. Luisa lo había partido y de él había sacado su dormitorio, el de María Antonia y su oficina. También pudo construir un baño en la habitación de la niña. Al entrar al baño se encontraba en primer lugar con el lavamanos y un amplio espejo. A mano izquierda se encontraba la ducha con su bañera y a mano derecha el vestier de Luisa.

Estando en el baño se paró frente al espejo situado sobre el lavamanos y se contemplo detenidamente su cuerpo durante algunos minutos. Su atención se centraba en sus tetas y especialmente en sus inquietos pezones que aún sin tocarlos, solo con mirarlos, ya se erguían orgullosos al menos una pulgada, demandando más atención que una simple mirada. Sus senos eran grandes y

gustosos sin ser exagerados en tamaño, eran turgentes y luchaban exitosamente contra la fuerza de la gravedad mirando siempre hacia arriba. Estaban decorados por unas hermosas manchas blancas en forma de triángulo a consecuencia de la sombra que sobre ellos proyectaba los pequeños bikinis con los que su dueña solía tomar el sol los fines de semana (sus favoritos eran unos color verde intenso). Luisa miraba sus pezones y sabia perfectamente lo que ellos le estaban pidiendo a gritos, sin embargo no se atrevía a dar el paso que aliviaría la tensión de sus puntitas. Sin embargo se regocijaba viendo como además los puntillos alrededor de sus areolas rosadas también se levantaban excitados formando una corona de admiradores alrededor de cada pezón hinchado a punto de explotar.

Su rígida formación familiar le había generado muchas barreras y tabúes que le impedían satisfacer solitaria sus necesidades más intimas y apremiantes. Haciendo un esfuerzo por enfocar su atención en otro asunto, Luisa se agacho para sacar de su gabinete, debajo del espejo, una crema de manos y seguir así su rutina del domingo. Al agacharse involuntariamente su tanguita seda dental se incrustó aun más entre los labios mayores de su vulva y la rajadura de su trasero. Al levantarse ya con la crema en la mano Luisa notó como unas góticas transparentes, densas y olorosas salín de su tanguita y se deslizaban por entre sus muslos bronceados. Estaba mojada, su tanguita empapada ya no soportaba mas humedad y esta se derramaba por los bordes enterrados en la vulva. Luisa llevó su mano derecha hasta su muslo izquierdo y con el dedo anular tomo una de estas gotas que por allí resbalaban lenta y pesadamente. La llevó primero a su nariz y luego a su lengua, reconoció perfectamente de que se trataba. Era su liquido vaginal producto de la gran excitación que había empezado en sus pezones pero que ya se había apropiado de su cuca. Los bordes de la tanga y su presión contra sus labios y clítoris habían generado una conexión directa con sus pezones.

Tratando de aliviar un poco la situación y haciendo un gran esfuerzo por no tocar lujuriosamente ninguna parte de su excitado cuerpo, Luisa tomó los bordes superiores de la tanga y haló hacia abajo por sus muslos pasando por sus rodillas hasta llegar a sus tobillos. Los pies se alzaron coordinadamente para dejar la empapada prenda tirada en el piso.

Sus nalgas eran duras y paradas, se nota que su ejercicio matinal las mantenía bien tonificadas. Luisa solía salir a caminar por el montañoso y empinado vecindario todos los días antes de las 7:00 a.m.. Al igual que sus tetas, su culo estaba enmarcado por una mancha triangular blanca que tenía su parte mas larga en el nacimiento de las nalgas y su vértice inferior se incrustaba deliciosamente entre la raya interna del culo, cubriendo escasamente el ojito principal de semejante obra de arte. Era la mancha dejada por los panties de los bikinis que usaba para broncearse.

Con el tarro en la mano se sirvió un poco de crema en ambas manos. Inicialmente se frotó con ellas los hombros, siguió con los brazos pasando luego a masajear el estomago y la parte trasera de su cintura. Volvió a llenar sus manos con más crema y siguió el proceso de nutrir toda su piel reincidiendo con sus pies, subiendo a las rodillas, frotándose la parte baja de su espalda para continuar en sus dos nalgas y demorándose involuntariamente más de lo normal en sus muslos, especialmente en su parte interior, haciendo un gran esfuerzo salto sin tocar siquiera su empapada vagina, la cual ella se limitó a mirar abriendo sus piernas para encontrar que de sus pelos se agarraban infinidad de gotas que luego caían al piso de baño formando un pequeño charquito entre sus pies ó se resbalaban sensualmente por la parte interior de sus muslos. La sensación y la urgencia eran casi irresistibles pero tenía que continuar con su tarea con toda la fortaleza de la que pudiera hacer acopio pues faltaba la parte más complicada pero igualmente ineludible.

Tomo crema en cada mano y llevó cada una de ellas a la teta correspondiente. Inicio el masaje esparciendo la crema por la parte baja tratando de no tocar todavía sus desesperados pezones. Subió bordeando las areolas y frotó sus pechos hasta su nacimiento a cada lado de sus hombros. Ya no quedaba más que alimentar sus pezones y pensando que el “mal” paso es mejor darlo rápido decidió atacar simultáneamente ambos pequeños torturadores. Así

lo hizo sin poder prever la reacción que su cuerpo le deparaba. Al sentirse acariciados los pezones explotaron en un corrientaso que bajo por todo su cuerpo llegando hasta sus rodillas y causando que estas se flexionaran con el impacto de placer que habían recibido. Luisa casi cae al suelo, tuvo que agarrase del borde del lavamanos para evitar aporrearse, la situación había ya llegado a limites insoportables, tenía que hacer algo para aliviar tanta excitación.

CAPITULO DOS

El agua fría no es solo saludable también ayuda a bajar la calentura o arrechera como dirían en cierto círculos populares. Al menos eso pensaba Luisa cuando bajo el chorro helado de su ducha trataba de deshacerse de las ganas de tocarse y acariciarse su cuca hasta caer desmayada de placer.

La ducha de su baño quedaba al entrar a mano izquierda de su tocador y lavamanos, el mismo sitio donde ella hacia algunos minutos había dejado un charquito de sus jugos vaginales. Como ya se había dicho la ducha estaba iluminada por una amplia ventana que miraba al edificio del frente, tan solo unos 25 metros más al sur. En la parte opuesta a la ducha y aún en el cuarto de baño se encontraba el vestier donde Luisa guardaba toda su ropa y sus zapatos, carteras y demás enseres femeninos, no siempre de la forma más organizada.

La edificación frente a su ventana de ducha tenía diez pisos, cada uno de ellos alojaba cuatro apartamentos. Frente a la ducha de Luisa daban las habitaciones auxiliares de mas o menos tres apartamentos, los tres últimos pisos del edificio. En estas habitaciones los vecinos tenían desde estudios hasta cuartos de niños y sitios para huéspedes inesperados.

En el último piso vivía una pareja con una niña de unos nueve años. La madre una mujer de 34 años aproximadamente, muy alta, de pelo largo parcialmente teñido de rubio, de figura agradable que rara vez dejaba sus ventanas abiertas y que era difícil deducir su estilo de vida. El padre probablemente viajaba mucho porque rara vez se veía moviéndose por el apartamento. También es cierto que la vecina se cuidaba mucho de cerrar rutinariamente las cortinas de sus ventanas como ya se había dicho antes.

El piso inferior lo ocupaban una pareja de recién casados. Ella una muchacha universitaria de unos 22 años con figura de modelo, piernas largas y torneadas, pechos grandes probablemente con implantes, al menos eso pensaba Luisa, piel canela (muy bien bronceada), cabellos castaño completamente liso que le llegaba a la mitad de su espalda. El un muchacho un poco mayor tal vez de unos 27 años, seguramente trabajando independiente ó apoyado por sus padres ó los de ella. Su contextura era la de un hombre grande con algo de tendencia a la obesidad.

Luisa disfrutaba imaginándose como sería la vida privada de cada una de estas familias y por eso muchas veces se dedicaba a mirar ocultamente por sus ventanas para ver como se comportaba cada una de las personas, como en una obra de teatro puesta en escena para su placer personal.

En esto pensaba Luisa mientras se duchaba tratando de llevar su mente a lugares diferentes de sus exasperantes pezones y empapada cuca, que a pesar del agua que la bañaba seguía supurando una babilla densa, pegajosa y agridulcemente perfumada. Luisa abrió levemente la cortina de su ventana de ducha para ver que pasaba donde sus vecinos, “maldita sea” dijo “todas las ventanas están con las cortinas cerradas, qué estará pasando”. No encontraba como sacarse de su cabeza y de su vagina la excitación que la estaba enloqueciendo.

Su dilema se originaba en que en el momento de casarse se había prometido a sí misma no volver a masturbarse jamás y es que antes lo hacía con mucha frecuencia, a pesar que su educación en el colegio de las monjas la había llenado de tabúes que hasta la fecha no lograba superar. Al principio lo hizo en un par de oportunidades y más por curiosidad y por seguir los consejos de su amiga Margarita había accedido a darse placer ella misma. Es cierto que lo había disfrutado hasta la locura pero entre más le gustaba más fuertes eran los remordimientos (en otro capitulo de este relato se conocerán las aventuras de Luisa). En ese preciso momento recordó como su amiga le contaba en secreto como ella solía masturbarse casi diariamente. Durante la ducha mañanera Margarita desahogaba sus ímpetus sexuales de adolescente en plena efervescencia agarrándose de la puerta corrediza de la ducha, abriendo sus piernas y pegando su chochita v

irginal y muy peluda contra el borde de la puerta, en esa posición Margarita empezaba a subir y bajar rítmicamente contra el borde de la puerta aumentando la velocidad en la medida que se acercaba el ineludible y ansiado orgasmo. Esta práctica diaria le llegó hasta el día en que su venida fue tan fuerte que arrancó de su base a la puerta y calló al suelo con todo y estructura. No supo como explicar razonablemente a sus padres este accidente y decidió que de allí en adelante tendría que buscar otra forma de aliviar sus ganas de tocarse la cuca.

Luisa sabía que tenía a su entera disposición la puerta de su propia ducha, así como algunos otros elementos del baño para aliviar su tormento. Sin embargo su conciencia pudo más que sus ganas y decidió salir rápidamente de la ducha, vestirse con la primera falda y camiseta que encontró, ponerse unas sandalias, tomar su Montero y salir a dar una vuelta sin rumbo fijo por las calles de su barrio.

La estrategia tuvo éxito. Luego de algunos minutos manejando y concentrada en el tráfico pesado de ese momento, era la hora del día en que las familias llegaban a la ciudad luego de haber pasado el fin de semana en su finca de recreo, había logrado poner su mente en otra cosa. Sus pezones habían vuelto a su tamaño regular y su vagina ya no se sentía húmeda y pegajosa. Tampoco percibía ningún olor delator. En estas condiciones y estando mucho más tranquila Luisa decidió pasar por el centro comercial que quedaba apenas a cinco cuadras de su casa para aprovechar y comer algo rápido antes de que fuera la hora de recibir a María Antonia. Normalmente la tía la entregaba a eso de las 8:30 p.m. luego de pasar todo el domingo con ella.

El centro comercial era relativamente nuevo, lo habían inaugurado no hace más de dos años. Era en realidad más un parque de diversiones que un centro comercial. En el se reunían gran cantidad de muchachos y jovencitas para ir a cine, ir a los juegos electrónicos ó simplemente para comer algo en el food court, el cual ofrecía todo tipo de comidas rápidas, helados, repostería etc.

Hacía algunos meses el centro había sido el objetivo de un ataque terrorista que causó la muerte a muchas personas y daños considerables a varios almacenes. Esto generó un incremento en las medidas de seguridad establecidas por la administración del centro.

El centro era visitado por todo tipo de gente pero principalmente eran personas de clase media-alta con dinero para gastar y buscando donde pasar su tiempo libre ya que por la inseguridad del país les era imposible desplazarse por carretera a sus fincas ó a sitios turísticos rurales.

En los sótanos del edificio normalmente se encontraban atestados de carros de los modelos mas recientes así como algunos ya más viejos. Por los parqueaderos rondaba rutinariamente un vigilante que cuidaba los automóviles y a los clientes que utilizaban este servicio del parque comercial.

Cuando Luisa entró al sótano se sorprendió al encontrarlo tan solitario. Afortunadamente a los pocos pasos luego de salir de su montero encontró a uno de estos vigilantes lo que la hizo tranquilizarse al saberse vigilada. Eran frecuentes en la ciudad los cuentos de mujeres violadas en las horas de la noche en los parqueaderos de los centros comerciales más prestigiosos. Además, no hacia mucho tiempo a Luisa le habían robado la llanta de repuesto y esto sucedió precisamente en uno de estos centros.

Mientras caminaba hacia los ascensores Luisa sintió como la mirada del vigilante la recorría de arriba abajo, como se detenía en su trasero apretado y forrado por su minifalda, como seguía bajando por sus muslos hasta detenerse en la parte posterior de sus rodillas y finalmente se posaba en sus pies desnudos tan solo protegidos por sus inocentes sandalias. Este era ya el segundo incidente. Al llegar a la entrada del centro, el portero que entrega el ficho para poder sacar el carro, disimuladamente le miraba los muslos a Luisa como esperanzado lograr ver los calzones de la mujer. Era una actitud apenas natural, la minifalda de Luisa se había subido atrevidamente debido al movimiento de sus piernas al manejar. Por estar tan distraída no se había percatado que estaba exhibiendo sus piernas casi en su totalidad.

La tarde volvió a complicarse para Luisa, cuando llegó a la puerta del ascensor ya sabía que nuevamente se estaba excitando. Y así era, cuando la puerta del ascen

sor se abrió y ella entró, se encontró de frente con un espejo que reflejaba su figura de cuerpo entero. Como lo hacen todas las mujeres en estos casos, Luisa revisó su figura de pies a cabeza, cuando sus ojos llegaron a su pecho pudo confirmar lo que ya sabía, sus pezones se habían vuelto a endurecer y ya sobresalían desafiantes por encima de su camiseta. Tenía que reconocer dos cosas, primero que realmente estaba muy buena en aquella tarde y segundo que aún sin quererlo, la visión de su propio cuerpo la excitaba.

Preocupada por el espectáculo que ofrecerían al público sus pezones erectos, trato infructuosa y torpemente de hundirlos con sus dedos, con lo cual solamente logro endurecerlos y crecerlos aún más. Este intento por más fallido e inocente que resultará le produjo un corrientazo de placer, la descarga llegó hasta su vagina la cual se contrajo levemente sin llegar al extremo de humedecerse, en esas latitudes todo seguía normalmente. “Afortunadamente”, pensó Luisa, no soportaría tener que caminar por los interminables pasillos con sus calzones emparamados con sus jugos vaginales, esto debería ser realmente incomodo.

El ascensor llegó al cuarto nivel (segundo piso del parque comercial) y Luisa salió tratando de caminar lo más natural y despreocupadamente posible, como aparentando no saber lo que se destacaba en sus pechos a metros de distancia. Las primeras personas a las que se encontró de frente fueron una señora y su hija adolescente. Las dos mujeres estaban “vitriniando” y al ver a Luisa inmediatamente su atención fue atraída por sus notorios pezones. Recatadas como casi todas, las dos mujeres se hicieron “las locas” y voltearon sus miradas para la vitrina más cercana, coincidencial e irónicamente una de ropa interior, precisamente aquello que le falta a las tetas de Luisa.

Siguió caminando rumbo al food court encontrándose a los pocos metros con una pareja de novios que iban rumbo a los teatros. Nuevamente sus pezones atrajeron las miradas de la pareja como si fueran un par de imanes. La muchacha inmediatamente desvió su mirada, como había sucedido con las dos mujeres anteriores, en cambio el novio se quedo con ella allí clavada como si un hechizo le impidiera mirar para otra parte. Esto incomodo a la novia quien disimuladamente le pegó un codazo al muchacho. Ante esta reacción Luisa se sintió un poco culpable y algo avergonzada, para salirse de la coyuntura, se volvió hacia la vitrina que estaba a su mano derecha. Luisa decidió en aquel instante que no quería volver a provocar un incidente como ese, por lo tanto mientras llegaba a su destino, ocultaría sus tetas frente a una vitrina cuando viera que se aproximaba a ella una pareja de novios ó esposos. En cambio si las que se le aproximaran fueran mujeres seguiría de frente exhibiéndoles sus hermosas atributos. Le gustaba despertar la enviada que sus tetas provocaban en sus congéneres, ella a su vez la había sentido de otras mujeres en muchas ocasiones.

Siguió su camino alternando frecuentes miradas a vitrinas y orgullosas miradas directas, frente en alto y pecho erguido. Finalmente llegó a la zona de restaurantes donde no encontró mucha gente, esto la tranquilizo, no deseaba aumentar sus emociones. Recorrió todas las opciones que tenía para comer, lo hizo un par de veces pues no podía decidir si quería pizza, carne, tacos mexicanos, mariscos ó pollo apanado. Finalmente se decidió y llegó al mostrador para hacer su pedido. Todo había regresado a la normalidad, lo que Luisa no sabía era por cuanto tiempo.

TERCER CAPITULO

Sentada despreocupadamente en una de las sillas del food court del centro comercial, Luisa esperaba que el mesero llevará a su mesa la porción de costillas en salsa BBQ y la mazorca de maíz dulce que tanto le gustaba.

Mientras esperaba se dedicó a resolver el pasatiempo impreso en el individual de papel que le había colocado el mesero antes de servirle la bebida gaseosa. Concentrada y despreocupada como estaba no se dio cuenta que sus piernas se separaron inconscientemente y que como dirían las abuelas “estaba mal sentada”. En el afán de salir de su casa Luisa había cogido una falda de blue jean que al estar de pie subía ligeramente por encima de sus rodillas pero que al sentarse se encogía hasta casi la mitad de sus muslos.

Luisa sintió la sensación que alguien la miraba con insistencia, levanto la mirada y efectivamente encontró a un par de jóvenes,

no mayores de 21 años, sentados en la mesa del frente con sus miradas clavadas debajo de su mesa. Entonces se dio cuenta que el motivo de las miradas eran sus piernas abiertas que ofrecían un show sin igual para aquellos muchachos. En medio de la sorpresa y de su inicial indignación Luisa se percató por primera vez que en el afán por salir había olvidado ponerse panties y que por lo tanto lo que los muchachos estaban mirando descaradamente era su chocha peluda pero cuidadosamente motilada completamente expuesta.

Su reacción inicial fue cerrar inmediatamente las piernas y dirigir una mirada de reclamo a los muchachos. Para nada los afecto, es más, continuaron mirándola con desparpajo esperando la más mínima oportunidad para ver nuevamente el tesoro escondido entre las piernas bronceadas de Luisa. Ella no sabia ya que hacer. Siendo mucho mayor que ellos no estaba dispuesta a dejar que unos “niñitos” la intimidaran y la hicieran apenar. Decidió entonces mirarlos fijamente. No pudo dejar de notar los bultos que habían crecido entre las piernas de cada uno de ellos. Estaban tan excitados que involuntariamente se rascaban y acomodaban su respectivo “bulto” aun delante de las miradas de Luisa. Hacia mucho tiempo no se sentía el objeto de los deseos lujuriosos de alguien. Eso era lo que precisamente les estaba generando a los dos jóvenes.

Tomar conciencia de ello la hizo sentir sexy, deseada y atrevida. La materialización de estos sentimientos se empezó a notar en sus inquietos pezones. Sin ella poder ó querer controlarlos, empezaron a crecer y crecer y crecer hasta alcanzar su máximo tamaño en cuestión de un par de minutos. Ya estaban tan grandes como cuando Luisa los miraba ensimismada en el espejo de su baño. Igual como sucedió en aquel momento, los pezones conectados con la cuca de Luisa empezaron humedecer el centro de atención de estos muchachos. Luisa se empezó a sentirse familiarmente extraña, agradablemente incomoda, sin estar segura de porque. Decidió cruzar rápida y apretadamente sus piernas. En ese instante entendió la razón de su “incomodidad”. Entre sus muslos sintió la presencia de una sustancia húmeda, viscosa y ligeramente pegajosa. Su cuca nuevamente estaba mojada, tanto que ya la humedad buscaba salida y sus muslos eran los primeros receptores de sus jugos.

En ese justo momento llegó el mesero con su orden. Todavía tenía por lo menos 15 minutos mas por estar en su mesa y terminar su comida. Los muchachos no dejaban de mirarla y no mostraban la más mínima intención de retirarse. Luisa se sintió retada y excitada. En un arranque de inexplicable arrojo decidió no dejarse apabullar y en cambio pasó al ataque para ver quién cedía primero sí ella o los muchachos. Voltio su cabeza a su alrededor para asegurarse quien más estaba presente cerca de su mesa. No había nadie, solo observo que el mesero se encontraba a su costado derecho completamente “elevado” mirando sus tetas como si estuviera en transe. La primera camiseta que tomo y se puso al salir de la ducha era tipo T-Shirt de color blanco y con un estampado de una marca promocional en la espalda pero sin ninguna impresión en el frente. La camiseta era un regalo que le habían dado en una feria de alimentos y bebidas hacia un par de meses. Era tal vez una talla menor a la que ella normalmente utilizaba. Sus tetas quedaban apretadas contra la tela y si alguien se fijaba detenidamente podía observar la areola de cada uno de los pechos transluciéndose a través de la tela. Obviamente esto sucedía si Luisa no usaba sostén como era el caso en esa oportunidad. En realidad la mujer había salido sin ningún tipo de ropa interior, bajo la minifalda y la camiseta se encontraba completamente desnuda. Es de comprender que si no tuvo tiempo de ponerse panties mucho menos tiempo iba a dedicar a ponerse un molesto sostén, además no esperaba encontrarse con nadie esa tarde.

La impresión del mesero se debía a que la delgada y suave tela de la camiseta no tenía la estructura suficiente para garantizar que los erguidos pezones no resaltarán maliciosamente y que los pechos de Luisa parecieran con dos puntas para colgar cuadros.

Luisa al darse cuenta de que su público había crecido de dos a tres se excitó aún más. El flujo vaginal se hizo automáticamente más abundante y los pezones ya se observaban circundados por una corona de puntillos erectos alrededor de las areolas. Como no podía atacar en dos frentes al mismo tiempo, la excitada mujer opto po

r concentrase allí donde tenía un mayor número de “enemigos”. Dejaría que el mesero se defendiera como pudiera ó se encargaría de él después de salir del par de jóvenes.

Continuo comiendo y simultáneamente mirando como los dos tipos se acariciaban su respectivo bulto. Lentamente descruzó las piernas dejándolas cerradas por un par de minutos. Estaba segura que con la fuerte iluminación que tenía el salón donde estaban sentados, los muchachos podían ver sin ningún problema los abundantes pelos color rojizo de su muy bien acicalado pubis por el triángulo que formaban sus dos muslos y el borde inferior de la minifalda. En ese momento los dos observadores se miraron el uno al otro, hicieron un comentario inaudible para Luisa pero obviamente morboso y luego la miraron a ella directamente a los ojos, ofreciéndole una sonrisa que Luisa no pudo interpretar si era de gratitud ó de desafío. Su excitación la indujo a pensar que era lo segundo. Sin pensarlo dos veces la mujer empezó a abrir lentamente sus piernas. Mientras tanto seguía comiendo las costillas BBQ sin usar cubiertos y sin mirar la comida, sus ojos estaban clavados los bultos de sus vecinos del frente. Al abrir las piernas Luisa sintió como los jugos represados por sus muslos apretados corrían libremente y se depositaban en la parte de la minifalda que daba contra el asiento de la silla. Para entonces ya era tarde, la tela debía estar empapada y cuando se pusiera de pie iba a ser imposible ocultar y explicar la humedad de la prenda. Los muchachos no lo podían creer, eso no les podía estar pasando, tenían que estar soñando. Volvieron su atención atraídos por el movimiento de las piernas de Luisa. Sabían lo que esta pasando, una mujer mayor los estaba seduciendo. Sus caras se pusieron rojas, la velocidad de sus manos se incrementaba en la medida en que las piernas se abrían y la chocha de la mujer queda más y más expuesta a su descarado escrutinio. Luisa tampoco era indiferente a lo que pasaba. Cada vez estaba más cachonda y por lo tanto más mojada. Sentía unas ganas insoportables de acariciarse su vulva desnuda con su palma de la mano de arriba hacia abajo y viceversa. Era imposible, sus manos estaban empegotadas con la salsa de las costillas, además no estaba tan loca como para dar ese espectáculo, podía incluso ser arrestada por escándalo en la vía pública. Tuvo que contentarse con abrir sus piernas al máximo que le permitía su minifalda y subir la misma manualmente hasta casi donde sus muslos se pegaban al tronco. Tomo la mazorca y la metió en su boca imaginándose que era el pene de uno de los dos muchachos. Los granitos de la mazorca la impulsaban a meterla en su vagina para que la rugosidad del fruto frotara las paredes de su hueco. Sintió lástima y desesperación por no poderlo hacer allí mismo. Estas fantasías la llevaron al borde del orgasmo, sus piernas empezaron a abrirse y cerrase incontroladamente, sentía que su cuca se derramaba a chorros. Estaba a punto de ser vencida por sus dos observadores. De pronto y en forma coordinada, los dos muchachos saltaron de sus asientos y salieron corriendo al baño de hombres más cercano. El mesero, que había visto lateralmente toda la exhibición, se metió raudo tras el mostrador y se escondió debajo de una de las mesas de la cocina. Luisa sabía lo que estaba sucediendo ó a punto de suceder en esos lugares.

Luisa ya no pudo resistirlo más, con todas sus fuerzas disponibles evitó que el orgasmo la invadiera, se paró de la mesa y salió rápidamente rumbo al parqueadero donde había dejado su Montero. Si alguien la hubiera visto caminado hacia las escaleras habría notado que la mujer tenía húmeda su falda, un mojado que era una raya gruesa que bajaba desde la nalga hasta el borde de la falda.

Casi corriendo llegó al ascensor, afortunadamente estaba solo, estaba en el tercer piso y tenía que bajar hasta el sótano, en total un viaje de cuatro pisos. Tan pronto la puerta del aparato se cerro, Luisa subió su falda al máximo y con la palma de su mano derecha se agarró la cuca como tratando de parar los hilos de jugos que de allí brotaban. Su esfuerzo fue en vano. Por entre sus dedos seguía fluyendo la babaza aún en mayor cantidad que antes. El contacto de su mano con el clítoris hinchado, este ya sobresalía casi media pulgada por fuera de su capuchón de protección natural, la hizo doblarse de placer. Su

cara casi se estrella con los botones de ascensor. Ya no tenía más control. De pie, con la falda arriba hasta la cintura, las piernas bien abiertas y mirándose en el espejo, empezó a friccionar su mano derecha de arriba abajo y de abajo a arriba sobre su vulva henchida. Ya lo iba a lograr, sentir lo que hacía tantos años no sentía, gozar lo que desde hace tantos meses se había prohibido, se vendría como cuando era una adolescente desinhibida y despreocupada, estaba a punto de regresar quince años en el tiempo.

En ese momento el corto viaje de cuatro pisos terminó, el ascensor llegó al sótano y abrió sus puertas. En medio de un ataque de pánico y de conciencia Luisa sacó su mano de en medio de sus muslos, como una exhalación bajo su falda y sin subir la mirada rogó por que nadie estuviera frente a ella esperando para subir.

CUARTO CAPITULO

Esa noche la suerte estaba con Luisa, al subir la mirada no encontró a nadie frente a ella. El parqueadero estaba casi desierto, tan solo un par de carros estaban cerca al carro de Luisa y ninguno de ellos estaba al lado del Montero. Luisa estaba segura que se encontraba absolutamente sola en el sótano del parque comercial. Con su falda aún si bajar hasta su lugar natural y caminando rápidamente Luisa llegó a su carro, abrió la puerta y subió al puesto del chofer abriendo descaradamente sus piernas sin ningún recato para lograr montarse en su asiento. Si alguien hubiera estado cerca habría sido favorecido con un espectacular “flash” de la vulva de Luisa hinchada, enrojecida y empapada. Lamentablemente no hubo ningún afortunado voyeurista para disfrutar de esta gran oportunidad, o al menos de eso estaba segura Luisa.

Sentada en su carro en el puesto del chofer Luisa se tomo un par de segundos para confirmar que nadie estuviera cerca, miró alrededor del Montero, efectivamente no vio a nadie. Esto la relajó y estimuló aún más. En el estado en que se encontraba sabía que no lograría llegar hasta la privacidad de su apartamento, tendría que encontrar alivio allí mismo. Luisa se levanto ligeramente de su asiento, subió su minifalda hasta tenerla completamente enrollada alrededor de su cintura, volvió a sentarse, abrió sus piernas bronceadas hasta donde se lo permitió el habitáculo del vehículo, inmediatamente llevo su mano derecha hasta su vagina. La posó sobre sus labios y la dejó allí inmóvil por algunos segundos pero haciendo una suave presión sobre toda el área genital. Este cortísimo tiempo le pareció una deliciosa eternidad. Sus labios mayores, gracias a la humedad, empezaron a resbalar y a cubrir el dedo anular de la mano de Luisa, parecía como si tuvieran vida propia y estuvieran tratando de devorar los dedos largos y delgados de esa mano que los cubría.

Luisa tenía manos muy femeninas, de dedos finos y largos. Su piel blanca como el marfil resaltaba ante el color rojo que cubrían las uñas de cada dedo. Su profesión y su feminidad la obligaban a mantener sus manos en perfecto estado. Por ser una mujer muy activa, consideraba que las uñas largas le estorbaban, le impedían el libre movimiento, prefería tenerlas cortas como las de los hombres. Además creía que las uñas demasiado largas eran señal de vulgaridad y ordinariez en una mujer. Sus dedos permanecían día y noche adornados con elegantes anillos de plata, los de oro los mantenía guardados en su apartamento por temor a ser asaltada. Uno de estos anillos lo llevaba siempre en su dedo anular de la mano derecha, el anillo era ancho, como de una pulgada, cubría casi la totalidad de la falange del dedo, era rugoso pues su superficie mostraba en altorrelieve la figura de un caballo al galope.

Ese era justamente el dedo de Luisa que hacía más presión sobre los labios menores y el clítoris. En forma automática, natural y como siguiendo un instinto milenario, el dedo empezó a subir y bajar lentamente a lo largo de toda la rajadura de Luisa. La lentitud de movimientos no duró mucho, no podía durar mucho, Luisa estaba demasiado caliente como para tener paciencia. Necesitaba alivio y lo necesitaba rápido. Su mano entera estaba ya empapada. Con su mano izquierda, que hasta ese momento se había concentrado en pellizcar y halar cada uno de los pezones de sus masivas tetas, abrió completamente los labios de su vulva dejando el camino libre para que su otra mano atacara de lleno el erecto clítoris. Los dedos índice y anu

lar de la mano derecha se dedicaron a sobar la cabeza de clítoris en forma de movimientos circulares y verticales en forma alternada. Luisa subía y baja su pelvis buscando aumentar por todos los medios la fricción que estaba obteniendo de sus deliciosos dedos. Tomo la palanca del asiento y recostó el respaldar hasta quedar casi acostada. En esta posición tenía mas espacio, estaba mucho más cómoda. Había por completo olvidado que estaba en un lugar público. Abrió sus piernas aun más, subió su pierna derecha y apoyo el pie en el tablero del carro sobre la guantera, justo frente al puesto del pasajero. Su pierna izquierda la extendió al máximo apoyando el pie en el espacio libre entre la puerta y el pedal del clotch. Los dos dedos abandonaron las caricias sobre el botón de Luisa y guiados por una fuerza irrefrenable se introdujeron en la vagina que los pedía con desespero. Sus dos dedos por ser tan delgados no eran suficientes para calmar la angustia de Luisa. Sin pensarlo dos veces introdujo también su dedo cordial y con el pulgar sobaba su clítoris con el mismo compás con el que sus tres dedos penetraban la vagina. Su mano izquierda había regresado a encargarse de sus dos tetas. La camiseta ya estaba totalmente levantada y sus tetas brincaban libremente mientras su cuerpo se contorsionaba con el placer que estaba recibiendo. El movimiento de su mano y su cintura era ya frenético. Luego de unos tres minutos de estar en esta intensa actividad el cuerpo de Luisa empezó a convulsionar, su cabeza cayó hacia atrás siguiendo el mismo movimiento de sus ojos, la boca dejó salir un profundo gemido, “aaaaaaaaaaaaahhhhhyyyy”, casi un aullido que había estado reprimido en su interior por muchos años. Por fin el orgasmo había llegado y con él el alivio que Luisa tan urgentemente necesitaba. Fue un orgasmo largo, intenso, delicioso, total, como debe serlo después de tanto tiempo de autocontrol y abstinencia.

Luisa quedo desmadejada en su asiento con los ojos cerrados, con las piernas completamente abiertas y los senos al aire descansando plácida y confiadamente sobre su pecho. Su brazo y mano izquierda colgaban en el espacio que quedaba entre la puerta y el asiento, su mano derecha continuaba con los tres dedos metidos en el hueco y el pulgar reposaba tranquilamente sobre el botón de Luisa.

De pronto Luisa retomó conciencia de donde se encontraba y lo que estaba haciendo. Abrió sus ojos, cerro sus piernas, arregló la mini y bajó la camiseta para cubrir sus senos. Aún acostada miro hacia el techo del sótano, el cual no era visible estando sentada. Una sensación de pánico empezó a invadir su cerebro y a enfriar hasta el último centímetro de piel de su satisfecho cuerpo. Justo al frente de su asiento, empotrada entre el techo y la columna, mirándola fijamente encontró una cámara del circuito cerrado de T.V. de seguridad del parque comercial.

QUINTO CAPITULO

El encargado del circuito cerrado de televisión había recibido el mejor espectáculo erótico de toda su vida. Podía considerarse un hombre muy afortunado. Tuvo la suerte de captar en su cámara a una mujer desde que salía del elevador arreglándose su minifalda, se subía a su carro abriendo generosamente sus piernas, mostrando su chocha sin calzones protectores y luego entregándose a una desenfrenada sesión de masturbación en un sitio público. Si no fuera porque tuvo la idea de grabar lo que estaba observando, sus amigos de la guardia jamás le habrían creído esta historia.

La cámara captó tal nivel de detalle que hasta la matrícula del Montero quedó registrada.

Quince minutos más tarde Luisa estaba recogiendo a su hija en casa de su tía en el barrio Manila. Al entrar a la casa su tía noto algo especial en el semblante de su sobrina. “Estas radiante, parece como si hubieras rejuvenecido 15 años, pero también noto algo de angustia en tu mirada, que te ha pasado?” preguntó la tía. “Nada tía tal vez es que he estado recordando mis años de colegiala al ver los anuarios del colegio, eso fue lo que estuve haciendo toda la tarde”, mintió Luisa. “Pero entonces porque te ves como preocupada?” insistió la tía. “Es que me he dado cuenta de las maravillosas aventuras del colegio y de cómo ha cambiado mi vida, como me he perdido de experiencias enriquecedoras en los últimos años. He tomado la decisión de volver a disfrutar de mi vida aunque este sola”. “Me alegro mu

cho Luisa, eres una mujer muy bella que por voluntad propia se encerró en un mundo estricto y algo gris. Aprovecha tu juventud y tu belleza y ábrete al mundo, con seguridad serás una mujer más feliz y satisfecha contigo misma”. A partir de ese momento la vida de Luisa cambio radicalmente para “satisfacción” de ella y para gusto de sus vecinos, amigos, clientes y compañeros(as) de trabajo.

Luisa y Maria Antonia llegaron a su apartamento a eso de las 8:30 de la noche. La niña llegó derecho a tomar uno de sus juguetes favoritos y la madre a cambiarse de ropa y ponerse su pijama. Subió a su habitación y contrario a su costumbre abrió las cortinas de las ventanas de su cuarto. Allí se quito la camiseta quedando con sus senos expuestos, camino hasta el baño, entró al vestier tomó una pijama de franela compuesta por un pequeño y ajustado short y una camiseta también muy ajustada al cuerpo. Frente al espejo de su baño se quito la minifalda, la llevó hasta su nariz y la olió. El rastro de lo que había sucedido en el centro comercial era evidente a pesar que la humedad producida por su excitación ya se había secado. El aroma penétrate de sus jugos seguía estando allí. Su propio olor hizo que sus pezones volvieran a hincharse. Luisa se estaba excitando nuevamente y el saber que alguno de sus vecinos(as) la pudo estar observando mientras se cambiaba la hizo emocionar aun más. Le encantaba la sensación que esto le producía, le encantaba que la miraran y que se excitaran viéndola, como les paso a los muchachos y al mesero hacia apenas algunas horas. Sin embargo todavía no estaba completamente liberada de sus tabúes y pensó que no podía abusar de su cuerpo y que ya había sido suficiente por un día.

Ocupo su mente y su cuerpo en las labores de la casa esa noche; preparó la comida, lavó los platos, alistó las camas, sacó la ropa que se pondrían el día siguiente y organizó su agenda de trabajo para la semana que empezaba. En su agenda se incluían la visita a los compradores de dos grandes cadenas de almacenes, a tres tiendas de artículos de decoración, reunión con el gerente de la empresa que venia el jueves de la capital del país, visitas a cinco casas que deseaban cambiar la tela de sus muebles y cortinas y reunión en su “oficina” con dos decoradores de interiores muy prestigiosos. Iba a ser una semana ocupada por el trabajo. A esto habría que agregarle su ritual asistencia al gimnasio y al salón de belleza para arreglarse el cabello y las uñas de los pies y las manos.

Terminadas todas estas labores acostó a su hija y se recostó en su cama a ver televisión. Su cama estaba situada justo a la derecha de la puerta del baño. La cama originalmente estaba orientada de norte a sur, de tal forma que podía ver las ventanas del edificio del frente. Luego de su separación decidió cambiar la orientación de su cama de tal forma que ahora miraba de occidente a oriente. Así tenia una linda vista de las montañas que rodeaban la ciudad y de un edificio vecino a unos 80 metros. De este se podían ver las ventanas de un baño y una de las habitaciones de cada uno de los siete pisos. Frente a su cama y montado sobre un hermoso escaparate antiguo se encontraba el televisor de 29 pulgadas.

Recostada en su cama se dedicó a hacer un zapping por los 78 canales de su sistema de televisión por cable. Este era uno de los pocos placeres que le había dejado la separación de su esposo. Mientras estuvo casada tuvo que resignar el manejo del control remoto de la televisión a su marido. Era increíble, en tantos canales y no podía encontrar un solo programa que captara su atención.

Luisa se fue quedando lentamente dormida con la televisión prendida. A eso de las tres de la mañana empezó una película bastante erótica en Cinemax, canal que Luisa había dejado sintonizado en el momento de quedarse dormida.

La película trababa sobre una pareja de mujeres que insatisfechas por el descuido sexual de sus maridos empiezan a compartir confidencias y secretas confesiones como lo hacen las amigas. En una de las escenas las dos mujeres están sentadas una frente a la otra en la sala de la casa de una de ellas, conversando sobre sus fantasías sexuales. Una de ellas que tenía una falda bastante corta abre , como sin querer queriendo, ligeramente sus piernas, lo suficiente para que su amiga pueda clavar la mirada en sus panties de encaje transparente, a trav&

eacute;s de los cuales se insinuaba un espesa mata de pelos negros ensortijados. La mujer del frente al ver este espectáculo y ya caliente por la conversación de los últimos minutos, empezó a acariciarse suavemente sus pezones por encima de su blusa y su brassier. Al ver esto su compañera reaccionó abriendo completamente sus piernas exponiendo abiertamente sus muslos y calzones. Las caricias de la otra se hicieron más intensas y evidentes, tocándose las tetas con las dos manos metiéndolas ahora por debajo de la blusa. La de las piernas abiertas ya estaba tan caliente que llevó su mano izquierda hasta sus panties para hacerlos hacia un lado y poder usar su mano derecha en acariciar los labios mayores de su vulva. Su descuidado y enmarañado pelambre ya estaba completamente ensopada por sus jugos vaginales. Esto disparó un toma y dame de masturbación entre las dos mujeres, cada una en si asiento acariciándose y metiéndose dedos para que la otra disfrutara del espectáculo. Los gemidos de las mujeres en la película y los acontecimientos vividos por Luisa el día anterior hicieron cambiar los, hasta el momento, cándidos sueños. Más que soñar, su subconsciente volvió a revivir las experiencias eróticas vividas en sus años de colegiala. Parecía como si estuviera viviendo las situaciones nuevamente.

Acostada sobre las cobijas, boca arriba con las piernas ligeramente abiertas como formando un número cuatro, producto del movimiento de su pecho y sus caderas, dormía profundamente y gemía muy suavemente “uuuummmmmhh”, Luisa llevó su mano derecha hasta su bajo vientre. Sin dar espera la introdujo por debajo del resorte del calzón de su pijama y sus dedos cubrieron la totalidad de su ya mojada vulva. Qué estaría recordando Luisa que la estaba excitando de aquella forma?

SEXTO CAPITULO

Luisa tenía entonces 17 años.

Cursaba cuarto de bachillerato en un colegio de monjas muy tradicional de la ciudad. Sobra decir que el colegio era exclusivamente femenino. A pesar de lo anterior, las chicas que allí estudiaban habían criado “mala fama” hasta llegar al extremo de hacer conocer su colegio con el apodo de “la zorridencia”.

Luisa era una muchacha vivaz, alegre y poco preocupada por sus estudios. Su prioridad eran sus amigas y su novio. El muchacho de nombre Carlos era estudiante universitario. Tenía 23 años y vivía con su abuela lejos de la casa de sus padres. Se conocieron gracias a que una de las mejores amigas de Luisa era prima de Carlos.

Fue amor a primera vista y pasión instantánea. El noviazgo duró cuatro años que estuvieron llenos de aventuras sexuales que casi enloquecieron a la pobre Luisa una vez la relación terminó.

Era con una de estas aventuras con la que estaba soñando Luisa mientras se acariciaba en sueños tendida en su cama.

Como era casi rutinario, Carlos llegó a visitar a su novia a eso de las 5 de la tarde luego de terminar su jornada en la U. Ella lo recibió con su uniforme de colegiala, falda a cuadros (bastante alta para el gusto de la monjas pero muy larga para el gusto de Carlos) y pechera con cargaderas sobre una camisa blanca, medias blancas hasta la rodilla y zapatos colegiales color verde. Luego del beso de rigor y la apretada de nalgas antes de entrar Carlos se dirigió a saludar a su suegra para después instalarse en el cuarto de la televisión, sitio donde usualmente empezaban las visitas. Allí Luisa se sentó al lado de Carlos en el sofá, muy cerca de él, ya estaba un poquito caliente gracias al saludo del novio. Carlos, que ya conocía la reacción de su novia, rápidamente le pasó su brazo derecho por encima de los hombros de Luisa y dejo caer descaradamente se mano sobre la tetica derecha de la muchacha (en esa época las tetas de Luisa no habían alcanzado el hermoso tamaño que adquirieron luego del embarazo de Maria Antonia). Luisa dio en pequeño salto de sorpresa pero hizo nada por quitar esa mano de su pecho. Se limitó a observar fuera de la habitación para confirmar que su madre no estuviera cerca y a pegarse aún más a su novio. La mano de Carlos estaba pellizcando el pezón de Luisa por encima de la camisa, hay que aclarar que desde muy joven sus pezones eran grandes y muy sensibles, en su madurez lo seguían siendo. Luisa entonces cruzó las piernas fuertemente apretando así su clítoris (“mi pepita” lo llamaba Luisa a su centro de placer). Ya Carlos había avanzado un poco más y había desabotonado

dos broches de la camisa de Luisa y había metido por allí su mano. Ahora apretaba toda la teta pero aún por encima de brassier. Luisa ya emocionada llevó su mano por debajo de la camisa y se subió el sostén dejando vía libre a la mano de Carlos la cual recorría hambrienta toda la teta desde su base hasta el erecto pezón. Luisa en medio de su excitación cerro los ojos y se dedicó a disfrutar el momento. Era ahora Carlos el responsable por vigilar a su suegra que se encontraba en la habitación matrimonial justo al lado del cuarto de la TV. Cualquier gemido ó movimiento brusco los podía delatar, este ingrediente hacia aun mas emocionante y excitante la manoseada que le estaban dando a Luisa.

De un momento a otro Carlos retiró su mano como un rayo y segundos después pasó la suegra por el frente de la puerta. Se habían salvado por un pelo. Carlos entonces le indicó a Luisa que se sentara en la silla que había al frente del sofá donde ellos estaban. La visión desde fuera del cuarto sobre esta silla estaba bloqueada por la pared que daba al corredor principal de la casa.

Luisa ya sabía lo que tenía que hacer y se sentía segura y tranquila para hacerlo. El único riesgo era la visión perfecta que tenían los vecinos del edificio del frente sobre esa silla. A la muchacha parecía no importarle esto su prioridad era seguir con el juego, darle gusto a su novio y finalmente y si no había ningún problema, rematar la noche con un intenso orgasmo. Orgasmo que estaba construyendo desde el momento en que Carlos la beso al llegar a casa.

Luisa se paró del sofá, se arregló el sostén y los botones de la camisa. Caminó lentamente hasta la silla. Estando parada al frente de la silla se volteó mirando a Carlos. Tomo con las dos manos la falda de su uniforme y lentamente la fue subiendo hasta que aparecieron sus calzones de algodón blanco. En esa época no se usaban las hermosas tangas brasileras ni los atrevidos hilos dentales. Eran unos calzones tipo bikini completamente blancos, sin estampados, bordados ni adornos de ningún tipo. El único adorno que tenía a Carlos a punto de correrse allí sentado era una mancha oscura en la parte donde se juntan las piernas de Luisa. Era la tela ya empapada por los jugos de Luisa que al volverse transparente por la humedad dejaba descubierta el pubis de Luisa que jamás había sido motilado ó depilado. Su pelambre se había acumulado allí desde que aparecieron los primeros pelos enroscados como un resorte. Desde entonces cada año se había vuelto más frondoso, agreste, e inexplorado. Luisa estaba encantada mirando el bulto de Carlos y como este se lo tocaba y acomodaba tratando de no mojar la tela del pantalón. Con una mano Luisa seguía manteniendo su falta arriba y con la otra empezó a tocarse la cuca por encima de los calzones. Obviamente esto causó que el parche húmedo se esparciera por casi todo el frente de sus calzones. Estaba ya metiendo sus dedos por el resorte inguinal del calzón para retirarlo hacía el lado del muslo derecho para que Carlos le pudiera ver la concha sin tapujos cuando oyó los pasos de su madre. Instantáneamente soltó la falda la cual cayó hasta su altura natural ( más o menos 10 centímetros por encima de sus rodillas) y tomo asiento con las piernas cruzadas como una inocente señorita. Los dos disimularon cuando la madre entró al cuarto y les ofreció si querían tomar el “algo”, eran ya casi las seis y media de la tarde. Los dos se apresuraron a decir que no querían nada. En realidad lo único que necesitaban era que los dejaran solos. La suegra dijo entonces que se dedicaría a preparar la comida pues en unos 30 minutos llegaría el jefe del hogar y la cena tenía que estar lista.

La cocina quedaba casi a la entrada del apartamento y bastante retirada del cuarto del la TV. A Luisa le brillaron los ojos de felicidad y malicia. Tan pronto se oyeron los primeros sonidos de platos y ollas en la cocina, Luisa descruzó las pierna y las mantuvo cerradas apretadamente (la presión sobre su “pepita” la mojaba a chorros y eso le fascinaba) hasta que su novio con una seña de sus dedos le indicaba que empezara a abrir lentamente las piernas. Luisa obedecía complacida, lentamente abría sus muslos blancos como el marfil para dejar ver la punta inferior de la mancha negra de sus calzones mojados. Luisa se levantó un poco de la silla, subió su falda y se volvió a sentar de forma que sus nalgas y muslos estuvieran

en contacto directo con el cuero de la silla. El calor del cuero sobre su piel la encendía aún más y en esta forma evitaba mojar el uniforme que tendría que usar nuevamente al día siguiente. En esta nueva posición Luisa levantó su falda hasta tenerla enrollada en su cintura. Sus piernas completamente desnudas de no ser por las medias blancas de algodón que le llegaban casi a sus rodillas y sus calzones transparentes estaban ya a la entera disposición para el disfrute de Carlos. Luisa poseída por el demonio del morbo erótico abrió completamente sus muslos, levantó su pierna derecha y la montó sobre el brazo de la silla. Carlos se levantó de su puesto y se acerco lo máximo posible sin llegar a tocarla. Podía ver como una colección de pelos rebeldes salía por entre los bordes laterales de los panties de su novia. Acercó su cara a la humedad de Luisa y con su nariz absorbió una bocanada del aroma a queso rancio que emanaba de aquella vulva excitada. Casi en transe, Carlos metió su mano entre sus blue jeans y cogió su miembro para acariciar su cabeza hinchada y a punto de explotar. Viendo esto Luisa llevo su mano derecha hasta su cuca y utilizando solo el dedo anular (el más largo de su mano) frotó sobre la tela desde el punto donde se iniciaba su raja en la parte baja de su vientre hasta el sensible agujero de su ano, de arriba a abajo y de abajo a arriba con ritmo sostenido y presión constante. Ya se podía observar desde el sofá de Carlos como brotaba liquido por entre le tela del calzón. Los ojos de Luisa tenían ya la mirada perdida típica de las mujeres excitadas al máximo. Con su mano izquierda retiró los calzones para ese mismo lado y con sus dedos de la mano derecha rozaba, apretaba y pellizcaba sus labios mayores, los menores y su “pepita” que ya tenía el tamaño de un borrador de notario. Estaba aumentando el ritmo y la velocidad de su mano en forma frenética, su pelvis se movía de arriba abajo como queriendo tragarse esos dedos mágicos, sus ojos ya estaban cerrados y su boca abierta, estaba a punto de venirse a chorros sobre esa silla.

En ese mismo instante sonó la puerta de la calle que se abría y luego cerraba. La voz profunda se escuchó por toda la casa “YA LLEGUE FAMILIA”. Luisa quedó paralizada, en un segundo saltó de la silla y corrió al baño de las visitas que se ubicaba justo frente a la puerta del cuarto donde ellos estaban. Entró al baño cerro la puerta y se oyó el correr del agua del lavamanos al abrir la llave. En cinco minutos salió Luisa a saludar a su papá como si nada hubiera estado pasando. Su uniforme perfectamente arreglado, su cara lavada y fresca y una sonrisa que encantaba a su padre. Curiosamente en uno de los bolsillos de su uniforme se notaba un pequeño bulto que antes no tenía.

El padre entró al cuarto de la TV y Luisa le saltó encima y le dio un beso y un abrazo, Carlos lo saludo amablemente pero cuidándose de no ofrecerle la mano y los tres se sentaron a ver las noticias. Eran ya la 7:30 de la noche. Quince minutos más tarde la madre estaba llamando a todos a la mesa, la cena estaba lista.

En la mesa el padre se sentaba en la cabecera, la madre el lado del esposo y Luisa y Carlos uno al frente del otro en lados opuestos de la mesa. Luisa hervía por dentro aunque por fuera aparentaba completa frialdad. Cuando ya todos estaban concentrados en su plato de comida, Luisa se quitó un zapato y con los dedos de su pie derecho empezó a molestar el bulto que su novio todavía tenía duro entre las piernas. Carlos y Luisa comían normalmente y nadie podía sospechar lo que sucedía bajo la mesa. El único cambio en Carlos es que su cara se puso un poco más roja de lo normal. Su suegra lo noto pero él lo explicó por el calor de la sopa que le había servido. Así siguió toda la comida hasta que por fin todos terminaron y los padres se dedicaron a recoger la losa y a lavarla en la cocina. Luis y Carlos fueron los últimos en levantarse de la mesa.

Tomados de la mano se dirigieron a la habitación de Luisa que permanecía con la puerta abierta (para evitar malas interpretaciones de los padres de Luisa) mientras ellos estaban dentro. Como era ya costumbre, Carlos se recostó en la cama al lado derecho. El lado izquierdo pegaba contra la pared del cuarto. Luisa permaneció de pie, camino hasta el lado de Carlos y pego sus rodillas contra el borde de su cama. Mirando fijamente a su novio a los ojos abrió sus piernas y flexionó un

poco las rodillas. Sin decir ni una sola palabra Carlos entendió la invitación que le habían pasado en bandeja de plata.

Con su mano derecha el novio acarició inicialmente la pantorrilla de la muchacha, de una pierna primero y después la otra. Subió hasta las rodillas y allí se entretuvo unos segundos eternos sobando la parte trasera de cada rodilla. Con los ojos cerrados y la boca apretada Luisa pedía a gritos que la mano de Carlos siguiera escalando y que pronto llegara a la ansiosa cima. La mano continuo su camino inexorable hasta la fuente de calor que emanaba entre ese par de columnas de marfil. Cuando la mano llegó a la redondez del muslo encontró una coqueta gota viscosa que baja lentamente rumbo al suelo o a las medias de algodón de Luisa. A medida que más subía la mano la gota se convertía ya en un mojado más grande. De un muslo la mano pasó al otro, también encontró la misma humedad. Luisa daba la impresión de estarse derritiendo por cuotas. Finalmente la mano llegó a la meta. Carlos recibió una gran sorpresa, la vulva de Luisa no estaba protegida por nada, estaba al aire libre. La muy cachonda se había quitado los calzones cuando entró al baño, los guardó en el bolsillo de su uniforme y tomó la cena con su cuca peluda rozando contra el forro rugoso del asiento del comedor. Con razón lo molestó tanto durante toda la comida. La tela del mueble la estuvo acariciando durante la hora que se demoró en el comedor y sus padres tan inocentes.

Cuando Luisa sintió su contacto involuntariamente dobló sus rodillas y casi cae sentada al suelo. La chocha de la muchacha parecía una sopa bien aliñada. La mata de pelos chorreaba liquido vaginal de un olor entre dulce y amargo, penetrante y salvaje. Luis insertó en la vagina de Luisa primero el dedo anular hasta la primera falange y luego añadió al ataque su dedo índice, también solo hasta la primera falange. Se cuidaba mucho de no ir más allá puesto que Luisa era virgen y no quería romper su himen con los dedos. Mientras los dos dedos entraban y salían con mucho cuidado la cuca de Luisa, el dedo pulgar de la mano de Carlos se encargaba de frotar en forma circular el clítoris. Este masaje tenía enloquecida a Luisa que ya movía sin control su cintura tratando de alcanzar el clímax que había construido durante toda la tarde. La mano de Carlos chorreaba liquido por entre sus dedos y baja por su muñeca hasta su antebrazo. Cuando Luisa parecía estar llegando, Carlos retiró su mano como un rayo y la metió en el bolsillo de su pantalón. Luisa dio un brinco y simuló estar tomando un libro de su pequeña biblioteca, segundos más tarde pasaron sin mirar adentro los padres rumbo a su alcoba.

La pobre muchacha ya había llegado al desespero ya no aguantaba más. Tan pronto sintió que sus padres cerraron la puerta de su habitación para ponerse la pijama, Luisa corrió a su closet. El mueble estaba justo enfrente de la cama donde estaba acostado Carlos. Abrió una de las puertas bloqueando así la vista desde el exterior de la puerta de su cuarto. Se sentó en el suelo, flexionó sus piernas abriéndolas completamente, subió su falda hasta su cintura. El pelambre negro estaba inundado, hinchado parecía tener vida propia, casi palpitaba. Luisa tomo su mano izquierda, separó sus labios mayores y menores dejando al clítoris como un pequeño pene saliendo ansioso por entre los pelos mojados. Con sus dedos índice y anular de su mano derecha tomo el clítoris y lo jaló suavemente. Cerro los ojos, hecho la cabeza para atrás y a toda velocidad con las puntas de los cuatro dedos de la misma mano friccionó su “pepita”. Mientras tanto su mano izquierda estaba concentrada en jalar y apretar el hinchado pezón de su teta izquierda. En pocos segundos Luisa estaba casi convulsionando, por fin había llegado el tan trabajado y frustrado orgasmo. Carlos maravillado vio como Luisa levantaba su pelvis, metía tímidamente su dedo anular en su vagina, apretaba los dientes y de su boca salía un “aaaaaaaaaaggggggghhhhhhh”. Luego cayó desmadejada con sus piernas abiertas y su dedo aún metido parcialmente en su huequito.

Mientras tanto Carlos mostraba ya una impertinente mancha de humedad en su pantalón al lado de su bragueta. Si los suegros lo llegarán a ver sería muy difícil explicar el origen de esa mancha. Se paró de la cama, ayudó a levantar a su novia, le dio un apasion

ado beso en señal de agradecimiento por el espectáculo ofrecido y salió raudo rumbo a su casa. No es difícil imaginarse lo que allí sucedió a su llegada.

CAPITULO SEPTIMO

En un próximo aporte.

Autor: Anonimo

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