Imágenes de un sueño

Ahí estaba, tan hermosa como siempre, tan imponente como nunca, tan sensual y elegante como la noche fresca y estrellada que muchas veces me abrazó. La veía desde lejos y usted ni cuenta se daba de que yo estaba ahí, admirando su silueta, mordiéndome los labios cada vez que sonreía. El tiempo no existía, solo usted, que departía alegre entre amigos y una mesa donde servidas las copas y la charla alegre, aliviaban el cansancio de una vida larga y ajetreada.

No dejaba de verle, no podía dejar de verle, pues para mí era una experiencia única e irrepetible, tan intensa y tan personal que no tenía comparación con ninguna otra que haya vivido. Un peinado suelto, apenas ordenado por un discreto prendedor, un cabello entre negro y castaño que enmarcaba su bello perfil. La blancura y palidez de su tersa piel, contrastaba con las sombras y la media luz del lugar. Enfundada en un negro y entallado vestido corto que dejaba ver la mitad de unos muslos blancos largos, que de no ser por el mantel de la mesa que los escondía, hubiera enloquecido mi mente y condenado mi alma.

Terminaban sus finas piernas en un par de zapatillas altas y negras. Maldito vestido que se escurría desde sus hombros hasta sus muñecas. Maldito vestido que descaradamente abrazaba su cintura y acariciaba la redondez de su baja espalda. En el escote y hombreras una transparencia que sensual que pícaramente dejaban entrever el hermoso par de senos que rebosantes descansaban en un delicado brassiere finamente confeccionado con encaje.

El movimiento de sus manos, que semejaban una danza que desencadenaba mis más bajos instintos y que con expresiones suaves acompañaban al resto de su lenguaje corporal. Sus labios con un brillo elegante eran el sustento de aquel cuadro artístico que yo admiraba. Una sonrisa que asomaba alegremente y su voz única e irrepetible que desprendía música para mis oídos. Unos ojos gitanos, grandes y serenos, con pestañas largas y negras, la mirada profunda y sensual, que enseñaba dentro de sí el brillo cautivador y desafiante de un alma entre refinada y salvaje.

Percibí el aroma inconfundible de su piel, que era acariciada por un enervante perfume que desprendía notas suaves y temperamentales que fueron capaces de hundirme en un pensamiento sexual y bello donde usted era la estrella principal de mis deseos. Todo era usted, nada más existía. Fuertes y excitantes emociones me hicieron sucumbir y arrastrarme en mis más bajas pasiones,

la lujuria encarnada en mi deseo, solicitaba deshacerme de ese pesar que significaba la distancia entre usted y yo. El conflicto, la guerra interna entre poseerla y sentirle ajena fue lo que me hizo despertar. A saber que fue la mejor noche de mi vida, el mejor recuerdo efímero e irreal que tendré de usted y que por muchos años me habrá de acompañar. En la ancianidad, y cuando los años se lleven la memoria, no sabré si fue real o solo el mejor sueño que tuve en toda mi vida.

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