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INCESTO, MI MADRE Y MI HERMANO

29 de noviembre de 2008

Ahí estaba yo trepada en el último peldaño de la pequeña escalera, pero cuya altura era suficiente para mi tarea de acomodar esas cortinas en la amplia ventana del living de nuestra casa Era un día radiante y la luz inundaba sin piedad el amplio espacio.

Me sentía feliz, liviana, alegre, porque el verano siempre ocasionaba en mi esa sensación de vitalidad joven que parecía recorrer todo mi cuerpo. Bueno, no todo era efecto del verano. En realidad en esa época tenia yo 21 años y toda la primavera parecía haber florecido en cada parte de mi cuerpo haciendo acudir a mi ese sentido de lo provocativo, de lo desafiante y de lo trasgresor que tanto parecía irritar a mi madre.

Me había trepado en la escalera con toda la premeditación posible de modo que mi trasero quedara calculadamente a la altura de los ojos del muchacho que la sostenía. Yo quería que fuese así, pues permanentemente encerrada en mi casa bajo la atenta vigilancia de mi madre, era bien difícil que mi cuerpo fuese admirado por hombre alguno como era mi deseo, pues yo estaba orgullosa de mi condición de mujer y no era mi idea guardar mis atributos en el aislamiento casi monacal de nuestro hogar.

Incliné la cabeza y pude ver que estaba logrando mi objetivo. El muchacho mantenía su mirada drásticamente fija en mi trasero que cubierto por mi falda verde se movía lentamente a veinte centímetros de sus ojos.

Yo me sentía por fin mirada y admirada y mi cuerpo parecía responder a ese estimulo en forma casi pensante. Podía percibir en forma táctil la redondez divina de mis nalgas presionando diabólicamente la fina tela de mis calzones, deslizándose por sus valles y adentrándose en la hendidura con la facilidad que le brindaba mis intencionados movimientos. Yo sentía mi trasero recorrido por la mirada quirúrgica del muchacho que en silencio parecía disfrutar de lo que yo le brindaba y esa sensación de ser devorada por la mirada de un hombre me parecía subyugante y llena de infernales atractivos porque no me importaba para nada que ese muchacho fuese mi hermano un año menor que yo.

Me habría gustado saber cual era el efecto que sobre el muchacho producía lo que yo le estaba brindando. Porque en referencia a las respuestas masculinas yo era una mujer totalmente ignorante. Solo sabía que sufrían erecciones, pero a mi me interesaba saber el equivalente masculino a lo que yo estaba sintiendo. Me habría gustado haberle preguntado, pero jamás habría podido imaginar una conversación de ese tenor con mi hermano, al menos no por iniciativa mía y él era particularmente retraído y taciturno.

En estas reflexiones estaba en lo alto de la escalera cuando sentí el contacto de su mano entre mis muslos. Fue un contacto suave y cálido que me dejó paralizada, porque era la primera indicación que una forma primaria de comunicación estaba logrando con él, aunque existía la posibilidad que este contacto fuera únicamente un accidente, algo casual. Pero no fue así.

Su mano se había detenido casi en la mitad de mi muslo derecho, como esperando una reacción mía que quizás el podría haber esperado como de violento rechazo. Era lo que cabria esperar considerando la forma como habíamos sido educados por nuestra madre. Pero como yo no me moviera, en medio del silencio acalorado de esa tarde de verano, su mano comenzó a ascender lentamente por mi muslo mientras yo sentía encenderse muy en el centro de mi vientre una hoguera palpitante que me habría un camino de sensaciones arrebatadoras y desconocidas.

Yo había soltado las cortinas que habían caído al suelo y sin poder moverme de la escalera sentí arrobada como su mano alcanzaba la altura de mis nalgas y describía un perturbador circulo exploratorio por la superficie de mi trasero, aplicando sobre él una presión que ahora percibía como francamente intencionada y cuando yo esperaba que esa mano divina se aventurara bajo mi pequeña prenda íntima, él la retiró casi en forma violent

a y como a manera de explicación murmuró.

- Tengo que ir al baño- y abandonó presuroso la habitación.

Cuando descendí de la escalera alcancé a percibir la figura de mi hermano entrando al cuarto de baño y cerrar violentamente la puerta.

Dejando las cortinas desordenadas en el suelo caminé lentamente por el pasillo hasta situarme junto a la puerta del baño. No sabía si hablarle o preguntarle algo. Un silencio profundo invadía la casa, Yo sabía que estábamos solos y una curiosidad casi malsana por saber lo que mi hermano estaba haciendo en el interior del baño me había invadido. Yo estaba segura que eso tenía que ver directamente con su actitud de tocarme. Pensaba que seguramente él habría de estar masturbándose, evocando las caricias que me había hecho, pero no tenía claro nada acerca de la forma de cómo se practicaba esa ceremonia masturbatoria.

Imaginaba una erección grande, y su mano accionando de alguna manera sobre su miembro que pensaba descomunal. Me acerqué a la puerta del baño lo más que pude y creí percibir una respiración agitada, y luego un jadeo rítmico, casi como un quejido ronco y aunque nunca había visto el miembro de un hombre, creía imaginarlo encendido, rojo, duro y palpitante en la mano derecha de mi hermano, que quizás se cansaría por momentos y seguiría su operación con su mano izquierda, lo que lo hacía encenderse más para volver luego a la mano derecha.

Esa mano que me había acariciado los muslos y que había recorrido mis nalgas por sobre mis calzones y que se habían deslizado hasta mi raja sin atreverse a entrar y mientras seguía escuchando su jadeo acompasado me di cuenta que mi sexo latía de profundo con el mismo ritmo y que mis pezones me dolían dentro de mi sostén y mi respiración también se hacía agitada como la suya y que yo ya no podría apartarme de esa puerta.

Un dolor extraño pareció originarse en el fondo de mi, un dolor placentero e imaginé que ese ronco respirar de mi hermano era la señal de que estaba expeliendo su semen, porque yo sabía que en ese terminaba la masturbación de los hombres y que en ese mismo momento él lanzaba un inmenso chorro blanco y espeso como yo había leído en una revista, y el líquido blanco salía con fuerza de la cabeza de su miembro, seguramente azotando la puerta del baño o quizás corriendo por sus muslos que estarían mojados como parecían estar los míos sin atreverme yo a tocarlos y como en ese momento pensé que podría abrir la puerta me escapé rápidamente hasta mi cuarto.

El resto de esa tarde no vi a mi hermano. Tuve la sensación que él no quería encontrarse conmigo y la verdad tampoco yo quería verlo. Pero esto era únicamente en la forma por cuanto la experiencia que había vivido me había sido muy perturbadora y el recuerdo de sus interrumpidas caricias más lo que había escuchado en el baño habían alterado la forma como percibía mi cuerpo, así que estaba como fugada de lo que acontecía en la casa, totalmente ensimismada en mis evocaciones y yo pensaba que a él le pasaba lo mismo.

Esta alteración habría de durarme hasta la noche y me sentía cada vez más inquieta, de modo que fue muy poco lo que pude dormir, pues mi única preocupación era encontrar la forma de recorrer la parte de camino que me faltaba.

Me levanté temprano en la mañana y cuando mi hermano estaba en el baños me introduje en su cuarto. No sabía bien lo que yo andaba buscando. El corazón me latía fuerte cuando estuve junto a su cama que aún estaba caliente. Levanté lentamente los cobertores y pude ver una gran mancha húmeda sobre su sábana con una forma extraña parecida al relieve de un mapa. Un olor pastoso parecía emanar de la mancha y me imaginé que era el producto de una gran expulsión de semen.

Seguramente mi hermano se había masturbado pocos momentos antes. Pasé la mano sobre la mancha y el líquido aún pegajoso impactó mi mano humedeciéndola. La llevé a mis narices y aspiré ese aroma perturbador que hizo latir mi sexo y entonces me fui inclinando suavemente hasta besar la mancha y luego enardecida comencé a succionar la sábana agitando mi rostro sobre ella para impregnarme de ese olor y ese sabor que me parecía atr

activamente prohibidos.

Ese olor excitante habría de acompañarme el día completo. Estaba impregnada de olor a sexo, de perfume a hombre y mi cuerpo entero parecía estar esperando una señal que me orientara, porque solo en forma confusa me atrevía a admitir lo que me estaba pasando. Esta señal solamente me llegó al final de día luego de la cena.

Mi madre se había despedido para irse a acostar y cuando yo me disponía a hacer lo mismo mi hermano caminó rápidamente hacia donde yo me encontraba y abrazándome desde atrás englobó mis pechos en sus manos y apretándose me hizo sentir la dura presencia de su miembro duro y dilatado presionando sobre mis nalgas.

Me retuvo un momento así y luego se encaminó a su cuarto. No me dijo nada y en realidad cualquier cosa que me hubiese dicho habría estado completamente demás pues ese abrazo significaba para los dos más que miles de palabras.

Ahora me había relajado. Mi mente se me hizo clara, mi cuerpo estaba dispuesto y ambos sabíamos con una claridad deslumbrante lo que ahora sucedería y los dos estábamos dispuestos a cruzar la frontera, sobre todo yo.

Despierta en mi cama, dejé transcurrir un par de horas hasta estar segura que el silencio y la oscuridad reinaban en la casa. Durante ese periodo mi cuerpo se fue poniendo a tono con las circunstancias que quería vivir. Mi piel se había tornado suave, mis pechos se habían inflamado de deseo, mi sexo latía rítmicamente como si un reloj erótico se me hubiese instalado en el vientre y sus pulsaciones me estremecían entera.

Entonces cuando la temperatura de mi piel parecía encendida, comencé a caminar lentamente desde mi cuarto al suyo completamente desnuda, mientras mis muslos deslizaban uno sobre el otro desencadenando corrientes excitantes que llegaban hasta mis rodillas a punto de doblarse.

Con cada paso que daba hacia ese final esperado, iba imaginando lo que le estaría sucediendo a mi hermano allí en esa cama, en la que me esperaba y en la cual me había apoderado de su húmedo aroma: imaginaba su miembro tenso, duro y extendido, trataba de imaginar su grosor y su consistencia, su venas hinchadas y sus latidos preparándose para entrar en mí para destruirme de placer y mientras pensaba esto iba percibiendo como los labios de mi sexo se separaban abriendo un delicioso hueco por donde entraría él para sellar nuestra unión prohibida y deseada.

Mis pezones me dolían y mis pechos apuntaban hacia la puerta que debería cruzar para caer en sus brazos. Solamente escuchaba el latir de mi corazón retumbando en mi cabeza y luego a la entrada de su cuarto el jadeo que le había escuchado en el baño y pensé que se estaría masturbando para estar aún más caliente para recibirme. Me detuve un momento para deleitarme escuchando su respiración rítmica y anhelante y pude percibir, ya dentro del cuarto, sus quejidos ahogados seguramente ocasionados por la tensión de su miembro, quizás habría de dolerle un poco, pero yo lo compensaría llenándolo de mis suavidades.

Entré en el cuarto, él debería estarme viendo y me desnudez lo tendría impactado. Percibí que se quejaba y esos quejidos se me hicieron cada vez más nítidos, más fuertes y más violentos. Parecía revolverse en la cama agitándose con violencia y en medio de la penumbra vi como se agitaba en la cama y en ese momento un grito de placer y de espanto atravesó la oscuridad al momento que la luz del cuarto se encendía.

Nunca olvidaré el rostro de placer demoníaco de mi madre, de espaldas en el lecho mientras con sus muslos hermosos abrazaba el cuerpo de mi hermano que parecía incrustado en su vientre. Se agitaban como un animal mitológico en medio del paroxismo del deseo. Mi madre me estaba mirando, pero parecía incapaz de detenerse. Estaba embriagada por el placer, cautiva en un paraíso prohibido y subyugante en el cual seguramente se sentía la emperatriz del deseo para la cual todo estaba permitido.

Mi mente quedó en blanco y dejé de pensar. Me habían clavado en el suelo y así como mi madre no podía dejar de mirarme yo era incapaz de moverme, de modo que ella siguió en el paroxismo de su orgasmo mientras yo, detenida en el tiempo, sentía como mis rodillas terminaban de doblarse para caer lentamente hacia el suelo donde un descomunal orgasmo que se venia desgranando en mí desde hacía largo tiempo, termi

nó por destruirme hasta la última fibra en medio del placer más descomunal del que tengo recuerdo.

Autor: Vinka

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