No todas las parejas son como las “tradicionales”. Existen parejas con un estilo de vida diferente. El intercambio de pareja o swinging incluye un amplio rango de actividades sexuales realizadas entre parejas.

Cepillando a la madre y a la hija

Introduje mi pene en su precioso culo, luego saqué mi polla de su interior y lo metí en su vagina, gemía sin parar, lamía sus pechos  y mordisqueaba sus pezones, me pidió que acabe en su boca, y así lo hice, luego se montó sobre mí, tomó mi pene y lo introdujo en su vagina, yo acariciaba sus pechos y ella se movía sin parar, anunció su orgasmo y cuando lo tuvo, se dejó caer sobre mí.

Esto que les voy a contar me pasó hace ya unos 3 años, pero recién ahora se me ocurrió escribir y contarlo, para que la gente sepa que el sexo no es pecado. Así que ahí les va:

Todo empezó cuando un amigo me llamó por teléfono y me invitó a una fiesta que daba en su casa esa noche, yo accedí al instante y salí hacia allá. Ya en su casa, me presentó a todos los invitados, pero quedó sin presentarme a una mujer muy especial. Y digo muy especial porque ni bien me acerqué para presentarme, por mi cuenta, se lanzó sobre mí diciendo que se había caído. Estuvimos hablando horas enteras hasta que fui a la toilette.

Cuando estaba por salir de allí se apago la luz, era ella, había entrado sin que me diera cuenta, apoyó un dedo sobre mis labios y me pidió que no dijera nada, luego se arrodilló, desabrocho mi pantalón y comenzó a lamer mi pene. Nunca me habían chupado el pene con tanta suavidad. Lo lamía, se lo introducía todo en la boca, hasta la garganta. Así hasta que acabé. Entonces se paró, se levantó su larga pollera, corrió, un poco, su bombacha y me pidió que se lo metiera por atrás, porque era fanática del sexo anal.

Y así fue, la tomé por la cintura y se la metí hasta el fondo de su culo hasta que se me ocurrió tocar su vagina y me encontré con otro pene. Acabé, justo, en su culo y luego la saqué, me vestí y le dije que esas cosas a mi no me gustaban.

El/ella se disculpó y me dijo que se llamaba Fabio, me pidió que lo acompañe hasta su casa, porque tenía a alguien a quien coger, pero él no quería hacerlo. Inmediatamente sacó, de su zapato, una foto de una mujer de 41 años de edad, aproximadamente. Era su esposa y quería que la cogiera. Miré la foto, era muy linda, y acepté cogerla.

Fuimos a su casa, y cuando llegamos, su mujer estaba acostada en el sillón con una bata que apenas le cubría el cuerpo. Era más linda que en la foto, y a mí ya se me había parado, otra vez, la pija. Fabio dijo que estaba muy cansado y se fue a dormir sin presentarme. A mi me llamó mucho la atención de que su mujer lo viera vestido de mujer y no le dijera nada, pero no dije nada y me presenté.

Su mujer, Claudia, en seguida me invitó un whisky y mientras lo tomaba, sentado junto a ella en el sillón, comenzó a contarme que su marido ya no la satisfacía. Mientras me contaba todo lo que deseaba chupar una buena pija, comenzó a desabrocharme el pantalón, mi pija ya estaba dura y cuando la agarró con sus manos y se la llevó a la boca creí que iba a estallar. La lamía con tanta suavidad que prácticamente no lo sentía, dejé el whisky en el piso y, lentamente, comencé a sacarle la bata, debajo de esta no tenía nada, estaba completamente desnuda.

Ella seguía lamiendo mi pene mientras yo le acariciaba los pezones, comencé a desvestirme. Una vez desnudo me agaché y comencé a lamer su vulva, con mis dedos, acariciaba sus labios vaginales. Se notaba que hacía mucho tiempo que no tenía sexo, porque lo estaba disfrutando como si fuese el último de su vida.

Caímos del sillón al pisa, en donde la tomé por atrás e introduje mi pene en su precioso culo, ella gritó diciendo:-¡Por el culo noo! – Pero luego comenzó a gustarle y pedía más. Así estuvimos un largo rato, y luego saqué mi pene de su interior la di vuelta y lo introduje lentamente en su vagina que, por cierto, ya estaba mojada. Gemía sin parar, me acosté sobre ella, lamía sus pechos como dos grandes bolas de helado y mordisqueaba sus pezones, cosa que la hizo gemir más.

Cuando estaba por acabar, me tomó por los hombros y se puso encima de mí. Esto demoró el orgasmo solo unos segundos, y bastaron para que se ponga a lamerme otra vez el pene. Me pidió que no pare, que acabe en su boca, y así lo hice, luego se montó sobre mí, tomó mi pene con sus suaves manos y lo introdujo en su vagina, nuevamente. Era su turno de llegar al orgasmo, se movía de una manera inexplicable, era como si estuviese enchufada a 220V, tenía la misma (o más) energía de cuando habíamos comenzado, en el sillón.

Yo acariciaba sus pechos, mientras ella se movía sin parar, luego anunció su orgasmo y finalmente cuando lo tuvo, se dejó caer sobre mí sin decir nada. Así estuvimos durante unos segundos, hasta que se levantó y dijo: -fue fabuloso, me has dejado agotada. Quiero volver a verte la próxima semana.
Ya era muy tarde, así que pasé la noche en su casa, en la habitación de huéspedes. Estaba muy agotado, quizás más que ella, ya que, en aquella fiesta, yo había estado con su marido, así que me dormí enseguida. A la mañana siguiente, cuando me levanté, no había nadie, en la casa, solo una chica que decía ser la hija de este extraño matrimonio.

Mientras desayunábamos me dijo que se llamaba Paula, que tenía novio, y entre tantas otras cosas, me dijo que había escuchado todo lo que había pasado con su madre, la noche anterior. Yo no sabía que decir, me había quedado congelado, pero ella supo que hacer. Me tomó de la mano y dijo:

– Ven aquí, acompáñame. Soy virgen y estoy cansada de serlo. Mi novio es muy lento para estas cosas- Una vez más, la joven me había dejado con la boca abierta, pero en esta altura de la vida, y después de haberlo hecho con sus padres, no me podía faltar un miembro de la familia, su hija de 18 años, que por cierto era muy linda y parecía tener más de 19.

Entonces la seguí hasta su habitación, la cual estaba llena de almohadones, de todos los tamaños. Ni bien entre se acostó en la cama y me dijo: – hazme tuya-

Yo me acerqué lentamente y comencé a desvestirla, mientras le sacaba el pantalón rozaba sus piernas con mi lengua, al igual que cuando le saqué la remera. Luego le saqué el corpiño y me quedé en sus pechos, que eran casi tan grandes como los de su madre. Comencé a recorrer su cuerpo con mi lengua hasta llegar a su bombachita, la cual le saqué de prisa y comencé a lamer el interior de su vagina.

Yo seguía lamiendo su vagina mientras ella gemía sin parar, luego me sacó la remera, yo me paré y comenzó a sacarme el pantalón y sin utilizar las manos se metió mi pene en la boca, con sus manos me guió hasta la cama, yo me acosté y le invité un 69, ella accedió encantada y se acostó sobre mí. Estuvimos en esa posición hasta llegar al primer orgasmo.

Luego se levantó, se sentó sobre mí, introdujo mi pene en su culo y comenzó a moverse igual que su madre. De repente alguien llamó a la puerta, era su novio, así que tuvimos que dejarlo ahí, por esa vez, y hacerlo pasar.

Ella fue a atender la puerta mientras yo me vestía y me escapaba por la ventana de la habitación de sus padres.

Autor: Clubdelsexo

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Las trillizas hermosamente putas

Eran tres mujeres hermosamente putas. Las tres querían cogerme entonces idearon ese plan, decidimos festejarlo con una pequeña orgía. Les propuse acostarme con las tres juntas, nos fuimos los cuatro a follar a su casa, mientras follaba con una le comía el coño a la otra, la tercera miraba y se masturbaba. Estaba muerto. Ya me había corrido dos veces y la polla no se endurecía ni con almidón

Esto sucedió hace ya mucho tiempo. En aquella época era yo un joven de 22 años, lleno de vitalidad, energía y ganas de divertirme. Mi altura, mi físico y mi simpatía me convertían en un muchacho codiciado por las chicas, aunque era muy sensible. No me gustaba (ni me gusta) jugar con los sentimientos ajenos. Eso le agregaba interés a las mujeres ya que me hacia rogar y las tenía a todas a mi alrededor. No era una estrategia sino que actuaba según sentía.

Durante un viaje de estudios con la Universidad, conocí a Susana. Era una rubia hermosa, con una carita de ángel y un cuerpo de infarto. Todo sucedió muy rápido. Ella tenía en ese entonces 20 años. Susana era espectacular. Sus ojos proyectaban una mirada profunda, inquietante, misteriosa. Me enamoré de ella perdidamente… y ella se enamoró de mí con locura.

Estuvimos el resto del viaje juntos y nos conocimos y compenetramos tanto que en poco tiempo nos necesitábamos el uno al otro, casi con desesperación. Teníamos sexo a diario… varias veces el mismo día. Incluso muchas veces faltábamos a reuniones o clases por estar en la cama el uno sobre el otro.

Luego de quince días, cuando terminó el viaje, volvió la rutina diaria. Ella vivía en un barrio elegante y caro de Buenos Aires. Yo vivía en un barrio de clase media. Ella vivía en una mansión lujosa. Yo en un apartamento sencillo. Ella disponía de un par de automóviles. Yo me movía en transporte público. Me di cuenta que no teníamos nada que ver el uno con el otro.

Ella le restaba importancia a la cuestión pero para mi era un desequilibrio imposible de solventar. Decidí dejarla. Sufrí. Sufrí mucho. Tanto que estuve cerca de dos meses sin salir con mis amigos ni frecuentar los sitios a donde iba habitualmente. Incluso perdí peso. No tenía apetito, ni ganas de juerga. Estaba todo el día pensando en Susana, en su piel suave, en su melena rubia, en su mirada. Recordaba su cuerpo desnudo sobre mi cuerpo desnudo y mis manos acariciando sus pechos, su boca besando mi boca y mi sudor mezclado con su sudor.

Después de dos meses, supuse que lo mejor sería salir y conocer otras chicas que me hicieran olvidar a Susana. Volví a un pub donde tenía una barra de amigos. Apenas me vieron se juntaron a mi alrededor a preguntarme que me había pasado que estaba desaparecido… Les di excusas. Inventé mentiras hasta que el dueño del local, un hombre mayor, dijo ante todos cual era el misterio de mi desaparición.

– “Yo se lo que le pasó a este. Decime una cosa ¿quien es la rubiecita preciosa que viene todas las noches a buscarte? Decime la verdad porque si no me la levanto yo…¡está buenísima la rubiecita!”

¡Susana iba a buscarme todas las noches! Mis amigos se dieron cuenta cual era la rubia de la que hablaba Aníbal, el dueño del Pub. Todos me tomaban el pelo y me preguntaban que había hecho para tener una chica así detrás de mí… yo solo sonreía. En esas estábamos cuando la volví a ver. Fue como una aparición. Entró. En cuanto me vio, se quedó de pie en el medio del marco de la puerta de entrada. Mis amigos hicieron silencio y una brisa desde el exterior, levantó el cabello de Susana como si esa misma brisa la hubiera traído de nuevo a mi lado… Caminé unos pasos, la tomé de las manos y le di un beso en los labios.

” ¿Que te pasó?” me preguntó. Le dije la verdad… la amaba… ¡la amaba más que a mi mismo! Pero era imposible nuestro amor. “¿Por qué? Volvió a preguntarme… “¿No lo entendés? Pertenecemos a clases sociales distintas… vos y yo no tenemos nada que ver”.

Me agarró de la mano y nos sentamos. Me preguntó si alguna vez mientras hacíamos el amor había notado la diferencia de clases. Le dije que no. Pero eso no quería decir nada… lo nuestro no tenía futuro. Me destrozó con una reflexión. Me dijo “No tendrá futuro…pero tiene presente. Entonces ¿Por qué no lo vivimos y nos disfrutamos el uno al otro? Podríamos ser pareja… buenos amigos con derecho a algo más. Me enloquece tener sexo contigo. Lo podría tener con cualquier otro…hombres no me faltan… pero yo te quiero a vos ¿Me entiendes? Sin compromiso. Luego el tiempo dirá”

Me estaba proponiendo tener sexo… solo sexo. Luego el tiempo diría lo que nos tocaba vivir. ¿Quién podría decir que no a semejante propuesta de semejante diosa? Mi respuesta no podía ser una negativa. Nos fundimos en un beso delante de todo el mundo. Esa misma noche nos fuimos a un hotel. Apenas entramos en la habitación nos apuramos a desvestirnos. Ella se puso de rodillas delante de mí y con desesperación y lujuria comenzó a comerme la polla, como si dependiera su existencia de ello.

Me enloquecía. La tome de los hombros y la recosté sobre la cama. Mientras no dejaba de comérmela. Me acerque como pude a su depilado y suave coño. Empecé a comerle los labios… pasándole la lengua suavemente, rodeando y salivando su clítoris. Enseguida tuvo un orgasmo. Dejó lo que hacía y se sentó sobre mi polla con desesperación…

Me decía cosas soeces. Que era un cabrón…que era un imbécil…que como iba a dejarla… que ella quería ser mi puta particular… sus comentarios me distraían y me excitaban a la vez. Se me ocurrió una idea.

Me incorporé y mirándola a los ojos, le dije: “¿quieres ser mi puta?” “¡Si!…pero no parés… seguí cogiéndome…” “Date la vuelta que quiero que ese culo sea mío” “¡No el culo no! Me va a doler” “¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo intentaste? Si lo deseas y lo hacemos con cuidado te gustará”

“No…No…no…mejor no…dicen que las mujeres que lo prueban y les gusta… ¡¡¡se convierten en unas viciosas empedernidas!” “¿que más te da? Vos ya sos una viciosa empedernida!” “¡¡que malo!! Bueno, inténtalo…pero tené cuidado. Hacémelo despacio. No quiero dolor…quiero solo placer”

Nos dimos un beso y casi si soltarla, le di la vuelta dejándola en cuatro patas sobre la cama. Me puse detrás suyo. Le dije que se masturbara mientras le hacía el culo. En realidad nunca lo había hecho hasta entonces. No sabía muy bien como hacerlo. Suponía que debía tener mi polla bien lubricada… o su culo. A falta de vaselina, me acerque a su hoyito y empecé a chupárselo, pasándole la lengua muy suavemente a la vez que le tocaba los labios de su coño. Susana, mientras se masturbaba, se corría con gritos desesperados, que no sabía muy bien si eran frutos de mis caricias o de las suyas.

Con mi lengua, saqué un poco de sus jugos vaginales y los transporté hasta la entrada de su culo. Luego hice lo mismo con mi polla y con mis dedos. Metí un dedo en su coño. Lo saqué mojado de sus flujos y lo metí en el culo… mientras metía mi polla en su coño… Luego con otro dedo y así seguí hasta que entraron dos dedos con facilidad. A esta altura del evento estaba tan dilatada de las corridas que llevaba que entraba y salía con mucha facilidad. En su culo entraban mis dedos sin dificultad… primero uno…luego dos…al final tres dedos. Suficientes como para dilatar el culo al grueso de mi polla.

Al final, acerqué mi polla en la entrada de su esfínter y ella dio un pequeño respingo. No dejaba de tocarse el clítoris y de gritar como una poseída. Yo estaba a punto. Empujé un poco… y tuve una ocurrencia. La agarré de los pelos tirando con fuerza de ellos hacía mi, cayendo hacia atrás, sentándome.

Susana se incorporó y en cuanto lo hizo por la propia fuerza de la gravedad se dejó caer sobre mí, enterrándose toda mi polla de un solo envión… La tenía toda enterrada en su culo. Me moví un poco en círculos, dentro de la dificultad, pegándole con mis huevos en la entrada de su coño. Susana resoplaba como si le faltara el aire. Se movió en círculos contrarios a los míos mientras gritaba como si estuviera por morir.

Era increíble. Finalmente me vine dentro de ella, cayendo exhaustos los dos uno encima del otro… Susana seguía corriéndose a medida que bajaba mi erección. Finalmente saque mi polla sintiendo los latidos de su corazón en su culito. Se dio la vuelta y llorando me dijo que jamás había sentido algo semejante… que iba a ser difícil olvidar un polvo como ese… que nunca ningún hombre la había llenado tanto. Eso me volvió a calentar y lo seguimos haciendo toda la madrugada.

Salimos del hotel a las 10 de la mañana… no recuerdo cuantas veces más lo hicimos. Lo que si me acuerdo es que esa noche todos sus agujeros fueron míos. Todos supieron cual era el sabor de mi semen. Al día siguiente la llamé y me dijo que quería verme. Tenía algo que contarme. Lo que sucedió entonces me llevó a entender un poco mejor a las mujeres… a comprender que a pesar de lo bellas que son, de lo delicadas y de lo elegantes que pueden ser… en el corazón de una mujer siempre se encuentra inserto el vicio y la perversión que las convierte a todas en simples rameras. Solo falta la ocasión y el hombre adecuado para que cualquier mujer se convierta en una puta arrastrada.

Luego de la follada descomunal que tuvimos la noche anterior Susana me llamó por teléfono. Tenía algo que contarme. Nos vimos al atardecer. Nos encontramos en una cafetería. Cuando llegué casi me caigo de espaldas con la sorpresa. En la mesa estaba Susana y sus hermanas. ¡Eran Trillizas! Susana, Graciela y Cristina. Exactamente iguales. No supe cual de las tres era Susana. Una de las tres se levantó y me dio un beso apasionado ante la risa de las otras dos. Cualquiera podía ser Susana. Desde de esa tarde todo cambió.

Susana se volvió insaciable. Esa tarde después de la nochecita que habíamos tenido volvimos a hacer el amor. Ella me pidió desesperadamente que le hiciera otra vez el culo. Volví con el procedimiento de la noche anterior. Susana gritaba como una loca. Me corrí en su culo, en su boca, en su cara… su cara de mujer hermosa… hermosamente puta.

Era verdad se estaba convirtiendo en una viciosa empedernida. Pero me encantaba follarme una viciosa empedernida Al día siguiente volvimos a encontrarnos. Otra vez estaban sus hermanas. Me sonreían como si supieran algo que yo no sabía… las tres eran hermosas. Hermosamente iguales. Hermosamente putas.

Volvimos a follar esa noche. Otra vez me pidió que le hiciera el culo. Otra vez repetí el mismo procedimiento y otra vez Susana gritaba como una poseída… Era insaciable. Volví a correrme en su culo, en su coño y en su pelo… su pelo de un rubio hermoso… hermosamente puta. Durante cerca de un mes estuvimos follando todos los días. Varias veces por día. Ya no daba más. Era demasiado.

Estaba agotado. Había perdido mucho peso y no hacia otra cosa que follar. Me sorprendía que ella no se cansara… Fue entonces que se encendió “mi lamparita”: se me ocurrió algo. Pero…no podía ser… Era muy fuerte… ¿y si me estaba follando a las tres hermanas? ¡No podía ser! Aunque cabía la posibilidad. Las mujeres son muy putas cuando se lo proponen y el juego entre las tres hermanas era muy morboso y muy excitante. Estas chicas ricas estaban buscando acción y la habían encontrado… ¿y si era así? ¿Que haría? Pensé en una estrategia… algo para descubrirlas. Por ahora era solo una sospecha. Tracé entonces un plan para salir de dudas.

Esa tarde volví a la cafetería y me encontré con las trillizas. Me fui con una de ellas. Suponía que era Susana. Mi “Susana”. Follamos como siempre… apasionadamente… no dejando hueco por visitar. Fue un encuentro apasionado. Tan apasionado que dejé una marca en un costado de su ombligo: el derecho. Un soberano moretón producto de un buen chupón de mi boca.

Al día siguiente repetí la operación. Para mi sorpresa, la “Susana” con la que acababa de follar no tenía marca alguna en el ombligo. Le dejé entonces una marca idéntica a la del día anterior, pero del lado izquierdo. Al día siguiente volví. Antes de salir le pedí a la “Susana” de ese día, que me mostrara el ombligo. Me lo mostró y no tenía marca alguna. Entonces volví a la mesa donde estaban las otras dos “Susanas”.

Con las tres hermanas delante de mí les pregunté a que jugaban. Se miraron entre las tres. La “Susana” de turno me dijo: “No jugamos a nada… no pasa nada… ¿que estás pensando?” Le dije entonces cual había sido mi estrategia y les demostré que cada una tenía una marca a derecha e izquierda del ombligo, menos la “Susana” con la que me iba a acostar esa tarde. Se miraron entre ellas y solo dijeron:

-“¡Nos descubrió!”

Eran unas mujeres hermosas… hermosamente putas. La “Susana” de esa tarde, era la verdadera. Me explicó que le había gustado tanto follar conmigo, que no había podido ocultarlo a sus hermanas. La noche que lo hicimos la primera vez llegó a su casa emocionada y casi llorando de felicidad. Con esa felicidad que siente una mujer cuando tiene una experiencia memorable y una satisfacción que empieza en sus entrañas. Cuando les contó a las hermanas lo sucedido, ellas dijeron que querían conocerme y probarme. No podía ser tan egoísta con sus hermanas así que las dejo que me cogieran… ¡total! todo quedaba en familia. Las tres iban a cogerme.

Entonces idearon ese plan, que no era la primera vez que lo ejecutaban. Cada día follaba con una distinta. Eso las llenaba de excitación y morbo a las otras dos que ese día esperaban. En un primer momento me enojé pero después me lo tomé con humor e ironía. Llegué a la conclusión que ya no tenía una puta para mí… ¡sino tres! ¿Por qué no disfrutar de las tres, si ya habían comido todas del mismo palo? Decidimos festejarlo con una pequeña orgía. Les propuse acostarme con las tres juntas.

Al principio se negaron porque les gustaba jugar pero no eran tan putas para ver como una follaba con la otra… les insistí pero no tuve mucho trabajo. Enseguida nos fuimos los cuatro a follar a su casa. Mientras follaba con una, le comía el coño a la otra. La tercera miraba y se masturbaba. Estaba exhausto. Ya me había corrido dos veces y la polla no se endurecía ni con almidón. Le propuse que hicieran algo para motivarme.

Entonces se miraron entre si y sin mediar palabra empezaron un trío donde se chupaban el coño la una a la otra. Me daban un espectáculo lésbico gratuito con el que enseguida me puse al palo de nuevo. Las dejé así y mientras se chupaban el coño y se metían sus dedos, les iba dando por el culo un poquito a cada una.

Ya ni me acuerdo las veces que lo hice. Me confesaron que estaban muy satisfechas conmigo pero que sabían que no iba a durar mucho. Me dijeron también que les gustaba más coger que respirar y que desde niñas habían compartido siempre las pollas de los diferentes novios que cada una habían tenido. Hermosamente putas.

Les dije entonces que me dejaran pensar en un plan. Que no se preocuparan que cuando quisieran rabo yo se los iba a conseguir. Esa noche fui al Pub de Aníbal y le conté lo que me había pasado. Ya no pensaba en el amor. Solo en el sexo. Aníbal me sugirió que les consiguiera tipos. Conocidos. Que con lo buenas que estaban se iban a matar por echarse un polvo con ellas. Que… ¡claro! Por el servicio debería cobrar unos…”honorarios”.

La llamé a Susana y le conté la idea. Le parecía un poco fuerte pero creía que las hermanas no se iban a oponer. No se opusieron… al contrario: la idea les encanto (a las tres).

Con Susana llegamos a un acuerdo. Ella follaría conmigo solamente. A las hermanas les iba a conseguir con quien follar. De paso les cobraría. O sea que me convertiría en el chulo de mis propias cuñadas. Las muy putas se tiraron a todos mis amigos del pub. Cobrándoles yo…¡Claro! La fama de las trillizas superó el barrio, la ciudad, e incluso la Argentina.

Juntos ganamos mucho dinero. Yo con mis contactos y ellas con su físico. Alguna vez dejé que alguno se follara a Susana, aunque era mejor así, ya que, por lo menos de ese modo, cobraba. Era mejor así. Sino lo habría hecho gratis… eran las tres muy putas… hermosamente putas.

Con el paso del tiempo se casaron. Yo seguí viendo a Susana. Hoy son tres mujeres honorables ya que están las tres casadas con gente de mucho dinero… como ellas. Las tres se han casado con jugadores de polo. De ese modo nunca serán llamadas putas, sino señoras de la alta sociedad… que más o menos quiere decir lo mismo.

Sé que Susana alguna vez cambió su rol de amante esposa, con las putas de sus hermanas, follando con sus cuñados ¡Una fiesta en familia! Sé también que de los hijos que tienen las tres, alguno es mío. Siempre me quedó la duda de cual de las tres era la Susana verdadera. Que más da… para mi siempre me follé a la misma ¿Quién querría discutirlo?… Las tres siguen siendo lo que fueron siempre: unas mujeres hermosas… hermosamente putas.

Gracias por sus comentarios…

Autor: TROLOMEN

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Follar y follar, el sexo es maravilloso

Sentí el ingreso de aquella celestial carnosidad con deliciosas oleadas de placer, su boca la dedicó a Claudia, saber que la entrepierna de mi amiga fue visitada antes que la mía me incomodó, Claudia llegó, noté Fer que también se iba a correr contagiado de excitación por mi amiga, él intentó retirarse de mí, le sujeté como pude y se vino dentro de mí colmándome de líquido, pero más de gozo.

Un jueves más. Día del café semanal con mis amigas, esta vez en el Sanborn’s de Eugenia e Insurgentes. Claudia y yo fuimos las primeras en llegar. Durante muchas semanas había resistido la tentación de platicarles sobre mi ciberamante y ese día iba dispuesta a mantener mi discreción, sobre todo porque conozco su capacidad de comunicación. Pero no se qué me pasó.

Quizá el hecho de que sólo estaba Claudia, con quien mejor me llevo en el grupo, o simplemente porque sentí necesidad de hacerlo, me animé a ponerla al tanto.

-Fíjate que estoy fascinada con Internet- inicié la plática -¡tú siempre con tu Internet!- me interrumpió cortante, rechazando el tema por desconocerlo. -Es que conocí a alguien- respondí justificando el asunto. Su semblante le cambió de indolente a intrigado. -¿No estarás en las que yo, verdad?- me dijo refiriéndose a su relación con un amigo de su esposo.

-No, ¡cómo crees!, es sólo que hay un amigo internauta que tengo unas ganas locas de conocer físicamente- le confesé con timidez. -¿Y qué esperas? Cítate con él y luego me pones al tanto- me dijo como simplificando las cosas. -¡Para ti es muy fácil decirlo!, si supieras cómo le conocí entenderías porqué le pienso tanto- le dije.

Entonces le empecé a platicar de mis relatos eróticos publicados en Internet. En esas estábamos cuando aparecieron en la entrada el resto de las chicas, por lo que interrumpí la confesión, no sin antes advertir a Claudia que no tocara el tema con las demás. Tras saludar a nuestras amigas, Claudia se levantó y tomándome del brazo se disculpó porque “íbamos al tocador”.

-¡Ahora me terminas de contar, Moniquita!- me dijo en tono imperativo mientras caminábamos al sitio en cuestión.

Yo sólo sonreí divertida por la reacción de mi amiga. Refugiadas en aquél lugar, continué contándole mi caso de la manera más breve por las circunstancias. Tras demasiados minutos, tuvimos que interrumpir la plática, para no causar extrañeza entre las chicas. -¡Después de aquí nos vamos a tu casa para que me platiques!- me dijo.

Terminamos aquella reunión más temprano que de costumbre y, tras disculparnos porque teníamos “unos pendientes”, nos dirigimos a mi casa. Ya instaladas, proseguí con mi explicación. Insistió en ver los relatos y los correos de “mi hombre”, como le llamó a Fer, así que nos conectamos a Internet.

-¡Sabíamos que eras una mosquita muerta, pero nunca imaginé esto de ti!- me dijo sorprendida mientras leía algunos mails.

No entendí si debía apenarme o enorgullecerme por aquella frase, preferí lo último.

-¡Tienes que conocerle!- me exhortó. -¿Porqué crees que deba hacerlo?- le pregunté intrigada. -“¡Porque ahí está!” – me respondió evocando aquella famosa frase relacionada con un alpinista del Everest. -Si quieres te acompaño, ¿sabes dónde hallarle?-.

Se supone que no, pero por uno de sus mails estoy casi segura de dónde trabaja, pero mejor le mando un mail ¿no?- respondí. -¿Estás loca? Si sabes dónde hallarle mejor vamos a buscarlo, así lo conocerás hoy mismo- me replicó exaltada. -¡Oye, pareciera que tú estás más ansiosa de conocerle que yo!- le recriminé en tono de broma. -Tú tienes la culpa “chulis”, para qué me presumes las cosas que te escribe- me respondió al tiempo que salíamos de mi casa.

Una hora, dos mentiras (a los tipos de seguridad) y tres preguntas de referencia después, nos encontrábamos frente a lo que parecía ser la oficina de Fer.

-Esa debe ser su secretaria, ¡dile que venimos de la contraloría, que debemos hablar con él!- me azuzó con impaciencia.

A los pocos instantes entrábamos a aquel despacho. Junto al escritorio se erguía alguien apuesto y elegante, debía ser él.

– Hola, soy Mónica – se apresuró a saludarlo mi amiga. ¡Él y yo nos quedamos “de a seis”! “¡La pilla se quiere hacer pasar por mí!” pensé yo. “¡Vaya, es diferente de cómo me había dicho que era!” debió pensar él, pero caballeroso y con nerviosismo notorio se le acercó para saludarla de beso.

-¿Y tu amiga?- le inquirió con extrañeza. Estuve a punto de decirle la verdad, pero ante mi duda Claudia se me adelantó: -¡Ah!, perdóname, una amiga que quiso acompañarme… Claudia- dijo con descaro. Pude haber aclarado las cosas en ese momento, pero la situación me pareció divertida y decidí seguir el juego de momento.

-¿Y cómo dieron conmigo?- preguntó con un signo de interrogación en el rostro. -Como lo haría Sherlock Holmes.

Respondí adelantándome a mi amiga, evocando algunos mails, con una sonrisa en mi cara y mirándole fijamente a los ojos. Se me quedó viendo, como comparándome con la descripción que tenía de mí y comprendió entonces la verdad. Sabía que una respuesta como la que le había dado debía venir de su verdadera ciberamante. Con un guiño me hizo entender que lo sabía todo. Dentro de mí pensé “se te acabó el jueguito, Claudis”.

Nos invitó unas copas y nos sentamos a platicar en la salita de su oficina. Que si el clima, que si la inseguridad, que si las elecciones,… hablábamos de todo menos de lo que más nos hubiera gustado en ese momento. A pesar de ello, disfruté mucho los minutos, pues tenía ante mí al mejor amigo íntimo que jamás he tenido; le acababa de conocer en persona y no podía quitarle la vista de encima.

Roto el hielo, empezamos a tocar temas menos solemnes, bromeando sobre las cosas que dijimos que haríamos cuando nos conociéramos o evocando las alocadas andanzas de nuestras fantasías escritas. En esas estábamos cuando Claudia, oportuna, se levantó y solicitó acceso al baño de la oficina.

Con el cerrar de aquella puerta desapareció nuestro freno. Fer pidió a su secretaria no ser interrumpido hasta nuevo aviso, tras lo cual nos inundó un profundo silencio. Nuestras miradas se cruzaron como intercambiando todo tipo de “indecencias”, nos paramos y nos fundimos en un ardiente abrazo.

Por fin, sus labios en los míos apretándose con fruición desenfrenada; su pecho en mis senos, que ayudados por la ausencia de sostén se erguían orgullosos al sentir aquella deliciosa fricción; mi vientre, pegado a él, sentía un exquisito relieve en su cuerpo; su irrespetuosa mano en mi trasero presionándome hacia él, la mía en el suyo impulsándolo hacia mí…

Finalmente iniciaba nuestro momento, aquel que por meses se había movido entre el temor y la esperanza. No soporté más, tomé su mano y la cobijé debajo de mi falda, ansiosa por sentirle en mí.

Diligentes, escurridizos y traviesos, sus dedos se desplazaron bajo mi holgada prenda, cual exploradores ansiosos por reconocer colinas y cuevas, manantiales y refugios. Escudriñaron curiosos, topándose en cada momento con mis pantimedias, que inoportunas y chocantes impedían su libre accionar. No les importó.

Con astucia bendita incursionaron lo suficiente para, entre todos ellos, retirarla de mí. Ahora podían brincotear libremente entre mis lomas y mi bosque, e internarse en el. Sólo tenían que colarse irreverentes por debajo de mi otra prenda, la pequeña, ya húmeda, para introducirse generosos en mis íntimas cavidades, induciéndome las más maravillosas sensaciones.

Mientras esto ocurría le acaricié en el vértice de sus piernas, donde firme y señorial se erguía su mástil de placer. Mis dedos no quisieron ser menos que los suyos y, tras liberarle de su textil prisión, le envolvieron sumergiéndole en afanoso vaivén.

En ese estado de mutua complacencia estábamos, cuando de reojo noté la presencia de mi amiga que, habiendo regresado, observaba atónita y excitada el inmoral espectáculo. Sentí el impulso de interrumpir aquello y disculparme apenada, pero no lo hice. Pudieron más mis deseos de seguir sintiendo aquellos benditos dedos que me ingresaban complacientes.

Ella debió dudar sobre qué hacer, pero conociéndole, imagino que lo último que pensó fue en abandonar aquella oficina indignada y ofendida. En cambio, atraída por un guiño de él, se acercó a nosotros con cierta indecisión. Para facilitar las cosas, Fer colocó su mano en mi cabeza presionándola con ternura al tiempo que tomaba asiento.

Entendí sus deseos y en consecuencia la humedad hizo presa de mi boca. Instantes después me encontraba hincada a sus pies recorriendo con mi lengua su sensual carnosidad, esa que tantas veces había imaginado que mis dedos eran mientras leía sus correos.

Claudia y él, entre tanto, se enfrascaron en vigoroso beso. El manoseo no tardó en llegar. Imagino que en su ansiedad por sentirle de manera directa, Claudia se deshizo de toda su ropa con envidiable rapidez. Comprobé entonces mis fundadas sospechas de que era sumamente diestra en la materia. Así mismo, despojó a mi amigo de todo aquello que impidiera recorrer su afelpado pecho, a excepción de la corbata, que por “enfermizas” razones le dejó colgando.

Yo seguí degustando el delicioso manjar, mientras aquellos varoniles dedos se entregaban ahora al gozo de mi amiga, que menos discreta que yo, dejaba salir de su garganta gemidos que exhibían un alto grado de sensualidad que yo no hubiera imaginado. Aquella Claudia, sobrada y frívola, se revelaba ahora como un ser sensible y sumiso al placer que mi amigo le daba.

Quiso Fer cambiar de posición, seguramente sentía cercano su momento y deseaba prolongar aquella entrega. Se levantó y me puso a mí, aún hincada en el piso, flexionada sobre el asiento del sofá. Hizo que Claudia se sentara en el respaldo del mueble, arriba de mí, de frente a él, las piernas abiertas y los pies en mis costados. Entendí lo que buscaba y la entrepierna se me hizo agua. ¡Por fin le sentiría dentro de mí! ¡Por fin aquellos sueños impuros cobrarían realidad!

Finalmente sentí el ingreso de aquella celestial carnosidad. Conforme se abría paso, me llegaban deliciosas oleadas de placer, de todo tipo de placer. Del placer físico, ese que bondadoso premia nuestra carne, y del placer mental, el que nos eleva al trono de la satisfacción, a la punta del Everest; el que hizo sentirme dueña de Fer, aunque fuera por ese rato.

Mientras arremetía sobre mí, sus manos, afectuosas, recompensaban mis senos que arrogantes y agradecidos se erguían en su honor.

Su boca la dedicó a Claudia. Por las reacciones de ella, comprobé que, como imaginaba, aquella mente capaz de escribir cosas tan bellas en los mails, debía ser dueña de una lengua deliciosa. Saber que la entrepierna de mi amiga fue visitada antes que la mía por aquel generoso y húmedo músculo me incomodó, pero entendí que no podría tenerlo todo. Me confortó con creces el delicioso vaivén que detrás de mí ejercía el diligente miembro de mi amante.

Claudia llegó. El emotivo grito que su garganta no pudo contener y la inevitable presión que sus muslos ejercieron sobre la cabeza de él así lo evidenciaron. De inmediato noté que el momento de Fer también se acercaba, seguramente contagiado de excitación por mi amiga.

Hizo el intento de retirarse de mí, con el propósito de vaciar su esencia fuera, pero no lo permití. Había imaginado tantas veces fluir aquel preciado líquido dentro mío, que no podía admitir su desperdicio. Le sujeté como pude y, gentil, se vino dentro de mí colmándome de líquido, pero más de gozo.

Permanecimos reflexivos por algunos instantes. Los tres sabíamos que lo que acabábamos de hacer era “impropio”. Ni siquiera nosotras imaginábamos terminar en eso cuando decidimos visitar a Fer, pero el sexo es mágico.

Como mágicos son vuestros comentarios, con ellos nos dan fuerzas para seguir “contando” nuestras “Aventuras”, un beso.

Autora: Mónica

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Esposa modelo y golfa

Fue increíble sentir como me partían con sus miembros, como cada pliegue de mi vagina y de mi ano se acoplaban a sus vergas, sentía su palpitar dentro de mi cuerpo, Ricardo y Rodrigo se turnaban en ambas aberturas de mi cuerpo dándome placer, cuando ambos estallaron dentro de mi me inundaron con su semen interminable, reventé yo, con un orgasmo que me hizo sollozar de lujuria, todo mi ser vibraba con cada lechazo que entraba en mi cuerpo y convulsionaba cada fibra de mi cuerpo.

Hola, soy una fanática de vuestra página, acá mi experiencia y espero que la acepten. 100.% real y que los que deseen conocerme, pues acá estaré, me llamo Sandra tengo 38 años, casada con un hombre maravilloso pero que lamentablemente viaja mucho, soy bastante atractiva por lo que dicen mis amigos

Para no aburrirme asisto a un gimnasio cinco veces por semana desde que nació mi segundo hijo, ya que le tengo pánico a ser gordita. No me quejo ya que he adquirido un cuerpo muy hermoso y el cual es envidia de mis amigas y de las que son aún más jóvenes que yo. Trabajo como maestra en una escuela privada y que en parte ayuda a aliviar el stress de mi soledad.

Pero no estoy tan sola, tengo a mi mejor amiga que por casos del destino vive a una cuadra de mi casa y a la cual visito en los momentos cuando mi aburrimiento es mayor. Nos conocemos desde la primaria, se casó, me casé y con el matrimonio llegaron los hijos, los de ella mucho antes que los míos.

Tiene gemelos (de 18 años), dos adolescentes muy educados aunque a la vez tremendos. Bueno, mi caso pasó con ellos y cuando atraparon un resfriado de esos que te dejan acostada y con dolor hasta en el cabello. De todas maneras, era un fin de semana y mi querida amiga saldría con su esposo para encender la pasión que había menguado después de 20 años de matrimonio. Pero como haría? ellos estaban enfermos y siendo una madre tan devota no quería dejarlos solos y a la vez debía continuar con su matrimonio.

Llegó a mi casa y me rogó que por favor cuidara a sus hijos mientras estaba fuera, claro que gustosa acepté ya que mi marido estaba en otro de sus viajes y mis hijos visitaban a sus abuelos por el fin de semana. Llegué a su casa y después de las instrucciones debidas me quedé sola con los “chicos”. Ellos en su dormitorio el cual compartían y yo en la sala viendo la telenovela. Al poco rato uno de ellos me llamó, porque quería un vaso con jugo, el cual le llevé solicita. Entré al dormitorio sin saber lo que me esperaba. Me extraño el solo el ver a uno de ellos.

Richi, ¿donde está tu hermano? Fue al baño tía. OK, bueno acá está tu jugo, ¿deseas algo más cariño?
Si tía, ¿puedes acomodar mi almohada?

En ese momento me di cuenta que bajo la sábana tenía una erección fenomenal, claro a su edad 18 años, es normal, pensé.

Claro amor, ¿así está bien?

Y el truhán me tomó del cuello y me besó en la boca metiendo su lengua en un beso tan sorpresivo que no pude reaccionar como debí. Me aparté por un momento y le reprendí.

Oye, ¿pero que haces? Tía te he visto desde hace mucho, y tengo que decirte que nos vuelves locos con tu cuerpo con esas tetas, piernas y ese culo tan delicioso que tienes. Estás loco, carajo, suéltame soy como una madre para ti. Pero no lo eres, eres una mujer muy hermosa y ya no aguantamos más. (Siempre hablaba en plural y eso me sorprendía). Suéltame, Ricardo, suéltame, ¿si entra tu hermano que va a pensar de mi? Pues lo mismo que yo, si no, pregúntale, está atrás tuyo.

En ese momento Rodrigo se echó sobre mi, agarrando mis nalgas y besando mi cuello y Ricardo volvió a besarme en la boca esta vez más descaradamente que antes. Son jóvenes muy atrevidos, atléticos y por lo mismo muy fuertes. Rodrigo comenzó a besar mi espalda a la vez que subía mi vestido por sobre ella. Al ver la tanguita que tenia puesta se alegró.

Sabes tía, siempre te imaginamos así, con una tanguita que se perdía entre ese culo tan hermoso que tienes y teníamos razón.

El desgraciado se reía al ver mi predicamento ya que su hermano me sujetaba muy fuerte y no podía escapar a su beso devorador. Comenzó a acariciar mis nalgas. Ricardo metía su lengua en mi boca mientras Rodrigo jugaba con mi trasero, yo me moría de vergüenza.

Entre los dos me pusieron en cuatro y uno de ellos, no se cual, porque a este punto ya no pensaba claramente, comenzó a pasar su lengua por mis nalgas y se dirigía cada vez más a mi ano y vagina dándome un placer increíble. Seguí protestando y resistiéndome, pero cada vez más suavemente.

Ricardo en ese momento se puso frente a mí y me hizo tragar su tranca de carne enorme y palpitante, me ahogaba, pero un cosquilleo en mi vagina comenzó a volverme loca. Que barbaridad esa verga enorme llenaba mi boca, nublaba mi mente y comenzaba a destilar un delicioso sabor salado entre mis chupadas que ahora eran delirantes. Rodrigo se dio cuenta que a pesar de mis protestas, estaba completamente mojada.

Tía, que deliciosa sabe tu vulva. Me lamió el coño como un experto tocando lo más intimo de mi ser, penetrándome y mordiendo suavemente mi clítoris, comencé a gemir como poseída. Sentí como su dedo me penetraba y sacando la verga de su hermano de mi boca por un instante, le dije:

Méteme tu pija y déjate de estar haciendo el idiota.

Me penetró de golpe y gracias a que mi vagina estaba bien lubricada, no me hizo daño, es más me causó un placer fenomenal que casi me corrí con mi primer orgasmo con esa intrusión en mi cuerpo.

Tiíta que rica vagina tienes, apretadita.

Sus embestidas comenzaron a volverme loca, su verga llenaba mi sexo por completo y rozaba mi clítoris con cada embate haciéndome gemir y moverme como en mis más salvajes sueños con Richard Gear. Ricardo estalló en mi boca y saboreé el semen núbil de ese muchachito, pero caramba no dejaba de correrse en mi boca, yo tragaba y tragaba ríos de semen, deliciosos, calientes y salados y él seguía dejando fluir el enorme torrente de su bella pinga que escapaba de mis labios para caer sobre mis pechos.

Mentalmente le pedía perdón a mi marido en mis momentos de lucidez, más no podía dejar de gozar con esas pollas violando mi reputación de mujer decente. De repente una sugerencia aún más obscena.

¿Tía que te parece si te penetramos por ambos lados? Al mismo tiempo

No dije nada, no podía responder, solo moví mi cabeza aprobando la idea, jamás había hecho eso o mejor dicho jamás me lo habían hecho.

Fue increíble, sentir como me partían con sus miembros viriles, como cada pliegue de mi vagina y de mi ano se acoplaban a sus venosos miembros como si fuera un guante ajustado, como sentía su palpitar dentro de mi cuerpo Ricardo y Rodrigo se turnaban en ambas aberturas de mi cuerpo dándome un placer fenomenal.

Ya había perdido la cuenta de los numeroso orgasmos que había gozado, pero era demasiado, cuando ambos estallaron dentro de mi por pocos segundos de diferencia y me inundaron con su semen interminable, reventé yo, con un orgasmo que me hizo sollozar de lujuria, todo mi cuerpo se volvió un altar de placer en el que cada parte de mi ser vibraba con cada lechazo que entraba en mi cuerpo y convulsionaba cada fibra de mi cuerpo.

Nos quedamos dormidos, desnudos y aún con sus vergas dentro de mí, flácidas, pero deliciosamente placenteras. Me desperté antes que ellos y me bañé, queriendo pensar que todo fue un sueño. Más no pude, cuando me veían, sacaban sus deliciosas pijas y me transformaba, todo ese fin de semana fue una orgía de perversidad y de placeres cada vez más perversos, lo último que hicimos fue que ambos me penetraron por mi anito virgen y acabaron en mi boca y tuve que dejarlos limpios del semen que aún quedaba en sus penes.

Después de eso volví a ser la esposa modelo que espera a su marido a que regrese de sus viajes y a quien nadie pude ni tan siquiera criticar.

Claro seguí cuidando a los hijos de mi amiga, porque para eso son las amigas. Aunque ahora los malvados quieren que me acueste con dos más de sus amigos, ¿que se han creído que soy, una puta? Ummmmmmmmmm Tal vez…, me agrada la idea.

Autora: Sandra

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La verdad une III

Liz volteó a verme y con una cara de puta le pasó la lengua a la cabeza de la verga de mi amigo.  Yo sentía mi propia verga dolerme al empujar la tela de mi pantalón.   Viendo el culo de mi mujer hincada, con la boca llena con la verga de mi amigo me estaba volviendo loco de morbo.

Hola, este es el tercer capítulo de nuestra historia.  Como recordarán somos Liz y Pablo.  Hemos estado casados por 18 años, yo tengo 51 años, ella 48.  Radicamos en Estados Unidos.

En el relato anterior les platiqué de cómo nos fuimos consolidando y abriendo a nuestra sexualidad hasta que en una salida de fin de semana tuvimos un intercambio con otra pareja y ambos nos sentimos muy estimulados por esto.  Yo, en particular sentí una tranquilidad que no había experimentado con ninguna otra mujer en relaciones anteriores.  También mencioné que mi siguiente proyecto sería en Dallas, lo cual nos mantendría alejados durante los días hábiles de la semana.  Esto me parecía una buena forma de ordenar mis pensamientos y me dio la oportunidad de evaluar mis verdaderos sentimientos por ella.

Regresábamos de Cancún después de una mini-vacación de fin de semana.  Yo aún me encontraba en un estado de confusión y euforia por haber hecho un intercambio con otra pareja.  Sexualmente fue muy excitante el ver a Liz cogiendo con otro hombre, gozando, viniéndose y disfrutando de la chica igualmente conmigo.

Al aterrizar en Houston, fuimos a la sala de donde saldría yo hacia Dallas para empezar en mi proyecto al día siguiente.  Ahí Liz me dijo lo mucho que le satisfacía el sentir que yo estaba lo suficientemente seguro de ella como para haber tenido esa experiencia.  Ahí me pidió que no ocupara mi mente ni por un segundo en dudas ni preguntas respecto a nuestra separación durante mi proyecto, y que me esperaba el próximo fin de semana.  Al llamar mi abordaje, me dio un rico beso y me despidió con una sonrisa.

Empecé mi proyecto en Dallas y realmente dediqué toda mi atención a recabar y analizar la información para poder emitir un dictamen y recomendación.  Hice mis días de 10 a 11 horas; al salir me iba al restauran de Rudy a cenar; me sorprendí a mi mismo al no responder a coqueteos de clientas y meseras.  Rudy solo sonreía y me decía que ya me habían capado.

La semana trascurrió rápido.  Rudy y yo nos veíamos solo cuando yo iba a cenar, pues el llegaba tarde todos los días después de cerrar y hacer corte de caja.  Por las noches llamaba a Liz por teléfono ya tarde, calculando que hubiese acostado a sus hijos.  Durante estas llamadas, hablamos mucho de nuestra experiencia de la semana anterior.

En estas conversaciones empecé a tomar una mejor idea del pensamiento y sentir de ella.  Concluí que el haber sido reprimida en su juventud, y privada de la opción de investigar y desarrollar su libido como una adolescente normal, a la vez de el buscar satisfacción en relaciones primero furtivas y luego impuestas le había dejado un deseo de ser ella quien gozara, en vez de ser siempre el objeto de gozo de aquellos que la habían usado.

Le comenté como se me venía a la mente verla cogiendo con John, y me calentaba mucho.  Ella me confesó que también había estado pensando mucho en ello; me dijo que también la ponía muy cachonda el recordar como me había cogido a Phan y chuparle mi semen del coño de ella.  Lo que más le gustó fue el haber estado besándome mientras se la clavaba John, pues le hizo tener dos sentimientos completamente distintos a la vez; uno, el sentirse como puta mientras un tipo al que acababa de conocer se la jodía, y otro, el sentirse enamorada besándome como mi novia.

El viernes traje mi equipaje a la oficina, pues tomaría un vuelo temprano en la tarde.  En la empresa, mi contraparte se llamaba David, un tipo norteamericano, agradable, muy inteligente y perceptivo.   El era el tipo de personas que te inspiran y toman confianza de inmediato.  Mi portafolios estaba sobre mi escritorio, en el estaba el paquete de fotografías del viaje a Cancún que revelé durante la semana.  Las tomó y empezó a verlas pidiendo permiso solo después de ya tenerlas fuera del paquete.  ¡Cabrón confianzudo!

Hacia cometarios chuscos y bromas de todo tipo; al ver una foto en que Liz estaba dando la espalda de tres cuartos, se quedó como tonto viéndola.  Volteó a verme y me dijo: “Cabrón quien te viera con la cara de pendejo que tienes y mira nomás que hermosura de vieja traes”.  Bromeamos e intercambiamos insultos sin agravio, y de la nada me preguntó sin titubeo si ella me daba sexo anal.  Le dije que no hiciera preguntas indiscretas.  El se sonrió con sorna diciéndome que no fuera mamón, que si no lo había hecho, me estaba perdiendo de algo delicioso y que si ya lo estaba haciendo, pues que debería de presumirlo; después de todo – dijo – culos como éste no se ven todos los días.  Me reí de su ocurrencia, y así quedó el tema.

A última hora, me llama la asistente del Presidente de la empresa, informándome que el quería tener una junta conmigo al día siguiente en su club de tenis.  Obvio que me que molestó que a menos de una hora de mi vuelo, se le ocurre una junta; pero no me sorprendió el desplante de arrogancia y prepotencia.  Averigüé la disponibilidad de vuelos, y le llamé a Liz para darle la opción de venir a verme, o esperarme hasta el día siguiente.  Decidió venir.

Dos horas más tarde apareció radiante y sexy por la puerta del túnel de abordaje.  Nos besamos sin reparar en la gente a nuestro alrededor; me la quería devorar.  No apresuramos a salir y ya en el carro nos seguimos besando.  Con el miembro a todo lo que daba, encendí el auto y traté de manejar tratando de concentrarme.

Al llegar a casa de Rudy, Liz me tumbó sobre un sillón en la sala y prácticamente me arrancó el pantalón, se montó sobre mí y sin quitarse la ropa solo se movió su tanga a un lado y se clavó en mi verga viniéndose casi instantáneamente en convulsiones, gimiendo y casi ahorcándome con mi corbata.

Una hora, y dos cogidas más tarde, salíamos rumbo al restauran de Rudy.  Liz llevaba un vestido negro con tirantes de spaghetti muy ceñido, el escote dejaba ver sus ricas tetas casi hasta la aureola y corto a medio muslo con unas zapatillas con tacones de 4 pulgadas.  ¡Rica!

Después de cenar, Liz y yo fuimos a bailar. Rudy tenía que cerrar, y estaría ocupado unas horas más.  En el club, no había cabrón que no se la comiera con los ojos; cada vez que me separaba de ella algún tipo se acercaba a hacerle plática o tratar de sacarla a bailar.  Así estuvimos unas horas más, me la pase fajándomela en la pista y gozando las miradas de los tipos que se les caía la baba cada vez que le pasaba la mano por las nalgas.

De regreso, le hice bulla preguntándole si le había gustado haber calentado pollas con ese vestido.  Me sonrió con su cara de niña mala y me preguntó si estaba celoso a la vez que me dejó ver su tanguita.  “Celoso no, nomás caliente, porque yo fui uno de los que se calentaron, y me gustó fajarte y que nos vieran.  Que vieran el culo de vieja que traigo, y nomás se imaginen que se sentirá cogerte, como lo voy a hacer en cuanto lleguemos”.

Moviendo su tanga a un lado me dio vista de su coño brillante de humedad, se metió un dedo y me lo dio a chupar y me dijo: “Si, ahorita que lleguemos, quiero que me cojas como puta, me sentí muy puta y cachonda sabiendo que me estaban viendo como me metías mano”.

Al llegar a casa de Rudy, nos dimos un beso rico y profundo.  Empecé a fajármela acariciándole sus ricas nalgas por debajo de su falda que por apretada se le subió dejando sus ricos y redondos cachetes a la vista.  A su espalda, oímos la voz de Rudy: “Ya dejen de contar dinero delante de los pobres”, a la vez que encendía la lámpara de mesa.  Liz, aún dándole la espalda, se bajó la falda lentamente, dándole oportunidad de continuar viendo su rico culo unos segundos más.

Rudy no quitaba la mirada del culo de Liz.  Le pregunté que donde estaba su carro, pues no lo vi al llegar y por eso supusimos que él no estaba.  Me dijo, mientras se levantaba dirigiéndose hacia nosotros, que después de hacer el cierre de caja, se tomó unas copas con los meseros.  Al despedirse, Sara, una de las meseras insistió que él no estaba en condiciones de manejar, y lo trajo en su carro.  Al llegar a donde estábamos, nos abrazó a ambos, me dio un beso en la mejilla a mí, después otro a Liz en los labios, diciendo que se iba a su cuarto para que pudiéramos continuar haciendo nuestro “corte de caja”.

Liz le dijo que no tenía que irse, que se tomara una copa con nosotros, después de todo, con cara pícara, nuestra cachondez iba para largo y podíamos continuar más tarde, o si quería le podíamos dar un show.  Rudy se sonrió diciendo que mejor la copa, pues no se creía capaz de aguantar el show, ya que no había tocado una mujer desde que se fue Kelly su esposa.

Liz lo abrazó y caminando hacia el bar, le dijo que le sirviera una copa y dejara de estarse lamentando por algo que estaba en el pasado y que no desperdiciara su vida.  Sentándose en una silla alta del bar, Liz lo abrazó atrayéndolo hacia su lado, y le preguntó por qué no había invitado a Sara a pasar.  Rudy con cara de mortificación, pues era evidente que el roce con el muslo de Liz le estaba provocando una erección, le contestó que simplemente no se le había ocurrido.

Liz ahora abrazándome a mí también, lo miró y le dijo: “¿ves, tú realmente creíste que se ofreció a traerte solo porque estabas tomado?  Es obvio que no lo está, lo que está es tonto.  Ella quería darte la ocasión, si la hubieras invitado, ahorita estarías en tu recámara con ella, y Pablo y yo estriamos posiblemente cogiendo aquí sin que nos hubieras interrumpido.  Aunque a lo mejor nos hubieras sorprendido en el acto”.  Durante este tiempo, Liz movía su muslo contra la verga de Rudy, que ya estaba parada a todo lo que daba.

Sin saber que decir, Rudy se recargó en el respaldo de la silla con la vista clavada en el escote de Liz, ella volteó a verme con cara de morbo.  Con mi mano que estaba sobre el respaldo, le bajé los tirantes del vestido.  Le tomé la mano a Rudy a la vez que hice que Liz se irguiera causando que sus chiches brotaran de su escote y puse la mano a Rudy sobre una de las redondas tetas de mi mujer, mientras yo le metía la mano por debajo de la falda para sentir el manantial de jugos que brotaba de su panocha.

Liz atrajo a Rudy del cuello de su camisa para darle un beso y después bajó su mano a su verga, y tomando la mía con la otra mano, presentó sus chiches para ser acariciadas.  Con la mano que yo tenía en su espalda, le bajé el cierre del vestido.

Liz se bajó de la silla alta y caminó hacia el sofá deteniéndose para dejar caer el vestido al suelo.  Ahí parada de espaldas a nosotros, con solo el elástico de la tanga interrumpiendo su desnudez, volteó a vernos.  Esto me recordó la foto que David había visto y pensé que el cabrón tenía razón con respecto al culo de mi mujer.  Es divino y no se ven culos así todos los días.  Rudy se acercó a ella y la besó doblando las rodillas para que su verga estuviera a la altura de su coño y le tomó ambas nalgas para apretarla contra su erección.

Liz le quitó la camisa y lo empujó a sentarse en el sillón, después abriéndole el pantalón, se lo bajó con todo y calzón dejando libre la verga de Rudy hinchada a más no poder con las venas realzadas y la cabeza brillando con líquido pre-seminal.  Liz volteó a verme y con una cara de puta le pasó la lengua a la cabeza de la verga de mi amigo.  Yo sentía mi propia verga dolerme al empujar la tela de mi pantalón.   Viendo el culo de mi mujer hincada, con la boca llena con la verga de mi amigo me estaba volviendo loco de morbo.

Arrancándome mi ropa, me hinqué atrás de ella, le reventé el elástico de la tanga y hundí mi cara entre sus nalgas y más que lamer, empecé a sorber el líquido de su concha.  Sin soltar la verga de Rudy, mi puta se paró para facilitar mi acceso; así con sus sabrosas piernas abiertas, le lamí sus jugos que estaban chorreándole por los muslos, mamándole el coño y metiéndole mi lengua en su ano hasta que se vino gimiendo con la verga de mi amigo en su boca.

Rudy estaba bufando como toro, pero quizá por el alcohol no se venía aún.  Liz se montó sobre él y se dejó caer metiéndose toda su verga de golpe gozando aún más la cola del orgasmo que acababa de tener.  Ahí hincado la estuve viendo como subía y bajaba y se restregaba sobre mi amigo, quien ahora le mamaba las tetas como becerro acabándose de criar.  Le faltaban manos al cabrón para acariciarle piernas, tetas, nalgas.  ¡Que cuadro!

Los dejé cogiendo y fui al baño a buscar jalea lubricante.  Mi verga me dolía y sentía que si tan solo me la tocaba, me vendría.  Regresé justo a tiempo para ver a Liz viniéndose otra vez con un orgasmo un poco menos violento que el anterior, pero mucho mas largo.   Al pasar atrás del sillón en donde estaban, me tomó la verga y se la metió en la boca,  al sentir su lengua, estuve a punto de venirme, pero eso no era lo que yo quería, así que se la saqué, y me puse detrás de ella, le puse algo de jalea en el ano, me hinqué atrás de ella y le metí la verga en su apretado culito empujándola sobre Rudy.

Liz gimió rico de placer pegándole sus tetas en la cara a Rudy, que ahora estaba casi gritando y levantando su pelvis para penetrar más hondo a mi mujer.  Yo no me quería mover por miedo a venirme, pues estaba sintiendo un gran placer tanto físico como mental al estarme cogiendo a mi novia, amiga, amante, cómplice y puta por el culo, mientras mi amigo la tenía ensartada por la panocha.  Rudy la levantó de las caderas, empujándola contra mí, y bramando empezó un poderoso mete y saca, rozando mi verga con la suya por dentro del vientre de Liz y golpeando su pelvis contra el de ella haciendo que sus nalgas rebotaran contra mis ingles.

Así estuvo por un corto, pero delicioso tiempo hasta que se vino eyaculando chorros y chorros de mecos dentro de mi mujer, quien gritó, viniéndose otra vez al sentir esto y me causó que ahora yo empezara a bombear unas cuantas veces para también venirme dentro de su culo a borbotones. Así nos quedamos unos minutos sin movernos, solo nuestras respiraciones y gemidos.  Me tomó un rato el sentir que mis piernas me sostendrían, y solo hasta entonces me incorporé sacando mi verga del ano de Liz.  Ella al sentirlo, se empezó también a levantar dejando la ahora, flácida verga de Rudy deslizarse de su coño.  Hincada sobre Rudy, le puso las tetas sobre su cara.

Por primera vez en mi vida experimenté un orgasmo completamente mental, eyaculé otra vez, débilmente sin erección, alimentado solo con el morbo de aquella visión; ver semen chorreando del coño de mi mujer, como lo vi cuando John se la cogió, solo que esta vez parecía una cascada combinado con el mío saliéndole del ano y deslizándose por el estómago de Rudy.

Desmontándose de Rudy, Liz fue a la cocina por algo de beber.  Rudy me miró con una cara de confusión.  Le sonreí, y le dije: “¡hasta aquí llegó tu cuaresma cuate!”.   Liz regresó con una botella de champagne, tres copas y toallas de papel.  Estuvimos platicando, explicándole a Rudy nuestra relación.  El estaba confuso y varias veces expresó su miedo de que nuestra relación se deteriorara y nos perdiéramos, como le pasó a el en su matrimonio.  Liz puso el punto en perfecta perspectiva cuando le recordó que Kelly lo engañó teniendo una relación extramarital, mientras nosotros no estábamos haciendo nada a espaldas del otro.

Luego, tomándole la verga con la mano, lo que causó que se le empezara a endurecer, le dijo: “Además, ¿no te parece que después de que ya me mamaste las tetas, me metiste la verga hasta la garganta mientras mi macho me cogía el culo y me llenaste el vientre con tu semen, es un poco tarde para sermonearnos contra la infidelidad?”.  Rudy sonrió ahora con la verga ya dura, y suavemente empujando la cabeza de Liz hacia su verga, le dijo: “Tú eres menos peligrosa con la boca llena; además ya tenía demasiado de no coger, así que vamos por el siguiente plato”.

Tras de unas cuantas chupadas, Liz se hincó en el sillón y Rudy se paró atrás de ella, metiéndole la verga de golpe.  Yo, sentado en otro sillón, me dediqué a ver como esa puta cachonda paraba las nalgas y se dejaba joder por mi amigo, gozando cada embestida y disfrutando dos orgasmos más antes de que Rudy se corriera otra vez dentro de mi mujer.  Tuve que reconocerme a mí mismo que soy un voyeour, pues realmente disfruté esa escena, tanto que no hice intento por unírmeles, solo quería seguir viendo.

La mañana siguiente me levanté temprano para prepararme para mi junta con Robert, el Presidente de la empresa.  Estaba por terminar cuando sentí alguien detrás de mí, voltee para encontrar a Liz recargada en el marco de la puerta, vestida con solamente mi corbata y una copa de mimosa en cada mano.  “¿Cómo te sientes?” me preguntó dándome la mimosa sentándose en mis piernas.  Choqué mi copa con la suya, le di un sorbo y la besé.  Desde que se sentó sobre mí, sentí una emoción indescriptible.  Lo erótico de su cuerpo desnudo ligero sobre mí, cálido y aromático, contrastaba en contexto con la profundidad que sentía al besarla.  Mi respuesta fue solo: “¡Con ganas de cogerte!”.

Hablamos de cómo nos sentíamos, yo especialmente tuve que admitir como me excitó el verla cogiendo como perra en celo y como gocé cogiéndomela por el culo mientras tenía una verga en el coño; eso me dio un sentimiento de poseerla sin inhibirla.  Admitimos que el sentir era distinto a cuando estábamos solos y llegamos a la conclusión de que ambos diferenciábamos entre hacer el amor uno con el otro y simplemente disfrutar de sexo a nivel primal con la sola intención de gozar.  Concluí que mi morbo fue tanto que no hubo cabida de un sentimiento de celos, o posesión; verla coger me pareció una extensión de cuanto aprecio su belleza y su sensualidad, algo parecido a ver a una hija luciéndose bailando ballet, o tocando el piano; ver a alguien propio desempeñando su arte.  De hecho, me excitaba y anticipaba el verla otra vez.

Liz me confesó que desde que estábamos en el club bailando, ella se estaba calentando imaginándose que se diera una situación similar a lo que sucedió la semana anterior con Denise, solo que con un hombre ahora, y que yo la compartía con él, y nos la cogíamos los dos.  Y anoche, quizá por el alcohol, se vio dentro de esa fantasía y simplemente sintió que yo estaría de acuerdo y por eso fue que la puso en práctica.  Agregó que de alguna manera sentía que todos los hombres y mujeres del mundo estaban para darnos placer a nosotros dos.  Le recordé como me había calentado que la vieran y como me la fajé para exhibirla y le admití que en un momento yo también tuve ese pensamiento.

Reconocí que nunca había imaginado el tener una relación así, pero me causaba un morbo increíble el verla cogiendo y me excitaba mucho el que fuese tan puta.  Y si bien no estaba seguro de cuales eran mis límites, yo también deseaba explorar eso; el estar al lado de una hembra cachonda y saber que aunque se la cogiera alguien más, seguía siendo mía, y aunque yo me cogiera a otra puta yo seguía siendo de ella.  Nos dimos un largo beso como sello a nuestro conocimiento.

La junta fue predeciblemente un desplante de autoridad y presunción por parte de Robert.   Durante el almuerzo, Robert hacía alarde de llamar a los meseros con chasquidos de dedos, o gritándoles: “boy”.  Transcurrida un poco más de una hora, después de pretender decirme que era lo que yo debería concluir en mi análisis, Robert daba por terminada la reunión.  Sugiriendo que la próxima vez podríamos juntarnos de una manera más personal con nuestras respectivas parejas, partimos rumbo.  De camino pensé lo estúpido y falto de propósito del ejercicio, pues no se discutió nada que no pudiese esperar hasta el lunes, y si le costaría a la empresa 10 horas de honorarios, y los respectivos viáticos.

Por otro lado, el haber ocasionado que Liz viniese, me había dado la oportunidad de gozarla con Rudy, que de otra forma, quien sabe cuando se hubiese presentado la oportunidad. Al llegar a casa, me encontré a Liz y Rudy en la cocina preparando el almuerzo.  Liz llevaba puesta una playera de Rudy y él solo unos cortos.  La besé, percibí el olor a semen en sus labios y comprobé que no traía nada más bajo la playera.  Le metí dos dedos en su cuca que estaba jugosa con los mecos de mi amigo, preguntándole cuantas veces habían cogido.  Con su hermosa cara de niña mala, me contestó, quejándose conmigo, que solo una, porque Rudy se había venido muy pronto con la mamada con que lo había despertado y se tardó mucho en recuperarse.

Le pegué a Rudy en la espalda regañándolo: “Cabrón, si dejo a mi mujer contigo es para que te la cojas hasta dejarla satisfecha, pínche eunuco impotente”.  Liz le enseñó la lengua y yo aproveché para chupársela y darnos otro beso y fajar mientras él terminaba de preparar el almuerzo disculpándose y bromeando.

Ellos almorzaron mientras platicábamos y yo los acompañé con un café.  Al terminar, Liz se acercó a mí y me besó abriéndome el pantalón, se quitó la camiseta y deslizó su vagina sobre mi verga.  Aún estaba cremosa de la cogida que le había dado Rudy antes de que yo llegara.  Volteó a ver a Rudy y le dijo que ahora le tocaba a él darle por atrás.  Sin perder tiempo, tomó la jalea de la mesita de la sala y se acercó a nosotros.  Sentí su verga deslizarse en el recto de mi hembra, y disfruté el como se arqueó ella, empujando sus ricas tetas contra mi cara.  Mi amigo, ahora sin reserva alguna, se cogió a mi mujer gozándole el culo por primera vez tratando de mantener ritmo con mis embestidas.

Yo no hice siquiera el intento de retardar mi corrida, y pronto estallé en una venida que Liz sintió, pues gimió y me besó abrazando mi cabeza y facilitando su culo para Rudy, quien también se vino momentos después.  Liz después me confirmó que ella tuvo un solo orgasmo que comenzó cuando Rudy la penetró y duró hasta que yo me vine.  El resto el día lo pasamos paseando, de compras y simplemente disfrutándonos el uno al otro.  Cenamos en un restauran italiano y fuimos a escuchar Jazz.   El domingo me levantó el ruido proveniente de la cocina donde Liz completamente desnuda, tomando una mimosa preparaba el desayuno.  Le llamé la atención a Liz con respecto a despertar a Rudy pues el sábado es el día más atareado para él y seguro que habría llegado de madrugada, y necesitaba dormir.

Liz tomó una fresa y con su cara de niña mala, la untó en los labios de su coño diciéndome: “Rudy esta descansando, pero si no me equivoco, esta descansando en la cama de Sara, pues en su cuarto no está.  Y tú déjate de regañarme y vamos a desayunar, porque tienes una puta que satisfacer al menos dos veces más antes de llevarme al aeropuerto esta tarde, así que come…” y me dio la fresa con sabor a concha.

El divorcio de Liz sería finalizado esa semana siguiente, y ella había decidido que pasaría el próximo fin de semana sola con sus hijos, por lo cual no nos veríamos durante ese tiempo.
En el camino al aeropuerto, me dijo cuanto había gozado este fin de semana y me agradeció el compartir su locura y lujuria.  Me dijo lo libre que se sentía y lo mucho que le gustaba eso.  Con su expresión de diablilla, me dio un papel con un teléfono y me dijo que buscara a Denise si me empezaban a doler los huevos, que ella por su parte iría al almacén a comprar suficientes baterías para el vibrador.

Nos despedimos con un beso largo y lleno de significado.  Como ya lo dije antes, el sentimiento del beso no concordaba con la sexualidad que vivimos estos días.  Era como si al estar solos entráramos a un capullo que nos aislaba de todo lo externo, y sentíamos deseo solo por el otro.  Por otra parte, recapacité en que me era difícil el dejarla ir, y reconocí que de hecho si sentía algo más que simple deseo por ella.  Calmé mi mente y accedí a darme esas dos semanas para analizar mis sentimientos.

Gracias por leer este tercer relato.  Con anterioridad les agradecí sus comentarios positivos; de la misma suerte, les hago saber a algunos que me han hecho ofrecimientos, que en los 19, ya casi 20 años que llevamos juntos Liz y yo, lo que menos nos ha faltado es quien quiera cogerse a mi mujer.  Fue y sigue siendo muy hermosa, atractiva y sensual.  En un principio era excitante el tratar personas nuevas tanto como podíamos, pero con el paso del tiempo y a medida que nuestro círculo de amistades creció ya no es necesario hacer nuevos contactos tan seguido  pues podemos siempre regresar a compartir con aquellos con quienes nos sentimos más cómodos y afines.  Hay hombres y mujeres en 6 continentes que han tenido conocimiento carnal de esposa, así que ya no es cuestión de cantidad.

Por lo tanto les ruego que no me pidan fotos ni pormenores para conocernos.  Estos relatos son simplemente una exposición quizás algo narcisista de nuestras vivencias, y no un vehículo para obtener más contactos.  Durante todo este tiempo, hemos logrado amarnos y seguir deseándonos en un ambiente de confianza y respeto gozando de nuestra sexualidad. Seguiremos nuestros relatos mientras ustedes expresen su deseo de seguir leyéndolos.  Gracias por sus votos.  Sus comentarios o preguntas siguen siendo bienvenidos.

Autor: Liz y Pablo

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