La Diosa vikinga

¿Sabéis la descripción de una diosa vikinga?

Ella es así, rubia como el trigo de agosto, con su larga melena mechada y ligeramente ondulada. Alta, altísima, destacando entre la multitud. Y una presencia magnética que hace que el mundo se divida en dos, los que no pueden dejar de mirarla al pasar y los que no quieren dejar de mirarla una vez que ha pasado.

Hummm…! y esas piernas, interminables, eternas, perfectas…

Unos ojos como el cielo cuya mirada te perfora, te atraviesa hasta la nuca y a su vez impenetrables, enmarcados en una carita de ángel, con la perfecta expresión de la inocencia que inspira ternura.

Sus labios, ni finos ni gruesos, una invitación sublime a la imaginación.

Su cuerpo…! Podría pasarme horas divagando sobre él.

Sobre su piel clara, suavemente dorada por el sol.

Sobre sus pequeños pechos, coronados por unos minúsculos pezones tan rosas que casi no se distinguen de la piel.

Sobre su espalda aterciopelada, rematada por unas nalgas exquisitas, acogedoras, de tamaño justo.

Sobre su lunar bajo el ombligo, señalando la ruta hacia mi perdición.

Sobre su vello púbico, recortado en forma de corazón y en cuyo vértice final se desatan todas las tormentas del averno.

Sí, esa mujer está ahora en mi alcoba, desnuda sobre mi cama, y su engañosa expresión de niña buena se ha transformado en el rostro lujurioso de la diosa del placer. Sus ojos me miran anhelantes y a la vez generosos.

Me esmero en recorrer con la punta de mi lengua cada rincón de su piel. El proceso es largo pero no quiero dejarme un solo recoveco sin saborear. Ella responde con leves gemidos animándome a seguir.

Llego, por fin, a su cuello, me paseo por debajo de su oreja. Su gemidos son ahora más audibles y con sus manos me empuja hacia su pecho, sensible hasta el extremo, apenas he rozado sus pezones y están duros como el diamante. Me entretengo un rato acariciándolos con mi boca. Mis manos han cobrado vida propia y han empezado a colaborar. Ella empieza a retorcerse y sus imperceptibles gemidos se transforman en jadeos. Bajo hacia el interior de sus muslos, para enardecerla aún más no llego hasta su sexo y cambio de muslo. No puede más, se ha acabado su actitud pasiva, todo se desata.

Hace que me tumbe en la cama y se sienta sobre mi cara, no tengo escapatoria. Comienzo a lamer y a chupar, ahora ya sin tanta delicadeza. Por fin se agacha sobre mi sexo, ahora soy yo el que se retuerce de placer. Si hubiera un grado sobre sexo oral ella sería catedrática. Sigo lamiendo su sexo, me ayudo con los dedos y, de repente, un grito gutural, ahogado, desde lo más profundo de su garganta y se queda laxa, desmadejada sobre mi. Parece que ha llegado a la meta.

La rodeo con mis brazos por detrás y mi dureza se cuela entre sus piernas, tarda unos instantes en reaccionar, pero mi sexo hirviente le quema en el suyo, abre sus piernas invitándome a entrar en ella. Entro sin llamar, como una exhalación. Ella gime y yo me vuelvo loco, no puedo controlar mis movimientos y al rato el estallido, el ‘big bang’, sincronizado, simultáneo, glorioso.

Quedamos rendidos, agotados. Sigo abrazándola por detrás, con inmenso amor. Beso su espalda, su nuca y caigo dormido. Al despertar estoy solo en la cama y entro en pánico. ¿Habrá sido un sueño?

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