La embarazada en el cine.

Carmen tenía 25 años y estaba embarazada de siete meses de su segundo hijo. Su marido, Ernesto, la adoraba, la tenía en un pedestal como la mujer de su vida. Ella era de buena estatura, rostro atractivo, pelo largo castaño suelto, pechos estimables, especialmente ahora en estado de preñez, bonitas y largas piernas, y un culo bien asentado. Educada en un colegio de monjas, se había liberado en el sexo por medio de su marido, quien fantaseaba y la hacía practicar muchos juegos sexuales. La enseñó a hacerle cubanitas, metiendo su polla entre las tetas de ella, la acostumbró a recibir por el ano, obligándola a una sesión semanal de larga sodomización, la instruyó en el arte de la felación, consiguiendo hacerla maestra en la chupada de pollas. Y alguna vez, con un matrimonio amigo, la había animado y conseguido que practicara el intercambio de parejas, gozando él mientras veía como otro hombre se la tiraba.

Ahora, con el embarazo, había ganado en belleza. La enorme barriga que lucía excitaba aún más a su marido. Carmen tenía que aguantar casi todos los días las acometidas conyugales de Ernesto, quien cada vez que llegaba a casa del trabajo, le subía la falda, le metía mano al coño, la besaba, y acababa acostado con ella, dándola por el culo, tras estar un rato mamando sus pechos, chupando sus gordos pezones, sacando de ellos mucha leche calentita que tragaba como un goloso bebé. Alguna vez se pasaba en las embestidas que la daba al sodomizarla, y ella se quejaba. Pero hasta que se corría, él no decaía en su ímpetu e ignoraba el dolor de su mujer. Luego, eso sí, le pedía excusas y le daba un cariñoso beso en los labios.

Un día de ese séptimo mes de embarazo, lleno de fantasías eróticas como era habitual, le explicó a Carmen que le gustaría que fueran a un cine porno, pero por separado. El se pondría en una fila detrás de la suya, y disfrutaría viendo como los hombres la acosaban. Ella, que siempre cedía a sus deseos, no puso demasiados reparos a la idea. “Bien, pero si quieres que lo hagamos, que sea ya. Busca un cine y nos vamos ahora”, le dijo. Ernesto se quedó sorprendido ante la iniciativa de su mujer, y cogió el periódico. Encontró un cine porno bastante alejado de su domicilio. Se cambiaron de ropa, él se puso unos tejanos y una camisa blanca, ella un vestido gris ancho, bastante corto, de una pieza, que le quedaba por encima de las rodillas. Debajo, unas bragas negras pero prescindió del sujetador. Quería que sus pechos fueran sueltos, le dio por ahí. Bajaron al garaje y salieron en el coche hacia el cine elegido.

Al llegar, ella entró primero. Sacó su entrada, el taquillero se extrañó de verla sola. No se admitían fulanas en el cine, pero el elegante aspecto de Carmen, de ama de casa, de madre de familia, le convenció para dejarla entrar. Al cabo de un par de minutos entró Ernesto. Se metió en el cine y miró la pantalla. Dos tíos y dos tías estaban follando a lo bestia en una gran cama. Sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, viendo que la sala estaba casi vacía. Diez o doce tíos desperdigados, y su mujer en una de las últimas filas. Fue hasta allí y se acomodó en la fila de atrás. Ella se volvió un momento y le hizo una mirada cómplice. En la fila de Carmen sólo había un tío, varias butacas a la izquierda, que no paraba de observarla. Era un tipo con pinta de oficinista, trajeado, cincuentón, medio calvo. Ella, como quien no hace la cosa, se subió un poco el vestido. Dejó sus apetitosos muslos al descubierto. El tipo, de manera furtiva, fue acercándose butaca a butaca. Carmen lo miró mientras lo hacía y sonrió. Ernesto lo veía todo desde atrás, y empezó a calentarse. Se desabrochó la bragueta y se sacó la polla fuera, cogiéndola con una mano. El tipo acabó sentado al lado de Carmen. “Estás muy buena, tía. Quien te haya hecho esto, dijo señalando su barriga, bien que habrá disfrutado”, le susurró al oído. Ella se volvió y lo miró sonriendo. “¿Quieres tocarme, tío cerdo? ¿Sí, verdad?”, le respondió animándolo. Él, entonces, alargó su mano izquierda y la puso encima de la barriga de Carmen. Ella le dejó hacer. Sabía que esas cosas le gustaban a su marido, que estaba detrás. El tipo le acarició unos momentos la barriga, parecía un ataque inocente, pero duró poco esa situación. Su mano se deslizó hacia abajo y llegó al borde del vestido de Carmen. Una vez allí, le pidió cortésmente que se abriera de piernas y se subiera más el vestido. Ella, muy azorada ya, sin saber cómo, le hizo caso. Se lo subió por encima de la cintura, se abrió de piernas, se estiró hacia abajo, y el tipo le metió mano a la entrepierna, que ya estaba humedecida con el toqueteo. Los dedos del tipo entraron dentro de las bragas, llegaron al clítoris, se lo frotaron. Ella se estremeció. El tipo sabía tocar coños, la estaba poniendo a cien. Cerró los ojos y disfrutó del momento. Notaba que se iba a correr pronto si seguía el frote del clítoris y le pidió al tipo que parara un momento. Lo hizo, y como compensación, le cogió la mano metida en las bragas y se la puso en el pecho. “Tócame las tetas, que están crecidas por el embarazo”, le indicó. El tipo le sobó con rudeza el pecho. Le apretó las tetas, le presionó los gordos pezones que destacaban por encima del vestido. De pronto, se oyó un pequeño murmullo. Ella se volvió y contempló a su marido con la polla cogida echando semen. Se había corrido, el muy cornudo. No le gustó esa impaciencia de su marido y para vengarse, le dijo al tipo, “vamos a los servicios. Estaremos más tranquilos”. Se levantaron los dos y se fueron de la fila. Su marido, desahogado, quiso seguirles, pero otro tipo lo agarró y no le dejó hacerlo. “El que va con esa tía preñada es amigo mío. Déjalo en paz”, le aclaró. Carmen entró en el lavabo de caballeros. Estaba poco iluminado y olía a meados y semen. Más de un tío se habría pajeado allí después de ver las películas que hacían en el cine. El tipo, de una altura similar a la suya, la abrazó por detrás nada más entrar. Le subió el vestido, y le introdujo una mano en las bragas, llegando al agujero de su ano. Por allí le metió dos dedos, mientras con la otra mano le sobaba los pechos que empezaban a rezumar leche maternal, manchando el vestido. “Estás de buena que te caes, tía. Te voy a mamar las tetas. Quiero que tus pezones me alimenten”, le dijo. Sacó los dedos del culo, la puso de frente, y la apremió para que se quitara el vestido. Carmen se lo quitó, lo dejó en el suelo, y quedó ante el hombre sólo con las bragas, con su barriga y sus pechos desnudos. Estaba realmente apetecible. El tipo primero le succionó los pezones, llenando su boca de leche maternal. Luego le quitó las bragas, las echó a un lavabo, y le metió dedos en el humedecido coño. Carmen sintió un gusto tremendo, por la experiencia que demostraba el tío tocándola. Con su enorme barriga de embarazada, dando gusto a un tipo desconocido en un lavabo asqueroso, se sintió llegando al escalón más bajo de su depravación. “Me gusta hacerlo con preñadas”, le comentó en ese momento el hombre, “en este estado demostráis vuestra condición de hembras sometidas al macho”. Ella no le contestó. Miraba hacia arriba, mientras el tipo le metía, además de dedos en el coño, otros dedos por el culo con la otra mano. La tenía cogida de esa manera, bien agarrada por culo y coño, cuando se abrió la puerta del lavabo y entraron todos los tíos que estaban en el cine acompañados de su marido. Carmen no lo descubrió. Ernesto tampoco explicó que era el responsable de la barriga de ella. En total, eran doce los que entraron. “Obedece lo que te digamos, tía, y lo pasaremos bien”, le ordenó uno de los recién llegados, un tipo con pinta de camionero, rudo y fuerte. “Túmbate primero en el suelo y abre bien tus piernas”, le indicó. Ella lo hizo, notando el frío suelo en su espalda. Se abrió todo lo que pudo y ofreció su peludo coño a todos los presentes. Entonces, uno a uno, empezando por el tipo de la fila, la penetraron hasta los huevos. Mientras lo hacían, le chupaban los pezones y le estrujaban las tetas. Los trece, pues su marido también se la folló, se corrieron en sus entrañas, dejando su coño rebosante de semen. Cuando acabaron, la hicieron ponerse a cuatro patas, al estilo perra. Y uno a uno, en el mismo orden que la habían follado por delante, se la metieron en el ano, corriéndose dentro del mismo, llenándolo también de semen. Carmen, en esta incómoda posición, chupaba pollas a la vez, las de los que esperaban su turno para encularla. Al terminar de descargarle el semen correspondiente el último de los tíos, se puso en pie con dificultad, viendo como todos se iban marchando menos su marido. Le pesaba la barriga, le dolía el culo de tanta polla que había entrado en él y le escocía el coño por lo mismo. Fue a vestirse y no encontró el vestido. Los tíos, después de correrse dos veces dentro de ella, se lo habían llevado, así como también sus bragas. Desnuda totalmente, le preguntó a su marido qué hacían. El, como solución, se quitó la camisa y se le preguntó a su marido qué hacían. El, como solución, se quitó la camisa y se la dio. Ella se la puso pero le tapaba los brazos y apenas nada más, pues no podía abrocharla y quedaban a la vista tetas, barriga, coño y, por detrás, el culo. Intentaron salir así del cine. El acomodador, un tipo rechoncho y calvo, al verlos venir, con el marido tapando lo que podía del cuerpo de su mujer con las manos, les dijo que iba a denunciarlos. Carmen le rogó que no lo hiciera. El la pidió a cambio poder disfrutarla un poco. Ella aceptó la propuesta y se metió en un cuartucho con él. Allí dentro, el acomodador sorbió ansioso la leche de sus pechos -¡cómo gustaba a todos los hombres hacerlo!, pensó ella -, hizo que se la chupara, y luego se la metió por los dos agujeros, el del coño y el del culo. Cuando iba a vaciarse la sacó y echó todo el semen en las tetas de Carmen. Luego, se meó en su cara. Bien relajado tras correrse y mearse, le dijo que ya podía irse. Ella salió, le indicó a su marido que trajera el coche a la puerta del cine y lo esperó. Cuando llegó, se metió corriendo en el vehículo y se fueron a casa a toda prisa. “¡Nunca más!”, le advirtió a su marido, “¡nunca más!”. “Sí, ahora dices eso, pero ¿cuántas veces te has corrido, mala puta?”, le contestó él. Carmen no le respondió. Pero mentalmente, contó hasta diez.

 

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15 comments

  1. Muy bueno el relato me excita mucho cojer con embarazadas en general soy de Argentina buenos Aires ciudad de bahía blanca la q estés disponible que me contacté Gracias.

     
  2. Soy de la cd. de México, este relato no lo saco de mi cabeza, no pensé que a alguien pudiera gustarle las embarazadas…yo estoy embarazada, bonita, 30 años, profesionista, ya comienzo a tener leche, me gustaría hacerlo, esto es serio y real … últimamente estos relatos me tienen excitadisima…

     
    1. Hola a mí también me gusto el relato y me atrae mucho las mujeres embarazadas por que se miran hermosas y exitante con sus pechos inchados soy de la ciudad de México y me gustaría contactar a una mujer embarazada o en periodo de lactancia

       
        1. Ha mi también me gusto mucho y me encantaría conocer a una mujer embarazada o en periodo de lactancia mi número es cinco cinco seis nueve uno seis uno seis tres nueve me encantaría mucho

           
    2. Hola soy de buenos Aires Argentina ciudad de buenos Aires me gustaría al menos q si no puedo conocerte que me mandes fotos tuyas desnuda o vídeos.

       
  3. Qe buen relato a mi tmb me exitan y me encantan las mujeres embarazadas y es mi sueño y mi fantasía más grande hacerlo con una mujer madura hermosa que este embarazada ojalá y se me cumpla algún dia saludos bellas señoritas.

     

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