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LA INQUILINA

19 de diciembre de 2006

Aquel día al consultar mi agenda, vi que tenía que cobrar el alquiler de la casa antigua. Era una gran casona, a las afueras de la ciudad que heredé de mis padres, y que hacía dos años había alquilado a un matrimonio. Hasta ahora no había tenido problemas para cobrar, pero desde hacía tres meses el ingreso en mi cuenta no se había producido. Sin embargo esta vez estaba dispuesto a presentarme en la casona para cobrar, y de paso enterarme qué clase de dificultades económicas atravesaban mis inquilinos.

En coche apenas tardé 40 minutos, de modo que me detuve en el bar del pueblo para tomar un café y saludar. Aquello no había cambiado en absoluto con el tiempo. En seguida reconocí al viejo amigo Salvador, con su puro apagado en la boca como siempre. Después de los saludos de costumbre, se intereso por el motivo de mi visita. Se lo expliqué brevemente, pero lo sorprendente fue su respuesta.

- Sí, esa mujer tiene dificultades económicas, pero se las ha buscado. Juega continuamente a las máquinas de apuestas, y se gasta todo el dinero que le manda su marido desde Francia. Yo aquí, le prohibí la entrada para que no jugara más.-

Todo eran sorpresas. Cuando salí de aquel bar estaba preocupado de verdad. Si su marido pasaba prácticamente todo el año en Francia, y ella era una ludópata, lo que realmente estaba bastante claro es que me marcharía sin mi dinero. Absorto en mis pensamientos llegué hasta la entrada de la casona. Llamé al timbre y después de esperar un rato me abrió aquella mujer. Era morena de unos 38 ó 40 años, bien proporcionada. Me preguntó quién era y qué quería. Cuando se lo expuse, su aparente seguridad inicial se quebró varios enteros. Fui muy directo. Le dije que yo no estaba dispuesto a consentir más retrasos en los pagos, y le relaté lo que me habían contado en el pueblo, sobre su adicción al juego. Las cosas terminaron de ponerse feas cuando le dije que quería hablar lo antes posible con su marido.

-Escuche.- Me dijo. -Le pagaré muy pronto, le doy mi palabra, pero no quiero que mi marido sepa lo de las máquinas.

-Señora, usted me pide que yo sea paciente, pero usted tiene un problema serio de adicción al juego y yo una deuda que cobrar, y estoy aquí en medio del campo achicharrándome de calor. Así es que págueme. Quiero cobrar inmediatamente.-

Su cara dejaba ver claramente lo asustada que se encontraba, de modo que decidí morbosamente aumentar la presión.

-Vayamos dentro y seguiremos hablando.- Mi entonación no dejaba lugar a una negativa. Ella se apartó un poco mientras yo entraba. Inmediatamente detrás de mí entró ella, seguimos andando hasta el salón y al llegar me ofreció algo de beber, a lo que yo le di las gracias aceptando. Regresó a los pocos minutos mi refresco en una mano y esperó a que bebiera un sorbo.

-Dentro de dos semanas, tendré su dinero, no se preocupe.- Me dijo desde el centro de la habitación. -Siéntese, por favor.- Me invitó.

-Señora, no ha entendido aún nada. Esto no es una visita de cortesía-. Me acerqué hacia ella. -.He venido porque usted no me ha pagado.- Ahora estaba bastante más cerca de ella. Esto no le pasó inadvertido y noté como su respiración se hacía más intensa. Decidí presionar más, hasta ver donde llegaba.

-Verá señora, yo no estoy acostumbrado a que me tomen el pelo de esta forma.-

Trató de interrumpirme, pero no la dejé alzando un poco más la voz. -Si usted, por un momento se cree que yo voy a permitir que se gaste mi dinero en máquinas, y que me voy a marchar por esa puerta sólo con una promesa, está muy equivocada.- La cogí por la pechera y acerqué su cara casi hasta la mía.

-Quiero el teléfono de su marido en Franc

ia.- -Si se lo dice a mi marido, me pedirá el divorcio. Le juro que en una o dos semanas mandará más dinero y le pagaré todo.- Ahora estaba casi llorando.

-¿Que me vas a pagar en dos semanas?, bien te voy a decir algo muy clarito.- Mientras decía esto, solté la pechera de su camisa y bajé esa misma mano hasta su entrepierna. Se quedó como paralizada y su respiración ahora sí que era fuerte. –

Dentro de unos días volveré y si no tienes mi dinero, te voy a follar, pero no como te folla el gilipollas de tu marido, sino bien folladita. Te voy a hacer de todo y esta polla que tengo aquí te las vas a comer entera. Me estás oyendo.- Asintió lentamente con la cabeza de modo que froté tres o cuatro veces más mi mano contra su coño, para que viera que hablaba en serio. La dejé allí en medio del salón sin darle tiempo a reaccionar, arranqué mi coche y me marché de nuevo a mi casa.

Aquellos días se me antojaban eternos. No podía pensar en otra cosa que no fuera aquella mujer. En mi vida había hecho una cosa así y esto me creaba algún conflicto. Realmente recuerdo aquellos días de forma un tanto extraña, pasando de unos profundos sentimientos de culpa a otros en los que la excitación me invadía, me dominaba y no me permitía ni dormir ni trabajar. Finalmente una tarde decidí volver. Me arreglé un poco y cogí el coche. Cuando llegué a la puerta de la casona, estuve a punto de dar media vuelta, pero finalmente toqué el timbre de la entrada.

Cuando abrió la puerta, al verme pareció un poco sorprendida, pero en seguida reaccionó y me saludó con el clásico "Buenas tardes". Su tono era de una fingida cordialidad.

-Entremos.- Le dije.

Al igual que la primera vez entramos sin que ella protestara.

-Tiene mi dinero.- Le pregunté.

-Verá, D. Jaime, tengo el dinero que me mandó mi marido anteayer, pero falta un poco para pagarle todo lo que le debo. De todas formas ya ha visto que voy a pagarle. Seguramente el próximo mes me pongo al corriente.- -Señora déme el dinero que tenga.-

De un pequeño cajón sacó un sobre que me entregó inmediatamente. Lo abrí y conté el dinero. -Aquí falta dinero.- Le dije.

-Pero ya le he explicado…- -Ya sé lo que me ha explicado, pero eso no quiere decir que yo lo acepte.- Me acerqué a ella más. Sólo este movimiento hizo que empezara a respirar nuevamente de forma acelerada.

-Levántese la falda.- Ordené.

-Escuche. La próxima semana tendré… No dejé que terminara. Lentamente dejé que surgieran las palabras. Sin gritar. Fríamente le ordené.

-¡Que se levante la falda! -Agarró tímidamente la falda con sus dos manos y comenzó a levantarla muy despacio y sin decir nada. Sólo respirando tan fuerte que sus tetas no hacían más que subir y bajar.

-¡Hasta arriba! Le dije cuando parecía que se paraba un poco.

-Por favor, le voy a pagar, se lo juro.- -¡¡¡Hasta arriba, le digo!!!

Se terminó de levantar la falda, dejando ver sus bragas blancas de algodón. Me acerqué a ella y le puse mi mano en el coño. Empezó a protestar e incluso gimoteó un poco. Pero no lloró, por lo que yo intensifiqué mi manoseo. Me pareció que empezaba a excitarse un poco ya que sus bragas estaban más calientes y húmedas cada vez. Aún así seguía protestando, de modo que decidí ser más imperativo aún.

-¡¡¡Deja de protestar de una vez!!! Si hubieras pagado yo no tendría que estar perdiendo el tiempo en viajes hasta este pueblo para recuperar mi dinero. Le espeté.

-Debería de haber hablado con tu marido desde el primer momento, y no tratar este asunto contigo.- Esto último fue un auténtico latigazo a su moral.

-Le pedí que no le dijera nada a mi marido, que yo le pagaría.- Ahora sí gimoteaba.

Sus manos habían dejado caer la falda y yo solté su coño.

-Yo no he comentado nada a tu marido, pero yo voy a cobrar, ¡entendido!.-Asintió lentamente con la cabeza. Ahora sí que vi su rendición en los ojos.

-Vuelve a levantarte la falda.- Volví a exigirle. Esta vez lo hizo sin tantos titubeos y elevó su falda hasta que nuevamente sus bragas quedaron a la vista.

-Bájate las bragas.- Cogió cada lado de sus bragas con una mano y las deslizó hacia abajo por sus piernas, h

asta las rodillas, dejando que viera su coño. Entonces alargué la mano y la puse sobre su coño desnudo y húmedo. Noté su estremecimiento al sentir mi contacto e inmediatamente empecé a introducir lentamente dos dedos en su vagina. Esta vez el estremecimiento de ella fue más intenso, incluso dejó escapar un pequeño gemido. Le acaricié el clítoris hasta que mojó por completo mi mano.

Cuando me pareció que estaba suficientemente caliente le di la vuelta, y la obligué a poner las rodillas en el suelo sobre la alfombra, le doblé la cintura poniéndola a cuatro patas y le levanté la falda, dejando su culo blanco delante de mí. Me saqué la polla y se la pasé por la entrada de su coño, pero sin penetrarla. Agarré su pelo negro obligándola a echar la cabeza hacia atrás y le ordené: -Levanta el culo.- Lo levantó dejando su coño listo para penetrarla. Acerqué nuevamente mi polla y la puse en la entrada. Repetí la operación de pasársela por la entrada varias veces y después se la metí lentamente toda entera. Volvió a repetir un gemido como el que le había escuchado antes y entonces comencé a follármela lentamente, dejando que mi polla fuera despacio, muy despacio, desde los testículos hasta la punta, dejando que mi capullo saliera un poco cada vez y volviendo a introducírselo entero. Después de unos minutos follándomela de este modo, intensifiqué mis embestidas, con lo que ahora sus gemidos se escapaban con alguna frecuencia. Le di la vuelta y la puse boca arriba, tomé ambas piernas y las coloqué con los tobillos en mis hombros. Ella no dijo nada. Me dejaba hacer.

Coloqué mi polla en la entrada de su coño y apreté hacía su interior. Ahora entró con mucha más facilidad, y en su cara que estaba a pocos centímetros de la mía, vi el placer que estaba sintiendo. Ya la tenía completamente vencida. Se retorcía un poco de gusto y ya no intentaba disimular como al principio, sus gemidos eran tan descarados como intensos y así en esa postura me la follé a modo, hasta que noté cómo ella empezaba a tener una buena corrida. Seguí follándola con fuerza un poco más y luego saqué mi polla y se la acerqué a la boca. Me hizo un amago de rechazarla, pero con una pequeña presión abrió la boca para que yo se la metiera. Me la chupó como sólo una hembra recién corrida sabe hacerlo, y cuando ya no pude aguantar más me corrí en su boca. Después se la saqué y se la volví a meter en el coño, para dejar que aquí se me fuera lentamente la erección.

Desde entonces me la sigo follando de vez en cuando, aunque ya no me debe dinero. Esta fue mi primera experiencia cañera, en siguientes capítulos contaré las demás. Un saludo

Autor: Judas

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