Laura y su vagina (I)

Unas hermosas y redondas nalgas se veían al final del pasillo. Fue lo que vi una mañana al regresar al trabajo tras una prolongada ausencia. Allí estaba Laura, hermosa y morena como ninguna otra mujer que había visto. Una encantadora sonrisa acompañada de una mirada seductora y, sin lugar a dudas, unas caderas que solo llamaban al deseo.

Yo soy Rafael, soltero y con un gran deseo de acostarme con una de mis compañeras de trabajo. Luego de tres miseros años en esta empresa ninguna me daba el morbo suficiente para seducirla, hasta que la vi al final del pasillo con su suéter amarillo.

Al comienzo eran simples “hola”, pero un día, al pasar por su escritorio la veo leyendo un artículo titulado “Los gritos guturales de Esperanza Gómez.

– Hola Laura

– ¿Cómo estás bello?

– Bien, disculpa que lea tu monitor pero ¿quién es Esperanza Gómez?

– Mi actriz porno favorita, conseguí un artículo donde hablan de sus gritos, en sus escenas esa mujer grita como nadie, simplemente la amo.

– ¡Genial! no la conocía, ya tengo una nueva actriz porno para mi lista, deberías buscar a Alexis Amore, esa es mi favorita.

Esta era mi primera charla de porno en la oficina. Ese día le pedí su número y al caer la noche me decía que su padre cumplía años, y yo solamente pensaba en su cuerpo desnudo y en masturbarme. Pensaba en como luciría su vagina, jamás había visto en persona la vagina de una mujer morena. Con un poco de timidez le conté que me masturbé pensando en ella. Tiempo después supe que, en ese momento, no se sintió muy cómoda.

Los días pasaron lentamente y Laura se abría más en los temas de sexo. La mañana de aquel 23 de junio tuvimos que compartir un vehículo de la empresa. Íbamos en el asiento trasero y ella tocaba sus senos y el chófer no la veía, rozaba sus pezones y pasaba su mano lentamente sobre su vagina. En algunas esquinas Laura se acercaba y colocaba su mano sobre mi verga dura. Es cierto Laura me tenía excitado y solamente quería verla desnuda y hacerla mía.

Al regresa a la oficina cogimos mi carro y salimos a comprar almuerzo. Ella había extraviado su tarjeta de débito y yo le pagué la comida, quizás lo utilicé de herramienta para conseguir lo que quería al final, quizás fui un buen compañero. Jamás lo sabré.

En el camino de regreso me estacioné en una calle sin tránsito y me abalancé sobre ella le bajé la blusa y mientras el sudor bajaba por su pecho hasta sus pequeños y hermosos senos, yo lamía su pecho persiguiendo esa esquiva gota de sudor. Los besos se llenaron de deseo, ambos queríamos desnudar al otro. En ningún momento pensamos que esto iba a ocurrir, pero esa misma noche tomamos la decisión que cambiaría nuestras vidas durante un año, misma decisión que me volvería adicto a la vagina más dulce y deliciosa que he probado.

Continuará…

 

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