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LE ROMPI EL CULITO A CARO

15 de agosto de 2008

Conocí a Carolina en la universidad, en el primer día de clases de mi carrera. Al principio no éramos amigos, pues nos movíamos en grupos diferentes, pero nos saludábamos de vez en cuando y veíamos las mismas materias. Luego llegué a conocerla bastante, puesto que comencé a salir con su mejor amiga, Inés, que también estudiaba la misma carrera que yo. Al principio, cuando comencé a frecuentar a Carolina, no me llamaba para nada la atención y así continuaron las cosas durante mucho tiempo, prácticamente durante toda mi carrera universitaria. A pesar de ello, nos hicimos muy amigos.

Poco antes de graduarnos yo terminé con Inés y dejé de ver a Carolina, pues es sabido que las mujeres se quedan con sus amistades del mismo género cuando una relación termina. Cada quien agarró rumbos distintos. Hasta que cuatro años más tarde, al iniciar unos cursos de post-grado, me sorprendí al encontrar que ella también iba a hacer los mismos estudios y que, una vez más compartiríamos en las aulas universitarias.

Pero lo que más me llamó la atención no fue el hecho de que íbamos a volver a estudiar juntos, sino lo buena que se había puesto Carolina en ese tiempo que dejé de verla. Se había refinado un montón, había comprado ropa elegante que le quedaba muy bien, había adelgazado (tampoco es que antes fuera gorda) y hasta se había hecho un tratamiento de ortodoncia que, sin duda, contribuía a mejorar su aspecto.

Para que se hagan idea del bombón del cual les estoy hablando, la voy a describir. Es una mujer de 26 años, no muy alta (más bien es pequeña, medirá un poco menos de 1,65 m), cabello negro muy liso y un poquito por encima de los hombros, delgada pero con “carne donde agarrar”, piel morena, rasgos un poco aindiados pero atractivos, labios delgados pero sugerentes y unas piernas muy lindas.

Pero lo que más me impactó en este “segundo encuentro” con Carolina fue la calidad de su culo. Definitivamente, el mejor que he visto en mi vida. Es difícil traducir en palabras la deliciosa imagen ofrecida por aquellas dos nalgas de tamaño perfecto, de una firmeza desafiante de la gravedad. Dos montañas de carne turgente en las que provoca internarse por mucho tiempo, para así poderlas explorar hasta el fondo.

El único “defecto” que tenía Carolina es que estaba bastante deficiente por el lado de las tetas (no eran gran cosa, eso se veía a leguas, aunque tampoco era totalmente plana), pero con un culo de ese calibre y su atractivo general qué importaba lo demás.

Desde ese día en que la volví a ver me surgió firmemente el propósito de tirármela. El acercamiento no fue difícil, porque ya habíamos mantenido una amistad anteriormente, de modo que surgió naturalmente la idea de hacer trabajos y de estudiar juntos, oportunidades para compartir que yo buscaba bajo cualquier pretexto.

Un sábado en la tarde busqué una alternativa más audaz. La llamé a su casa y la invité a salir esa noche. Me dijo que sí y quedamos en que la pasaría recogiendo a las ocho. Llegué puntualmente y marqué el intercomunicador de su apartamento.

Cuando bajó y la vi tuve una erección de inmediato, la cual se intensificó cuando le eché una mirada a su fantástico trasero en el momento en que le abrí la puerta de mi carro para que se montara. Tenía puesto un pantalón blanco muy ajustado, que le realzaba su magnífico culo, dejando adivinar que llevaba pantaletas tipo hilo dental. No sé cómo hice para disimular y no abalanzármele encima.

Del resto, estaba muy bien vestida. Llevaba una camisa, también muy ajustada, de color negro, de manga larga, el cabello recogido y unas sandalias de tacón mediano que dejaban apreciar los pies más bonitos y mejor arreglados que haya conocido en una mujer. Además, olía muy rico, lo cual hacía incrementar mi excitación.

Habíamos quedado en ir a tomarnos algo en un lugar tranquilo, para poder conversar. No

s sentamos en una mesa de un lugar que estaba bastante de moda y pedimos unas copas de vino y comimos unas tonterías. Estuvimos dos horas charlando sobre los viejos tiempos de la universidad. Ya habíamos bebido un poco más de la cuenta y llegamos, por casualidad, a temas mucho más picantes. Hablando por casualidad de mi antigua relación con Inés, Carolina, desinhibida por el alcohol, me dijo:

- Ustedes como pareja eran una mierda y se la pasaban peleando todo el día, pero según me contaba Inés en la cama les iba maravillosamente. Inés decía que tú eras un gran follador.

No pude evitar sonrojarme y luego de tragar grueso, riposté:

- ¿Con que esas tenemos? ¿Las dos se la pasaban chismeando sobre nuestra vida sexual?. Vaya, vaya. – Ah, te vas a hacer el tonto diciéndome que no sabes que las mujeres nos contamos esas cosas.

- Bueno, la verdad es que recuerdo que Inés me contaba cosas tuyas, Carolina. Me contó cómo Federico, el novio que tenías en esa época, te echó una cogida en el estacionamiento de un centro comercial y luego fueron descubiertos por los vigilantes porque tú comenzaste a gritar como una loca.

Esta vez la que se puso roja fue ella, pero inmediatamente dijo, sonriendo:

- Lo que pasa es que una de mis fantasías era tirar en un sitio público, sintiendo el peligro de ser descubierta…

Y luego de una breve pausa me preguntó, con malicia:

- ¿Y tus fantasías cuáles son?

En ese momento decidí jugármelo todo e inventé una respuesta que sin duda era falsa pero que ayudaría a mis propósitos:

- Mi fantasía más grande en la universidad fue hacer un trío contigo y con Inés…

Pensé que en ese momento me iba a abofetear, pero su respuesta fue una mirada sugerente, luego de lo cual dijo, con voz seductora:

- La verdad es que yo no sé si podamos contar con Inés para cumplirla, pero si te conformas conmigo, papito, creo que podemos pasar un momento inolvidable. No creas que no me he dado cuenta de las buceadas que me has echado últimamente.

Mi respuesta fue que cinco minutos después ya había pagado la cuenta y estábamos montados en mi carro, yendo hacia un motel muy exótico –y caro- de la ciudad, con pretensiones de lugar de las mil y una noches. El lugar era cerca, de modo que en poco tiempo nos encontramos besándonos frenéticamente en una habitación decorada con motivos orientales, una cama redonda, un espejo en el techo y una especie de potro para ensayar posiciones extravagantes.

Apenas nos dimos el primer beso empecé a explorar toda su anatomía, aún por encima de la ropa, y el primer contacto de mis manos con sus preciadas nalgas fue increíble. Eran mejores que lo que había podido soñar, y todavía quedaba mucho por delante. Con frenesí le saqué la camisa y empecé a acariciarle las tetas por encima del sostén. Eran pequeñas, como lo esperaba, pero los pezones eran de un tamaño considerable y estaban duros y muy parados.

De pronto ella me pidió que nos detuviéramos, cosa a la que yo accedí a regañadientes luego de que me prometiera que lo que venía me iba a gustar bastante. Me dijo que me quitara la ropa, que me quedara sólo en calzoncillos y que me acostara en la cama. Obedecí sus órdenes. De pronto, ella encendió el sistema de audio de la habitación y buscó una música suave. Todavía tenía puesto el sostén, el pantalón. Las sandalias ya se las había quitado y se había soltado el cabello.

Al ritmo de la música empezó un baile muy sugestivo, moviendo las caderas como una felina en celo. Estaba claro que pensaba hacer un streap tease. Mi pene estaba a punto de reventar. Primero se quitó el sostén y sus tetas quedaron en libertad. Y luego, sabiendo que aquello me mataría, se colocó de espaldas hacia mí y comenzó a bajarse los pantalones.

Ante mis ojos atónitos quedó expuesto su culo maravilloso, sin imperfecciones, con nalgas firmes de piel morena que llamaban a ser tocadas, chupadas y gozadas. El hilo dental blanco que llevaba se le incrustaba deliciosamente en la raja. Las piernas también eran espectaculares, bellamente torneadas. Lentamente se quitó las pantaletas y quedó a mi vista su cuquita, completamente afeitada, luego de lo cual se acercó a mí y se montó en la cama.

Yo estaba en el paraíso ante tan apetitosa visión. Con

actitud decidida, Carolina me despojó de mis interiores y empezó a pajearme lentamente, haciendo que una abundante cantidad de líquido pre seminal saliera de mi pene. Luego se metió mi verga en la boca y empezó a hacerme una mamada de película. Lamía, chupaba, se introducía la polla hasta la garganta. No había nada que no supiera hacer con aquella boquita maravillosa. De pronto le pedí que cambiáramos de posición para hacer un 69.

Mientras ella seguía mamándome la verga divinamente, yo empecé a pasar mi lengua por su conchita depilada. El olor de su sexo era increíble, pues despedía un aroma especial que recordaba al del durazno y sus jugos eran dulces. Empecé a chuparle el clítoris con frenesí y a introducirle la lengua en su raja. Nos vinimos al unísono, ella pegando unos gritos muy fuertes mientras yo descargaba tres chorros de leche en su boca, los cuales se tragó completitos.

Mientras nos recuperábamos estuvimos abrazándonos, besándonos y explorando nuestros cuerpos con ardiente impaciencia. Cuando logré que se me parara de nuevo (cosa que no costó demasiado), fui a buscar los condones, pues ya no dejaría pasar más tiempo sin cogérmela. Ella me dijo que no haría falta, que tomaba pastillas y que quería hacerlo al natural. Ni corto ni perezoso, yo obedecí, le abrí las piernas, las coloqué sobre mis hombros y procedí a clavarle mis 19 centímetros de carne hasta el fondo de la concha.

Ella gritó de placer. Comencé a bombearla lentamente, con penetraciones profundas. Después empecé a darle durísimo y ella gemía, pegaba gritos y decía, mientras me clavaba las uñas en la espalda:

- Sí, síiiiiii, coño papi, reviéntame el chocho!

Yo incrementé el ritmo y estaba claro que Carolina estaba a punto de acabar, pues de su concha emanaban chorros de líquido caliente. Su orgasmo fue descomunal y ruidoso. Las piernas le temblaban de lo mucho que estaba gozando.

Yo tenía el pene como un hierro incandescente, pero todavía no pretendía eyacular. Había un manjar que yo estaba esperando degustar antes del final de la noche: su culo. El problema es que, hasta donde yo sabía, Carolina era resistente a practicar el sexo anal. Al menos, durante los años de universidad, se horrorizó cuando Inés le contó que yo me la cogía por el culo.

La oportunidad de proponer que me regalara el chiquito se presentó inmediatamente después de retirar mi pene de su vagina. Ella me dijo con lujuria:

- Papi, que cogida tan sabrosa. En compensación estoy dispuesta a hacer lo que tú quieras.

Yo no esperé para responder:

- Bueno mami, ¡me encantaría metértelo en ese culo de diosa que tienes!.

Ella dudó unos momentos, pero creo que estaba tan excitada que accedió. Eso sí, me advirtió que era su primera vez por allí, de manera que tenía que ser delicado.

Yo le pregunté si tenía alguna crema en la cartera y me dijo que tenía un pote de humectante. Le dije que eso serviría. Para darle mayor morbo al asunto, la levanté de la cama y la puse delante del potro, apoyando su tronco y dejando parado y al descubierto sus preciosas nalgas.

Lo primero que hice fue chuparle un rato el huequito del culo. Eso le produjo muchísimo placer, lo cual facilitó mis primeros intentos de dilatación, metiéndole uno y después dos dedos en el ano. Cuando ya logré que estuviera bastante abierto, unté mi verga con algo de crema y coloqué la cabeza en la entrada de su culo. Ella estaba un poco nerviosa, pero también muy caliente.

Empecé a metérsela milímetro a milímetro, sintiendo como su resistencia cedía. Poco tiempo después ya la tenía todo adentro. Carolina pegó un alarido, mezcla de dolor y de placer. La visión de aquel culo a la merced de mi verga era prodigiosa.

Luego de dejar que se acostumbrara un poco a aquel pedazo de carne metido en su rabo, empecé el mete saca, primero lentamente y luego con más rapidez. Carolina estaba con los ojos en blanco y la respiración entrecortada, pero no pedía que se lo sacara, así que yo seguí adelante, castigando con mi polla su ano hasta entonces virgen.

De repente ella empezó a gritar: “Rómpeme el culo, cabrón! Rómpemelo, rómpemelo!”. Sus deseos fueron órdenes y empecé a

darle con furia. Ella gritaba cada vez más fuerte, a la vez que con una de mis manos yo le estimulaba el clítoris. Eso la puso a millón. Se empezó a estremecer y yo también estaba cerca de mi orgasmo. Poco tiempo transcurrió hasta que mi verga estalló y le llené su culo de semen, mientras ella gritaba: “Mieeeeeeeerdaaaaa, que vaina más buena!”.

Cuando le saqué el nabo del culo lo tenía lleno de un poco de sangre. La verdad es que la había maltratado un poco, pero ella no se quejaba y la había pasado muy bien. Después de acariciarnos un rato y de conversar, caímos rendidos. Como a las cuatro de la madrugada ella me levantó y me pidió que la llevara a su casa, donde la dejé.

Espero que pronto se pueda repetir este encuentro, porque desde entonces la imagen del culo de Carolina no me deja dormir.

Autor: AL

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