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Masajistas

14 de junio de 2009

Sin dejar de masturbar a Ricardo, Patricia estiró su único brazo que quedaba libre y agarró con fuerza el pene del otro hombre. Por primera vez en su vida se la meneaba a dos hombres al mismo tiempo, nunca se había sentido atraída por algo así, pero en ese momento estaba muy excitada. Se la agitaba a ambos al mismo ritmo, cada vez más rápido. Estaba disfrutando enormemente de la situación.

Al despertar, la mañana parecía una mañana cualquiera, pero nada más lejos de la realidad. Lo que iba a ocurrir a lo largo del día superaba cualquier pensamiento que pudieran tener en sus mentes. Patricia y Ricardo reposaban el frescor de la mañana abrazados en la cama con sus cuerpos desnudos. El ambiente era totalmente distraído, sus ojos permanecían cerrados, atentos a las caricias que se intercambiaban por todo el cuerpo.

A pesar de la tranquilidad que se respiraba en esos momentos, hacía varias semanas que no paraban de discutir entre ellos, el sexo casi había desaparecido y sentían que ya no era tan plácido como lo había sido siempre. Necesitaban relajarse, pero con la ayuda de más personas, por lo que esperaban de un momento a otro la llamada al timbre de dos masajistas que siempre se anunciaban en el periódico y con los que habían contactado previamente.

Lo único que sabían de aquellos masajistas es que eran marido y mujer, y que aseguraban tener un método infalible que llevaban practicando años con parejas que tenían problemas en sus relaciones sexuales, incluso afirmaban que no cobrarían nada de dinero si la pareja no quedaba satisfecha, reduciendo sus ganancias al donativo que quisieran entregarle por sus servicios.

La cita ya estaba concretada. Serían alrededor de las 11 de la mañana cuando sintieron que llamaban a la puerta. Fue Ricardo quien se puso una bata y abrió la puerta rápidamente mientras Patricia se ponía su albornoz a la espera de conocerlos. Ante los ojos de Ricardo aparecieron dos personas, tal y como esperaban, un hombre algo más maduro que él, tendría cerca de cuarenta años, y una mujer bastante más joven, a la que a simple vista le echaría unos veinte años. Tras un sencillo saludo los dejó pasar dirigiéndolos a la habitación en donde se encontraba Patricia.

-Hola, yo soy Rubén y ella es Amalia, aunque le gusta que la llamen simplemente Ama.-, dijo aquel hombre maduro. -Yo soy Ricardo y mi mujer es Patricia, gracias por venir ¿les explico nuestros problemillas? Que supongo que querrán conocer. -No, no,- se apresuró a decir la chica más joven,- sencillamente desnúdense y túmbense en la cama, el resto lo haremos nosotros.

Ricardo no volvió a decir ni una sola palabra y dejó caer su bata mientras observaba a su mujer como también se quitaba la única prenda que llevaba puesta, permitiendo que aquellos desconocidos vieran sus cuerpos sin ropa. Ambos se tumbaron boca arriba en la cama relajándose a la espera de que los masajistas comenzaran con su trabajo.

Sin apenas haberse dado cuenta ni Ricardo ni Patricia; Rubén y Amalia estaban tan desnudos como ellos. Esta situación provocó que Patricia estuviese apunto de levantarse, pero Rubén se lo impidió colocándose suavemente sobre ella. Amalia hizo lo propio con Ricardo. Empezaron a masajear el pecho de ambos, y aunque en los primeros instantes se miraban entre ellos mismos no pudieron evitar comenzar a mirar los cuerpos desnudos de Amalia y de Rubén. Los pechos de la joven masajista estaban completamente erguidos y se movían acompasadamente con el ritmo del masaje, Ricardo no les podía quitar ojo.

Por su parte Patricia observaba detenidamente el pecho descubierto de su masajista. Iba completamente depilado y cuando la mirada de Patricia bajaba un poco más, se deleitaba viendo como el pene crecía lentamente a cada roce que la mano de él ejercía sobre los senos de ella.

Los pechos de Patricia, que eran bastante más grandes que los de Amalia, se endurecían descaradamente, sus pequeños pezones se levantaban con tal claridad que le dio reparo que su marido estuviera presente. Giró su cabeza para ver si Ricardo se había dado cuenta de que se estaba excitando y lo que se encontró fue que las manos de su hombre pellizcaban los sorprendentemente grandes pezones de Amalia.

En un extraño impulso Patricia comenzó a masturbar lentamente a su esposo, que disfrutaba al mismo tiempo del cuerpo de Amalia. Esto pareció molestar a Rubén, que la miró sorprendido y con gesto de enfado. Pero sin dejar de masturbar a Ricardo, Patricia estiró su único brazo que quedaba libre y agarró con fuerza el pene del otro hombre. Por primera vez en su vida se la meneaba a dos hombres al mismo tiempo, nunca se había sentido atraída por algo así, pero en ese momento estaba muy excitada. Se la agitaba a ambos al mismo ritmo, cada vez más rápido. Estaba disfrutando enormemente de la situación, pero descubrió que a Amalia no le estaba gustando que tuviera ella en su poder los dos penes y paró bruscamente de darles placer deteniendo sus manos.

-No te gusta ¡eh! Ama. -Pues no, eres una egoísta. Ahora vas a ver como se ordena a dos rabos al mismo tiempo. -¿Si? ¿Qué vas a hacer? Conmigo estaban disfrutando más que contigo. -Aquí la única Ama que hay soy yo, así que tú te vas a quedar ahí quietecita- le ordenaba a Patricia- y en cuanto a vosotros dos colocaros de rodillas frente a esta zorra.

Ninguno de los dos hombres dijo nada, pero la obedecieron sin ningún tipo de dudas, la voz de Amalia sonaba clara y contundente, era casi imposible negarse a ella. Se situaron los dos juntos de rodillas y muy pegados entre ellos, de frente a Patricia, a la que Amalia cogió del pelo bruscamente poniendo su boca a la altura de ambos penes, con sus labios tan sólo unos centímetros por encima de los dos glandes.

Amalia se colocó detrás de ellos y comenzó a masturbar a cada uno de ellos con una mano. La situación era escalofriante para una pareja que nunca había tenido relaciones con otras personas hacía muchos años, se sentía en el ambiente que de un momento a otro tanto Ricardo como Rubén iban a reventar y eso les gustaba. La maestría de la masajista era evidente. Los dos disfrutaban como nunca y el ritmo iba en aumento progresivamente.

-¡Vamos perros!- les gritaba sin parar de entregarles placer.- Regalen toda vuestra leche a esta puta obediente. -¡Si! Quiero toda. Soy una puta esclava. Me gusta. -¡Te he dicho que puedes hablar! Abre tu jodida boca y mantenla abierta solo para recibir su lefa. -Insúltala, dile lo puta que es. Hace años que no se traga mi leche.- Susurraba Ricardo. -¿Quieres que la insulte? – Preguntó en tono insinuante.- ¡Vamos zorra! Que para lo único que sirves es para dar placer, guarra, puta, ramera, que luego me vas a lamer el coño.

Ricardo al oír eso no pudo aguantar más y empezó a expulsar todo el semen que tenía contenido sobre el rostro de su mujer que se puso a lamer su glande desesperadamente, tragando todos sus líquidos que caían y quedaban colgando por su piel esperando ser recogidos. Y segundos más tarde fue Rubén quien escupió su semen sobre el pelo de Patricia. Amalia se levantó y ahora se puso detrás de la mujer de Ricardo, sacándole el pene de la boca y obligando a esta a chupar los dedos de sus manos, unas manos con las que había estado masturbando a los dos varones y de las cuales todavía colgaban algunos restos de semen que exigió a Patricia se tragara sin piedad.

Cuando ya había limpiado las manos de su Ama, fue obligada a introducir en su boca los dos penes, ya bastante más blandos, al mismo tiempo. Para Patricia todo sabía a sexo masculino, estaba gratamente excitada. Cada segundo la gustaba más y más chupar. Además a Ricardo ya parecía no molestarle lo más mínimo que otro hombre también disfrutase de su mujer y que la trataran como a una esclava sin valor.

Por fin descansaron todos durante unos minutos tendidos sobre la cama, respirando fuertemente en el silencio de la mañana. Uno a uno se marchó a la ducha para quedarse más a gusto si cabe después de tanta excitación y tanto placer. Primero se duchó Amalia y luego le tocó el turno a Patricia, momento que aprovecharon los dos masajistas para decirle a Ricardo que ahora llegaba el plato fuerte de la sesión.

Rubén dejaba de participar por el momento en todo este asunto, así que se vistió y fue a descansar a una habitación de al lado que siempre estaba vacía, cerrando su puerta y quedando apartado de aquellos juegos sexuales que debían servir para solucionar los problemas de la pareja. A partir de ahora Patricia dejaba de ser la esclava para pasar a dominar la situación junto a Amalia.

Cuando la esposa de Ricardo salió de la ducha y pasó a la habitación se encontró con que ya no estaba Rubén y con su marido en el suelo, todavía desnudo, de rodillas. Amalia le explicó la nueva situación, la cual aceptó con agrado y se pusieron a juguetear con su nuevo esclavo.

-¿A cuál de las dos te gustaría lamerle primero los dedos de los pies?- preguntó Amalia -Me da igual, deseo a las dos de la misma forma. -¡Huélelos! Como un perro, eso es.- decía Amalia mientras le pasaba el pie por la nariz. -Seguro que están deliciosos, quiero saborearlos ya. -A mí nunca me los has chupado. – Replicaba Patricia. -Pues ahora los deseo más que nunca.- Decía un desorbitado Ricardo. -Bien, perrito. – Ordenaba Amalia mientras se sentaban ella y Patricia al borde de la cama.- Ahora túmbate en el suelo boca arriba con la cabeza aquí para que te podamos pisar.

Ricardo se tumbó cumpliendo las órdenes de Amalia y ambas pusieron los pies en su rostro, incitando a que su lengua saliera a disfrutar de las plantas, oliéndolas y comiéndolas al mismo tiempo. Su pene estaba completamente erecto y su lado más fetichista había salido violentamente al exterior.

-¡Qué bien lames! ¿Lo sabías perro?- decía mientras se reía Amalia -Me excitan mucho, quiero correrme en ellos. -Veo que aprendes pronto lo que es un buen esclavo- apuntaba mientras le introducía los dedos de su pie izquierdo en la boca.- Ahora dinos a las dos que eres un perro que está a nuestro servicio”. -Soy un perro que estoy a vuestro servicio.- Decía Ricardo de una forma casi imperceptible porque con los pies en su boca no podía hablar.

El pene parecía que iba a reventar, estaba más grande que nunca, chupar los pies de las dos mujeres le estaba resultando la experiencia más excitante de su vida, Patricia y Amalia se turnaban para introducírselos a Ricardo en la boca. Todos los dedos estaban empapadísimos. Delante de sus ojos podía ver como se acariciaban entre ellas mismas, momento en el que Amalia le ordenó cambiar de posición para colocar ahora el pene en el mismo lugar en el que antes tenía la cabeza. De esta forma le podían masturbar las dos mujeres con los pies.

-¿Te gusta Cariño?- preguntaba Patricia a su marido. -Si, me estoy sintiendo mejor que nunca. -Nunca habría pensado en hacerte pajas con los pies, pero me encanta que disfrutes así. -A mí me encantáis los dos, sois unos cerdos.- Recordaba Amalia a la pareja. – Pero la más cerda soy yo.

Terminó de decir estas palabras y se bajó de la cama para ponerse a chupar el pene al mismo tiempo que Patricia no dejaba de masturbar a Ricardo. La lengua de Amalia no paraba de lamer ni el sexo de Ricardo ni los pies de la mujer de este.

A pesar de que nunca había masturbado de esta manera a nadie, Patricia parecía tener mucha experiencia, dominaba el pene con suma facilidad. Así continuó durante unos minutos hasta que Ricardo explotó en los pies de su mujer, duchándolos por completo con su semen.

Amalia exhausta lamió todo el líquido que había sacado de su cuerpo Ricardo sobre el cuerpo de Patricia. Pocos minutos más tarde los masajistas se fueron con quinientos euros más en el bolsillo y ofreciéndose a una pronta nueva llamada

Autor: eclecticoadolf

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