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Me desvirgó una mujer casada

19 de enero de 2009

Su sexo atrapó el mío, engulléndolo lentamente, soltó un gemido y sus labios taparon los míos, su lengua entró en mi boca, ella se movía arriba y abajo de mi sexo, clavó sus uñas en mi pecho y soltó un gemido, se estaba corriendo, se bajó, agarró mi sexo y se lo llevó a la boca, quiero comerme tu leche, me corrí llenándole la boca de semen, ella tragó y lamió el que se quedó en sus labios.

¡Hola! Os quiero contar mi primera vez. Por razones obvias, los nombres de las personas (incluido el mío) y de los lugares, están falseados, ante todo, hay que salvaguardar a la mujer que me desvirgó, pues es una mujer casada, y no es cuestión de que ahora, casi 15 años después de haberse acostado conmigo, se entere su marido.

“Era una tarde de finales de julio, hacía un calor de mil demonios y yo fui a buscar a mi amigo Carlos, para salir con las motos por la montaña. Mi amigo y su familia vivían a las afueras del pueblo, en una especie de urbanización, todavía a medio construir, y aún vivían pocas familias. Cuando llegué, no vi la moto de Carlos en la entrada, pero como tenían garaje y me había comentado que quería ojearle no se que del motor, pensé que estaba dentro.

Me bajé de la moto y entré en el patio interior de la casa, llegué hasta la puerta y llamé. Me abrió Luisa, su madre, una mujer de cuarenta y pico (45, 46) de estatura media, piel morena, tostada por el sol, cabello largo, de color cobrizo, ojos negros como el carbón y labios carnosos. Vestía un tejano ajustado y una camisa de color salmón, semitransparente, que dejaba entrever sus pezones, grandes y de punta. Sus pechos no eran muy grandes, pero se mantenían firmes y su trasero, pequeño y respingón.

- ¡Hola Javier!- me dijo nada más abrir la puerta – Hola Luisa, ¿está Carlos? habíamos quedado para irnos con las motos- – ¿No te ha llamado?- me dijo ella extrañada – se ha tenido que ir con su padre al apartamento de la playa, van a pintarlo este fin de semana- me explicó ante mi cara de estupor – No, no me ha llamado, ni me dijo nada ayer, ¡ya le vale!- respondí yo con cara de fastidio, -Bueno, pues entonces me voy, ¿qué se le va a hacer?- – Espera Javier- me dijo ella cuando estaba a punto de irme -¿Si? dígame- me quedé extrañado de que me hiciese esperar…

- Necesito que me eches una mano, ¿tienes algo que hacer?- – Pues no, usted dirá a que puedo ayudarla… – ¿Quieres ganarte mil pelillas? – ¡Por supuesto! ¿Qué tengo que hacer? – Nada del otro jueves- me respondió sonriente, mientras me hacía pasar al salón – tengo que bajar unos muebles viejos de las golfas, y yo sola no puedo, necesito un hombretón fuerte como tú-

Me hizo sentarme en el sofá y me preguntó si quería un café, al responder yo afirmativamente se fue hacia la cocina, contoneando su trasero al alejarse. No pude ni quise quitar mis ojos de aquel trasero, que se alejaba de mi lenta e insinuantemente, la verdad, es que me había masturbado cientos de veces pensando en Luisa, pero a mis 18 años seguía virgen.

Volvió a los pocos minutos con una bandejita y dos vasos de café en ella, al agacharse para dejarla en la mesita que había frente al sofá, me dejó entrever sus pechos, al ir sin sujetador, pude admirar aquellos pechos, pequeños, pero muy sugerentes, e inmediatamente, noté como mi sexo se ponía duro en mi tejano. Ella se debió dar cuenta, pues me dedicó una sonrisa, así como estaba, frente a mí, pero no hizo nada para ocultarlos.

Nos tomamos el café y charlamos un poco mientras lo hacíamos, nada interesante, me preguntó como era que no tenía novia, un chico como yo, alto y guapo. Me azoré y respondí con evasivas, ella sonreía, al ver que me ponía en un compromiso con sus preguntas. Después del café, me dijo que la acompañase a las golfas, para enseñarme los muebles que quería quitar de allí, se puso delante de mí y fue subiendo las escaleras, meneando su trasero ante mis ojos. Yo me estaba poniendo cada vez más caliente, ante la visión de aquel trasero, insinuante moverse delante de mí, mi miembro estaba completamente duro y yo empecé a imaginar lo que haría con semejante hembra entre mis brazos, sin saber lo que ocurriría un par de horas después.

Llegamos a las golfas y me mostró un par de armarios desmontados, con sus maderas tiradas en el suelo, me agaché y cogí una, la verdad es que pesaba lo suyo, era buena madera.

- ¿Ves por que necesito a alguien que me ayude?- me dijo cuando me levanté, tras dejar la madera en el suelo de nuevo – si, pesa lo suyo, ¿y cómo es que Carlos y Emilio no lo hacen?- – ¡Ay hijo!, ellos siempre están ocupados, nunca tienen tiempo para estas cosas, ya sabes, en casa del herrero…
- Si, si, ¡en mi casa me pasa lo mismo!- dije yo con una sonrisa – Bueno, vamos a ponernos manos a la obra, ¡que tendrás cosas que hacer!- – ¡Deje, deje! yo me encargo de hacerlo solo, usted déjeme a mí y si tiene cosas que hacer, hágalas- – ¿En serio?

Me dijo ella, con una expresión de alivio en su rostro – la verdad es que no tengo nada que hacer, pero si te va mejor hacerlo solo… me dijo ella, como esperando que la liberase de la pesada tarea que teníamos frente a nosotros – Por supuesto que me lo hago solo- le dije yo caballerosamente – Pues entonces… si te lo haces solo, ¡me voy a tomar el sol!- me anuncio divertida – Vaya, vaya, yo bajaré los muebles al garaje, luego, cuando termine, le aviso- le dije.

Ella me dejó solo y desapareció, yo me quedé un momento mirando a los maderos y me dediqué a amontonarlos. Después me puse a la brega. La verdad es que los maderos pesaban como si fuera plomo y no tardé en ponerme a sudar abundantemente mientras subía y bajaba por las escaleras, trajinando maderas.

Cuando solo me quedaba un viaje, miré por la ventana de las golfas hacia el patio trasero, donde Luisa estaba tumbada al sol, tostándose como los lagartos, me quedé boquiabierto. Ella estaba completamente inmóvil con las piernas entreabiertas y los ojos cerrados, mientras el sol calentaba su piel, me maravillé al ver sus pechos, morenos y tiesos, apuntar hacia las nubes, desafiantes, volví a tener una erección de caballo y solté un bufido, me agaché y cogí todas las maderas de un viaje, llevándomelas al garaje. Cuando salí de él, me la encontré de frente, llevaba una bata corta, que dejaba todas sus piernas a la vista, atada a la cintura, con la pechera abierta, enseñando los pechos casi por completo, era una imagen muy sugestiva y erótica.

- ¡Huy Javi, como estás de sudado!- exclamó. Has hecho un buen trabajo- me dijo felicitándome – Gracias- dije yo resoplando, sin poder apartar la vista de aquellos senos, que me estaban volviendo loco de deseo. Ella se dio cuenta y me sonrió, se apartó el pelo de la cara, y dejó caer descuidadamente su mano por la solapa de la bata, abriéndola un poco más, para que pudiese admirar mejor la vista.

- ¡Anda, date una ducha, que hueles a rayos!- me dijo soltando una carcajada. -¡Si, la verdad, es que la necesito!- dije yo riéndome también.

Me acompañó al baño, diciéndome que no pasara el pestillo, que me traería una toalla. Le hice caso, no sin cierto azoramiento, ella se dio cuenta, se rió y me soltó:

- Eh, tranquilo, ¡que no vas a ser el primer hombre que vea desnudo!, después de todo, somos adultos, ¿no?- me miraba de manera divertida – anda, métete en la ducha, que voy a por la toalla- se dio la vuelta y se marchó, meneando el trasero.

Me desvestí, me metí en la bañera, una bañera amplia y larga, que me permitía estar completamente estirado, abrí los grifos y los gradué, dejando que el agua refrescase mi cuerpo, cerré los ojos y me dediqué a enjabonarme, al pasar la esponja por mi sexo, este reaccionó poniéndose en erección, no oí como se abría la puerta, ni la vi entrar, porque el baño estaba completamente invadido por el vapor.

Abrí los ojos cuando la noté entrar en la bañera, su sexo, se mostraba ante mí, la mata de vello púbico, oscura y bien recortada estaba a escasos centímetros de mi nariz, me sobresalté y me puse colorado como un tomate, ella me miró y se sonrió, sabiéndose la dueña de la situación, se fue arrodillando lentamente, dejándome admirar su cuerpo, puso sus rodillas a ambos lados de mis piernas y posó sus manos en mis hombros, acercando su torso al mío.

Su respiración estaba acelerada y la mía no digamos, noté su sexo, caliente encima del mío. Su boca empezó a besarme mientras yo, temblaba de excitación y nervios, dejó caer su cintura y su sexo atrapó el mío, engulléndolo lentamente, soltó un gemido y sus labios taparon los míos, su lengua entró en mi boca, tomando posesión de esta y sus manos empezaron a recorrer mi pecho mientras ella se movía lentamente arriba y abajo de mi sexo, clavó sus uñas en mi pecho y soltó un gemido, antes de moverse rápidamente encima de mí, yo empecé a jadear ruidosamente cuando su boca liberó la mía.

- Oooohhhhhh, Ahhhhhh… estoy… estoy a punto… – decía Luisa – ¡me voy a correr!

Yo también estaba a punto de correrme y así se lo anuncié, entre jadeos, ella dejó de moverse rápidamente, arqueando su espalda, yo aproveché para coger sus pechos con mis manos. Ella agradeció este gesto y volvió a botar como una loca en mi sexo mientras me pedía que le lamiese los pezones, lo hice, mi lengua, inexperta empezó a juguetear con sus pezones mientras ella apretaba mi cabeza contra su pecho. Luisa dio un grito y meneó la cabeza de un lado a otro mientras me anunciaba entre jadeos que se estaba corriendo, se paró en seco, con mi sexo dentro de ella y me miró directamente a los ojos, desafiante.

- Quiero tu leche- me dijo -y la quiero ahora-

Se descabalgó y agarró mi sexo con su mano derecha, me indicó que me levantase y ella se quedó de rodillas ante mí, empezó a meneármela, mientras se lamía los labios. Yo estaba cada vez más caliente, y secretamente quería que se la metiese en la boca, me apoyé en la pared y cerré los ojos, esperando. Ella me leyó el pensamiento y se llevó mi sexo a la boca, empezando a mamarlo como una posesa, mientras sus manos estrujaban mis huevos, que estaban llenos de semen, esperando para descargar.

Pasó sus manos por detrás y me agarró de los glúteos, empujando hacia delante, para que mi sexo entrara en su garganta hasta el fondo. Yo no podía aguantar más y así se lo dije: – Me voy a correr, por favor, ¡para ya!-

Ella sacó mi sexo de la boca un momento y me dijo:

- Quiero que te corras en mi boca, quiero comerme tu leche- acto seguido, volvió a metérsela en la boca y, presionando con sus labios empezó a moverse adelante y atrás.

Me corrí entre grandes alaridos, llenándole la boca de semen, ella tragó todo el que pudo, y lamió el que se quedó en sus labios, luego se levantó y me miró a los ojos:

- ¿Te ha gustado? era tu primera vez ¿verdad?- – Si- le respondí, desviando mis ojos de su mirada, me sentía avergonzado y confuso. Ella se sonrió y me besó en la frente, tranquilizándome – No pasa nada, siento haberte ” violado”, pero necesitaba sexo desde hace muchos días, y como Emilio no me tocaba, pues he tenido que hacerlo, no te enfades- – ¿Enfadarme? ¡Todo lo contrario! ¡ha sido genial!- le dije yo – Me alegro de que haya gustado, después de todo, soy una vieja y… – ¿Vieja? ¡Anda ya luisa!, si tú supieras la de veces que me he pajeado a tu salud, deseando este momento- – ¿Si?- dijo ella riendo -Vaya, no sabía yo… – Si, y además, ¡me pongo cachondo cada vez que vengo a tu casa! para que lo sepas… y si alguna vez necesitas volverte a desfogar, que sepas que yo estoy dispuesto a hacérmelo contigo cada vez que quieras-

Nada más decir esto, me puse nuevamente colorado, y pensé: ¿pero qué coño dices tío?

-¿Ah si? Mmmmm es bueno saberlo, Emilio no me da tanta caña como necesito, y eso de tener un jovencito en la cama de vez en cuando… ¡es muy, muy interesante!- – ¿Lo dices en serio?- pregunté yo incrédulo – ¡Por supuesto!, además, tienes muchas “posibilidades”- -¿Posibilidades?- pregunté yo -¿Qué quieres decir con eso?- – Bueno, eres joven, virgen, y muy potente, otro, probablemente se hubiese corrido a la que me hubiese penetrado, es lo normal- me comentó ella, con aire de experta – ¿En serio?- – Si, te lo digo por experiencia- me dijo ella, acariciando mi pecho y pegándose nuevamente a mí, me besó delicadamente en los labios y me indicó que saliéramos del baño, se estaba haciendo tarde, pronto volverían los escasos vecinos que poblaban la urbanización y tenía que marcharme antes.

Me vestí a toda prisa y después de volver a besarla en los labios, me marché, no sin antes escuchar de sus labios, que al día siguiente volviese, que tenía otros “trabajos” para mí, y que sería recompensado por mi esfuerzo. Me fui hacia la gasolinera para poner combustible a la moto y al ir a pagar, en vez de las 500 pelas que yo llevaba, me encontré un billete de 10.000 en el pantalón”.

Aquella noche dormí como un angelito, y a la mañana siguiente, me levanté con una gran erección, había soñado con Luisa y no necesité mucho para correrme pensando en lo que había sucedido la tarde anterior en su bañera. Después de ducharme, me vestí, cogí la bolsa de deporte y me fui a la piscina. Había quedado con el resto de los amigos allí, por el camino, empezaron a asaltarme multitud de remordimientos.

Luisa era una mujer casada, la madre de uno de mis mejores amigos, una mujer respetable. No podía continuar con ella, vivíamos en un pueblo pequeño, y un escándalo como aquel, podía destrozar a su familia, aparte de su reputación. Cuando llegué a la piscina, había tomado la decisión de decirle a Luisa que lo nuestro era imposible, que no se podía volver a repetir, que había sido genial y que le estaba muy agradecido por haberme hecho conocer los placeres del sexo, pero que no podíamos volver a repetirlo.

Mis colegas me saludaron al verme entrar, me puse con ellos a tomar el sol, a la hora, más o menos, una sombra se interpuso entre los rayos solares y yo, abrí un ojo y me la encontré allí, de pie, mis colegas estaban en el agua. Me sobresalté y me incorporé de un salto, quedando frente a ella. La miré, Luisa llevaba un bañador de color azul eléctrico con un discreto escote que dejaba imaginar sus pechos, sonreía como lo que se suponía que era, una señora respetable, amante de su marido y su familia.

- Javi, ayer me llamó Carlos… – me dijo – si… ¿y qué te dijo?- le pregunté yo, poniéndome a la defensiva – dice que no van a volver hasta mañana por la tarde, así que si le puedes hacer un favor- – ¿cual favor?- me tranquilicé un poco, después de todo, solo me quería transmitir un mensaje de mi amigo – pues… quiere que le saques la moto y la lleves al mecánico, que él pasara a recogerla – - ¡Ah! vale- respondí yo inocente -esta tarde iré a buscarla, si le va bien- – ¿a mí? A mí me va perfecto… no tengo nada que hacer esta tarde- me dijo mientras se alejaba.

Mis ojos se clavaron en su culo mientras se alejaba, contoneándose ligeramente. Me fui al agua con mis colegas, además de estos, había con ellos dos chicas: Lorena y Ana, dos compañeras de la escuela, que empezaban la universidad en otoño. Lorena era (y es) una belleza patricia, rubia y de medidas perfectas, mientras Ana, era más bajita, una chica de formas mediterráneas, exuberante y de mirada pícara. Me uní a ellos y nos pusimos a jugar, en un momento dado, Goyo, otro de los amigos del grupo, me cogió del brazo y me dijo al oído:

- Tío ¿has visto como te mira Ana? ¿Por qué no le hechas los trastos?- -¿pero que dices? ¿Tú estás loco?- le dije mirándolo como si hubiese visto un fantasma – además… ya sale con alguien ¿no?- -¿y qué? tío Ana quiere rollo contigo, ¡te lo digo yo! Mira, nada más nos ha visto en el agua, se han acercado las dos y Ana me ha preguntado por ti. Quiere rollo tío- -¡Que no!, lo que pasa es que íbamos juntos a clase y somos buenos amigos- – ¿Ah si? y entonces, por qué nos ha preguntado donde íbamos esta noche y si ibas a venir tú con nosotros ¿eh listillo? ¡que te digo yo que quiere rollo!- – va tío, ¡déjate de tonterías!- le corté secamente. Me salí de donde estábamos y me fui a la piscina más grande, con el propósito de hacer unos largos.

Luisa estaba en ella, nadando plácidamente, su cuerpo estaba en perfecta conjunción con el azul del agua de la piscina. Yo hice como que no la veía, no quería verla, en mi mente aún estaban los reproches y remordimientos que me había hecho por la mañana, y sabía, que si la miraba, el deseo se me leería en los ojos. Me detuve en uno de los fondos y ella se acercó a mí.

- ¡Hola de nuevo!- – hola- respondí yo secamente – a propósito Javi… – me dijo ella mirándome a los ojos -ayer por la tarde lo pasé estupendamente, espero que lo podamos repetir… pronto, muy pronto- me dijo, mientras su mano izquierda me acariciaba el muslo derecho, mientras se sujetaba con la derecha al muro – Luisa… yo… quería hablarte de eso, precisamente- le dije con la voz entrecortada, notaba su mano en mi muslo, subiendo hacia mi entrepierna – ¿si?, ¿tú no lo pasaste bien?- me dijo con una mirada pícara en sus ojos – si, claro que lo pasé bien, más que bien, fue fantástico… pero…

– Estoy deseando comerte la polla otra vez- me dijo en un susurro a la oreja, su voz se había vuelto ronca – ¿queeeeeé?- dije yo, me había sorprendido – verás… yo… – Esta tarde hablamos, tomando un café, hasta luego-

Me cortó en seco y se puso nuevamente a nadar, dejándome allí, completamente estupefacto y salido perdido, suerte que estaba en el agua, si no, mi sexo se hubiese puesto en erección. Me despedí de mis amigos y me fui a comer, aún estaba pensando en lo que me había dicho Luisa en la piscina. Mientras los míos conversaban en la mesa, yo permanecía callado.
Después de comer, cogí la moto y me fui hacia casa de Luisa, con el “firme” propósito de acabar con aquello.

Luisa me abrió la puerta, y en aquel mismo momento supe que todos mis propósitos para cortar de raíz aquello, se habían ido al garete. Frente a mí, ataviada con una bata corta de seda, de corte oriental, había una hembra, con mayúsculas. Luisa se había recogido el pelo y se había maquillado profusamente, dando a su rostro, bello de por si, un aspecto agresivo, parecía una tigresa. La bata, abierta hasta la cintura, solo tapaba lo justo, dejando a la vista toda la parte central de su torso, cubierto por un corpiño de color violeta, que elevaba sus pechos, las piernas, enfundadas en unas medias negras, zapatos de tacón de aguja de más de diez centímetros de altura, haciendo que su rostro quedase a la altura del mío ( mido 1,80)

Me miró lascivamente, se pasó la lengua por los labios, lentamente, insinuante y provocadora y me hizo pasar, cerrando la puerta y pasando la balda. Pasó a mi lado, rozándose con mi entrepierna, que ya estaba dura y sonriéndome como el gato que se va a comer al canario, dejó su mano derecha a propósito atrás, pasándola a la altura de mi entrepierna y apretando ligeramente en ella.

- Ummmmm, noto algo duro por aquí, que interesante- yo sudaba a mares. ¡Ooohhh, pero que buena que estaba aquella mujer! se me olvidaron por completo mis remordimientos, y mi mente fue invadida por el deseo salvaje de poseer a aquella mujer inmediatamente. Caminaba delante de mí contoneando sus caderas lascivamente, sabiéndose observada.

Mis ojos estaban fijos en su culo. Me hizo sentarme en el sofá y se marchó por la bandeja del café, cuando volvió, la bata había desaparecido y su cuerpo, enfundado en el corpiño se exhibía ante mí, sus pechos, elevados, se mostraban completamente ante mis ojos, su sexo, tapado por un tanga del mismo color, se insinuaba golosamente, un liguero sujetaba las medias que cubrían sus piernas. Se puso ante mí, y flexionando la cadera, pero manteniendo las piernas rectas, dejó la bandeja en la mesa, mientras me miraba y sonreía, se sabía la dueña de la situación, y se aprovechaba de ello.

Dio la vuelta a la mesa, moviéndose como una pantera y se sentó junto a mí, yo estaba como petrificado, mis ojos dejaban ver la lujuria que me embargaba, ya no me acordaba de que era la madre de mi amigo, ni de que era una mujer casada ni de su reputación, ni de nada de nada, solo pensaba en poseerla, sentir su lengua jugar con la mía, sentir su sexo caliente atrapar el mío, notar como su cuerpo vibraba ante mis caricias… Sirvió el café y me alcanzó una taza.

- Bueno, Javi, ¿qué era eso que me querías decir?- me dijo susurrante, mientras su mano derecha se posaba delicadamente en mi muslo. – Ehhhhh… bueno, verás- las manos me sudaban, estaba al borde del colapso, intentaba no mirarla, pero mis ojos, volvían una y otra vez a encontrarse con los suyos, viendo en su mirada la lujuria que desprendían sus movimientos. Su mano subía lentamente por mi muslo, acercándose a mi entrepierna cada vez más, yo notaba mi sexo duro luchando por romper el tejano y salir.

- Luisa… yo… yo creo… – no era capaz de articular palabra -¿si? ¿Qué crees Javi?- su tono, lánguido y seductor, era como esa música de efectos hipnóticos, no me dejaba articular palabra. Su mano había llegado a mi entrepierna y estaba palpando la dureza de mi sexo.

- Veras… yo creo… que tú y yo… pues… – ¿Siiii?- su mano había encontrado la cremallera y la había bajado, entrando de mi entrepierna y masajeando lentamente mi miembro, noté como el botón del vaquero estaba a punto de saltar por la presión. Lo desabrochó de manera experta con la otra mano.

- Ufffffffff… ¡Oohh Luisa!- exclamé.

Mi vaquero estaba desatado, mi sexo, duro sacaba la cabeza por la goma del slip, su mano subía y bajaba lentamente por el tallo.

- Dime Javi, ¿qué querías decirme? somos adultos- me hablaba con una sonrisa lujuriosa, su rostro expresaba bien a las claras que era una viciosa, que había decidido tenerme como amante y que no me iba a dejar escapar fácilmente. Sus ojos se habían clavado en los míos como los de una cobra antes de atacar y me tenían completamente hipnotizado, sentí como el slip liberaba mi sexo – veras… yo creo que esto que hacemos… tú eres…

No pude continuar, ella agachó su cabeza y se metió mi sexo en su boca, succionándolo lentamente, introduciéndolo cada vez un poco más, lenta, pero inexorablemente hacia el fondo de su garganta.

- Buffffffffff- resoplé al sentir su caricia. -¡oooohhhhhh, siiiiiiii, que bueno!- Ella seguía mamándome el sexo, mientras con la mano izquierda, acariciaba mi pecho por encima de la camiseta.

Yo no permanecí inactivo mucho tiempo, siguiendo mi instinto, pasé mi mano por el cuello de Luisa y empecé a dirigir el ritmo de su mamada, mientras con la otra mano, acariciaba sus nalgas, encontré la tira del tanga y la retiré hacia un lado, buscando, con mis dedos inexpertos su sexo, ella se dio cuenta, y con una de sus manos me mostró el camino hacia la entrada, empujó ligeramente sus caderas y uno de mis dedos encontró sus labios mayores, calientes y abiertos, los acaricié torpemente, antes de meter el dedo en su raja, ella soltó un gemido y aumentó el ritmo de su mamada.

- ¡No, por favor, Luisa!, ¡si sigues así, no tardaré mucho en correrme!- – Hazlo, ¡quiero tu leche en mi cara!- me dijo, su rostro era el de una fiera salvaje.

Volvió a amorrarse a mi sexo, tragándolo entero de una sola vez y, haciendo presión sobre el con sus jugosos labios, empezó a mover la cabeza arriba y abajo rápidamente. Yo metí más profundamente el dedo y lo empecé a mover como si fuera una polla en su interior, ella dio un grito y se movió más rápidamente aún, poseída de una locura sexual. Notaba como se acercaba mi orgasmo, no quería correrme, pero me era imposible contenerme, solté un alarido y mi leche inundó la boca de Luisa, mientras esta no dejaba de mamarme, mi sexo no perdió ni un ápice de dureza, Luisa levantó la cabeza y mirándome a los ojos me dijo:

- ¡Jódeme, jódeme como a una perra!-

Se arrancó el tanga, más que quitarlo y se puso a cuatro patas en el sofá, me giré y me coloqué detrás suyo, enfilando la punta de mi sexo en la entrada del suyo, ella lo guió hacia el interior, acariciándolo y cuando la cabeza de mi sexo estuvo dentro, me apremió: – ¡Vamos niñato!, clávamela de una sola vez, fóllame, fóllame!- me gritaba di un golpe de cadera y le metí mi sexo de una sola vez en el suyo, ella, arqueó su espalda y soltó un grito de placer, moviéndose a mi ritmo.

Luisa meneaba sus caderas y no dejaba de soltar frases obscenas, animándome a que la follara más y más rápido, se corrió a los pocos minutos, pero yo no paré, ella no me dejaba parar. Mi cuerpo sudaba y mi mente divagaba en el placer que aquella mujer me proporcionaba, noté como su sexo se contraía y atrapaba el mío, como succionándolo hacia el interior, me agarré a las nalgas de Luisa y empecé a moverme rápidamente, con el objeto de que se volviese a correr, uno de mis dedos, se metió en la raja entre sus nalgas.

- ¡Vamos cabrón!, méteme el dedo en el culo, ¡vamos hazlo!- me gritaba.

Yo lo hice, y ella se corrió al instante, yo también estaba a punto de correrme por segunda vez, pero ella, haciendo un movimiento con su cintura, se desempaló, evitándolo, me miró, parecía una fiera, era una fiera desbocada, hambrienta de sexo, poseída por la lujuria y el vicio, y yo era su víctima.

- Quiero que me des por el culo, ¡encúlame niñato!- me gritó -¿por el culo?, ¿quieres que te la meta en el culo?- yo estaba alucinado -¡SI! vamos, no te lo pienses, y encúlame de una sola vez, ¡métela de golpe!-

Abrí sus nalgas y apoyé la cabeza de mi sexo en su ano, maravillándome de que aquella mujer me pidiese eso, yo solo lo había visto en las películas porno, empujé suavemente y mi glande entró en su ano, no sin dificultad. Luisa soltó un grito de dolor, pero al notar que yo me retiraba, me gritó que siguiera

- ¡Sigue cabrón!, ¡no pares ahora! sigue, encúlame, métela hasta el fondo de una sola vez, ¡vamos niñato!- – Pero, ¡creía que te había hecho daño!- le solté yo – ¡Me gusta el dolor!, ¡soy una zorra! ¡Dame por el culo de una puta vez, niñato, maricón!-

Cuando me dijo maricón, mi mente saltó como un resorte, me invadió la rabia y di un golpe salvaje con mi cintura, enterrando mi sexo en su ano.

- ¿Te gusta el dolor, puta? ¡Yo te enseñaré a llamarme maricón!- empecé a moverme con furia en su ano, mientras a ella se le saltaban las lágrimas de dolor, pero me seguí animando con sus frases obscenas y sus insultos.

Yo notaba como mi sexo engordaba a cada frase, con cada empujón que daba, con cada grito, con cada sollozo que ella soltaba, yo me excitaba más y más, agarré sus nalgas y clavé mis uñas en ellas, meneándome con fuerza en su ano. Luisa empezó a gemir y a aullar de placer, más que de dolor, la agarré de los muslos y me abalancé sobre su espalda mordiéndole en la nuca mientras le bombeaba mi sexo en su ano, estrecho, pero cada vez más caliente. Luisa se dejó caer hacia adelante, para acariciarse el clítoris con una mano, mientras mi sexo perforaba sin compasión su ano, cosa que yo aproveché para agarrar sus pechos.

- ¡Retuerce mis pezones!- lo hice sin dudar, flojo al principio, pero ante los insultos y las obscenidades que ella soltaba, lo hice con más fuerza, me ensañé en ellos, haciendo que Luisa se corriera nuevamente. – ¡Estoy a punto de reventar zorra! ¡Dame tu boca!- le grité completamente fuera de mí, saqué mi sexo de su ano, y cogiéndola del pelo tiré de el hacia mi sexo, ella abrió la boca y me recibió dentro de ella, justo a tiempo de recibir toda la carga que tenía para ella.

Me dejé caer en el sofá, resoplando y gruñendo, ella se quedó abrazada a mis piernas, con mi sexo, fláccido al lado de su mejilla, sus ojos reflejaban una gran satisfacción, lo mismo que los míos.

- Joder Luisa- dije cuando pude recuperar el aliento – ¡eres una bestia!, ¡ha sido genial!- -¿si, verdad? ¿Te ha gustado?- – ¿que si me ha gustado? ¡coño si me ha gustado! Cuando me ibas insultando y diciéndome lo que me decías, ¡me ponía cada vez más cachondo! ¡He alucinado!- – con Emilio no puedo hacerlo, el es muy tradicional y no le gustan ese tipo de cosas, además, me folla poco, y mal, hace años que no tengo un orgasmo con él, ¡necesito realizar mis fantasías, necesito sentirme viva!

- Joder si lo estás! ¡Eres una fiera!- empecé a recoger mi ropa, que estaba desparramada por el salón cuando Luisa me soltó: – ¿quieres quedarte esta noche? Emilio y Carlos no volverán hasta mañana por la tarde, tarde- -me encantaría, pero ¿y los vecinos? verían mi moto en la calle, o me podían ver salir mañana- – es verdad- reconoció ella – además, yo solo soy una zorra, a la que se usa para descargar leche ¿no? – ¡nooooooooooooooo! ¡No digas eso!- – no, si no me importa- dijo ella sonriendo divertida – eso es lo que quiero ser para ti, ¡quiero ser tu puta!, quiero que me uses, que me jodas como harías con una fulana, no quiero una relación romántica y amorosa, gracias, pero no, quiero ser follada, jodida como una perra cada vez que esté entre tus brazos. ¡Quiero ser una zorra! ¡Quiero ser tu zorra!-

Yo alucinaba con aquella mujer. Ella seguía hablando.

- Quiero que me insultes, que me humilles, que me utilices a tu antojo, que cuando tengas una fantasía, la realices conmigo, que me hagas daño, si te apetece hacerlo, ¡soy tu zorra!- – ¡joder!- dije yo cada vez más asustado de ver aquella fiera sexual ante mí, ella seguía – no me importa ser un segundo plato, al que se recurra cuando tus planes con otras mujeres fallen, no me importa en absoluto que me desprecies por ser como soy, una zorra, solo quiero complacerte en todo!- – vale, vale, me ha quedado claro, para ya- le dije, intentando calmarla…

- Si quieres insultarme, hazlo, si quieres pegarme, hazlo, si quieres ofrecerme a tus amigos, para que me jodan como la puta que soy, hazlo, a mí no me importa, pero que Emilio no se entere, es la única condición que te pongo, que mi marido no sepa nada de esto, haré lo que te apetezca siempre, nunca me negaré a tus deseos, pero Emilio nunca debe saberlo- – ¡por supuesto!- – Ahora vete, vete de fiesta con tus amigas, que me parece que hay una que va detrás tuyo, disfrútala, pero ven de vez en cuando a joder con tu zorra ¿vale?-

Me terminé de vestir y salí de la casa, me subí en la moto y me fui a mi casa, por el camino, me encontré con los vecinos de Luisa, que volvían del pueblo.

Mi “relación” con Luisa, se prolongó durante más de tres años, desde el verano del 88 hasta el principio del año 92. No fue una relación en el término formal de la palabra. Sencillamente, me la follaba cuando quería hacerlo, sin ataduras, incluso después de dejarnos de ver, me lo hice con Luisa en un par de ocasiones, solo para recordar viejos tiempos.

Mientras estuve con Luisa, tuve más relaciones, algunas, con chicas de mi edad, otras, con mujeres maduras como ella, creo que así me di cuenta de que nunca podría ser fiel a una pareja, aunque Luisa nunca me exigió que solo me acostase con ella, es más, me animaba continuamente a que me lo hiciese con otras mujeres, en especial, con chicas de mi edad. Al principio, no le hice caso, ella me llenaba completamente y satisfacía todos mis deseos, anticipándose a ellos en multitud de ocasiones.

“Llevaba varias semanas ya acostándome con Luisa, y la verdad es que me encantaba hacerlo, y a ella que lo hiciese, además, aprendía rápido como debía comportarme con una mujer como ella en la cama. Luisa quería que el hombre que se la beneficiase, fuera dominante, casi brutal, que la tomase sin restricciones. Decía que para romanticismo, ya estaban los enamorados, que ella lo que quería era rabo, sexo, vicio y lujuria, que los “te quiero” ya se los dedicaba su marido.

Recuerdo que un día, a mediados de octubre, estábamos en la cama, después de follar, ella acariciando mi pecho, completamente desnuda, mientras me daba besitos suaves en los muslos, como casi siempre, me acababa de correr en su boca. Yo acariciaba su pelo, mientras fumaba con aire ausente, mi mente divagaba, pensando en lo que acababa de suceder, en lo bien que me sentía, por hacer que aquella mujer gozase entre mis brazos una y otra vez. Noté la familiar caricia de su lengua en mi bolsa testicular, mientras sus manos acariciaban mi sexo con suavidad

-¿Qué haces?- le pregunté -¿aún quieres más, zorra?- me había acostumbrado a llamarla zorra cuando estábamos juntos en su casa. – Quiero lo que tú desees, si quieres que pare, paro, pero me apetece chupártela-

Como siempre, Luisa habló con claridad meridiana, expresando sus deseos más íntimos – Estoy muy falta de caña, y tú me das la que necesito, así que es normal que te busque como una perra, después de todo, es lo que soy ¿no es verdad?-me dijo mientras pasaba su lengua por el tallo de mi sexo, lamiéndolo

- ¡Que zorra llegas a ser!- le dije sonriendo – Si, ¿verdad?- me dijo justo antes de engullir mi sexo entre sus labios y empezar a mover su cabeza arriba y abajo.

Puse mi mano derecha en su cabeza, y empecé a dirigir su mamada con ella. Luisa cerró los ojos y emitió un gemido apagado, mientras su lengua se enroscaba en mi sexo, dándome un placer inmenso.

- Sigue así, zorra, me encanta cuando me comes el rabo- le solté, mientras soltaba su cabeza y llevaba mi mano derecha hacia sus nalgas, dándole un cachete en ellas, haciendo que Luisa, diligente y aplicada, aumentase el ritmo de su mamada.

Metí mi mano entre los globos de sus nalgas, y acaricié su ano, donde unos minutos antes se había alojado mi sexo, había recuperado su tamaño normal, metí un dedo y lo saqué, siguiendo mi exploración hacia su sexo. Luisa cambió de posición sin dejar de comerme la polla, variando el ritmo, para retardar mi orgasmo. Mis dedos llegaron a su raja, encontrándola completamente mojada, busqué su clítoris y lo acaricié con la yema de mi dedo corazón, excitándolo. Luisa respondió de inmediato a mi caricia, soltando un gemido gutural y tragándose mi sexo hasta la raíz, mi mano izquierda la cogió del pelo, mientras los dedos de la derecha entraban en su sexo, a la vez que presionaban el clítoris.

- Eres una verdadera guarra, te acabo de follar y ya tienes ganas de nuevo. Eres una verdadera zorra- le decía mientras mi mano empujaba su cabeza hacia abajo.

Puse mi mano de canto, para penetrar mejor su sexo con mis dedos, y de paso, presionar su ano con mi dedo pulgar, no tardando en introducirlo, aquello hizo que Luisa se volviera loca. Empezó a lamer mis huevos mientras con su mano me masturbaba furiosamente, queriéndome sacar hasta la última gota de mi semen, tiré de su pelo y la miré con aire amenazante, mientras movía más rápido mis dedos en su sexo, con el objeto de hacer que se corriera en mi mano, ella intentaba no correrse, pero por su cara, sabia que su orgasmo andaba cerca, que no podría resistirse mucho tiempo más, saqué los dedos y cogí el clítoris entre el pulgar y el índice retorciéndoselo, aquello fue demasiado para ella, se corrió dando grandes alaridos y se metió mi polla nuevamente en la boca, succionándola con avidez, mientras, con ojos implorantes, me pedía que me corriera, pero yo lo había hecho en dos ocasiones anteriormente, y sabíamos ambos por experiencia, que le iba a costar lo suyo sacarme el premio que ansiaba.

Volví a jugar con su ano, introduciendo dos dedos en el y moviéndolos rítmicamente en su interior como si fuera mi sexo que la penetraba. Luisa gemía y suspiraba con mi sexo en su boca, dándome mucho placer, alargué la mano izquierda y acaricié sus pechos, me entretuve jugando con sus pezones, mientras mis dedos seguían entrando y saliendo del ano. Luisa seguía con su labor, lamiendo y mamando mi sexo, haciéndome gozar, pellizqué uno de sus pezones y Luisa dio un respingo, liberando mi sexo de el cepo que eran sus labios. Me incorporé apoyando la espalda en el respaldo y tiré de sus cabellos hacia atrás.

- Ahora quiero que me cabalgues zorra, quiero gozar de tu coño- le ordené con voz imperiosa, mientras lamía su oreja – quiero verte la cara al correrte con mi polla dentro de ti- . Luisa pasó una de sus piernas por encima de mi cuerpo, y se situó encima de mi sexo, empalándose en el, dejó caer su cadera y mi polla desapareció bajo el felpudo velloso que cubría su gruta del placer, empezó a moverse de adelante a atrás, suavemente, gozando de cada centímetro de mi sexo enterrado en el suyo, sus manos, apoyadas en mis hombros, sus pechos subiendo y bajando rítmicamente, sus ojos entrecerrados, su boca entreabierta, emitiendo sonidos guturales, mientras yo, la agarraba de las caderas intentando dirigir sus movimientos, que poco a poco se iban acelerando, yo empecé a sudar, notando como el orgasmo se acercaba, sin poderlo remediar, a Luisa le pasaba lo mismo, sus movimientos de cadera, se habían hecho circulares, y muy rápidos, señal inequívoca de que estaba a punto de correrse.

Noté sus manos crisparse en mis hombros y sus uñas clavarse en mi piel, vi como se mordía el labio inferior, intentando reprimir el grito que anunciaría su orgasmo. Yo resoplaba y gruñía mientras hacía que mis caderas botaran en busca de su sexo mojado y caliente. Nos corrimos los dos a la vez, ella, entre aullidos de placer, sintiéndose llenar su sexo por mi semen. Yo, entre gruñidos y soplidos llenándole de semen el sexo. Caímos exhaustos encima de la cama, abrazados, resoplando, sintiendo las oleadas de placer recorrer nuestro cuerpo. Poco a poco, fuimos recuperando la compostura, me moví ligeramente y Luisa se dio cuenta, se separó de mí un poco para dejarme libertad de movimientos. No se por qué lo hice, pero me levanté de la cama como si me hubiesen pinchado con una aguja, y me fui directo a la bañera, me bañé y salí rápidamente, empezando a vestirme. Luisa me miró:

- ¿Ya te vas?- me preguntó con ansiedad – Si, me voy ya, nos veremos pronto- – Me tratas como a una vulgar zorra- me dijo con un punto de tristeza en la voz – Es lo que eres ¿no?- le dije, mirándola de reojo -¿no me decías que querías que te tratase como a una guarra? pues eso hago.- – Está bien. Vete, después de todo, Emilio y Carlos están a punto de llegar- – por eso mismo, ¿o quieres que nos pillen aquí? yo estoy vestido, pero tú estás desnuda, y además, toda la habitación huele a sexo, se nota que te han follado, así que mejor, te duchas y ventilas la habitación, no sea que tu marido se entere-

-¡Pero bueno! ¿Me vas a decir lo que tengo que hacer?- Luisa se estaba enojando de verdad – Te diré lo que me de la gana, y tú obedecerás, so puta, para eso es para lo que sirves, para darme placer y obedecerme- – oye… – Luisa se levantó de la cama – me voy- dije secamente – ya te llamaré cuando tenga ganas de follar contigo, nos vemos- abrí la puerta y salí de la habitación, bajé las escaleras, abrí la puerta de la calle y me fui hacia mi casa.”

Autor: Lone Rider

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