Me gustas

Romántico, Hetero. Sencillamente me gustas.

Te quejas de tu trasero, dices que es demasiado voluminoso. La realidad es que tu culo me encanta. Me encanta acariciarlo mientras me besas con tus labios carnosos, estrujarlo con mis manos mientras tu lengua bucea ansiosa en mi boca, apretarlo empujándote contra mi pelvis para hacerte notar la crecida excitación que me provocas, introducir mis manos por debajo de tu pantalón y tu ropa interior para disfrutar del tacto suave y fresco de tu piel. Tu culo me apasiona, me la pone dura. En mi mente se agolpan mil fantasías, mil y una formas de disfrutar de ese magnífico trasero que me obsesiona. Espero tener la ocasión de irlas desgranando de una en una, de disfrutar intensamente de esa parte de tu anatomía que tu minusvaloras y que yo adoro.

Te quejas de tus pechos, demasiado pequeños, dices. Yo no estoy en la onda de los hombres obsesionados por las tetas explosivas. Tus pechos pequeños y bien formados me cautivan. Me gusta cuando te sientas a horcajadas sobre mis rodillas y me dejas meter la cabeza por debajo de tu camiseta para encontrarme con tu torso desnudo, sin la barrera del sujetador, embriagándome con el olor de tu cuerpo. Un aroma a sudor de mujer limpia y sensualmente perfumada que me emborracha de deseo. Me encanta acariciarte los pechos con mi cara, sentir su suavísima piel rozando mis pómulos, deslizar mis labios sobre tus erizados pezones, saborear su firme textura con mi lengua y mordisquearlos con ternura. Me gusta sentir como te excitan mis caricias, como restriegas tu sexo aún vestido y hambriento contra el mío, en un preludio de los momentos apasionados que nos aguardan.

Te quejas de tu barriguita, demasiado prominente. A mi me gusta acariciarla, cuando estás sentada junto a mí, en el sofá. Soltar el botón de tu pantalón y pasar mi mano sobre ella, desde el ombligo, deslizándola por debajo de tu ropa hasta alcanzar el pubis. Me gusta enredar mis dedos en tu vello negro azabache, desplazar tú ya húmeda ropa interior hacia fuera abriendo el espacio vital para mi mano, acercar mis dedos a tu secreta abertura y arrancarte gemidos de franco placer. Me gusta sentir en mis dedos la abrasadora humedad de tu vagina, abrir y penetrar esa misteriosa puerta que lleva a los confines del paraíso, juguetear con tu mágico botón que se inflama bajo mis caricias mientras que tu cuerpo se arquea de gusto y tus ojos se ponen en blanco.

Te quejas de tus muslos, según tú demasiado gruesos. Yo disfruto situando mi cabeza entre ellos, comiéndotelos a besos mientras me emborracho con el arrollador aroma a hembra dispuesta al sexo que emana de tu coño. Hundiendo mi cabeza en tus íntimas profundidades y bebiendo con sed infinita del manantial que brota entre tus muslos. Notando tus dedos jugando con mi pelo mientras que con tus manos aprisionas mi cabeza contra tu entrepierna. Percibiendo como a cada movimiento de mi lengua respondes con una suave convulsión y un gemido incontrolable de satisfacción.

Te quejas de tu cuerpo, pasado de peso. Me evocas a una gacela cuando te mueves sobre mí haciendo el amor. Tu torso erguido, tus pechos que se bambolean en cada salto, tus ojos cerrados mientras te concentras en sentir mi cuerpo dentro del tuyo. Me gustas cuando empiezas a trepidar atávicamente en los instantes previos al clímax, atenazando mi miembro dentro de ti, cuando me derramo en tus entrañas mientras que tú haces lo propio sobre mi pubis, cuando al final del juego te quedas tumbada sobre mí con tu cuerpo sudoroso, aún unido al mío por ese vínculo insaciable. Tu peso me resulta entonces muy liviano. Ya estoy deseando sentirlo encima de nuevo.

Sencillamente me gustas. Sencillamente te deseo.

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