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Mi cuñada una máquina de coger

8 de febrero de 2013
por arthurk

Volví entre sus piernas, las elevo hasta colocarlas sobre mis hombros, me aproximo a la ostra, con el miembro amenazo a la abertura con él, apoyé la cabeza entre los labios y en un solo envión entró la mitad, el resto lo hizo ella traccionando con los talones en mi espalda.  Se sentía ajustado, profundo, intenso movimiento de mete y saca, volvía a excitarse con renovado entusiasmo.

Tener relaciones con la cuñada es un clásico en cualquier conversación, quien no ha pensado o acariciado la intención de tener un “asunto” de cama con la cuñada, quien esté libre de culpa es por que no tiene cuñada.

Yo no soy la excepción, tengo una cuñadita que está para llevarse todos los premios, por belleza, gracia, sex-appeal y porque sí nada más.   Desde que la conocí me llenó los ojos de ella, más de una noche teniendo sexo con mi mujer cerraba  los ojos y me imaginaba haciendo el amor con Perla, tal es el nombre de la joya familiar, que por cierto hace honor a su nombre.

Desde que mi novia me presentó a Perla, doce años mayor que mi esposa, no tuve un momento de calma, cada vez que asistía en la obligada visita de novios no hacía otra cosa que buscarla, estar atento a sus movimientos, era un karma en mi vida, ocupa y preocupa mis sentidos.

En sus treinta y tantos exhibía contundente belleza que me dejó loquito, rápido supo leer la pasión que despertó en mis jóvenes veintiún años, más aún parecía solazarse y disfrutar el efecto seductor que ejercía en mí, los catorce años que me llevaba los había utilizado muy bien, sabía como ponerme cada día más loco.

Diría que no le alcanzaba con jugarla de seductora, sino que con el tiempo fue agregando roces y jueguitos intencionados, como si buscara acercarse con cualquier excusa, disfrutaba tenerme cerca, a juzgar por la forma como apretaba mi brazo cuando nos saludábamos parecía querer algo más, pero tal vez por mi inexperiencia y su temor a producir un problema familiar las cosas no llegaron a mayores.   La paz familiar prevalecía sobre el deseo que nos quemaba.

Ella ejercía cierta tutela sobre mi futura esposa, por afecto y por diferencia de edad.   Fue madrina de casamiento, en la fiesta, con la excusa de unas copas de más, no economicé elogios para los atributos que se prometían en el generoso escote.   Dejé en claro mi admiración, halagada asintió con graciosa aceptación, se mostró más complaciente y afectuosa que en  la habitualidad de la relación familiar, hasta me pareció que me estaba dando pie para algo más, pero deseché esa peregrina idea pensando que era todo fruto del momento de excitación por la fiesta, el alcohol y el entorno que modifica la percepción de la realidad.

La fiesta siguió, como se acostumbra, hasta el desayuno, es decir que había mucho tiempo aún para  seguir con el viejo truco del alcohol como excusa, no pierdo oportunidad para insinuarme diciendo que me quita el sueño, con más tragos más valor y en un aparte con Perla me arrimé para confiarle que me “enganché” con Luisa, la desposada, para estar cerca de ella.  Fue en un momento que la invité a bailar, justamente un tema lento, un almibarado bolero, acusó el golpe, dudó, perdió el control dela situación, la dejé descolocada y sin reacción.

Todo eso o tal vez algo que desconozco motivó que me dijera bien pegada a mi oído:

- Al condenado a matrimonio, siempre se le permite una última voluntad.  Dime lo que quieras o calla para siempre. -¿Si eres Perla, cómo será…?  -simulé vergüenza y pudor, corté la frase con poca convicción, por acicatearla. -¿La ostra? Ibas a decir… ¡La mejor!, ¡Sin duda, la mejor!  – Aprieta y suspira, para eludir cualquier duda.- Te creo, aunque… -¡Para!, con la calentura, después de la fiesta tenés donde esmerarte. –apretó la pierna justo contra el miembro y dijo: -Este postre tiene dueño hoy, ya veremos al regreso…

Volvimos a vernos al regreso del “mielerío”, nos invitó a su quinta, un trofeo de guerra después del divorcio, para un fin de semana largo.

En la primera ocasión a solas le recordé la promesa pendiente, atracción mutua, miradas que podían derretir el hierro de la verja.  Durante la estancia no faltaron los roces osados, en la primera ocasión que la tuve sentada frente a mí comenzó el derroche de lujuria, separó bien las piernas para que pudiera apreciar la trasparencia de la tanga, en cada cruce de piernas no faltaba la pimienta de exhibir cada vez más lento y más explícito el juego de precalentamiento.

En este juego de alto contenido erótico Perla gozaba ver como hacía para disimular el efecto de su exhibición.  La noche pasó calenturienta, no hubo forma de poder tener un momento a solas, me tuve que conformar con el desahogo habitual, para colmo Luisas es una mujer de poco fuego, lo hace como a desgano y por cumplir con el precepto del débito conyugal.

Me levanté temprano, preparé café, esperando…   Llegó, me encontró mirando por la ventana, apoyó su cuerpo contra mi espalda, dos tetas, el perfume dice que es ella, sin voltear extiendo la mano hacia atrás, busco su entrepierna, bajo la bata, llego fácil a la entrepierna, no hay bombacha, acaricié el suave vello, juego en la espesura, llego a la cueva, me empapo en la espesa humedad, caliente.  Suspira, gime, vuelve a suspirar profundo, intenso, como quien se desprende de una pesada carga.

-¡Ah, ah!… ¡Siente que ostra tiene Perla!  – mientras me da un beso bien húmedo en el cuello. – ¡Vamos fuera! ¡Nos puede ver!  – sin dar tiempo al arrepentimiento, ¡cómo si lo fuera a intentar!

Nos metimos en un galponcito, trancamos la puerta, desnudo total, exhibe orgullosa las tetas, carne firme, vigorosos pezones.  Tomo algo de distancia para una visión integral, mejor perspectiva como la del artista que estudia su modelo, admiración sería el  término preciso para decir la impresión que producía esa tremenda mujer, tantas veces imaginada y ahora toda desnuda ante mí, ofreciéndome todos sus encantos para mi placer.

Tanta hermosura y lujuria toda para mí, era más de lo que podía ambicionar, tomada de la cintura la senté sobre una rústica mesa de campo, que al colocar tamaña belleza se engalanaba, la fina porcelana cincelada por la pródiga naturaleza se ofrecía como agua para sofocar el fogoso deseo que me consume.

Los labios afiebrados por la pasión buscaron la abertura húmeda.   Lamer, mamar sin solución de continuidad, saciar la calentura atroz que nos invade por igual, mientras escudriño la profundidad de la cueva ella prorrumpe en una retahíla de palabrotas obscenas y soeces que son las únicas capaces de expresar su estado calenturiento.  Las manos son tenazas que me conminan a quedarme dentro de ella hasta el fin del mundo.

Mientras mis labios y lengua le prodigaban maravillosas sensaciones en el clítoris, pretender acallar los gemidos, en realidad más parecidos a los aullidos de una loba, era como querer tapar el sol con un dedo.   El orgasmo alcanzaba su cúspide cuando el dedo mayor de mi mano hizo su entrada triunfal en el “chiquitín”.   La profusión de jugos fue tal que parecía que el volcán Krakatoa había entrado en erupción.

Las piernas y sus manos eran la gloriosa cárcel que me tenía secuestrado en su goce supremo.   Sentirla como se debatía en las contracciones de un orgasmo jamás presenciado, era una maravilla verla y sentirla, era el fruto de esfuerzo ganado con el sudor de mi boca.

Los labios conservan el brillo del jugo, prolijo vello púbico realza la jugosa ostra, los dedos de Perla abren y exponer el interior rosado, la sonrisa vertical que pide atenciones nuevamente, no fue suficiente quería más, una máquina de gozar, insaciable, pero esta vez tenía otro destino.  Entre sus piernas, accioné nuevamente el botón, la perla clitoriana, liberó la desmesurada lascivia, profuso, intenso y fogoso orgasmo, con el pulgar juego en la conchita y el dúo de índice y mayor en el ano.

Despatarrada sobre la mesa, las piernas colgando, inermes, abiertas, el vello brillante de humedad.   Volví entre sus piernas, las elevo hasta colocarlas sobre mis hombros, me aproximo a la ostra, con el miembro enhiesto y duro como el acero, apunto, amenazo a la abertura con él.   Recaliente apoyé la cabeza entre los labios y en un solo envión entró la mitad, el resto lo hizo ella traccionando con los talones en mi espalda.  Se sentía ajustado, profundo, intenso movimiento de mete y saca, volvía a excitarse con renovado entusiasmo.   Goza y devuelve placer apretando los músculos vaginales en torno del miembro que pistonea con afiebrado deseo.

Era más que obvio que conocía como complacer a un macho calentón, manejaba los labios vaginales a voluntad, sentía como producía con ellos un efecto que semejaba a la boca cuando succiona, produciendo en el nacimiento del glande un efecto tan placentero jamás sentido, movía la pelvis y caderas con tal armonía y sincronismo que necesité de todo mi poder de concentración para demorar mi orgasmo.

No soy para nada precoz, todo lo contrario, pero ante semejante máquina de coger no era fácil demorarse y gozarla a pleno.

Ahora soy yo el que le dice le dice todas las procacidades para acrecentar el grado de excitación, contestó con su propio vocabulario, fue el espacio necesario para dejarme disfrutar un poco más de la penetración por demás gozosa.

Una estocada a fondo y sostenida le hizo perder la compostura y apurar el proceso, estaba llegando el momento triunfal, forzada respiración, como pez fuera del agua, el corazón latiendo a mil y las contracciones musculares eran síntomas inequívocos de que el orgasmo está llamando a su puerta.

- ¡Dale, cabrón! ¡Dame tu leche, dame tu leche! ¡Da…me…!  -Paró de vociferar para poder respirar.  – ¡Por favor, ven conmigo, estoy llegando!   ¡Quiero juntos, vamos dámela!

No fue solo la súplica de Perla sino que ya no podía aguantar más, apuré los últimos movimientos coitales para ponerme a ritmo y consonancia con su excitación y llegar juntos a la cima del mundo.  Me moví, nos movimos, un final a toda orquesta, me lancé dentro de ella como para atravesarla, profundicé los enviones cuanto pude, fueron menos sacudidas que las deseadas por mí.   En medio de un descomunal orgasmo de Perla volqué toda mi calentura, nos confundimos en un solo grito, un solo estertor postrero que selló nuestra comunión de almas.

El sonido a dúo de gozo fue el arrullo de la emisión de semen, brotó incontenible, con fuerza y cantidad imposible de mensurar.   Quedamos enchufados, soldados, sin poder ni querer salirme de ella, permanecer así eternamente.  Al levantarme contemplé como el riego espermático se escurría por el muslo de una mujer agradecida.

Antes de concluir el fin de semana hubo otras escaramuzas a la apurada.  Lo mejor vino en los encuentros de sexo que se sucedieron, pero no por habituales dejaron de tener la espontaneidad y fogosidad de esta primera vez, con el tiempo fuimos incorporando nuevos incentivos a nuestro juego de sexo.   Esto será para otro relato.

Si te ha gustado la “aventura”, te espero en mi correo, gracias…

Autor: arturk

arthurk1986@yahoo.com.ar

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