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Mi madre, mi hermano y yo

18 de enero de 2009

Yo cerré los ojos, quería escuchar sus quejidos de pasión. Mi madre había separado sus muslos y ahora él buscaba su entrada con su miembro empapado de mis jugos, mi madre emitió un profundo quejido con toda la fuerza de su pasión, observé como encerraba a su macho en la cárcel de sus piernas para que él se hundiera en las profundidades de su origen mientras yo me deshacía en los estertores de un orgasmo que en realidad nos estaba envolviendo a los tres.

Mi madre me había llamado seriamente para reñirme sobre mi conducta evidentemente provocativa. Ella era una mujer bastante seria de un tratamiento generalmente hosco que nosotros habíamos atribuido siempre a su prematura viudez. En repetidas oportunidades en el último tiempo había criticado mi costumbre de dejar libros eróticos y revistas provocativas en mi cuarto, pues para ella esa conducta no era consecuente en una mujer soltera perteneciente a una familia de principios. Sin embargo, pensándolo bien, yo le encontraba a mi madre cierta dosis de razón, por cuanto lo que yo había hecho no era una algo muy normal.

Se me había ocurrido la idea un domingo en la mañana mientras permanecía en mi cama sin intención de levantarme. Mi madre había salido y yo escuchaba desde mi cuarto que mi hermano tarareaba una antigua canción mientras entraba y salía de la cocina preparándose su desayuno. Yo pensé que esa tarea debería corresponderme a mí, pero no le encontraba ningún atractivo a eso hasta que de pronto, no se precisamente porqué, se me ocurrió que un cierto encanto disparatado podría sacar de la rutina a esa simple tarea familiar.

Entonces me aparecí en el comedor. Saludé a mi hermano alegremente y enseguida me fui a la cocina a preparar unas tostadas francesas que yo sabía que a él le fascinaban. Luego me acerqué y se las ofrecí teniendo especial cuidado de ofrecerle junto con las tostadas una vista espectacular y descarada de mis tetas que yo había dejado salir cuidadosamente por los bordes de mi camisa de noche. Mis ojos no se despegaban de los suyos mientras le ofrecía las tostadas.

Mi hermano levantó su mirada de la revista y la visión de mis pechos lo impactó de manera violenta. Sus manos quedaron estáticas y sus labios temblaban levemente mientras me recibía la bandeja. Yo hice coquetamente como si no me hubiese dado cuenta y me cubrí con los bordes de la camisa, simulando un pudor que estaba muy lejos de sentir. La situación completa me pareció excitante y luego en silencio tomé una pequeña taza de café. No hablamos nada.

Si bien mi actitud era totalmente premeditada debía reconocer que mi hermano a menudo me miraba las tetas y también las piernas cuando tenia oportunidades, que por supuesto yo a menudo le brindaba. Esa tarde mi madre me enfrentó en forma violenta.

Me dijo que ya era el colmo de mi desvergüenza, que no conforme con envenenarme la mente con revistas y libros indecentes ahora me había presentado casi desnuda frente a mi hermano sin darme cuenta que mi hermano era un hombre maduro frente al cual yo debería guardar recato.

Yo no le dije nada, solamente me dediqué a observarla mientras me reñía y me di cuenta en ese momento que todo mi temperamento yo lo había heredado de esa hembra violenta cuyos ojos se encendían a medida que me retaba y cuyo pecho subía y bajaba con cada diatriba. Me di cuenta que esa era una mujer briosa y seguramente reprimida, aún muy bella y me dio un poco de pena hacerla rabiar de esa forma.

Pero la tarde del sábado había devuelto la calma en la casa de modo que a la hora de la cena todo era normal y no pude notar en la mirada de mi hermano nada que pudiera ser efecto de lo vivido al desayuno.

Fue solamente mucho rato después de cenar y cuando mi madre ya se había retirado a su cuarto que mi hermano, luego de aplastar su cigarrillo en el cenicero, me enfrentó decididamente y me preguntó que era lo que yo había pretendido al exhibirme casi desnuda a la hora del desayuno. Como yo me sonriera coquetamente sin responderle, algo irritado me dijo si ella encontraría correcto que el desnudara su pené y me lo mostrara.

Nunca olvidaré la sorpresa en su rostro cuando yo le respondí que me gustaría que lo hiciera porque yo nunca había visto el miembro de un hombre en detalle.

Después de la sorpresa el hombre sonríó y como para asustarme, comenzó a abrir el cierre de su bragueta en franco además de desenvainar su espada.

Yo me acomodé en el sillón, adopté una actitud de observadora concentrada, pero estaba inquieta y nerviosa. Pensé que el se detendría pero no lo hizo y fue así como a los pocos instantes el me mostraba el miembro más formidable que yo hubiese observado. En realidad solamente había observado uno antes de ese y no era nada comparable.

Mi hermano agitaba su instrumento con orgullo y tenía razón para eso.

En mi nació un deseo indomable de tocar ese cilindro de cabeza brillante y con grosor de amenaza. Sentí que mi sexo latía y se mojaba y también sentí como unos tremendos tabúes que habitaban mi mente huían de mi cerebro dejando el campo libre a todas las fantasías. Sentí un poco de miedo porque la excitación de mi hermano era real y la mía también. Entonces me puse de pie y abandoné la sala. Al alejarme escuche la risa contenida de mi hermano que seguramente pensaba que me había dado una buena lección.

Pero mi mente había comenzado a trabajar en forma afiebrada y loca y las proporciones que este estado de cosas producía en mi no me permitió conciliar el sueño en momento alguno. Al comienzo era simplemente la evocación de ese miembro fabuloso. Luego una especie de deseo difuso que ocasionaba un cosquilleo agradable e inquietante entre mis muslos, luego la percepción de mi cuerpo quemándose mientras me revolvía en la cama y luego el innegable deseo de sentir los pasos de mi hermano acercándose a mi cuarto. Deseaba verlo abrir la puerta en la oscuridad, anhelaba sentir que entraba en mi cama y me abrazaba, que recorriera mi cuerpo sin recato alguno y que me partiera en una penetración que rompiera con todos mis temores. Al final de la noche y cuando apuntaba el alba no había recuperado ni una pizca de tranquilidad. Estaba cada momento más caliente.

A la hora del desayuno la casa estaba dominada por una carga erótica que casi se podía percibir en el aire. Yo me presenté vistiendo una cerrada bata de casa pero bajo la cual estaba totalmente desnuda. Mis pechos estaban inflamados y por mis muslos se deslizaban ardientes hilos líquidos que manaban de mi sexo en erupción, pero mi madre nada podía reprocharme por cuanto yo estaba recatadamente vestida. Vi los ojos excitados de mi hermano y supe que había pasado una noche como la mía y que solo su propia cobardía comparable a la mía lo había llevado a permanecer en su cuarto seguramente masturbándose con mi recuerdo.

Todo estalló en pocos momentos. Al terminar el desayuno mi madre nos anunció que iría al supermercado. Mi corazón pareció detenerse y mi hermano me miró a los ojos y en su mirada vi toda la lujuria que era posible contener.

La puerta se cerró tras mi madre y yo me puse de pie dejando caer la bata que me cubría. Casi simultáneamente sentí como mi hermano me abrazaba desde atrás y la presencia de su miembro entre mis nalgas me hizo separar los muslos en forma automática. Un orgasmo primario y repentino agitó mi sexo hasta sus profundidades y mis tetas sintieron el simultáneo asalto de sus manos. La articulación de mis rodillas parecía quebrase sin dolor y mi cuerpo pesado fue deslizándose hasta el suelo sostenido por los robustos brazos de mi hermano. Desde el suelo lo vi como un monstruo tierno y posesivo con las piernas separadas bajo mis ojos mientras se iba inclinando sobre mí.

No percibí ni una sola presión mientras me penetraba porque estaba llena de humedades desde la noche, solo supe que esperaba esa penetración desde hacía horas y ahora la disfrutaba sin límites.
Hicimos el amor con pasión, con ternura con violencia y sobre todo con ganas. Me dió vuelta, me hizo levantar el culo, paseó su miembro entre mis tetas, me pidió que gritara y me dejó manarlo y morderlo y quiso que le produjera dolor con mis mordidas en toda la extensión de su longitud ardiente. Me gustaba sentirlo entrar y salir y me gustaba escuchar el sonido de mi cueva en cada una de sus embestidas. Éramos pecadoramente felices desligados de la vigilancia de nuestra madre.

Nos acomodamos en todos los sillones, hicimos equilibrios en las sillas, nos amamos en la mesa del comedor, y rodamos por la alfombra sin separarnos durante largos minutos y cuando él sintió que se descargaba me pidió que lo dejara acabar en mi cara y fue entonces al levantar la cabeza que vi el rostro de mi madre en el marco entreabierto de la puerta que daba al pasillo y desde donde, no me cabía duda, había observado todo lo sucedido.

No podía decirle a mi hermano lo que había visto. Mi madre tenía el rostro más descabelladamente lujurioso que hubiese contemplado en la realidad o en imagen. Con sus ojos quemándose, sus narices casi dilatadas por el deseo, sus labios mojados con las señales de sus propias mordidas y una expresión completa de calentura indescriptible. Allí en ese rostro estaba la marca evidente de una represión de años. Toda la calentura contenida de una mujer formidable que había acumulado el deseo insatisfecho durante días y noches y que ahora se le había venido de golpe al rostro al contemplar la escena infernal de un hombre y una mujer desbocados por el deseo animal de poseerse allí mismo en el seno de la casa que nos albergaba a los tres.

Yo no sabía si mi madre se había dado cuenta que yo la había visto pero más fuerte que toda esa reflexión era el hecho que ella sin duda sabía ahora que mi hermano y yo éramos los más descabellados de los amantes y había asimilado ese hecho sin intervenir ni regañarnos. Más aun, el recuerdo de su rostro me daba pie para pensar que no solo aceptaba esa realidad sino que la estaba disfrutando. Era tal el hechizo erótico que esa situación ocasionaba en mí que no quería destruir el encanto por ningún motivo.

Durante el día mi madre sé había comportado en forma normal y yo diría que era posible advertir en ella, sin lugar a dudas, un ambiente de ternura en la forma de tratarnos a ambos. Era sin duda un cambio amorosamente positivo en ella. Fue así como mientras el día avanzaba fue tomando cuerpo en mi mente una idea que de solo admitirla me parecía estar viviendo en otro mundo, en el cual todo era posible y al cual yo quería incorporar a mi madre.

Cada minuto que pasaba me parecía que nos acercábamos a un campo en el cual habría de darse lo inaudito y esa sola idea me encendía al infinito.

Mi hermano me había buscado repetidas veces en algunos apartados solitarios y las caricias que nos propiciábamos no hacían más que calentar la hoguera que yo había encendido. Nos habíamos hecho el amor a media tarde mientras mi madre había salido y en medio de las caricias más descaradas le dije que yo quería que esa noche entrara en mi cama como una pareja normal, que yo no temía a lo que pudiera pasar si mi madre nos sorprendía a lo que el me dijo que su pasión desatada era tal que tampoco temía a que nos sorprendiera.

Esa noche permanecía en mi cama en medio de la oscuridad, anhelante por escuchar los pasos de mi hermano entrando a mi cuarto, de modo que cuando lo hizo me entregué de inmediato acomodándolo entre mis piernas quemantes y ofreciéndoles mis profundidades sin recato alguno. No me medí en la entrega y tampoco evité emitir los gritos de placer que sus embestidas me ocasionaban porque lo que yo quería era precisamente que mi madre nos escuchara para que pudiese disfrutar de alguna forma de nuestro encuentro.

Fue así como fui perdiendo el sentido y como en medio de una de mis formidables orgasmos pude distinguir como mi madre entraba en mi cuarto y su figura desnuda se perfilaba nítidamente en la claridad de la puerta. Mi hermano estaba montado sobre mí en plena faena destructiva de mi sexo cuando mi madre comenzó a caminar lentamente hasta mi cama. A medida que se acercaba su cuerpo se fue haciendo más visible y ya cerca del lecho pude admirar plenamente sus detalles. Su largo cabello caía sobre sus hombros y rodaba sobre sus tetas poderosas y aun jóvenes, sus pezones me parecieron deliciosamente grandes y una abundante mata de pelos que se ennegrecían en la oscuridad cubría su sexo en medio de sus muslos maduros y sensuales.

Esa figura me excitó poderosamente y comencé a moverme para facilitar la faena de mi hermano que me tenia estrechada en la forma más desvergonzada. Mi madre no dejaba un momento de mirarnos y sosteniendo sus pechos entre sus manos parecía doblarse de calentura hacia nuestra cama. Así se fue deslizando hasta acostarse a mi lado sin que mi hermano en medio de su pasión, se diera cuenta de nada.

Sin dejar de hacer el amor, sentí las caderas de mi madre junto a las mías y el tacto de esa piel ardiente de hembra madura desencadenó un nivel superior de calentura y mi mano acarició su sexo que en ese momento latía humedecido.

Lo que sucedió enseguida no fue premeditado ni pensado y sobre todo fue inevitable. Me fui acomodando cada vez más cerca del cuerpo de mi madre y al fin pude deslizarme sobre ella mientras mi hermano acariciaba mis nalgas. Sin duda él ya se había percatado de la presencia de otra mujer en nuestra cama y si se había dado cuenta de quien era no quise preguntármelo pero la verdad es que no había otra mujer en nuestra casa sino nosotras.

Yo estaba ahora sobre el cuerpo de esta mujer maravillosamente encendida y sentía rodar mi sexo latiente sobre el suyo que se movía para empapar mis pelos. La suavidad de su vientre y la tersura de sus pechos me llenaron de pasión y busqué sus labios quemantes que también me buscaban. Estábamos en el infierno, pero era un infierno de suavidades enloquecedoras y en medio de esas suavidades me deslicé a su costado en el momento que mi hermano ya la había encontrado y comenzaba a montarla.

Yo cerré los ojos porque únicamente quería escuchar sus quejidos de pasión desbocada. Mi madre había separado sus muslos deliciosos y ahora él sin duda buscaba su entrada con su miembro empapado de mis jugos. Supe que la había encontrado cuando mi madre emitió un profundo quejido con toda la fuerza de su pasión contenida que ahora se liberaba después de tantos años. Pude observar como separaba sus mulsos levantando las rodillas y luego encerraba a su macho en la cárcel de sus piernas pecadoras para que él se hundiera en las profundidades de su origen mientras yo me deshacía en los estertores de un orgasmo que en realidad nos estaba envolviendo a los tres.

Lo que estaba viviendo era superior a cuanto yo pudiese haber vivido o imaginado. Los dos cuerpos se agitaban y movían en su entrega infernal como obedeciendo a un deseo que quebraba todos los moldes. Yo escuchaba palabras que en realidad eran murmullo de pasión desmedida y sus cuerpos agitados se tocaban con el mío accionándome calenturas inauditas. Yo trataba de acariciarlos a ambos porque a ambos los sentía míos y me sentía de ellos. Lo aromas que inundaban la cama eran una mezcla embriagadora de pasión y de pecado pero sobre todo eran la manifestación de tres seres que se estaban amando más allá de todo límite.

Me levanté lentamente de la cama y los miré.

Era el espectáculo más insoportablemente excitante que podría esperar. Las rodillas mías se fueron doblando hasta dejarme caer al suelo en medio que una hola de placer que simplemente no me permitía mantenerme en pie.

Autor: Vinka

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Mi madre, mi hermano y yo, 9.0 out of 10 based on 5 ratings
  
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1 comentario »

  1. geekfer dice:

    Es uno de los relatos que más me han gustado y ya es decir pues leo bastantitos desde más o menos del 2000 que conoci marqueze.net. Excelente narración.

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