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MI MUJER PAGO LAS DEUDAS

5 de agosto de 2007

No soy un hombre particularmente erótico. Con mi esposa Laura, sin embargo, hemos mantenido durante nuestros diez años de casados una relación sexual muy intensa y fluida, pero casi tradicional e íntima. Sabíamos por literatura de la existencia de otras formas de relación entre parejas, como swinger o tríos, maridos permisivos y mujeres promiscuas. Pero como no somos puritanos, eso no nos chocaba ni lo censurábamos: simplemente no estaba en nuestro mundo de dos. Laura estaba bastante usadita cuando nos conocimos y nos casamos, pero eso no significó nada en nuestro amor pleno y hermoso que hemos conservado hasta ahora.

Es mas: sus experiencias anteriores (y también las mías) fueron siempre algo normal en nuestra conversación diaria y algunas veces hasta un incentivo de nuestra relación sexual. Ella me hablaba sin restricción de tamaños de penes que conoció, de un mayor o menor goce en tal o cual experiencia, sin que eso me provocara ni siquiera un mínimo sentimiento de celos o molestia, siendo mas un tema anecdótico que nos divertía a ambos que algo que gravitara de manera especial entre nosotros. Incluso dos de sus antiguos amantes de soltera eran nuestros amigos, con sus esposas y familias. Uno de ellos llamado Carlos convivía con Laura cuando la conocí y, aunque el amor que nació entre nosotros significó que ella lo abandonara, terminamos siendo grandes amigos con él y la mujer con la que se casó posteriormente, incluyendo a nuestros dos hijos con los de ellos. Mi falta de celos hacía que de vez en cuando cruzáramos bromas con Carlos acerca de la fogosidad de mi esposa en la cama que él había conocido muy bien.

Pero insisto: estas cosas eran excepcionales, esporádicas en nuestra vida normal y feliz. Hasta que hace un par de años nos sobrevino una crisis pasajera, pero grave en nuestras finanzas a causa de un pésimo negocio que me puso al borde del precipicio, quedando en manos de un banco que me exigió el pago de una enorme deuda, amenazando con un remate ipso facto de todos mis negocios y pertenencias si no la cancelaba de una sola vez. SOlo un plazo de al menos un año me salvaría del desastre y el banco no estaba dispuesto a otorgármelo. La decisión estaba en manos de uno de los gerentes, llamado David S., que me citó a su oficina para comunicarme los días que tenía de plazo para pagar. Lo digo bajo juramento: jamás pasó por mi mente, ni en el más afiebrado de los sueños, lo que iba a ocurrir. Incluso antes de ello, de haberlo siquiera sospechado, me habría negado de plano a una solución así.

Fue sólo la casualidad la que quiso que esa tarde fuera a la oficina del gerente con Laura. Teníamos una comida más tarde y ella andaba esplendorosa, con un vestido que, a pesar de ser sobrio y hasta recatado, no lograba disimular la agresividad de su cuerpo casi perfecto que se dibujaba impactante delineado por la tela. Ella conocía el problema, pero su fe ciega en mí la hacia confiar en que yo encontraría sin ninguna duda la solución. El discurso descarnado del gerente, sin embargo, le hizo comprender de inmediato la gravedad de la situación y que no había ninguna salida mas que el remate de todos nuestros bienes, es decir la hecatombe.

A causa de mi estado de ánimo, además que estaba sentado junto al escritorio mientras Laura permanecía detrás de mí en un sillón, no me percaté del cambio sorprendente de mi esposa al conocer ella la magnitud del problema. Lo supe unos días después cuando hablé por teléfono con este ejecutivo para finiquitar el trato y le pregunté, por curiosidad, cómo nació todo aquello. Lo cierto es que sus ojos verdes, hermosos hasta lo impensado, se clavaron provocativos en los del alto ejecutivo mientras su falda subió hasta casi el comienzo de sus nalgas manipulada hábilmente por el insinuante y lento cruce y descruce de sus muslos. El sujeto comenzó a perder la coherencia de su discurso obnubilado por la agresividad de la hembra que, a esas alturas, le coque

teaba con un descaro sólo comparable al de una puta consumada.

Para mi sorpresa (ya dije que yo no sabía lo que ocurría a mis espaldas) sus palabras se volvieron de pronto conciliadoras, insinuando la existencia de una posible salida pactada que estaba en sus manos decidir. Habló de un plazo de tres años, sin intereses demasiado altos, que el banco podría aceptar si él lo auspiciaba. Yo estaba regocijante. Del infierno al que creí llegar hacía un rato, se abría ahora la solución más favorable que jamás pude imaginar para salvar sin dificultades el duro trance. No necesitaba perdonazos, sólo un plazo razonable que ahora el gerente insinuaba aún mejor que al que yo podía aspirar en mis sueños más optimistas.

-Vuelvan mañana, por favor. Creo que conseguiré esa solución -me dijo mirando a mi esposa por sobre mi hombro- Pero vengan a última hora, siete de la tarde. A esa hora no hay nadie en el banco, pero el guardia les conducirá a mi oficina.

Mi alegría era demasiado grande para fijarme en el plural de sus palabras ni en el papel disimulado que deslizó en las manos de mi mujer al despedirse donde, supe también después, le pedía que lo llamara al día siguiente "para buscar una solución". Salí loco de felicidad hablando locuazmente mientras Laura acentuaba su ternura compartiendo mi júbilo mientras me abrazaba y me besaba sin importarle los transeúntes que nos miraban con simpatía y algo de asombro. Todavía sin percatarme del fondo del asunto, no me sorprendió que al día siguiente Laura me propusiera juntarnos a la hora pactada en las puertas del banco, además que ella misma se encargaría de llamar a David S. a la hora de almuerzo para confirmar la cita.

Cuando llegué en la tarde ella ya estaba esperándome sentada al volante de su auto. Venía envuelta en un largo abrigo de piel que la hacía verse muy distinguida y maquillada de una manera como jamás la había visto antes. Lo poco de sus piernas que asomaban por debajo del sobretodo permitían ver que estaban enfundadas en medias negras caladas, encaramada además en zapatos de delgadas tiras doradas y tacones espectaculares, a todas luces recién comprados porque yo no se los conocía. Debo decir que me llamó un poco la atención tan pulcro cuidado, pero mi estado tensional me hizo pasar por alto ese detalle. Durante el breve trayecto hasta la puerta del banco, Laura me informó que había hablado largamente por teléfono con el gerente y que no me preocupara más porque el asunto ya estaba arreglado.

No alcancé a preguntarle los detalles del arreglo porque el guardia, que estaba ya instruido por el gerente, salió a recibirnos y con todo respeto nos condujo por pasillos solitarios y oscuros hasta la oficina de David S. que era la única puerta que se veía con luz. Llevaba yo todo un discurso preparado para enarbolarlo desde la entrada, pero mi perplejidad comenzó cuando ingresamos y Laura se me adelantó correspondiendo cálidamente al abrazo con que la recibió el sujeto.

-Hola, amor, ¿te hicimos esperar mucho? -le dijo ella al tiempo que lo besaba ligeramente en la boca.

Yo quedé helado. Durante unos segundos en mi mente reinó la más absoluta confusión, pensando si acaso esa escena increíble, jamás esperada para esa situación, no la estaba acaso soñando. Sin embargo, rápidamente comencé a comprender lo de la llamada telefónica del mediodía y por cuál camino habían acordado ambos que iba a solucionarse el problema. Fue un segundo de gran trascendencia. En la balanza de mi conciencia se equilibraron en ese brevísimo instante mi vida junto a Laura, nuestro amor que yo sabía indestructible y la decisión dramática de aceptar utilizarla como pieza de cambio para no derrumbarnos ambos en el abismo económico. Mientras yo no salía aún de mi asombro, ellos se siguieron comportando con la naturalidad más pasmosa del mundo, como si la escena fuera un episodio normal de cualquier momento de la vida.

Entonces Laura se sacó el abrigo que tiró displicentemente a un rincón. Aquello terminó de deslumbrarme. Venía con un minúsculo vestido rojo que sólo le llegaba al comienzo del pubis, transparente y ceñido a la cintura por un lazo, como una romana de la época de los césares. Bastaba una mirada para ver que debajo no llevaba nada más. Sus amplios pechos coronados

de pezones oscuros, se distinguían nítidos bajo la tela transparente. En cuanto al triangulo de pelos de su sexo y la entrada de la vagina de labios inflamados de calentura, se podían apreciar sin tapujos pues el vestido no alcanzaba a cubrirlos, más aun cuando se dejó caer de inmediato en el sillón quedando con las piernas entreabiertas. Se veía simplemente deslumbrante, de una belleza como yo jamás la había apreciado, alta, de pechos grandes, de caderas ampulosas y muslos perfectos, semejaba una amazona mitológica en donde cada centímetro de su cuerpo alcanzaba la forma y la dimensión exacta. Pero sobre todo su rostro era el que ejercía la fascinación más intensa sobre mí dejándome sin voluntad, sin habla, sin movimiento.

Mascaba displicentemente un chicle que sacaba de su boca estirándolo para luego recogerlo en un gesto sensual de su boca, sin dejar de mirar al sujeto con la actitud de la más consumada de las putas, los ojos brillantes de excitación, con una mirada de lascivia que jamás imaginé alguna vez en Laura, pero que era pasmosa e inequívocamente auténtica. Cada vez que me miraba a mí, sin embargo, sus ojos se tornaban tiernos, cálidos, con una tranquilidad como si aquello, insisto, fuera lo mas normal de nuestra vida cotidiana.

El sujeto no me dio tiempo a reaccionar. Actuaba con la misma normalidad demostrando que la conducta de ambos había sido planificada en la larga conversación del mediodía de la que me habló Laura.

-Listo, amigo mío -me dijo tuteándome con jovialidad- Todo aprobado. Falta sólo mi firma para lo cual necesitamos papel legal que aquí no tengo. Por favor, pídele al guardia que vaya a comprarlo a la librería de la esquina. O si prefieres vas tú mismo.

-Tesoro mío, anda tú mejor para que el guardia no se acerque hacia acá -me dijo Laura con el más dulce de los tonos en su voz- Después te quedas en la salita del lado por si se le ocurre de todas maneras venir.

En ese instante tomé la decisión más trascendental de mi vida. Miré a Laura y comprendí qué tipo de hembra había tenido todos esos años junto a mí. Y me gustó. Me gustó con la misma intensidad con que un explorador descubre de manera casual un cofre colmado de tesoros incalculables ante el cual cae deslumbrado. Ella no estaba actuando; era efectivamente así y entregar el trasero a otro hombre a cambio de una ganancia era para ella de verdad algo natural si con ello contribuía a evitar las consecuencias imprevisibles que traería a nuestras vidas de enamorados una bancarrota como la que nos amenazaba. Una serenidad enorme me invadió entonces, haciendo que la escena se volviera también para mí perfectamente normal, desapareciendo todos los sentimientos contradictorios y negativos que durante un segundo me invadieron.

La sorpresa, preparada de manera deliberada por Laura, fue la clave de todo. Ya lo dije: si me lo hubiera consultado antes me habría negado rotundamente. Pero la aparición estremecedora de esa Laura nueva, impensada, que se me mostraba de manera brutal en esa escena de un puterío sin atenuantes, obró de forma positiva en mi animo, removiendo hasta el fondo los cimientos de mi vida, cambiando todo el sentido de mis conceptos que me habían permitido disfrutar plenamente de su amor, pero no del mundo sexual maravilloso que esa hembra única guardaba para nuestra relación.

Respondí con un tono tranquilo sin que ninguna emoción se trasparentara en mi voz: -Prefiero ir yo para traer más hojas por si se estropea alguna. Tesoro -me volví hacia Laura hablándole con la misma dulzura empleada por ella- ¿quieres que te traiga preservativos? Sólo un fugaz brillo de ternura y agradecimiento de sus ojos me demostraron que había comprendido la verdad de mi aprobación. Me contestó con el tono más normal del mundo: -No, mi amor. No los usaré.

Me demoré unos quince minutos. Ya al acercarme a la oficina al volver pude escuchar los fuertes gritos de Laura que yo tan bien conocía. Entré a la sala contigua pensando quedarme ahí para no molestarlos, pero ellos no habían cerrado la puerta que comunicaba con la oficina por lo que la escena se me presentó en todo su estremecedor realismo.

Estaban totalmente desnudos y el hombre la tenía con las dos piernas sobre sus hombros sujetándola por las nalgas mientras movía el trasero de Laura al ritmo que él quería imprimirle. El

la tenía apoyada sólo la espalda en el sillón totalmente entregada a la clavada del pene enorme y oscuro que a veces entraba y salía en forma frenética, casi botando a Laura del sillón, lo que la hacia gritar como una posesa, para luego quedarse el hombre largo rato dentro de ella, con solo los testículos afuera, casi sin moverse, los ojos cerrados de intenso placer, emitiendo ambos gruñidos sordos y respirando como dos bestias. En ese primer coito emplearon mas de media hora, siendo Laura paseada por todas las poses sexuales que la fiebre delirante les sugirió. Al final el tipo se vino entre bramidos guturales depositando su semen en lo mas profundo de la vagina de mi esposa.

Yo estaba hechizado. Ante mis propios ojos mi esposa copulaba sin disimular en nada su goce, emitiendo palabras soeces jamás oídas en su boca, la mirada turbia, imprecisa, enrojecida por la calentura y la lujuria. Lentamente el hombre extrajo el miembro ya más flácido y todavía goteante. Pude ver entonces el sexo de mi mujer en todo su esplendor, tumefacto y abierto como un hoyo oscuro del cual emergía, lento y espeso, el semen del macho que la había gozado. Fue ese el único momento embarazoso para mí pues no atinaba qué decir ni a dónde moverme, pero David S. distendió el ambiente con gran habilidad y elegancia como si estuviéramos todos en una agradable velada.

-A ver, dame los papeles -me dijo siempre con la misma jovialidad- Los llenaré de inmediato para dedicarme sólo a esta puta que está pidiendo más.

Se había sentado como un pachá en el otro sillón y efectivamente hasta ahí había llegado Laura gateando por la alfombra, a todas luces ardiendo de calentura, ubicándose entre las piernas del hombre y dedicándose de inmediato a besar y chupar el pene todavía flácido y los testículos del sujeto. Laura ofrecía un espectáculo fascinante de hembra sumisa, dominada por el macho al que rendía todo su sometimiento hincada en el suelo, lamiéndole cada rincón del sexo, haciendo desaparecer la verga en su boca, la que luego de un rato comenzó a crecer, volviéndose tan grande que ahora sólo podía mantener la cabeza del miembro en ella. El hombre comenzó a quejarse cerrando los ojos y dejando caer los papeles llenados a medias al piso.

Con toda prudencia y sigilo los recogí saliendo de la oficina para sentarme en la salita, teniendo siempre toda la escena a mi vista. Ambos iban siendo arrastrados otra vez por el furor del sexo. El hombre se había puesto de pie y tomaba en este momento la cabeza de Laura, que seguía arrodillada, con las dos manos y, loco de excitación y frenesí, la copulaba por la boca metiéndole ahora el pene hasta bien entrada la garganta. La sesión de sexo duró esta vez mucho más que la anterior. Laura fue profanada de infinitas maneras y donde su vagina, su ano y su boca recibieron la esperma ardiente del sujeto, terminando ambos exhaustos, jadeantes y despatarrados sobre la cubierta del escritorio del alto ejecutivo bancario, que había sido el último lugar ocupado por ellos luego de haber recorrido la oficina entera copulando. Todos los utensilios y papeles que había sobre la mesa quedaron desparramados por el piso.

Lentamente el hombre comenzó a moverse volviendo a la realidad. Laura, que había quedado tendida boca abajo a todo lo largo encima del escritorio, enderezó un poco el torso para lanzarme un beso lleno de amor al tiempo que me pedía su cartera que estaba cerca de mí. Extrajo entonces su esmalte de uñas y comenzó tranquilamente a pintarse mientras canturreaba una dulce canción. Lo que quedaba del trámite demostraba ella con claridad que ya no era su parte, sino mía y del gerente. Ella había sido el objeto de transacción y había cumplido a cabalidad su papel, por lo que ahora se desentendía ocupándose de sus uñas y de tararear su melodía preferida.

Una inmensa ternura me invadió observarla en esa actitud de la que emanaba una paz y dulzura de niña consentida como efectivamente lo era para mí. Nuestra vida de casados había transcurrido entre un eterno mimarla como a un bebito que la hacía caprichosa y regalona, y los momentos sexuales en los que emergía la hembra ardiente y lasciva. Es por eso que en ese instante, a pesar de la brutal escena que acababa de presenciar, llena de perversidades y lujuria, la ternura invadía cada rincón de mi ser por la placidez de su gesto donde demostraba la ciega confianz

a que tenía en mí. Pareció percibir mis ojos y mi pensamiento porque me devolvió la mirada inundada de todo el cariño de la Tierra.

-Tesorito mío, tú me dices cuando me vista para que nos vayamos.

Su voz sonó mimosa y delicada al tiempo que volvía a su tarea de hermosear sus manos. Entonces David tomó los papeles explicándome los términos del acuerdo, plenamente favorables a nosotros, apoyando finalmente las hojas en el trasero de Laura, que seguía boca abajo, procediendo a completarlos y firmarlos diciendo:

-Este culo vale cien veces más que estos papeles y estoy feliz de habérmelo gozado plenamente, pero también estoy contento de haber podido ayudarte. Te envidio, hermano -añadió mirándome a los ojos con sinceridad- A pesar de lo que esto pueda aparentar, no existe en la tierra una mujer más fiel a su hombre que ésta. Cuídala pues tienes un tesoro por el que cualquiera de nosotros lo daría todo.

-Vamos, mi pequeñita -le dije a Laura.

Ella se estiró entonces como una gata y con toda parsimonia y sensualidad, se enfundó el pellizco de vestido, las medias caladas y sus zapatos. Tomó la cartera y el abrigo y, emitiendo un largo bostezo, se colgó del cuello de David dándole un prolongado beso en la boca mientras el hombre la mantenía asida por las nalgas.

-Adiós, David, fue exquisito…

Trasponíamos ya la puerta cuando el hombre nos interrumpió:

-¿Habrá otra vez? -dijo dirigiéndose a Laura. Ella hizo entonces un gesto con la mano apuntándome a mí acompañado de una adorable sonrisa de sumisión, mientras decía:

-Tú lo dijiste: él es mi dueño y él lo determina. Yo sólo pongo esto -añadió golpeándose el trasero.

De esto hace dos años. Juro que nunca volvimos a tocar el tema desde que cruzamos la puerta de la oficina. Salimos alegres y satisfechos con los documentos bajo el brazo planificando nuestro futuro que hasta el día anterior parecía tan tenebroso. Desde entonces no hemos cruzado ni una sola palabra sobre lo que ahí ocurrió, salvo que nuestro amor y nuestra sexualidad se acrecentaron a niveles siderales. No sé en realidad que pasa por su cabecita después de aquello, si lo recuerda o efectivamente para ella fue una simple anécdota sin trascendencia en el mar de nuestro amor. Yo en cambio, vivo con una subyugante contracción en mi estómago que me excita de solo mirarla pues todas las escenas de esa tarde vuelven afiebrantes a mi mente. Eso ella sí lo sabe ya que desde ese día cambió su estilo de vestir y su conducta diaria.

Su ropa es hoy toda sexy, atrevida, encontrando ambos un placer adicional en elegirla, en tanto que su lenguaje y sus actitudes se han vuelto desenfadados, provocativos, manteniéndome siempre girando excitado alrededor de ella. Creo que esto no terminó ese día y quizás haya marcado sólo el comienzo. La idea de volver a vivir esas escenas me bulle sin cesar en la imaginación, pero la postergo como un sibarita que retarda el momento del plato sublime, sabiendo que está ahí esperando. Porque eso ocurre con Laura: ella está lista, pero tranquila, demostrando de manera tácita que sólo espera la orden de su dueño, como ella le gusta llamarme en los momentos álgidos de nuestro sexo. Mientras tanto yo me repito incansable dentro de mi mente: "uno de estos días…, unos de estos días…"

Autor: N.N.A.

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