Mi nombre no es Encarna. Acercarse y no llegar

Acercarse y no llegar, una técnica preparatoria que utilizo cuando quiero darme una sesión de autoerotismo intensa.

Pero Mi nombre no es Encarna, pero servirá para esta historia.

Soy una mujer de 28 años, 155 cm de estatura, y de 44 a 48 Kg. de peso según esté de paranoica con la báscula y los dulces, que me enloquecen (los aztecas y su maldito chocolate). Soy menudita y de poco pecho, ojos castaños, nariz un poco pecosa, y boca… (un momento que me miro al espejo, que difícil es describirse a una misma)…ni grande ni pequeña, pero mis labios son bonitos (me gustan), y lo único que llama la atención de mí es que soy pelirroja, por lo demás soy siempre la “sombra en la pared”, la “tía en la que los tíos no se fijan hasta que están con varias copas y las tías buenas han pasado de ellos”.

También soy algo retraída, a que negarlo, y tímida. Por eso siempre me ha resultado más fácil escribir que hablar, y así empecé a chatear, a navegar por Internet, y acabé leyendo los relatos de Marqueze.

Mis únicas relaciones con los hombres se pueden resumir en una decepción, una mentira, y un escándalo, y aunque esa es otra historia les deberá bastar ahora para que entiendan un poco mi actual NO relación con los hombres.

Sí, vivo sola, y sólo me relaciono con un par de amigas de la universidad. También me relaciono, poco la verdad, con los compañeros del trabajo, y sólo muy de cuando en cuando me apunto a tomar algo al salir de trabajar, aunque siempre me voy la primera, o voy a la comida de navidad.

Toda esta brasa para decir que en cuestión de sexo me lo monto yo sola. Uff.

Me masturbé por primera vez con 24 años. Precoz, ¿verdad?. Sinceramente, nunca se me había ocurrido hacerlo antes. Esta tía es tonta pensarán. Bueno, ¿qué quieren que les diga?, es cosa de la genética y los condicionamientos culturales, sociales, y de las experiencias vividas, y bla, bla, bla, no sé, el caso es ese. Hasta los 24 años no me acaricie a mi misma con la idea de darme placer. Claro que después de mi primer orgasmo yo también pensé que era tonta. O que lo había sido, pues espabilé bastante rápido.

Hoy les hablaré de “acercarse y no llegar”, una técnica preparatoria que utilizo cuando quiero darme una sesión de autoerotismo intensa. Como estas sesiones sólo las practico cuando al día siguiente no tengo que ir a trabajar, pues quedo realmente agotada, lo de “acercarse y no llegar” lo suelo hacer la noche del día antes, dejando una laaaaaaaargaaaaaaaa jornada de trabajo entre medias. Pensar durante el trabajo en lo que voy a hacer esa noche es parte del juego.

Para empezar pongo el despertador media hora antes de lo normal, desembarazarme de toda la parafernalia lleva su tiempo y no es cosa de llegar tarde al trabajo.

A los pies de la cama ato un listón de madera que compré en una tienda de bricolaje y al que pedí que hicieran dos agujeros a cada lado (colorada como un tomate y balbuceando como una boba), mide 150 cm de largo y va de lado a lado de la cama. Los dos agujeros de los extremos son para las cuerdas que lo sujetan a las patas de la cama, y quedan los dos agujeros más interiores para pasar unas cuerdas.

A la cabecera de la cama ato otra cuerda, a cuyo final van atadas unas esposas acolchadas, no quiero marcas en mis muñecas sobre las que tenga que dar respuestas evasivas.

Coloco todo lo necesario sobre la cama, de forma que esté a mano, y pongo un gran y grueso cojín en el centro de la cama. Tras desnudarme me ajusto unas tobilleras de cuero con un par de fuertes anillas y me subo a la cama sentándome sobre el cojín.

Paso una de las cuerdas de los extremos del palo por la anilla de la tobillera del pie derecho, y lo ato lo más tenso que puedo hasta que el tobillo está pegado al extremo del palo.

Ahora viene lo más engorroso, hay que repetir la operación con el pie izquierdo, y eso me obliga a abrir mucho las piernas. Dependiendo del humor que esté, y de las ganas de “juerga” que tenga, tenso más o menos la cuerda y así mis piernas quedan más o menos abiertas.

Durante el proceso de atarme los tobillos casi siempre acabo por resbalar del cojín, y tengo que tumbarme y levantar todo lo que puedo las caderas para volver a colocarlo bien bajo mi culo. Entonces, ya tumbada, introduzco unas bolas chinas en mi vagina. Son de las clásicas, sin motorcitos ni añadidos raros, y pequeñas. Para evitar que se salgan con el movimiento (y me moveré, vaya si me moveré, aunque no quiera) cubro mi sexo con un trozo de esparadrapo. Por supuesto lo tengo siempre bien rasurado, una de las primeras veces lo hice con vello y fue una forma muy desagradable de depilación (auch auch auch).

Ahora le ha llegado el turno a mis ojos y a mi boca. Siempre me amordazo con una bola de caucho que se fija a mi cara con una ancha cinta de cuero (me gusta el olor a cuero). Para mis ojos uso un pañuelo negro de seda, aunque a veces me pongo un antifaz.

El resto tengo que hacerlo a tientas (y también deshacerlo a tientas, ¿entienden ahora lo de adelantar el despertador?). Extiendo mis manos hasta encontrar las esposas y las coloco en mis muñecas, dependiendo de lo larga que haya dejado la cuerda con la que las ato a la cabecera mi cuerpo quedará más o menos tenso. Por supuesto tomo la precaución de atar las llaves de las esposas con una cadenita a las mismas esposas, no es cosa de quedarse atada tontamente. Siempre siento un estremecimiento de terror cuando cierro las esposas y manoteo la cadenita hasta conseguir tener la llave entre mis dedos. Aun así, a veces tardo un buen rato en abrirlas de nuevo, sintiendo crecer mi angustia por instantes.

Mi cuerpo queda tenso, en una postura antinatural e incómoda. Las piernas abiertas, las caderas levantadas por el cojín bajo mi culo, y mis brazos juntos y extendidos. Intento no moverme, pero mi cuerpo tiene otras ideas.

Para empezar, siempre me pica la nariz. ¿No les pasa a ustedes igual?, basta con tener las manos ocupadas para que te pique la nariz. Luego el cuerpo intenta adaptarse a una postura tan incómoda, son pequeños movimientos involuntarios, que alivian o agravan la situación. Alguna vez he sufrido un tirón, a veces, según estaba de cansada o tensa, más. Y duelen, duelen mucho, si no fuera por la mordaza los vecinos me oirían gritar. A veces hasta me he rendido, y he buscado desesperada la llave de las esposas para liberarme y poder relajar mi cuerpo dolorido.

Todos estos movimientos multiplican el efecto de las bolas chinas. Placer e incomodidad, y a veces dolor. Pero nunca he llegado al orgasmo de esta manera.

La noche a veces se hace eterna, duermo a ratos, desnuda sobre la cama sufro el frío o el calor, despertando sobresaltada por un momentáneo dolor, o por cualquier ruidito.

Cuando suena el despertador tengo que buscar la cadenita. Tirar de ella, a veces enredada, se convierte en una larga lucha contra el pánico hasta conseguir la llave. Luego a tientas dar con el agujerito y abrir las esposas. La mano izquierda primero (uff, que alivio, poder rascarme la nariz), luego con la izquierda, más torpe, mas lenta, más difícil, liberar la derecha.

Fuera la mordaza, sintiendo la boca entumecida como si saliera del dentista, la venda de los ojos, y retirar el cojín de debajo de mi culo. Mi cuerpo se relaja y destensa haciéndome sollozar de dolor y placer, pero el despertador sigue sonando, desagradable, e insistente, y hasta que no me desate del todo no puedo alcanzarlo. Desatarme los pies es otra tortura, me cuesta doblarme para alcanzar los nudos y a mis manos entumecidas por las esposas les cuesta deshacer los nudos. Por fin libre. Retiro el esparadrapo de mi sexo y las bolas salen casi disparadas, estoy húmeda, chorreando, pero me quedo un rato quieta para que disminuya mi excitación. El maldito despertador sigue sonando, me levanto dolorida, y lo apago. Sé que me bastaría con acariciarme unos segundos para llegar al orgasmo, pero me aguanto. Toca ducha fría, vestirme, y al trabajo, en el que no daré pie con bola en toda la mañana pensando en lo que haré para desquitarme esa noche.

Eso puede que se lo cuente otro día.

 

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