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OBSESION POR DARLE POR EL CULO

26 de junio de 2007

Me llamo Felipe, tengo 29 años y llevo de casado cuatro. Mi relación sexual con mi pareja es como las mayorías de todos los hombres casados. En los primeros años te dedicas a desfogarte con tu pareja y a aprender tus gustos y los de tu pareja. Luego la monotonía y la visión de películas pornos en el video y en Internet, te enseñan que solo te has comido una mínima parte de ese gran pastel que es el mudo del sexo.

Recuerdo una vez que mi mujer cuando era mi novia me contó que una compañera suya creía que su novio era gay porque le apetecía hacer el sexo anal con ella. Sobra decir que yo por aquel entonces, apoyaba el pensamiento de su compañera e incluso afirmaría que lo era. Desaprobaba esa postura y me daba asco.

Las vueltas que da la vida, ahora me muero por practicar sexo anal con mi pareja, hasta el punto que creo que estoy obsesionado o enfermo. Me paso el día planeando que hacer y como hacerlo para que mi mujer acceda. Pero llega la noche y mis intentos son vanos, el simple roce de mis dedos por su culo o raja del chochete le produce rechazo y de un manotazo acaba con mis planes.

Os puedo jurar que lo he intentado todo, le como el chochete con toda devoción hasta que llega al orgasmo, pero una vez que ha llegado se pone sensible, le entra las cosquillas y ya no hay que hacer nada hasta pasado un buen rato. En una ocasión que estábamos haciendo el 69, en el momento que ella llegaba y aprovechando que la saliva le empapaba el ojete, le metí medio dedo. No solo le corté el orgasmo sino que me dio media paliza y estuvo dos meses sin dejarme acercar a ella.

Les he contado todo esto para que comprendáis mi historia y ahora iré al grano. Verónica, que es mi mujer, está muy bien, al menos para mí. La hay con mejores cuerpos, pero yo no la cambiaria por ninguna, aunque me niegue ese precioso y oscuro tesoro. Y yo soy un hombre del montón que todavía no sabe como engaño a ese pedazo de hembra que tengo como mujer.

Un día un compañero de trabajo nos contó que el fin de semana había estado con una amiga y habían practicado el sexo anal. Decía que eso era para vivirlo, que contándolo no nos íbamos a enterar y nos iba a poner los dientes largos. A raíz de aquella historia real o no, yo empecé a interesarme por el tema y mis primeros escarceos fueron en esta página. Aquí empezó mi calvario.

Tras varios meses de intensa comida de oreja a mi mujer con sus respectivas negativas, pensé en acudir a una profesional del sexo. La llamé, quedamos de acuerdo en el precio, pero en el último momento me di cuenta que el culo que deseaba era el de mi mujer. Después de leer muchos relatos y ver otras tantas películas, imaginé que no seria tan difícil hacerla entrar en razón, que chasco, era y es más tozuda que una mula. Todos mis intentos se estrellaban contra el muro de su estrechez.

Un domingo que vinieron a cenar una pareja de amigos, estando ya en los postres y cargados de alcohol, Verónica y yo empecemos a discutir sobre el protagonista y una secuencia que íbamos a ver en una película que estábamos viendo. Al final hicimos una apuesta para ver quien ganaba y le pregunté que se jugaba. Lo que tú ya sabes y tanto deseas, así me lo soltó, la pareja de amigos se interesaron por el valor del premio, pero ni ella ni yo soltamos prenda. Ni que decir tiene que al anunciarme el valor de la apuesta mi miembro sufrió una erección que no pude bajar en todo el rato.

Llegó la escena de la disputa y yo resulté ganador, desde ese instante no veía la hora de cobrar mi apuesta, estaba loco porque se fueran mis amigos, creo que incluso llegué a incitarlos para que se fuesen.

Al cerrar la puerta cuando se fueron nuestros amigos, le pregunté si de verdad iba a hacer efectivo su apuesta, si, me contestó, porque sino la pago me lo vas echar en cara toda la vida. Allí mismo la puse de espaldas a la pared y empecé a desnudarla, bueno a arrancarle la ropa más bien. Ella me frenó diciéndome que en la cama estaríamos mejor. No tuvo que meterme prisa, la cogí en brazos y recorrí el trayecto entre la pu

erta de la calle y el dormitorio, la tiré sobre la cama y terminé de desnudarla.

Me abalancé sobre sus pechos y los chupé, lamí y besé como si en eso me fuese la vida, por un motivo extraño, esa noche me sabían diferentes. No dejé de lamer ni un cm. de su cuerpo y todo me sabía diferente, era como si estuviese con otra mujer y en varias ocasiones levanté las vista para cerciorarme que era Verónica, mi mujer y no otra y cada vez que me aseguraba, más la deseaba. Tumbado al lado de ella, mientras la besaba en la boca y los pechos, cosa que a ella le encanta, frotaba la palma de mi mano sobre su coño, estaba empapado, sus flujos empapaban mi mano poniéndome más cachondo si eso era posible.

Por un momento pensé darle la vuelta y cobrar mi premio, pero era muy pronto, no había hecho nada más que empezar y yo deseaba que no terminara nunca, así que me puse encima de ella para hacer un 69, hundí mi cara en su coño que rezumaba el olor característico de sus caldos vaginales que me volvían loco. Cuando noté mi polla dentro de su boca creí que me corría y se terminaba todo, cosa que ella pretendía, pero mi obsesión por darle por el culo era más fuerte, por lo que me centré en hacerle una buena comida de coño y olvidar lo que hacía ella.

Tras un rato de lametones y notar como se retorcía de placer, me envalentoné y acerqué dos dedos a su coño empapado de saliva y sus jugos. Primero acariciando por fuera, después intentando entrar, primero uno, después el segundo y tras una breve pausa empecé a follarla con los dedos a la vez que seguía comiéndole el coño. Esta vez no se quejaba y hasta parece que le gustaba por lo que decidí ir un poco más lejos y aprovechando que la emanación de sus jugos le chorreaban por el ano, emprendí un leve roce de mi dedo anular cerca de la entrada de su culo, a lo que ella dio un pequeño brinco al cual no le hice el menor caso y continué con mi labor que fue un poco más lejos, ahora mi dedo no rozaba su ojete, sino que ambicionaba entrar dentro, hasta que entró una cuarta parte del mismo en un primer intento, la mitad en el segundo.

Verónica apretó el culo y me dio un manotazo en la mano para que le retirara, pero no lo hice, al contrario terminé de meter el dedo hasta el fondo a pesar de su negativa.

Aguanté ahí la mano a cada intento de quitarla por su parte y para que se olvidara empecé a follarme su boca y a chupar con más intensidad su coño, al poco rato su resistencia disminuía, cosa que para se sincero no me agradó, pues con su resistencia más me excitaba yo. Cuando la noté totalmente entregada, volví a follarla con la mano, pero ahora era dos dedos en su coño y uno en su culo, ella se estremecía no sé si de placer o de dolor porque nunca me lo llegó a decir.

Ahora si que era hora de cobrar mi premio, saqué mi dedos de sus alojamientos muy a pesar mío, me volví hacía su cara, la besé, le dije cuanto la amaba (eso lo decía de corazón) y que estaba a un paso de hacerme el hombre más feliz del mundo si todavía anidaba ganas en ella de satisfacer mi fantasía sexual. Nunca me olvidaré de ese momento, me besó en los labios y me dijo que sí.

Mi cuerpo se estremeció por completo, le dije que se colocara a cuatro patas en la cama, y tras besar semejante templo que iba ser profanado y darle las gracias, apunté mi polla al agujero del culo y lentamente introduje mi polla en él. Con la penetración de cada milímetro y centímetro de mi polla en su culo, se me ponía la piel de gallina. Una vez que estuvo toda dentro me paré para que se acomodara al tamaño, la oía gemir de dolor, le dije que si le dolía mucho la sacaba y ella me dijo que no la sacara, que le dolía un poco, que era normal y que me apresurase en terminar.

Aposté mis manos en su caderas y empecé a sufrir en mis carnes un placer que como dijo mi compañero de la oficina era indescriptible, a cada embestida que hacía mi cuerpo temblaba entero, la sola visión de cómo entraba y salía mi polla de su culo aumentaba mi placer, pensar que lo había leído tanta veces en los relatos y visto otras tantas en películas, que ahora experimentarlo en mis propias carnes se me antojaba un sueño, y allí estaba yo y la protagonista de mis sueños eróticos, Ver&oacut

e;nica. Tardé poco tiempo (para mí, porque para Verónica se hizo eterno), y cuando llegué hasta los pelos de la barba se pusieron de gallina. Esa noche la pasé abrazado a Verónica y dándole besos hasta que el sueño me venció.

En dos ocasiones más le he vuelto a penetrar por el culo y en todas he sentido lo mismo, lo único que ha cambiado a sido la postura que ha sido de lado porque a ella le duele menos. Pero el otro día después de intentarlo otra vez (entre una y otra vez a habido un largo tiempo de por medio), me dijo que tenía miedo de hacer el amor conmigo porque creía no estar a la altura mía en cuestión del sexo, y mi duda ahora es si es por eso o porque le hago daño cuando acaricio su partes íntimas, lo cual me hace pensar si el que no esta a la altura soy yo, si no sé acariciarla.

El caso es que las relaciones han disminuido, por parte de ella porque tiene miedo y por mi parte porque no quiero hacerle daño, pero es que cada vez que estamos en la cama y se da la vuelta para dormir echándome el culo, levanto el edredón le miro el culo y me entra algo que no sé describir.

Así que estoy en un punto que no se que hacer, porque la vida real, mi vida real, no se asemeja en nada a ninguna historia que he leído a través de Internet y tengo miedo de perder a una gran mujer por culpa de una obsesión mía que cada día me pierde un poco más y lo peor es que el culo con el que sueño es el suyo, incluso cuando me masturbo y os juro que lo he intentado olvidar, pero para el que haya probado semejante manjar sabe lo que digo.

Autor: Felipe

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