ORGASMOS GARANTIZADOS

Durante toda mi vida he tenido dos deseos, dos pasiones que, como las flores artificiales, son inmarcesibles:

El primero de estos deseos es hacerme millonario. Lo he conseguido tres veces y las tres me he arruinado.

La segunda pasión sigue siendo poseer a tanta mujeres de mi gusto como me sea posible. Mi primera pasión me impidió, en cierto modo, dar cumplida cuenta de la segunda, por lo menos, en la cantidad suficiente para darme por satisfecho; hacerse millonario requiere dedicarle mucho tempo al trabajo si éste no es el de atracador de bancos o político, éste último bastante más lucrativo que el de atracador de entidades bancarias. Para atracador de bancos no tenía coraje, para político todavía menos.

El primer negocio que tuve fue una fábrica de confección de ropa interior de señora. Me arruiné porque casi todos los trabajadores eran mujeres. Se juntó el hambre con las ganas de comer y en menos de cinco años, si bien me cepillé a todas las que se lo merecían, fui de mal en peor hasta que decidí que tenía que cerrar antes de arruinarme totalmente, y eso hice.

El segundo negocio fue una empresa de Técnicas de Seguridad Industrial y Naval. Como no tenía ni puta idea me busqué un socio, técnico en tales menesteres. Durante dos años el negocio fue viento en popa hasta el punto que a mediados del tercer ejercicio mi socio me dijo que el dueño del negocio eral él y que ya podía buscarme los garbanzos en otra profesión. Todo fue culpa de la mujer de mi socio a la que dediqué bastante más tiempo que en vigilar al marido. En fin, que la tía estaba muy necesitada, era y estaba muy buena y, claro, de alguna manera me entretuvo paraque mi socio hiciera con el negocio mangas y capirotes dejándome en la calle con menos dinero del que tenía tres años antes.

Decidí que nunca más tendría un socio. Por lo tanto, el tercer negocio lo monté yo solo. Fue una fábrica de pechugas de pollo de plástico para restaurantes económicos. Tenia un inconveniente, que sólo podías venderle una vez las pechugas al restaurador de turno, pero como restaurantes había un montón pues el negocio funcionó de maravilla; bueno… funcionó de maravilla hasta que tuve que cambiar de ciudad y trasladar las prensas, el poliuretano y los moldes a otra ciudad. Encargué a un amigo transportista el traslado de todos los enseres de Barcelona a Madrid porque esta última ciudad también tiene muchos restaurantes. Cometí una equivocación al coger el tren para trasladarme de ciudad; debí haber acompañado al transportista en la cabina del camión durante el viaje. Nunca más lo volví a ver y eso que lo esperé tres meses en la dirección que le di. Para que te fíes de los amigos.

Cuando, finalmente, decidí hacer inventario de mi fortuna consideré necesario visitar al señor Fandiño, mi banquero, un hombre tan simpático y amable como un lord inglés. Cuando, después de saludarme más estirado que de costumbre, me preguntó que deseaba, le dije que necesitaba un crédito para montar un negocio. Volvió a preguntar: – ¿Otro negocio? – Pues sí, y esta vez será el definitivo porque pienso hacerme millonario en muy poco tiempo.

— ¿Y de qué negocio se trata? – Lea, señor Fandiño, lea – respondí alargándole un folleto que había recogido en un sex-shop.

Se puso las gafas con mucha ceremonia, abrió el folleto y enseguida exclamó:

– ¡Ave María Purísima! – era un hombre muy religioso — ¿Es que vas a montar un burdel?

– No, nada de eso, señor Fandiño – respondí en tono ofendido – Lo que voy a montar es un SALÓN PARA SEÑORAS Y SEÑORITAS CON DELEITE GARANTIZADO.

– ¿Deleite garantizado? ¿Qué es eso?

– Pues verá, como usted sabe, todas las señoras casadas padecen hambre de sexo, es decir, su marido, al cabo de un tiempo, es incapaz de darles el placer y todos los orgasmos que necesitan para sentirse satisfechas; en mi salón podrán obtener tantos orgasmos como quieran para quedar complacidas. Con las señoritas pasa lo mismo, unas veces porque los novios padecen de eyaculación precoz, otras, porque no saben en donde tienen que

acariciarles el clítoris, la mayoría de las veces porque tampoco saben en donde está, para producirles todo el placer que necesitan las muchachas jóvenes y, claro…

– Vas a ponerte morado ayudándolas – cortó sardónico el señor Fandiño.

– No, yo no, lo juro – aseguré cruzando dos dedos debajo de la mesa – que esa idea ni siquiera se me ha pasado por la cabeza. Quien se encargará de ese trabajo será Sybian.

– ¿Quién es ese señor?

– Sybian no es una persona, es una máquina que es capaz de arrancar gemidos de una mujer que ningún hombre sería capaz de conseguir.

– ¿Y tú como lo sabes?

– Porque la he visto funcionar.

– ¿Aquí en España?

– No, en Alemania.

– ¡Ah! Ya me parecía a mi – comentó en tono rotundo el director — De los alemanes me creo cualquier cosa. Pero bueno, a ver, dime, ¿Cómo es y cómo funciona esa máquina?

– La máquina es una caja parecida en la forma a una silla de montar a caballo forrada de skay flor y goma espuma que tiene en el interior un motor eléctrico que puede funcionar desde cien hasta tres mil revoluciones por minuto y que al mismo tiempo es vibratorio. Del interior de la silla sale un émbolo hacia afuera, una especie de biela que sube y baja como suben y bajan los pistones del motor de un automóvil dentro del cilindro que, en éste caso, es la vagina de la mujer. Al embolo o biela se le puede acoplar un consolador de látex-buna de la medida que la dama desee y que van desde los 15 centímetros de largo por 4 de diámetro hasta los 35 de largo por 8 de diámetro.

– ¿35 x 8? ¡Eso debe ser para una yegua, lo menos! – exclamó asombrado.

– No se crea, señor Fandiño, hay señoras que se calzan cada zapato que ni una cocodrila.

– Pero siga explicando, siga – apremió el hombre con las orejas del color de la guindilla.

– Además del consolador que gira y vibra tiene una lengua esponjosa y estriada acoplada en una especie de almohadilla al pomo de la silla que vibra moviéndose arriba y abajo al mismo tiempo; cuando la mujer se sienta esparrancada sobre la silla de montar metiéndose el consolador del tamaño solicitado en la vagina, bien engrasado de aceite corporal, la lengua vibratoria le acaricia el clítoris con sus vibraciones a la vez que el consolador vibra, gira y sube y baja dentro de su vagina. El efecto es tan contundente cuando todo el conjunto empieza a funcionar a doscientas revoluciones por minuto y se van incrementando, antes de llegar a las quinientas todas las mujeres empiezan a gemir cada vez más fuerte, a sofocarse, a poner los ojos en blanco, echar la cabeza hacia atrás, morderse los labios y estremecerse. Los gemidos van creciendo de volumen conforme van aumentando las revoluciones.

Ellas se contorsionan, gimen y gritan, y si hay alguna pudibunda que, al empezar, sólo se quita las bragas, puede tener la completa seguridad que durante el proceso hacia el orgasmo se irá despojando de toda la ropa hasta quedar completamente desnuda para acariciarse el cuerpo con las manos, y sobre todo las tetas, porque el placer que sienten es tan intenso que ya le aseguro yo que ningún hombre sería capaz de hacerlas disfrutar del modo en que lo consigue Sybian. Además…

– Espere un momento, tengo que darle un recado a mi secretaria. Ahora vuelvo – y el señor Fandiño, rojo como una amapola, se levantó del sillón y salió casi corriendo del despacho.

Al quedarme solo me pregunté si el recado que tenía que darle a la secretaria no podía habérselo comunicado por el interfono que tenía encima de la mesa, pero como yo no entiendo nada del funcionamiento interno de las entidades bancarias me dediqué a contemplar las estanterías y los libros que figuraban en los anaqueles muy ordenados. Como la lectura siempre me ha interesado mucho, me levanté para leer algunos de los títulos.

Me llamó la atención uno que estaba bastante manoseado cuyo título era LA BANCA Y LAS EMPRESAS. Al abrirlo, cayó de entre sus hojas un papel doblado por la mitad que se abrió al tocar el suelo. Imaginé que se trataba de alguna reflexión del señor Fandiño sobre algún pasaje del libro y no pude resistir la tentación de leerlo por si tenía alguna utilidad para mi negocio. Con no poco asombro lo que leí me pareció muy poco bancario:

Mí adorado Cuchi-Cuchi:

Me encuentro muy sofocada por tu culpa. Ayer me has dejado ardiendo y con muc

has ganas de volver a verte; espero que mañana y todos los días, acudas raudo para apagar el incendio que has provocado en mí interior. Te quiero con pasión loca. Besos y caricias en donde tú sabes.

Ernestina.

PD. Antes de venir no te olvides de tomar la Viagra, o mejor… tráete el tubo de las pastillas por si acaso.

La notita tenia fecha del día anterior y por lo tanto imaginé que sería hoy cuando el señor Cuchi-Cuchi tenía que tomarse la viagra antes de visitar a Ernestina. A Don Ramón Fandiño, que había sido muy amigo de mi padre y, aproximadamente, de su misma edad, yo no le hubiera aconsejado nunca que tomara viagra para sofocarle el incendio que le había provocado a Ernestina; para eso están los bomberos que son gente joven en la plenitud de sus fuerzas vitales, porque las mangueras pesan mucho aunque el chorrito de agua que expulsen sea muy escuálido. Claro que siempre queda el recurso de apagar el fuego con saliva.

Volví a dejar la notita dentro del libro y éste en el anaquel de donde lo había sacado. Regresé a mi sillón, encendí un cigarrillo y me dispuse a esperar pacientemente. Al cabo de quince minutos de espera apareció de nuevo Don Ramón derrengándose en su sillón y, tras un largo suspiro, estiró el nudo de la corbata para dejarlo en su sitio, comentando:

– A ver, ¿por dónde íbamos? – Pues íbamos por el gran placer que Sybian le produce a todas las mujeres debido a sus portentosas características como ya le he explicado.

— Si, sí, eso ya me lo ha dicho, pero me gustaría saber cómo, cuando y dónde piensas ubicar el negocio, así como cuántas máquinas piensas montar y el valor de las mismas, cuanto piensas cobrar por el servicio, en fin, ya sabes, todo lo relativo al futuro negocio, aunque yo particularmente no creo en el éxito de esa industria porque las españolas no son como las alemanas.

Las españolas son muy suyas, muy timoratas y muy decentes. No creo que paguen dinero por un orgasmo.

– ¿Y qué diría usted, Don Ramón, si le dijera que ya tengo una agenda llena con todas sus páginas ocupadas mañana y tarde y todas ellas por mujeres españolas? – ¿Pero es que ya tienes una máquina? – Sí, la alquilé a una empresa alemana que las fabrica, las vende y las alquila. Yo les alquilé una para hacer una prueba, pero me ha surgido un problema y el problema es que no doy abasto y las damas se impacientan pues ya tengo muchas que quieren repetir y tienen que hacer cola y esperar más días de lo que en principio les dije.

– ¿Y cómo piensas solucionarlo? – Necesito una chica que me ayude, una recepcionista y un piso mayor que el que ahora tengo. Por eso necesito el crédito. Además necesito un salón para depilación de coños, pues muchas clientas me lo piden, así como un salón de masajes, manicuras, pedicuras e incluso peluquería. Muchas clientas se desmelenan tanto corriéndose que luego tiene que cubrirse el pelo con un pañuelo y eso no les gusta.

– ¿Has calculado cuanto necesitas y cómo piensas devolverlo? – Necesitaré seis millones que podría devolver a dos millones por año.

— Más los intereses, no te olvides.

— ¿Y cuál sería el interés anual? – Pues tratándose de ti, un quince por ciento, aunque deseo saber más sobre este negocio. ¿Tú estás presente cuando las damas se montan en la máquina? – Si y no.

— ¿Cómo es eso de si y no? – Pues verá, Don Ramón, en la habitación en donde tengo la máquina solo está la mujer, excepto que ella me pida que me quede, pero en la habitación hay un espejo de cuerpo entero que me permite verlas sin que me vean.

En la otra dependencia está el panel de mandos con sus botones para aumentar la velocidad o disminuirla si veo que el tensiómetro dispara la tensión arterial por encima de lo aconsejable según la edad de la dama.

– Pero ¿tanto disfrutan con la máquina? – Ni se lo puede imaginar, Don Ramón, usted ya sabe que la mujer disfruta jodiendo nueve veces más que el hombre, pero es que hay algunas que, cuando están llegando al orgasmo, el corazón les late a mayor velocidad que al de un corredor de Fórmula-1. Incluso las hay que sobrepasan las doscientas pulsaciones por minuto.

– Bueno, me parece que será necesario para concederte el crédito que yo compruebe “in situ” como funciona ese a

parato, no vaya a resultar un desastre como tu anterior negocio de las pechugas de pollo de plástico para restaurantes económicos. ¿Cuándo puedes hacerme una demostración?

– ¿Si le hago una demostración mañana, me concederá el crédito pasado mañana? – Por supuesto, siempre que una mujer sea joven y la otra vieja.

— ¿Cómo de vieja? Porque según la edad que tenga no sé si podré encontrarla. Además las mujeres muy mayores pueden palmarla con tanta excitación.

— Yo me encargo de buscarla y ésta que conozco no palmara fácilmente por mucha excitación que produzca la máquina.

— ¡Ah!, ¿pero usted la conoce? – Si, hijo, sí, claro que la conozco.

— Entonces mañana a las diez de la mañana tendré a mi chica preparada – comenté pensando que lo que deseaba Don Ramón era apagar el incendio que le había provocado a Ernestina.

— Y yo a la mía. Así que hasta mañana.

Salí del Banco frotándome las manos de pura satisfacción. Avisé por teléfono a un bomboncito de 20 años, marquesita del Tonel, que se puso muy contenta cuando le di la noticia de que le tocaba otra vez montar a caballo.

A las diez de la mañana del día siguiente, la marquesita y yo esperamos pacientemente diez minutos a que llegara Don Ramón con su viejita. Parece que la anciana se mostraba remisa a montar a caballo y mucho menos a quitarse las bragas, pese a que Don Ramón le cuchicheaba al oído frases subidas de tono.

La anciana estuvo mirando con nosotros a través del espejo como la marquesita del Tonel, subida en su silla de montar, gemía, se retorcía, y aspiraba aire a bocanadas, aullaba y gritaba amasándose las tetas y un cuerpo de starlett hollywoodense capaz de endurecer como el granito la mantequilla derretida. La muchacha se retorcía de placer más que una anguila fuera del agua y cuando alcanzó el orgasmo se cayó de la silla pataleando sobre la moqueta y temblando todo su cuerpo con los espasmos provocados por el descomunal orgasmo.

La visión del placer de la muchacha pareció ejercer una cierta influencia sobre la anciana señora pero aún así, se fue al baño para quitarse las bragas y se montó en la silla con tanto remilgo como si fuera a profanar la Eucaristía. Empecé con el mínimo de revoluciones sin que al parecer la anciana experimentara ninguna sensación. Subí muy despacio hasta doscientas y sólo vimos que fruncía el entrecejo. Don Ramón me pidió que subiera de golpe a quinientas pero me pareció excesivo y lo fui subiendo despacio a trescientas, trescientas cincuenta y antes de llegar a cuatrocientas empezó a respirar sofocadamente, pero el tensiómetro no marcaba más tensión de la que tenía al comenzar, y de golpe subí a seiscientas.

Vi que temblaba de gusto y que a los dos minutos se quitaba el suéter y la blusa, amasándose por encima del sujetador un pecho después de otro con cierta rapidez, cerraba los ojos y cuando subí a setecientas empezó a desmelenarse mordiéndose los labios y respirando a pleno pulmón con la boca acierta en demanda de aire, poniendo los ojos en blanco, retorciéndose y aullándole a la luna como una loba.

Era la primera mujer que aguantaba setecientas revoluciones en el coño y el clítoris sin correrse. Seguí subiendo y a las ochocientas se quitó el sujetador pellizcándose los pezones. Sus pulsaciones subieron a ciento veinte por lo que deduje que debía ser hipotensa así que le aticé novecientas revoluciones de golpe y empezó a temblar, gemir, aullar y estremecerse como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. La pulsaciones subieron a ciento sesenta. Se despojó de la faldilla sacándosela por la cabeza para oprimirse con una mano el bajo vientre mientras con la otra se amasaba los enhiestos pezones de sus marchitas tetas. Se retorcía como una lagartija. Sudaba, se despeinaba y volvía a peinarse sin saber que hacer con el pelo. Se acariciaba el cuello, el culo, y volvía a pellizcarse los pezones como si quisiera arrancárselos.

De repente su boca se torció en un gesto de dolor llevándose las manos al pecho izquierdo. Tuvo un desmayo y se cayó de la silla quedando inmóvil en el suelo. No me gustó nada su aspecto. Apagué la máquina y salimos a escape para socorrerla. Tenía toda la pinta de sufrir un colapso car

díaco. Don Ramón muy nervioso llamó a una ambulancia, pero debió equivocarse de número porque vino una grúa.

Tuve que llamar al SAMUR para que enviaran a escape una ambulancia mientras la marquesita le daba masajes con las dos manos en el pecho haciéndole la respiración boca a boca pero de tanto soplar a la anciana se le desprendió la dentadura postiza y tuvo que sacársela haciendo pinza con los dedos para que no se ahogara definitivamente. Se la llevó la ambulancia con la sirena a toda marcha y Don Ramón la acompañó hasta el hospital. Decidí en aquel momento que no volvería a montar en la silla a ninguna mujer mayor de setenta años.

La marquesita del Tonel, pese a la experiencia sufrida, quería otra ración de silla con un consolador de 24 centímetros de largo y 5 de diámetro y lo quería de baquelita porque, según ella, el de látex/buna era demasiado blando. Mientras yo engrasaba el nabo de baquelita ella se untó la concha con tanto aceite corporal como para freír dos solomillos de buey y supongo que gracias a eso se calzó la caballuna verga con toda naturalidad. Además me pidió que le cambiara el excitador clitorial por otro con un estriado más fuerte y le puse uno parecido a una lija del cuatro.

Cabalgó durante veinte minutos a toda máquina hasta que, berreando más que una vaca en el matadero y cuando sus pulsaciones alcanzaron las 220 por minuto, se desmayó de placer sobre el pomo de la silla y paré la máquina. Quedó estremeciéndose con el prolongado orgasmo durante un buen rato hasta que se calmó y bajó de la silla agarrándose al pomo para no caerse al suelo mientras se acariciaba muy suavemente la vulva con la otra mano.

Cuando le pasé la factura, de la primera exhibición delante de la anciana no le cobré nada, pero de la segunda le sacudí trescientos euros para la factura de la electricidad. Los socialistas acaban de autorizar a las compañías eléctricas una subida que era un escándalo. Lo menos el 4%, pese a que la UE tenia prohibido subidas superiores al 2%.

A día siguiente me personé en el banco en cuanto abrieron para reclamarle a Don Ramón el crédito de los seis millones. Después de esperar casi una hora, me recibió el subdirector para informarme que Don Ramón Fandiño estaría ausente durante unos días debido a que su esposa había sufrido el día anterior un infarto. La pobre señora se encontraba en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital.

Comprendí que, en tales circunstancias debía rendirle visita a Don Ramón para interesarme por el estado de salud de su esposa. Primero porque había sido una buen amigo de mis padres y segundo porque yo necesitaba el crédito con urgencia. Lo encontré en la sala de espera de la UCI sentado en una butaca leyendo muy interesado un diario deportivo. No me dio la impresión de que estuviera muy preocupado pese a lo cual le pregunté:

– ¿Cómo sigue su esposa? – Bien, saldrá de esta. Los médicos son unos exagerados y todo por darse importancia, ¿Sabes? – ¿Es el primer infarto que tiene? – Si, el primero. Pero en cuanto se recupere volveremos a subirla a la silla.

— ¿A qué silla? – pregunté temiéndome lo peor.

— ¿A cuál va a ser? A la que la subimos ayer.

— Pero, ¿la anciana de ayer era su esposa? – Pues claro, muchacho, la pobre ha disfrutado de muy poco placer durante el matrimonio por culpa de que siempre he estado muy ocupado trabajando.

Quiero que en cuanto salga de esta vuelva a experimentar tanto placer como el que ayer probó. Sé que, en cuanto pueda hablar, me pedirá por favor que la deje subir a la silla otra vez. Y yo quiero que recupere todos los orgasmos que no tuvo durante el matrimonio.

– Pero eso puede matarla, Don Ramón, ya ve lo que ha pasado ayer.

— Que no, hombre, que no, que todo eso son pamplinas de los médicos para hacerse los importantes. Si estuviera mal de verdad ya la hubieran enviado para casa, porque aquí no quieren que se les mueran los pacientes.

— Bueno, pues mejor que usted lo crea así – respondí no muy convencido, para preguntarle — ¿Y qué hay de mi crédito, Don Ramón? – Está en marcha. En cuanto Marta, mi esposa, se recupere y pueda volver a montar en tu silla podrás cobrarlo. Sólo falta mi firma.

— Pues si solo falta su firma yo puedo traerle los papeles, los firma y ya puedo cobrar ¿No le pare

ce? – Eso es imposible, los papeles no pueden salir del banco.

— ¿Y por qué no? – Porque el Director General puede pensar que los han falsificado en la calle ¿Comprendes? Y eso no nos conviene.

— Entonces usted los firmará después de que Doña Marta, su esposa, haya vuelto a subirse a mi silla ¿No es eso? – Sí, sí, eso es. Ya verás que pronto se recupera. Tú llámame al móvil mañana por si se ha recuperado para concertar una nueva sesión de orgasmos. ¿De acuerdo? – Lo que usted diga, Don Ramón. Hasta mañana pues.

— Hasta mañana, muchacho.

Dos días más tarde, con un paraguas negro grande como un paracaídas porque lloviznaba y vestido de luto riguroso asistí al entierro de Doña Marta de Fandiño acompañando a su compungido esposo y a la que imaginé sería hija del matrimonio pero que, al presentármela, resultó ser Ernestina Buena Pieza, una amiga íntima de la finada, según me explicó el afligido viudo.

No somos nadie.

Autor: JOTAENE

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Kara Marqueze
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