Parte I: de cómo entregué mi virginidad.

Puedes leer todos los relatos de esta saga y de este autor

Soy un hombre ya mayor, que felizmente ha tenido una vida cargada de experiencias de todo tipo, y que desea compartir mi mayor secreto: como perdí mi virginidad anal. Sexualmente, me han gustado siempre las mujeres,  y he disfrutado siempre y sigo disfrutando del sexo con ellas. Pero pasó lo que les voy a relatar.

Había ingresado en la Universidad ese año, y eso cambió notablemente toda mi vida. Era un nuevo ambiente, otras inquietudes, otras personas, otros intereses, y una nueva vida social. Había dejado de ser un adolescente de colegio, y me preparaba para ser un nuevo profesional. Además, estaba con mis hormonas en plena efervescencia, abierto y deseoso de explorar mi sexualidad, siendo las mujeres el objeto de mis deseos.

Sin embargo, entre todas las interesantes personas que conocí, se encontraba un tipo un poco mayor que yo, estudiante de historia, con quien hice muy buenas migas, pues tenía siempre temas muy interesantes sobre las cuales conversar y debatir. Entre estos, apareció el fenómeno de la homosexualidad en las diferentes culturas a través de la historia, y como las diferentes sociedades abordaban este asunto. Estábamos en los 60as, y a pesar de toda la revolución sexual de la época, ser homosexual seguía siendo inaceptable entre personas “decentes” y “sanas”. Se evitaba hablar del asunto en serio, y solo servía de motivo de escarnio y burla. No sé cómo, pero el tema fue dominando nuestras conversaciones y me iba poniendo cada vez más curioso y excitado. El tuvo la delicadeza de irme llevando cada vez más en profundidad a este tópico, y una tarde, estando en su habitación, en su casa, me confesó que yo le atraía mucho, y me pidió permiso para hacerme una caricia. No pude negarme, y acarició mi rostro suavemente mientras me miraba lascivamente a los ojos. Al poco rato levantó mi mentón y me dio un beso delicado. Yo estaba confundido y un poco mareado, pero no opuse ninguna resistencia. Me dijo “estos son los sentimientos que en nuestra sociedad de hoy se reprimen, pero que tu sabes que son legítimos, porque así los sientes”.

La próxima vez, también en su habitación, después de un rato de conversar y reírnos, me abrazó acarició mi cabello y me estampó un beso apasionado como nunca había experimentado antes. Su lengua se abrió paso entre mis labios y jugueteó con la mía, lo que me hizo sentir aún más confundido, pero me excitó muchísimo. Así seguimos, él aumentando sus caricias, bajando hasta mis nalgas y explorando mi raja encima del pantalón. Sentí su pene duro contra el mío, también duro, pero me dijo que debíamos parar ahí, porque estábamos en su casa y alguien podría aparecer. Lo mismo ocurrió un par de veces más, yo sentía su verga sobre su pantalón, y quedábamos jadeantes, excitados y ansiosos.

Durante la semana nos encontramos ocasionalmente en el casino de la Universidad, cruzando miradas y sonrisas de complicidad. Un viernes por la tarde me invitó para que fuéramos al día siguiente visitar a un amigo, para tocar guitarra, cantar y escuchar música, lo que era bastante normal en esa época entre estudiantes universitarios, sin plata para salir a carretear por los bares.

Ese sábado en la noche llegué a la dirección que me había dado, a la entrada del barrio del puerto de Valparaíso, el centro bohemio de la época, y subí al departamento en el segundo piso. Golpeé la puerta y un tipo muy amable salió a recibirme, me invitó a pasar y a acomodarme en un sofá. Mi amigo ya estaba ahí, con una copa de combinado a medio beber, quien se adelantó hacia mi dándome un cariñosos abrazo de bienvenida. De inmediato apareció el dueño de casa, y empezó una velada muy entretenida. Sólo me extrañó que nadie más llegara.

Después de aproximadamente una hora, canto, música y otro trago, el dueño de casa nos pidió disculpas, diciendo que tenía que ir a un cumpleaños al que había sido invitado a última hora. Pero que nos podíamos quedar en confianza, había trago disponible, sus discos, su equipo de sonido, guitarra, etc.

Lo despedimos en la puerta, y cuando esta se cerró tras de nosotros, Lucho me abrazó, me dio un beso apasionado y me dijo “¡Qué suerte que nos pudimos quedar solos!”. Acariciaba mi espalda, me besaba el cuello y sus manos bajaban hasta mis nalgas, apretándome con ambas manos a su cuerpo. Yo sentía su pene ya duro al mismo tiempo que el mío también se endurecía. Como en una danza, nos dirigimos al sofá, donde él desabotonó mi camisa y empezó a besar mi pequeñas tetillas, regalándome otra maravillosa sensación de placer hasta entonces desconocida para mí.

Estaba tan excitado, que me dejé desnudar, completamente entregado a lo que sabía que iba a suceder. Me hizo acomodar en el sofá de espaldas a él, medio de costado, mientras él se desnudaba e iba a baño en busca de algo, que después empezó a untar en mi culo ansioso y virgen, penetrándome con un dedo como asegurándose que la lubricación llegara lo más profundamente posible, haciéndome estremecer.

Dicen que la memoria es selectiva, y que mantiene más vivos los recuerdos que más nos impresionaron, para bien o para mal. El hecho es que no tengo recuerdo del dolor que todos describen como inevitable durante la pérdida de la virginidad anal. Tal vez el supo muy bien cómo hacerlo. Cuando su glande venció la resistencia de mi esfínter, sólo recuerdo que me arrancó un gemido que ni yo mismo reconocí. De ahí para adelante fue una sola locura de lujuria y placer. Me penetró suavemente, sin apuro, rítmicamente, hasta que su pelvis aplastó mis nalgas, y su bolas chocaron con mis bolas, su respiración y sus gemidos se mezclaron con los míos. Me hacía gozar como nunca imaginé que iba a gozar, hasta que exclamé: “Lucho, voy a acabar!!!”. De alguna parte cogió un pañuelo, y envolvió mi pene para no manchar el sofá, apretándomelo suavemente con la mano, haciéndome acabar en chorros de semen. Luego aceleró su ritmo de mete y saca, hasta que con unos gruñidos se puso rígido, con su verga enterrada completamente, y entre estertores se vació en el fondo de mi culo ardiente.

Así estuvimos un rato, abrazados mientras recuperábamos la respiración. Su verga se ablandó y salió sin resistencia de mi culo, se dirigió al baño después de darme unas suaves nalgadas, mientras yo me tendía de bruces, temiendo que su semen saliera de mi culo manchando el sofá. Volvió con una toalla en la mano, invitándome a pasar al baño, al que salí de una carrera mientras algo líquido se desliza por mi entrepierna.

De vuelta a mi casa, sentado en el bus que iba con pocas personas, seguía sintiendo la sensación de su verga incrustada en mi ano virgen hasta entonces, y reconociendo que nada me había hecho más dichoso que esa deliciosa enculada con el único al que le habría dado mi virginidad.

Dejaré otras experiencias notables para otras ocasiones, que espero sean de tu agrado. Espero tus comentarios.

(Visitado 1 veces)
Me gusta / No me gusta

5 comments

  1. Nunca lo he sentido, pero tu relato me hace desearlo. Creo que es una experiencia que quiero vivir, sentir una verga entrando en mi culo, la respiración de un macho en mi nuca, mis manos aferrándose a una sabana, sentir la leche caliente, tomarla con mis dedos y saborearla. Quiero disfrutarlo.

     

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *