Parte V. Fantasía y realidad en el sauna

Puedes leer la parte 4 de este relato: Parte IV. Del placer que me dio experimentar con un trio

La fantasía y la realidad a veces se encuentran. Cuando creí que mi noche se había arruinado, la realidad me hizo un regalo que no esperaba.

Como les conté antes, soy casado, sin problemas con las mujeres, y una vida sexual hetero bastante satisfactoria, a pesar de la edad.  Claro que a veces, sobre todo cuando me toca estar solo, se me vienen las ganas de repetir la deliciosa sensación de ser placenteramente acariciado, excitado y penetrado por un hombre, como lo fui en algunas pocas oportunidades anteriormente.

En eso estaba una noche en mi casa, solo y aburrido de chatear con personas que al final no quedaban en nada, o que no calzaban con mi edad, o que vivían muy lejos, o que simplemente me desagradaban con su forma de expresarse. Decidí vestirme e ir a buscar mi oportunidad, ya que por mi condición me son escazas. Pensé que esta vez me atrevería en una sauna gay.  He visitado varios saunas de este tipo en diferentes lugares, pero siempre me arrepentía de pasar a mayores, conformándome con ver o escuchar a otros follando, dejándome acariciar, frotando vergas y masturbándome hasta quedar saciado.

Para ser prevenido, llevé unos condones, y un pequeño tubo de lubricante. Una vez en el sauna, y después de una buena ducha, y de darme algunas vueltas por el lugar, me fui a una cabina, me tendí en la clásica colchoneta colocada en una tarima del tamaño de una cama de una plaza, y dejé la puerta entreabierta para que todo el que pasara por ahí viera que estaba disponible. Sentía a los tipos pasar por fuera, las pisadas de sus pies desnudos, los murmullos, hasta que me di cuenta que en la puerta había un señor medio calvo que me observaba con el pene en la mano. Me erguí un poco y le hice una seña para que entrara.

Al entrar cerró la puerta y acercó su pene a mi cara.  Inmediatamente abrí mi boca y dejé su polla entrar, chupándosela con ganas.  Lo invité a que se pusiera uno de mis condones, lo cual hizo, y estando yo de bruces, se puso encima mío entre mis piernas, afirmó su glande contra mi hoyito y me lo enterró sin más preámbulos.  “¡Ayyyy, me duele mi culo!”, le grité, pero sin darse por enterado, se desplomó con todo su peso sobre mi espalda y me lo enterró entero.  Jadeando, me agarró con ambas manos de los hombros, y empezó a culearme con una ansiedad que no había visto hasta ese momento. Felizmente, la experiencia terminó poco después, cuando se vino dentro de mí en poco rato.  Permaneció un instante encima mío, se levantó, se sacó el condón y se fué sin más.

Quedé bastante frustrado, así que después de un rato, me levanté y me fui a meter en la ducha tibia para relajar.  Y ahí estaba, acariciando la entrada de mi culito bajo el agua, cuando a la ducha de al lado llegó un tipo que me  miraba y me preguntó “¿cómo está la cosa por ahí adentro?. El hombre tendría unos cincuenta años, buen físico, y un pene aunque lacio, prometedor. Empezamos a conversar bajo el ruido de las duchas, y por alguna razón, me dió confianza y le conté lo que recién me había pasado. El se rió de buenas ganas, y me dijo “¿Me puedo pasar a tu ducha? Claro que sí le dije, con algo de nerviosismo.  El vino, me abrazó, me miró a los ojos y me dijo “todo puede mejorar”. Entonces, frotándonos nuestras vergas, besé sus labios, enredé mi lengua con la suya, y así estuvimos masajeándonos un rato, yo acariciando su espalda y el mis glúteos.

Decidimos salirnos y secarnos un poco.  Le tomé de la mano y lo llevé a la misma cabina donde había estado antes, decidido a no dejar que ese hombre se me escapara.  Tenía que sacarme de encima la mala sensación que me había quedado antes. Una vez en la cabina, le pedí que se sentara, me arrodillé entre sus piernas, y empecé a darle una mamada lo más lujuriosa posible. Con ambas manos anidé tiernamente sus testículos, y con un dedo empecé a masajear su perineo, entre sus bolas y la entrada de su ano, haciéndole exclamar: “Uuuy qué rico lo que haces”, mientras acariciaba mis cabellos, haciendo entrar su pene entero en mi boca, hasta tocar sus bellos púbicos, casi provocándome arcadas

Después tomé otro condón de los que andaba trayendo, se lo puse cuidadosamente en su verga, la embadurné con un poco de lubricante y me puse otro poco en mi culito, que ya estaba hambriento. Luego le pedí que se tendiera sobre la colchoneta, y monté sobre él, llevando su verga hasta la entrada de mi ano. Empecé a penetrarme lentamente, temiendo que me doliera por efecto de la cogida anterior, pero para mi placer, esa verga entró poco a poco haciéndome gozar con cada centímetro que me clavaba, hasta quedar completamente sentado sobre él, disfrutando de ese momento glorioso con su rica verga enterrada hasta los huevos.

El pasó sus brazos fuertes bajo mis piernas y se irguió. Yo me colgué de su cuello, hasta que se puso de pié, y así, parado, me dió unas cuantas estocadas profundas haciéndome gemir, como no me había dado nunca nadie antes.  Después, con mucho cuidado, me tendió en la colchoneta sin sacar su verga de mi culito, cada momento más caliente. Y así, con mis piernas dobladas a su costado, se inclinó besándome el cuello y diciéndome al oído: “¿cómo lo sientes esta vez? ¿está como te gusta?”  “Está maravilloso, macho, me haces gozar tal como lo necesitaba” “tienes una verga deliciosa, hecha a mi medida”, le respondía yo.

Entre una expresión erótica y otra, besos apasionados y gemidos deliciosos, continuamos el mete y saca, estremeciéndome de placer con la fricción de esa verga en mi culo, hasta que en la sombra vi que su rostro se empezaba a contorsionar, cerró sus ojos, se irguió un poco y tras varias estocadas profundas, se corrió espasmódicamente gruñendo de gozo.  Yo estaba a mil, aproveché el espacio para agarrar mi pene, a punto de reventar, y tras unas pocas frotadas, eyacule todo mi semen sobre mi estómago.  Quedé exhausto.  El desenterró su verga de mi caverna saciada  y se sacó el condón diciéndome lo mucho que había disfrutado de mi.  Yo hasta le di las gracias, y se retiró haciéndome un adiós con la mano.  Me quedé un rato tirado, disfrutando de la rica sensación de estar satisfecho, y de haber logrado hacer realidad mi fantasía, sabiendo que tal vez pasarán años antes de repetir un festín como ese.

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