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PERDIDA EN LA SELVA

22 de junio de 2007

Como he relatado en otras oportunidades me dicen Kitty, ya tengo 19 años y un cuerpo bastante lindo según dicen; 1.60, piel de durazno y tetas grandes. Cabellera rubia de nacimiento y larga hasta un poco más debajo de los hombros (creció en este tiempo) Hace casi un año que me ocurrió algo que no puedo sacarme de la mente.

Para el que no sepa, soy hija única de padres que murieron después que cumplí los 15 (un accidente vial), desde entonces he vivido con la tutela del abogado de mi familia que me provee de todo lo que me hace falta, pero vivo en mi casona sola como les contaba.

Creo ya haber comentado mis inicios en esto del sexo y todas las cosas que pueden llegar a suceder entre mujeres, Laura y Marita de verdad eran unas maestras espectaculares. O al menos eso es lo que yo pensaba en ese diciembre. Como suele ocurrir con las relaciones basadas en sexo las cosas se ponen rutinarias y no hay nada que pueda llegar a mejorarlas, a menos que en esa vorágine de piel y sudor surja el amor.

Eran los últimos días del año cuando ya estaba un poco harta de esta vida que estaba llevando a mis 18 añitos, que ya contaré después en qué terminó y de que forma. Decía que me encontraba en esos días del año en los que uno trata de evaluar qué es lo que hizo de positivo y aquello negativo cuando mi abogado vino un día a entregarme el cheque para los próximos 2 meses, como solía ocurrir el cheque era de casi un cuarto de millón de dólares. Pensé para mis adentros qué afortunada había resultado al ser hija de personas con plata y también me cruzaban los pensamientos acerca de realizar un viaje y alejarme un poco de la ciudad y el lujo.

Días antes de las festividades de año nuevo, no tenía a nadie con quien festejar y menos para abrazar y darle un saludo de cariño, me encontraba solicitando pasaporte y visas para países del Caribe, al fin me decidí por hacer mi viaje a Panamá. Tardaron 10 días para entregarme los papeles y me encontraba en el avión observando a esas hermosas mujeres vestidas de azul y pensando en lo lindo que se la pasarán viajando de aquí para allá cogiendo con personas diferentes en cada ciudad que visitan.

El vuelo con destino Panamá estaba ya en marcha y me encontraba contenta de que no había observado a ninguna cara conocida en el avión. Esta aventura sería solo para mí y para esa cosita que llevamos todos dentro que se llama ego.

Me pareció despegarme de muchos sentimientos contradictorios a medida que veía elevarse el aeroplano por encima de las nubes…, estaba en esos pensamientos cuando la seductora sonrisa de una de la azafatas me arrebató la concentración dirigiéndola hacia ella.

- ¿Estás bien, bebé? ¿Necesitas algo?. Me dijo con una de las mejores sonrisas que había visto en mi vida. Era como de unos 36 años, de 1,80, ojos azules mirada suave como la de mi madre. – - ¿Por qué, bebé? Le pregunté un poco enojada. – - Pero si eres chiquita mi amor, debes tener ¿cuántos? ¿16? – - ¡Tengo 19!, le dije frunciendo el ceño y originando una sonrisa aún mayor en su hermoso rostro. – - Bueno, siento si herí tus sentimientos, es sólo que… tengo una hija que igual a ti y como te observé con ese vestidito pareces muy niña. – La situación pareció volver a la normalidad dejando que ella me alcanzara todo tipo de chocolates y dulces. Pidiéndome disculpas por la situación embarazosa que me hizo pasar delante de todos.

Las horas pasaron muy lentamente en ese avión que atravesaba el continente como si fuera un cóndor observándolo todo desde arriba. Debíamos hacer escala en Bogotá para luego hacer el último tirón hasta Panamá.

Después de lo ocurrido no me fue difícil entablar conversación con Elizabeth (ese era su nombre), me contó lo mucho que sufría esas largas ausencias sin ver a su amada hija, y lo mucho que se cansaba de hacer siempre lo mismo. Para ella en ese viaje y en esas horas era como volver a cuidar a alguien

mucho menor que ella, mientras dormía me tapó con unas mantas y me facilitó de almohada.

La madrugada se hizo presente y pude notar que todos dormían, no puedo recordar exactamente la hora, pero deben haber sido las 4 cuando un fuerte ruido despertó al pasaje e hizo que saltaran de sus asientos. Las mujeres gritamos fuerte cuando escuchamos al capitán dando ordenes a las azafatas para acomodarnos para un aterrizaje de emergencia.

Elizabeth corrió hasta mi sentándose en la butaca de al lado que estaba vacía y se abrochó el cinturón luego de haber hecho lo mismo conmigo, me tomó entre sus brazos y me enterró entre sus pechos protegiéndome.

-¡Si morimos quiero hacerlo pensando en mi hija!, me dijo llorando.

En ese mismo instante los motores se oyeron más fuerte que nunca, casi era ensordecedor. El espectáculo se puso aún más aterrador cuando el avión hizo contacto con al parecer una franja de playa, el mar amortiguó el golpe haciéndonos estrellar contra una selva muy tupida. El avión se partió en dos y puedo decir que la suerte hizo que las butacas se desprendieran del fuselaje, la fila en donde estábamos nosotras sólo rebotó contra una suave pendiente tan llena de lianas y plantas que nos salvamos como si de un milagro se tratase.

Vimos pasar parte del fuselaje hacia nuestra izquierda y formarse una bola de fuego incandescente, quedé inconsciente escuchando con horror los gritos de la gente herida de muerte carbonizándose lentamente.

Quedamos allí tendidas abrazadas mirando el castigo divino que no sabíamos bien por qué nos había asignado…

Pasaron las horas y todo pareció cambiar, el cielo se oscureció y poco a poco las nubes fueron tapándolo. Corrimos hasta unos árboles que nos sirvieran de resguardo de la ya inminente tormenta. Era un huracán del cual había estado escuchando nerviosa en la televisión del avión pero que no había querido darle importancia pensando en que llegaría sana y salva a destino.

Elizabeth me miraba un poco sorprendida al ver mi vestido de gasa mojado y mis sandalias de taco mostrando mis atributos. Sintiendo su mirada crucé mis brazos sobre la línea de mis pechos, un poco frío y otro poco por pudor, me da mucha vergüenza estar con alguien desconocido, es como si fuera otra vez niña e indefensa. Me sentía un poco intimidada por su presencia allí muy cerca mío y en contacto con mi tembloroso cuerpo. Respiraba agitada como no pudiendo controlar su nerviosismo de estar detrás mío acurrucada y de pie.

Pasó lentamente sus manos por mi cintura para acercarme más a ella, sus pezones se sentían a través de su blusa de azafata y podía sentirlos como dos dedos tocándome la espalda. Estuvimos un rato paradas hasta que decidimos sentarnos en un hueco que tenía el viejo árbol bajo el cual estábamos. La horas pasaron y el cansancio tomó completa posesión de nuestro cuerpos, permaneciendo tiradas dormitando hasta que la lluvia pareció terminar en las primeras horas de la mañana para dar paso a un sol muy cálido y húmedo rajando la tierra.

La miré a los ojos y ella pareció adivinar:

- Sé que desde donde estamos podemos llegar a una población que debe estar al norte de aquí. El problema es que no sé a cuántos kilómetros…

- Y qué esperamos, le dije sonriendo.

Ok, ¡vamos bebé! Arriba esas fuerzas me dijo sonriendo como siempre. La cuestión es que pareció que nunca llegábamos a ningún lado, íbamos caminando por la playa hacia el norte lentamente hasta que pasó algo que no puedo olvidar. Caminaba a metros de ella mirando los caracoles que el mar tiraba hacia la playa cuando sentí que algo me pinchó en mi nalga izquierda, inmediatamente perdí sensibilidad en mis piernas y brazos y caí duramente sobre la arena con las olas azotándome.

Miré hacia atrás mío y observé como pude a Elizabeth que estaba en el suelo incapaz de emitir algún sonido al igual que yo. Luego oí unos pasos suaves sobre la playa y voces femeninas que sonreían y cuchicheaban entre sí pero imposibles de entender, dos bellas mujeres con piel morena, cabellos lacios color semi rubio, rostros bellos y cuerpos atléticos me tomaron de las piernas y las otras de mis hombros, igual tratamiento tuvo mi compañera, sólo que a ella la sostenían tres hermosas adolesce

ntes, con pechitos apenas formados y sólo cubiertas por unas tanguitas al parecer hechas de cuero al igual que sus compañeras más adultas…

Creo que nos llevaron jungla adentro y nos cargaron por espacio de unos cinco días y 15 horas durante las cuales el efecto del veneno parecía lentamente diluirse.

Despertamos sobresaltadas al escuchar una muchedumbre de mujeres hacer cantos y gritos de guerra al parecer felicitando a las "cazadoras" por las presas obtenidas. Mareadas como estábamos fuimos conducidas a una choza hecha de hojas de palma y madera de cocoteros. Su interior estaba forrado de piel de diversos animales que eran muy suaves al contacto, tal y como lo percibí cuando fuimos depositadas allí atadas de pies y manos. Un olor embriagador envolvía la choza, como si fuera algún perfume o incienso, (luego me daría cuenta qué tipo de aroma era).

Luego de un rato allí Elizabeth fue llevada a no sé dónde, sólo vi que la tomaron entre brazos y la sacaron de la choza. Quedé sola mirando las hermosas pieles que en New York valdrían miles de dólares. Una de las chicas adolescentes entró y lentamente fue quitándome el vestido que ya estaba hecho jirones, ella me miraba los pechos como con hambre mientras me hablaba al oído susurrando y me sonreía con sus labios carnosos mientras terminaba de sacarme la tanguita desatándome los pies. Era tan suave su contacto con mi piel que dejé llevarme por esa sensación de abandono y tomándome entre sus brazos me estampó un beso de lengua amasándome las tetas con sus pequeñas manos… No terminé de dar mi primer suspiro cuando una mujer adulta desconocida hasta ese momento irrumpió en la choza y con voz autoritaria hizo que la chica se fuera con mi vestido y tanguita entre sus manos dejándome allí desnuda frente a la nueva visita.

Sin mucho protocolo me empujó con sus manos y caí sobre mi costado mirándola fijamente y con mi rostro mostrando dolor por el golpe. Se acercó aún más y me puso boca abajo sobre esas pieles muy suaves que me rozaban las tetas, agarró mis brazos y los alargó por delante de mi cabeza. Se inclinó sobre mis espalda restregando su larga cabellera en columna acariciando apenas y llegando hasta donde empieza la raya del culo, me daba pequeños besitos húmedos dándome escalofríos. Me estremecía bajo sus caricias cachondas y bien ejecutadas, pasó suavemente sus manos desde la nuca hasta mi culo, cuando llegaba a los cachetes de mi culo me pegaba pequeños chirlitos – chas- chas- y me masajeaba logrando que yo me mojara y me pusiera muy nerviosa…sus labios recorrían y humedecían mis piernas de arriba a abajo mientras en esos momentos mis gemidos eran imparables…

En un momento acercó su aliento a mi oreja y me lamió un poco y luego pasó a mi cuello recorriendo mi columna con su lengua. Más fue mi sorpresa cuando llegó hasta mi culo lamiéndolo de arriba hasta abajo abriéndome bien con sus manos la raya del culo. Me estremecía con su lengua entrándome ahí donde llega el sol.

Mis orgasmos se escucharon por toda la choza (ese juego previo me estaba matando) cuando me agarró de las tetas con ella a mis espaldas, con la mano izquierda me amasaba y con la derecha metida entre mis piernas metiendo los dedos hasta dentro en vagina que ya era puros latidos y humedad y su dedo gordito por mi colita, bien despacito mientras mis lagrimas empezaban a caer por mis mejillas. Tuve dos orgasmos más y me preparaba para el tercero cuando entré en convulsiones quedando desmayada y acurrucada en medio de esas pieles acogedoras.

Desperté ratos después sintiendo lo mojada que estaba mi cachuchita y lo placentero que se sentía estar desnuda en medio de suaves pieles, ahora comprendía el olor que emanaba de la choza. Pude escuchar entonces a lo lejos los gritos de placer originados por esas cachondas que le estaban propinando a Elizabeth la cogida de su vida dentro de la otra choza, me asomé como pude a la puerta y pude observar cómo las otras mujeres, unas 10 esperaban fuera mirando hacia dentro y tocándose, besándose unas a otras para mantenerse calientes hasta llegar su turno.

Una de ellas al parecer se percató de mi disponibilidad y se aproximaba a la choza sonriendo con las tetas al aire con amoroso semblante y con un extraño taparrabos, esto ya me estaba asustando, no estaba preparada para ser el juguete sexual de unas 30 amazonas cachondas… al menos no todavía, porque esto estaba empezando a

hacerme calentar de antemano, lo malo es que estaba muy cansada por todo lo ocurrido con las otras dos mujeres. Corrió la lona que cerraba la choza e ingresó dirigiéndose hasta mí. Inmediatamente creí que me tomaría entre sus brazos pero se arrodilló ante mí despojándose del taparrabos y mostrándome una especie de dildo con tiras de cuero y hecho de alguna resina de caucho de la zona, (en verdad sabían sacarle provecho a la naturaleza que las rodeaba…)¡Espera! ¿Qué quieres ? ¿Qué es eso? dije entre asustada y resignada.

Por lo que pude observar y sentir luego era muy rugoso con un orificio en su centro y de color blanquecino de unos 20cm de largo, la nueva visitante al parecer era una de las mujeres "que llevaban los pantalones puestos" en la comunidad al ser las cazadoras, las que proveían de alimento a las otras y efectuaban la construcción de las viviendas. Pude observar con intriga la musculatura de esta mujer de cabello corto dorado, era como una de esas chicas que hacen fitness en E.E.U.U. que son fibrosas y musculares, mezcla de delicadeza con rudeza puramente masculina.

Tomó entre sus manos un fruto que había visto yo hacía ratos en el suelo y que era como una especie de mango o papaya negra, con sus fuertes manos lo partió en dos y pude ver que en su interior había como una sustancia pegajosa y similar en aspecto a gel para el cabello. Exprimió una mitad y lo llevó sobre su dildo restregándolo de arriba a abajo mientras me miraba relamiéndose los labios, pasó la otra mitad y tirando a un costado la cáscara, se fue acercándose hasta mi lentamente.

Me agarró las piernas violentamente abriéndolas para ella tener fácil acceso a mi cuevita mojada, me movía como a un muñeco, mis 52 kilos no eran nada para ella, haciendo un poco de esfuerzo me levantó sobre ella en el aire con las piernas abiertas y me fue depositando sobre su pene que se blandía como un mástil sin su bandera, pude sentir cómo me iba abriendo los labios de mi concha y lentamente me incrustó hasta el fondo con la cabeza que era mucho más grande que el resto del falo, era como de unos 7 cm de diámetro en comparación con los 4 de diámetro del resto, no podía comprender cómo eso entraría en mí, esa cabeza era mucho más grande que mi rajita. Luego me daría cuenta que ese gel que lo rodeaba era lubricante y al vez un anestésico de bajo poder, empujó un poco y entró del todo.

Uffff, me sentía tan llena con eso adentro de mí, Botwana (así se llamaba) tomándome de la cintura me movía sobre ella rápidamente besándome las tetas, mordiéndome los pezones y gritando a los cuatro vientos como un animal de la selva, al parecer su vagina también era estimulada por el bamboleo de nuestros cuerpos, llegando al punto en el que yo perdí el control del tiempo mientras sollozaba de excitación, nunca me habían cogido así y por tanto tiempo. Su ritmo era fenomenal y completamente al unísono conmigo, múltiples oleadas de orgasmos me invadieron mientras cabalgaba sobre ella…

Acabamos como dos horas después quedando ella detrás mío con sus manos en mis tetas y su boca en mi cuello, era muy romántico y apetecible este estado, entre tranquilidad y gozo, porque aún la tenía dentro mío. Mi vagina estaba como pegada o adosada a esa virilidad, recordé luego el tamaño de la cabeza pensando para mis adentros mientras sentí cómo ella despertó y me empezó a bombear de nuevo a toda velocidad…

¡NO! ¡No otra vez no! ¡Tengo que orinar! ¡Por favor! Muy tonta fui en creer que me entendería pero ella seguía firme detrás de mi haciéndome gritar como a alguien que están matando, uuuuuuh uuhhhhh uuuuhhhh nooooo noooooo nooooo huuuuu nonooooooo mi amooor noooooooo uuuf uuufff uufff.

Me vine con todas mis fuerzas dejando salir el liquido dorado dentro de mí a la vez que se mezclaba con los jugos de mi enésimo orgasmo… Ella también gritó cuando se dio cuenta de que no podía zafar de mí, creo allí fue cuando escuché por primera vez la voz femenina y asustadiza oculta dentro de ese cuerpo vigoroso…

Unas chicas llegaron y estallaron el risas cuando la vieron, (me parece que le habían gastado una broma dándole aquel dildo muy especial), lloró mientras las demás trataban de separarnos. Intentaron un rato hasta que decidieron que una de ellas me lamiera el cl&iacut

e;toris y me hiciera acabar y sólo entonces los músculos de mi chocha se relajarían y dejarían suelto al invasor.

Allí me dejaron, tirada en medio de todo esa mezcla de líquidos vaginales y mi orina, desnuda y con la raja recontra abierta.

Así pasaron los días en los que conocí muchas cosas sobre su vida (principalmente la sexual), nos agarraban a Elizabeth y a mí casi todos los días al atardecer, se turnaban y cada una obtenía la mejor jodienda de sus vidas.

Autor: Kitty

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