Petra

Petra, la mamá de mi amigo, convierte mi calentura en algo más.

Petra en las piedras

Su nombre puede pasar por una excentricidad, pero para mí era de lo más común del mundo. Traté con ese nombre desde que entré por primera vez a la casa de Antonio y me presentó a su mamá. Petra era un nombre alocado que me sonaba perfecto. Había tenido a Antonio saliendo de la veintena, después de muchos años de buscarlo infructuosamente. A todos los que trataban con él alguna que otra vez les había dicho:

—No sabés lo que lo buscamos a este pibe.
Era nieta de europeos emigrantes, sus abuelos huyeron de la guerra, de algún lugar de los Balcanes, aunque nunca supe exactamente de dónde. Petra conoció al papá de Antonio en la universidad. Él llegó a ser un médico exitoso y ella nunca terminó de estudiar. Aunque pasé buena parte de mis tardes de adolescente en su casa, recién en el verano posterior a nuestro último año del colegio pasó algo que definió nuestra relación para siempre.

El padre de Antonio había alquilado una casa en una playa aislada de Florianópolis y querían llevarme. De alguna manera, era una recompensa a Antonio por haber terminado el colegio secundario. Para ese entonces ya llevábamos una vida bastante independiente de nuestros padres. Salíamos de noche muy seguido, teníamos registro para manejar y los más suertudos ya tenían una vida sexual respetable. No era mi caso. Yo no había pasado de algunos besos con mi novia del colegio, María. Ese verano, mi primero sin ella respirándome en la nuca, se me prometía como el momento de mi iniciación sexual. Sólo que no sabía que iba a ser como fue.

Petra siempre me llamó la atención. Era la habladuría de nuestros conocidos e incluso en nuestro grupo de amigos. Cuando Antonio no estaba, se discutía sobre esas ubres que parecía que desbordaban su escote. Aunque siempre me gustaron las mujeres maduras, y Petra tenía todas las condiciones para satisfacer mis fantasías más rabiosas, había algo que me impedía fantasear con ella. Era flaca, esbelta y alta. Llevaba el pelo negro largo, casi siempre suelto. Su culo no era de notar, aunque no tenía nada malo. Sus tetas, sin lugar a dudas, eran su rasgo más notable, a pesar de ella misma que no parecía prestarles atención. Eran redondas, turgentes y algo caídas, como esos frutos enormes que le crecen muy rara vez a los árboles y los hacen ceder. Petra sencillamente no podía esconder ese par de melones. Mis padres, que siempre hablaron con mucho desparpajo en la mesa de cualquier tema, discutieron más de una vez la delantera de la mamá de mi amigo:

—¿Vos estás segura de que las tetas de Petra Lemarc son naturales? Ya es un poco escandaloso como las muestra, hasta parece que le crecieron.
A lo que mi mamá respondía:
—¿Así que ahora le mirás las tetas a las madres del colegio vos también? Sos un desubicado.

No es que quiera salir en defensa de mi padre, pero a veces parecía que Petra no tenía noción de lo que esas dos cabezas de enano producían en nosotros. Toda prenda que se ponía parecía quedarle chica, como si las tetas le siguieran creciendo más allá del cuerpo. Era un escándalo. Nos encantaba. De todos modos, nunca me pude masturbar pensando en ella. Había algo de vedado, algo que me parecía ilícito: sentía que si lo hacía traicionaba a mi amigo.

La cuestión es que cuando viajamos a Brasil el padre de Antonio no pudo venir. Su clínica acababa de tener una inspección imprevista que no salió como esperaban y tuvo que quedarse en Buenos Aires a solucionar el problema.

Tuvimos que viajar Antonio, Petra y yo en el auto, manejando, uno peor que el otro, los 1500 kilómetros que separaban Buenos Aires de las playas del sur de Brasil. En plena noche, mientras Antonio dormía en el asiento de atrás, a unos 500km de Florianópolis, Petra me pidió que parara el auto. Hacia rato que se estaba haciendo pis y no había ninguna estación de servicio a la vista. Antonio ni se inmutó con las maniobras para salir de la ruta. Dejé el auto en marcha en la banquina, con las balizas puestas y Petra salió disparaba hacia el pasto, no mucho más allá, donde aún podía verla perfectamente. Pensé que el corazón se me iba a salir del pecho. Sin importarle que yo pudiera estar mirando, Petra se bajó los pantalones y se puso en cuclillas de espaldas a mí. Hice todo lo que pude para no mirar, pero la intriga pudo más. Espié y pude ver la forma perfecta de sus glúteos estáticos al ras del piso y la hinchazón de sus dos labios vaginales, o al menos su forma. Una de las manos de Petra estaba escondida, acaso orientando el chorro de alguna manera. Cuando terminó, se subió primero una tanga turquesa que no voy a olvidar jamás y después su jean. Lo hizo con lentitud y destreza, como si quisiera mostrármelo. Volvió al auto despacio y cerró la puerta sin hacer ruido. Antonio roncaba. Me indicó que siguiéramos camino y yo me quedé helado, sin saber qué decirle. Sonrió con toda la boca y me hizo señas delante de la cara como para despertarme del hechizo. Cuando reaccioné y puse de vuelta el auto en camino, me miró como compungida y me dijo en voz muy baja: “No le cuentes a Antonio, por favor. Soy una cochina”. No supe si lo decía por hacer pis en medio de unos pajonales en la ruta o por mostrarle el culo en pompa al mejor amigo de su hijo.

Si bien el viaje había sido estresante por nuestra inexperiencia al volante, a los pocos días estábamos como en el paraíso. Petra hacía su vida y nosotros la nuestra. Aunque Antonio más que yo. Durante varias noches me había encomendado volverme con el auto porque él se quedaba en compañía de alguna chica. Cuando volvía, un rato más tarde, me contaba sus conquistas y me instaba a hacer lo propio. “Te tenés que soltar, Tincho. Esto es Brasil, está lleno de garotas quentes ¿Para qué cortaste con María si no?”.
Yo estaba como aturdido. No sólo porque María había sido mi única novia y eso implicaba que mi experiencia sexual, sobre todo para exponerme a garotas con muchas horas de vuelo, era muy poca y eso me inhibía, sino por esa experiencia de intimidad que había tenido con Petra. De a poco, mis defensas iban cediendo. Los días que pasábamos en la playa juntos no se me escapaba que, a pesar de sus 45 años, Petra seguía siendo una hembra de primera. Su desparpajo para usar unos bikinis diminutos y la forma en que se movía me hacían pensar todo el tiempo en ese movimiento deliberado en medio de los pajonales de subirse la ropa interior despacio para que yo la viera. ¿Estaba delirando? ¿Petra realmente me insinuaba algo o jugaba ser provocativa con un chico que la miraba embobado y eso la hacía sentir mejor?

Al quinto día, como nuestra playa no era muy concurrida y no pasaba mucha gente, decidimos hacer un tour a una gruta cercana donde se podía hacer snorkel. Esa mañana me desperté con la garganta agarrotada y sin energías. Como no bajaba, Petra subió a ver qué me pasaba. Después de llamarme unas cuentas veces, se metió en mi cuarto. Al verme tirado en la cama se acercó y me tocó la frente. Tenía fiebre.
Pude escuchar pedazos de la pelea que tuvo con Antonio. Le pedía que nos quedáramos todos en la casa, pero Antonio se negaba. Yo sabía que la noche anterior había quedado con unas argentinas que conocimos para hacer la excursión todos juntos. Petra le dijo que ella se tenía que quedar a cuidarme. Después del portazo, entendí que me había quedado solo con su madre.
Dormí toda la mañana y recién al mediodía me sentí un poco mejor. Petra estaba sentada en un costado de la cama. Llevaba un pareo rojo atado a la cintura y un top negro encima del bikini. Ese día, por primera vez, la vi como algo más que la madre de mi amigo, la vi como algo más que un hermoso par de tetas: Petra era una mina hermosa, sus facciones redondeadas, su nariz larga y su piel morocha, como eternamente bronceada, me parecieron de lo más lindo que había visto en mucho tiempo. A mí, las chicas que encarábamos en nuestras salidas a la noche no me interesaban. A mí, aunque era un problema grave, me gustaban las mujeres como Petra.

—¿Cómo te sentís, pichón?

Lo lógico era que nuestra relación siguiera con el estilo maternal y amistoso que puede tener una madre con un amigo íntimo de su hijo, sin embargo, en esas horas de mi convalecencia, Petra se comportó de una manera distinta, igual de atenta y preocupada, pero con una distancia que antes no teníamos. Era como si tuviera miedo de acercarse demasiado a mí o de tocarme. La tensión de esa distancia yo la venía sintiendo desde el momento en que la vi al borde de la ruta, en cuclillas, donde vergonzosamente pero desesperado espié ansioso para verle la vulva en pleno. Cada vez que me acercaba a Petra luchaba por no distraerme con su escote, levantar la vista y mirarla a los ojos. Cada vez que se me acercaba, mi pija se izaba a toda asta.

En su esmero por hacerme sentir cómodo, se levantó y quiso cerrar un ventanuco que había bastante alto, encima de la cabecera de la cama. En puntas de pies, intentaba hacer equilibrio y alcanzar la manija. Al tercer o cuarto intento, algo ofuscada, hizo un movimiento brusco, perdió el equilibrio y se me vino encima. Apenas pude levantarme para contenerla y que no siguiera del largo al piso, del otro lado de la cama. Mientras la contuve, tratando de no tocar ninguna zona comprometedora, ella trató de recuperarse por sí sola, lo que nos llevó casi a terminar forcejeando para encontrar una postura normal. Finalmente, me rodeó con sus brazos y se sacó de peligro, pero solo para quedar a caballito encima de mí, abrazada a mi cuello, nuestras bocas separadas por un par de centímetros.

Di un largo respiro y me quedé mirándola a los ojos. Lamentablemente, ya debía haber notado mi erección haciendo fuerza contra su entrepierna. Ya no tenía mucho más que hacer que esperar su reacción. Nos quedamos ahí, detenidos no sé cuánto tiempo. Mi cabeza me decía que lo correcto era apartarse, aunque yo tenía ganas de hacer otra cosa. Los segundos seguían pasando y nos seguíamos mirando. Petra miró mi entrepierna y la suya tocándose y no dijo nada. Yo me lancé y acerqué mi boca a la suya y la envolví con mis labios, le di un chupón rápido y certero, con la boca abierta, al que ella reaccionó también con la boca abierta. Cuando quise estirarlo y hacerlo durar, ella se apartó. Lo hizo con calma, sin escándalo. Me soltó y se levantó de encima de mí. Con la mano derecha me dio unas palmaditas en el pecho como diciendo: ya está bien de jugueteo y se fue caminando despacio de la habitación, acomodándose el pareo y la ropa desaliñada.

La fiebre dejó de ser un problema. A las pocas horas me sentí mejor, con energías, quería levantarme de la cama, pero temía mirarla a los ojos. No sabría cómo empezar a disculparme. Eran recién las dos de la tarde. Antonio vendría al anochecer, si es que no se levantaba a alguna de las argentinas. Después de un rato largo de reflexión, el hambre pudo más y decidí bajar.

Petra hacía algo en la cocina. Ya no tenía puesta la camiseta negra sino la parte de arriba de un bikini rojo con rayas blancas, demasiado ajustado para el tamaño de sus tetas, como siempre. En la parte de abajo tenía su pareo rojo atado bien debajo de la cintura donde se podía espiar la tanga del bikini haciendo juego. Me sonrió y me preguntó si tenía hambre. Esbocé algunas palabras de disculpas y me paró en seco, hablándome sería y con sus ojos fijos en los míos.
—Tincho, olvidate de todo…eso. No pasó nada.
Era una orden precisa que tuve intención de seguir al pie de la letra.

Charlamos un poco y después de que me hiciera un sándwich me ofreció que fuéramos a la playa.
—Quiero ir a sacarle unas fotos al morro.
Aunque todavía me sentía algo afiebrado, preferí salir y respirar algo de aire.
Caminamos despacio por la arena. Cada tanto ella se detenía con la cámara a retratar una palmera o buscaba algún ángulo raro para fotografiar el morro. En la playa no había nadie. Quizás caminábamos tanto para no tener que charlar. Después de 40 minutos, llegamos al pie del morro y al límite de nuestra playa. Sacamos unas toallas y nos tiramos al sol, aunque Petra estaba inquieta y al poco tiempo volvió a agarrar su cámara y fue en dirección al mar. A un par de metros de la costa había una formación rocosa que sobresalía del agua. Petra se metió en el mar, con la cámara. El agua le llegaba apenas a las rodillas cuando alcanzó las piedras. Se subió y empezó a sacar fotos del morro y de la playa, algunas incluso hacia donde yo estaba.
Después de un rato de verla contonearse para buscar ángulos raros, vi como daba un paso en falso, como si hubiera resbalado y se iba al agua, con cámara y todo. Me saqué la remera y salí corriendo a buscarla. Tenía miedo de que se hubiera golpeado la cabeza contra las piedras. En camino hacia allá la vi salir del agua, pero sin la cámara. Empezó a hurgar y forcejear entre el pedregullo ese.

—A ver Tincho, ayúdame —me dijo con exasperación cuando llegué hasta ella.

Estábamos los dos con el agua hasta las rodillas. Yo sabía que esa cámara ya era irrecuperable, pero entendía la desesperación de Petra de al menos rescatarla de entre las piedras. El brazo derecho de Petra desaparecía en el fondo, pero no veíamos bien dónde podía estar la cámara. No podía hacer mucho más que mirar, porque ahí otro brazo no entraba. Después de unos segundos de hurgar, Petra encontró la cámara, pero sólo para descubrir que el brazo se le había atascado entre las piedras.

—¡Ay, la puta madre! —Gritó. —Tincho, ayúdame por favor. Me quedé atrapada.

Por como estaban dispuestas las rocas, la única forma en que podía ayudarla era ponerme detrás de ella y agarrarla del brazo para tironear y ver si la liberaba. En esa posición incómoda, cada vez que tirábamos hacia fuera mi pelvis se pegaba contra el culo de Petra. Al poco tiempo empecé a acumular una erección tremenda que no podía disimular. Mi desesperación por sacarla crecía a cada segundo y cuanta más fuerza hacía, más fricción hacíamos entre mi pene y la unión de sus glúteos. A pesar de que las telas de mi malla y su bikini se interponían, empecé a sentir que ese movimiento se nos iba de las manos, que esa forma de restregarnos ya no era sólo hacer fuerza para soltar su brazo. Ella, aunque desesperada por salir, movía el culo y acompañaba mis embistes. Lo estaba disfrutando como una zorra. Me pegué más a su cuerpo y apoyé mi pera en su hombro, tratando de ver mejor donde estaba la atascadura, pero también como una forma de acercarme a ella. Había algo que nos llevaba al movimiento, algo que al final nos hizo olvidar de la cámara y el atasco. Ni lerda ni perezosa, después de un par de minutos donde ya resignados por la cámara sólo nos ocupábamos de refregarnos, Petra buscó con su mano libre en mi pantalón, me sacó la pija afuera y la masturbó despacio, de arriba abajo, como preparándola. Yo quería seguir frontándonos, pero Petra pensaba en otra cosa: me indicó que la ayudara y juntos bajamos su tanga, que quedó bajo el agua. Después guio mi pene hasta la raja de su concha y me pidió en voz baja:

—Metemela.

Aunque había visto cantidad de películas porno, nunca antes había arrimado mi verga a una concha. Sentía en la piel la humedad de sus flujos y sabía que estaba todo listo para mí ahí abajo, pero por alguna razón no lograba embocarla. Petra se dio cuenta de lo que pasaba bastante rápido.

—¿Podés?

Siguió un silencio y unos embistes torpes de mi parte que le dieron a Petra la clave de lo que pasaba.

—¿¡Vos sos virgen, Tincho!? Ay, Dios mío, qué estoy haciendo. Haciendolo debutar al amigo de mi hijo. Vení, ya no podemos hacer de cuenta que no hicimos nada. Vení, dámela, que yo te muestro.

La mano libre de Petra se aferró a mi vara iniesta y la condujo al lugar indicado. En cuanto sentí el canal por donde tenía que meterla, hice fuerza para empezar a penetrarla profundo. Ni bien se la metí hasta el fondo, Petra largó un grito desesperado y una advertencia.

—Cuidado hermoso, que tenés muy grande.

Esa afirmación me hizo sonreír y terminó de liberarme. Empezamos a bombear sincopados. Mi posición me permitía chupar su hombro, su cuello y hasta a darles besos en la mejilla a los que ella respondió con un beso lascivo, metiéndome la lengua entera en la boca. Nuestro ritmo se desenfrenó bastante rápido, a lo que Petra respondió con gemidos fuertes. No nos importaba estar al aire libre, a la vista de todos. Nuestra calentura pudo más. Sentí que de un momento a otro podía acabar. En uno de los tantos embistes, hicimos un movimiento brusco y el brazo de Petra se liberó de las piedras. Paramos y fue un alivio, aunque mi pija seguía adentro suyo. Petra sopesó la situación. Estaba inclinada en cuatro patas sobre las piedras con mi vara erecta metida hasta el fondo y no se la veía incómoda. Miró el agua traslucida a ver si encontraba la cámara pero como de compromiso y después miró hacia la playa, que estaba vacía, aunque se vislumbraban unas siluetas a lo lejos. Luego, se soltó de la penetración, se dio vuelta y me dio un chupón largo con los ojos abiertos, espiando mi reacción. Le debe haber gustado, porque al toque me agarró de la mano y me dijo:

—Vení.

Me sacó de las rocas y me llevó un poco mar adentro, aunque el agua estaba quieta y apenas nos pasaba de las rodillas. Yo, con mi pene apuntando al cielo y la malla por los tobillos, quise tratar de ir por la cámara, pero Petra me miró riéndose y me dijo:

—Ya está perdida Martín, vení.

Me llevó a un claro de agua y me empujó para que quedara sentado, así desde la playa sólo se veía mi torso, como el de cualquier bañista refrescándose. Petra se me sentó encima y se metió mi verga de un sopetón. Mientras me calbagaba, me mordió el lóbulo de la oreja y me dijo:

—Así ningún pícaro nos espía.

Petra y yo bombeamos en el agua y nos enredamos en unos besos larguísimos que me pusieron a mil. Cuando se libraba de mis besos, Petra se aferraba a mis hombros y movía la pelvis de una forma espectacular buscando la mayor fricción del clítoris posible. La sentí descontrolada, vivaz, altanera. Estaba conociendo a la Petra mujer, una que no imaginaba, caprichosa y desinhibida incluso conmigo, que para ella debía ser un pendejo. Quise sacar una de sus tetas del bikini para chuparlas, pero me lo prohibió entre risas.

—Acá no, bombón. Se ve todo.

No hizo falta que me cabalgara tanto, al ratito ya sentí como me subía la leche. Mi expresión me debe haber delatado porque Petra pegó su cara a la mía, frente contra frente y me dijo entre gemidos:

—Damela toda. Toda adentro quiero que me la eches. Dame toda la leche. Dale, dale, dale, toda toda toda toda todaaa

Y así se le eché mi primer polvo. Más bien, así me lo echó ella. Quedamos flotando en el agua relajados y ni bien se liberó de la penetración sentí una especie de nostalgia, un temor insano de que no volviéramos a repetirlo jamás.
Nos pusimos nuestras mallas como pudimos debajo del agua y fuimos a buscar la cámara a ese pedrerío lleno de algas con las que Petra se había resbalado. Porque, después de todo ¿quién iba a notar la diferencia entre una cámara rota porque estuvo sumergida dos minutos en el mar, de la rotura de una cámara que estuvo media hora en el agua, mientras su dueña le sacaba la leche al mejor amigo de su hijo?

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