Mi primera salida a la calle

Transexual, Madrid. No voy a empezar por contaros que soy un chico “normal” hetero que un día se dió cuenta de…


No. Soy un tipo al que le gusta acercarse de vez en cuando a que le den unos azotes o le vistan de mujer y le traten como a una perra. Eso si, en mi vida cotidiana soy un oficinista más que toma sus cañas con los compañeros de trabajo al salir y que además tiene una familia normal. Nadie sospecha que cuando tengo un rato libre disfruto con mis “vicios inconfesables”.
Aquella tarde pude sair del trabajo antes de lo normal. Mi mujer no notaría nada si de camino a casa me pasaba a ver a alguna de mis amigas. O mejor dicho Amas. Un vistazo a la web, unas llamadas y poco después estaba en el apartamento de una de las mejores. Nunca supe su nombre ya que en sus anuncios sólo se llamaba a si misma Mistress y en persona siempre la llamé “mi ama”.
Había probado con ella muchas cosas pero lo que más me gustaba era que me vistiera de mujer y me tratara como una puta.  Al llegar le pagué y le avisé de que tenía el tiempo un poco justo. Mi mujer no notaría nada si llegaba a la hora de siempre pero si si llegaba más tarde. Esa noche habíamos quedado con sus amigos a cenar. Me ordenó que me desnudara de inmediato para no perder ni un minuto. Luego me sacó algo de ropa interior sexy y un vestido corto pero discreto. Una vez que me puse todo, me puso una peluca, unos pechos postizos y me pidió que juntara las manos. Ya me había esposado otras veces y por eso no me extrañó. Junté las manos y me puso unas esposas. Con ellas puestas me llevó hacia la cama. Me pidió queme tumbase boca arriba, que subiese las manos y que las pegase al cabecero. Entonces sacó de la mesilla otras esposas y con ellas ató las que yo llevaba puestas al cabecero. Estaba muy excitado y se me notaba.

Entonces se puso de pié al lado de la cama y me preguntó: “¿Te gusta ser una putita verdad?” Yo le contesté que si. Como siempre.
Ella continuó: “Muy bien, pues vas a serlo de verdad. Vamos a salir a la calle juntas.”
Aquello me llenó de terror y no tuve más remedio que, por primera vez utilizar la palabra “clave” que habíamos quedado en utilizar cuando me estuviera haciendo demasiado daño.
–Piedad mi ama. No me atrevo a salir así vestida.

–Ni te he preguntado tu opinión, ni te estoy haciendo daño, contestó.

Yo pensé que era una forma de darle morbo al asunto y que no iría a más, pero ella continuó con sus frases amenazadoras.

– Estás preciosa. Nadie va a notar nada.

–De verdad mi ama, tenga “piedad”. No quiero salir así. No lo soportaría.

“Qué sabrás tú lo que llegarías a soportar.” Contestó mientras sacaba un bolso grande como de imitación a piel.

–Vas a ver lo que puedes soportar. ¿A qué hora dices que tienes que irte?

–En menos de una hora. Me quedan a penas 50 minutos.

–Genial. Tu prisa va a ser mi aliada.

Mientras decía todo esto iba guardando toda mi ropa y mis zapatos en la bolsa de imitación. Mientras yo seguía esposada a la cama. Al terminar de hacerlo, se acercó a la puerta de la habitación y me dijo: “En la mesilla tienes unas gafas de sol. Por si te da mucha vergüenza. Te espero en el bar de enfrente. Si me convences allí por las buenas, y sabes que soy muy mala, nos subimos juntas otra vez y terminamos a tiempo como a ti te gusta. Pero si no me convences, llegarás tarde a donde vayas”.

Nunca olvidaré la sonrisa perversa que puso mientras decía esto al tiempo que lanzaba la llave de las esposas hacia la cama.

Lo siguiente fue una sensación de terror. Rápidamente y sin mirar como abandonaba la habitación con mis cosas, comencé a tratar de acercar la llave hacia a mi. No se el tiempo que me llevó conseguirlo pero se me hizo eterno. Finalmente, cuando por fin conseguí quitarme las esposas no supe realmente que hacer. Fui hacia la puerta pero no me atreví a abrirla. Estaba vestido de mujer. Me encantaba estar así, pero no salir a la calle. Me acerqué a la ventana. No sabía ni hacia donde mirar. Miré hacia la acera de enfrente buscando el bar. Efectivamente había un bar allí. Nunca me había fijado. Junto al ventanal se podía ver en una de las mesas a mi ama. Con una copa de tipo martini mirando hacia su ventana. Al verme sonrió, me saludó y miró su reloj. Nuevamente me invadió el pánico. No me atrevía a salir así pero no podía llegar tarde a casa. Mi mujer se enfadaría si no llegábamos a tiempo a la cena. Miré a la mesilla. Vi las gafas y no lo dudé más. Junto a la mesilla estaban los zapatos de tacón con los que tantas veces habíamos jugado. Me puse zapatos y gafas salí del apartamento, mirando hacia todas partes como si hubiera robado algo. Al llegar al ascensor me tocó esperar un poco. Deseaba que no viniera ocupado. Pero no fue así. Al abrirse la puerta pude ver a una pareja que bajaban de algún piso superior. Dudé pero entré.

–Buenas tardes– dijeron los dos.

No sabía que hacer. Si contestar con mi voz, poner voz de mujer, toser,… estaba realmente en shock. Como pude contesté en voz baja. No se si me oyeron. De camino hacia el piso bajo me miré al espejo. Y como por arte de magia, lo que vi me tranquilizó. Parecía una mujer enteramente. No un travesti. Una mujer preciosa. Con aquellas gafas y con la peluca, nadie había dicho que era un tío. Ni mucho menos reconocerme. Incluso me gusté. Y por primera vez sentí que a pesar de estar vestido de mujer en un lugar púbico, nadie me reconocería. Estaba mucho más tranquila y feliz. Tanto que al salir del ascensor fui yo la que se despidió sin ningún pudor de aquel matrimonio. Eso si, poniendo la voz más femenina que pude.

Al llegar al bar me encontré a mi ama como la había visto desde la ventana. Al acercarme ella se levantó como quien recibe a una amiga: “Hola preciosa, llegas tarde”. Su saludo fue seguido de un increíble beso en mis labios. En un instante toda mi tranquilidad se fue al garete. Si alguien no se había fijado en mi, ahora si lo haría. Miré a mi alrededor para ver si alguien nos estaba mirando. El camarero si. Nos miraba como quien mira a dos chicas guapas que se besan sin tapujos. Sonreía con cara de excitación. El juego divertía a mi ama. A mi, al mismo tiempo me excitaba y me daba pánico. Mi ama me tranquilizó cambiando de tema: “te he pedido a ti una” dijo señalando a su copa. Al poco tiempo vino el camarero con mi copa. No dejaba de mirarme. Especialmente al pecho. Me sentía casi violada. pero al mismo tiempo me ponía a mil.

La forma de la copa y el color transparente del líquido me hizo pensar que se trataba de un dry martini. Nunca bebía tragos fuertes durante las horas de trabajo pero en aquel momento lo necesitaba realmente. Vestida de mujer en un sitio publico y besando a una mujer increíble. Estuvimos poco tiempo charlando y tomando las copas. Ella me hizo saber que el hecho de estar allí, así vestida y charlando con algo de tranquilidad le parecía suficiente como primera prueba. Cuando terminamos las bebidas, sacó mi cartera de mis pantalones que estaban en el bolsón. Me la dio y me dijo: “Paga guapa, por cierto, preciosa familia”. Había estado cotilleando mi cartera y se había enterado de que estaba casado y con hijos.

– Venga, vámonos para arriba que tenemos que terminar unas cositas. Esta vez no vino nadie con nosotras en el ascensor. Nada más entrar y cerrarse las puertas comenzó a besarme apasionadamente. Su mano se dirigió a mi entrepierna y la encontró dura como la roca. La había colocado estratégicamente en la braguita para que no se notase pero a esas altura ya se podía apreciar claramente el bulto a través del vestido. Al llegar a su piso abrimos la puerta. Un vecino esperaba para entrar en el ascensor. No le di ninguna importancia ni a mi abultada indiscreción ni al hecho de que las dos llevábamos los alrededores de los labios llenos de carmín.

Entramos en el apartamento y me quitó el vestido. Me dejó el resto de la ropa, los zapatos, la peluca y los pechos postizos. Me miró de arriba a abajo y me dijo: “Hoy no vas a ser mi esclava. Vas a ser mi amante. Cuando llegó la hora de irme no habíamos parado de besarnos, acariciarnos, lamernos, chuparnos, penetrarnos…

Como ama es deliciosa pero como amante lesbiana incluso mejor.

Salí algo más tarde de lo calculado pero sin llegar a levantar sospechas en casa. Al despedirme, ya vestido de oficinista, me dio un último beso y me dijo: “Ahora que ya has perdido el miedo a salir a la calle, prepárate para la próxima. Que va a ser mejor”. Desde entonces no he tenido tiempo de volver a verla pero no pasa un día sin que recuerde un rato aquella tarde. Siempre, al hacerlo, me pongo a mil. A menudo termino masturbándome. En casa, en el baño de la oficina, en donde me pille. Estoy deseando saber que es lo que me espera esa “próxima vez”.

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