Mi querida Frida II

“¿Has visto mujeres desnudas? “, me preguntó Frida. “No cuentan las de los vídeos porno”, agregó. Yo le negué, teniendo los ojos bien puestos en sus pechos y los nervioso en punta, porque alguien de intendencia podía entrar y ver lo que Frida estaba haciendo. Le dije que se pusiera su camisa; no me hizo caso. El corazón se me salía. Sentí un calor que lentamente me fue recorriendo por toda la cabeza hasta desaparecer con fuertes palpitadas en el cerebro. “Sabes que desde hace tiempo no dejo de pensar en coger. Sólo quiero que cojamos y ya”. Mi ingenuidad superaba las palabras de mi compañera. Creía que estaba jugando o haciéndome una broma con cámara escondida; en Frida era muy  normal que hiciera bromas llenas de sexo y dijera cosas incómodas, como la vez que me contó lo que hacía para combatir la menstruación. Me explicó a detalle cómo ese ciclo le afectaba y lo que tenía que hacer para soportarlo. Una vez se me ocurrió preguntarle si se atrevería a ser actriz porno, y me dijo que lo haría, no por el dinero, sino para saber cómo se siente ser cogida por varios hombres a la vez… luego se carcajeó al ver mi expresión y me repuso con un “Es broma”, indicando lo mucho que deseaba algo así.

Creí que era una broma , y seguí tan firme en la probabilidad en esa idea que ya no me molesté por mostrarme impresionado… hasta que se quitó la falda junto con su ropa interior. Sus piernas eran de lo más hermoso: Eran rosadas y bien rellenas, ambas las tenía bien juntas y su vello púbico estaba muy bien afeitado, siendo sólo una línea muy delgada de vello en la zona púbica. Cuando dejó su vagina expuesta, me dio la sensación de percibir un olor femenino exquisito, que sólo podía provenir de los interiores de mi querida Frida. “Estoy mojadita…, como dicen las urgidas por una verga. Estoy urgida por que alguien me coja”, me susurró. Agarró mi mano derecha y la puso en su vagina con tal de que mis dedos entraran en ella. ¡La primera vagina que toqué en mi vida! Mis dedos inmediatamente se humedecieron, su interior era carnoso y muy caliente y satisfactorio tocar. No quería sumergir todos mis dedos hasta lo más profundo de ella; creía que la lastimaría o le dolería tanto que la haría sangrar… luego me di cuenta que no era dolor lo que sentía sino un placer absoluto. Fue meneando sus curvas más y más con tal de que la siguiera masturbando… Ese olor seguía emergiendo de ella, el olor a sexo…, a lujuria… O tal vez sólo era el olor de su cuerpo sudado.

Los baños estaban solos; afuera se escuchaban unos que otros pasos de alumnos que se habían quedado más de lo que se esperaba. Había diez inodoros con sus respectivas puertas; nosotros nos fuimos hasta el último baño, que para mala suerte, el seguro de la puerta no servía. Frida comenzó a querer envolverme con su piernas, pero yo ni el pantalón me había desabrochado. Sólo seguí masturbando su vagina con mis dedos y acariciando una de sus nalgas con la otra mano hasta que ella me quitó la ropa y se terminó por quitar el sostén. No era muy adecuado estar sentado en el inodoro con Frida encima mío, pero no había tiempo para pensar un mejor lugar. Al ver mi pene, ella se rió porque imaginaba un pene más pequeño y peludo; lo tomó con sus frías manos y comenzó a masturbarlo lentamente. Las gotas de semen que me salían las usaba como lubricante y unas que otras se las llevaba a la boca. La acción comenzó cuando se agachó y comenzó a hacerme sexo oral mientras me veía fijamente a los ojos; su mirada, teniendo mi pene dentro de su boca, era muy tierna. No sé si lo hacía apropósito para excitarme más, pero sus ojos me perdían en un sendero de lujuria y perversión. Creía que me volvería loco de placer por cómo la lengua la envolvía y la pasaba por todo mi miembro palpitante. En la cabeza del pene sentía su aliento y sus dientes pasando suavemente… Era una maestra haciendo sexo oral (aunque tal vez creo eso porque era mi primera vez experimentando). En los vídeos amateur que suelo ver, las mujeres (al menos la mayoría) sólo chupan la cabeza con  miedo o tal vez asco, pero Frida se la tragaba toda, hasta sus ojos lagrimeaban y hacía ascos muy de vez en cuando. Me la chupaba con fuerza y la masturbaba con la su mano como toda una conocedora en esas artes. Mientras la veía masturbarme le acariciaba  su hermoso cabello rojo y  se lo hacía de un lado a otro, tal y como ella lo hacía en los respectivos días cuando no le hablaba.

Luego de una buena mamada era momento para la mejor parte. Mi verga brillaba por toda su saliva y chorreaba por mis testículos hasta caer en el fondo del inodoro, cuando se paró y vi su vagina, no pensé en otra cosa que penetrarla fuertemente como siempre lo había soñado. Ya era suficiente lo mojada que estaba pero aun así  se escupió en la palma y luego la llevó hasta su parte más rica. “Quiero tu verga adentro. La quiero. La quiero”, me decía, con respiración rápida y una necesidad tal como si fuera una droga. Agarró mi pene, empezó a frotarlo en sus labios inferiores como a un perro le frotan un pedazo de carne en las narices para que éste despertase. Si no era el placer lo que me fuera a matar, era un infarto. Mi corazón iba rápido; sentía las palpitaciones en las sienes… hasta puedo casi asegurar que veía mi pecho vibrar en ese momento. Las piernas de Frida estaban bien abiertas, y me dio gracia ver algunas cortadas en su pubis, al igual que su piel irritada por las depilaciones… la amé por esos detalles. Las ingles las tenía un poco velludas, y por su ano se veían largos pelos que me dieron curiosidad por tocar… pero ella no me dejó, tal vez por pena o por creer que me iba a dar asco ¡Todo lo contrario!  Justo cuando estaba por penetrarla se sujetó a mis hombros, cerró sus ojos y sentí cómo su tensión fue desapareciendo. Mi pene lentamente iba entrando, pero el acto fue interrumpido por la maldita interrupción de la señora del aseo.

Escuchamos cómo dejó caer la cubeta en el azulejo y cómo recargaba su escoba en la pared… Estábamos jodidos. Si la señora llegaba a vernos era casi seguro que nos expulsarían, sólo por una aventura caliente a lado de mi querida Frida. Nos quedamos helados, hasta mi erección disminuyó, luego nos volteamos a ver e inmediatamente me puse de pie. La señora de limpieza llegó a los pocos minutos; estaba hablando por teléfono, probablemente con su hijo porque decía que ya estaba en camino. Dejó la cubeta y la escoba juntas y salió de los baños, poniéndoles llave y alejándose hasta no escuchar más su conversación. Los dos esperamos un rato por si la señora volvía pero era más que obvio que no volvería sino hasta el siguiente día.

Repetimos el momento. Abrió las piernas tanto como pudo y con su mano fue guiando mi miembro por el buen camino… hasta que entró tan bien como una pieza de rompecabezas, como un anillo en el dedo. Ah, esa sensación tan deliciosa a la hora de penetrar no se compara con absolutamente nada en la vida. Por dentro era caliente, húmedo y muy carnoso… y un tanto estrecho. Mientras la penetraba, Frida no me dejaba de sonreír y de besar. Me envolvió con sus brazos mientras seguía moviendo sus caderas de arriba a abajo. Mis manos casi siempre las mantuve en sus nalgotas, aprovechando que su ano estaba a unos cuantos centímetros… pero no me dejaba tocarle su hoyito. Cuando acercaba un de mis dedos me desviaba la mano pero no me decía por qué. Seguimos cogiendo hasta que ambos comenzamos a entrar a la segunda fase del calor. Nos prendimos, Frida comenzó a brincar y a gemir. Sus pechos revotaban, a pesar de no ser grandes y cuando caían me daba la impresión de que le iban a quedar muy flácidos por los violentos brincos. De sus ingles velludas comenzó a escurrirle algo, como agua y Frida se empezó a frotar con los dedos. “¡No pares!”, me decía. “Así. Así. Sigue así”. Yo no podía parar. La rapidez con que la sentaba en mi pene me hacía sudar. No le despegaba las manos de sus caderas ni de sus piernas. Sólo quería lamerle los pezones, las axilas… todo lo que se pudiera lamer en ella era suficiente para mí. Estaba por terminar, tenía que aprovechar todo ese momento antes de acabar con ella, no sin antes mirar su vagina, sin antes contemplar y tocar su línea púbica… y su ano. Frida estaba tan excitada que ni siquiera se había dado cuenta que le estaba poniendo los dedos en el ano. Sí tenía bastantes vellos, pero ni asco ni pena fue lo que sentí, sino unas ganas tremendas de correrme dentro de su panocha… y justó ahí, sus brincos terminaron y el desborde de mi esperma se vio por encima de sus labios y en lo más oscuro de su útero lleno de semen.

Cuando se paró, un poco de semen se le escurrió de sus labios; ella lo notó y lo limpió con sus dedos, luego se lo llevó a la boca sin más. Frida se acercó hasta el tocador donde había papel de baño y se limpió la baba que le seguía escurriendo. Ambos nos pusimos el uniforme, pero antes de terminar me dijo “Ten, para siempre recuerdes tu primera vez y los huelas así como me oliste la panocha” y me extendió sus calzones de color rosa con blanco, aún húmedos y con olor a sus fluidos vaginales, a su carne… a su sexo. Los guardé en mi mochila, entre los cuadernos para que no se notaran y salimos de los baños.  Ya no había nadie en la escuela. En el camino fuimos planeando nuestros siguientes encuentros, dando especificaciones de cómo sería y en dónde. “¿Con o sin?”, me preguntó. Yo no entendí en el momento hasta que metió mi mano entre su falda y me hizo tocar su línea de vello púbico; ahí fue donde entendí. “Con”, le respondí. “Y con mucho, bastante, tanto como puedas”, le especifiqué. Ella se rió y me respondió: “Muy bien, entonces tendrás que esperar un tiempo hasta que crezcan”. Luego fue mi turno en preguntarle “con o sin”, ella me dijo que tal y como lo tenía en esos momentos estaba perfecto… pero para mí no era suficiente. Aún quería darle una especificación más, pero no sabía si decírselo o no; al final me atreví. Las clases extraordinarias ya había terminado para aquel entonces. Frida y yo no nos veríamos hasta dentro de tres meses… así que le dije: “Pero no quiero que te bañes. No quiero que te laves nada de tu cuerpo. No importa lo repugnante que pueda parecer, sólo obedece”. La mirada de Frida se quedó quieta, los ojos le brillaron, hasta que me dijo: “Eres un depravado. Por eso me gustas”.

Salimos y nos preparamos para el siguiente encuentro Nos despedimos con un beso y ella se fue alejando en dirección opuesta a mi camino. Un poco de sus fluidos le estaba escurriendo por las piernas, pero Frida no pareció darse cuenta. Se alejó y se alejó hasta que ya no la vi.

“Sus bragas aún las conservo. Las mantengo debajo de mi cama”.

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